Perros de paja

John Gray · Capítulo 29 de 89

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Perros de paja

Capítulo 3. Los vicios de la moral

Capítulo 3

 

LOS VICIOS DE LA MORAL

 

Se puede inferir que el hombre es la más noble de las criaturas del simple

hecho de que ninguna otra criatura ha puesto en duda tal afirmación.

G. C. LICHTENBERG

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LA PORCELANA Y EL PRECIO DE LA VIDA

Utz vivió con indiferencia los peores años de la historia de su país. Para él, la ocupación nazi de Checoslovaquia y la toma del poder por los comunistas que siguió poco después fueron oportunidades para acrecentar su colección de porcelana. Todos sus contactos humanos obedecían a esa pasión. Estaba dispuesto a colaborar con cualquier régimen con tal de que le ayudara a amasar los bellos objetos que tanto ansiaba.

A la mayoría de nosotros la vida de Utz nos resulta extraña, pero ¿cuál es el problema? Es cierto que fue pobre en muchos sentidos. Careció de amistades profundas y sacrificó el amor y cualquier otro compromiso a una única causa. Pero en todos esos aspectos, ¿en qué se diferenciaba de la vida de la mayoría de las personas? Uno puede sentir la tentación de decir que lo que distingue a Utz del común de los mortales es su amoralidad. Él estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por tener un objeto de porcelana china entre sus manos, incluso llegar a acuerdos con las peores clases de tiranía. Pero, repito, ¿en qué era distinto Utz a la mayoría de sus conciudadanos? Estos, durante los períodos nazi y comunista, también hicieron lo que la mayoría de personas hace siempre: llegar a turbios acuerdos con el poder.

Si usted es como la mayoría de las personas, para usted la «moral» es algo especial: un conjunto de valores que pesan más que ninguna otra consideración. Sin duda, la porcelana fina tiene un gran valor, pero no vale nada cuando va contra la moral… La belleza es maravillosa, pero no si se paga al precio de la inmoralidad… Por decirlo de otro modo, la moral es importantísima… Y, a pesar de todo, si usted es como la mayoría de las personas, pero —a diferencia de ellos— es sincero consigo mismo, se dará cuenta de que la moral desempeña un papel mucho más reducido en su vida del que le enseñaron que debía desempeñar.

Aunque tiene más de una fuente, nuestra creencia (cierta o fingida) de que los valores morales tienen preferencia sobre el resto de elementos la hemos heredado principalmente del cristianismo. En la Biblia, la moralidad es ultraterrenal: el bien es aquello que Dios ordena; el mal, lo que Dios prohíbe. Y la moralidad es más importante que ninguna otra cosa —ya sea la porcelana fina o, por decir algo, la belleza exterior—, puesto que está respaldada por la voluntad de Dios. Si haces el mal, es decir, si desobedeces a Dios, serás castigado. Los principios morales no son simples reglas generales para vivir bien. Son imperativos de obediencia obligada.

Puede que este parezca un punto de vista un tanto primitivo (y superado hace tiempo). No hay duda de que es una creencia primitiva; el problema es que, además, está muy extendida. Los humanistas de la Ilustración pusieron el mismo énfasis que los cristianos de los viejos tiempos en la suprema importancia de la moralidad. Los filósofos tienen una afición desmesurada a preguntarse por qué se ha de ser moral, pero, por algún motivo, nunca dudan de que no haya nada mejor que ser moral.

Si algo nos enseña la novela Utz, de Bruce Chatwin, es qué la importancia de la moral en nuestras vidas es una ficción. La usamos en las historias que nos explicamos a nosotros mismos y a otras personas acerca de nuestras vidas para dar a estas un sentido del que, de otro modo, carecerían. Pero al hacerlo ocultamos la verdad acerca de cómo vivimos.

La filosofía moral ha consistido siempre en un ejercicio de fantasía, menos realista en su retrato de la vida humana que la más corriente de las novelas burguesas. Pero si nos proponemos encontrar algo que tenga un mínimo atisbo de verdad, debemos buscar en otra parte.

La siguiente es una historia real. Un chico de 16 años, prisionero en un campo de concentración nazi, fue violado por uno de los guardas. Sabiendo que a cualquier prisionero que se presentara sin su gorra en el recuento matinal se le disparaba en el acto, el guarda le robó la gorra a su víctima. Fusilada la víctima, la violación nunca se descubriría. El prisionero sabía que solo podría seguir vivo si encontraba una gorra. Así que robó la gorra de otro interno del campo, mientras este dormía en su cama, y vivió para contarlo. El otro prisionero fue fusilado.

Román Frister, el prisionero que robó la gorra, describe la muerte de su compañero del modo siguiente:

El oficial y el kapo fueron repasando las filas […] Yo iba contando los

segundos mientras ellos recontaban a los prisioneros. Quería que aquello se

acabara de una vez. Por fin, llegaron a la cuarta fila. El hombre sin gorra no

pidió clemencia. Todos conocíamos las reglas del juego, los asesinos y las

víctimas por igual. No había necesidad alguna que mediara palabra. El

estampido del disparo sonó sin aviso previo. Le siguió un breve ruido sordo y

seco, sin eco. Una bala en el cerebro. Siempre disparaban en la nuca. Estaban

en plena guerra. Había que hacer un uso moderado de la munición. Yo no

quería saber quién era aquel hombre. Estaba encantado de seguir vivo.

Según dictamina la moral, ¿que debía haber hecho el joven prisionero? La moral nos dice que el valor de la vida humana es inestimable. Bien. ¿Debía entonces haberse resignado a perder su vida? ¿O acaso el hecho de que no se pueda poner precio a la vida significa que cualquier cosa que hiciera para salvar la suya estaba justificada? La moral es supuestamente universal y categórica. Pero la lección que se extrae de la historia de Román Frister es que no es más que una cómoda convención a la que solo se puede recurrir en circunstancias normales.