OPEN

Andre Agassi · Capítulo 27 de 34

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Capítulo 25

 

Stefanie me anuncia que su padre va a venir a Las Vegas a hacernos una visita. (Sus padres se divorciaron hace mucho tiempo, y su madre, Heidi, ya vive a quince minutos de casa). Según parece, ha llegado el momento inevitable: nuestros padres van a conocerse. La idea nos pone nerviosos a los dos.

Peter Graf es un hombre tranquilo, sofisticado, instruido. Le gusta contar chistes, un montón de chistes, chistes que yo no pillo porque su inglés es más bien pobre. Quiero caerle bien, y veo que él quiere caerme bien a mí, pero me siento algo incómodo en su presencia, porque conozco su historia. Él es el Mike Agassi en versión alemana. Exjugador de fútbol, fanático del tenis, empezó a hacer jugar a Steffi antes de que a la niña le quitaran los pañales. Sin embargo, a diferencia de mi padre, Peter nunca dejó de gestionarle la carrera y el dinero, y ha pasado dos años en la cárcel por evasión fiscal. No hablamos del tema en ningún momento, pero está ahí.

Debería haberlo imaginado. Lo primero que Peter quiere ver cuando llega a Nevada no es ni la Presa Hoover ni el Strip, sino la máquina lanzapelotas de mi padre. Le han hablado de ella, y dice que quiere verla y estudiarla de cerca. Lo llevo hasta la casa de mi padre, y por el camino charla conmigo amigablemente. Pero yo no entiendo gran cosa de lo que dice. ¿Me habla en alemán? No, lo hace en un híbrido de alemán, inglés y jerga tenística. Me pregunta cosas sobre el juego de mi padre. ¿Con qué frecuencia juega? ¿Se le da bien? Me doy cuenta de que lo que está haciendo es evaluarlo antes de llegar.

A mi padre no se le da muy bien socializar con gente que no habla un inglés perfecto, ni socializar con desconocidos, así que, al entrar en casa, sé que tenemos dos retos por delante. Sin embargo, siento un gran alivio al constatar que el deporte es un idioma universal, y que esos dos hombres, aficionados los dos, atletas los dos en el pasado, saben usar sus cuerpos para comunicarse, a través de gestos, de movimientos, de gruñidos. Le digo a mi padre que a Peter le gustaría ver su famosa máquina lanzapelotas. Mi padre se siente halagado. Nos conduce a la pista del patio trasero y arrastra el dragón. Pone en marcha el motor y sube el pedestal. No para de hablar. Le está dando toda una clase a Peter, y grita mucho para hacerse oír, porque el ruido del motor es considerable. Inocente, felizmente, no se da cuenta de que Peter no entiende una palabra.

Hala, ponte ahí, me dice mi padre.

Me entrega una raqueta, señala el otro lado de la pista, y orienta la máquina hacia mi cabeza.

Hazle una demostración, dice.

A mi mente regresan imágenes intermitentes, violentas, y solo la visión del tequila que me espera cuando llegue a casa me permite seguir actuando.

Peter se coloca detrás de mí y me observa mientras resto.

Ah, dice. Ja. Bien.

Mi padre le da más velocidad a la máquina, hasta que las pelotas salen disparadas casi de dos en dos. Seguro que mi padre le ha añadido una marcha más al dragón. No recuerdo que las escupiera tan rápido. No tengo tiempo de volver a poner la raqueta en posición para darle a la segunda. Peter me riñe por fallar. Me arrebata la raqueta, me empuja a un lado. Este —me dice—, es el tiro que deberías haber dado. Tú nunca has tenido este tiro. Y me muestra el famoso corte Steffi, que según él le enseñó a su hija. Debes recibir la pelota con la raqueta más quieta. Así.

Mi padre está lívido. Peter no solo ha dejado de prestar atención a la clase magistral que le está dando, sino que, además, se está metiendo con su alumno estrella. Así que, sin pensarlo, se viene a nuestro lado de la red, gritando: ¡su corte es una chorrada! Si Stefanie tuviera este tiro, las cosas le habrían ido mejor. Y entonces le muestra el revés con dos manos que me enseñó a mí.

¡Con este tiro —dice mi padre— Stefanie habría ganado treinta y dos torneos de Grand Slam!

Esos dos hombres no se entienden cuando hablan, y aun así están manteniendo una acalorada discusión. Yo les doy la espalda y me concentro en devolver pelotas. Concentro toda mi atención en el dragón. De vez en cuando oigo que Peter nombra a mis rivales, Pete, Rafter, y que mi padre, a continuación, reacciona mencionando a las bestias negras de Stefanie: Monica Seles y Lindsay Davenport. Después, mi padre habla de boxeo. Usa una analogía de ese deporte y Peter protesta a gritos.

Yo también fui boxeador, dice Peter, y a usted lo habría dejado K.O.

A mi padre se le pueden decir muchas cosas. Pero esa no. Esa nunca. Yo me estremezco, porque sé qué está a punto de pasar. Me vuelvo justo a tiempo de ver al padre de Stefanie, de sesenta y tres años, quitarse la camisa y decirle al mío, de sesenta y nueve: míreme, vea en qué forma estoy. Soy más alto que usted. Y con mi gancho lo mantendría a raya.

Mi padre replica: ¿eso cree? Pues venga. ¡Usted y yo!

Peter suelta barbaridades en alemán, mi padre las suelta en siriaco, y los dos ponen los puños en alto. Caminan en círculos, se esquivan, hacen fintas, se echan hacia delante y hacia atrás, e inmediatamente antes de que uno de ellos suelte el primer puñetazo, me interpongo entre los dos y los separo.

Mi padre grita: ¡este cabrón no para de soltar gilipolleces!

Puede ser, papá, puede ser, pero… por favor…

Jadean, transpiran. Mi padre tiene las pupilas dilatadas. Peter tiene el pecho desnudo empapado en sudor. Pero se dan cuenta de que yo no voy a dejar que se peleen, así que se retiran a sus esquinas neutrales. Apago el dragón y los tres salimos de la pista.

Cuando llego a casa, Stefanie me da un beso y me pregunta qué tal ha ido.

Ahora te lo cuento, le digo, mientras busco el tequila.

Creo que nunca me había sentado tan bien un margarita.

 

Después de jugar bien en la Copa Davis, pierdo enseguida en Scottsdale, un torneo que casi siempre domino. También juego mal en Atlanta y me hago un esguince en el tendón de la corva. En Roma, pierdo en la tercera ronda y me doy cuenta, a regañadientes, de que no puedo seguir así. No puedo participar en todos los torneos. Ahora que me acerco a los treinta años, debo escoger con más cuidado mis batallas.

Ahora, en casi todas las entrevistas que concedo me preguntan por mi retirada. Yo digo a los periodistas que mi mejor tenis todavía está por venir, y ellos sonríen, tuercen el gesto, como confiando en que esté de broma. Pero nunca he hablado más en serio.

Cuando me llega el momento de defender mi título en el Roland Garros del año 2000, entro en las instalaciones convencido de que se apoderará de mí una oleada de nostalgia. Pero veo que todo está distinto. Han renovado las pistas, han añadido más asientos. Han reformado los vestuarios. No me gusta. No me gusta nada. Yo quería que Roland Garros siguiera siendo siempre igual. Esperaba dirigirme al centro de la pista cada año e invocar 1999, cuando la vida cambió. En la rueda de prensa, tras mi victoria contra Medvédev, declaré ante los periodistas que ya podía retirarme del tenis sin lamentar nada. Pero ahora, un año después, me doy cuenta de que me equivoqué. Siempre lamentaré una cosa: no poder volver a revivir el Roland Garros de 1999 una y otra vez.

En la segunda ronda me enfrento a Kucera, que siempre me tiene ganas. Le basta con verme para que se le dispare la adrenalina. Cuando lo veo en el vestuario, por su expresión se diría que todavía recuerda su victoria sobre mí en el Open de Estados Unidos de 1998. El caso es que juega magníficamente bien, me hace correr hasta agotarme, y aunque le sigo el ritmo, noto que el pie izquierdo se me llena de ampollas. Como puedo, cojeando, salgo de la pista y pido asistencia médica. Un asistente me vuelve a aplicar tiritas en el pie, pero la verdadera ampolla me ha salido en el cerebro. A partir de ese punto, ya no vuelvo a ganar ningún juego.

Alzo la vista y me fijo en mi palco. Stefanie tiene la cabeza gacha. Nunca me ha visto perder así.

Más tarde, le explico que no entiendo por qué a veces, todavía, me derrumbo. Ella me da algunas explicaciones según su propia experiencia. Deja de pensar. Lo que hay que hacer es sentir. Sentir.

No es que no lo haya oído antes. Se trata de una versión más dulce, más suave de lo que me decía mi padre. Pero cuando me lo dice Stefanie, las palabras llegan más hondo.

Hablamos durante días sobre las diferencias entre pensar y sentir. Ella me dice que una cosa es no pensar, pero que lo que no puede hacer uno es obligarse a sentir. Sentir es algo que no se intenta. Es algo que uno tiene que permitirse.

Otras veces, Stefanie sabe que es mejor no decir nada. Me acaricia la mejilla, ladea la cabeza y yo me doy cuenta de que lo comprende —ella también ha pasado por lo mismo alguna vez—, y con eso me basta. De hecho, eso es exactamente lo que necesito.

Nos trasladamos a Londres para participar en Wimbledon 2000. Me da un gran placer ver a Stefanie explorar Londres. Finalmente, dice, puede disfrutar de esta hermosa ciudad, porque la recorre sin la sombra de la presión, de las lesiones. Los jugadores de tenis viajamos tanto como cualquier otro deportista, pero el estrés y los rigores de nuestro deporte nos impiden ver muchas cosas. Ahora Stefanie puede verlo todo. Va a pie a todas partes, explora todas las tiendas, todos los parques. Se detiene en un famoso restaurante de tortitas que siempre había querido probar, donde preparan 150 clases distintas de tortitas, y ella las prueba casi todas, sin tener que preocuparse por si va a sentirse pesada en la pista.

Como es de esperar, yo en Londres no veo nada, salvo mis emparejamientos. Y así, con mis orejeras puestas, me abro paso hasta semifinales. Me enfrento a Rafter, que se está construyendo una carrera muy bonita. Dos veces campeón del Open de Estados Unidos, ha sido número uno, y ahora dicen que intenta regresar tras una intervención quirúrgica en el hombro, aunque a mí me coloca aces como le da la gana. Y cuando no lo hace, se dedica a controlar después del saque, desde la línea de fondo, sin dejar que pase nada. Yo intento enviarle algunos globos. Le lanzo lo que yo creo que son tiros imposibles de devolver, pero él siempre consigue devolverlos a tiempo. Jugamos durante tres horas y media a un tenis de gran calidad, y todo confluye en el sexto juego del quinto set. Al intentar poner algo más de intensidad en un segundo saque, hago doble falta.

Punto de rotura.

Saco yo, él resta limpiamente y yo envío la pelota a la red.

Yo no consigo romperle el saque a él. Consigue que el setenta y cuatro por ciento de sus primeros saques entren, y así, con esos primeros saques, se abre paso hasta la final. Se ha ganado el derecho de disputarle el campeonato a Pete. Me habría gustado jugar contra Pete, y que Stefanie lo viera, pero no podrá ser. Hace un año, derroté a Rafter aquí mismo, en semifinales, cuando él empezaba a sentir molestias en el hombro. Ahora regresa y me derrota a mí en semifinales, con el hombro totalmente recuperado. Me gusta Rafter, y me gusta la simetría. Contra ese argumento no tengo nada que objetar.

Stefanie y yo volvemos a casa. Necesito descansar. Pero entonces empiezan a llegar las malas noticias. A mi hermana Tami le han diagnosticado un cáncer de mama. Días después, a mi madre se lo diagnostican también. Renuncio a mi plaza en el equipo olímpico que va a Sidney. Quiero pasar todo el tiempo que pueda con mi familia. Tengo que dejar de jugar el resto del año, por lo menos hasta enero.

Mi madre no quiere ni oír hablar de ello.

Ve —me dice—. Juega. Haz tu trabajo.

Lo intento. Me desplazo hasta Washington D. C., pero juego como siempre que no consigo concentrarme. Contra Corretja rompo tres raquetas, rabioso, y pierdo en dos sets apagados.

En el Open de Estados Unidos de 2000 parto como primer cabeza de serie. El favorito para ganarlo. La noche antes del inicio del torneo, estoy sentado con Gil en el Lowell Hotel, y no me siento en absoluto favorito, sino bien jodido. Esta debería ser una ocasión feliz. Podría ganar la competición, podría deslumbrar al mundo. Y sin embargo no me importa lo más mínimo.

Gil, ¿por qué seguir?

Tal vez no deberías.

¿Por qué me siento… así, como antes, otra vez?

Es una pregunta retórica. Kacey ya está del todo recuperada, las cosas le van muy bien y está pensando en ir a la universidad, pero Gil no olvida nunca qué se siente cuando un ser querido está en un hospital. Sabe lo que le digo sin necesidad de palabras. ¿Por qué tiene que sufrir la gente a la que amamos? ¿Por qué la vida no puede ser perfecta? ¿Por qué, todos los días, en algún lugar del mundo, alguien debe perder?

No puedes jugar —me dice Gil—, si no estás motivado. Tú eres así, es tu naturaleza. Siempre lo ha sido, desde que tenías diecinueve años. Y no puedes sentirte motivado si la gente que te rodea no está bien. Yo te quiero por eso.

Pero es que si no juego le fallo a la gente. Y si juego le fallo a mi familia.

Él asiente con la cabeza.

¿Por qué el tenis y la vida siempre parecen opuestos?

Él no responde.

Ya lo hemos hecho, ¿no? Quiero decir que ya hemos participado en la carrera, ¿no? Estamos al final de esta chorrada.

Yo a eso no puedo responderte —dice—. Solo sé que todavía tienes más en tu interior, y que yo tengo más en mi interior. Si lo dejamos aquí, perfecto. Pero todavía nos quedan cosas, y creo que tú te prometiste a ti mismo que llevarías tu tenis hasta la línea de meta.

Durante nuestro primer día de práctica, mientras peloteo con Brad, no consigo tirar ni un solo saque mínimamente decente. Abandono la pista, y Brad, que me conoce, sabe que no debe preguntarme nada. Vuelvo al hotel y me tumbo en la cama y me paso dos horas mirando el techo, consciente de que no pasaré mucho tiempo en Nueva York.

En la primera ronda juego contra un estudiante de Stanford, Alex Kim, que está nerviosísimo. A mí me da lástima, pero lo elimino sin ceder un set. En la segunda ronda me encuentro con Clément. El día es caluroso y los dos estamos ya empapados en sudor antes de disputar el primer punto. Empiezo bien, le rompo el saque, me pongo por delante 3-1. Todo va bien. Entonces, de pronto, es como si nunca hubiera jugado al tenis. Pierdo ante un estadio lleno de gente.

La prensa deportiva recupera su vieja cantinela: el final se acerca para Agassi. Gil intenta contarles por lo que estoy pasando. Le dice: Andre saca fuerzas de su corazón, de sus emociones, de sus creencias y de sus seres más queridos. Cuando hay algo que no le va bien, se le nota en sus acciones.

Cuando abandono el estadio Arthur Ashe, una niña me dice: siento que hayas perdido.

Oh, guapa, no lo sientas demasiado.

Ella sonríe.

 

Regreso a casa enseguida, a Las Vegas, para pasar tiempo con mi madre. Pero ella está tranquila, absorta en sus libros y sus puzles, y nos avergüenza a todos con su calma imperturbable. Me doy cuenta de que la he infravalorado todos estos años. He tomado su silencio por debilidad, por aquiescencia. Ahora veo que mi madre es lo que mi padre hizo de ella, como lo somos todos, y sin embargo, bajo la superficie, es mucho más.

Y también veo que, en este momento difícil de su vida, le gustaría que le atribuyeran algo de mérito. Yo siempre he dado por sentado que mi madre quería pasar inadvertida. Pero lo que ahora quiere es que le hagan caso, que la valoren. Quiere que sepa que es más fuerte de lo que sospechaba. Se está sometiendo a sus tratamientos, sin quejarse, y si se siente orgullosa de ello, si quiere que yo esté orgulloso de ello, también quiere que sepa que yo estoy hecho de la misma pasta. Ella ha sobrevivido a mi padre, igual que yo. Ahora va a sobrevivir a esto, y yo también.

Tami, que recibe tratamiento en Seattle, también está mejor. La han operado, y antes de iniciar la quimioterapia viene a Las Vegas a pasar un tiempo con la familia. Me cuenta que teme que se le caiga el pelo. Yo le digo que no sé por qué: perder el pelo es lo mejor que me ha pasado a mí. Ella se echa a reír.

Me dice que quizá debería cortárselo antes de que el cáncer se lo lleve. Un acto de desafío, de toma de control.

Me gusta cómo suena eso —le digo—. Yo te ayudaré.

Organizamos una barbacoa en mi casa, y antes de que llegue la gente, nos encerramos en el baño. Con Philly y Stefanie como únicos testigos, celebramos una ceremonia formal de afeitado de cabeza. Tami quiere que sea yo el que haga los honores. Me pasa la maquinilla eléctrica. Yo la pongo al cero, y le pregunto si, antes, quiere que le haga una cresta de mohicana.

Esta podría ser tu última oportunidad de ver cómo queda.

No —dice ella—. Vamos a por todas.

Le afeito la cabeza deprisa, totalmente. Ella sonríe como Elvis el día que se alistó en el ejército. A medida que su pelo va cayendo al suelo, le digo que todo va a salir muy bien. Ahora eres libre, Tami, libre. Y también le digo: al menos a ti el pelo te volverá a crecer. En cambio, a Philly y a mí se nos ha ido para siempre, nena. Ella se ríe, no deja de reírse, y me sienta bien hacer reír a mi hermana, cuando todos los días se empeñan en hacerla llorar.

 

Hacia noviembre de 2000, mi familia está algo más apuntalada, y yo me veo capaz de entrenar de nuevo. En enero volamos a Australia. Al aterrizar, me siento bien. Me encanta este lugar. En otra vida habré sido aborigen, porque siempre que vengo me siento como en casa. Siempre me gusta entrar en la Rod Laver Arena, jugar bajo la protección de Laver.

Apuesto con Brad a que voy a ganar el torneo. Lo noto. Y, cuando lo haga, él tendrá que tirarse al río Yarra, un afluente podrido y contaminado que recorre Melbourne. Me abro paso hasta semifinales, y vuelvo a enfrentarme a Rafter. Jugamos tres horas de tenis duro, lleno de jugadas largas en las que los dos competimos por ver quién gruñe más. Me va ganando él dos sets a uno. Pero entonces se marchita. El calor australiano. Los dos estamos empapados en sudor, pero él sufre calambres. Yo gano los dos siguientes sets.

En la final me enfrento a Clément, en un partido de revancha que tiene lugar cuatro meses después de que me destrozara en el Open de Estados Unidos. Yo apenas me muevo de la línea de fondo. Cometo pocos errores, y los que cometo los olvido al momento. Mientras Clément se dedica a murmurarse cosas en francés, yo me siento sereno, calmado. Soy hijo de mi madre. Le gano en tres sets consecutivos.

Es mi séptima victoria en un torneo de Grand Slam, lo que me coloca décimo en el ranking de todos los tiempos. Estoy empatado con McEnroe, Wilander y otros más, y un punto por delante de Becker y Edberg.

Wilander y yo somos los únicos que hemos ganado tres Open de Australia en la era Open. Sin embargo, en este momento, a mí lo que me interesa es ver a Brad nadar de espalda en el río Yarra, y después volver a casa para estar con Stefanie.

 

Pasamos la primera parte de 2001 instalados en mi piso de soltero II, reformándolo para que, de vivienda de soltero, pase a convertirse en un hogar. Compramos muebles que nos gusten a los dos. Organizamos cenas con pocos amigos. Hablamos hasta altas horas sobre el futuro. Ella me compra una pizarra para instalarla en la cocina y anotar en ella las tareas, pero yo la convierto en una Tabla de apreciación. La cuelgo en la pared de la cocina y le prometo a Stefanie que cada noche escribiré en ella algo relacionado con el amor que siento por ella. Al día siguiente borraré lo escrito y anotaré otra cosa. También compro una caja de Beychevelle de 1989, y nos prometemos compartir una botella todos los años para celebrar el aniversario de nuestra primera cita.

En Indian Wells, llego a la final y me enfrento a Pete. Lo derroto, y en el vestuario, después del partido, él me habla de su nueva vida. Acaba de casarse con Bridgette Wilson, la actriz.

Yo todavía soy alérgico a las actrices, le digo.

Él se echa a reír, aunque yo le hablo en serio.

Me cuenta que la conoció durante el rodaje de una película: El amor apesta.

Ahora soy yo el que se ríe, aunque él me habla en serio.

Son muchas las cosas que querría contarle a Pete sobre el matrimonio, sobre las actrices, pero no puedo. La nuestra no es una relación de ese tipo. Me encantaría preguntarle muchas cosas: cómo mantiene la concentración, si lamenta o no dedicar tanto tiempo al tenis… Nuestras personalidades, que son tan distintas, nuestra rivalidad sostenida, impiden ese grado de intimidad. Me doy cuenta de que, a pesar de la influencia que hemos tenido el uno sobre el otro, a pesar de nuestra casi-amistad, somos prácticamente desconocidos, y lo seremos siempre. Le deseo lo mejor y soy sincero. Para mí, estar con la mujer adecuada es la verdadera felicidad. Después de todo el tiempo que he dedicado a formar lo que yo llamo mi equipo, lo único que quiero ahora es sentirme un miembro valorado del equipo de Stefanie. Espero que él sienta lo mismo con respecto a su mujer. Espero que se preocupe tanto por el lugar que ocupa en su corazón como lo que parece preocuparse por su lugar en la historia. Me encantaría poder decírselo.

Una hora después de terminado el torneo, Stefanie y yo ofrecemos una clase de tenis. Wayne Gretzky nos la ha comprado en una subasta benéfica, y quiere que enseñemos a sus hijos. Nos lo pasamos muy bien con la familia Gretzky. Después, cuando ya anochece, conducimos despacio hasta Los Ángeles. Por el camino hablamos de lo guapos que eran esos niños. Yo me acuerdo de los hijos de Costner.

Stefanie mira por la ventana, entrecierra los ojos, y me mira a mí. Dice: creo que tengo un retraso.

¿Un retraso con qué?

Un retraso.

Ah… ¿Quieres decir que…? ¡Ah!

Paramos en varias farmacias, compramos todos los test de embarazo disponibles y nos escondemos en el hotel Bel Air. Stefanie se mete en el baño, y cuando sale, su expresión es inescrutable. Me entrega el bastoncillo.

Azul.

¿Qué significa el azul?

Creo que significa… Ya sabes.

¿Niño?

Creo que significa que estoy embarazada.

Vuelve a hacerse la prueba. Vuelve a salir azul. Todas las veces, azul.

Es lo que los dos queríamos, y ella está encantada, pero también asustada. Tantos cambios. ¿Qué le pasará a su cuerpo? Solo disponemos de unas horas para estar juntos antes de que yo coja un vuelo nocturno a Miami y ella se vaya a Alemania. Nos vamos a cenar a Matsuhisa. Nos sentamos a la barra de sushi, cogidos de la mano, y nos decimos que será fantástico. Hasta más tarde no caigo en la cuenta de que fue en ese mismo restaurante donde Brooke y yo terminamos. Es como en el tenis: la misma pista en la que sufres tus derrotas más severas puede convertirse en el escenario de tu mayor triunfo.

Después de comer, de llorar, de celebrar, digo: supongo que deberíamos casarnos.

Ella abre mucho los ojos. Supongo.

Decidimos que no habrá celebración. Ni iglesia, ni tarta ni vestido. Nos casaremos en algún día libre, durante alguna pausa en la temporada de tenis.

Me siento. Va a entrevistarme, durante una hora, Charlie Rose, el genial presentador de televisión. Durante la charla miento como un bellaco.

No es mi intención mentir, pero todas las preguntas que me formula parecen apuntar ya hacia una respuesta implícita, una respuesta que es la que él está preparado para oír.

¿Te gustaba el tenis ya de muy niño?

Sí.

Te encantaba el juego.

Dormía con una raqueta.

Cuando recuerdas lo que tu padre hizo por ti, ahora dices: me alegro de que me diera desde pequeño esas cosas que me endurecieron.

Sin duda me alegro de jugar al tenis. Me alegro de que mi padre me iniciara en el tenis.

Es como si estuviera hipnotizado, o como si me hubieran lavado el cerebro, algo que no es nuevo en mí. Digo las mismas cosas que he dicho antes, las mismas cosas que he pronunciado durante mis innumerables ruedas de prensa, entrevistas y conversaciones en fiestas. ¿Son mentiras, si en parte he llegado a creérmelas yo mismo? ¿Son mentiras si, de tanto repetirlas, han adquirido un barniz de verdad?

Esta vez, sin embargo, las mentiras me parecen distintas, las siento distintas. Permanecen en el aire y me dejan un regusto amargo. Cuando termina la entrevista, noto una vaga sensación de náusea. No es tanto que me sienta culpable como que lamento haber desperdiciado una oportunidad. Me pregunto qué habría ocurrido, qué habría hecho o dicho Rose, si habríamos disfrutado mucho más esa hora que acabamos de compartir, si yo me hubiera sincerado con él, y conmigo mismo: en realidad, Charlie, odio el tenis.

El malestar, la náusea, me dura varios días. Y empeora cuando se emite la entrevista. Me prometo a mí mismo que, algún día, miraré a los ojos a un entrevistador de la talla de Rose y le contaré una verdad sin barnizar.

 

En el Roland Garros de 2001, una persona invisible asiste desde mi palco. Stefanie está de cuatro meses y la presencia de nuestro hijo no nacido me regala unas piernas de adolescente. Llego a dieciseisavos y juego contra Squillari, con el que tengo un largo historial. Cuando entramos en la pista, siento que nuestra historia es más larga que la de Francia con Inglaterra. Al ver a mi rival pienso de inmediato en 1999, uno de los partidos más duros de mi carrera. Uno de los puntos de inflexión. Si me hubiera ganado ese día, hace dos años, no sé si hoy estaría aquí. No sé si Stefanie estaría aquí y, por tanto, nuestro futuro hijo no estaría aquí.

Motivado por esos pensamientos, me blindo. A medida que el partido avanza, me voy sintiendo más fresco, más centrado. Mi concentración es indestructible. Alguien, entre el público, me grita alguna obscenidad. Yo me río. Me caigo de mala manera y me tuerzo y me corto la rodilla. Pero no me importa nada. Nada puede detenerme, y mucho menos Squillari. Gradualmente voy dejando de ser consciente de su presencia. Estoy ahí yo solo, mucho más que de costumbre.

En cuartos de final me enfrento al francés Sébastien Grosjean. El primer set no me cuesta nada y solo pierdo un juego. Después, Grosjean saca fe de alguna reserva oculta y cree que puede ganar. Ahora nuestra respectiva confianza en nosotros mismos está igualada, pero él me supera en la ejecución de los tiros. Me rompe el saque y se pone con una ventaja de 2-0, y después vuelve a romperme el saque y me gana el set tan fácilmente como yo le he ganado el primero.

En el tercer set me rompe el saque enseguida, y gana el juego con un buen globo. Después retiene el suyo, y cuando le llega el turno vuelve a romperme el mío. Pierdo el set.

En el cuarto set tengo oportunidades de romperle el saque, pero no las aprovecho. Lanzo un revés débil, indigno de mí, y mientras veo escaparse la pelota, pienso que se me agota el tiempo. Saca él, y yo pendo de un hilo. Envío la pelota a la red. Punto de partido. Me remata con un ace.

Después, los periodistas me preguntan si he perdido la concentración con la llegada del presidente Bill Clinton. De todos los motivos que he oído dar, y que he dado, para explicar una derrota, ni a mí habría podido ocurrírseme uno más flojo. Ni siquiera sabía que Clinton estuviera ahí, les respondo. Tenía otras cosas en la cabeza. Otros espectadores invisibles.

 

Llevo a Stefanie al gimnasio de Gil, con el pretexto de ir a realizar una sesión de entrenamiento. Ella está contentísima, porque sabe por qué estamos ahí en realidad.

Gil le pregunta si se encuentra bien, si le apetece tomar algo, si quiere sentarse. La lleva hasta una bicicleta estática, y ella se sienta de lado. Observa la estantería que Gil ha instalado en una pared lateral, donde coloca mis trofeos de Grand Slam, incluidos los que he reemplazado tras mi rabieta Post-Friends.

Tiro varias veces de una goma de estiramientos, y digo:

Esto… Gil… eh… ya hemos escogido nombre para nuestro hijo.

Ah. ¿Y qué nombre es?

Jaden.

Me gusta —dice Gil sonriendo, asintiendo—. Sí, me gusta. Me gusta.

Y… también tenemos un segundo nombre perfecto.

¿Y cuál es?

Gil.

Él me mira.

Yo pronuncio: Jaden Gil Agassi. Si llega a ser la mitad de buen hombre que tú, tendrá un éxito fenomenal, y si yo consigo ser la mitad de buen padre de lo que has sido tú conmigo, habré superado con creces mis expectativas.

Stefanie está llorando. Yo tengo los ojos llenos de lágrimas. Gil está de pie, a tres metros de mí, frente a una máquina de extensión de piernas. Lleva su lápiz característico detrás de la oreja y las gafas montadas en la punta de la nariz, y tiene abierto su cuaderno Da Vinci. En tres pasos se planta junto a mí y me abraza. Yo siento su cadena en mi mejilla. Padre, Hijo y Espíritu Santo.

 

Estoy a punto de ganar a Rafter en Wimbledon. Quinto set. Saco yo y estoy a dos puntos de llevarme el partido. Envío a la red un drive dubitativo. En el siguiente punto, fallo un revés fácil. Él recupera el saque. Ahora es él el que cree que le falta poco para ganarme.

Grito: Cabrón.

Una juez de línea informa de ello al momento al juez de silla.

Recibo una advertencia por lenguaje inapropiado.

A partir de ese momento, no puedo pensar en otra cosa que en esa juez de línea metomentodo. Pierdo el set 8-6, y el partido. Me siento decepcionado y a la vez le quito importancia.

Además de la salud de Stefanie y de mi incipiente familia, mis pensamientos nunca se alejan demasiado de mi escuela, que está previsto que abra este otoño, con doscientos alumnos de tercero a quinto cursos, aunque nuestro plan es ampliar rápidamente para ofrecer desde preescolar hasta secundaria obligatoria. En un par de años, el centro que acogerá los cursos superiores de primaria estará construido. En otros dos, tendremos el instituto.

Me encantan los conceptos que proponemos, nuestros diseños, pero me siento sobre todo orgulloso de nuestro compromiso a la hora de avalar nuestras ideas con dinero. Mucho dinero. A Perry y ya mí nos horrorizó descubrir que Nevada era uno de los estados que menos invertía en educación: 6.800 dólares por alumno, comparados con la media nacional, que es de casi 8.600. Así, en mi escuela pretendemos compensar la diferencia, y con creces. Mediante una combinación de financiación estatal y donantes privados, vamos a invertir grandes sumas en los niños, y a demostrar, a partir de ahí, que en educación, como en todo lo demás, se recibe según lo que se paga.

También vamos a tener a los niños en el colegio durante más horas, ocho en lugar de las seis que son habituales en Nevada. Si algo he aprendido es que con tiempo, sumado a la práctica, se obtienen resultados. Es más, vamos a insistir en que los padres se impliquen íntimamente con el centro escolar. Se requerirá que, al menos uno de los dos progenitores, dedique doce horas al mes a tareas de voluntariado como asistente de los alumnos en las aulas o como monitor durante salidas escolares. Queremos que los padres se sientan accionistas del colegio. Queremos que se impliquen del todo y se responsabilicen de conseguir que sus hijos lleguen a la universidad.

Muchos días, cuando me siento desanimado, deprimido, me acerco en coche al barrio y veo cómo va tomando forma la escuela. De todas mis contradicciones, esta es la más asombrosa, la más divertida: un niño que despreciaba y temía la escuela se convierte en un hombre al que motiva y llena de energía la visión de la escuela que él mismo está construyendo.

Y, sin embargo, no puedo estar presente el día de la inauguración. Participo en el Open de Estados Unidos de 2001. Juego para la escuela y, por tanto, juego lo mejor que sé. Arraso en las cuatro primeras rondas y me cruzo con Pete en cuartos de final. Desde que salimos del túnel, los dos sabemos que esta va a ser nuestra batalla más encarnizada. Lo sabemos. Nos hemos enfrentado 32 veces. Él me ha ganado 17, y yo a él 14. Tanto él como yo estamos más serios de lo habitual. Ahí mismo, ahora mismo, ese es el partido que va a decantar nuestra rivalidad. El que gane este, lo gana todo.

Se supone que Pete llega a medio gas. Lleva catorce meses sin ganar un solo torneo de Grand Slam. Se ha mostrado terco y ha hablado abiertamente de retirarse. Pero todo ello resulta irrelevante, porque ahora va a jugar contra mí. Aun así, le gano el primer set en el tiebreak, y ahora me siento optimista sobre mis posibilidades. Tengo un registro de 49 a 1 en este torneo cuando gano el primer set.

Por favor, que alguien le recuerde a Pete esas estadísticas. Él gana el segundo set también en un tiebreak.

En el tercero también nos vemos forzados a desempatar. Yo cometo varios errores tontos. Fatiga. Pete se lleva el set.

En el cuarto disputamos varios puntos larguísimos, épicos. Y volvemos de nuevo a un tiebreak. Llevamos tres horas jugando y ninguno de los dos le ha roto el servicio al otro. Son más de las doce de la noche. El público —más de 23.000 personas— se pone de pie. Aplaude y patea tanto que no nos deja seguir. Antes, quiere darnos las gracias.

Me emociono. Noto que Pete está emocionado. Pero no puedo pensar en los aficionados. No puedo permitirme pensar en otra cosa que no sea en llegar al refugio del quinto set.

Pete sabe que, si el partido acaba jugándose a cinco sets, la ventaja será más mía que suya. Sabe que tiene que jugar un tiebreak perfecto para impedir ese quinto set. Y así lo hace. Esa noche de tenis impecable acaba con un drive mío que se estrella contra la red.

Pete grita.

Yo noto, literalmente, que el pulso se me frena. No me siento mal. Intento sentirme mal, pero no lo consigo. Me pregunto si me estoy acostumbrando a perder contra Pete en partidos importantes, o si simplemente cada vez me siento más conforme con mi carrera y con mi vida. Sea lo que sea, le paso el brazo por el hombro a Pete y le deseo suerte, y aunque en ese momento no lo siento como una despedida, sí lo siento como un ensayo de la despedida que ya no puede estar lejos.

 

En octubre de 2001, tres días antes de que Stefanie salga de cuentas, invitamos a nuestras madres y a un juez de Nevada a nuestra casa.

A mí me encanta ver a Stefanie con mi madre. Las dos mujeres tímidas de mi vida. Stefanie le lleva a veces un par de puzles nuevos. Yo, por mi parte, adoro a Heidi, la madre de Stefanie. Es igual que su hija, o sea que me cautiva desde el principio. Stefanie y yo, descalzos y en vaqueros, nos encontramos ante el juez, en el patio. Por anillos de boda usamos unas tiras de rafia vieja que ella ha encontrado en un cajón… Son las mismas con las que decoré su primera tarjeta de cumpleaños, aunque ninguno de los dos se fija en ello hasta más tarde.

Mi padre insiste en que no se siente en absoluto desairado por no haber sido invitado. No quiere que lo invitemos. Lo que menos le apetece en el mundo es asistir a una boda. No le gustan. (Se fue a mitad de mi primera boda). No le importa dónde, cuándo o cómo convierta a Stefanie en mi esposa, dice; lo importante es que lo haga. Es la mejor tenista de todos los tiempos, dice. ¿Qué más se puede pedir?

El juez recita toda la retahíla de artículos legales, y Stefanie y yo estamos a punto de darnos el «sí, quiero» cuando llega una brigada de jardineros. Yo salgo y les pido que, por favor, apaguen sus cortadoras de césped y sus ventiladores de hojas durante cinco minutos, para que podamos casarnos. Ellos se disculpan. Uno de ellos se lleva el índice a los labios.

Por el poder del que he sido investido… dice el juez, y por fin, por fin, con nuestras madres y tres jardineros por testigos, Steffi Graf se convierte en Stefanie Agassi.