Perros de paja
Virtudes animales
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Para hallar los orígenes de la ética tenemos que buscarlos en las vidas de otros animales: las raíces de la ética se encuentran en las virtudes de esos otros seres. Los humanos no pueden vivir bien sin las virtudes que comparten con su parentela animal.
Esta idea no es nueva. Hace dos mil quinientos años, Aristóteles observó las similitudes entre los seres humanos y los delfines. Al igual que los humanos, los delfines actúan resueltamente para conseguir las cosas buenas de la vida, se complacen en el ejercicio de sus poderes y habilidades y hacen gala de cualidades como la curiosidad y la valentía. Los humanos no son los únicos que tienen una vida ética. En esto, Aristóteles coincidía con Nietzsche, quien escribió:
Los inicios de la justicia, como los de la prudencia, la moderación o la
valentía (es decir, de todo aquello que conocemos como virtudes socráticas),
son animales, una consecuencia del impulso que nos enseña a buscar comida
y a eludir a los enemigos. De hecho, si tenemos en cuenta que hasta el más
encumbrado de los seres humanos solo se ha vuelto más elevado y sutil en lo
referente a la naturaleza de su comida y en su concepto de lo que le es hostil,
no resulta descabellado referirse al fenómeno de la moralidad en su conjunto
como un fenómeno animal.
La visión dominante en Occidente es distinta. Esta nos enseña que los seres humanos no somos como los demás animales, que simplemente responden a las situaciones en las que se encuentran. Nosotros podemos analizar nuestros motivos e impulsos; podemos saber por qué actuamos como lo hacemos. Haciéndonos cada vez más conscientes de nosotros mismos, podemos llegar a un punto en el que nuestras acciones sean resultado de nuestras elecciones. Cuando seamos plenamente conscientes, todo lo que hagamos se hará por motivos que ya conozcamos. Llegados a ese punto, seremos los artífices de nuestras vidas.
Esto puede parecer pura fantasía, y lo es. Pero es lo que nos enseñan Sócrates, Aristóteles y Platón, Descartes, Spinoza y Marx. Para todos ellos, la conciencia es nuestra esencia, y la vida buena implica vivir como un individuo plenamente autónomo.
El hecho de que no seamos sujetos autónomos asesta un golpe mortal a la moral, pero es el único terreno posible para la ética. Si no estuviéramos hechos de fragmentos, no podríamos practicar el autoengaño ni sufrir la debilidad de la voluntad. Si la libre elección guiara nuestras vidas, nunca podríamos hacer gala de una generosidad espontánea. Si nuestro yo estuviera tan fijado como imaginamos que está, no podríamos hacer frente a un mundo en el que abundan las discontinuidades. Si fuéramos auténticamente mónadas, cada uno de nosotros cerrado en sí mismo, no podríamos mostrar la empatía fugaz con otros seres vivos que es la fuente última de la ética.
El pensamiento occidental está obsesionado con la diferencia entre lo que es y lo que debería ser. Pero en nuestra vida diaria, no examinamos previamente nuestras opciones para luego hacer realidad la que sea mejor. Simplemente, capeamos el temporal con lo primero que tenemos a mano. Nos levantamos por la mañana y nos vestimos sin tener realmente la intención de hacerlo. Ayudamos a un amigo del mismo modo. Cada persona tiene sus propias costumbres, pero cuando actuamos sin intención, no nos estamos dejando llevar por el hábito sin más. Los actos sin intencionalidad ocurren en toda clase de situaciones, incluidas aquellas en las que nunca antes nos hemos encontrado.
Fuera de la tradición occidental, los taoístas de la antigua China no veían fractura alguna entre es y debe ser. La acción correcta era aquella que procedía de una visión clara de la situación. No seguían a los moralistas —en su época, los confucianos— en lo de querer coartar a los seres humanos con reglas y principios. Para los taoístas, la vida buena no era más que la vida natural hábilmente vivida. Se trata de una vida que no tiene ningún propósito particular. No tiene nada que ver con la voluntad y no consiste en la realización de ningún ideal concreto. Todo lo que hacemos puede hacerse mejor o peor, pero si actuamos bien, no es debido a que traduzcamos nuestras intenciones en hechos. Se debe a que hacemos lo que sea necesario hacer con habilidad. La vida ética significa vivir de acuerdo con nuestras naturalezas y circunstancias. No hay nada que diga que tenga que ser la misma para todo el mundo o que se haya de ajustar a la «moralidad».
En el pensamiento taoísta, la vida buena viene de forma espontánea; pero ser espontáneo dista mucho de actuar simplemente por impulso. En algunas tradiciones occidentales, como el romanticismo, se vincula la espontaneidad a la subjetividad. En el taoísmo, sin embargo, significa actuar desapasionadamente, sobre la base de una visión objetiva de la situación concreta. El hombre corriente no puede ver las cosas objetivamente, porque su mente está nublada por la ansiedad de alcanzar sus objetivos. Ver con claridad significa no proyectar nuestras metas en el mundo; actuar espontáneamente significa actuar según las necesidades de la situación. Los moralistas occidentales siempre se preguntarán por el propósito de tal acción, pero, para los taoístas, la vida buena no tiene ninguna finalidad. Es como nadar en un remolino, respondiendo a las corrientes según vienen y van. «Entro cuando entra el agua y salgo cuando sale; sigo el camino del agua y no le impongo mi egoísmo. Así es como me mantengo a flote en ella», reza el Chuang-Tzu.
Desde este punto de vista, la ética es, sencillamente, una habilidad práctica, como la pesca o la natación. El corazón de la ética no es la libre elección ni la conciencia, sino la destreza del saber qué hacer. Es una aptitud que se consigue con la práctica y una mente vacía. Como explica A. C. Graham:
El taoísta relaja el cuerpo, tranquiliza la mente, se desliga de las categorías
a las que nos habitúan los nombres, libera la corriente del pensamiento para
permitir diferenciaciones y asimilaciones más fluidas, y, en lugar de evaluar
opciones, deja que sus problemas se resuelvan por sí solos permitiendo que la
inclinación halle espontáneamente su propia dirección. […] No tiene que
tomar decisiones basándose en los criterios del bien y el mal porque,
partiendo de la única base de que la sabiduría es mejor que la ignorancia,
resulta evidente que, de todas las inclinaciones espontáneas, la que más
destaque por su claridad mental será, si no intervienen otros factores, la mejor,
la más acorde con el camino.
Pocos seres humanos tienen la habilidad especial de vivir bien. Conscientes de ello, los taoístas se fijaron en otros animales como guías hacia la buena vida. Los animales salvajes saben cómo vivir; no necesitan pensar ni escoger. Solo cuando son cautivos de los humanos dejan de vivir de forma natural.
Según el Chuang-Tzu, los caballos, en estado salvaje, pacen hierba y beben agua; cuando están contentos, entrelazan sus cuellos y se refriegan unos con otros. Cuando están enfadados, se dan la espalda y se asestan coces. Eso es lo que saben los caballos. Pero si se los enjaeza o si se los mantiene sujetos en una hilera restringiendo sus movimientos, lo único que saben es mirar de reojo y arquear el cuello para luego salir corriendo desbocados tratando de escupir el bocado de la brida y librarse de las riendas.
Para las personas sometidas a la restricción de la «moral», la vida buena significa eso: una lucha perpetua. Para los taoístas significa vivir sin esfuerzo, conforme a nuestras naturalezas. El ser humano más libre no es el que actúa según los motivos que él mismo ha elegido, sino el que nunca tiene que elegir. En lugar de dar vueltas y más vueltas a las alternativas, responde sin esfuerzo a las situaciones tal y como surgen. No vive según elige, sino según debe. Ese ser humano tiene la libertad perfecta de un animal salvaje (o de una máquina). Como dice el Lieh-Tzu, «cuando el más grande de los hombres descansa, es como si estuviera muerto; cuando se mueve, es como una máquina. No sabe por qué descansa ni por qué no, ni por qué se mueve ni por qué no».
La idea de que la libertad significa convertirse en un animal salvaje o en una máquina resulta ofensiva a los prejuicios religiosos y humanistas occidentales, pero está en concordancia con los conocimientos científicos más avanzados. A. C. Graham explica que:
El taoísmo coincide con la visión científica del mundo justo en aquellos
puntos en los que esta última más incomoda a los occidentales anclados en la
tradición cristiana: la insignificancia del hombre en la enormidad del
universo; el Tao inhumano que siguen todas las cosas, sin propósito alguno e
indiferente ante las necesidades humanas; la fugacidad de la vida, la
imposibilidad de saber qué hay después de la muerte; el cambio interminable
en el que ni siquiera se concibe la posibilidad de progreso; la relatividad de
los valores; un fatalismo muy próximo al determinismo; la sugerencia,
incluso, de que el organismo humano funciona como una máquina.
Autonomía significa actuar en función de motivos que yo he escogido conscientemente; pero la lección de la ciencia cognitiva es que no hay un yo que pueda hacer esa elección. Somos mucho más parecidos a las máquinas y a los animales salvajes de lo que imaginamos. Pero no podemos alcanzar el desinterés amoral de los animales salvajes ni el automatismo sin elección de las máquinas. Quizá podamos aprender a vivir con mayor ligereza, con menor carga moral. Pero no podemos retornar a una existencia puramente espontánea.
En lo que los seres humanos difieren de otros animales, es, en parte, en lo contradictorio de sus instintos. Ansían seguridad, pero se aburren con facilidad; son animales amantes de la paz, pero les corroe el gusanillo de la violencia; se ven arrastrados a pensar, pero, al mismo tiempo, aborrecen y temen el desasosiego que les produce la reflexión. No hay un solo modo de vida en el que puedan ser satisfechas todas esas necesidades. Por fortuna, como la propia historia de la filosofía atestigua, los seres humanos tienen el don del autoengaño y siguen adelante desconocedores de su propia naturaleza.
La moral es una enfermedad específica de los humanos, la vida buena es un refinamiento de las virtudes de los animales. Surgida de nuestras naturalezas animales, la ética no necesita ninguna base; pero se encalla en las contradicciones de nuestras necesidades.