OPEN
Capítulo 16
Creo que deberías librarte de ese postizo, me dice Brooke. Y de esa coleta. Rápate el pelo y ya está.
Imposible. Me siento desnudo.
Te sentirías liberado.
Me sentiría expuesto.
Es como si me sugiriera que me arrancara todos los dientes. Le digo que ni hablar, que lo olvide. Pero entonces me ausento y lo pienso durante unos días. Pienso en todo el dolor que me ha causado mi pelo, en la incomodidad de los postizos, en la hipocresía, en el fingimiento, en el engaño. Tal vez no sea una idea tan loca. Tal vez, de hecho, sea el primer paso hacia la cordura.
Una mañana, me planto frente a Brooke y le digo: hagámoslo.
¿Hacer qué?
Cortarme el pelo. Vamos a cortarlo todo.
Programamos la ceremonia del esquilado para esa noche, a última hora, a esa hora que normalmente se reserva a las sesiones de espiritismo y a las raves. Lo haremos en la cocina de la casa con fachada de ladrillo oscuro que Brooke posee en Nueva York, después de que ella regrese del teatro (finalmente le han dado el papel en Grease). Lo convertiremos todo en una fiesta, dice; invitaremos a algunos amigos.
Perry está presente. Y, a pesar de nuestra ruptura, Wendi. Brooke no se molesta en disimular la irritación que le causa su presencia, y viceversa. Perry no da crédito. Yo les explico a los dos que, a pesar de nuestra historia de amor, Wendi sigue siendo una amiga íntima, y que lo seguirá siendo toda la vida. Raparse el pelo es un paso importante, y necesito amigos que me den su apoyo moral, como necesité a Gil cuando me operaron la muñeca. De hecho, por un momento se me pasa por la cabeza que para la intervención a la que estoy a punto de someterme también deberían anestesiarme. Pedimos que nos traigan vino.
El peluquero de Brooke, Matthew, me acerca la cabeza al fregadero, me lava el pelo y me lo estira bien.
Andre, ¿estás seguro?
No.
¿Estás listo?
No.
¿Quieres que lo hagamos delante de un espejo?
No. No quiero mirar.
Me instala en una silla de madera y entonces… Adiós a mi coleta.
Todo el mundo aplaude.
Empieza entonces a cortarme el pelo de los lados, muy corto, casi rapado. Pienso en mi cresta de mohicano que me hicieron en el centro comercial de Bradenton. Cierro los ojos, noto que el corazón me late con fuerza, como cuando estoy a punto de disputar una final. Esto ha sido un error. Tal vez el error que marcará mi vida para siempre. J. P. me ha advertido que no lo hiciera. Dice que siempre que asiste a algún partido mío oye a la gente hablar de mi pelo. Las mujeres me adoran por él, los hombres me odian por él. Ahora que J. P. ha dejado el sacerdocio y se dedica de lleno a la música, ha estado trabajando un poco en publicidad, escribiendo melodías para anuncios de radio y televisión, así que hablaba con cierta autoridad al proclamar que, por lo que respecta al mundo empresarial, Andre Agassi es su pelo. Y cuando Agassi pierda el pelo, los patrocinadores desaparecerán.
También me ha sugerido con vehemencia que relea la historia bíblica de Sansón y Dalila.
Mientras Matthew corta, corta y corta, me convenzo de que debería haberle hecho caso a J. P. ¿Alguna vez me ha aconsejado mal? Con cada mechón de pelo que cae al suelo, siento que cae un mechón de mí.
La operación dura once minutos. Después, Matthew sacude los pelos y anuncia: «¡Tachán!».
Me acerco al espejo. Veo a una persona que no reconozco. Ante mí aparece un perfecto desconocido. No es que mi reflejo sea distinto, es que no soy yo. Pero, en realidad, ¿qué coño es lo que he perdido? Tal vez me resulte más fácil ser ESTE tío. Durante todo el tiempo que he pasado con Brad, intentando averiguar qué tengo EN la cabeza, nunca se me había ocurrido que tal vez debía arreglar lo que tenía SOBRE la cabeza. Le sonrío a mi reflejo, me paso la mano por la calva. Hola. Encantado de conocerte.
A medida que la noche va dando paso a la mañana, a medida que damos cuenta de varias botellas de vino, me siento alegre, emocionado, y muy en deuda con Brooke. Tenías razón, le digo. Mi postizo era una rémora, y mi pelo natural, largo hasta el absurdo y teñido de distintos colores, también era una carga para mí, y me limitaba. El pelo parece algo tan trivial… pero ha sido crucial para mi imagen pública, y para la imagen que tengo de mí mismo. Y todo era un fraude.
Ahora el fraude reposa en el suelo de la cocina de Brooke, en montoncitos. Me siento bien libre de él. Me siento auténtico. Me siento liberado.
Y se nota en mi juego. En el Open de Australia de 1995 salgo como el Increíble Hulk. No cedo ni un set en una guerra total que me lleva directo a la final. Esta es la primera vez que juego en Australia, y no entiendo por qué he esperado tanto. Me gusta la superficie, me gustan las instalaciones, me gusta el calor. Siendo de Las Vegas, no acuso el calor como otros jugadores, y lo que caracteriza el Open de Australia es precisamente una temperatura inhumana. Así como lo que queda en la memoria tras participar en Roland Garros son el humo de puros y pipas, lo que el recuerdo mantiene vivo semanas después de abandonar Melbourne es la sensación borrosa de haber jugado en el interior de un horno.
Además, los australianos me caen bien y, al parecer, yo les caigo bien a ellos, a pesar de que no soy yo, de que soy un tío nuevo, calvo, con cinta en la cabeza y perilla y pendiente de aro. Los periódicos se emplean a fondo con mi nueva imagen. Todo el mundo expresa su opinión. Los fans que me apoyaban se sienten desorientados. La gente que iba en mi contra tiene un motivo más para detestarme. No paro de leer chistes de piratas aplicados a mi persona. Nunca imaginé que hubiera tantos chistes de piratas. Pero no me importa. Me digo a mí mismo que todos van a tener que aceptar a este pirata cuando levante entre mis manos el trofeo.
En la final me doy de bruces con Pete. Pierdo el primer set en un abrir y cerrar de ojos. Lo pierdo sin plantar cara, de una doble falta. Ya estamos otra vez.
Antes de que empiece el segundo set, dedico un tiempo a recomponerme. Miro hacia mi palco. Brad parece desesperado. Nunca ha creído que Pete fuera el mejor de los dos. Su cara me dice: el mejor eres tú, Andre. No lo respetes tanto.
Pete saca como quien lanza granadas, una tras otra, el fusilamiento clásico de Pete. Pero hacia la mitad del segundo set noto que empieza a cansarse. Las granadas que me envía tienen la anilla puesta. Se está agotando física y emocionalmente, porque en los últimos días lo ha pasado fatal. Su entrenador desde hace muchísimo tiempo, Tim Gullickson, ha sufrido dos embolias, y a raíz de ello le han descubierto un tumor cerebral. Pete está traumatizado. A medida que el partido va decantándose a mi favor, me siento culpable. Estaría dispuesto a parar, a dejar que Pete se fuera al vestuario, a que le administraran líquido por vía intravenosa y que regresara como ese otro Pete que se lo pasa tan bien dándome esas palizas que me da.
Le rompo el servicio dos veces. Él se encoge de hombros y cede el set.
El tercero acaba en un tiebreak muy tenso. Me pongo por delante 3-0, pero entonces Pete gana cuatro puntos consecutivos. De pronto es él el que va por delante 6-4, y saca él. Si gana el punto, se lleva el set. Yo suelto un grito de hombre de las cavernas, como si estuviera levantando pesas en el gimnasio de Gil, y echo el resto en una devolución que toca la red pero que cae dentro de la línea. Pete mira la bola y después me mira a mí.
En el siguiente punto, dispara un drive que le sale largo. Estamos encallados en el 6-6. Nos enzarzamos entonces en un punto largo que culmina cuando yo lo sorprendo subiendo a la red y enviándole una dejada-volea de revés. Me sale tan bien que lo vuelvo a intentar. Set para Agassi. El péndulo oscila.
El cuarto set es una conclusión inevitable. Yo no quito el pie del acelerador y gano 6-4. Pete parece resuelto. Una ladera demasiado empinada para subir por ella. De hecho, lo noto exasperantemente sereno cuando sube a la red.
Esta es mi segunda victoria seguida en un torneo de Grand Slam, y mi tercer trofeo de Grand Slam. Todos dicen que esta es la mejor de las tres, porque le he ganado a Pete en una final de Grand Slam. Pero a mí me parece que, cuando hayan pasado veinte años, yo la recordaré como mi primera victoria como calvo.
La conversación deriva de inmediato hacia mis posibilidades de llegar a ser número uno. Pete lo ha sido durante setenta semanas, y todos los integrantes de mi equipo dicen que estoy destinado a echarlo de un puntapié de esa tan cacareada cima. Yo les digo que el tenis no tiene nada que ver con el destino. El destino tiene cosas más importantes que hacer que dedicarse a contar puntos de la ATP.
Aun así, llegar a ser número uno pasa a ser mi meta, porque mi equipo así lo quiere.
Me encierro en el gimnasio de Gil y me entreno con furia. Le hablo de mi meta y él diseña un plan de batalla. En primer lugar, diseña una vía de estudio. Se dedica a recopilar una lista de números de teléfono y direcciones de los médicos deportivos y los nutricionistas más prestigiosos, y contacta con todos ellos, los convierte en sus consultores privados. Se codea con expertos del Centro de Entrenamiento Olímpico de Estados Unidos, en Colorado Springs. Vuela de una punta a otra del país, entrevistando a los investigadores más brillantes y reputados en salud y bienestar, y anota todas y cada una de las palabras que pronuncian en sus cuadernos de Leonardo da Vinci. Lo lee todo, desde revistas dedicadas a los músculos hasta abstrusos estudios médicos y sesudos informes. Se suscribe al New England Journal of Medicine. En poquísimo tiempo se convierte en una universidad ambulante, en la que solo hay un profesor y en la que solo se imparte una materia: el cuerpo del estudiante, yo.
Después determina mi límite físico y me empuja hasta él. No tarda en hacerme levantar casi el doble de mi peso en el banco, en repeticiones de cinco o siete de casi 135 kilos. Me hace levantar mancuernas de más de veinte kilos, en agotadoras series triples. Flexiones de espalda para trabajar tres músculos de los hombros simultáneamente. Después trabajamos bíceps y tríceps. Quemamos mis músculos hasta convertirlos en cenizas. Me gusta que Gil emplee esa terminología: «quemar músculo», «incendiarlo». Me gusta poner mis instintos pirómanos al servicio de algo constructivo.
Después nos concentramos en el tronco, y empezamos con una máquina especial que Gil ha diseñado y construido. Como ha hecho con el resto, esta también la ha fabricado él, cortando y soldando piezas. (Los bocetos que conserva en sus cuadernos da Vinci son asombrosos). Se trata de la única máquina de su clase que existe en todo el mundo, asegura, porque me permite trabajar mis abdominales sin forzar mi delicada espalda. Vamos a darle duro a esos abdominales, dice, a trabajarlos hasta que echen fuego, y después practicaremos los giros rusos: sostendrás un disco de pesas de veinte kilos, una rueda grande, y la harás girar a izquierda y derecha. Así quemarás los costados y los oblicuos.
Finalmente nos trasladamos a la máquina de laterales de Gil, también de fabricación casera. A diferencia de todas las máquinas de esa clase que se encuentran en todos los gimnasios del mundo, la de Gil no me perjudica la espalda ni el cuello. La barra de la que tiro para trabajar los laterales queda ligeramente por delante de mí, lo que me impide tener que colocarme en una posición incómoda.
Mientras realizo los levantamientos, Gil me alimenta constantemente, cada veinte minutos. Quiere que ingiera cuatro partes de carbohidratos por una parte de proteínas, y cronometra mis ingestas a la milésima de segundo. Cuándo comes, me dice, y cómo comes, eso es lo que importa. Cada vez que me doy la vuelta, él me pone delante un cuenco de avena con alto contenido proteico, o un sándwich de beicon, o un bagel con mantequilla de cacahuete y miel.
Finalmente, con mi tronco y mis tripas suplicando piedad, salimos a correr, subimos y bajamos el monte que queda detrás de la casa de Gil. Yo la llamo Gil Hill. Rápidos cambios de velocidad y potencia, arriba y abajo, arriba y abajo. Corro hasta que mi mente me pide que pare, y aun corro algo más, pasando de mi mente.
Al atardecer me monto en mi coche. Muchas veces estoy tan cansado que no sé si seré capaz de conducir hasta casa. En ocasiones, ni siquiera lo intento. No tengo ni fuerzas para girar la llave del contacto, y en esos casos vuelvo a entrar en el garaje, me acurruco en uno de los bancos de Gil y me quedo dormido.
Después de someterme a mi mini campamento militar con Gil, se diría que he cambiado mi viejo cuerpo por otro nuevo, que me hubieran proporcionado el modelo más actualizado. Aun así, todavía hay espacio para la mejora. Podría controlar más lo que como fuera del gimnasio. Con todo, Gil no me machaca con mis fallos: sí, claro, lo que como cuando no estoy con él no le parece bien —Taco Bell, Burger King—, pero admite que necesito comer cosas que me gusten de vez en cuando. Mi psique, dice, es más frágil que mi espalda, y no le interesa que se estrese más de la cuenta. Además, el hombre necesita mantener uno o dos vicios.
Gil es una paradoja, y los dos lo sabemos. Es capaz de soltarme un discurso sobre nutrición mientras me ve beber un batido. No me quita el batido de la mano. Al contrario, es posible que, incluso, dé un sorbo él mismo. A mí me gustan las personas con contradicciones, claro. Y también me gusta que Gil no sea una especie de capataz conmigo. Ya he tenido bastantes capataces en mi vida, gente obligándome a trabajar. Gil me comprende, me mima y, de vez en cuando, solo muy de vez en cuando, me permite sucumbir a mi gusto por la comida basura, tal vez porque lo comparte conmigo.
En Indian Wells vuelvo a enfrentarme a Pete. Si le gano, estaré muy cerca de la primera plaza. Estoy en una gran forma física, pero juego un partido lento, lleno de errores no forzados. Los dos estamos distraídos. Pete todavía se siente afectado por la situación de su entrenador. A mí me preocupa mi padre, que dentro de unos días va a tener que someterse a una operación a corazón abierto. En esta ocasión, Pete consigue elevarse por encima de sus problemas, mientras que yo dejo que los míos me consuman. Pierdo en tres sets.
Me desplazo enseguida hasta el UCLA Medical Center y encuentro a mi padre conectado a unas máquinas mediante unos tubos muy largos. Me hacen pensar en el robot lanzapelotas de mi infancia. «Es imposible ganar al dragón». Mi madre me abraza. Te vio jugar ayer, me dice. Te vio perder contra Pete.
Lo siento, papá.
Él está boca arriba, sedado, indefenso. Con dificultad, abre un poco los párpados. Me ve y me hace un gesto con la mano. Acércate más.
Yo me inclino sobre él. No puede hablar. Tiene un tubo en la boca que se le mete por la garganta. Balbucea algo.
No te entiendo, papá.
Más gestos. No sé qué intenta decirme. Ahora se está enfadando. Si pudiera, se levantaría de la cama y me tiraría al suelo de un puñetazo.
Por señas nos pide algo para escribir.
Ya me lo dirás luego, papá.
No, no. Niega con la cabeza. Debe decírmelo ahora.
Las enfermeras le dejan un cuaderno y un bolígrafo. Él garabatea unas palabras, después hace un gesto que es como una pincelada. Como un artista, dando una pincelada suave. Finalmente lo entiendo.
Revés, intenta decir revés. Tírasela al revés de Pete. «Deberías haberle lanzado más pelotas al revés de Pete».
«Practica las woleas. Más fuerte».
Me incorporo y siento una necesidad imperiosa de perdonar, porque me doy cuenta de que mi padre no puede evitarlo, de que nunca ha podido evitarlo, así como tampoco se ha comprendido nunca a sí mismo. Mi padre es lo que es y lo será siempre, y aunque no puede evitarlo, aunque no es capaz de distinguir entre quererme a mí y querer el tenis, en cualquier caso es amor. A muy pocos de nosotros se nos concede la gracia de conocernos a nosotros mismos y, hasta que lo hacemos, tal vez lo mejor que podamos hacer sea ser coherentes. Y mi padre lo es por encima de todo.
Le cojo la mano y se la bajo, le obligo a dejar de gesticular, le digo que lo entiendo. Sí, sí, al revés. La semana que viene, en Key Biscayne, se la tiraré al revés. Y le daré una buena paliza. No te preocupes, papá, le ganaré. Ahora descansa.
Él asiente con la cabeza. Sin dejar de agitar la mano que tiene pegada al costado, cierra los ojos y se queda dormido.
Una semana después derroto a Pete en la final de Key Biscayne.
Después del partido volamos juntos hasta Nueva York, porque debemos tomar un vuelo a Europa, donde se disputa la Copa Davis. Pero antes, apenas aterrizamos, arrastro a Pete hasta el Teatro Eugene O’Neill, y vemos a Brooke interpretar el papel de Rizzo en Grease. Creo que es la primera vez que Pete ve un espectáculo de Broadway, aunque yo he visto Grease unas cincuenta veces. Me sé de memoria la canción We Go Together, y de hecho la he recitado de cabo a rabo, sin inmutarme, provocando la carcajada general, en el Late Show de David Letterman.
A mí me gusta Broadway. El espíritu del teatro me resulta familiar. El trabajo del actor de Broadway es físico, agotador, exigente, y la presión de cada noche resulta muy intensa. Los mejores actores de Broadway me recuerdan a los deportistas. Si no dan lo mejor de sí mismos, lo notan y, si por lo que sea no lo notan ellos, el público se lo hace saber. Sin embargo, Pete no capta nada de eso. Desde el número inicial bosteza, no se está quieto, consulta la hora. No le gusta el teatro, y no comprende a los actores, pues él no ha tenido que fingir nunca nada en toda su vida. En la penumbra que crean las luces de emergencia, sonrío al verlo tan incómodo. No sé por qué, pero obligarlo a tragarse una representación entera de Grease me causa más satisfacción que derrotarlo en Key Biscayne. «We go together, like rama lama lama…».
A la mañana siguiente tomamos el Concorde con destino a París, y después un avión privado hasta Palermo. Apenas me he instalado en la habitación de mi hotel cuando suena el teléfono.
Es Perry.
En la mano —dice—, tengo la lista del último ranking.
Suéltalo ya.
Eres… número uno.
He echado a Pete de la cima de la montaña. Tras ochenta y dos semanas en primera posición, Pete tiene que mirarme desde abajo. Soy el duodécimo tenista que consigue la primera plaza en los dos decenios que llevan elaborándose esos rankings por ordenador. A continuación recibo la llamada de un periodista. Le digo que estoy contento por el ranking, que es agradable llegar a lo mejor que se puede ser.
Pero es mentira. Eso no es en absoluto lo que siento. Es lo que quiero sentir. Es lo que se espera de mí que sienta, lo que me digo a mí mismo que debo sentir. Pero, en realidad, no siento nada.