OPEN
Capítulo 1
Tengo siete años y estoy hablando solo, porque estoy asustado y porque soy la única persona que me escucha. Entre dientes, susurro: déjalo ya, Andre, ríndete. Suelta la raqueta y sal de esta pista, ahora mismo. Entra en casa y cómete algo bueno. Juega con Rita, con Philly, con Tami. Siéntate con mamá mientras hace punto o completa un puzle. ¿A que suena bien? ¿A que te sentirías en la gloria, Andre? Dejarlo, sin más. No volver a jugar al tenis en toda tu vida.
Pero no puedo. No solo mi padre empezaría a perseguirme con mi raqueta por toda la casa, sino que algo en mi fuero interno, un músculo invisible, muy adentro, no me deja. Detesto el tenis, lo odio con toda mi alma, y sin embargo sigo jugando, sigo dándole a la pelota toda la mañana, y toda la tarde, porque no tengo alternativa. Por más ganas que tenga de parar, no lo hago. Sigo suplicándome a mí mismo parar, y en cambio sigo. Y ese abismo, esa contradicción entre lo que quiero hacer y lo que de hecho hago, me parece la esencia de mi vida.
Por el momento, mi odio al tenis se focaliza en el dragón, una máquina lanzapelotas modificada por mi padre, que escupe fuego por la boca. Negro como la noche, montado sobre unas grandes ruedas de goma y con la palabra PRINCE pintada en letras de imprenta blancas sobre la base, el dragón, a primera vista, se parece a todas las máquinas lanzapelotas de todos los clubs de campo de América, pero es, en realidad, un ser vivo que respira, recién salido de uno de mis cómics. El dragón tiene cerebro, voluntad propia, un corazón negro y una voz espantosa. Al tragarse otra pelota e introducirla en su vientre, el dragón emite una serie de sonidos repugnantes. A medida que la presión se acumula en su garganta, gruñe. Y cuando la pelota asciende lentamente hasta su boca, chilla. Durante un momento el dragón parece casi tonto, como esa máquina de caramelos que se traga a Augustus Gloop en Charlie y la fábrica de chocolate. Pero cuando el dragón apunta hacia mí con puntería mortal y me lanza la pelota a 180 kilómetros por hora, el ruido que brota de sus entrañas es una especie de rugido que hiela la sangre. A mí siempre me asusta.
Mi padre ha construido ese dragón expresamente para que su aspecto resulte temible. Lo ha dotado de un cuello extralargo que es un tubo de aluminio, así como de una cabeza estrecha del mismo material, que retrocede agitándose como un látigo cada vez que el dragón dispara. Además, lo ha montado sobre una base a bastante altura, y lo ha acercado mucho a la red, para que de ese modo se alce mucho sobre mí. Yo soy bajo para la edad que tengo. (Parezco menor de lo que soy por mi eterna mueca de disgusto, y por los cortes de pelo a lo paje que me regala mi padre dos veces al mes). Pero, cuando me encuentro frente al dragón, me veo diminuto. Me siento diminuto. Desvalido.
A mi padre le interesa que el dragón se eleve muy por encima de mí no solo para que llame mi atención y me imponga respeto. Le interesa que las pelotas que salen disparadas de su boca caigan a mis pies como si las lanzara un avión desde el aire. Su trayectoria hace que esas pelotas resulten prácticamente imposibles de devolver de una manera convencional. Debo golpear todas esas bolas en pleno vuelo, porque si rebotaran pasarían por encima de mi cabeza. Pero ni siquiera eso es suficiente para mi padre. Devuélvela antes, me grita. Devuélvela antes.
Mi padre me lo grita todo dos veces; a veces, tres; a veces, diez. Más fuerte, dice. Más fuerte. Pero ¿de qué me sirve hacerlo? Por más fuerte que le dé a la bola, por más que la devuelva antes, la bola siempre vuelve. Cada pelota que envío al otro lado de la red se suma a las miles que ya cubren la pista. No son centenares. Son miles. Avanzan hacia mí en olas perpetuas. No tengo espacio para volverme, para dar un paso al frente, para saltar. No consigo moverme sin pisar alguna, pero no debo pisarlas, porque mi padre no lo soporta. Si piso una de esas pelotas de tenis, mi padre grita como si le hubiera pisado un ojo.
De cada tres pelotas lanzadas por el dragón, una va a aterrizar sobre otra que ya está en el suelo, lo que crea un efecto demencial de rebote lateral. Yo me adapto en el último segundo, devuelvo la pelota enseguida y la envío impecablemente al otro lado de la red. Sé que no se trata de un reflejo corriente. Sé que hay pocos niños en el mundo capaces de ver venir esa bola, y mucho menos de devolverla. Pero no me siento orgulloso de mis reflejos, ni me los reconocen. Hago lo que se supone que debo hacer. De mí se espera que devuelva todos los tiros. Si lo hago, es lo normal. Si fallo, se desencadena una crisis.
Mi padre dice que si devuelvo 2.500 pelotas al día, devolveré 17.500 pelotas a la semana, y al acabar el año habré devuelto casi un millón. Mi padre cree en las matemáticas. Los números, dice, no engañan. Un niño que devuelva un millón de pelotas al año será invencible.
Devuélvela antes, me grita mi padre. Maldita sea, Andre, devuélvela antes. Acércate a la pelota, acércate a la pelota.
Ahora es él el que se acerca a mí. Me está gritando directamente al oído. No basta con devolver todas las pelotas que me lanza el dragón. Mi padre quiere que dispare más fuerte y más deprisa que el dragón. Quiere que derrote al dragón. ¿Cómo vas a derrotar a algo que nunca para? Aunque, pensándolo bien, el dragón se parece bastante a mi padre. Solo que mi padre es peor. Al menos el dragón está plantado frente a mí, y lo veo. Mi padre, en cambio, se coloca detrás. Casi nunca lo veo. Solo lo oigo, día y noche, gritándome al oído.
¡Con más efecto! ¡Dale más fuerte! ¡Dale más fuerte! ¡A la red, no! ¡Maldita sea, Andre! ¡A la red, nunca!
Nada enfurece más a mi padre que ver una pelota tocar la red. No le gusta que devuelva las pelotas largas; me grita cuando las devuelvo largas; pero cuando estrello una pelota contra la red, le sale espuma por la boca. Un error es una cosa, pero lo de la red es otra muy distinta. Mi padre repite sin cesar: la red es tu peor enemiga.
Mi padre ha instalado la red quince centímetros más alta de lo que estipula el reglamento para que me resulte más difícil superarla. Supone que si consigo enviar la pelota por encima de su red, no tendré problemas para superar la de Wimbledon algún día. Qué más da que yo no quiera jugar en Wimbledon. Lo que yo quiera carece de importancia. A veces veo partidos de Wimbledon en la tele, con mi padre, y los dos vamos con Björn Borg, porque es el mejor, porque nunca para: es lo más parecido al dragón que he visto nunca. Pero yo no quiero ser Borg. Admiro su talento, su energía, su estilo, su capacidad para meterse de lleno en el juego, pero si yo alguna vez llegara a desarrollar sus cualidades, preferiría aplicarlas a otra cosa, no a jugar en Wimbledon. Alguna cosa que escoja yo mismo.
Dale más fuerte, grita mi padre. Más fuerte. Ahora el revés. El revés.
Tengo la sensación de que el brazo se me va a soltar del cuerpo y se me va a caer al suelo en cualquier momento. Querría preguntarle: ¿cuánto tiempo más nos queda, papá? Pero no pregunto. Hago lo que me dice. Resto con toda la fuerza de que soy capaz, y después un poco más fuerte todavía. Con un resto en concreto, me sorprendo a mí mismo de lo fuerte que he golpeado, de lo limpio que me ha salido el tiro. Aunque odio el tenis, me gusta la sensación de devolver una pelota perfecta. Es la única paz que encuentro. Cuando algo me sale perfecto, disfruto de una fracción de segundo de cordura y sosiego.
Pero el dragón responde a la perfección disparando la siguiente bola más deprisa.
Retroceso corto, grita mi padre. Retroceso cor… Así. «Cepilla» la pelota, cepíllala.
Durante la cena, a veces, mi padre se dedica a demostrarme las cosas que me pide. Coloca la raqueta debajo de la pelota, me dice, y cepíllala, cepíllala. Realiza un movimiento como de pintor que agitara delicadamente un pincel. Es muy posible que eso sea lo único que le he visto hacer a mi padre con delicadeza.
Practica las voleas, me grita, o lo intenta. Mi padre es armenio, nacido en Irán, y habla cinco lenguas, ninguna de ellas bien. Tiene mucho acento. Confunde las uves con las uves dobles, así que en vez de volea dice wolea. De todas sus instrucciones, esta es su favorita. La grita tanto que la oigo en sueños. «Practica las woleas, practica las woleas».
Yo he practicado tanto las woleas que ya no veo la pista. No se distingue ni un centímetro de cemento verde bajo el manto amarillo de pelotas. Piso de lado, me muevo a tientas, como un viejo. Finalmente, incluso mi padre tiene que admitir que hay demasiadas pelotas. Es contraproducente. Si no puedo seguir moviéndome, no alcanzaremos nuestra cifra diaria de 2.500. Conecta el ventilador, esa máquina gigante que seca la pista cuando llueve. Donde nosotros vivimos —en Las Vegas, Nevada— no llueve nunca, claro, de modo que mi padre usa el ventilador para acorralar las pelotas. Igual que hizo con la máquina lanzapelotas, también ha modificado el aparato de serie para convertirlo en otra criatura diabólica. Es uno de mis primeros recuerdos de infancia. A los cinco años me sacan de la guardería y voy con mi padre al soldador y lo veo construir esa máquina infernal con aspecto de cortacésped capaz de mover a la vez cientos de pelotas de tenis.
Ahora lo veo empujando el secador, veo que las pelotas se alejan de él, y siento lástima por ellas. Si el dragón y el ventilador son seres vivos, tal vez esas bolas también lo sean. Tal vez estén haciendo lo que yo también haría si pudiera: huir de mi padre. Tras llevar todas las pelotas a un rincón, mi padre agarra una pala y las va metiendo en unos cubos de basura grandes alineados, los cubos de rancho que alimentan al dragón.
Se vuelve y ve que lo miro. ¿Tú qué miras? Sigue dándole, sigue dándole.
Me duelen los hombros. No puedo golpear ni una pelota más.
Golpeo otras tres.
No puedo seguir ni un minuto más.
Sigo otros diez.
Se me ocurre una idea. Sin querer y no tan sin querer envío una pelota al otro lado de la valla. He conseguido darle con el borde de madera de la raqueta, por lo que, en teoría, se considera un tiro erróneo. Eso lo hago cuando necesito descansar, y se me ocurre que debo de ser bastante bueno, porque soy capaz de devolver mal una pelota a mi antojo.
Mi padre oye que una pelota toca madera y mira. Ve que la pelota sale de la pista. Maldice. Pero ha oído que la pelota ha tocado madera, por lo que sabe que ha sido sin querer. Además, por lo menos no ha ido a la red. Sale de la pista, se interna en el desierto. Ahora dispongo al menos de cuatro minutos para recobrar el aliento y contemplar a los halcones que, lentamente, vuelan en círculos.
A mi padre le gusta dispararles con su rifle. Nuestra casa está tapizada de sus víctimas, pájaros muertos que cubren nuestro tejado como las pelotas de tenis cubren la pista. Mi padre dice que no le gustan los halcones porque bajan a comerse los ratones y otras indefensas criaturas del desierto. No soporta la idea de que algo fuerte haga presa es algo débil. (Lo mismo le ocurre cuando sale a pescar: pesque lo que pesque, le planta un beso en la cabeza escamosa y lo devuelve al agua). En cambio, convertirme a mí en su presa no le afecta lo más mínimo, no le supone el menor problema ver que me falta el aire. No ve la menor contradicción en ello. De hecho, a él las contradicciones le traen sin cuidado. No se da cuenta de que yo soy la criatura más indefensa en ese desierto suyo dejado de la mano de Dios. Me pregunto si me trataría de otra manera si se diera cuenta.
Ahora regresa a la pista pisando fuerte, echa la pelota al cubo de la basura y me ve contemplando los halcones. Me dedica una mirada enfurecida. ¿Qué coño haces? Deja de pensar. ¡Nada de pensar!
La red es el mayor enemigo, pero pensar es el pecado capital. Pensar, según mi padre, es el origen de todo lo malo, porque pensar es lo contrario de hacer. Cuando mi padre me pilla pensando o soñando despierto en la pista de tenis, reacciona como si me hubiera pillado robándole dinero de la billetera. Pienso con frecuencia cómo debo hacer para dejar de pensar. No sé si mi padre me grita para que deje de pensar porque sabe que, por naturaleza, tengo tendencia a hacerlo. ¿O será que, con todos esos gritos suyos, él me ha convertido en un ser pensante? ¿Es ese pensar en otras cosas que no sean el tenis un acto de desafío?
Me gusta pensar que sí.
Nuestra casa es poco más que una choza ampliada, construida en la década de 1970, encalada y con remates oscuros. Hay barrotes en las ventanas. El techo, bajo todos esos halcones muertos, tiene listones de madera, muchos de ellos sueltos o desaparecidos. En la puerta hay instalado un cencerro que suena cada vez que alguien entra o sale, como la campana que agitan cuando da inicio un combate de boxeo.
Mi padre ha pintado el alto muro de cemento que rodea la casa de un verde bosque intenso. ¿Por qué? Pues porque el verde es el color de las pistas de tenis. Además, a mi padre también le gusta lo práctico que resulta indicar a quien nos visita la dirección de la casa así: gira a la izquierda, sigue media calle y verás el muro verde.
Aunque no es que nos visite nadie.
Rodeando la casa por los cuatro costados está el desierto. Y más desierto, que para mí es sinónimo de muerte. Salpicado de mezquites, plantas rodadoras y serpientes de cascabel, el desierto que circunda nuestra casa parece no tener otro motivo para existir que proporcionarle un lugar a la gente para desprenderse de las cosas que ya no quiere. Colchones, ruedas, otras personas… Las Vegas —los casinos, los hoteles, el Strip— se alza en la distancia como un espejismo resplandeciente. Mi padre se traslada a ese espejismo todos los días. Es capitán de uno de los casinos, pero se niega a vivir más cerca. Se ha venido a vivir aquí, en mitad de la nada, al corazón de la nada, porque es el único sitio en el que puede permitirse una casa con un terreno lo bastante grande para instalar en él su pista de tenis ideal.
Ese es otro recuerdo temprano: conducir por Las Vegas con mi padre y el señor de la agencia inmobiliaria. Habría resultado divertido de no haber sido tan raro: casa tras casa, antes incluso de que el coche del agente se detuviera por completo, mi padre salía a toda velocidad y avanzaba por el camino de acceso. El agente, que lo seguía de cerca, le cantaba las excelencias de las escuelas cercanas, los bajos índices de delincuencia, los tipos de interés, pero mi padre no lo escuchaba. Mirando siempre al frente, irrumpía a toda velocidad en la vivienda, cruzaba el salón, la cocina y se metía en el jardín trasero, donde sacaba la cinta métrica para medir 10,9 por 23,7 metros, las dimensiones de una pista de tenis. De vez en cuando, soltaba a voz en cuello: ¡no cabe! ¡Venga, vámonos! Y dicho y hecho, mi padre desandaba sus pasos, salía de la cocina, salía del salón y descendía por el camino de entrada, mientras el agente hacía esfuerzos por seguirle el ritmo.
Recuerdo que vimos una casa que a mi hermana mayor, Tami, le encantó. La deseaba con todas sus fuerzas. Le suplicó a mi padre que la comprara, porque tenía forma de T, y la T era la inicial de Tami. Mi padre estuvo a punto de comprarla, probablemente porque la T también es la inicial de tenis. A mí me gustaba la casa. Y a mi madre también. Sin embargo, el jardín trasero era unos centímetros más corto de lo que debía ser.
«¡No cabe! ¡Vámonos!».
Finalmente vimos la casa, con un jardín trasero tan grande que a mi padre no le hizo falta sacar la cinta métrica para medirlo. Se plantó en el centro, dándose la vuelta despacio, observándolo todo, sonriendo, imaginando el futuro.
Vendida, dijo en voz baja.
Todavía no habíamos terminado de trasladar la última caja de cartón cuando mi padre empezó a construir su pista soñada. Todavía no sé cómo lo hizo. No había trabajado un solo día de su vida en la construcción. No tenía la menor idea sobre cemento, asfalto ni drenaje de agua. No se leyó ni un libro, no consultó a ningún experto. Simplemente, tenía una imagen en la mente y se dispuso a convertir esa imagen en realidad. Como con tantas otras cosas, insufló existencia a aquella pista a través de un puro ejercicio de energía y mal carácter. Creo que tal vez estuviera haciendo algo similar conmigo.
Necesitó ayuda, por supuesto. Verter cemento no es tarea fácil, así que todas las mañanas me llevaba con él hasta Sambo, un restaurante del Strip —Las Vegas Boulevard, la calle más famosa de la ciudad—, donde reclutaba a algunos veteranos que se pasaban el rato en el estacionamiento. A mí el que mejor me caía era Rudy. Lleno de cicatrices de batalla, de pecho prominente, Rudy siempre me dedicaba media sonrisa, como si entendiera que yo no sabía quién era ni dónde me encontraba. Rudy y su banda nos seguían a mi padre y a mí hasta la parte trasera de la casa, donde mi padre les transmitía lo que quería que hicieran. Al cabo de tres horas, mi padre y yo nos acercábamos hasta el McDonald’s, y les comprábamos unas bolsas inmensas de Big Macs y patatas fritas. Cuando volvíamos, mi padre me dejaba agitar el cencerro para llamarlos a que vinieran a comer. Me encantaba recompensar a Rudy. Me encantaba verlo comer como un lobo. Me encantaba el concepto de un trabajo duro que merecía una dulce recompensa… salvo cuando ese trabajo duro consistía en dar golpes a unas pelotas de tenis.
Los días de Rudy y los Big Macs pasaron en un abrir y cerrar de ojos. De pronto mi padre disponía ya de su pista de tenis en el patio trasero, lo que significaba que a partir de entonces yo ya tenía mi cárcel. Yo mismo había alimentado a quienes habían construido mi prisión. Había ayudado a pintar las líneas blancas que servirían para confinarme. ¿Por qué lo había hecho? No tenía otra opción. Esa es la razón por la cual hago todo.
Nadie me preguntó nunca si quería jugar al tenis, y mucho menos si quería hacer del tenis mi vida. De hecho, mi madre creía que yo había nacido para ser predicador. Sin embargo, según me ha contado ella misma, mi padre decidió mucho antes de que yo naciera que yo sería jugador profesional de tenis. Y añade que, cuando tenía un año, le demostré a mi padre que tenía razón. Mientras veía jugar un partido de ping-pong, yo solo movía los ojos, y no la cabeza. Mi padre llamó a mi madre.
Mira. ¿Ves que solo mueve los ojos? Tiene un don natural.
Mi madre también me ha dicho que, cuando todavía dormía en la cuna, mi padre me colgaba sobre la cabeza un móvil hecho con pelotas de tenis, y me animaba a golpearlas con una pala de ping-pong que me había atado a la mano. Cuando tenía tres años, me regaló una raqueta con el mango serrado, y me dijo que golpeara con ella todo lo que quisiera. Mi especialidad eran los saleros. Me encantaba romper cristales de ventana con ellos. Le disparaba al perro. Mi padre no se enfadaba nunca. Se enfadaba por muchas cosas, pero nunca por golpear algo con fuerza con la raqueta.
Cuando tenía cuatro años, me hacía practicar con grandes del tenis de paso por la ciudad, empezando por Jimmy Connors. Mi padre me había dicho que Connors era uno de los mejores jugadores de todos los tiempos. A mí me impresionaba más que Connors llevara el pelo cortado a lo paje, como yo. Cuando terminamos de pelotear, Connors le dijo a mi padre que algún día, sin duda, me convertiría en un muy buen jugador.
Eso ya lo sabía, le respondió mi padre, molesto. ¿Muy bueno? Será el número uno del mundo.
A mi padre no le interesaba que le confirmaran lo que ya sabía; le interesaba encontrar a alguien que jugara conmigo.
Cada vez que Connors viene a Las Vegas, mi padre le tensa las cuerdas de sus raquetas. Mi padre es un maestro encordador. (¿Quién mejor que él para crear y mantener la tensión?). Siempre se repite la misma rutina. Connors le entrega a mi padre una caja de raquetas, y ocho horas después mi padre y yo nos reunimos con él en un restaurante del Strip. Mi padre me hace entrar con las raquetas recién tensadas entre mis brazos. Yo le pregunto al jefe si puede indicarme dónde está la mesa del señor Connors. Él me señala la de la esquina más discreta, donde Connors se encuentra con su séquito. Connors está en el centro, dándole la espalda a la pared. Yo me acerco sosteniendo sus raquetas, y se las alargo sin decirle una sola palabra. En la mesa, la conversación cesa, y todos bajan la vista para mirarme. Connors recoge las raquetas con decisión y las deposita sobre una silla. Durante unos instantes me siento importante, como si acabara de entregar unas espadas recién afiladas a uno de los tres mosqueteros. Entonces Connors me pasa la mano por el pelo, suelta un comentario sarcástico sobre mi padre y, en la mesa, todos se ríen a carcajadas.
Cuanto mejor se me da el tenis, peor se me da el colegio, y eso es algo que me duele. A mí me gustan los libros, pero me siento superado por ellos. Me caen bien mis maestros, pero no entiendo gran cosa de lo que dicen. Al parecer no aprendo ni proceso los hechos como los demás niños. Tengo muy buena memoria, pero me cuesta concentrarme. Necesito que me expliquen las cosas dos o tres veces. (¿Será por eso por lo que mi padre me lo repite todo gritando?). Además, sé que, para mi padre, el tiempo que paso en el colegio es tiempo que no paso en la pista. Así pues, que no me guste el colegio, que me vaya mal en el colegio, es algo así como un acto de fidelidad a papá.
A veces, cuando nos lleva a mis hermanos y a mí al colegio, mi padre sonríe y dice: os propongo un trato, chicos. En lugar de llevaros al colegio, ¿por qué no os llevo al Cambridge Raquet Club? Allí podréis jugar al tenis toda la mañana. ¿Qué os parece?
Sabemos lo que quiere que digamos. Así que respondemos: «¡Hurra!».
«Pero no le digáis nada a vuestra madre», añade mi padre.
El Cambridge Raquet Club es una especie de vertedero largo, de techo bajo, que se encuentra al este del Strip, y cuenta con diez pistas de tenis que huelen a rancio: polvo, sudor, linimento, unidos a un olor acre, como de algo que ha caducado y que nunca logro identificar. Mi padre concibe Cambridge como una extensión de nuestra propia casa. Se planta junto al dueño, el señor Fong, y no nos quita el ojo de encima para asegurarse de que juguemos, de que no perdamos el tiempo charlando ni riendo. Al final, suelta un silbido breve, un sonido que identificaría en cualquier parte. Se lleva los dedos a la boca, sopla con fuerza una vez, y eso significa juego, set, partido, dejad de darle a la bola y meteos en el coche ahora mismo.
Mis hermanos siempre dejan de jugar antes que yo. Rita, la mayor, Philly, mi hermano, y Tami juegan bien. Nosotros somos como la familia Von Trapp del tenis. Pero yo, el menor, el bebé, soy el mejor. Así me lo dice mi padre, así se lo dice a mis hermanos y se lo dice al señor Fong. Andre es el elegido. Por eso me dedica casi toda su atención. Yo soy la última esperanza del clan Agassi. A veces, esa atención suplementaria que me dedica mi padre me gusta, y a veces preferiría ser invisible, porque mi padre puede resultar temible. Mi padre hace cosas.
Por ejemplo, a menudo introduce la punta del pulgar y el índice en una fosa nasal y, preparándose para el intenso dolor que está a punto de infligirse, se extrae un espeso ramillete de vellos negros. Así es como él se acicala. En la misma línea, se afeita sin jabón y sin espuma de ninguna clase. Sencillamente, se pasa una hojilla desechable por las mejillas y la mandíbula secas, cortándose la piel, y después deja que la sangre le gotee por la cara hasta que se le seca.
Cuando está estresado, cuando está nervioso, mi padre suele mirar al vacío y murmura: «Te quiero, Margaret». Yo, un día, le pregunto a mi madre: ¿De quién habla papá? ¿Quién es Margaret?
Y mi madre me cuenta que cuando mi padre tenía mi edad, estaba patinando en un lago y el hielo se resquebrajó. Cayó en el agua y se ahogó. Estuvo bastante rato sin respirar. Lo sacaron del agua, y una mujer llamada Margaret lo reanimó. No la había visto en la vida, y no volvió a verla jamás. Pero muchas veces la ve mentalmente, y habla con ella, y le da las gracias con gran ternura. Dice que esa visión de Margaret se apodera de él, como si entrara en trance. Mientras le sucede, no es consciente, y después solo conserva un débil recuerdo.
Violento por naturaleza, mi padre está siempre preparándose para la batalla. Se pasa el día haciendo como que boxea sin contrincante. Lleva un hacha metida en el coche. Sale de casa con un puñado de sal y otro de pimienta en el bolsillo, por si se ve envuelto en una pelea callejera y tiene que cegar momentáneamente a alguien. Claro que, de hecho, algunas de sus peores batallas las libra consigo mismo. Sufre de un agarrotamiento crónico en el cuello, que intenta aliviar volviendo el cuello con vehemencia de un lado a otro, y alargándolo mucho. Si eso no le funciona, se sacude como un perro, moviendo la cabeza a izquierda y derecha hasta que las vértebras le suenan como palomitas de maíz al estallar. Si ni siquiera eso le soluciona el problema, recurre al pesado saco de boxeo que tiene colgado de un arnés en el exterior de la casa. Mi padre se sube a una silla, descuelga el saco y mete el cuello por el arnés. Entonces le da una patada a la silla y levanta un pie al aire para frenar el impulso. La primera vez que le vi hacerlo yo estaba pasando por las habitaciones de la casa. Alcé la vista y ahí estaba mi padre, apartando la silla de un puntapié, colgado del cuello, los zapatos a casi un metro del suelo. No me cupo la menor duda de que se había suicidado. Corrí hacia él, histérico.
Al ver mi expresión de angustia, masculló: ¿y a ti qué coño te pasa?
Con todo, la mayoría de sus batallas son contra los demás, y lo normal es que se inicien sin previo aviso, en los momentos más inesperados. Por ejemplo, cuando sueña. Mi padre boxea en sueños, y no es raro que le dé algún puñetazo a mi soñolienta madre. En el coche también se pelea. Pocas cosas le gustan tanto como conducir su viejo Oldsmobile verde mientras canta las ocho canciones del álbum de Laura Branigan. Pero si se le cruza otro conductor, si otro conductor le corta el paso o se niega a dejar que mi padre le corte el paso, todo se oscurece.
Un día voy en coche con mi padre camino de Cambridge, y se enzarza en una bronca con otro conductor. Mi padre para el coche, se baja y exige al otro que haga lo mismo. Como mi padre blande el hacha por el mango, el hombre se niega a hacerlo. Mi padre, entonces, estrella el mango del hacha contra los faros del coche del individuo (los de delante y los de detrás), y los trocitos de cristal salen disparados en todas direcciones.
En otra ocasión, mi padre se vuelve de mi lado y apunta con su pistola a otro conductor. Mantiene el arma levantada a la altura de mi nariz. Yo miro al frente. No me muevo. Ignoro qué ha hecho mal el otro conductor. Solo sé que ha de ser el equivalente motorizado de tocar la red con la pelota de tenis. Noto que el dedo de mi padre se tensa sobre el gatillo. Y entonces oigo que el otro conductor se aleja a toda velocidad, seguido por un sonido que no oigo casi nunca: la risa de mi padre. Se ríe a carcajadas. Me digo a mí mismo que recordaré este momento —mi padre riéndose mientras sostiene un arma bajo mi nariz—, aunque viva hasta los cien años.
Cuando mete de nuevo la pistola en la guantera y arranca, mi padre se vuelve hacia mí. No se lo digas a tu madre, me dice.
No sé por qué lo dice. ¿Qué haría mi madre si se lo contáramos? Ella no pronuncia jamás una sola palabra de protesta. ¿Acaso cree mi padre que hay una primera vez para todo?
Uno de esos rarísimos días de lluvia en Las Vegas, mi padre me lleva en coche a recoger a mi madre a su oficina. Yo voy de pie en un extremo del asiento corrido, moviéndome de un lado a otro y cantando. Mi padre se cambia de carril para girar a la izquierda. Un camionero hace sonar la bocina. Al parecer, mi padre ha olvidado poner el intermitente. Mi padre le hace una peineta. Sube la mano tan deprisa que casi me da en la cara. El conductor le grita algo. Mi padre suelta una retahíla de insultos. El camionero se detiene y se baja del vehículo. Mi padre, también.
Yo me acurruco en el asiento trasero y miro a través de la ventanilla posterior. La lluvia arrecia. Mi padre se acerca al camionero. Este le propina un puñetazo, pero mi padre se agacha, lo esquiva y le lanza un encadenamiento rapidísimo de golpes que terminan con un gancho. El camionero está tendido en el suelo. Está muerto, estoy seguro de ello. Y si no lo está, no tardará en estarlo, porque está en medio de la carretera, y alguien lo atropellará. Mi padre se monta en el coche y nos alejamos. Yo me quedo en el asiento trasero, observando al camionero por la ventanilla posterior. La lluvia le moja el rostro inconsciente. Me vuelvo para mirar a mi padre, que murmura y golpea el volante. Justo antes de que vayamos a recoger a mi madre, se mira las manos, y las abre y las cierra varias veces para asegurarse de que no tiene rotos los nudillos. Después se vuelve hacia el asiento trasero y me mira fijamente a los ojos, aunque a mí me parece que está mirando como cuando ve a Margaret. Con un atisbo de ternura en la voz me dice: no se lo cuentes a tu madre.
Esos momentos, y muchos más, me vienen a la mente cuando pienso en decirle a mi padre que no quiero jugar al tenis. Además de sentir amor por mi padre y de querer complacerlo, no quiero disgustarlo. No me atrevo. Cuando mi padre se enfada ocurren cosas malas. Si él dice que voy a jugar al tenis, si dice que voy a ser el número uno, ese es mi destino, y yo no puedo hacer más que asentir y obedecer. Y le aconsejaría a Jimmy Connors o a cualquier otra persona que hiciera lo mismo que yo.
El camino hacia el número uno pasa por la Presa Hoover. Cuando tengo casi ocho años, mi padre dice que ha llegado el momento de que pase de las sesiones con el dragón en el jardín de casa y del peloteo en Cambridge a disputar torneos de verdad con otros niños de verdad procedentes de Nevada, Arizona y California. Todos los fines de semana la familia entera se mete en el coche y se dirige hacia el norte, por la U.S. 95, en dirección a Reno, o hacia el sur, a través de Henderson y de la Presa Hoover, para atravesar el desierto camino de Phoenix, Scottsdale o Tucson. Exceptuando las pistas de tenis, los sitios del mundo que menos me gustan son los coches en los que va mi padre. Pero no hay nada que hacer: estoy condenado a dividir mi infancia entre esas dos cajas.
Gano mis primeros siete torneos en la categoría de diez años o menos. Mi padre no reacciona de ninguna manera. Sencillamente hago lo que se supone que debo hacer. Cuando, de regreso, pasamos junto a la Presa Hoover, me fijo en el agua represada tras ese inmenso muro. Y leo la inscripción grabada en la base de la bandera: «En honor de esos hombres que, inspirados por la visión de unas tierras solitarias convertidas en fructíferas…». Le doy vueltas a esa frase en mi mente. Tierras solitarias. ¿Existe alguna tierra más solitaria que nuestra casa en el desierto? Pienso en la ira represada en mi padre, como el río Colorado que se acumula en el interior de la Presa Hoover. Es solo cuestión de tiempo que reviente. Y no habrá nada que hacer, salvo buscar deprisa unas tierras más altas.
En mi caso, eso equivale a ganar. A ganar siempre.
Vamos a San Diego. A Morley Field. Me enfrento a un niño que se llama Jeff Tarango, y que no tiene ni de lejos mi nivel de juego. Pero gana el primer set 6-4. Yo no doy crédito. Tengo mucho miedo. Mi padre me va a matar. Me pongo las pilas. Gano el segundo set 6-0. Al poco de iniciarse el tercer set, Tarango se tuerce el tobillo. Yo empiezo a lanzarle dejadas, intento obligarle a correr con el tobillo lesionado. Pero descubro que la lesión no existe, que se la inventa. Llega de un salto y devuelve mis dejadas, y gana todos los puntos.
Mi padre grita desde las gradas: ¡Basta de dejadas! ¡Basta de dejadas!
Pero yo no puedo evitarlo. He encontrado una estrategia y me mantengo fiel a ella.
Llegamos a un tiebreak. Será al mejor de nueve. Vamos ganando y perdiendo puntos alternativamente hasta llegar a los 4 iguales. Ya hemos llegado. Muerte súbita. Un punto decidirá todo un partido. Yo no he perdido nunca, y no imagino cuál será la reacción de mi padre si pierdo. Juego como si me fuera la vida en ello, lo que es cierto. Tarango debe de tener un padre como el mío, porque juega igual que yo.
Me preparo y lanzo un vibrante revés cruzado. Mi intención no es que sea un golpe de remate, pero lo cierto es que sale de mi raqueta con más fuerza y más largo de lo que pretendía. Es un golpe ganador, clarísimamente, que cae casi un metro dentro de la línea, pero fuera del alcance de Tarango. Lanzo un grito de triunfo. Tarango, de pie en el centro de la pista, baja la cabeza y parece que llora. Despacio, se aproxima a la red.
Ahora se detiene. De pronto, vuelve la vista hacia donde ha rebotado la pelota. Sonríe.
Fuera, dice.
Yo me detengo.
¡Ha sido out!, grita.
En infantiles, la cosa funciona así. Los jugadores son sus propios jueces de línea.
Los jugadores gritan si una bola entra o va fuera, y no hay apelación posible. Tarango ha decidido que prefiere hacer lo que ha hecho antes que perder, y sabe que yo no puedo hacer nada al respecto. Levanta las dos manos, victorioso.
Ahora el que empieza a llorar soy yo.
La confusión se apodera de las gradas. Los padres discuten, gritan, casi llegan a las manos. No es justo. No está bien, pero es la realidad. Tarango es el ganador. Yo me niego a darle la mano. Salgo corriendo y no paro hasta llegar al Parque Balboa. Cuando regreso, media hora después, después de haber llorado mucho, mi padre está furioso. No porque haya desaparecido, sino porque no he hecho lo que me ha indicado él durante el partido.
¿Por qué no me escuchabas? ¿Por qué seguías lanzándole dejadas?
Por una vez en mi vida, no tengo miedo de mi padre. Por más enfadado que esté él conmigo, yo estoy más enfadado aún. Enfadado con Tarango, con Dios, conmigo mismo. Aunque creo que Tarango ha hecho trampas, yo no debería haberlo colocado en posición de engañarme. No debería haber dejado que el partido resultara tan igualado. Pero, como lo he hecho, ahora en mi expediente constará una derrota. Para siempre. Eso ya no cambiará nunca. Yo no puedo soportar la idea, pero es ineludible: no soy infalible. Estoy manchado, soy imperfecto. Un millón de pelotas disparadas contra el dragón… ¿para qué?
Después de años oyendo a mi padre despotricar contra mis fallos, una derrota ha bastado para que yo mismo asuma sus críticas. He interiorizado a mi padre —su impaciencia, su perfeccionismo, su rabia— hasta que su voz no solo suena como la mía, sino que es la mía. Ya no necesito que mi padre me torture. A partir de ese día, eso puedo hacerlo yo solito.