Nunca Digas Te Amo

Veronica Murillo · Capítulo 1 de 16

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Nunca Digas Te Amo

Capítulo 1

Dicen que el amor te hace sentir mariposas en el estómago, ver todo color de rosa y te impide pensar con claridad. Me parece más un mal viaje que una cosa de qué presumir.

Rina se escabulló de su propia cama y se puso lo primero que encontró en el desorden de su armario: unos jeans descoloridos y una camiseta de Shingeky no Kyojin con fondo negro. Caminó en puntillas a la cocina y se preparó una taza de café con un montón de azúcar.

—¡Maldición! —profirió por lo bajo minutos después, sentándose en el sofá de la sala, con la taza de café entre las manos, mientras se arrebujaba con su manta favorita.

Echó una furtiva mirada hacia el dormitorio y volvió a maldecir, pero esta vez para sus adentros. Dio un par de precavidos sorbos al café que llenaba la estancia con su estimulante aroma.

“A ver, a ver. Cálmate, Rina. Hay que hallar una salida a este embrollo.

Francamente, ¿cómo permitiste que ese pedazo de carne se quedara en tu

cama toda la noche?” reprochó su cerebro chasqueando la lengua con desaprobación.

“¿Y si dejas que se quede?” sugirió tímidamente su corazón.

Sacudió la cabeza rechazando esa absurda idea.

“Sin amor no hay dolor, ¿lo olvidas?” dijo tajante su cerebro y el corazón volvió a su viejo cajón.

“Hay que sacarlo de aquí… No, ¡ya sé! Mejor nosotros nos largamos”.

—Sí. Eso.

Entró sigilosamente en su recámara, garabateó una nota que dejó en el buró y se fue con su mochila de flores violetas bailando en su espalda mientras bajaba corriendo los escalones a toda carrera. Llegando al rellano le sonó el móvil:

—¡Qué! —contestó, mirando hacia arriba para ver si había señales del

“pedazo de carne” que dormía en su cama.

— Tan tierna como siempre —sonó la voz divertida de su mejor amigo a través de la bocina del móvil.

—Mira, Jackson, no estoy para bromas, dime qué quieres o te cuelgo a ti y al móvil.

— Ja, ja, ja… Tú no cambias. Estoy frente a tu edificio —Rina comenzó a correr hacia la salida del edificio al percibir un movimiento en lo alto de las escaleras. Atravesó el lobby como exhalación y salió a la calle, aún con el móvil al oído—, me escapo a la montaña el fin de semana, ya sabes a la casa de campo del viejo Oso, aprovechando que van a estar fuera del país unos días y quería saber…

—Sí voy, sí voy. ¡Arranca, vámonos ya!

Rina cerró la puerta del viejo auto de su amigo al tiempo que Román Luna, un modelo al que conoció hacía algunas semanas en una fiesta del trabajo, salía a la calle vestido solo con unos jeans, descalzo y agitando en una mano la nota que ella le había dejado en el buró.

—Rin, ¿qué crees que estás haciendo?

La joven pelirroja se agachó sobre el regazo de su amigo para no ser vista. La espesa melena le cubría la cara mientras intentaba buscarse un

lugar en la incómoda situación.

—No preguntes, vámonos a la montaña o al infierno o a dónde se te pegue la gana.

—Pero…

—¡Ya! —apremió casi a los gritos y, aprovechando su posición, le propinó tremendo mordisco en el muslo, protegido por unos jeans negros, pero aun así obtuvo la respuesta que quería.

—¡Ay! Ya voy, ya voy.

—¿De qué se suponía que iba todo eso? Y ¿Quién era el tipo desnudo que te seguía?

Interrogó Jackson, entre furioso y dolorido, mientras conducía hacia las afueras de la ciudad.

—Es Román, ¿no lo recuerdas? Supongo que nunca lo habías visto en su disfraz de Christian Grey. ¿A que estaba bueno?

—No me confundas con el típico amigo gay de las películas.

—Mi vida sería más fácil si lo fueras —dijo haciendo un puchero y rodando sus enormes ojos violeta.

—Pues la facilidad de tu vida no es mi problema.

—¿Me invitas a un finde en las montañas para ser tan cruel?

—Yo no te invité a nada. Quería saber si tú tenías mi manta térmica, no la encontré en mi departamento.

Rina enrojeció de rabia y tuvo la intención de golpear a su amigo con la mochila; pero se contuvo porque en una ocasión lo hizo, mientras manejaba, y terminaron en el hospital; tan solo con lesiones menores, pero fue un buen susto.

—¡No eres más imbécil porque no eres más viejo! Llévame a casa.

El móvil volvió a sonar y Rina lo miró de la mala gana. Era un mensaje.

“♥Te esperaré aquí, Gatita♥^o^♥”.

—Muérete, Román. No sé por qué tienes que ser tan cursi.

—Ja, ja, ja, “Gatita” —rio Jackson que alcanzó a ver el mensaje mientras esperaba en la intersección para volver—. Una feroz tigresa diría yo.

—¡Jackson! ¿Qué haces? ¿Por qué das la vuelta?

—Me dijiste que te llevara a casa.

—No, no, no. El pesado de Román dice que me va a esperar.

Jackson se orilló porque ya sentía los nervios a punto de estallar. Se masajeó las sienes, era la forma más efectiva de enfrentar las constantes contradicciones de su amiga.

—¿Puedes explicarme qué diablos pasa contigo y ese mamarracho?

—Mira, no sé cómo pasó, pero parece que anoche Román se quedó toda la noche en mi departamento.

—¿Y?

—¿Cómo que “y”? Yo no lo invité, jamás dejaría que nadie se quede toda la noche, debí estar borracha o qué se yo.

Jackson adoptó un tono conciliador y trató de razonar con la chica.

—Llevan saliendo varias semanas, era lógico que tarde o temprano pasaría esto. Además, te ves de lo más feliz con el tipo ese y él parece chiflado por ti.

Rina se ladeó en el asiento para quedar frente a él. La visión del cabello negro y los ojos azules de Jackson eran para ella como una ráfaga de viento que la transportaba a su niñez, cuando él la columpiaba en el parque e iban a nadar al club de los abuelos de él. Su amigo era, por lo menos, una cabeza más alto que ella y por eso se encorvaba para quedar a su altura. A ella le daba risa.

—Eso es lo que ya no me gusta de esta relación. ¿Recuerdas? “Sin amor no hay dolor”. Él dice que se está enamorando de mí, eso pone fin a esta relación. Además, ¿qué es esta cursilería?

Le puso enfrente la pantalla de su móvil con el mensaje que el otro muchacho le acababa de enviar.

—Vaya, sí que está pirado como para usar esos emojis.

—Es ridículo, cursi, repulsivo y antinatural. No quiero ir a casa, así que llévame contigo a las montañas.

—No. Absolutamente, no.

—¿Por qué no?

—Porque no voy solo. Debo pasar por Becky en unos minutos.

Rina siempre había pensado que Rebeca Montenegro: la rubia, dulce y delicada novia de Jackson, era una chica demasiado suave para salir con él.

Siempre que los veía tenía una extraña sensación de que algo no terminaba de encajar entre ellos.

—Perfecto, yo le caigo bien. Llámala y pregúntale si puedo acompañarlos.

—Estás de broma, ¿verdad? ¿No te importaría hacer mal tercio?

—No haré mal tercio, me volveré invisible mientras ustedes dos se dan mielecita por los rincones. La casa tiene veinte habitaciones, ni notarás que estoy ahí.

El día iba llenando de luz la carretera, a medida que el sol ganaba altura en el cielo, la cantidad de autos que les pasaban al lado aumentaba también.

Él miró por el parabrisas y de pronto abrió la puerta del conductor y salió.

Rina lo imitó y lo siguió mientras se internaba en la zona verde a un lado de la carretera.

—Espero que cumplas lo que prometes. No quiero verte cerca de Becky en ningún momento y si te apareces en medio de algo importante te juro que te borraré de mi disco duro para siempre.

Rina daba saltitos de alegría a su lado y aplaudía haciendo más ruido del necesario.

—Ni siquiera recordarás mi nombre. Me esconderé con los animalitos del bosque y haré collares de flores para tu linda novia.

—Novia no, prometida —corrigió él, tratando de sonar casual.

Rina se quedó en shock por medio segundo antes de arrebatarle el móvil de las manos, justo terminaba de marcar el número de su novia.

—¿Qué haces?

—Tú, ¿qué haces? ¿Prometida? ¿Por qué no me lo habías dicho? ¿Casarte tú? ¿Con esa muñeca de porcelana?… ¿Desde cuándo?

“¿Cómo pasó esto? ¿Cómo puede pensar en formar un hogar con ella?

¡Ni siquiera son compatibles!” protestó histérico el cerebro de la chica.

“Olvida la compatibilidad, ni siquiera nos preguntó al respecto. ¡Ya no nos quiere!” añadió el corazón al borde de un ataque.

—Desde mañana, eso si tú no te metes y ella acepta, claro.

Ella paró su eterno debate entre cerebro y corazón, sintió como si acabaran de quitarle la tierra firme sobre la que se paraba y flotara inciertamente en el vacío. No podía recordar ninguna situación importante en su vida de la que Jackson no hubiera formado parte, y por encima de todas ellas, se colaba un recuerdo que procuraba mantener a raya, pero que

ahora se le presentaba delante de los ojos con toda nitidez. Lo apartó de un manotazo mental. Los timbrazos terminaron y ella se llevó el móvil al oído con una mano temblorosa.

—¿Becky…

—¿Hola?

Rina frunció el ceño ante la extraña voz que respondía y enfrentó la mirada interrogante y furiosa del chico que tenía enfrente y le demandaba con gestos que le devolviera su teléfono.

—¿Quién es usted?

— ¿Con quién quiere hablar? —preguntó, airada, la voz al otro lado de la línea.

—Con Rebeca, por supuesto, este es su número.

— No puede ponerse ahora, ¿quiere dejar un mensaje?

—¿Mensaje? ¿Eres algún tipo de recepcionista personal o qué?

— Soy Víctor Samuels, su esposo. ¿Tienes algún problema con eso?

Se alejó el móvil del oído y lo tapó con ambas manos.

—¡Maldición! —profirió. Y se le quedó mirando a Jackson, pasmada.

—¿Qué está pasando? ¿Quién contestó el móvil de Becky?

—Toma. Dile quién eres y verás, pero esto no te va a gustar.

Él tomó el móvil de su mano y se alejó caminando paralelo a la carretera.

Su amiga se mantuvo a cierta distancia, pero siguiendo sus pasos.

—Soy el novio de Rebeca y quiero hablar con ella.

Rina no podía oír la otra parte de la conversación, pero veía a su amigo cambiar de color y el corazón se le hizo un puño.

—¿Qué clase de broma de mal gusto…? ¡No! El que está loco es usted…

No me importa, debo hablar con ella…. Quiero que me lo diga ella, póngala al teléfono… No me importan sus amenazas… No, no, yo te mataré a ti, maldito…

Rina corrió a quitarle el móvil de las manos, pero él seguía gritando improperios al aparato. Los conductores que pasaban por la carretera los miraban con inquietud.

—Jackson, basta. Ya déjalo… Hazme caso, dame eso… ¡Jackson, ya basta!

Le quitó el móvil y se lo llevó al oído.

—Oiga, no sé quién…

—¿Rin? —la voz llorosa de Rebeca la enfureció.

—Mira, pequeña perra, será mejor que no te aparezcas frente a mí porque te juro que te arranco el cabello de raíz, ¡maldita basura!

— Rin, lo siento, dile que lo siento… Dile que no me odie, tuve que hacerlo. Tuve que conciliar con mi esposo, las cosas no son tan sencillas como él pensaba. Rin, lo siento.

—No me digas que…—El sonido de la línea muerta llegó hasta ella.

¿Cómo él pensaba? Levantó la vista y se dio cuenta de que estaba sola.

Miró alrededor y localizó a Jackson caminando de nuevo hacia el auto.

—Jackson. ¿Lo sabías? ¿Sabías que esa arpía doble cara estaba casada?...

Te estoy hablando… ¡Oye, tú!

El ruido metálico le hirió los oídos cuando él pateó la inocente carrocería de su auto. Repitió una segunda y una tercera vez y parecía no tener intenciones de parar.

—Jackson, deja ya…—Rina percibía que no había nada en el mundo que pudiera decir en ese momento que lo hiciera olvidar el asunto, o cómo mínimo, tomárselo con calma.

—¿Me estás oyendo? ¡Para ya! —Se interpuso entre él y el auto logrando que dejara de asestar patadas.

—¿Cómo pudo?

—Es una buena pregunta, pero yo tengo otra: ¿cómo pudiste tú, sabiendo que era una mujer casada?

—Separada —dijo dándole la espalda—. Rina, te llevaré a casa.

Ambos entraron al auto en silencio. Rina quería pensar en algo qué decir, pero no había superado el shock de saber que Jackson planeaba proponerse sin habérselo contado y luego el descalabro total de los planes.

“¿Casarse con Becky Montenegro? ¿Así, tan de repente? ¡Es una insensatez!”.

“¿Y si se volvió loco?”.

Llegaron a la entrada del edificio antes de que hubiera salido de su estado de estupor. Aun así, sabía que no podía irse y dejarlo solo en ese estado.

—Oye… ¿podemos ir por ahí a tomar un trago?

—Es demasiado temprano.

—Bueno, podemos ir a tu departamento.

—Quiero estar solo.

—Pero…

—En serio… gracias, pero quiero estar solo.

Ella contempló una vez más sus ojos azules que habían perdido su brillo, como si en la última media hora hubiera envejecido treinta años. Sus manos grandes apretaban tan fuerte el timón del auto que tenía blancos los nudillos y en su rostro su mandíbula estaba rígida.

—No —dijo ella volviendo a cerrar la portezuela que había comenzado a abrir.

—¿No?

—No quiero ir a casa, ya te lo dije, no puedo volver ahora.

—Rina, no estoy de humor para hablar sobre tus complejos y el miedo al compromiso.

“¿Miedo… complejos? ¿Se puede saber de qué está hablando?”. Su cerebro estaba bastante confundido.

“No te hagas, tú sabes de qué está hablando” acotó el corazón, intentando ignorar las pequeñas heridas que comenzaban a escocerle.

—¿A qué te refieres con eso de miedos y complejos?

—Solo bájate.

—No, no me voy a bajar. Me quedaré a vivir en tu auto hasta que hablemos del asunto.

Jackson profirió un bufido, casi un lamento, pero ella se mantuvo en firme con los brazos cruzados sobre el pecho.

—¿Qué quieres que te diga? ¿Qué pensé que proponiéndole matrimonio la animaría a acelerar el proceso de divorcio? Obviamente fue demasiado tarde, eso ya lo vimos. Ella tal vez ni siquiera había pensado en eso y yo…

¡maldición! —Respiró hondo, muy hondo y reprimió algo como un quejido.

—Oye, sabes que puedes hablar conmigo, ¿cierto? No puedo pensar en nadie mejor para estar aquí en este momento.

—¿Sabes qué? —Hizo un esfuerzo por dominar los espasmos de una risa nerviosa—. Tengo el lugar perfecto a donde podemos ir.

Bien, que aceptara ir a algún lugar con ella ya era un avance. Se pusieron en marcha y después de dar algunas vueltas por entre las cada vez más atestadas calles, tomó el camino que los llevaba fuera de la ciudad.

Rina no dijo nada hasta que se dio cuenta de a dónde se dirigían.

—No creo que sea buena idea…

—¿Por qué no? Ya te habías hecho a la idea de un finde en las montañas, apuesto a que traes todo lo que necesitas en esa vieja y horrible mochila.

No era del todo cierto, no llevaba más que su aún más vieja libreta de bocetos, su cámara y la tableta gráfica. No dijo nada porque su tono parecía más calmado y hacía años que no veía aquella entrañable casa.

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