Nunca Digas Te Amo
Capítulo 7
Odio los lunes
El lunes por la mañana, Rina se fue como alma que lleva el diablo a la agencia. Se había pasado la noche casi en vela y después de apenas dormir durante el fin de semana, fue incapaz de despertarse cuando sonó la alarma.
“Maldito el que inventó el lunes”. Podría ser que esa fuera la única opinión en la que cerebro y corazón estuvieran de acuerdo.
Salió corriendo del autobús y se dirigió a toda prisa al edificio de dos plantas donde estaba la agencia de modelos. Toda la primera planta eran los estudios fotográficos y en la segunda planta estaban las oficinas administrativas y el área de edición, donde ocurría la magia y ella se sentía como pez en el agua.
—Katerina Valdivia Mendoza —gritó una mujer flaca y muy alta, vestida con un anticuado traje sastre de los años noventa y con unas gruesas gafas color café.
Si había una cosa que Rina odiaba más que los lunes, era que la llamaran por su nombre completo. No solo porque ni su tía se atrevió a tanto, sino porque la hacía sentir que estudiaba en un colegio de monjas.
—Licenciada Álvarez, perdone la tardanza…
—¿Tardanza? —vociferó con voz nasal—. ¡Son las nueve, Katerina! ¡Las nueve! ¿Se puede saber cómo es que llega una hora tarde después de un fin de semana largo?
“Si, es que verá: mi mejor amigo descubrió que su casi prometida volvió con su ex esposo y ahora dice que está enamorado de mí y yo creo que estoy enamorada de él y por eso llego una tarde al trabajo”.
“Ahórrate el resumen barato”.
—Disculpe, licenciada, no volverá a pasar.
—Eso espero. ¡Apúrese! ¿Qué hace aquí cuando hay tanto trabajo?
Corrió a su cubículo maldiciendo a la mujer, su cursi nombre completo, a los lunes y a todo aquel que se la atravesó en el camino.
— Cappuccino doble con extra crema.
—Gracias —dijo en un susurro.
“Mmmh… Cappuccino…” ronroneó el corazón recuperando un poco de calma, mientras ella tomaba un sorbo y se acomodaba en su escritorio.
Hasta el cerebro sintió que flotaba ante el golpe de cafeína y azúcar.
Había un montón de postits pegados al monitor con las tareas pendientes.
—Hace años que no llegabas tarde —comentó Lily tomando de su propio café—. Me muero por oír la historia.
—Yo no me muero por contarla —respondió entre dientes con una falsa sonrisa.
—¿Tiene algo que ver con las treinta llamadas de tu amigo?
—¿Qué? —Se apresuró a verificar el teléfono de su escritorio. Había treinta y cinco llamadas perdidas realizadas entre las 7:00 am hasta esa hora.
“Es un amor”.
“Está loco”.
—¿Qué le pasa? ¿Por qué llama a mi trabajo?
—Quizá intentó llamar a tu número y, al igual que a mí, le saltó el buzón.
Rina se detuvo un momento y dejó de intentar poner orden en su escritorio para ponerlo en su mente. Respiró hondo y se concentró en darle coherencia a su día.
—Lily, fue un largo y extraño fin de semana. Te contaré todo cuando acabe los pendientes o la licenciada Álvarez me va a cortar la cabeza, ¿ Ok?
— Ok —dijo su amiga y se dispuso a ir a su propio lugar de trabajo—.
Pero quiero detalles.
“Ahora, primero lo primero”.
Estoy en el trabajo. No me llames, no me escribas y, si en algo aprecias tu vida, no hagas que me despidan o te juro que te mato.
Tecleó frenéticamente en su móvil. Envió el mensaje y se volcó a montar hermosos paisajes de cascadas de fantasía o exuberantes selvas en los fondos lisos de las modelos, o cambiar una simple tela por un hermoso vestido de seda rojo… Le gustaba su trabajo y cuando se concentraba en él, le parecía que el tiempo se iba volando.
—Hora del chisme —canturreó Lily encaramándose al escritorio de su amiga.
—Lily, debo terminar estos montajes.
—Es la hora del almuerzo, ni Álvarez es tan negrera para no dejar que almuerces, aunque hayas llegado una hora tarde.
Cuando a Lily se le metía algo en la cabeza no había poder humano que la disuadiera de lo contrario, así que suspiró y se resignó a una hora de tortura mental en la que su amiga preguntaría y ella, sometida como si fuera un interrogatorio, tendría que poner su mejor cara para decirle solo lo necesario sin ahondar en detalles.
Fueron al parque después de comprar unos bocadillos y se sentaron sobre la grama, bajo un frondoso árbol.
—¿Y? ¿Al fin te acostaste con Jackson?
Rina escupió el sorbo de soda que acaba de tomar. Lily estalló en carcajadas y algunas personas las voltearon a ver.
—Eso parece un sí.
—¿Estás loca?
—No te entiendo Rina, ustedes dos parecen hechos el uno para el otro, ¿a qué le tienes tanto miedo?
—El amor es un asco Lily. Si no te lastiman a ti, tú lastimas a los demás.
Es un juego muy peligroso para el que nunca me preparé.
—Bueno, no siempre las cosas salen bien.
—Sin amor no hay dolor… ni falsas esperanzas. Es muy simple. Es mejor no abrirle la puerta.
Dio por zanjado el asunto y se encaminó de regreso al trabajo. Lily hubiera querido decirle que era muy tarde para huir porque el amor ya había traspasado su puerta.
Álvarez estaba encantada con el trabajo de Rina, tanto que la elogió, olvidando por completo su retraso. Eso aligeró un poco las cosas. Estaba tan feliz por haber conseguido una cuenta con una importante marca que los invitó a todos a una ronda de tragos. Aunque no estaban de humor, Rina y Lily se unieron porque no querían desairar a la jefa en uno de sus escasos días buenos.
—Oye, Rina, ¿qué tal una vuelta en mi volvo?
—No, George, estás ebrio —respondió la aludida, también sintiendo los efectos del alcohol. Trató de enfocar al sexy rubio que era la nueva estrella de la agencia. Lo contrataban para anunciar de todo: desde autos hasta comida para mascotas. En fin, todo se vale en la guerra y en el marketing.
—¿Qué pasa “Gatita”? ¿Ahora te las das de santa?
Maldito Román que había popularizado el estúpido apodo. Sin amedrentarse, se le plantó delante.
—Mira, pedazo de cretino, lo que me dé es asunto mío, así que piérdete.
Sin previo aviso, el musculoso hombre levantó la mano, pero no llegó a descargar el golpe, porque alguien le tiró una bebida en la cabeza.
—¿Quién diablos se atreve…?
—¡Yo me atrevo! —Todos miraron con la boca abierta a la licenciada Álvarez—. La señorita dijo que no, animal. Incluso así de ebrio deberías entenderlo.
George palideció de rabia y se fue sin decir nada.
—Gracias, licenciada.
—Por favor, llámame Isa.
—¿Isa? ¿Se llama Isabel?
—¿Qué? ¿Muy humano para ser el nombre de la vieja arpía que te hace la vida difícil?
—No, yo no dije eso.
Isabel Álvarez se soltó el pelo y se quitó las gafas. No parecía la misma de todos los días.
—Mira niña, a veces a las mujeres no nos queda más que ser unas arpías para escalar en un mundo de hombres, pero eso no quiere decir que dejemos de ser mujeres. —Les guiñó el ojo y tomó otro sorbo de su bebida.
A partir de ese momento decidieron pasarla bien. Bailaron las tres juntas y hasta cantaron, aunque a la jefa no le ayudaba su voz nasal, a esas alturas de la embriaguez, nadie siquiera lo notó.
Poco antes de medianoche, decidieron que había sido suficiente.
Llamaron un taxi y, mientras esperaban, Rina aprovechó para ir al baño.
Todavía no regresaba cuando el taxi llegó.
—Ya se tardó —comentó su amiga preocupada.
—Vamos a ver —dijo la jefa, corriendo con agilidad a pesar de sus tacones de aguja de doce centímetros.
Cuando llegaron, pudieron escuchar el ruido de una discusión.
—¡Suéltame! ¡Ya te dije que no iré contigo!
—Eso ya lo veremos.
Era la voz de George. Sin pensarlo, entraron a los baños. Rina se sostenía la ropa hecha jirones, mientras George forcejaba para arrancarle lo que le quedaba de la blusa.
Se fueron las dos encima, pero era muy fuerte. Comenzaron a gritar sin dejar de golpearlo, el hombre lanzaba manotazos logrando asestar un par, sin lograr quitárselas de encima, cuando Román apareció en la puerta.
—¿Pero que…?
Tomó al tipo por la melena rubia y lo estampó contra la pared. Este, al ver que no tenía escapatoria, se fue en contra de Rina, embistiéndola y haciendo que se llevara tremendo golpe en la cabeza.
Apenas fue consciente de que se le iba encima, antes de perder el conocimiento.
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