OPEN
Capítulo 9
Termino 1987 con un golpe de efecto. Gano mi primer torneo como profesional, en Itaparica, Brasil, algo que tiene aún más mérito porque lo hago ante un público compuesto por brasileños inicialmente hostiles. Después de derrotar a su mejor jugador, Luiz Mattar, los aficionados no parecen resentidos conmigo. De hecho, me conceden el título de brasileño honorario. Saltan a la pista, me suben a hombros y me mantean. Muchos han llegado al estadio directamente desde la playa. Llegan bañados de aceite de coco, y yo no tardo en acabar pringado también. Mujeres en biquini y en tanga me cubren de besos. Suena la música, la gente baila, alguien me alcanza una botella de champán y me pide que rocíe al público. El ambiente festivo, carnavalesco, es el complemento perfecto a la alegría que yo siento. Finalmente, he salido adelante. He ganado cinco partidos seguidos. (Para ganar un slam —constato no sin cierta alarma—, debo ganar siete).
Un hombre me entrega el cheque que corresponde al vencedor. Debo mirar dos veces la cifra: 90.000 dólares.
Con el cheque todavía metido en los pantalones de mis vaqueros, me planto dos días después en el salón de mi padre y aplico un poco de psicología preventiva.
Papá —le digo—. ¿Cuánto crees que voy a ganar el año que viene?
Ja, ja —dice él, radiante—. Millones.
Bueno, en ese caso no te importará que me compre un coche.
Él frunce el ceño. Jaque mate.
Sé muy bien qué coche quiero. Un Corvette blanco con todos los extras. Mi padre insiste en que mi madre y él me acompañarán al concesionario para que no me engañen. Yo no puedo negarme. Mi padre es mi casero, mi tutor. Ya no vivo a tiempo completo en la Academia Bollettieri, por lo que vuelvo a residir bajo el techo de mi padre y, por tanto, bajo su control. Viajo por todo el mundo, gano bastante dinero, he alcanzado cierta fama, pero básicamente mi padre sigue dándome la semanada. Es raro, sí, pero es que toda mi vida es rara. Solo tengo diecisiete años, no estoy preparado para vivir solo, apenas lo estoy para aparecer de pie en una pista de tenis, y aun así, acabo de estar en Río de Janeiro, sujetando a una chica con tanga en una mano y un cheque de 90.000 dólares en la otra. Soy un adolescente que ha visto demasiado, un hombre-niño sin cuenta corriente.
En el concesionario, mi padre no deja de regatearle al comercial, y su negociación no tarda en adquirir un tono agresivo. ¿Por qué será que no me sorprende? Cada vez que mi padre le hace una nueva oferta, el comercial sale a consultárselo a su jefe. Mi padre abre y cierra los puños.
Finalmente, el comercial y mi padre acuerdan un precio. Estoy a punto de convertirme en propietario del coche de mis sueños. Mi padre se pone las gafas, echa un último vistazo a los papeles. Pasa el dedo por la lista detallada de gastos. Un momento. ¿Qué es esto? ¿Un pago de 49,99 dólares?
Es un pequeño cargo por el papeleo, dice el comercial.
Ese papeleo no es mío, joder. Es suyo. Páguense ustedes el papeleo.
Al comercial no le gusta el tono de mi padre. Se intercambian palabras gruesas. Mi padre pone esa cara tan suya, la misma que puso antes de noquear al camionero. La mera visión de todos esos coches le devuelve su rabia antigua.
Papá, ¿el coche cuesta 37.000 dólares y te pones así por un cargo de 50?
¡Te están estafando a ti, Andre! ¡Me están estafando a mí! ¡El mundo entero intenta estafarme!
Sale del despacho del comercial hecho una furia y, ya en la sala de exposición, se encara con los jefes, que están sentados a una mesa alta. Les grita: ¿creen que están a salvo ahí detrás? ¿Por qué no salen de ahí, eh?
Tiene los puños en alto. Está listo para pelearse con cinco hombres a la vez.
Mi madre me pasa el brazo por el hombro y me dice que lo mejor que podemos hacer es salir y esperarlo fuera.
Permanecemos en la acera, viendo a mi padre despotricar al otro lado del escaparate. Golpea el escritorio. Agita las manos. Es como ver una película muda espantosa. A mí me mortifica, pero también siento una ligera envidia. Ojalá poseyera yo algo de la furia de mi padre. Ojalá pudiera recurrir a ella durante los partidos difíciles. Me pregunto qué podría llegar a hacer en el tenis si tuviera acceso a esa rabia y fuera capaz de orientarla hacia el otro lado de la red. En cambio, lo que hago es dirigirla toda contra mí mismo.
Mamá, ¿cómo lo aguantas? —le pregunto—. ¿Todos estos años?
Ah —responde ella—. No lo sé. Todavía no ha ido a la cárcel. Y nadie lo ha matado aún. Creo que somos bastante afortunados, pensándolo bien. Con suerte, saldremos de este incidente sin que ocurra ninguna de esas dos cosas, y seguiremos adelante.
Además de la ira de mi padre, me encantaría tener aunque fuera una mínima parte de la calma de mi madre.
Philly y yo regresamos al concesionario al día siguiente. El comercial me entrega las llaves de mi nuevo Corvette; se nota que siente lástima por mí. Me dice que no me parezco en nada a mi padre, y aunque su intención es halagarme, lo cierto es que me siento vagamente ofendido. De camino a casa, la emoción de conducir el coche recién estrenado se ve amortiguada. Le digo a Philly que a partir de ahora las cosas serán distintas. Mientras me abro paso entre el tráfico, mientras piso fuerte el acelerador, le digo: ha llegado el momento. Necesito hacerme con el control de mi dinero. Necesito hacerme con el control de mi vida, joder.
En los partidos largos, me falta resistencia. Y, en mi caso, todos los partidos son largos, porque tengo un saque normalito. No consigo quitarme los problemas de encima gracias a mi servicio, que no me proporciona puntos fáciles, por lo que para vencer a mis rivales debo empeñarme a fondo en todos los juegos. Mi conocimiento del tenis va mejorando, pero mi cuerpo paga las consecuencias. Estoy flaco, soy quebradizo, y mis piernas se rinden fácilmente, seguidas de cerca por mi garra. Informo a Nick de que no estoy lo bastante en forma para competir contra los mejores del mundo, y él se muestra de acuerdo. Las piernas lo son todo.
Contacto con un entrenador de Las Vegas, un coronel retirado que se llama Lenny. Duro como el acero, Lenny suelta más palabrotas que un marinero y camina como un pirata, porque hace muchos años lo hirieron en una guerra de la que no le gusta hablar. Cuando todavía no llevo ni una hora con él, yo mismo querría que alguien volviera a pegarle un tiro. Pocas cosas causan más placer a Lenny que maltratarme mientras, de paso, pronuncia todo tipo de obscenidades contra mí.
En diciembre de 1987, la temperatura en el desierto baja de manera poco habitual. Los que vienen a jugar a los casinos de Las Vegas se ponen gorros de Santa Claus. Las palmeras están decoradas con luces de Navidad. Las putas que recorren el Strip llevan ornamentos navideños a modo de pendientes. Yo le comento a Perry que tengo muchas ganas de que empiece el año nuevo. Me siento fuerte. Siento que empiezo a formar parte del tenis.
Gano el primer torneo de 1988, en Memphis. El sonido que emite la pelota al abandonar mi raqueta me dice que está viva. Mi drive crece cada vez más. Las bolas atraviesan a mis rivales. Todos se vuelven a mirarme con una expresión de incredulidad: ¿de dónde coño ha salido eso?
En los rostros de los aficionados también noto algo. Su manera de observarme, de pedirme autógrafos, su manera de gritar cuando entro en las pistas, me incomoda un poco, pero a la vez satisfacen algo en lo más profundo de mi ser, una necesidad oculta cuya existencia ignoraba.
Vestirse como yo, en 1988, significa llevar vaqueros cortos. Esos shorts son la marca de la casa, mi distintivo, mi sinónimo, que se comenta en todos los artículos, en todos los perfiles que me dedican. Pero yo no escogí llevarlos; me escogieron ellos a mí. Fue en 1987, en Portland, Oregón. Yo participaba en el Nike International Challenge y los representantes de Nike me invitaron a la suite de un hotel para mostrarme las últimas demos y muestras de ropa. Allí también estaba McEnroe, al que, por supuesto, dejaron escoger primero. Él levantó unos pantalones cortos de tela vaquera y dijo: pero ¿qué coño es esto?
Yo abrí mucho los ojos, me pasé la lengua por los labios y pensé: son geniales. Si tú no los quieres, Mac, me los pido yo.
Tan pronto como Mac los desechó, los cogí. Y ahora los uso en todos los partidos, al igual que muchos de mis fans. Los comentaristas deportivos me machacan por ello. Dicen que lo que quiero es llamar la atención, destacar sobre el resto. De hecho — como con mi cresta mohicana—, lo que intento es ocultarme. Dicen que pretendo cambiar las costumbres del juego, cuando en realidad lo que procuro es que el juego no me cambie a mí. Me llaman rebelde, pero yo no tengo la menor intención de serlo, y solo participo de una rebelión adolescente normal y corriente. Son distinciones sutiles, pero importantes. En el fondo, no hago más que ser yo mismo, y como no sé quién soy, mis intentos por averiguarlo son erráticos, raros y, claro está, contradictorios. Me comporto igual que cuando vivía en la Academia Bollettieri: me resisto a la autoridad, experimento con la identidad, envío mensajes a mi padre, me rebelo contra la falta de libertad de elección en mi vida. Pero ahora lo hago a una escala mayor.
Haga lo que haga, por los motivos que sea, suscita reacciones. Es habitual que se refieran a mí como el salvador del tenis americano, sea eso lo que sea. En todo caso, creo que tiene que ver con el ambiente que se crea durante los partidos de tenis en los que participo. Además de imitar mi manera de vestir, los aficionados que me apoyan imitan también mi peinado. Veo mi melena característica en mujeres y en hombres (a las mujeres les queda mejor). Me halagan mis imitadores, pero también me avergüenzan, me confunden. No concibo que toda esa gente quiera parecerse a Andre Agassi, dado que yo no quiero ser Andre Agassi.
De vez en cuando intento explicar eso mismo en alguna entrevista, pero nunca lo consigo. Intento ser gracioso, pero lo que digo no tiene la menor gracia, o bien ofende a alguien. Intento ser profundo, pero me oigo a mí mismo diciendo cosas sin sentido. De modo que renuncio a más explicaciones, y me limito a las respuestas breves y previsibles, respondo a los periodistas lo que ellos parecen querer oír. No puedo hacer más. Si ni yo mismo soy capaz de entender mis motivaciones, mis demonios, ¿cómo puedo pretender transmitírselos a unos periodistas que van con prisa?
Y, por si eso fuera poco, estos se dedican a transcribir lo que digo, mientras lo digo, palabra por palabra, como si al hacerlo así pudieran reproducir la verdad literal. Pero yo querría decirles: un momento, no anotéis eso, solo estoy pensando en voz alta. Me preguntáis sobre el tema del que menos sé: yo. Permitidme que me corrija un poco, que me contradiga a mí mismo. Pero no hay tiempo. Ellos necesitan respuestas que sean blanco o negro, bien o mal, tramas sencillas en diez líneas, antes de pasar a otra cosa.
Si dispusiera de tiempo, si pudiera pensar un poco más antes de hablar, les diría a los periodistas que estoy intentando averiguar quién soy, pero lo que sí tengo entre tanto es una idea bastante aproximada de quién no soy. No soy mi ropa, y, sin duda alguna, no soy mi juego. No soy nada de lo que el público cree que soy. Ser de Las Vegas y llevar ropa estridente no me convierte automáticamente en un showman. No soy un enfant terrible, frase que aparece en todos los artículos que se publican sobre mí. (Diría que uno no puede ser algo que ni siquiera sabe pronunciar correctamente). Y, por el amor de Dios, no soy ningún punk roquero. A mí me gusta la música pop suave y ligera, tipo Barry Manilow y Richard Mark.
Pero, por supuesto, la clave de mi identidad, lo que sí sé sobre mí pero no puedo revelar a los periodistas, es que estoy perdiendo el pelo. Lo llevo largo y crespado para disimular su rápida caída. Solo lo saben Philly y Perry, porque ellos sufren de lo mismo que yo. De hecho, Philly se ha trasladado hace poco a Nueva York para reunirse con el dueño del Hair Club for Men y comprarle unos cuantos postizos. Ya no volverá a hacer el pino.
Me telefonea desde allí para hablarme de la gran variedad de postizos que ofrece el club. Según dice, es como un hipermercado de pelucas. Como el buffet de ensaladas de Sizzler, pero solo de pelo.
Le pido que me compre una. Todas las mañanas encuentro parte de mi identidad en la almohada, sobre mi piel, en los desagües.
Me pregunto: ¿es que piensas llevar peluca? ¿Durante los torneos?
Y me respondo: ¿qué alternativas tengo?
En Indian Wells, en febrero de 1988, me abro paso, imparable, hasta semifinales, donde me cruzo con Boris Becker, de la República Federal de Alemania, el tenista más famoso del mundo. Su aspecto es imponente: luce una gran mata de pelo dorado, resplandeciente, y sus piernas son más anchas que mi cintura. Cuando me enfrento a él, mantiene intactas todas sus fuerzas, pero le gano el primer set. A continuación pierdo los dos siguientes, aunque en el tercero, duro e igualado, presento batalla. Abandonamos la pista mirándonos de reojo, como dos toros excitados. Yo me prometo a mí mismo que no perderé la próxima vez que compitamos.
En marzo, en Key Biscayne, me enfrento a Aaron Krickstein, antiguo compañero mío de la Academia Bollettieri. A menudo se nos compara, tanto por nuestra relación con Nick como por la precocidad de nuestras habilidades. Voy ganándole dos sets a cero, pero de pronto pierdo toda la energía. Krickstein gana los dos sets siguientes. Al inicio del quinto noto los primeros calambres. Todavía no he alcanzado la forma física que necesito para pasar a un nivel superior. Pierdo.
Me traslado a Isle of Palms, cerca de Charleston, y gano mi tercer torneo. Estando allí cumplo los dieciocho años. El director del evento saca una tarta al centro de la pista y todo el mundo canta. Nunca me han gustado los cumpleaños. En casa, cuando era pequeño, nunca los celebrábamos. Pero este es distinto. Ya soy mayor de edad, la gente no para de repetírmelo. A ojos de la ley, ya soy adulto.
Pues la ley no tiene ni idea.
Me desplazo hasta Nueva York, para disputar el Torneo de Campeones, un hito importante, porque en él se enfrentan los mejores jugadores del mundo. Una vez más me preparo para enfrentarme a Chang, que, desde la última vez que lo vi, ha desarrollado un mal hábito: cada vez que derrota a un rival, señala al cielo. Le da las gracias a Dios. Atribuye el mérito de su victoria a Dios, lo que me ofende. Que Dios tome partido en un torneo de tenis, que Dios vaya en contra de mí, que Dios vaya con Chang, es algo que me resulta ridículo e insultante. Derroto a Chang, y saboreo todos y cada uno de mis blasfemos golpes. Después me vengo de Krickstein. En la final debo enfrentarme a Slobodan Zinojinovic, un serbio más conocido por competir en dobles. No le dejo ganar ni un set.
He empezado a ganar con más frecuencia. Debería estar contento. Pero me siento tenso, porque la temporada ha terminado. Mi actuación en pistas duras ha sido triunfal, y mi cuerpo quiere seguir jugando sobre esa superficie, pero ahora empieza la temporada de la tierra batida. El súbito paso de una superficie a otra lo cambia todo. Jugar sobre tierra batida es jugar a otra cosa, por lo que el juego debe adaptarse, cambiar, y también ha de cambiar el cuerpo. En lugar de llegar corriendo a todas partes, en lugar de parar en seco y arrancar bruscamente, aquí hay que deslizarse, inclinarse y danzar. Los músculos con los que uno está más familiarizado adoptan un papel secundario, y aquellos que se encontraban en estado de latencia pasan a dominar. En el mejor de los casos, ya me resulta bastante doloroso no saber quién soy. Pero convertirme de pronto en otra persona, en una persona de tierra batida, añade una capa más de frustración y ansiedad.
Un amigo me comenta que las cuatro superficies sobre las que se juega al tenis son como las cuatro estaciones del año. Cada una te reclama algo distinto. Cada una te entrega distintas recompensas y te exige peajes distintos. Cada una de ellas altera radicalmente tu aspecto, te rehace a nivel molecular. Tras tres rondas del Open de Italia, en mayo de 1988, yo ya he dejado de ser Andre Agassi. Y quedo fuera del torneo.
Acudo al Open de Francia de 1988 esperando más de lo mismo. Al acceder a los vestuarios del Roland Garros, veo a los expertos en tierra batida apoyados en la pared, acechando. Nick los llama ratas de cloaca. Llevan meses aquí, practicando, esperando a que los demás terminemos nuestra temporada en pista dura y aterricemos en su leonera de tierra batida.
Además de la desorientación que me causa la tierra batida, París me afecta profundamente. La ciudad sufre los mismos problemas logísticos que Nueva York y Londres, y también están sus grandes aglomeraciones y sus particularidades culturales, pero además interviene la barrera añadida del idioma. Por si eso fuera poco, la presencia de perros en los restaurantes me inquieta. La primera vez que entro en un café de los Campos Elíseos, un perro levanta la pata y suelta un chorro de orina contra la mesa contigua a la mía.
Roland Garros no se escapa de esa sensación de extrañeza. Es el único lugar en el que he jugado que apesta a humo de puros y pipas. Cuando estoy a punto de servir en un punto muy importante del partido, pasa bajo mi nariz una voluta de humo salida de una pipa. Estoy tentado de ir a buscar a esa persona para regañarla, y a la vez sé que prefiero no saber de quién se trata, porque no puedo ni imaginar qué clase de hobbit retorcido se sienta a ver un partido de tenis mientras da chupadas a su pipa.
A pesar de mi incomodidad, consigo derrotar a mis tres rivales. Supero incluso al gran maestro de tierra batida Guillermo Pérez-Roldán en los cuartos de final. En semifinales, me toca cruzarme con Mats Wilander. Ocupa el tercer puesto del ranking mundial pero, en mi opinión, es el jugador del momento. Cuando pasan alguno de sus partidos por la tele, dejo lo que esté haciendo y me pongo a verlo. Está viviendo un año asombroso. Ya ha conquistado el Open de Australia y es el favorito para ganar este torneo. Consigo forzar un quinto set, que pierdo 6-0 en medio de serios calambres.
Le recuerdo a Nick que voy a saltarme Wimbledon. Le digo: ¿por qué pasarme a la hierba y malgastar toda esa energía? Tomémonos un mes de reposo, descansemos y preparémonos para las pistas duras del verano.
Él se alegra más que yo de no ir a Londres. Wimbledon le gusta tan poco como a mí. Además, quiere regresar cuanto antes a Estados Unidos para buscarme un entrenador mejor.
Nick contrata a un forzudo chileno llamado Pat que nunca me pide que haga nada que no esté dispuesto a hacer él mismo, algo que me inspira respeto. Pero Pat también tiene la costumbre de escupirme cuando me habla, y de inclinarse sobre mí cuando estoy levantando pesas. Cada vez que lo hace, me echa gotas de sudor en la cara. A veces creo que debería acudir a las sesiones de entrenamiento de Pat cubierto con un poncho de plástico.
El régimen de entrenamientos de Pat se basa sobre todo en hacerme subir y bajar un monte que queda a las afueras de Las Vegas. Se trata de un lugar desolado y achicharrado por el sol. A medida que te acercas a la cima, el calor aumenta, como si se tratara de un volcán en erupción. Además, está a una hora de casa de mi padre, distancia que encuentro innecesaria. No hay nada mejor que desplazarse en coche hasta Reno para correr un rato. Aun así, Pat insiste en que esa montaña es la respuesta a todos mis problemas físicos. Cuando llegamos a su base y salimos del coche, él enseguida inicia el ascenso, a la carrera, y me ordena que lo siga. A los pocos minutos yo ya estoy echando el hígado por la boca, empapado en sudor. Y cuando llegamos a la cima me falta el aire. Según Pat, eso es bueno. Es sano.
Un día, cuando Pat y yo llegamos a lo alto del monte, de pronto aparece un camión destartalado. Baja de él un nativo americano. Viene hacia nosotros con un palo en la mano. Si su intención es matarme, no podré defenderme, porque soy incapaz de levantar los brazos.
El hombre nos pregunta: ¿qué estáis haciendo aquí?
Estamos entrenando. ¿Y tú?
Cazando serpientes de cascabel.
¡Serpientes de cascabel! ¿Hay serpientes de cascabel por aquí?
¿Hay entrenamiento por aquí?
Cuando dejo de reírme, el indio viene a decirme, más o menos, que debo de haber nacido con una herradura en el culo, porque esa colina está infestada de serpientes de cascabel. Él caza una docena de ellas todos los días, y espera cazar otras doce esa misma mañana. Es todo un milagro que no haya pisado ninguna, una grande, bien gorda, dispuesta a morderme.
Miro a Pat y me dan unas ganas tremendas de escupirlo.
En julio me desplazo a Argentina, convertido en uno de los jugadores más jóvenes de la historia en formar parte del equipo estadounidense de la Copa Davis. Juego bien contra Martín Jaite, argentino, y el público, algo a regañadientes, me muestra respeto. Voy ganando dos sets a cero, y llevo una ventaja de 4 juegos a 0 en el tercero. Espero el saque de Jaite. El frío me tiene entumecido: en Argentina es pleno invierno. Debemos estar a un grado bajo cero. Jaite dispara un saque que toca la red y cae en mi campo. Repite el saque. Y lo hace lanzando una pelota con mucho ascenso, imposible de restar. Yo la recojo al vuelo con la mano. Entonces estalla un motín. El público cree que pretendo perdonarle la vida a su compatriota, que le falto al respeto. Y me abuchean durante varios minutos.
Al día siguiente, los periódicos me machacan. En lugar de defenderme, reacciono con altanería. Respondo que siempre me había apetecido hacer algo así. La verdad es, simplemente, que tenía mucho frío y no pensaba. Mi reacción fue producto de la estupidez, no de la arrogancia. Mi reputación crece por momentos.