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Andre Agassi · Capítulo 12 de 34

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Capítulo 10

 

No lejos de la casa de mi padre se extiende el campus de la Universidad de Nevada-Las Vegas que, en 1989, ha adquirido ya cierta reputación por sus equipos deportivos. Su buque insignia es el de baloncesto, que incluye a estrellas de la NBA. El de fútbol americano también mejora enormemente. Los Running Rebels son conocidos por su velocidad y su buena forma. Además, se llaman, Rebeldes, como a mí me gusta. Pat me dice que tal vez haya alguien de la universidad que pueda ayudarme a mejorar mis condiciones físicas cuando él tenga que ausentarse.

Nos desplazamos hasta el campus un día, y acudimos al gimnasio, ubicado en un edificio nuevo que a mí me resulta tan impresionante como la Capilla Sixtina. Tantos cuerpos perfectos… Tantos hombres corpulentos. Yo mido un metro setenta y cuatro y peso 67 kilos, y las prendas de ropa de Nike que llevo me van grandes. Me digo a mí mismo que ha sido un error. Además de sentirme tremendamente pequeño, las escuelas, sean del tipo que sean, siguen inspirándome desconfianza.

Pat, ¿a quién pretendo engañar? Este no es mi sitio.

Estamos aquí, dice él, escupiendo.

Encontramos la oficina del entrenador de la universidad especializado en fuerza física. Le pido a Pat que me espere fuera, que entraré yo a hablar con él. Asomo la cabeza por la puerta y allí, al otro lado del despacho, en el ángulo más alejado, tras una mesa del tamaño de mi Corvette, veo a un gigante de verdad. Parece la estatua de Atlas que se alza frente al Rockefeller Center y que vi la primera vez que visité Nueva York con motivo de mi participación en el Open de Estados Unidos, con la diferencia de que este es moreno y lleva el pelo largo, y tiene unos ojos también negros, tan grandes y tan redondos como las pesas que se amontonan en el gimnasio. Parece capaz de aplastar a la primera persona que se atreva a molestarlo.

Doy un paso atrás y cierro la puerta.

Entra tú, Pat.

Pat me obedece. Oigo que le dice algo. Oigo una profunda voz de barítono que le responde. Parece el motor de un camión. Y entonces Pat me pide que entre.

Contengo la respiración y, una vez más, abro la puerta.

Hola, digo.

Hola, dice el gigante.

Esto… bien… sí. Me llamo Andre Agassi. Juego a tenis y vivo aquí, en Las Vegas y…

Ya sé quién eres.

Se pone en pie. Mide más de metro ochenta, y el perímetro de su caja torácica debe de ser de más de 140 centímetros. Por un momento temo que, en un acceso de ira, vuelque la mesa. Pero no solo no lo hace, sino que la rodea y se acerca a mí para estrecharme la mano. Es la mano más grande que he visto en mi vida. Una mano que combina bien con sus hombros, sus bíceps y sus piernas, que también baten récords según mi experiencia personal.

Gil Reyes, dice.

Encantado de conocerle, señor Reyes.

Llámame Gil.

De acuerdo, Gil. Sabemos que debes de estar muy ocupado y no queremos robarte tiempo. Simplemente, nos preguntábamos —es decir, Pat y yo— si podríamos hablar contigo para ver si podemos usar vuestras instalaciones de vez en cuando. La verdad es que me esfuerzo por mejorar mi forma física.

Sí, claro, cómo no.

Su voz me lleva a pensar en el fondo del mar, en el núcleo de la Tierra. Pero, además de profunda, se trata también de una voz suave.

Nos muestra los diferentes espacios, nos presenta a varios alumnos deportistas. Hablamos de tenis, de baloncesto, de sus diferencias, de sus similitudes. Y entonces aparece el equipo de fútbol americano.

Disculpadme, dice Gil. Tengo que hablar con los chicos. Estáis en vuestra casa. Usad las máquinas y las pesas que queráis. Pero, por favor, con cuidado. Y con discreción. Técnicamente, ya sabéis, va contra las normas.

Gracias.

Pat y yo ejercitamos un poco abdominales y dorsales, pero a mí me interesa más observar a Gil. Los jugadores de fútbol americano se han reunido frente a él y lo contemplan con absoluto respeto. Es como un general español arengando a sus conquistadores. Les da sus órdenes. Tú… coge este banco. Tú… vete a esa máquina… Tú… al soporte de las sentadillas. Mientras habla, nadie aparta la mirada. Él no les exige atención; simplemente, la atrae. Finalmente, les pide a todos que se congreguen, que se acerquen más, y les recuerda que el trabajo duro es la respuesta, la única respuesta. Todos lo asimilan. Manos unidas. Uno, dos, tres. ¡Rebeldes!

Se dispersan y cada uno se dirige a sus pesas. Pienso una vez más que a mí me iría mucho mejor en un equipo.

 

Pat y yo regresamos al gimnasio de la Universidad de Nevada-Las Vegas todos los días, y mientras realizamos nuestros trabajos en banco y con las mancuernas, noto que Gil no nos quita el ojo de encima. Percibo que se fija en mi mala forma física. Y percibo que a los demás deportistas tampoco les pasa por alto. Me siento como un aficionado y muchas veces querría irme de allí, pero Pat siempre me lo impide.

Transcurridas varias semanas, Pat debe desplazarse a la Costa Este. Una emergencia familiar. Yo llamo a la puerta del despacho de Gil y le informo de que Pat ha tenido que irse, pero que me ha dejado una rutina para que la siga. Se la muestro y le pregunto si estaría dispuesto a ayudarme con ella.

Sí, claro, me responde, aunque se diría que lo hace por compromiso. Cada vez que lee un ejercicio, arquea la ceja. Le da la vuelta a la hoja y frunce el ceño. Yo le animo a que me diga lo que está pensando, pero él se limita a fruncir el ceño todavía más.

Me pregunta: ¿cuál es el objeto de estos ejercicios?

No estoy seguro.

Dime una cosa, ¿cuánto tiempo llevas haciéndolos?

Hace mucho tiempo.

Le suplico que me diga lo que piensa.

No es mi intención pisarle el trabajo a nadie, dice. Y no quiero hablar cuando no me toca. Pero no puedo mentirte. Si alguien puede anotarte una rutina en una hoja de papel, es que esa rutina vale menos que el papel en que está escrita. Me estás pidiendo que te ayude con una tabla de ejercicios que no deja espacio para tu situación actual, lo que sientes y aquello en lo que debes centrarte. No permite el cambio.

Sí, lo que dice tiene lógica.

¿Podrías ayudarme? ¿Darme, tal vez, algunos consejos?

Bueno, mira, ¿cuáles son tus metas?

Le hablo de mi derrota reciente contra Alberto Mancini, de Argentina. Mi rival me desgastó físicamente, hizo conmigo lo que quiso, como un gamberro de playa que me hubiera echado arena a la cara. Yo tenía el partido ganado, tenía un pie en el cuello de ese hombre, pero no pude rematar la faena. Tenía una pelota de partido a mi favor, y Mancini me rompió el servicio, ganó el tiebreak, me rompió el servicio otras tres veces en el quinto set. A mí no me quedaba nada. Debo ganar en fortaleza, para no permitir que eso me vuelva a ocurrir. Perder es una cosa. Que te superen es otra. Ya no puedo seguir soportando esa sensación.

Gil me escucha, no se mueve, no me interrumpe. Lo asimila todo.

Esa pelotita a veces bota de una manera… y yo no siempre puedo controlarla. Pero lo que tal vez sí sea capaz de controlar es mi cuerpo. Es decir, podría, tal vez, si contara con la información adecuada.

Gil aspira hondo y su inmenso tórax se llena de aire, que va soltando despacio.

¿Qué horarios tienes?, me pregunta.

Estaré fuera las siguientes cinco semanas. Es verano y me tocan las pistas duras. Pero cuando vuelva, consideraría un honor que pudiéramos trabajar juntos.

Está bien, dice Gil. Pensaré en algo. Y buena suerte en tu gira. Nos vemos a tu regreso.

 

En el Open de Estados Unidos de 1989 vuelve a tocarme jugar en cuartos de final contra Connors. Es la primera victoria en cinco sets de mi carrera, tras cinco derrotas consecutivas. Pero, por algún motivo, mi clasificación solo merece una nueva oleada de críticas: debería haber terminado con Connors en tres sets. Alguien asegura haberme oído gritarle a Philly, desde mi cabina: ¡voy a hacerle jugar cinco sets, para que sufra!

Mike Lupica, columnista del New York Daily News, destaca mis diecinueve fallos no forzados durante el tercer set, y afirma que he llevado a Connors hasta los cinco sets solo para demostrar que soy lo bastante duro para resistir hasta el final. Cuando no se meten conmigo por perder a propósito, se meten conmigo por mi manera de ganar.

 

Cuando regreso al gimnasio, en la expresión de Gil leo que estaba esperándome. Nos damos la mano. Es el principio de algo.

Me conduce hasta la zona de pesas y me comenta que muchos de los ejercicios que he estado haciendo eran perjudiciales, muy perjudiciales, pero que mi manera de hacerlos era todavía peor. Estoy coqueteando con el desastre, y si sigo así me lesionaré.

Me da unas primeras nociones sobre la mecánica del cuerpo, la física y la hidráulica y la arquitectura de la anatomía humana. Para saber qué es lo que el cuerpo quiere, para comprender qué necesita y qué no, hay que tener algo de ingeniero, algo de matemático, algo de artista y algo de místico.

A mí nunca se me han dado muy bien las clases magistrales, pero si todas fueran como las de Gil, yo seguiría en el colegio. Me empapo de todos los datos, de todas las ideas, convencido de que nunca olvidaré nada de lo que dice.

Es asombrosa, prosigue Gil, la cantidad de falacias que se oyen sobre el cuerpo humano, lo poco que sabemos sobre nuestros propios cuerpos. Los hombres, para desarrollar los pectorales superiores, realizan sus ejercicios en bancos inclinados. No se trata de un uso eficaz del tiempo, dice. Yo no he hecho ni un solo pectoral en superficie inclinada desde hace treinta años. ¿Es posible que hubiera desarrollado más el pecho si lo hubiera hecho?

No, señor.

Con esos peldaños que te dedicas a subir y a bajar, lo que haces es cargar mucho peso en la espalda durante los ascensos. Estás pidiendo a gritos una lesión catastrófica. Tienes suerte de no haberte jodido aún la rodilla.

¿Por qué?

Todo tiene que ver con los ángulos, Andre. Con cierto ángulo, comprometes los cuádriceps. Con otro comprometes la rodilla, cargas mucha presión en ella. Si lo haces muchas veces, tu rodilla rompe el compromiso.

Los mejores ejercicios, prosigue, aprovechan la fuerza de la gravedad. Me explica cómo usar la gravedad y la resistencia para romper el músculo, de manera que acabe resultando más fuerte. Me muestra cómo levantar correctamente una mancuerna para ejercitar el bíceps de manera segura. Me lleva hasta una pizarra y dibuja mis músculos, mis brazos, mis articulaciones, mis tendones. Habla de un arco y una flecha, me muestra los puntos de presión sobre un arco muy tensado, y después usa ese modelo para explicarme cómo funciona mi espalda, por qué me duele después de los partidos y las sesiones de ejercicio.

Yo le hablo de mi columna vertebral, de mi espondilolistesis, la vértebra desalineada. Él toma nota y me dice que lo consultará en los manuales de medicina e investigará un poco al respecto.

Ya está todo dicho: si sigues haciendo lo que estás haciendo, vas a tener una carrera muy corta. Y serios problemas de espalda, de rodilla. Además, si sigues levantando las mancuernas como te he visto levantarlas, también los tendrás de codos.

A veces, mientras me explica algún concepto, quiere ser tan claro que me lo deletrea. Es su manera de hacer hincapié en algo. Le gusta descomponer las palabras para mí, abrírmelas, revelar el conocimiento que contienen, como el fruto que se oculta en el interior de una cáscara de nuez. Caloría, por ejemplo. Dice que proviene del latín calor, que es una medida de temperatura. La gente cree que las calorías son malas, dice Gil, pero no son más que medidas de calor, y nosotros necesitamos calor. Cuando comemos, alimentamos la caldera natural de nuestro cuerpo. ¿Cómo va a ser eso malo? Lo malo no está en comer, sino en cuándo comemos, en cuánto comemos, en las decisiones que tomamos. Ahí está la clave.

La gente cree que comer es malo, prosigue, pero necesitamos avivar nuestro fuego interno.

Sí, pienso yo. Mi fuego interno tiene que avivarse.

Hablando de calor, Gil me comenta, de pasada, que no soporta las temperaturas altas. No las soporta. Es muy sensible a ellas, y para él es una tortura exponerse directamente al sol. Pone en marcha el aire acondicionado.

Tomo nota.

Le cuento que voy con Pat a correr al monte de las serpientes de cascabel. Le explico que siento que estoy estancado, que no progreso. Él me pregunta: ¿cuánto corres todos los días?

Ocho kilómetros.

¿Por qué?

No lo sé.

¿Has corrido alguna vez ocho kilómetros durante un partido?

No.

¿Con qué frecuencia, durante un partido, corres más de cinco pasos en una misma dirección antes de detenerte?

No muy a menudo.

Yo no sé nada de tenis, pero me parece a mí que, cuando ya vas por el tercer paso, es preferible que empieces a pensar en parar, porque, si no, golpearás la pelota y seguirás corriendo, lo que significa que quedarás descolocado para dar el siguiente golpe. El truco está en reducir, golpear, frenar en seco y ponerse en marcha. Según lo veo yo, tu deporte no tiene que ver con correr, sino con parar y ponerse en marcha. Debes concentrarte en desarrollar los músculos que se necesitan para parar y ponerse en marcha.

Me echo a reír y le digo que seguramente ese es el comentario más inteligente que le he oído pronunciar a nadie sobre el tenis.

Cuando llega la hora de cerrar las instalaciones, ayudo a Gil a limpiar el gimnasio y apago las luces. Nos quedamos un buen rato en mi coche, sentados, hablando. Finalmente se da cuenta de que me castañetean los dientes.

¿Y este coche tan caro no tiene calefacción?

Sí.

¿Y por qué no la conectas?

Porque has dicho que eras sensible al calor.

Gil balbucea, perplejo. Le cuesta creer que lo tenga presente. Y no soporta la idea de que haya estado sufriendo todo ese tiempo. Conecta la calefacción a máxima potencia. Seguimos conversando, y no tardo en observar que se le están formando unas gotas de sudor en las cejas y sobre el labio superior. Apago la calefacción y bajo las ventanillas. Charlamos media hora más, hasta que se da cuenta de que me estoy poniendo azul. Vuelve a poner en marcha la calefacción, a máxima potencia. Así, conectando y desconectando, vamos hablando y demostrándonos respeto mutuo, y seguimos hasta altas horas de la madrugada.

Le cuento un poco mi historia. Mi padre. El dragón. Philly. Perry. Le hablo de mi expulsión de la Academia Bollettieri. Él, después, me cuenta la suya. Su infancia a las afueras de Las Cruces, en Nuevo México. Su familia era campesina. Se dedicaba a la recolección de pacanas y algodón. Un trabajo duro. En invierno, las pacanas. En verano, el algodón. Después se trasladaron al este de Los Ángeles, y Gil se hizo mayor de pronto en aquellas calles difíciles.

Era la guerra, dice. Me hirieron de bala. Todavía tengo el orificio de la bala en la pierna. Además, no hablaba inglés. Solo español, y en el colegio me quedaba sentado y no hablaba. Aprendí inglés leyendo a Jim Murray en Los Angeles Times y escuchando las retransmisiones que Vin Sculler hacía de los partidos de los Dodgers. Tenía un transistor pequeño y ponía la KABC todas las noches. Vin Scully fue mi profesor de inglés.

Una vez que ya dominaba el idioma, Gil decidió dominar el cuerpo que Dios le había dado.

Dice: solo los fuertes sobreviven, ¿verdad? Pues bien, en nuestro barrio no podíamos permitirnos las pesas, así que nos las fabricábamos nosotros. Había tipos que habían estado en la cárcel y que nos enseñaban cómo. Por ejemplo, rellenábamos latas de café con cemento, las fijábamos a los extremos de un palo, y así teníamos unas pesas que levantar en el banco inclinado. Para el banco, propiamente, recurríamos a cajas de leche.

Me cuenta que consiguió el cinturón negro de kárate. Me habla de algunas de las veintidós peleas profesionales en las que participó, incluida una en la que le partieron la mandíbula. Pero no me noquearon, asegura, orgulloso.

Cuando llega la hora de la despedida —empieza a clarear—, a regañadientes le doy la mano a Gil y le digo que volveré al día siguiente.

Lo sé, me dice.

 

Trabajo con Gil durante todo el otoño de 1989. Los beneficios son grandes, y nuestro vínculo se fortalece. Dieciocho años mayor que yo, Gil sí puede decir que es una figura paterna. A cierto nivel, yo percibo que soy para él como el hijo que no ha tenido (tiene tres hijas, pero ningún varón). Esa es una de las pocas cosas de las que no hablamos. Todo lo demás nos lo decimos abiertamente, lo deletreamos si hace falta.

Gil y su mujer, Gaye, mantienen una tradición encantadora. Todos los jueves por la noche, todos los miembros de la familia pueden pedir lo que quieran para cenar, y Gaye lo prepara. ¿Que una hija quiere perritos calientes? Perfecto. ¿Que a otra le apetecen tortitas con trocitos de chocolate? Ningún problema. Tomo por costumbre pasarme por casa de Gil los jueves, y picar de los platos de todos. Poco tiempo después ya ceno en su casa un día sí y un día no. Cuando se hace tarde, cuando me da pereza volver a casa, me echo en el suelo de la suya y duermo allí.

Gil tiene otra costumbre. Por más incómoda que parezca estar una persona, si está dormida es que no puede estar tan incómoda, y no hay que molestarla. Así que nunca me despierta. Se limita a cubrirme con una manta fina, y me deja dormir hasta la mañana siguiente.

Escúchame, me dice un día. Ya sabes que nos encanta que vengas a casa. Pero debo decírtelo: un chico guapo, rico, un chico que puede estar en un montón de sitios, y que sin embargo viene a mi casa a comer perritos calientes los jueves por la noche. Y que duerme acurrucado en el suelo.

Me gusta dormir en el suelo. Me va bien para la espalda.

No es por el suelo. Quiero decir que… ¿Estás seguro de que quieres estar aquí? Seguro que tienes sitios mejores a los que ir.

No se me ocurre ninguno mejor, Gil.

Él me da un abrazo. Yo creía saber qué era un abrazo, pero la verdad es que nadie te ha abrazado hasta que lo hace un tipo con un diámetro de casi metro y medio de pecho.

En la Nochebuena de 1989, Gil me pregunta si quiero ir a su casa a celebrar las fiestas con su familia.

Creía que no me lo ibas a pedir nunca.

Mientras Gaye prepara unas galletas, mientras sus hijas están arriba, durmiendo, Gil y yo estamos en el salón, montando juguetes y trenes que ha traído Santa Claus. Le confieso a Gil que no recuerdo cuándo fue la última vez que me sentí tan sereno.

¿Y no estarías más contento en una fiesta? ¿Con amigos?

Estoy exactamente donde quiero estar.

Dejo de montar el juguete que tengo en la mano en ese momento y miro fijamente a Gil. Le digo que mi vida no me ha pertenecido ni un solo día. Mi vida siempre le ha pertenecido a otros. Primero, a mi padre. Después, a Nick. Y siempre, siempre, al tenis. Ni siquiera mi cuerpo me ha pertenecido hasta que he conocido a Gil, que está haciendo lo que se supone que hacen los padres: convertirme en una persona más fuerte.

Así que estando aquí, Gil, contigo y con tu familia, siento por primera vez en mi vida que estoy en el lugar al que pertenezco.

No hace falta que me digas nada más. No volveré a preguntártelo. Feliz Navidad, hijo.