Perseguidas
Miércoles
que la música era hablar de ella-. Tienen varios temas geniales. A lo Heart de los años setenta. No me puedo creer que no lo supieras. El primer día que salió me fui corriendo a la tienda.
Lena se dio cuenta del tiempo que hacía que no escuchaba música que le gustaba realmente. Ethan prefería el punk, el tipo de porquería desafecta por la que se pirraban los chicos blancos mimados. Lena ni siquiera sabía dónde tenía sus viejos compactos.
No había oído algo que él acababa de decir.
–Perdona, ¿qué has dicho?
–Tengo que irme -dijo-. Mi madre me espera.
De pronto le entraron ganas de llorar otra vez. Se obligó a quedarse donde estaba y no hacer ninguna tontería, como salir corriendo tras él. Dios mío, estaba convirtiéndose en una auténtica imbécil. Se parecía a una de esas mujeres estúpidas de las novelas rosa.
–Cuídate -dijo él.
–Ya -contestó ella, buscando alguna manera de retenerlo-. Tú también.
Se dio cuenta de que seguía sosteniendo las margaritas, y se agachó para dejarlas en la tumba de Sibyl. Cuando volvió a alzar la vista, Greg cojeaba en dirección al aparcamiento. Mantuvo la mirada fija en él, deseando con todas sus fuerzas que se diera la vuelta. No lo hizo.
MIÉRCOLES
Capítulo 9
Apoyado en los azulejos, Jeffrey dejó que el agua caliente de la ducha le asaeteara la piel. Se había duchado la noche anterior, pero nada podía eliminar la sensación de estar sucio de tierra. No sólo de tierra, sino de tierra de una tumba. Abrir la segunda caja, percibir el olor a moho de la descomposición, había sido casi tan espantoso como encontrar a Abby. La segunda caja lo cambiaba todo. Había en algún lugar otra chica, otra familia, otra muerte. Al menos tenía la esperanza de que fuera sólo una. El laboratorio no entregaría el resultado del ADN hasta finales de la semana.
Entre eso y el análisis de la carta que había recibido Sara, las pruebas estaban costándole la mitad del presupuesto que le quedaba para el resto del año, pero eso le traía sin cuidado. Buscaría empleo de mozo de gasolinera en Texaco si era necesario. Mientras tanto, en ese mismo instante, algún representante del estado de Georgia disfrutaba en Washington de un desayuno de doscientos dólares.
Se obligó a salir de la ducha, sintiendo que necesitaba aún una hora más bajo el agua caliente. Vio que Sara había entrado sin que la oyera y había dejado una taza de café para él en el estante encima del lavabo. La noche anterior la había llamado desde el bosque para darle algunos detalles del hallazgo. Después él mismo había llevado a Macon las pocas pruebas encontradas en la caja; a la vuelta había ido a la comisaría, y allí había repasado una por una las notas sobre el caso. Hizo una lista de diez páginas de las personas con las que debía hablar, de las pistas que debían seguir.
Para entonces ya eran las doce de la noche, y tuvo que decidir si iba a casa de Sara o a la suya. Incluso llegó a hacer esto último sin acordarse de que las chicas ya se habían mudado hasta que llegó. A eso de la una de la madrugada las luces seguían encendidas y, a juzgar por la estridente música que se oía desde la calle, dentro se celebraba una fiesta. Estaba demasiado cansado para ir a decirles que la apagaran.
Jeffrey se puso unos vaqueros y entró en la cocina con la taza de café. Junto al sofá, Sara doblaba la manta que él había usado la noche anterior.
–No quise despertarte -dijo él, y ella asintió con la cabeza.
Era evidente que ella no le había creído, pero le había dicho la verdad. Mal que le pesara, había dormido solo casi todas las noches en los últimos años, y después de lo que había encontrado en el bosque no se había sentido capaz de volver a casa junto a Sara. Pese a lo sucedido en la cocina dos noches antes, acostarse en la cama con ella, meterse entre las sábanas limpias, le habría parecido una profanación.
Vio la taza vacía de ella en la encimera y preguntó:
–¿Quieres más café?
Ella negó con la cabeza y, tras alisar la manta, la dejó a los pies del sofá.
Jeffrey le sirvió café de todos modos. Cuando se dio la vuelta, Sara miraba el correo sentada junto a la isla de la cocina.
–Perdona -dijo él.
–¿Por qué?
–Me siento… -Se le apagó la voz.
Ni siquiera sabía cómo se sentía.
Sara hojeaba una revista, sin probar el café que él le había servido. Al ver que Jeffrey no acababa la frase, alzó la vista.
–No hace falta que me lo expliques -lo interrumpió, y él sintió que le quitaba un gran peso de encima.
Aun así, lo intentó.
–Fue una noche dura.
Ella le sonrió, aunque la sonrisa no se reflejó en sus ojos a causa de la preocupación.
–Sabes bien que lo entiendo.
Sin embargo, Jeffrey percibía aún tensión en el aire, pero no sabía si se debía a Sara o eran figuraciones suyas. Tendió la mano hacia ella.
–Deberías vendarte la mano -dijo ella.
Se había quitado la venda después de cavar en el bosque. Se miró el corte, que tenía muy enrojecido. Al acordarse, sintió el dolor de la herida.
–Creo que se me ha infectado.
–¿Te has tomado las pastillas que te di?
–Sí.
Sara alzó la vista y supo que mentía.
–Unas cuantas -añadió mientras intentaba recordar dónde demonios las había dejado-. Tomé unas cuantas. Un par.
–Eso es incluso peor que no tomarlas -dijo ella, volviendo a mirar la revista-. Así aumentas la resistencia del organismo contra los antibióticos. –
Siguió hojeando la revista.
–¿Qué más da? Igualmente me matará la hepatitis -dijo Jeffrey por bromear.
Ella lo miró, y él vio que se le empañaban los ojos sólo de pensarlo.
–Eso no tiene gracia.
–No -reconoció él-. Es que… necesitaba estar solo. Anoche.
Ella se enjugó las lágrimas.
–Lo entiendo.
Con todo, él tuvo que preguntar:
–¿No estás enfadada conmigo?
–Claro que no -insistió ella, cogiéndole la mano ilesa.
Le apretó la mano unos instantes antes de soltarla y volver a fijar la mirada en la revista. Él vio que era Lancet, una revista médica extranjera.
–De todos modos no habría sido muy buena compañía -dijo él, recordando su noche de insomnio-. No paré de darle vueltas -añadió-. Es peor encontrar la caja vacía, no saber qué ha pasado.
Por fin Sara cerró la revista y le dedicó toda su atención.
–El otro día insinuaste que quizás el plan era volver a buscar los cadáveres de las víctimas una vez hubieran muerto.
–Lo sé -dijo él, y ésa precisamente había sido una de las razones de su insomnio. Había visto cosas horrendas en su trabajo, pero no estaba preparado para enfrentarse a un criminal tan trastornado como para matar a una chica y llevarse luego su cuerpo por la razón que fuera-. ¿Qué clase de persona haría algo así?
–Un enfermo mental -contestó ella.
Sara era una científica hasta la médula y pensaba que existían explicaciones concretas para el comportamiento de la gente. Nunca había creído en la maldad, pero tampoco se había sentado ante una persona que había asesinado a sangre fría o violado a un niño. Como casi todo el mundo, se permitía el lujo de filosofar sobre el tema desde detrás de sus libros de texto. Jeffrey, que tenía que lidiar con la realidad a diario, veía las cosas de
otra manera y pensaba que alguien capaz de semejante crimen debía tener el alma trastornada.
Sara se bajó del taburete.
–Hoy deberían llegar los resultados de los grupos sanguíneos -dijo ella.
Abrió el armario al lado del fregadero y sacó dos muestras de antibióticos; abrió una y luego otra-. He llamado a Ron Beard al laboratorio estatal mientras estabas en la ducha. Hará los análisis hoy a primera hora. Al menos así sabremos cuántas víctimas hubo.
Jeffrey cogió los comprimidos y se los tomó con el café.
Ella le entregó otras dos muestras.
–¿Me harás el favor de tomarte esto después de comer?
Aunque con toda seguridad se saltaría la comida, Jeffrey asintió.
–¿Qué piensas de Terri Stanley?
Sara se encogió de hombros.
–Parece buena chica. Algo desbordada por la situación, pero ¿quién no lo estaría?
–¿Crees que bebe?
–¿Alcohol? – preguntó Sara, sorprendida-. Nunca se lo he olido. ¿Por qué?
–Lena dice que la vio vomitar en el picnic el año pasado.
–¿El picnic de la policía? – preguntó Sara-. Creo que Lena no fue. ¿No estaba de excedencia?
Jeffrey se quedó pensando, sin hacer caso al tono con que Sara dijo
«excedencia».
–Lena comentó que la vio en el picnic -dijo él.
–Puedes mirar tu agenda -sugirió ella-. Tal vez me equivoque, pero creo que no fue.
Sara nunca se equivocaba con las fechas. Jeffrey sintió que una duda inquietante se abría paso en su cerebro. ¿Por qué había mentido Lena? ¿Qué intentaba ocultar esta vez?
–¿No se referiría al picnic anterior? – preguntó Sara-. Me acuerdo de que esa vez unos cuantos bebieron demasiado. – Se echó a reír-. ¿Te acuerdas de que Frank no paraba de cantar el himno nacional como si fuera Ethel Merman?
–Sí -dijo Jeffrey.
Era obvio que Lena había mentido, pero no entendía por qué. No le constaba que Lena fuera amiga íntima de Terri Stanley. De hecho, le constaba que no era amiga íntima de nadie. Si ni siquiera tenía perro.
–¿Qué vas a hacer hoy? – preguntó Sara.
Jeffrey intentó volver en sí.
–Si Lev no nos mintió, los trabajadores de la granja deberían venir a la comisaría a primera hora de la mañana. Ya veremos si él accede a someterse al polígrafo. Hablaremos con ellos, para ver si alguien sabe qué le pasó a Abby -añadió-: No te preocupes, no espero una confesión.
–¿Y qué pasa con Chip Donner?
–Se ha dictado una orden de búsqueda y captura -contestó Jeffrey-. No sé, Sara, pero no lo creo capaz de algo así. No es más que un pobre desgraciado. Dudo que tenga la disciplina suficiente para planear una cosa
así. Además, la segunda caja era vieja. Podría tener cuatro o cinco años. Y
por esas fechas Chip estaba en la cárcel. Ése es prácticamente el único dato concreto que tenemos.
–¿Quién crees que es el culpable, pues?
–Está el capataz, Cole… -empezó a decir Jeffrey-. Los hermanos, las hermanas, los padres de Abby, Dale Stanley. – Suspiró-. Básicamente todas las personas con las que he hablado desde que empezó este maldito asunto.
–Pero ¿no sospechas de nadie en particular?
–De Cole -respondió.
–¿Sólo porque hablaba de Dios a gritos a aquella gente?
–Sí -reconoció él, y desde luego tras oírlo en boca de Sara parecía una deducción sin fundamento. Había intentado alejar a Lena del aspecto religioso del caso, pero tal vez se había dejado influir por sus prejuicios-.
Quiero volver a hablar con la familia, quizás a solas.
–Reúnete con las mujeres a solas -aconsejó Sara-. Tal vez hablen con mayor libertad si los hermanos no están delante.
–Buena idea. – Volvió a intentarlo-: No quiero que te mezcles con esa gente, Sara. Y tampoco me gusta nada que Tessa trate con ellos.
–¿Por qué?
–Porque tengo un presentimiento -respondió Jeffrey-. Presiento que traman algo. Pero no sé qué es.
–La devoción no es precisamente un delito -objetó ella-. Si fuera así, tendrías que detener a mi madre -y añadió-: De hecho, tendrías que detener a casi toda mi familia.
–No estoy diciendo que tenga que ver con la religión -aclaró Jeffrey-. Es por su manera de comportarse.
–¿Cómo se comportan?
–Como si escondieran algo.
Sara se apoyó en la encimera. Jeffrey supo que no iba a ceder.
–Tessa me lo pidió como favor.
–Y yo te pido que no lo hagas.
Sara se sorprendió.
–¿Acaso pretendes que elija entre tú y mi familia?
Eso era exactamente lo que Jeffrey le pedía, pero sabía que más le valía no decirlo. Ya había perdido la partida en una ocasión, pero esta vez conocía mejor las reglas.
–Sólo quiero que vayas con cuidado -dijo él.
Sara se disponía a contestar cuando sonó el teléfono. Tardó unos segundos en encontrar el inalámbrico en la mesita de centro.
–Diga.
Escuchó un momento y luego le dio el teléfono a Jeffrey.
–Tolliver -dijo Jeffrey, extrañado al oír una voz femenina.
–Soy Esther Bennett -susurró con voz ronca-. Su tarjeta…, la que me dio…, tenía un número de teléfono. Lo siento, yo…
La mujer rompió a llorar.
Sara lo miró intrigada y Jeffrey cabeceó.
–Esther -dijo al teléfono-. ¿Qué ocurre?
–Es Becca -contestó ella, con la voz trémula de dolor-. Ha desaparecido.
Mientras aparcaba delante de la cafetería Dipsy's, Jeffrey advirtió que no había vuelto allí desde la muerte de Joe Smith, el anterior sheriff de Catoogah. Cuando Jeff empezó a trabajar en el condado de Grant, él y Joe quedaban cada dos meses para tomar café quemado y tortitas que parecían de goma. Con el tiempo, cuando las anfetaminas empezaron a ser un verdadero problema en los pueblos, sus encuentros se volvieron más serios y regulares. Cuando Ed Pelham asumió el cargo, Jeffrey ni siquiera propuso una visita de cortesía, y todavía menos una comida. Por lo que a él se refería, Cincuenta Centavos no le llegaba a la suela de los zapatos ni a una niña de tres años, por no hablar de las suelas de las botas de un hombre como Joe Smith.
Jeffrey echó un vistazo al aparcamiento vacío y le sorprendió que Esther Bennett conociera ese lugar. No la imaginaba comiendo nada que no saliera de su propia cocina, de su propio huerto. Si ése era el concepto que tenía de un restaurante, más le valía comer cartón en su casa.
Cuando entró en la cafetería, May-Lynn Bledsoe estaba detrás de la barra y le dirigió una mirada cáustica.
–Empezaba a creer que ya no me querías.
–Eso sería imposible -le contestó Jeffrey, asombrado de que ella bromeara con él: había ido a esa cafetería unas cincuenta veces sin que ella le diera siquiera la hora.
Miró alrededor y vio que no había nadie.
–Has venido antes de la hora punta -lo informó ella, aunque él dudaba que la gente acudiera en tropel a ninguna hora.
Con el humor avinagrado de May-Lynn y el café tibio, no había grandes motivos para recomendar ese establecimiento. A Joe Smith le encantaban sus patatas fritas con queso y cebolla y siempre pedía triple ración para acompañar su café. Jeffrey sospechaba que el infarto repentino de Joe había ahuyentado a más de un cliente.
Vio entrar en el aparcamiento de gravilla un Toyota último modelo y esperó a que saliera el conductor. El viento de primera hora de la mañana levantaba tierra y arena, y cuando Esther Bennett intentó apearse del coche, la puerta se le cerró. Jeffrey quiso ir a ayudarla, pero May-Lynn se plantó en la puerta como si temiera que se marchara. Mientras se quitaba algo de entre las muelas que la obligó a meterse el dedo meñique en la boca hasta el tercer nudillo, preguntó:
–¿Quieres lo de siempre?
–Sólo café, por favor -contestó él a la vez que observaba a Esther subir a toda prisa por la escalera de la entrada, sujetándose el abrigo con las dos manos.
Cuando entró, sonó la campanilla de la puerta y Jeffrey se levantó para saludarla.
–Comisario Tolliver -dijo Esther, sin aliento-. Disculpe por el retraso.
–No se preocupe -repuso él, invitándola a tomar asiento.
Intentó cogerle el abrigo, pero ella no se lo permitió.
–Disculpe -repitió, y se sentó en el reservado con una sensación de apremio tan palpable como el olor a cebolla asada que flotaba en el aire.
Él tomó asiento enfrente de ella.
–Cuénteme qué ha pasado.
Una sombra alargada se proyectó sobre la mesa, y al alzar la vista, Jeffrey vio a May-Lynn a su lado con el bloc en la mano. Esther la miró y, tras una breve vacilación, preguntó:
–¿Me trae un vaso de agua, por favor?
La camarera torció los labios como si acabara de calcular la propina.
–Agua.
Jeffrey esperó a que volviera a la barra y preguntó a Esther:
–¿Cuándo desapareció?
–Anoche -contestó Esther. Le temblaba el labio inferior-. Lev y Paul han dicho que debía esperar un día para ver si volvía, pero no puedo…
–Tranquila -dijo él, sin comprender que alguien fuera capaz de decirle a esa mujer aterrorizada que esperara-. ¿Cómo se dio cuenta de que había desaparecido?
–Me levanté a comprobar si estaba bien. Después de lo de Abby… -Se interrumpió y tragó saliva-. Quería ver cómo estaba, asegurarme de que dormía. – Se llevó la mano a la boca-. Entré en su habitación y…
–Agua -dijo May-Lynn, plantando un vaso delante de Esther con brusquedad.
A Jeffrey se le agotó la paciencia.
–¿Quieres hacer el favor de no interrumpir?
May-Lynn hizo un gesto de indiferencia, como si él no tuviera razón alguna
para protestar, y volvió a la barra.
Jeffrey se disculpó mientras recogía el agua derramada con un puñado de servilletas de papel muy finas.
–Lo siento -dijo-, pero aquí el servicio deja muchísimo que desear.
Esther le miró las manos como si nunca hubiera visto a nadie limpiar una mesa. Jeffrey pensó que seguramente nunca había visto limpiar a un hombre.
–¿Descubrió que había desaparecido anoche, pues? – preguntó.
–Antes llamé a Rachel. Becca se quedó a dormir en casa de mi hermana la noche en que nos dimos cuenta de que Abby había desaparecido. No quería que anduviera por ahí con nosotros mientras la buscábamos. Necesitaba saber dónde estaba. – Esther hizo una pausa y bebió un sorbo de agua.
Jeffrey vio que le temblaba la mano-. Pensé que tal vez había vuelto allí.
–¿Y no fue así?
Esther negó con la cabeza.
–Después llamé a Paul -prosiguió-. Me dijo que no me preocupara -emitió una exclamación de disgusto-. Lev me dijo lo mismo. Siempre ha vuelto, pero después de lo de Abby… -Tomó aire como si le costara respirar-.
Después de lo de Abby…
–¿Dijo algo antes de irse? – preguntó Jeffrey-. ¿Se comportó de una manera extraña?
Esther se llevó la mano al bolsillo del abrigo y sacó un papel.
–Dejó esto.
Jeffrey cogió la nota doblada que le tendió Esther y se sintió un poco
engañado. El papel era de color rosado y la tinta negra. Escrita en letra de niña, la nota decía: «Mamá, no te preocupes por mí. Volveré».
Jeffrey la miró, sin saber qué decir. El hecho de que la chica hubiera dejado una nota cambiaba mucho las cosas.
–¿Ésta es su letra?
–Sí.
–El lunes usted le dijo a mi inspectora que Rebecca ya se había fugado antes.
–Así no -dijo ella en tono insistente-. Nunca había dejado una nota.
Jeffrey pensó que, dadas las circunstancias, la chica sólo había intentado actuar con consideración.
–¿Cuántas veces ha sucedido?
–El año pasado, dos, una en mayo y otra en junio -respondió-. Y luego una tercera en febrero de este año.
–¿Sabe por qué se fuga?
–No lo entiendo.
–Las chicas no suelen fugarse porque sí -dijo Jeffrey, eligiendo las palabras con cautela-. Normalmente huyen de algo.
Si la hubiese abofeteado, Esther no habría reaccionado peor. Dobló la nota y se la volvió a guardar en el bolsillo a la vez que se ponía en pie.
–Lamento haberle hecho perder el tiempo.
–Señora Bennett…
Ya había salido por la puerta y Jeffrey no consiguió alcanzarla por muy poco cuando ella bajaba corriendo por la escalera.
–Señora Bennett -dijo, siguiéndola hasta el aparcamiento-. No se vaya así.
–Ya me avisaron de que usted diría eso.
–¿Quién?
–Mi marido. Mis hermanos. – Le temblaban los hombros. Sacó un pañuelo de papel y se sonó-. Dijeron que nos echaría la culpa a nosotros, que no serviría de nada siquiera intentar hablar con usted.
–No recuerdo haberle echado la culpa a nadie.
Ella cabeceó mientras se volvía.
–Ya sé qué está pensando, comisario Tolliver.
–Dudo que…
–Paul ya me lo advirtió. La gente de fuera nunca nos entiende. Al final, hemos acabado aceptándolo. No sé por qué lo he intentado. – Apretó los labios, y la ira reforzó su determinación-. Puede que usted no esté de acuerdo con nuestras creencias, pero soy madre. Una de mis hijas ha muerto y la otra ha desaparecido. Sé que ocurre algo. Sé que Rebecca nunca sería tan egoísta como para dejarme sola en un momento así a no ser por una necesidad imperiosa.
Jeffrey pensó que Esther, sin reconocerlo, estaba contestando a su pregunta de antes. Esta vez procuró ser aún más cauto.
–¿Y qué necesidad podría tener?
Esther pareció buscar una respuesta, pero no dijo nada.
Jeffrey volvió a intentarlo.
–¿Qué podría haberla inducido a marcharse?
–Sé lo que piensa.
–¿Qué podría haberla inducido a marcharse? – repitió él.
Esther no contestó.
–¿Señora Bennett?
Ella se rindió y, levantando lasmanos, exclamó:
–¡No lo sé!
Jeffrey aguardó un momento, mientras el viento frío agitaba el cuello del abrigo de Esther. Tenía la nariz roja de llorar y las lágrimas le resbalaban por las mejillas.
–Becca no haría una cosa así -dijo entre sollozos-. No lo haría a menos que se viera obligada.
Al cabo de unos segundos, Jeffrey le abrió la puerta del coche. La ayudó a entrar y se arrodilló a su lado para poder hablar. No necesitaba volverse para saber que May-Lynn estaba de pie detrás de la ventana observándolos.
Quería hacer cuanto pudiera para proteger a Esther Bennett, y esperaba que ella percibiera su compasión cuando le preguntó:
–Dígame de qué huía.
Esther se secó las lágrimas y luego fijó la mirada en el pañuelo de papel, doblándolo y desdoblándolo como si pudiera encontrar la respuesta en el papel arrugado.
–Es muy distinta de Abby -dijo por fin-. Muy rebelde. Nada que ver conmigo a su edad. Nada que ver con ninguno de nosotros -pese a estas palabras, añadió-: Es preciosa. Un espíritu vigoroso. Es mi angelito temible.
–¿Contra qué se rebelaba? – preguntó Jeffrey.
–Contra las reglas -contestó ella-. Contra todo lo que encontraba.
–Cuando se fugó las otras veces, ¿adónde fue?
–Dijo que acampó en el bosque.
Jeffrey sintió que se le detenía el corazón.
–¿Qué bosque?
–El de Catoogah. De pequeñas siempre iban allía acampar.
–¿No iban al parque estatal de Grant?
Ella negó con la cabeza.
–¿Cómo llega hasta allí? – preguntó-. Está lejos de su casa.
A Jeffrey no le gustó la idea de que Rebecca estuviera en ningún bosque, y menos teniendo en cuenta lo que le había pasado a su hermana.
–¿Se veía con algún chico?
–No lo sé -confesó-. No sé nada de su vida. Creía que conocía a Abby, pero ahora… -Se llevó una mano a la boca-. No sé nada.
A Jeffrey empezó a dolerle la rodilla y se apoyó en los talones para aliviar la presión.
–¿Rebecca no quería pertenecer a la iglesia? – aventuró.
–Dejamos que los hijos elijan. No los obligamos a llevar esa vida. Los de Mary eligieron… -Respiró hondo y expulsó el aire lentamente-. Los dejamos elegir cuando tienen edad suficiente para saber qué quieren. Lev se fue a la universidad. Paul estuvo un tiempo perdido y luego volvió, pero yo siempre lo quise. Nunca dejó de ser mi hermano. – Levantó las manos-. Es que no me lo explico. ¿Por qué se habrá ido? ¿Por qué ha tenido que hacerlo ahora?
A lo largo de su carrera, Jeffrey había llevado muchos casos de chicos desaparecidos. Por suerte, la mayoría se había resuelto con relativa facilidad. El hambre y el frío los obligaba a volver, al descubrir que había cosas peores que recoger la habitación o comer guisantes. Aunque intuía que Rebecca Bennett no huía de las tareas domésticas, Jeffrey sintió la necesidad de aplacar los temores de su madre.
Habló con la mayor delicadeza posible.
–Becca ya se ha fugado antes.
–Sí.
–Siempre vuelve al cabo de uno o dos días.
–Siempre ha vuelto con su familia, con toda su familia. – Parecía casi derrotada, como si Jeffrey no la entendiera-. No somos lo que usted cree.
Jeffrey no sabía qué creer. Mal que le pesara, empezaba a entender por qué los hermanos de Esther no se habían alarmado tanto como ella. Si Rebecca tenía por costumbre fugarse un par de días, dar a todos un susto de muerte y luego regresar, ésta podría ser otra llamada de atención. La cuestión era
¿por qué consideraba necesario hacerlo? ¿Por un impulso adolescente? ¿O
por algo más siniestro?
–Pregunte lo que quiera -accedió Esther, armándose de valor-. Adelante.
–Señora Bennett… -empezó.
Esther había recobrado parte de su compostura.
–Creo que si va a preguntarme si mis hijas han sido víctimas de acoso sexual por parte de mis hermanos, al menos debería llamarme Esther.
–¿Es eso lo que teme?
–No -contestó sin pensárselo dos veces-. El lunes temía que usted me dijera que mi hija había muerto. Ahora temo que me diga que no hay esperanza para Rebecca. Lo que temo es la verdad, comisario Tolliver. No las conjeturas.
–Necesito que conteste a mi pregunta, Esther.
Tardó en responder, como si la sola idea le repugnara.
–Ni mis hermanos ni mi marido han tenido nunca una conducta inapropiada con mis hijas.
–¿Y Cole Connolly?
Ella negó con la cabeza una vez.
–De una cosa puede estar seguro: si alguien hiciera daño a mis hijas, no sólo a mis hijas, sino a cualquier niño, lo mataría con mis propias manos y que Dios me juzgase.
Jeffrey la miró unos segundos. En sus ojos verdes se traslució la sinceridad de sus palabras. Jeffrey le creyó, o al menos creyó que ella lo pensaba de verdad.
–¿Qué va a hacer? – preguntó Esther.
–Puedo pedir una orden de búsqueda y hacer unas cuantas llamadas.
Telefonearé al sheriff de Catoogah, pero piense que Rebecca tiene antecedentes de fugas y dejó una nota.
Esperó a que ella asimilara sus palabras mientras también él reflexionaba.
Si Jeffrey hubiese querido secuestrar a Rebecca Bennett, lo más probable era que lo hubiera hecho todo exactamente así: habría dejado una nota y aprovechado su historial para protegerse durante unos días.
–¿Cree que la encontrará?
Jeffrey no quiso siquiera pensar en la posibilidad de que una chica de catorce años pudiera estar en una tumba.
–Si la encuentro, quiero hablar con ella -contestó.
–Ya habló con ella.
–Quiero hablar con ella a solas -aclaró Jeffrey, sabiendo que no tenía derecho a pedirlo, igual que sabía que Esther siempre podía retirar su promesa-. Es menor de edad. Legalmente, no puedo hablar con ella sin el permiso de al menos uno de sus padres.
Esther tardó en contestar, obviamente sopesando las consecuencias. Por fin asintió.
–Tiene mi permiso.
–Lo más probable es que esté acampada en algún sitio -dijo él, sintiéndose culpable por haberse aprovechado de la desesperación de una madre y deseando con toda su alma no equivocarse respecto a lo sucedido a la chica-. Seguro que volverá por su propia iniciativa dentro de un par de días.
Esther volvió a sacar la nota del bolsillo.
–Encuéntrela -dijo, poniéndole el papel en la mano-. Por favor. Encuéntrela.
Cuando Jeffrey volvió a la comisaría, había un gran autobús al fondo del aparcamiento con el rótulo «Granja de Cultivos Sagrados» en el costado.
Pese al frío, unos cuantos trabajadores se arremolinaban delante de la comisaría, y vio el vestíbulo abarrotado de gente. Al bajar del coche, reprimió una maldición a la vez que se preguntaba si eso era una broma de Lev Ward.
Una vez dentro se abrió paso entre el grupo de desharrapados más apestosos que había visto desde la última vez que cruzó el centro de Atlanta en coche.
Contuvo el aliento mientras esperaba a que Maria pulsara el botón para abrirle la puerta, temiendo vomitar si se quedaba mucho más tiempo en la caldeada sala.
–Hola, comisario -saludó Maria mientras le cogía el abrigo-. Supongo que ya sabe de qué va esto.
Frank se le acercó con cara de pocos amigos.
–Hace dos horas que están aquí. Vamos a tardar todo el día sólo para tomar nota de los nombres.
–¿Dónde está Lev Ward? – preguntó Jeffrey.
–Connolly ha dicho que ha tenido que quedarse en casa con una de sus hermanas.
–¿Con cuál?
–Ni idea -contestó Frank, obviamente desbordado por la experiencia de interrogar a semejante multitud de desastrados-. Ha dicho que tenía diabetes o algo así.
–Mierda -maldijo Jeffrey.
Ward estaba tirando demasiado de la cuerda. Su ausencia no sólo hacía perder tiempo a Jeffrey, sino que además significaba que Mark McCallum,
el experto en poligrafía enviado por la delegación del FBI en Georgia, tendría que pasar otra noche en el pueblo a expensas del Departamento de Policía del condado de Grant.
Jeffrey sacó su bloc de notas y escribió el nombre y la descripción de Rebecca Bennett. Extrajo una foto del bolsillo y se la dio a Frank.
–Es la hermana de Abby -explicó-. Comunica su descripción por radio.
Desapareció a las diez de la noche de ayer.
–Mierda.
–Se ha fugado otras veces -aclaró Jeffrey-, pero no me gusta que esto haya sucedido tan poco tiempo después de la muerte de su hermana.
–¿Crees que sabe algo?
–Creo que tiene una razón para huir.
–¿Has llamado a Cincuenta Centavos?
Jeffrey hizo una mueca de aversión. Había telefoneado a Ed Pelham de camino a la comisaría. Como era de prever, el sheriff del condado vecino prácticamente se le había reído en la cara. Jeffrey no podía reprochárselo -la chica se había fugado antes-, pero esperaba que Ed se lo tomara más en serio teniendo en cuenta lo sucedido a Abigail Bennett.
–¿Brad sigue batiendo la zona alrededor del pantano? – preguntó Jeffrey-.
Dile que se vaya a casa y coja la mochila o el equipo de acampada o lo que sea. Luego que Hemming y él vayan al bosque estatal de Catoogah y busquen allí. Si alguien les pregunta qué hacen, que expliquen que están acampando.
–De acuerdo.
Frank se volvió para marcharse, pero Jeffrey lo detuvo.
–Incluye en la orden de búsqueda y captura de Donner la posibilidad de que esté con una chica -previendo la siguiente pregunta de Frank, se encogió de hombros y dijo-: Es un tiro al aire, pero ya veremos si da en el blanco.
–Bien -dijo-. He llevado a Connolly a la sala de interrogatorios número uno.
¿Vas a hablar con él ahora?
–Que sufra un poco -contestó Jeffrey-. ¿Cuánto crees que durarán los demás interrogatorios?
–Cinco horas, tal vez seis.
–¿Ha surgido ya algo interesante?
–No, salvo que Lena ha amenazado a uno de ellos con sacudirle un revés si no cortaba ya el rollo de Dios Nuestro Señor -añadió-: Creo que estamos perdiendo el tiempo.
–En eso coincido contigo -convino Jeffrey-. Quiero que vayas a hablar con las personas de la lista que compraron sales de cianuro al proveedor de Atlanta.
–Iré después de ver a Brad y cambiar la orden de búsqueda y captura.
Jeffrey se fue a su despacho y cogió el auricular incluso antes de sentarse.
Marcó el número de Lev Ward en la granja de Cultivos Sagrados e hizo lo que le indicó la voz grabada de la centralita. Mientras esperaba a que le pasaran la llamada, entró Maria y le dejó una pila de mensajes en la mesa.
Le dio las gracias justo cuando saltaba el contestador de Lev Ward.
–Soy el comisario Tolliver -dijo-. Necesito que me llame lo antes posible.
Jeffrey le dio el número de su móvil para que Lev no se escabullera dejando un mensaje. Colgó y cogió sus notas de la noche anterior, incapaz de ver el sentido a las largas listas que había hecho. Tenía preguntas para cada
miembro de la familia, pero a la fría luz del día se dio cuenta de que si planteaba cualquiera de ellas, Paul Ward se presentaría en su despacho en un abrir y cerrar de ojos.
Legalmente, ninguno de ellos estaba obligado a hablar con la policía.
Jeffrey no tenía razón alguna para emplazarlos en la comisaría y dudaba seriamente que Lev Ward cumpliera la promesa de someterse a la prueba de detección de mentiras. Cuando introdujeron sus nombres en el ordenador, no habían obtenido gran cosa. Jeffrey lo había intentado con Cole Connolly pero, al no tener la inicial del segundo nombre ni ningún dato más concreto, como la fecha de nacimiento o una dirección anterior, el buscador había localizado a unos seiscientos Cole Connollys en el sur de Estados Unidos.
Al ampliar la búsqueda a Coleman Connolly, se habían sumado otros trescientos.
Jeffrey se miró la mano, donde la venda había empezado a desprenderse.
Esther le había cogido la mano antes de irse esa mañana, rogándole una vez más que encontrara a su hija. Jeffrey estaba convencido de que si ella hubiese sabido algo, se lo habría contado todo en ese momento, de que habría hecho cualquier cosa con tal de que su única hija viva volviera a casa. Había desafiado a sus hermanos y su marido por el simple hecho de hablar con él, y cuando Jeffrey le preguntó si iba a contarles que lo había visto, ella había dado una enigmática respuesta: «Si me lo preguntan, les diré la verdad». Jeffrey sospechaba que los hombres ni siquiera se plantearían la posibilidad de que Esther hubiera hecho algo por su propia cuenta sin permiso. El riesgo que había corrido era señal suficiente de su desesperación por llegar a la verdad. Lo malo era que Jeffrey ni siquiera sabía por dónde empezar a buscar. Ese caso era como un gran círculo, y lo único que él podía hacer era dar vueltas hasta que alguien cometiera un error.
Hojeó sus mensajes, intentando fijar la vista el tiempo suficiente para leerlos. Estaba agotado y le dolía la mano. No contribuyeron a mejorar las cosas las dos llamadas del alcalde y una nota de que habían telefoneado del hotel Dew Drop para hablar de la factura de Mark McCallum, el experto en poligrafía que había venido por Lev Ward. Al parecer, al joven le gustaba el
servicio de habitaciones.
Jeffrey se frotó los ojos y fijó la mirada en el nombre de Buddy Conford. El abogado había tenido que ir al juzgado, pero volvería a la comisaría cuanto antes para hablar con su hijastra. Jeffrey se había olvidado por un momento de Patty O'Ryan. Apartó la nota y siguió repasando la pila.
Le dio un vuelco el corazón al ver el nombre del penúltimo mensaje. El primo de Sara, el doctor Hareton Earnshaw, había llamado. En el apartado de «Comentarios», Maria había escrito: «Dice que está todo en orden», y luego había añadido: «¿Estás bien?».
Cogió el auricular y marcó el número de la consulta de Sara. Tras pasar varios minutos a la espera escuchando un clásico de los Chipminks, Sara se puso.
–Ha llamado Hare -dijo Jeffrey-. Está todo en orden.
Ella dejó escapar un suspiro.
–Buena noticia.
–Sí.
Jeffrey se acordó de la otra noche, del riesgo que corrió Sara al darle placer con la boca. Le entró un sudor frío, seguido por una sensación de alivio más profunda que la que había experimentado al leer el mensaje de Hare por primera vez. Había llegado a aceptar la posibilidad de recibir una mala noticia, pero la idea de arrastrar a Sara con él era demasiado dolorosa para contemplarla siquiera. Ya le había hecho bastante daño.
–¿Qué ha dicho Esther? – preguntó Sara.
Jeffrey la puso al tanto de la desaparición de su hija y los temores de Esther.
Sara se mostró claramente escéptica.
–¿Y siempre ha vuelto? – preguntó.
–Sí -contestó Jeffrey-. Ni siquiera habría aceptado la denuncia de desaparición de no haber sido por Abby. No sé si pensar que se esconde para llamar la atención o que lo hace por algún motivo.
–¿Y el motivo sería que Rebecca sabe qué le pasó a Abby? – preguntó Sara.
–O algo más -dijo él, sin saber muy bien todavía qué pensar. Expresó la sospecha que había intentado contener desde la llamada de Esther de esa mañana-. Podría estar en algún sitio, Sara. En algún sitio como Abby.
Sara guardó silencio.
–Tengo a un equipo batiendo el bosque. Tengo a Frank recorriendo las joyerías. Tenemos una comisaría llena de ex drogadictos y alcohólicos de la granja, apestosos en su mayoría. – Se interrumpió, pensando que tenía para rato si seguía enumerando las pistas que no conducían a ninguna parte.
Sin venir a cuento, Sara dijo:
–Le he dicho a Tess que la acompañaría a la iglesia esta noche.
Jeffrey sintió un nudo en el estómago.
–Preferiría que no fueras, de verdad.
–Pero no puedes darme una razón.
–No -reconoció él-. Es una corazonada, y en ese sentido el corazón nunca me falla.
–Tengo que hacerlo por Tess -insistió ella-. Y por mí misma.
–¿No te estarás volviendo religiosa?
–Necesito comprobar una cosa -dijo ella-. Ahora mismo no puedo contártelo, pero lo haré después.
Jeffrey se preguntó si seguía enfadada con él por haber dormido en el sofá.
–En realidad, no es nada. Sólo que necesito pensarlo un poco más antes de hablar de ello -explicó-. Oye, tengo un paciente esperando.
–Bien.
–Te quiero.
Jeffrey se dio cuenta de que volvía a sonreír.
–Hasta luego.
Colgó y se quedó mirando las luces parpadeantes del teléfono. Sintió que había recobrado la energía y pensó que era un buen momento para hablar con Cole Connolly.
Se encontró con Lena en el pasillo delante del lavabo. Bebía una Coca-Cola apoyada contra la pared. Dio tal respingo cuando él se acercó, que derramó el refresco en la pechera de la blusa.
–Mierda -masculló, limpiándose con la mano.
–Perdona -dijo él-. ¿Qué pasa?
–Necesitaba un poco de aire fresco -contestó ella, y Jeffrey asintió con la cabeza.
Saltaba a la vista que los empleados de Cultivos Sagrados habían ido a trabajar a primera hora de la mañana; prueba de ello era el olor a sudor.
–¿Ha surgido algo?
–En esencia, lo único que hemos conseguido es más de lo mismo. Era buena chica, alabado sea el Señor. Se esforzaba al máximo, el Señor está contigo.
Jeffrey no acusó recibo de su sarcasmo, aunque coincidía plenamente con ella. Empezaba a ver que Lena no andaba tan desencaminada cuando dijo que aquello era una secta. Sin duda esa gente se comportaba como si le hubieran lavado el cerebro.
Lena suspiró.
–Sabes, en realidad, al margen de todas esas patrañas, parecía buena chica.
– Lena apretó los labios y Jeffrey se sorprendió al descubrir esa faceta de ella. Sin embargo, se desvaneció tan pronto como había aparecido, y Lena añadió-: En fin, seguro que tenía algo que esconder. Todo el mundo esconde algo.
Jeffrey percibió un brillo de culpabilidad en su mirada, pero en lugar de preguntarle por Terri Stanley y el picnic de la policía, le comunicó:
–Rebecca Bennett ha desaparecido.
Lena puso cara de sorpresa.
–¿Cuándo?
–Anoche. – Jeffrey le mostró la nota que Esther le había puesto en la mano delante de la cafetería-. Dejó esto.
Lena la leyó y dijo:
–Aquí pasa algo raro. – Jeffrey se alegró de que alguien se tomara aquello en serio-. ¿Por qué se fugó tan poco después de la muerte de su hermana?
Ni siquiera yo era tan egoísta a los catorce años. Su madre debe de estar como loca.
–Ha sido su madre quien me lo ha dicho -explicó Jeffrey-. Me ha llamado esta mañana a casa de Sara. Sus hermanos no querían que presentara denuncia.
–¿Por qué? – preguntó Lena, y le devolvió la nota-. ¿Qué daño podía hacer?
–No les gusta recurrir a la policía.
–Ya -replicó Lena-, pues ya veremos si sigue sin gustarles cuando vean que no vuelve -preguntó-: ¿Crees que la están reteniendo por la fuerza?
–Abby no dejó una nota.
–No -coincidió Lena, y añadió-: Esto no me gusta. No me huele nada bien.
–Ni a mí -dijo Jeffrey, guardando la nota en el bolsillo-. Quiero que empieces tú el interrogatorio de Connolly. Sospecho que no le gustará que sea una mujer quien le haga las preguntas.
Lena sonrió brevemente, como un gato que ve un ratón.
–¿Quieres que lo cabree?
–No aposta.
–¿Qué estamos buscando?
–Sólo quiero ver de qué pie calza -contestó él-. Averiguar cómo era su relación con Abby. Mencionar a Rebecca. Y ver si pica el anzuelo.
–De acuerdo.
–Y quiero volver a hablar con Patty O'Ryan. Tenemos que averiguar si Chip se veía con alguien.
–¿Con alguien como Rebecca Bennett?
En ocasiones a Lena le funcionaba la cabeza de una manera que a Jeffrey le daba miedo. Se limitó a encogerse de hombros.
–Buddy ha dicho que vendrá dentro de un par de horas.
Lena tiró su Coca-Cola a la basura y se encaminó hacia la sala de interrogatorios.
–Estoy impaciente por verlo.
Jeffrey le abrió la puerta y vio cómo Lena se transformaba en la policía que, como él bien sabía, era muy capaz de ser. Entró caminando con paso firme, como si le colgara un par de bolas de latón entre las piernas. Apartó una silla y se sentó frente a Cole Connolly sin pronunciar palabra, con las piernas separadas y a unos centímetros de la mesa. Apoyó el brazo en el respaldo de la silla vacía a su lado.
–¿Qué hay? – preguntó.
Cole lanzó una mirada a Jeffrey y luego miró otra vez a Lena.
–¿Qué hay?
Lena se llevó la mano al bolsillo trasero, sacó el bloc de notas y lo plantó en la mesa.
–Soy la inspectora Lena Adams. Éste es el comisario Tolliver. ¿Podría darnos su nombre completo?
–Cletus Lester Connolly, señora.
Tenía ante él un bolígrafo y unas cuantas hojas de papel junto a una Biblia ajada. Connolly ordenó los papeles mientras Jeffrey se apoyaba contra la pared y se cruzaba de brazos. Contaba al menos sesenta y cinco años, y ofrecía un aspecto pulcro, con su camiseta blanca limpia y planchada y la
raya bien marcada en las perneras de los vaqueros. El trabajo en el campo lo mantenía en forma, y conservaba los hombros anchos y unos bíceps ceñidos por las mangas. Tenía un vello blanco e hirsuto por todo el cuerpo: le asomaba por el cuello de la camiseta, le salía por las orejas y le cubría los brazos. En realidad, le poblaba prácticamente todo el cuerpo salvo la calva.
–¿Por qué lo llaman Cole? – preguntó Lena.
–Mi padre se llamaba así -explicó, mirando a Jeffrey-. Me harté de recibir palizas por llamarme Cletus. Lester no es mucho mejor, así que adopté el nombre de mi padre a los quince años.
Jeffrey pensó que al menos eso explicaba por qué no había salido nada en los ordenadores cuando introdujeron su nombre. Sin embargo, no cabía duda de que había estado entre rejas. Mostraba esa actitud alerta propia de los presidiarios. Permanecía en guardia, en busca de una vía de escape.
–¿Qué le ha pasado en la mano? – preguntó Lena.
Jeffrey se fijó en que Connolly tenía un corte muy fino, de algo más de dos centímetros, en el dorso del índice derecho. No era nada especial; desde luego no era un arañazo ni una herida por defenderse. Parecía más bien el tipo de corte que uno se hacía cuando trabajaba con las manos y dejaba de prestar atención durante una fracción de segundo.
–Me lo hice trabajando en el campo -contestó Connolly, mirándose el corte-. Supongo que debería ponerme una tirita.
–¿Cuánto tiempo estuvo en el ejército? – preguntó Lena.
Connolly se sorprendió, pero ella señaló el tatuaje del hombro. Jeffrey lo identificó como una insignia militar, pero no sabía de qué cuerpo. También reconoció el tatuaje situado más abajo, de esos tan rudimentarios que se hacen en la cárcel: en algún momento, Connolly se había pinchado la piel con una aguja y, usando la tinta de un bolígrafo, se había grabado en la carne de manera indeleble las palabras «Jesús es nuestro salvador».
–Doce años, hasta que me echaron -respondió Connolly. Después, como si previera la siguiente pregunta, añadió-: Tuve que escoger entre un tratamiento y la expulsión. «Baja deshonrosa.»
–Debió de ser duro.
–Sí, lo fue -convino, poniendo la mano sobre la Biblia. Jeffrey dudó que ese gesto significara que fuera a decir la verdad, pero ésa era la imagen que quería dar. Era evidente que sabía contestar a una pregunta sin dar apenas información. Era un maestro de la evasiva: sostenía la mirada, se cuadraba de hombros y se iba por la tangente-. Pero no tanto como la vida en la calle.
Lena le aflojó un poco de cuerda.
–¿A qué se refiere?
–Me detuvieron por robar un coche a los diecisiete años -explicó, sin apartar la mano de la Biblia-. El juez me dio a elegir entre el ejército o la cárcel. Fui derecho de la teta de mi madre a la del Tío Sam, y disculpe mi vocabulario -lo dijo con un brillo en la mirada. Tardó unos minutos en bajar la guardia con Lena, y a partir de ese momento empezó a tratarla como si fuera un chico más. Delante de sus narices, Cole Connolly se había convertido en un viejo servicial, deseoso de contestar a las preguntas, al menos a las que consideraba inofensivas-. No sabía valerme por mí mismo en el mundo real. Cuando salí, me apandillé con unos colegas que pensaron que atracar un supermercado del barrio sería pan comido.
Jeffrey deseó tener un dólar por cada hombre condenado a muerte que se había iniciado atracando supermercados.
–Uno de ellos nos delató antes de llegar al establecimiento; aceptó un trato a cambio de una reducción de condena por tráfico de drogas. Me esposaron incluso antes de entrar. – Connolly se echó a reír y le brillaron los ojos. Si lamentaba que lo hubieran delatado, no parecía guardar mucho rencor-. La cárcel me encantó; era como estar en el ejército. Me daban tres pitillos al
día, me decían cuándo tenía que comer, cuándo tenía que dormir, cuándo tenía que cagar. Tanto es así que cuando llegó el momento de la libertad condicional, no quise irme.
–¿Cumplió toda la condena?
–Exacto -contestó, sacando pecho-. El juez se irritó conmigo por mi actitud.
Además, yo tenía muy mal genio y a los celadores eso tampoco les gustaba.
–Ya me lo imagino.
–Acabé así más de una vez -dijo, y señaló el ojo morado de Jeffrey, probablemente para darle a entender que era consciente de la presencia del otro hombre en la sala.
–¿Tuvo muchas peleas allí dentro?
–Tantas como es de esperar -reconoció.
Observaba a Lena atentamente, calibrándola. Jeffrey sabía que ella se daba cuenta, como también sabía que el interrogatorio de Cole Connolly iba a ser muy difícil.
–¿Y allí encontró a Jesucristo, pues? – preguntó ella-. Es curioso que Jesucristo frecuente las cárceles de esa manera.
Al oírla, Connolly hizo un visible esfuerzo por contenerse, apretando los puños, tensando el torso hasta convertirse en un sólido muro de ladrillos.
Lena había empleado exactamente el tono adecuado, y Jeffrey volvió a ver por un momento al hombre que habían visto por primera vez en la granja, el hombre que no toleraba las flaquezas.
Lena atenuó un poco la presión.
–En la cárcel un hombre dispone de mucho tiempo para pensar en sí mismo.
Connolly hizo un gesto de asentimiento, tenso como una serpiente a punto de atacar. Lena seguía reclinada en la silla con el brazo apoyado en el respaldo en una postura relajada. Jeffrey, al ver por debajo de la mesa que Lena había acercado la otra mano a su pistola, supo que había percibido el peligro igual que él.
Sin embargo, siguió hablando con despreocupación, empleando la misma retórica que Connolly.
–Estar en la cárcel es una auténtica prueba para un hombre. Puede fortalecerlo o debilitarlo.
–Muy cierto -corroboró él.
–Algunos sucumben. Allí dentro hay mucha droga.
–En efecto. Es más fácil conseguirla allí que en la calle.
–Uno tiene muchísimo tiempo para apalancarse y ponerse ciego.
Connolly tenía aún la mandíbula tensa. Jeffrey temió que Lena hubiera ido demasiado lejos, pero no le pareció oportuno intervenir.
–Tomé muchas drogas -Connolly hablaba con voz entrecortada-. Nunca lo he negado. Cosas malas, que se te meten dentro, te llevan a obrar mal.
Tienes que ser muy fuerte para resistirte. – Alzó la vista hacia Lena, y su vehemencia sustituyó a la ira tan deprisa como el aceite desplaza el agua-.
Yo era un hombre débil, pero vi la luz. Recé al Señor para pedirle la salvación y Él me tendió una mano. – Levantó la mano para ilustrarlo-. Se la cogí y dije: «Sí, Señor. Ayúdame a levantarme. Ayúdame a volver a nacer».
–Menuda transformación -señaló Lena-. ¿Y qué fue lo que lo llevó a cambiar de vida?
–En mi último año en la cárcel, Thomas empezó a venir de visita. Él es el
instrumento del Señor. Por mediación suya, el Señor me enseñó un camino mejor.
–¿Se refiere al padre de Lev? – preguntó Lena.
–Participaba en el programa asistencial de la cárcel -explicó Connolly-. Los reclusos veteranos procurábamos pasar inadvertidos, íbamos a la iglesia, asistíamos a las reuniones de estudios bíblicos, eludíamos las situaciones donde existía el riesgo de caer en las provocaciones de algún gallito que quería hacerse valer. – Se rió, convirtiéndose otra vez en el viejo bonachón que era antes de su estallido-. Nunca creí que yo mismo acabaría siendo uno de esos fanáticos de la Biblia. Hay gente que está con Jesús y gente que está en contra de él, y yo estaba en contra de él. El precio de mis pecados sin duda habría sido una muerte terrible, solitaria.
–Pero ¿entonces conoció a Thomas Ward?
–Últimamente no está bien de salud, a causa de una apoplejía, pero en aquella época era como un león, que Dios lo bendiga. Thomas me salvó el alma. Me proporcionó un lugar al que ir cuando salí de la cárcel.
–¿Le dio tres pitillos al día? – preguntó Lena, aludiendo a las palabras de Connolly acerca de que el ejército y después la cárcel habían cuidado de él.
–¡Ja! – dijo el anciano, dando una palmada en la mesa, riéndose de la asociación de ideas. Los papeles se alborotaron y él los ordenó, cuadrando los bordes-. Supongo que es una manera tan buena como otra de decirlo. En el fondo sigo siendo un soldado, pero ahora soy un soldado del Señor.
–¿Ha observado algo sospechoso en los alrededores de la granja recientemente? – preguntó Lena.
–No.
–¿A nadie que se comportara de manera extraña?
–No es por nada, pero tiene que pensar en la clase de gente que nos llega -
advirtió-. Son todos un poco raros. No estarían allí si no lo fueran.
–Entiendo -concedió ella-. Pero me refiero a si alguien ha actuado de manera sospechosa, como si hubiera hecho algo malo.
–Todos han estado metidos en algo malo, y algunos todavía lo están en la granja.
–¿Como por ejemplo?
–Vienen de un refugio de Atlanta, donde vivían compadeciéndose de sí mismos, y al final buscan un cambio de aires, convencidos de que esto de aquí será el paso definitivo para convertirse en personas mejores.
–¿Y no lo es?
–Para unos pocos, sí -reconoció Connolly-, pero muchos, cuando llegan aquí, se dan cuenta de que lo que los llevó a las drogas, el alcohol y la mala vida es lo mismo que los mantiene aferrados a sus vicios. – No esperó a que Lena lo instara a seguir hablando-. La debilidad, jovencita. La debilidad del alma, la debilidad del espíritu. Hacemos cuanto podemos por ayudarlos, pero antes tienen que poseer la fortaleza necesaria para ayudarse a sí mismos.
–Nos han dicho que robaron dinero de la caja para gastos menores.
–Eso sucedió hace unos meses -confirmó-. Nunca supimos quién fue.
–¿Algún sospechoso?
–Unos doscientos -contestó, y se rió.
Jeffrey supuso que trabajar con un hatajo de alcohólicos y drogadictos no contribuía a crear un clima de confianza en el entorno laboral.
–¿No había nadie que se interesara más por Abby de lo debido? – preguntó Lena.
–Era una chica muy guapa -dijo él-. Muchos la miraban, pero yo dejaba bien claro que era coto vedado.
–¿No tuvo que decírselo a nadie en particular?
–No que yo recuerde.
Las costumbres de la cárcel eran difíciles de abandonar, y Connolly padecía la incapacidad del recluso de dar un sí o no por respuesta.
–¿No se fijó en si ella se relacionaba más con alguna persona en concreto?
¿Si pasaba más tiempo del debido con alguien?
Connolly negó con la cabeza.
–Créame, me he estado devanando los sesos desde que sucedió, intentando imaginar quién pudo hacer daño a esa pobre criatura. Y no se me ocurre nadie, y eso que me he remontado a varios años atrás.
–Iba mucho en coche sola -recordó Lena.
–Le enseñé a conducir el viejo Buick de Mary cuando tenía quince años.
–¿Estaban muy unidos?
–Abigail era como una nieta para mí. – Parpadeó para quitarse las lágrimas de los ojos-. A mi edad, se diría que ya nada puede sorprenderlo a uno.
Muchos amigos empiezan a enfermar. Menudo susto me llevé cuando Thomas tuvo la apoplejía el año pasado. Lo encontré yo. No sabe lo duro que fue ver cómo ese hombre recibía semejante lección de humildad. – Se frotó los ojos con el dorso de la mano. Jeffrey vio que Lena asentía, en señal de comprensión-. Pero Thomas era un hombre mayor. Uno no espera que suceda, pero tampoco se sorprende. Abby sólo era una buena chica. Tan
sólo una buena chica. Tenía toda una vida por delante. Nadie merece morir así, y ella menos.
–Por lo que nos han contado, era una muchacha fuera de lo corriente.
–Es verdad -coincidió él-. Era un ángel. Dulce y pura como la nieve. Yo habría dado mi vida por ella.
–¿Conoce usted a un joven llamado Chip Donner?
De nuevo Connolly pareció pensárselo.
–No lo recuerdo. Allí no para de entrar y salir gente. Algunos se quedan una semana, otros un día. Los afortunados se quedan toda una vida. – Se rascó la barbilla-. El apellido me suena, aunque no sé de qué.
–¿Y Patty O'Ryan?
–No.
–Supongo que conoce a Rebecca Bennett.
–¿Becca? – preguntó-. Claro que sí.
–Anoche desapareció.
Connolly asintió; obviamente ya lo sabía.
–Es una cabezota, esa niña. Se larga, da un susto de muerte a su madre, luego vuelve y aquí paz y después gloria.
–Sabemos que ya se fugó antes.
–Al menos esta vez ha tenido el detalle de dejar una nota.
–¿Sabe adónde puede haber ido?
Se encogió de hombros.
–Suele acampar en el bosque. Yo llevaba allí a los niños cuando era más joven. Para enseñarles a sobrevivir empleando las herramientas que Dios nos dio. Así aprenden a respetar su generosidad.
–¿Los llevaba a algún sitio en particular?
Asintió con la cabeza, como si tuviera prevista la pregunta.
–Ya he ido a primera hora de la mañana. Nadie ha estado allí desde hace años. No tengo ni idea de adonde ha podido ir esa chica. – Y añadió-: Ojalá lo supiera; le daría unos buenos azotes en el trasero por hacerle esto a su madre precisamente ahora.
Maria llamó a la puerta y abrió al mismo tiempo.
–Disculpe que lo moleste, comisario -dijo, y entregó un papel a Jeffrey.
Él lo cogió mientras Lena preguntaba a Connolly:
–¿Cuánto tiempo hace que pertenece a la iglesia?
–Pronto hará veintiún años -respondió-. Yo ya estaba allí cuando Thomas heredó las tierras de su padre. A mí aquello me parecía un desierto, pero también Moisés empezó en el desierto.
Jeffrey no le quitaba el ojo de encima, intentando descubrir alguna señal delatora en su actitud. La mayoría de la gente hacía un gesto característico cuando mentía. Algunos se rascaban la nariz, otros se movían nerviosos.
Connolly permanecía inmóvil, con la mirada fija al frente. O era un mentiroso consumado, o era un hombre sincero. Jeffrey no estaba dispuesto a apostar por ninguna de las dos posibilidades.
Connolly siguió contando la historia del nacimiento de Cultivos Sagrados.
–En aquella época teníamos a unos veinte trabajadores. Claro que entonces los hijos de Thomas, aún muy pequeños, no eran de gran ayuda, en especial Paul, que era el más perezoso. Holgazaneaba mientras los demás se mataban a trabajar y luego pretendía cosechar él los frutos. Igual que un abogado -explicó. Lena asintió-. Empezamos con cuarenta hectáreas de soja. No usábamos productos químicos ni pesticidas. La gente nos tomaba por locos, pero ahora eso del cultivo ecológico se ha puesto de moda. Por fin ha llegado nuestro momento. Sólo me hubiese gustado que Thomas pudiera verlo. Fue nuestro Moisés, literalmente. Nos sacó de la esclavitud, de la esclavitud de la droga, el alcohol, la moral laxa. Fue nuestro salvador.
Lena interrumpió el sermón.
–¿El señor Wade sigue mal?
Connolly adoptó una actitud más solemne.
–El Señor ya se hará cargo de él.
Jeffrey abrió la nota de Maria, la miró y reprimió un taco.
–¿Quiere añadir algo más? – preguntó a Connolly.
Éste pareció sorprendido por la brusquedad de Jeffrey.
–No se me ocurre nada.
No fue necesario que Jeffrey indicara nada a Lena. Ésta se levantó y Connolly la imitó.
–Me gustaría volver a hablar con usted mañana si es posible. ¿Digamos por la mañana? – propuso Jeffrey.
Por un instante, Connolly pareció acorralado, pero enseguida recobró la compostura.
–No hay problema -contestó con una sonrisa tan forzada que Jeffrey pensó que se le romperían los dientes-. Mañana se celebra el oficio en memoria de Abby. ¿Tal vez después?
–Tendríamos que hablar con Lev a primera hora -advirtió Jeffrey con la esperanza de que ese dato le fuera transmitido a Lev Ward-. ¿Por qué no viene con él?
–Ya veremos -respondió Connolly, sin prometer nada.
Jeffrey abrió la puerta.
–Le agradezco que haya venido y nos haya traído a esta gente.
Connolly seguía confuso, y parecía un tanto inquieto por la nota que Jeffrey tenía en la mano, como si deseara conocer a toda costa su contenido. Jeffrey no sabía si era un hábito adquirido en sus tiempos carcelarios o simple curiosidad natural.
–Ya puede llevarse a toda esa gente -indicó Jeffrey-. Estoy seguro de que tienen mucho trabajo. No queremos hacerles perder más tiempo.
–No hay ningún problema -repitió Connolly, tendiendo la mano-. Si necesita algo más, no tiene más que decírmelo.
–Se lo agradezco -dijo Jeffrey, y cuando le estrechó la mano sintió que Connolly le aplastaba los huesos-. Nos veremos por la mañana cuando venga con Lev.
Connolly percibió una amenaza en sus palabras. Había abandonado la pose de viejo servicial.
–Bien.
Lena se dispuso a salir detrás de él, pero Jeffrey la retuvo. Le mostró la nota
que le había dado Maria, asegurándose de que Connolly no viera la pulcra letra de maestra de la secretaria. «Llamada del 25 de Cromwell Road. La casera menciona un "olor sospechoso".»
Habían encontrado a Chip Donner.
El 25 de Cromwell Road fue en su día, allá por los años treinta, una casa bonita para una familia acomodada. Con el paso del tiempo, los amplios salones delanteros habían sido divididos en habitaciones y las plantas superiores se reformaron para alojar a inquilinos que no tenían inconveniente en compartir el único cuarto de baño de la casa. Cuando un ex presidiario salía de la cárcel, no había muchos sitios a los que podía ir. Si además estaba en libertad condicional, disponía de un tiempo limitado para fijar su residencia y conseguir un empleo si no quería que el supervisor de su libertad condicional lo volviera a mandar a la cárcel. Los cincuenta dólares que le proporcionaba el estado cuando salía por la puerta no daban para mucho, y casas como la de Cromwell satisfacían esa necesidad en particular.
Jeffrey pensó que, como mínimo, el caso estaba desarrollando su sentido olfativo abierto a toda clase de experiencias nuevas. La casa de Cromwell olía a sudor y pollo frito, con un vago e inquietante tufo a carne podrida cortesía de una habitación del último piso.
La casera lo recibió en la puerta tapándose la nariz y la boca con un pañuelo. Era una mujer corpulenta y le colgaban de los brazos grandes pliegues de piel. Jeffrey procuró no mirar cómo se le balanceaban mientras hablaba.
–Nunca nos ha dado el menor problema -aseguró a Jeffrey mientras lo acompañaba al interior de la casa.
Una moqueta de color verde oscuro, en su día de buena lana, ahora estaba desgastada por los años de uso y lo que parecía aceite lubricante. Las paredes no debían de haberse pintado desde que Nixon ocupaba la Casa
Blanca y tenían todos los zócalos y esquinas llenos de rozaduras. En otro tiempo la carpintería había sido espléndida, pero varias capas de pintura cubrían las molduras esculpidas. De manera incongruente, en la entrada pendía una hermosa araña de cristal tallado que debió de formar parte de la decoración de la casa desde sus orígenes.
–¿Oyó algo anoche? – preguntó Jeffrey, intentando respirar por la boca sin parecer un perro jadeante.
–Nada de nada -contestó, y luego añadió-: Salvo el televisor que tiene encendido el señor Harris al lado de la habitación de Chip. – Señaló la escalera-. Se ha quedado sordo en los últimos años, pero es quien más tiempo lleva aquí. Siempre digo a los chicos que si no soportan el ruido, tendrán que buscarse otro sitio.
Jeffrey miró hacia la calle por la puerta principal, preguntándose por qué Lena tardaba tanto. La había enviado a buscar a Brad Stephens para que ayudara a examinar el lugar de los hechos. Junto con medio cuerpo de policía, Brad seguía en el bosque buscando cualquier detalle sospechoso.
–¿Hay una entrada por detrás? – preguntó.
–Por la cocina. – Señaló la parte trasera de la casa-. Chip aparcaba en la puerta cochera -explicó-. El jardín trasero da a un callejón que desemboca en Sanders.
–¿Sanders es la calle paralela a Cromwell? – quiso asegurarse Jeffrey.
Aun cuando Marty Lam hubiera estado sentado delante de la puerta como era su obligación, no habría visto llegar a Chip. Tal vez Marty reflexionaría acerca de esa posibilidad durante la semana de suspensión de empleo y sueldo que pasaría en su casa.
–Broderick pasa a llamarse Sanders después del cruce con McDougall.
–¿Recibía visitas?
–Ah, no, iba muy a la suya.
–¿Llamadas?
–Hay un teléfono público en el pasillo. No pueden usar la línea de la casa.
No suena mucho.
–¿No venía ninguna amiga en especial?
Ella ahogó una risa como avergonzada.
–Está prohibido recibir visitas femeninas en la casa. Yo soy la única mujer que puede entrar.
–Bien -dijo Jeffrey. Había estado aplazando lo inevitable-. ¿Cuál es su habitación?
–La primera a la izquierda. – Señaló la escalera con el brazo tembloroso-.
Espero que no le importe que me quede aquí.
–¿Ha mirado dentro de la habitación?
–No, por Dios -respondió ella, negando con la cabeza-. Ya hemos tenido un par de casos. Sé qué aspecto tienen sin necesidad de que me lo recuerden.
–¿Un par? – preguntó Jeffrey.
–Bueno, no murieron aquí -aclaró-. No, miento: uno sí. Creo que se llamaba Rutherford. ¿O Ruther? – Agitó la mano-. En cualquier caso, al último se lo llevó la ambulancia. Sucedió hará ocho o diez años. Tenía una aguja clavada en el brazo. Subí por el olor. – Bajó la voz-. Se había defecado encima.
–Aja.
–Creí que se había ido al otro barrio, pero llegaron los auxiliares clínicos y se lo llevaron al hospital; dijeron que todavía tenía posibilidades.
–¿Y el otro?
–Ah, el señor Schwartz, que en paz descanse -recordó-. Un viejito muy simpático. Creo que era judío. Murió mientras dormía.
–¿Y eso cuándo fue?
–Mi madre aún vivía, así que debió de ser hará diecinueve… -se lo pensó-, en el ochenta y seis, creo.
–¿Usted va a misa?
–La Baptista Primitiva -contestó-. ¿Lo he visto alguna vez por allí?
–Tal vez -dijo al tiempo que pensaba que en los últimos diez años sólo había ido a la iglesia para ver un momento a Sara.
Gracias a sus aptitudes culinarias, Cathy ejercía un enorme poder sobre sus hijas en Navidad y Semana Santa, y Sara acostumbraba dejarse convencer para ir a misa esos días a fin de recoger luego los frutos en forma de una buena comilona.
Jeffrey dirigió la mirada hacia la empinada escalera; no le hacía ninguna gracia lo que le esperaba arriba.
–Mi compañera está a punto de llegar -dijo-. Cuando venga, dígale que suba.
–Claro. – Se metió la mano por dentro del vestido y, tras rebuscar unos segundos, sacó una llave.
Después de obligarse a coger la llave tibia y un poco húmeda, Jeffrey empezó a subir por la escalera. La barandilla, medio suelta, se desprendía
de la pared en varios sitios, y la madera sin pintar tenía un brillo untuoso.
El olor iba en aumento conforme subía, e incluso sin las indicaciones habría encontrado la habitación por el olfato.
La puerta estaba cerrada con un candado y un pasador. Jeffrey se calzó unos guantes de látex, lamentando no habérselos puesto antes de que la casera le diera la llave. El candado estaba oxidado, e intentó cogerlo por los bordes para no borrar las huellas dactilares. Le costó introducir la llave y esperaba que no se rompiera dentro de la cerradura. Tras varios segundos de rezar y sudar en el calor húmedo de la casa, oyó con satisfacción un chasquido al abrirse el candado. Tocando sólo los extremos, corrió el pasador y luego accionó la manija para abrir la puerta.
La habitación era lo que uno se esperaba encontrar tras ver el vestíbulo de la casa. La misma moqueta verde mugrienta cubría el suelo. De la ventana colgaba un estor barato sujeto al marco con cinta adhesiva azul para que no entrara la luz. En lugar de cama, había un sofá cama, abierto a medias, como si alguien, mientras sacaba el colchón, se hubiera interrumpido.
Todos los cajones de la única cómoda estaban abiertos, y su contenido tirado por el suelo. En un rincón había un cepillo y un peine junto a un cuenco de cristal roto por la mitad del que habían caído unos mil centavos en monedas, desparramadas alrededor. Dos lámparas de mesa, casi intactas pero sin pantalla, habían caído al suelo. No había armario, pero alguien había dispuesto una cuerda a lo largo de la pared a modo de tendedero para colgar camisas. Las camisas, todavía con las perchas, estaban tiradas por el suelo. Un extremo de la cuerda seguía prendido de la pared. Chip Donner sujetaba el otro con una mano inerte.
Detrás de Jeffrey, Lena dejó caer con un golpe sordo su caja de herramientas con lo necesario para el reconocimiento del lugar de los hechos.
–Se ve que hoy la criada libra.
Jeffrey había oído los pasos de Lena en la escalera, pero no había podido
apartar la mirada del cadáver. La cara de Chip parecía un trozo de carne cruda. Tenía el labio inferior prácticamente arrancado y caído sobre la mejilla izquierda, como si alguien lo hubiera apartado. Por encima de la barbilla se veían las puntas de varios dientes rotos que habían traspasado la piel. Lo que quedaba de la mandíbula inferior pendía ladeado. Una cuenca del ojo estaba completamente hinchada, y la otra vacía; el globo ocular colgaba a un lado de la mejilla sujeto por algo que parecía un par de hebras sanguinolentas. Donner no llevaba camisa y su piel blanca relucía a la luz del pasillo. Unas treinta marcas finas y rojas se entrecruzaban en el torso, formando un dibujo que Jeffrey no reconoció. A esa distancia, daba la impresión de que alguien había dibujado líneas perfectamente rectas por todo el tronco con un rotulador rojo.
–Nudilleras de metal -adivinó Lena, señalando el pecho y el estómago-. Un instructor de la academia tenía exactamente lo mismo en el cuello. Un delincuente salió de detrás de un cubo de basura y se le echó encima sin darle tiempo a sacar la pistola.
–Ni siquiera se ve si todavía le queda cuello.
–¿Y qué es eso que le asoma por el costado? – preguntó Lena.
Jeffrey se agachó para ver mejor, todavía desde la puerta. Entrecerró los ojos, intentando descubrir qué era.
–Creo que son las costillas.
–Joder -exclamó Lena-. ¿A quién coño habrá cabreado?
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