Nunca Digas Te Amo

Veronica Murillo · Capítulo 2 de 16

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Nunca Digas Te Amo

Capítulo 2

Por aquel entonces todavía pensaba que era uno de esos seres que no estaban hechos para el amor.

Había aprendido a esconder e ignorar mis sentimientos, pero olvidaba que, no por ignorarlos, estos habían desaparecido.

J

ackson detuvo el auto que su abuelo le regaló en su graduación de bachillerato diez años atrás. Rina recordaba su expresión cuando vio el alucinante regalo y ella fue la primera persona a quien invitó a dar una vuelta. No era un modelo excepcional, era más bien de los más comunes. Al abuelo no le gustaba la ostentación, aun así, era su primer auto y era un tesoro para él.

¿Habían pasado tantos años desde aquel entonces? Parecía como si hubiera sido ayer.

El chico bajó sin decir nada y ella lo siguió llevando la encantadora mochila con flores moradas que había calificado de horrible. Él mismo se la

había regalado en su cumpleaños número veinte y parecía haberlo olvidado por completo.

—¿Qué dirán tus abuelos de que vengamos aquí sin avisar?

Él no se detuvo para responder, siguió caminando dando grandes zancadas por el sendero de grava, hacia la entrada de la casa de campo de sus abuelos.

—No dirán nada porque fueron a Canadá de vacaciones.

Rina siguió trotando para ponerse a su lado.

—Pero… pero saben que venías, ¿no?

—No.

— Ok… entonces, ¿cuál es el plan?

—Cena a la luz de las velas, caminata a la orilla del lago, picnic, cabalgata por el campo… Todas esas cosas que haces con la chica de tus sueños, ya sabes.

—Ajá, pero esa no soy yo.

Se detuvo frente a la entrada principal y sacó la llave.

—Serás un gran reemplazo. —Le dedicó la media sonrisa más amarga que Rina había visto en su vida y entró.

Rina pensó que estaba a tiempo de volver a casa y no tener que pasar el peor fin de semana junto a su mejor amigo, pero seguía pensando que no era buena idea dejarlo solo, así que pasó por alto su acritud y entró.

Jackson tiró su chaqueta en el sofá grande de la sala de estar y llamó a gritos.

—¡Haideé! Ya estoy aquí… ¿Haideé?

Una señora en sus últimos cuarentas, vestida con jeans, camiseta y un delantal, bajaba las gradas de la segunda planta de dos en dos. Estaba en perfecta forma por lo que se veía y, como cada vez que iba ahí, Rina rogaba llegar a esa edad con ese cuerpo y esa vitalidad.

—Ya estás aquí… Creí que llegarían más tarde, todavía me faltaba preparar algunas cosas… ¡Señorita, también está aquí!

—Hola, Haideé.

Mientras Rina y Haideé se abrazaban, Jackson comenzó a subir a su vieja habitación de la adolescencia.

—Ya no hay necesidad de preparar nada Haideé, solo vete a casa.

—¿Qué pasó? —preguntó en un susurro a la pelirroja que se había quedado junto a ella— Dijo que traería una chica y que prepara una cena con velas y otras cosas… ¿No era usted?

—No, no era yo, hubo un cambio de planes. Te contaré luego.

Hizo una mueca de resignación y comenzó a quitarse el delantal.

—Bueno… cuide bien de él, ¿sí?

—Claro.

Rina cerró la puerta y despidió a la que había sido la nana de su amigo.

Desde que era pequeña y pasaba maravillosos días ahí, recordaba a Haideé sosteniendo una bandeja con refrescos en las fiestas de cumpleaños o junto a la cama de un pequeño Jackson enfermo o solo triste. Una experiencia que ella conocía muy bien y los había unido aun más de pequeños.

Sabía que era casi parte de la familia y se sintió mal por la forma fría como su amigo la había tratado.

Subió y se dirigió al salón donde ambos habían recibido clases de piano, guitarra y flauta, en infructuosos esfuerzos del viejo Oso por inculcarle el amor a la música a su único nieto.

Estaba sentado al piano, aunque no sabía tocar nada más que “Twinkly, twinkly, little star” con dos dedos. Se sentó junto a él y lo acompañó con las únicas notas que ella sabía también.

—¿Hablaremos?

—No.

—Entonces, ¿cenamos?

—No.

—¿Qué tal si nos atamos una roca de molino y nos lanzamos al lago?

Jackson paró de tocar y estalló en una carcajada de verdadera diversión.

Cuando eran niños, la abuela les leyó “La Dama del Alba” de Alejandro Casona y les dijo que la leyenda del remanso había ocurrido en el lago que estaba a un par de kilómetros de la propiedad. Especularon sobre las formas cómo podrían comprobar la veracidad de la historia y gracias a la intervención de Haideé no terminaron ahogados con rocas en los bolsillos.

—Quizá, ya sea buena hora para tomar algo.

—¿En la terraza?

—Donde tú quieras.

Unos minutos después se acomodaban en la pequeña terraza que daba al patio trasero de la casa. Se veían las hileras de sembradíos de variedad de hortalizas y el campo de melocotones por donde le gustaba cabalgar.

Comenzaban a aparecer las estrellas y hacía un poco de fresco. Rina no llevaba nada de ropa y tuvo que aceptar un viejo suéter verde de la ropa que

Jackson se había dejado la última vez que pasó unos días en la casa, dos años atrás.

—No puedo creer que ibas a proponerte sin haberme contado. Eres un traidor.

—No te habría gustado la idea.

—Mucho menos si hubiera sabido que era casada.

—No estaba seguro de cómo ibas a reaccionar.

Rina se incorporó en la silla de lona y lo miró de frente con la botella de cerveza en la mano. No quiso tomar algo más fuerte en el estado en que estaba Jackson, después de lo de su fallido intento de fin de semana romántico.

—¿Por qué tendría que reaccionar de alguna forma? Es tu vida y tus decisiones.

—No finjas, yo sé que nunca te agradó Becky —respondió incorporándose también.

Rina se ruborizó, pensó que lo había ocultado muy bien, que nadie se daría cuenta. No solo no le agradaba, la odiaba. Odiaba su carita de ángel y sus enormes ojos azules, su cabello rubio y ondulado y su voz que parecía demasiado dulce para ser verdad. No parecía real y cuando estaban juntos, Jackson parecía como si no viera las cosas como realmente eran, sino como ella quería que las viera, ¡era insoportable! A pesar de todo, Rina resistía con valor y le sonreía y hablaba con ella con entusiasmo, como si fueran las mejores amigas.

—N…no sé de qué hablas… es decir… éramos amigas, nos llevábamos bien.

—Demasiado bien. ¡Sobreactuabas! Tantas sonrisitas, viniendo de ti, no significan nada bueno.

“Wow, sí que nos atrapó esta vez” silbó el cerebro.

“Por tu culpa. Debimos decirle la verdad desde el principio. Llevo sufriendo años sin que a nadie la importe”.

“Deja de hacerte la víctima”.

Ella se acomodó de nuevo en la silla.

—¡Idiota!

—También te quiero —Se acomodó a su vez y dio un sorbo a su botella

—, ahora que ya terminó, dime la verdad. ¿Por qué odiabas tanto a Becky?

Tú no sabías que estaba casada.

Rina hizo pasar el trago a duras penas. Becky era todo lo contrario de lo que ella era: dulce y acomedida, frágil y discreta. Cuando Jackson salió con otras chicas, Rina pensaba que era solo temporal y así fue. Pero Becky era demasiado perfecta y se sintió supremamente inferior.

—¡Yo qué sé! —Se limitó a responder.

Él no dijo nada y el silencio reinó durante interminables minutos. El estómago de Rina protestó ruidosamente y decidieron que era hora de cenar.

No hubo cena a la luz de las velas, pero hubo películas de miedo y con violencia extrema, con comida recalentada que encontraron en la cocina y un poco de palomitas de maíz.

Sentados en la alfombra de la sala de estar, Rina sintió como si hubieran vuelto al bachillerato, antes de que las cosas se volvieran serias en su mundo, antes de separarse para ir a universidades distintas y antes de que su amistad cambiara para siempre, aunque ellos hayan fingido que nada pasó.

—Y… ¿Compraste un anillo?

—Obvio.

—¿Qué harás con él?

—Devolverlo.

—¿Puedo verlo?

De mala gana se lo sacó del bolsillo. No iba en caja de terciopelo, sino en una bolsa de raso con un listón.

—Uy, ¡qué cursi!

—Cierra la boca.

De la televisión se escaparon desgarradores gritos de terror y ruidos de desmembramientos. Ninguno se había tomado la molestia de encender la luz y la única iluminación provenía del plasma que pintaba sus rostros con los colores de la masacre.

—¿Puedo probármelo?

—Claro que no, ¿para qué?

—Es muy hermoso, también me gustan las joyas. Ponlo en mi dedo.

—Estás loca.

—¡Vamos! Ambos sabemos que lo superarás. En unos meses nos reiremos de esto. Bueno, quizá yo me ría de ti. Hagamos una terapia:

deslízalo en mi dedo, finge que soy ella y dime lo que le ibas a decir. He oído que sirve para desahogar las penas.

—Eres una idiota.

—Yo también te quiero.

—Já, já. ¿Quieres averiguar si hay una catedral en el fondo del lago?

Rina hizo caso omiso de la amenaza, sacó el anillo de la bolsa y se lo dio.

Jackson suspiró, su amiga era como una niña: cuando se encaprichaba con algo, nada podía hacerla cambiar de opinión. Cuando eran niños se había sentido completamente manipulado por ella, aunque fingía que hacía las cosas por su cuenta, muchas veces había influido algún comentario de ella o el simple hecho de saber que ese algo la haría feliz. Volvió a ceder, como cuando le hizo un pedido completamente fuera de lugar, cuando estaban a punto de graduarse del bachillerato.

—No planeé nada especial… Pensé que la inspiración vendría.

Comenzó a deslizar el anillo en el pequeño dedo anular de su amiga.

Tenía unas manos tan suaves, a pesar de querer parecer ruda. Él sabía que era frágil por dentro, tierna y dulce cuando quería, le tenía miedo a la oscuridad y le gustaban las comedias románticas, aunque no quería que nadie lo supiera.

—Improvisa.

—Pues… sería algo como… —Miró sus ojos y cometió el error de verlos de verdad y verse en ellos. No pudo evitarlo, los recuerdos que había logrado reprimir durante años y que creyó que no importaban, llegaban a él sin que pudiera detenerlos—. Has estado a mi lado por tanto tiempo, que siento que lo doy por hecho, pero quiero que sepas que lo aprecio y… lo agradezco. Tu amistad es una de las pocas cosas en el mundo que realmente me importan, una de esas cosas por las que daría la vida y yo… yo… quizá, solo quizá, esté un poco enamorado de ti…

Rina rio y quiso retirar la mano, pero no la dejó.

—¿Te volviste loco… —Fue tan repentino que se quedó congelada sin saber qué hacer, la sensación de sus labios sobre los de ella era tan absorbente que no hizo nada por impedírselo. La besó, y la siguió besando hasta que ella recuperó el control de su cuerpo y lo empujó— ¡Basta!

Él retrocedió.

—¡Fue tu culpa! Con esa loca idea de la terapia.

—¿Qué fue todo eso de estar a tu lado tanto tiempo? Conocías a Becky hace seis meses.

—Ya te dije que no planifiqué esa parte. Nada de lo que dije significa…

nada.

—¿Nada?

—Déjalo ya.

Una escena confusa llena de sangre se desarrollaba en la pantalla. Ellos se quedaron callados sin saber qué decir. Minutos después ella rompió el silencio.

—Jackson…

—¿Qué?

—El anillo no sale.

Fueron a la cocina en busca de aceite mientras él no dejaba de repetir que todo había sido culpa de ella. Rina no decía nada, se había quedado demasiado confusa por el beso, pero pensó que, si habían superado lo de la graduación de bachillerato, podían superar esto.

—Ya está. Espero que no tengas más ideas geniales.

—Tengo una: ir a dormir ahora mismo.

—¿Cómo? Viniste aquí para emborracharte conmigo, ¿o no? Es tu guion de mejor amiga después de la idiotez que estuve a punto de hacer.

—Vine para evitar que te emborraches. La solución es fácil, vamos a la cama.

—¿En serio?

—¡No me refería a eso!

—¿Por qué no? Fue bastante bueno la última vez…

Ni siquiera supo cómo pasó. Cuando volvió en sí, Rina corría escaleras arriba y él sentía un inmenso ardor en la cara debido a la bofetada que recibió. Se lo merecía. Nunca lo habían mencionado, durante todos esos años había cumplido su promesa de enterrar ese recuerdo, era como algo sagrado que no se atrevía a tocar y en un momento de auto conmiseración lo había tomado a la ligera, como si fuera una aventura más. No lo era.

Se paró frente a la puerta de la habitación que su amiga había usado desde que era niña para pasar las vacaciones ahí.

—Rin… lo siento. Fui un idiota. No quise decir eso… bueno, sí, pero no de esa forma.

—Jackson, vete a dormir y no te atrevas a emborracharte. —Sus gritos llegaban amortiguados a través de la puerta.

—No voy a poder dormir.

—¡Bien! Ese será tu castigo. ¡Largo!

Se fue a regañadientes. Si ella lo consideraba un castigo quería decir que todo estaría bien a la mañana siguiente. Se preguntó por qué tuvo que mencionar eso tan a la ligera. Había sido un momento muy importante para ella, un momento de vulnerabilidad que no quería que nadie usara en su contra y por eso se lo confió a él. Sentía que la había traicionado.

No puedo creer que ibas a proponerte sin haberme contado. Eres un traidor.

Entró en su habitación y se tiró en la cama sin siquiera cambiarse la ropa.

Así qué, ¿un traidor? Podía ser, pero era cierto que Rina odiaba a Becky.

Cuando había ignorado a todas sus novias anteriores, con ella había sido completamente distinta, podía ver cómo cambiaba su mirada cuando Becky estaba en la habitación y sus bromas crueles sobre el amor y matrimonio, eran doblemente crueles. No le dijo lo que planeaba porque tenía miedo de su reacción. ¿Se burlaría? ¿Trataría de convencerlo de que no lo hiciera?

Porque, en ese caso, lo lograría, estaba seguro de que él aceptaría lo que fuera por ella.

Miró el anillo a la luz de la luna que se colaba por la ventana. Se le veía tan bien. Pero Rin no era de las que se casaban, si quería sentar cabeza y formar un hogar, ella no era la chica. Por otro lado, si lograba que ella lo viera como una de sus aventuras, podría tenerla, aunque fuera por un tiempo.

—¡Maldición! —soltó para sí mismo, incorporándose en la cama. No era eso lo que quería. No quería estar a la par de Román Luna y otros a los que ella había tomado como pasatiempos sin importancia. Lo que ellos tenían era especial… ¿O no? Si lo era, había cometido una falta imperdonable esa noche.

Definitivamente no iba a poder dormir.

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