Perseguidas
Capítulo 10
Al sentir los pies entumecidos, Sara desplazó el peso del cuerpo de una pierna a la otra. Había empezado la autopsia de Charles Donner hacía tres horas y aún no había encontrado ningún dato concluyente.
Volvió a encender la grabadora:
–Perforación extraperitoneal de la vejiga causada por un impacto descendente y contundente. No se advierte fractura de la pelvis -explicó a Jeffrey-: La vejiga está vacía, sólo por eso no se perforó. Es posible que fuera al lavabo antes de entrar en su habitación.
Jeffrey anotó algo en su cuaderno. Como Sara y Carlos, llevaba una máscara y gafas protectoras. Al entrar en la casa de Cromwell, Sara casi había vomitado por el olor. Aunque era obvio que Donner había muerto hacía poco tiempo, aquel hedor tenía una explicación científica. Presentaba perforaciones en los intestinos y el estómago, y la bilis y las heces encharcaron la cavidad abdominal y se filtraron por las punciones del costado. El calor concentrado en la pequeña habitación había actuado sobre las vísceras, que fermentaron en el torso como una llaga purulenta. Tenía el abdomen tan hinchado a causa de las bacterias que cuando Sara lo trasladó al depósito de cadáveres y lo abrió, los fluidos se desparramaron por los lados de la mesa de autopsias y cayeron al suelo.
–Fractura transversal del esternón, fracturas bilaterales de las costillas, parénquima pulmonar perforada, laceraciones capsulares superficiales en los riñones y en el bazo. – Se interrumpió, con la sensación de que estaba repasando la lista de la compra-. El lóbulo izquierdo del hígado ha sufrido amputación y ha quedado aplastado entre la pared abdominal anterior y la columna vertebral.
–¿Crees que fue obra de dos personas? – preguntó Jeffrey.
–No lo sé -contestó ella-. No se aprecian heridas defensivas en manos y brazos, pero eso podría significar simplemente que lo cogieron por sorpresa.
–¿Cómo puede hacerse una cosa así a una persona?
Sara sabía que no era una pregunta retórica.
–La pared abdominal es flácida y comprimible. En general, cuando recibe un golpe, transmite automáticamente el impacto a las vísceras abdominales.
Es como si dieras una palmada a un charco de agua. Según la fuerza del golpe, los órganos huecos, como el estómago y los intestinos, pueden reventar, el bazo se lacera y el hígado sufre daños.
–Houdini murió así -comentó Jeffrey, y pese a las circunstancias, Sara sonrió por su afición a las anécdotas históricas-. Había retado a cualquiera que le pegara en el estómago con toda su fuerza. Pero al final, un chico lo cogió desprevenido y lo mató.
–Ya -coincidió Sara-. Si tensas los músculos abdominales, puedes dispersar el impacto. Si no, puedes morir. Dudo que Donner haya tenido tiempo para siquiera pensarlo.
–¿Tienes ya una idea de cuál fue la causa de la muerte?
Sara miró el cadáver, lo que quedaba de la cabeza y el cuello.
–Si me dijeras que este chico sufrió un accidente de automóvil, te creería sin dudarlo. Jamás he visto semejantes traumatismos causados con un objeto contundente. – Señaló los pliegues de piel desprendidos del cuerpo sólo por los impactos-. Estas avulsiones, las laceraciones, las contusiones abdominales… -Meneó la cabeza ante tamaño desastre-. Lo golpearon tan fuerte en el pecho que la parte posterior del corazón sufrió lesiones por el contacto con la columna vertebral.
–¿Estás segura de que esto sucedió anoche?
–Al menos en las últimas doce horas.
–¿Murió en la habitación?
–Sin lugar a dudas.
El cadáver de Donner se había descompuesto a causa de los jugos intestinales que manaron de la herida abierta en uno de los costados. Los ácidos estomacales habían abierto agujeros en la lana de la moqueta.
Cuando Sara y Carlos intentaron mover el cadáver, se encontraron con que estaba pegado al suelo. Para llevárselo, tuvieron que cortar los vaqueros y la parte de la alfombra a la que estaban pegados.
–¿De qué murió, pues? – preguntó Jeffrey.
–Tienes dónde elegir -contestó ella-. Una dislocación de la articulación atlantooccipital pudo haber seccionado la espina dorsal. Tal vez sufrió un hematoma subdural provocado por una aceleración rotatoria de la cabeza. –
Iba enumerando las posibilidades con los dedos de la mano-. Arritmia cardíaca, aorta seccionada, asfixia traumática, hemorragia pulmonar… -
Dejó de enumerar-. O tal vez fue el simple shock. Demasiado dolor, demasiados traumatismos, y el cuerpo sencillamente se viene abajo.
–¿Crees que Lena tiene razón en lo de las nudilleras?
–Encaja -concedió Sara-. Nunca he visto marcas como éstas. La anchura coincide, y eso explicaría cómo alguien pudo hacer algo así con los puños.
Los daños externos son mínimos, sólo los causados por la fuerza del metal contra la piel, pero internamente… -Señaló la masa de vísceras destrozadas extraídas del cadáver-. Esto es ni más ni menos lo que esperaría encontrar.
–Vaya una manera de morir.
–¿Has encontrado algo en la habitación? – preguntó ella.
–Sólo las huellas dactilares de Donner y la casera -contestó él, y tras pasar las páginas de su bloc de notas, leyó-: Un par de bolsas, probablemente de heroína, y agujas escondidas en el relleno de la parte inferior del sofá. Unos cien dólares en efectivo guardados en la base de una lámpara. Un par de revistas porno en el armario.
–Nada del otro mundo -dijo ella, al tiempo que se preguntaba cuándo había dejado de sorprenderle la cantidad de pornografía que consumían los hombres. Había llegado al extremo de desconfiar de cualquier hombre que no tuviera algún tipo de material pornográfico.
–Tenía pistola, una nueve milímetros.
–¿Estaba en libertad condicional? – preguntó Sara, sabiendo que la tenencia de armas lo habría enviado derecho a la cárcel otra vez antes de tener tiempo siquiera para dar una explicación.
Jeffrey no le dio importancia.
–Yo también tendría una pistola si viviera en ese barrio.
–¿Y no había ninguna señal de Rebecca Bennett?
–No, ni de ninguna otra chica. Como ya he dicho, sólo encontramos dos juegos de huellas dactilares en la habitación.
–Eso por sí mismo ya es sospechoso.
–Exacto.
–¿Has encontrado la cartera? – Tras cortarle los pantalones, Sara se había fijado en que Donner tenía los bolsillos vacíos.
–Hemos encontrado monedas y el tique de un supermercado por la compra de unos cereales detrás de la cómoda -dijo Jeffrey-. Pero no la cartera.
–Lo más probable es que cuando llegó a su casa, se vaciara los bolsillos, saliera al cuarto de baño y, al volver a su habitación, fuera agredido.
–Pero ¿por quién? – preguntó Jeffrey, más para sí que para Sara-. Un camello al que engañó, quizás. Un amigo que sabía que tenía las bolsitas, pero no dónde las guardaba. Un ladrón del barrio que buscaba dinero en efectivo.
–Es bastante lógico pensar que un camarero tiene dinero en efectivo.
–No le pegaron para sonsacarle información -dijo Jeffrey.
Sara coincidió. El autor del crimen no se había detenido a media paliza para preguntarle a Chip Donner dónde escondía sus objetos de valor.
Jeffrey estaba visiblemente frustrado.
–Podría ser alguien relacionado con Abigail Bennett. Po dría ser alguien que no la conocía. Ni siquiera sabemos si existía relación entre ambos.
–No parecía haber señales de lucha -comentó Sara-. Y la habitación estaba bastante revuelta.
–No tanto -discrepó Jeffrey-. Si esa persona buscaba algo, no se esmeró mucho.
–Un yonqui no es capaz de actuar con tal concentración. Nadie así de colgado podría coordinar lo suficiente para atacar de ese modo a alguien.
–¿Ni siquiera con fenciclidina?
–No había pensado en eso -reconoció Sara.
La fenciclidina era una droga volátil y daba al consumidor una fuerza extraordinaria, así como alucinaciones muy vividas. Cuando Sara trabajaba
en el hospital Grady de Atlanta, una noche había ingresado en urgencias un paciente que había roto la soldadura de la barandilla de metal de la cama a la que estaba esposado y había amenazado a un miembro del personal con ella.
–Es posible -concedió ella.
–A lo mejor el asesino desordenó la habitación para que pareciera un robo.
–En ese caso habría sido alguien que fue allí concretamente para matarlo.
–No entiendo por qué no tiene heridas de haberse defendido -comentó Jeffrey-. ¿Crees que Donner se quedó quieto sin hacer nada?
–Tiene una fractura transversal en el maxilar, una LeFort III. Sólo las había visto en los libros de texto.
–Por favor, háblame más claro.
–Le han desprendido la carne de la cara a golpes -explicó-. Si tuviera que adivinar qué sucedió, diría que alguien lo cogió totalmente por sorpresa, le dio un puñetazo en la cara y lo dejó sin sentido.
–¿Un puñetazo?
–Es un hombre pequeño -señaló ella-. Es posible que el primer golpe fuera el que le partió la espina dorsal. La cabeza dio una sacudida y se acabó.
–Tenía sujeta la cuerda de la ropa -le recordó él-, enrollada en la mano.
–Pudo haberse cogido al caer en un acto reflejo -replicó ella-. Pero a estas alturas es imposible saber qué lesión es anterior o posterior a la muerte.
Creo que lo que descubriremos es que el asesino sabía dar una paliza, y lo hizo rápida y metódicamente, y luego se largó.
–Tal vez Chip conocía a su agresor.
–Sí, es posible. ¿Qué hay de su vecino de la habitación de al lado?
–Tiene unos noventa años y está sordo como una tapia -respondió Jeffrey-.
De hecho, por el olor en la habitación, creo que ese viejo ni siquiera sale para ir al cuarto de baño.
Sara pensó que seguramente lo mismo podía decirse de todos los ocupantes de la casa. Tras pasar media hora en la habitación de Donner, se sentía muy sucia.
–¿Estuvo alguien más en la casa anoche?
–La casera estaba en el piso de abajo, pero miraba la televisión con el volumen muy alto. Hay otros dos hombres que viven allí, pero tienen coartada.
–¿Seguro?
–Los detuvieron por embriaguez y alteración del orden público una hora antes de la agresión. Durmieron la mona a expensas de tus impuestos en los calabozos del condado de Grant.
–Me alegro de poder devolver algo a la comunidad. – Sara se quitó los guantes.
–¿Puedes coserlo tú? – pidió Sara a Carlos, que, como siempre, había permanecido allí en silencio.
–Sí, claro -contestó él, y se dirigió al armario a buscar el material necesario.
Sara se quitó las gafas y la máscara, agradeciendo la sensación de aire fresco. Se quitó la bata y la lanzó a la bolsa de la ropa sucia de camino a su despacho.
Jeffrey, detrás de ella, la imitó y dijo:
–Supongo que ya es tarde para ir a la iglesia con Tessa esta noche.
Sara consultó el reloj mientras se sentaba.
–En realidad, no. Tengo tiempo para irme corriendo a casa y ducharme.
–No quiero que vayas -dijo él, apoyándose en la mesa-. Esa gente me da muy mala espina.
–¿Has descubierto alguna relación entre la iglesia y Donner?
–¿Cuentan las sospechas infundadas?
–¿Crees que pudo ser alguien en particular?
–Cole Connolly estuvo en la cárcel. Él sabría dar una paliza a alguien.
–Creía que habías dicho que era un viejo.
–Está en mejor forma que yo -contestó Jeffrey-. Pero no mintió sobre el tiempo que cumplió en prisión. Sus antecedentes son bastante antiguos, pero revelan que pasó veintidós años en la cárcel de Atlanta. El robo del coche a los diecisiete años debió de suceder en los años cincuenta. Ni siquiera constaba en el ordenador, pero él lo mencionó de todos modos.
–Pero ¿por qué iba a matar a Chip? ¿O, ya puestos, a Abby? ¿Y qué relación tiene con el cianuro? ¿De dónde lo sacó?
–Si yo pudiera contestar a esas preguntas, probablemente ni siquiera estaríamos aquí -reconoció-. ¿Qué era lo que necesitabas ver con tus propios ojos?
Sara se acordó de lo que había dicho antes por teléfono y deseó darse una patada por haberlo mencionado siquiera.
–Es una bobada.
–¿Qué clase de bobada?
Sara se levantó y cerró la puerta, a pesar de que Carlos debía de ser la persona más discreta que había conocido.
Volvió a sentarse y entrelazó las manos ante ella sobre el escritorio.
–Sólo es una tontería que se me ha ocurrido.
–A ti nunca se te ocurren tonterías.
Sara pensó en corregirlo, pensando que el ejemplo más reciente era el riesgo que había corrido un par de noches atrás. En lugar de eso, dijo:
–Ahora mismo no quiero hablar del tema.
Jeffrey, con la mirada fija en la pared del fondo, chasqueó la lengua y Sara se dio cuenta de que estaba molesto.
–Jeff. – Tomó su mano entre las suyas-. Te prometo que te lo contaré,
¿vale? Después de esta noche, te explicaré por qué necesito hacerlo, y los dos nos reiremos de ello.
–¿Sigues enfadada conmigo por haber dormido en el sofá?
Sara negó con la cabeza, sin entender por qué él insistía en eso. Le había dolido encontrarlo en el sofá, pero no se había enfadado. Era evidente que no era tan buena actriz como ella creía.
–¿Por qué habría de enfadarme por eso?
–Es que no entiendo por qué estás tan empeñada en tratar con esa gente.
Teniendo en cuenta la manera en que mataron a Abigail Bennett y que ha desaparecido otra chica relacionada con el caso, creo que lo mejor que
podrías hacer es mantener a Tessa alejada de ellos.
–Ahora mismo no puedo explicártelo -dijo ella-. No tiene nada que ver contigo ni con él. – Señaló la sala de exploración-. Ni con este caso, ni con una conversión religiosa por mi parte. Te lo prometo. Lo juro.
–No me gusta quedar excluido de tu vida así.
–Ya lo sé -repuso ella-. Y sé que no es justo. Pero necesito que confíes en mí, ¿de acuerdo? Sólo te pido que me des un poco de espacio. – Quiso añadir que quería el mismo espacio que ella le había concedido la noche anterior, pero prefirió no volver a sacar el tema-. Confía en mí.
Jeffrey miró las manos que sostenían la suya.
–Me estás poniendo muy nervioso, Sara. Esa gente podría ser peligrosa.
–¿Vas a prohibirme ir? – dijo, medio en broma-. No veo un anillo en mi dedo, señor Tolliver.
–De hecho… -dijo él, mientras abría el cajón del escritorio de Sara.
Ella siempre se quitaba las joyas y las dejaba en su despacho antes de las intervenciones. El anillo de la Universidad de Auburn de él estaba junto a un par de pendientes de diamantes que le había regalado para Navidad el año anterior. Cogió el anillo y ella tendió la mano para que él se lo pusiera en el dedo. Sara pensó que él volvería a pedirle que no fuera, pero en lugar de eso, dijo:
–Ten cuidado.
Cuando aparcó frente a la casa de sus padres, Sara se sorprendió al ver a su primo Hare apoyado en su Jaguar descapotable y engalanado como un modelo de una revista de automóviles.
–Hola, Zanahoria -saludó Hare antes de que ella cerrara la puerta de su coche.
Sara echó un vistazo al reloj. Llegaba a recoger a Tessa con cinco minutos de retraso.
–¿Qué haces aquí?
–Tengo una cita con Bella -contestó él, quitándose las gafas de sol mientras se acercaba a ella-. ¿Por qué está la puerta de la casa cerrada con llave?
Sara se encogió de hombros.
–¿Dónde están mis padres?
Él se dio unas palmadas en los bolsillos como si los buscara. Sara quería mucho a su primo, lo quería de verdad, pero a veces le entraban ganas de estrangularlo por aquella tendencia suya a tomarlo todo a broma.
Dirigió una rápida mirada hacia el apartamento encima del garaje.
–¿Está Tessa?
–Si está, se ha puesto su traje invisible -contestó Hare.
A la vez que volvía a ponerse las gafas, se apoyó en el coche de Sara.
Llevaba un pantalón blanco, y Sara por un momento lamentó que su padre le hubiera lavado el coche.
–Tenemos que ir a un sitio.
Para evitar las burlas, no le dijo adonde. Volvió a consultar el reloj, pensando que le concedería a Tessa diez minutos y luego se marcharía a casa. No le hacía especial ilusión ir a la iglesia, y cuanto más pensaba en las sospechas de Jeffrey, más se inclinaba a pensar que no era buena idea.
–¿No vas a decirme lo guapo que estoy? – preguntó Hare con una caída de ojos.
Sara no pudo menos que alzar la mirada al cielo. Lo que más detestaba de Hare era que no contento con hacer el payaso, siempre se las ingeniaba para sacar lo que había de infantil en los demás.
–Si tú me lo dices a mí, yo te lo diré a ti. Pero tú primero -insistió él.
Sara se había arreglado para ir a la iglesia, pero no iba a picar el anzuelo.
–He hablado con Jeffrey -dijo ella, cruzándose de brazos.
–¿Ya os habéis casado?
–Sabes que no.
–No olvides que quiero ser la dama de honor, ¿eh?
–Hare…
–Ya te he contado el chiste, ¿no? ¿El de la vaca que conseguía leche gratis?
–Las vacas no beben leche -replicó Sara-. ¿Por qué no me dijiste que Jeffrey podía haber contraído el virus?
–Cuando acabé la carrera tuve que hacer cierto juramento… -dijo él-. Algo que rima con estep-o-mático.
–Hare…
–Super-mático…
–Hare. – Sara dejó escapar un suspiro.
–¡Hipocrático! – exclamó, chasqueando los dedos-. Yo no entendía por qué
teníamos que estar allí con nuestras togas comiendo canapés, pero ya sabes que no pierdo ocasión de ponerme un vestidito.
–¿Desde cuándo tienes escrúpulos de conciencia?
–Los perdí a eso de los trece años. – Le guiñó un ojo-. ¿Te acuerdas de cómo intentabas cogérmelos cuando nos bañábamos juntos?
–A los trece, no; por entonces tú y yo no teníamos más de dos años -le recordó ella, y bajó la mirada con expresión de desprecio-. Y cuando me acuerdo, me viene a la cabeza la expresión «una aguja en un pajar».
Hare ahogó una protesta y se llevó una mano a la boca.
–¡Hola! – saludó Tessa. Venía por la calle, con la tía Bella-. Siento llegar tarde.
–No importa -dijo Sara, aliviada y decepcionada a la vez.
Tessa dio un beso a Hare en la mejilla.
–¡Qué elegante! – elogió Tessa.
–Gracias -contestaron Sara y Hare al unísono.
–Subamos a casa -dijo Bella-. Hare, ve a buscarme una Coca-Cola, por favor. – Se metió la mano en el bolsillo y sacó una llave-. Y de paso coge mi chal, que está en el respaldo de mi silla.
–A sus órdenes -contestó él, y se encaminó hacia la casa.
–Llegamos tarde. Tal vez deberíamos… -insinuó Sara a Tessa.
–Dame un minuto para cambiarme -dijo Tessa, y salió disparada hacia la escalera de su apartamento sin dar tiempo a Sara a emprender una elegante retirada.
Bella rodeó a Sara por los hombros con el brazo.
–Se te ve agotada.
–Esperaba que Tessa se diera cuenta.
–Es probable que lo haya visto, pero le hace tanta ilusión que la acompañes que no lo considera un obstáculo para no ir. – Cogiéndose a la barandilla, Bella se sentó en la escalinata.
Sara tomó asiento a su lado y dijo:
–No entiendo por qué quiere que vaya.
–Esto es una novedad para ella -explicó Bella-. Quiere compartirlo.
Acodándose en el peldaño, Sara se reclinó y lamentó que Tessa no hubiera encontrado algo más interesante que compartir. En el cine del pueblo ponían un ciclo de Hitchcock, por ejemplo. O si no, podían aprender a bordar.
–Bella -preguntó Sara-. ¿Por qué has venido?
Bella, sentada al lado de su sobrina, se echó hacia atrás.
–Hice el ridículo por amor.
De haberlo dicho otra persona, Sara se habría reído, pero sabía que su tía Bella era especialmente sensible cuando se trataba de su vida amorosa.
–Él tenía cincuenta y dos años -explicó-. ¡Habría podido ser mi hijo!
Sara enarcó las cejas ante semejante escándalo.
–Me dejó por una buscona de cuarenta y uno -prosiguió Bella con tristeza-.
Una pelirroja. – La expresión de Sara debió de reflejar cierta solidaridad, porque Bella añadió-: No como tú. – Se apresuró a aclarar-: En su caso, no era natural. – Se quedó mirando la calle con nostalgia-. Pero era todo un hombre. Encantador. Guapísimo.
–Siento que lo hayas perdido.
–Lo peor es que me arrastré a sus pies -confesó-. Una cosa es que te dejen, y otra pedir una segunda oportunidad después de recibir una bofetada.
–No irás a decirme que él te ha…
–Cielos, no -respondió ella, y se echó a reír-. Que Dios se apiade del pobre desgraciado que se atreva a levantarle la mano a tu tía Bella.
Sara sonrió.
–Pero deberías tomar buena nota -advirtió la anciana-. Llega un momento en que uno no acepta más el rechazo.
Sara se mordió el labio inferior, ya un poco harta de que la gente le aconsejara que se casase con Jeffrey.
–A mi edad -prosiguió Bella-, no te preocupas de las mismas cosas que cuando eres joven y libre.
–¿Y qué te preocupa ahora?
–La compañía, la posibilidad de hablar de literatura y teatro y temas de actualidad. Tener a alguien que te entienda, que ha pasado por lo mismo que tú y ha sabido sacarle provecho.
Sara percibió la tristeza de su tía, pero no sabía cómo consolarla.
–Lo siento, Bella.
–Bueno -dijo, y le dio unas palmadas en la pierna-. No sufras por tu tía Bella. He pasado por cosas peores, eso te lo aseguro. Me han zarandeado como si fuera un estuche de lápices usados -guiñó un ojo-, pero he mantenido el tipo. – Bella apretó los labios y examinó a Sara como si la viera por primera vez-. ¿Qué te pasa, cariño?
Sara sabía que habría sido inútil mentir.
–¿Dónde está mamá?
–En una reunión de la Liga de Mujeres Votantes -contestó Bella-. Y no sé por dónde andará tu padre. Estará en el Waffle House hablando de política con los otros viejos.
Sara respiró hondo y se lanzó, pensando que ése era un momento tan bueno como cualquier otro.
–¿Puedo hacerte una pregunta?
–Adelante.
Sara se volvió hacia ella y bajó la voz por si Tessa tenía las ventanas abiertas o Hare se acercaba sigilosamente.
–El otro día dijiste que papá había perdonado a mamá cuando ella lo engañó.
Bella la miró con cautela.
–Eso es asunto de ellos.
–Lo sé -coincidió Sara-. Sólo que… -Decidió ir al grano-. Fue Thomas Ward, ¿no? Se interesó por Thomas Ward.
Bella tardó un tiempo antes de asentir con la cabeza. Para sorpresa de Sara, añadió:
–Era el mejor amigo de tu padre desde la escuela.
Sara no recordaba haber oído a Eddie mencionar nunca su nombre, aunque, dadas las circunstancias, pensó que era comprensible.
–Perdió a su mejor amigo por culpa de eso. Creo que le dolió tanto como la posibilidad de perder a tu madre.
–Thomas Ward está al frente de la iglesia con la que Tessa está tan ilusionada.
De nuevo Bella asintió.
–Lo sé.
–El caso es que… -Sara empezó a decir, sin saber muy bien cómo plantearlo-. Tiene un hijo.
–Creo que tiene un par. Y varias hijas.
–Tessa dice que se parece a mí.
Bella enarcó las cejas.
–¿Qué insinúas?
–Me da miedo decirlo.
Por encima de ellas se abrió y cerró la puerta de Tessa y se oyeron sus pasos al bajar a toda prisa por la escalera. Sara casi podía percibir su nerviosismo.
–Querida -explicó Bella, apoyando la mano en la rodilla de Sara-, el simple hecho de estar en el gallinero no te convierte en gallina.
–Bella…
–¿Lista? – preguntó Tessa.
–Pasadlo bien -dijo Bella, dando a Sara un apretón en el hombro cuando ésta se levantó-. Dejaré la luz encendida.
La iglesia no era lo que Sara se esperaba. Situada en los lindes de la granja, recordaba a las ilustraciones de las antiguas iglesias sureñas que Sara había visto de niña en los libros de cuentos. En lugar de las estructuras enormes y recargadas de Heartsdale en Main Street, con aquellas vidrieras que daban color al centro del pueblo, la Iglesia por el Bien Mayor era poco más que una casa de madera, con la fachada blanca y la puerta muy parecida a la de la casa de Sara. No le habría sorprendido que el interior estuviera aún iluminado con velas.
Pero por dentro era muy distinta. Una alfombra roja cubría el largo pasillo central, flanqueado por bancos de madera de estilo Shaker. La madera estaba impoluta, y Sara vio las señales de la talla a mano en las volutas que adornaban los respaldos. Varias arañas de gran tamaño colgaban del techo.
El púlpito, impresionante, era de caoba, y el crucifijo detrás de la zona bautismal parecía traído del monte Sinaí. Aun así, Sara había visto iglesias más recargadas y con mayor exhibición de esplendor. El diseño austero de la sala tenía algo reconfortante, como si el arquitecto hubiera querido asegurarse de que la atención se centraba no en el propio edificio, sino en lo que sucedía en su interior.
Tessa cogió a Sara de la mano cuando entraron en la iglesia.
–Es bonita, ¿verdad?
Sara asintió.
–No sabes cuánto me alegro de que hayas venido.
–Espero no decepcionarte.
Tessa le apretó la mano.
–¿Cómo ibas a decepcionarme? – preguntó, conduciendo a Sara hacia la puerta de detrás del púlpito. Luego explicó-: Primero vamos al salón de la hermandad, y después vendremos aquí para el oficio.
Tessa abrió la puerta y entraron en una gran sala iluminada. En el centro se extendía una mesa muy larga con suficientes sillas para cincuenta personas.
Había candelabros con las velas encendidas y las llamas parpadeaban suavemente. Varias personas estaban sentadas a la mesa, pero la mayoría se hallaba de pie en torno al fuego que ardía al fondo de la sala. Bajo una hilera de ventanales había una mesa de juego con una cafetera y los famosos bollos de miel que Tessa había mencionado.
Al arreglarse para esa noche, Sara había hecho la gran concesión de ponerse medias, pues mientras elegía la ropa recordó una vieja advertencia de su madre sobre la relación entre las piernas desnudas en la iglesia y el fuego del infierno. Cuando vio a los presentes, se dio cuenta de que habría podido ahorrarse la molestia. La mayoría iba en vaqueros. Unas pocas mujeres llevaban falda, pero hechas a mano, como el vestido que le había visto a Abigail Bennett.
–Ven, que te presentaré a Thomas -propuso Tessa, arrastrándola hacia la cabecera de la mesa donde vio a un anciano en una silla de ruedas entre dos mujeres.
–Thomas -dijo Tessa, agachándose y poniendo la mano sobre la de él-. Ésta es mi hermana, Sara.
Tenía un lado del rostro paralizado, los labios ligeramente separados, pero cuando alzó la vista hacia Sara, le brillaron los ojos de satisfacción. Movió la boca con visible esfuerzo al hablar, y Sara no entendió ni una palabra de lo que decía.
–Dice que tienes los ojos de tu madre -tradujo una de las mujeres.
Sara no veía el menor parecido entre ella y su madre, pero sonrió cortésmente.
–¿Conoce a mi madre?
Thomas le devolvió la sonrisa y la mujer dijo:
–Cathy vino precisamente ayer y trajo un pastel de chocolate delicioso. –
Dándole unas palmadas en la mano al anciano como si fuera un niño, añadió-: ¿Verdad, papá?
–Ah -dijo Sara, incapaz de hablar.
Si Tessa se sorprendió, lo disimuló bien.
–Ahí está Lev -anunció-. Ahora vuelvo.
Sara, manteniendo las manos cruzadas, se preguntó qué demonios hacía allí.
–Soy Mary -se presentó la primera mujer que le había hablado-, y ésta es mi hermana Esther.
–Señora Bennett -dijo Sara, dirigiéndose a Esther-, la acompaño en el sentimiento.
–Usted encontró a nuestra Abby -respondió la mujer, cayendo en la cuenta.
No miraba a Sara, sino por encima de su hombro. Al cabo de unos segundos, fijó la vista en ella-. Gracias por atenderla.
–Siento no haber podido hacer nada más.
A Esther le temblaba el labio inferior. Aunque no se parecían en nada, aquella mujer le recordaba a su propia madre. Poseía la serenidad de Cathy, la calma resuelta propia de la espiritualidad incondicional.
–Su marido y usted han sido muy amables -dijo Esther.
–Jeffrey hace cuanto puede -aseguró Sara, sabiendo que no debía mencionar a Rebecca ni el encuentro en la cafetería.
–Gracias -interrumpió un hombre alto y bien vestido. Se había acercado a Sara sin que ella se diera cuenta-. Soy Paul Ward -dijo a Sara; habría adivinado que era abogado aunque Jeffrey no se lo hubiese dicho-. Soy el tío de Abby; mejor dicho, uno de los tíos.
–Encantada -dijo Sara, pensando que aquel hombre no pegaba allí ni con cola. Ella entendía poco de modas, pero era evidente que el traje que llevaba debía de haberle costado un dineral. Le quedaba como un guante.
–Cole Connolly -se presentó el hombre que lo acompañaba.
Era mucho más bajo que Paul y debía de tener unos treinta años más, pero rebosaba energía. Viéndolo, Sara recordó el rasgo que su madre siempre describía como «estar imbuido del espíritu del Señor». También recordó lo que había dicho Jeffrey sobre él. Connolly parecía bastante inofensivo, pero Jeffrey rara vez se equivocaba con la gente.
–¿Te importaría ir a ver cómo está Rachel? – preguntó Paul a Esther.
La mujer pareció vacilar, pero accedió. Antes de irse, dijo a Sara:
–Gracias una vez más, doctora.
–Mi esposa, Lesley, no ha podido venir esta noche -le explicó Paul a Sara, sin venir a cuento-. Se ha quedado en casa con uno de los niños.
–Espero que no esté enfermo.
–Lo de siempre -dijo él-. Seguro que ya sabe cómo son esas cosas.
–Sí -contestó ella, preguntándose por qué sentía la necesidad de estar en guardia en presencia de ese hombre.
A todos los efectos, parecía el diácono de la iglesia -y probablemente lo era-, pero a Sara no le gustó la familiaridad de su trato, como si supiera algo de ella sólo por el hecho de conocer su profesión.
–¿Usted es la médico forense del condado? – preguntó Paul, sin andarse con rodeos.
–Sí.
–El oficio por Abby es mañana. – Bajó la voz-. Está pendiente lo del certificado de defunción.
Aunque sorprendida de que se lo pidiera de una manera tan directa, contestó:
–Puedo enviar copias a la funeraria mañana.
–Es en la de Brock -dijo él, refiriéndose a la funeraria de Grant-. Se lo agradecería.
Connolly, incómodo, se aclaró la garganta. Mary susurró «Paul», y señaló a su padre. Era obvio que sus palabras habían perturbado al anciano. Se había removido en la silla, volviendo la cabeza a un lado. Sara no pudo ver si tenía lágrimas en los ojos.
–Sólo quería resolver un pequeño asunto pendiente -explicó Paul, y enseguida cambió de tema-. Sabe, doctora Linton, la he votado varias veces.
El cargo de médico forense era electo, aunque en su caso no resultaba muy halagador, teniendo en cuenta que Sara había sido la única candidata en los últimos doce años.
–¿Vive usted en el condado de Grant? – preguntó ella.
–Antes vivía allí mi padre -contestó él, apoyando la mano en el hombro del
viejo-. A orillas del pantano.
Sara sintió un nudo en la garganta. Cerca de la casa de sus padres.
–Mi familia se mudó hace varios años -dijo Paul-. Nunca me he molestado en borrarme del censo.
–Pues creo que Ken tampoco -intervino Mary. Y dirigiéndose a Sara-: Ken es el marido de Rachel. Anda por aquí. – Señaló a un hombre orondo parecido a Papá Noel que hablaba con un grupo de adolescentes-. Ahí está.
–Ah -respondió Sara, sin saber qué decir.
El grupo de adolescentes a su alrededor se componía en su mayoría de chicas, todas vestidas igual que Abby, todas de aproximadamente la misma edad que ésta. Echó un vistazo al resto de la sala y pensó que había muchas mujeres jóvenes. Eludió la mirada de Connolly, pero era muy consciente de su presencia. Parecía un hombre normal, pero ¿qué aspecto podría tener un hombre capaz de enterrar y envenenar a una muchacha, o tal vez a varias?
Tampoco podía esperarse que tuviera cuernos y colmillos.
Thomas dijo algo, y Sara se obligó a atender otra vez la conversación.
–Dice que él también la votó -tradujo Mary-. Dios mío, papá, no me puedo creer que ninguno de vosotros no se haya borrado del censo. Seguro que eso es ilegal. Cole, tiene que insistirles para que lo hagan.
–Yo estoy empadronado en Catoogah -dijo Connolly con tono de disculpa.
–¿Y tú también sigues empadronado en Grant, Lev? – preguntó Mary.
Sara se volvió y chocó con un hombre alto que llevaba a un niño en brazos.
–Huy -dijo Lev, cogiéndola por el codo.
Era muy alto, pero tenía los ojos verdes y el cabello rojo como ella.
–Usted es Lev -alcanzó a decir.
–Culpable -contestó él, y sonrió, enseñando unos dientes blancos perfectos.
Aunque Sara no solía ser vengativa, quiso borrarle esa sonrisa de los labios.
Eligió probablemente la peor manera de hacerlo.
–Siento lo de su sobrina.
La sonrisa desapareció en el acto.
–Gracias. – Se le humedecieron los ojos, sonrió a su hijo y enterró sus emociones con la misma velocidad con que habían asomado-. Esta noche estamos aquí para celebrar la vida. Estamos aquí para alzar nuestras voces y mostrar nuestra alegría al Señor.
–Amén -dijo Mary, y, para mayor énfasis, dio unas palmadas en el brazo de la silla de ruedas de su padre.
–Éste es mi hijo, Zeke -dijo Lev.
Sara sonrió al pequeño y pensó que Tessa tenía razón: era el niño más adorable que había visto. Aunque menudo para sus cinco años, sus manos y sus pies indicaban que estaba a punto de dar un estirón.
–Encantada de conocerte, Zeke.
Bajo la atenta mirada de su padre, el niño tendió la mano para que Sara se la estrechara. Al cogerle los deditos, sintió una sintonía inmediata.
Lev le frotó la espalda y, con una expresión de manifiestafelicidad, dijo:
–Es mi mayor orgullo y alegría.
Sara asintió. Zeke bostezó con la boca tan abierta queenseñó hasta las
amígdalas.
–¿Tienes sueño? – preguntó Sara.
–Sí.
–Está agotado -lo disculpó Lev. Dejó a Zeke en el suelo y dijo-: Vete a buscar a tu tía Esther y dile que estás listo para irte a la cama.
Lev le dio un beso en la cabeza y luego una palmada en el trasero para que se pusiera en marcha.
–Estos últimos dos días han sido muy duros para todos nosotros -explicó a Sara.
Ella percibió su dolor, pero en realidad no sabía si estaba fingiendo, consciente de que luego ella se lo contaría todo a Jeffrey.
–Nos consolamos pensando que está en un lugar mejor -dijo Mary.
Lev frunció el entrecejo como si no la hubiera entendido, pero enseguida se recuperó y dijo:
–Sí, sí, así es.
Por la reacción de Lev, Sara se dio cuenta de que las palabras de su hermana lo habían cogido desprevenido. Se preguntó si antes Lev se refería a Rebecca en lugar de Abby, pero no podía preguntárselo sin delatar a Esther.
Sara vio a Tessa en el otro extremo de la sala. Quitaba el envoltorio a un bollo de miel mientras hablaba con un joven que vestía sobriamente y llevaba el pelo recogido en una cola de caballo. Tessa vio que Sara la miraba y, tras disculparse, se acercó. Alborotó el pelo a Zeke cuando éste pasó a su lado. Sara nunca se había alegrado tanto de ver a su hermana hasta que abrió la boca.
–Os parecéis más vosotros dos que nosotras -dijo, señalando a Sara y Lev.
Los dos se echaron a reír, y Sara hizo cuanto pudo por imitarlos. Tanto Lev como Paul eran más altos que ella, mientras que Mary y Esther se acercaban al metro ochenta que medía Sara. Por una vez, Tessa era la que quedaba fuera de lugar por su baja estatura. Sara pocas veces se había sentido tan incómoda.
–Te acuerdas de mí, ¿verdad? Y perdona que te tutee.
Sara miró alrededor, avergonzada de no acordarse de un chico al que había conocido hacía más de treinta años.
–Lo siento, pero no.
–De catequesis -aclaró él-. Papá, ¿cómo se llamaba aquella mujer? ¿Señora Dugdale? – Thomas asintió, y una sonrisa se dibujó en el lado derecho de su cara-. No parabas de hacer preguntas -dijo Lev a Sara-. Yo quería taparte la boca con celo porque nos daban zumo al acabar de leer la Biblia y tú levantabas la mano una y otra vez para preguntar de todo.
–Eso me suena de algo -comentó Tessa.
Estaba comiendo un bollo de miel y se comportaba con absoluta despreocupación, como si su madre no hubiese tenido una aventura con el hombre sentado en una silla de ruedas a su lado, el hombre que había engendrado un hijo casi idéntico a Sara.
–Había un libro ilustrado con un dibujo de Adán y Eva -contó Lev a su padre-, y ella preguntó: «Señora Dugdale, si Dios creó a Adán y Eva, ¿por qué tienen ombligo?».
Thomas soltó una carcajada inconfundible, y su hijo lo imitó. Sara debía de estar acostumbrándose a la manera de hablar de Thomas, porque lo entendió perfectamente cuando dijo:
–Es una buena pregunta.
–No sé por qué no te contestó simplemente que era una interpretación artística, no una imagen real -dijo Lev.
Aunque Sara apenas guardaba memoria de la señora Dugdale, salvo su constante alegría, sí recordó su respuesta.
–Contestó que había que tener fe, creo.
–Vaya -dijo Lev pensativo-, detecto el desprecio por la religión del científico.
–Lo siento -se disculpó Sara.
Sin duda no había ido allí para insultar a nadie.
–«La religión sin ciencia está ciega» -citó Lev.
–Te olvidas de la primera parte -le recordó ella-. Einstein también dijo que la ciencia sin religión está coja.
Lev enarcó las cejas.
Incapaz de dejar pasar una ocasión para exhibir sus conocimientos, Sara añadió:
–También dijo que deberíamos buscar lo que es, y no lo que creemos que debería ser.
–Toda teoría es una idea no demostrada -apuntó Lev.
Thomas volvió a reír, obviamente disfrutando con la conversación. Sara se avergonzó, como si le hubieran reprochado sus alardes.
Lev la incitó a seguir.
–Es una dicotomía interesante, ¿no te parece?
–No lo sé -murmuró Sara.
No estaba dispuesta a entablar una discusión filosófica con aquel hombre delante de su propia familia en la sala de la iglesia que probablemente había construido su padre con sus propias manos. Sara también era consciente de que no quería complicarle la vida a Tessa.
Lev no pareció darse cuenta.
–¿Qué fue primero, el huevo o la gallina? – preguntó Lev-. ¿Dios creó al hombre o el hombre creó a Dios?
Procurando no dejarse arrastrar, Sara decidió decir lo que creía que él quería oír.
–La religión desempeña un papel importante en la sociedad.
–Eso sí -coincidió él, y ella no supo si le tomaba el pelo o si pretendía provocarla; en cualquier caso, se sintió molesta.
–La religión ofrece un vínculo común. Crea grupos, familias, que forman sociedades con los mismos valores y objetivos. Estas sociedades tienden a prosperar más que los grupos sin una influencia religiosa. Transmiten ese imperativo a sus hijos, y los hijos a los suyos, y así sucesivamente.
–El gen de Dios -apuntó Lev.
–Supongo -concedió ella, lamentando de pronto haberse dejado arrastrar así.
De pronto intervino Connolly, más enfadado de lo que Sara habría supuesto.
–Joven, o está usted a la diestra del Señor o no lo está -dijo él con tal tono
que Sara se puso roja como un tomate.
–Yo sólo…
–Es usted fiel o infiel -insistió Connolly. Cogió una Biblia de encima de la mesa y alzó la voz-. Me compadezco de los infieles, porque heredan una eternidad en los abismos en llamas del infierno.
–Amén -murmuró Mary.
Pero Sara no apartó la mirada de Connolly. De pronto, se había convertido en el hombre contra el que Jeffrey la había prevenido. Intentó aplacarlo.
–Lo siento si…
–Vamos, Cole-interrumpió Lev en tono jocoso, como si Connolly fuera un tigre sin dientes-. Hablábamos por hablar.
–Con la religión no se juega -replicó Connolly, con las venas del cuello hinchadas-. ¡Usted, joven, no debe jugar con las vidas de los demás!
Estamos hablando de la salvación. ¡De la vida y la muerte!
–Cole, tranquilo -dijo Tessa para suavizar la tensión.
Aunque Sara sabía cuidar muy bien de sí misma, se alegró de recibir el apoyo de su hermana, sobre todo porque no tenía ni idea de hasta dónde podía llegar Connolly.
–Es una invitada, Cole -dijo Lev, y si bien sus palabras eran cordiales, contenían un tono que, sin ser exactamente amenazador, reafirmaba su autoridad-. Una invitada que tiene tanto derecho como tú a expresar sus opiniones.
Thomas Ward dijo algo, pero Sara sólo lo entendió en parte. Dedujo que aludía a que Dios bendecía al hombre con libertad para elegir.
Saltaba a la vista que Connolly contenía su indignación cuando respondió:
–Tengo que ir a ver si Rachel necesita ayuda.
Se alejó furioso, con los puños cerrados a los lados. Sara se fijó en sus amplios hombros y la espalda musculosa. Pensó que, pese a su edad, Cole Connolly podía dar una paliza a la mitad de los hombres de aquella sala sin pestañear.
Lev lo observó irse. Aunque Sara no conocía al predicador y no sabía si lo sucedido le había divertido o molestado, pareció sincero cuando dijo:
–Lo siento.
–¿Y eso a qué venía? – preguntó Tessa-. Nunca lo he visto tan alterado.
–Abby ha supuesto una gran pérdida para nosotros -contestó Lev-. Cada uno se enfrenta al dolor a su manera.
Sara tardó un momento en recuperar la voz.
–Siento haberlo molestado.
–No tienes que disculparte -dijo Lev, y Thomas, desde su silla, emitió un murmullo de aprobación-. Cole es de otra generación. La introspección no es su fuerte. – Sonrió abiertamente-. «La vejez debería arder y soñar al acabar el día…»
–«Rabia, rabia contra la luz desfalleciente» -concluyó Tessa.
Sara no supo qué la sorprendió más, si el estallido de ira de Connolly o que Tessa citara a Dylan Thomas. Vio que su hermana tenía un brillo en la mirada y por fin entendió su repentina conversión religiosa.
Se había encaprichado del pastor.
–Lamento que te haya molestado -dijo Lev a Sara.
–No estoy molesta -mintió Sara, intentando adoptar un tono convincente.
Sin embargo, a Lev parecía preocuparle que su invitada se sintiera insultada.
–El problema con la religión -dijo Lev- es que siempre llegas a un punto en que no hay respuestas a las preguntas.
–La fe -apuntó Sara sin pensar.
–Sí. – Lev sonrió, y ella no supo si estaba o no de acuerdo con ella-. La fe.
– Enarcó una ceja mirando a su padre-. La fe es una proposición engañosa.
El enfado de Sara debía de ser evidente, porque Paul dijo:
–Hermano, en vista de cómo tratas a las mujeres, no me extraña que no te hayas vuelto a casar.
Thomas se echó a reír otra vez y un hilo de saliva le resbaló por la barbilla.
Mary se apresuró a limpiárselo. El viejo habló, esta vez con visible esfuerzo, porque lo que quería decir no era breve, y Sara no entendió una sola palabra.
En lugar de traducir, Mary lo reprendió:
–Papá.
–Dice que si fueras un palmo más baja y estuvieras un poco más enfadada, serías la viva imagen de tu madre -dijo Lev a Sara.
Tessa se rió con él.
–Es agradable que digan esas cosas de otros para variar -y dirigiéndose a Thomas-: La gente siempre dice que yo me parezco a mi madre y Sara al
lechero.
Aunque Sara no podría asegurarlo, creyó percibir cierta reserva en la sonrisa de Thomas.
–Por desgracia, yo lo único que he heredado de mi padre es su terquedad -
dijo Lev.
La familia se rió de buena gana.
Lev echó un vistazo al reloj.
–Empezamos dentro de unos minutos. Sara, ¿te importaría acompañarme?
–Claro que no -contestó ella, esperando que él no continuara con la conversación.
Lev le abrió la puerta del presbiterio y la cerró suavemente después de entrar. Dejó la mano en el pomo como para asegurarse de que nadie los seguía.
–Siento haberte apretado las tuercas así -dijo Lev.
–No me has molestado -replicó ella.
–Echo de menos las discusiones teológicas con mi padre -explicó-. Como has visto, le cuesta hablar, y yo sólo… Bueno, es posible que me haya dejado llevar un poco. Quiero disculparme.
–No estoy ofendida -dijo ella.
–A veces puede ser un poco difícil tratar con Cole -prosiguió él-. Lo ve todo en blanco y negro.
–Ya me he dado cuenta.
–El problema es que hay determinada clase de personas… -Lev sonrió enseñando los dientes-. Pasé por la universidad unos años. Psicología. –
Casi parecía avergonzarse-. Hay cierta tendencia entre la gente culta a pensar que todo creyente es estúpido o se engaña.
–En ningún momento he pretendido dar esa impresión.
Él captó la indirecta, y lanzó una a su vez.
–Tengo entendido que Cathy es muy religiosa.
–Lo es -contestó Sara. Sin embargo, no quería que ese hombre pensara siquiera en su madre, y menos aún que mencionara su nombre-. Es una de las personas más inteligentes que conozco.
–Mi madre murió cuando era un niño. Nunca tuve el placer de conocerla profundamente.
–Lo siento -dijo Sara.
Lev la miró fijamente y asintió como si hubiera tomado una decisión. Si no hubiesen estado en una iglesia y él no hubiese llevado un crucifijo prendido en la solapa, Sara habría jurado que aquel hombre coqueteaba con ella.
–Tu marido es un hombre muy afortunado -dijo él.
En lugar de corregirlo, Sara contestó:
–Gracias.
Cuando Sara llegó a su casa, Jeffrey leía Andersonville en la cama. Se alegró tanto de encontrarlo allí que por un momento pensó que le fallaría la voz si intentaba hablar.
Jeffrey cerró el libro, señalando la página con el dedo.
–¿Cómo ha ido?
Ella se encogió de hombros mientras se desabrochaba la blusa.
–Tessa estaba contenta.
–Me alegro -dijo él-. Necesita estar contenta.
Sara se bajó la cremallera de la falda. Había dejado las medias en el suelo del coche, donde se las había quitado de camino a casa.
–¿Has visto la luna? – preguntó él, y Sara tuvo que pensar un momento antes de saber a qué se refería.
–Ah. – Miró por las ventanas de la habitación, donde el pantano reflejaba la luna llena con toda nitidez-. Magnífica.
–Seguimos sin saber nada de Rebecca Bennett.
–Esta noche he hablado con su madre -comentó Sara-. Está muy preocupada.
–Yo también.
–¿Crees que corre peligro?
–Creo que no dormiré tranquilo hasta que sepa dónde está.
–¿No se ha encontrado nada en la batida del bosque?
–Nada -corroboró él-. Y Frank tampoco ha averiguado nada en las joyerías.
Y todavía no hemos recibido los resultados del laboratorio sobre los grupos sanguíneos en la segunda caja.
–Ron habrá estado muy ocupado -dijo ella, extrañada de que el patólogo no
hubiera cumplido su promesa-. Deben de tener mucho trabajo o algo así.
Jeffrey la observó.
–¿Ha sucedido algo esta noche?
–¿Te refieres a algo en particular? – preguntó ella.
Se acordó del enfrentamiento con Cole Connolly, pero seguía molesta por la discusión. No sabía muy bien cómo explicarle a Jeffrey lo que sentía, y cuanto más lo pensaba, más sospechaba que la interpretación de Lev acerca de su conducta podía ser acertada. También se avergonzaba un poco de su propio comportamiento y no estaba del todo segura de si no había provocado ella al viejo.
–Paul, el hermano, me ha pedido una copia del certificado de defunción de Abby -contó a Jeffrey.
–Qué raro -comentó Jeffrey-. Me pregunto por qué.
–¿No habrá un testamento o un fideicomiso? – Sara se desabrochó el sujetador mientras entraba en el cuarto de baño.
–Es abogado -dijo Jeffrey-. Seguro que hay algún embrollo legal de por medio. ¿Algo más?
–He conocido al hijo de Lev -dijo, sin saber muy bien por qué se lo contaba.
El niño tenía las pestañas más largas y bonitas que Sara había visto, y al recordar la manera en que había bostezado, con el abandono que sólo puede mostrar un niño, se le abrió un espacio en el corazón que había intentado cerrar hacía mucho tiempo.
–¿Zeke? – preguntó Jeffrey-. Es un niño encantador.
–Sí -coincidió ella, buscando en el cubo de la ropa sucia una camiseta lo
bastante limpia para dormir.
–¿Y qué más ha sucedido?
–Me he dejado arrastrar a una discusión teológica con Lev.
Sara encontró una camiseta de Jeffrey y se la puso. Cuando se enderezó, vio el cepillo de dientes de él en el cubilete junto al suyo. La espuma de afeitar y la maquinilla estaban colocadas una al lado de la otra, y su desodorante junto al de ella en la estantería.
–¿Y quién ha ganado? – preguntó él.
–Nadie -consiguió contestar, mientras ponía en el cepillo la pasta de dientes.
Se lavó los dientes con los ojos cerrados. Estaba rendida.
–¿No te habrán convencido para que te bautices?
–No, son todos muy amables -respondió, demasiado cansada para reírse-.
Entiendo por qué a Tessa le gusta ir allí.
–¿No han exhibido serpientes ni hablado en lenguas desconocidas?
–Han cantado un himno y hablado de las buenas obras. – Se enjuagó la boca y dejó el cepillo en el cubilete-. Son mucho más divertidos que los de la iglesia de mi madre, eso te lo aseguro.
–¿Ah, sí?
–Aja -contestó ella, mientras se metía en la cama y se deleitaba con el contacto de las sábanas limpias.
El hecho de que Jeffrey se encargara de la colada era razón suficiente para disculpar casi todos, si no todos, sus defectos.
Él se tumbó de costado, apoyándose en un codo.
–¿Divertidos en qué sentido?
–No hablan del fuego del infierno, como diría Bella. – De pronto se acordó y le preguntó-. ¿Les dijiste que soy tu mujer?
Jeffrey tuvo el detalle de aparentar bochorno.
–Es posible que se me escapara.
Sara le dio un amago de puñetazo en el pecho y él fingió desplomarse como si le hubiera pegado de verdad.
–Están muy unidos -señaló ella.
–¿La familia?
–No les he notado nada especialmente raro. Mejor dicho, no son más raros que mi propia familia, y tú no digas nada, señor Tolliver, porque te recuerdo que conozco a tu madre.
Jeffrey aceptó la derrota con un leve gesto de asentimiento.
–¿Estaba Mary?
–Sí.
–Es la otra hermana. Lev no fue a la comisaría con el pretexto de que ella estaba enferma.
–Pues a mí no me ha parecido enferma -dijo Sara-. Pero tampoco la he explorado.
–¿Y los demás?
Sara reflexionó un momento.
–Rachel no ha estado mucho tiempo. Y a ese Paul le gusta controlar.
–A Lev también.
–Ha dicho que mi marido era un hombre afortunado. -Sonrió, sabiendo que eso le molestaría.
Jeffrey tensó la mandíbula.
–No me digas.
Sara se rió y apoyó la cabeza en su pecho.
–Le he dicho que la afortunada era yo por tener un marido tan honrado -dijo
«marido» con el acento típico sureño.
Sara puso la mano sobre el vello del pecho porque le hacía cosquillas en la nariz. Jeffrey acarició con el dedo su anillo de la universidad, que ella todavía llevaba puesto. Sara cerró los ojos, esperando que él dijera algo, que repitiera la pregunta que le había estado haciendo en los últimos seis meses, pero en lugar de eso, quiso saber:
–¿Qué necesitabas ver con tus propios ojos esta noche?
A sabiendas de que no podía seguir posponiendo lo inevitable, Sara contestó:
–Mi madre tuvo una aventura.
Jeffrey tensó el cuerpo.
–¿Tu madre? ¿Cathy? – preguntó, tan incrédulo como Sara en un primer momento.
–Me lo contó hace unos años -explicó Sara-. Dijo que no fue una relación sexual, pero ella se marchó de casa y dejó a mi padre.
–No parece propio de ella.
–No puedo contárselo a nadie.
–No lo diré -dijo-. Además, ¿quién iba a creerme?
Sara volvió a cerrar los ojos, deseando que su madre no se lo hubiera contado nunca. En ese momento Cathy pretendía demostrar que Sara podía resolver las cosas con Jeffrey si de verdad lo deseaba, pero ahora esa información le resultaba tan ingrata como una discusión teológica con Cole Connolly.
–Fue con el fundador de esa iglesia, Thomas Ward.
Jeffrey esperó un momento.
–¿Y?
–Y no sé qué pasó, pero obviamente mis padres se reconciliaron. – Alzó la vista hacia Jeffrey-. Me dijo que volvieron porque ella se quedó embarazada de mí.
Él tardó un momento en contestar.
–Ésa no es la única razón por la que volvió con él.
–Los niños cambian las cosas -dijo Sara, acercándose al tema de su propia infertilidad como nunca se había atrevido antes-. Un niño es un lazo entre dos personas. Te ata para siempre.
–Y también el amor -apuntó él, apoyando la mano en la mejilla de ella-. Te ata el amor. Las experiencias. Compartir tu vida. Ver envejecer al otro.
Sara volvió a apoyar la cabeza.
–Sólo sé que tu madre quiere a tu padre -prosiguió Jeffrey, como si no hubieran estado hablando de sí mismos.
Sara se armó de valor.
–Dijiste que Lev tenía el mismo pelo y los mismos ojos que yo.
Jeffrey contuvo la respiración al menos veinte segundos.
–Joder -exclamó, incrédulo-. ¿No pensarás que…? – Se interrumpió-. Sé que lo dije en broma, pero…
Ni siquiera él podía pronunciar las palabras en voz alta.
Sara, con la cabeza aún apoyada en el pecho de él, alzó la vista hacia su barbilla. Jeffrey se había afeitado, probablemente en previsión de algún tipo de celebración esa noche tras conocer la buena noticia sobre sus análisis de sangre.
–¿Estás cansado? – preguntó ella.
–¿Y tú?
Sara se enroscó el vello en los dedos.
–Podría dejarme convencer.
–¿Hasta qué punto?
Sara se tumbó de espaldas y lo arrastró consigo.
–¿Por qué no lo compruebas tú mismo?
Aceptando su propuesta, Jeffrey la besó lenta y suavemente.
–Estoy tan contenta -dijo ella.
–Pues yo me alegro de que lo estés.
–No. – Apoyó las manos en la cara de él-. Estoy contenta porque no te has contagiado.
Jeffrey volvió a besarla, con calma, jugueteando con sus labios. Sara empezó a relajarse cuando él se apretó contra ella. A ella le encantaba sentir el peso de su cuerpo encima, la manera en que él sabía dónde tocarla. Si hacer el amor era un arte, Jeffrey era un maestro, y mientras le recorría el cuello con los labios, ella volvió la cabeza, con los ojos entornados, disfrutando de la sensación, hasta que vio de soslayo un destello fuera de lo normal al otro lado del pantano.
Sara aguzó la mirada, pensando que tal vez era el efecto de la luna reflejada en el agua o cualquier otra cosa.
–¿Qué pasa? – preguntó Jeffrey, dándose cuenta de que ella tenía la cabeza en otra parte.
–Chist -dijo ella, mirando hacia el pantano. Volvió a ver el destello, y apartando a Jeffrey, dijo-: Levántate.
–¿Por qué? – preguntó él.
–¿Siguen batiendo el bosque?
–De noche no -contestó-. ¿Qué…?
Sara se levantó de la cama y apagó la luz de la mesilla de noche. Sus ojos tardaron un momento en adaptarse a la oscuridad, y extendiendo los brazos, se acercó a tientas a la ventana.
–He visto algo -dijo-. Ven.
Jeffrey se levantó y, tras detenerse junto a ella, escrutó el pantano.
–No veo… -Calló.
Otra vez el destello. Sin duda era una luz. Había alguien al otro lado del pantano con una linterna. Exactamente donde habían encontrado a Abby.
–Rebecca.
Jeffrey se movió como si hubiera oído un disparo. Antes de que Sara encontrara su ropa, ya se había puesto los vaqueros. Sara oyó sus pasos sobre la pinaza del jardín trasero mientras se ponía las zapatillas de deporte y salía tras él.
La luna llena iluminaba el sendero que bordeaba el pantano, y Sara corría a la misma velocidad que Jeffrey, varios metros por detrás. Él no se había puesto la camisa, y Sara sabía que iba descalzo porque ella llevaba sus zapatillas. Se le había salido el talón de la derecha, y Sara se obligó a detenerse unos segundos para calzársela bien. Perdió un tiempo precioso, y luego echó a correr todavía más deprisa, sintiendo el corazón en la garganta.
Recorría la misma ruta casi todas las mañanas, pero ahora se le antojó que tardaba una eternidad en llegar al otro lado del pantano.
Jeffrey era un velocista mientras que a Sara se le daban mejor las carreras de fondo. Cuando por fin pasó por delante de la casa de sus padres, recobró la energía y en pocos minutos lo alcanzó. Los dos aflojaron el paso al acercarse al bosque y se detuvieron cuando el haz de una linterna atravesó el sendero ante ellos.
Jeffrey obligó a Sara a agacharse a la vez que él. Respiraban al unísono, y Sara temió que los delatara el ruido.
Vieron que la luz de la linterna avanzaba en dirección al bosque, aproximándose cada vez más al sitio donde Jeffrey y Sara habían encontrado a Abigail sólo tres días antes. De pronto Sara sintió un momento
de pánico. Quizás el asesino volvía después para recuperar los cadáveres.
Quizás había una tercera caja que no habían encontrado en las batidas y el secuestrador había regresado para llevar a cabo otra parte del ritual.
–Quédate aquí -le susurró Jeffrey al oído.
Se alejó agachado antes de que ella pudiera detenerlo. Sara se acordó de que iba descalzo, y se preguntó si era consciente de lo que hacía. Tenía la pistola en la casa. Nadie sabía que estaban allí.
Sara lo siguió, manteniéndose a cierta distancia, procurando por todos los medios no pisar algo que hiciera ruido. Más adelante vio que la luz de la linterna se había detenido y apuntaba hacia el suelo, probablemente el agujero vacío donde había yacido Abby.
Un grito agudo reverberó en el bosque y Sara se quedó petrificada.
Siguió una risa -más bien un cacareo-, que la asustó más que el grito.
–No se mueva de donde está -ordenó Jeffrey con voz firme e imperiosa a la persona que sostenía la linterna. La chica volvió a gritar. La luz de la linterna se levantó, y Jeffrey dijo-: Aparte eso de mi cara.
La otra persona obedeció, y Sara dio un paso más hacia delante.
–¿Qué coño hacéis aquí? – preguntó Jeffrey.
Sara ya los veía: una pareja de adolescentes de pie frente a Jeffrey. Aunque llevaba sólo unos vaqueros, Jeffrey ofrecía un aspecto amenazador.
La chica volvió a gritar en el momento en que Sara, sin querer, pisó una rama.
–Por Dios, ¿sabéis que ha pasado aquí? – preguntó Jeffrey entre dientes, todavía sin resuello por la carrera.
El chico tenía unos quince años y estaba casi tan asustado como la muchacha a su lado.
–Yo… yo sólo quería enseñarle… -Se le quebró la voz, aunque estaba más que abochornado-. Sólo pretendíamos divertirnos.
–¿Esto te parece divertido? – gruñó Jeffrey-. Aquí murió una mujer. La enterraron viva.
La chica rompió a llorar. Sara la reconoció de inmediato. Lloraba prácticamente cada vez que iba a la consulta, tanto si le ponían una inyección como si no.
–¿Liddy? – preguntó Sara.
La chica se sobresaltó, pese a haber visto a Sara allí pocos segundos antes.
–¿Doctora Linton?
–Tranquila, no pasa nada.
–Sí pasa -replicó Jeffrey.
–Les estás dando un susto de muerte -dijo Sara a Jeffrey, y luego preguntó a los chicos-: ¿Qué hacéis aquí a estas horas?
–Roger quería enseñarme… enseñarme… el lugar… -lloriqueó-. ¡Lo siento!
–Yo también lo siento -intervino Roger-. Ha sido una tontería. Lo siento -
ahora hablaba más deprisa, ya que probablemente se había dado cuenta de que Sara podía sacarlos del apuro-. Lo siento, doctora Linton. No queríamos hacer nada malo. Sólo estábamos…
–Es tarde -interrumpió Sara, reprimiendo el deseo de estrangularlos. Tenía flato debido a la carrera y sintió el aire frío-. Ahora debéis volver los dos a vuestras casas.
–Sí, doctora -contestó Roger; cogió a Liddy por el brazo y prácticamente la arrastró por el sendero hacia la calle.
–Niñatos estúpidos -farfulló Jeffrey.
–¿Estás bien?
Jeffrey se sentó en una roca, masculló una maldición, respirando todavía con dificultad.
–Me he cortado en el pie.
Sara se acercó a él, también sin resuello.
–¿Es que te has empeñado en no pasar ni un solo día de estasemana sin hacerte daño?
–Eso parece -contestó él-. Joder, qué susto me han dado.
–Al menos no era…
Sara no acabó la frase. Los dos sabían cuál era la alternativa.
–Tengo que averiguar quién la mató -dijo Jeffrey-. Se lo debo a su madre.
Tiene que saber por qué sucedió.
Sara miró hacia el otro lado del pantano, intentando localizar su casa, la casa de los dos. Al salir al jardín, habían tropezado con los focos y los habían derribado, y mientras Sara miraba la casa, se apagaron.
–¿Cómo tienes el pie?
–Me duele… -Dejó escapar un profundo suspiro-. Dios mío, me estoy cayendo a pedazos.
Sara le frotó la espalda.
–Estás bien.
–La rodilla, el hombro, la mano… -Levantó la pierna-. Y ahora el pie.
–Te olvidas del ojo -le recordó ella, rodeándole la cintura con el brazo e intentando consolarlo.
–Me estoy haciendo viejo.
–Podrían pasarte cosas peores -señaló ella, aunque, por su silencio, se dio cuenta de que Jeffrey no estaba de humor para bromas.
–Este caso puede conmigo.
Siempre se implicaba a fondo en los casos; ésa era una de las muchas cosas que a Sara le encantaban de él.
–Lo sé -dijo ella, y reconoció-: Me sentiría mucho mejor si supiéramos dónde está Rebecca.
–Hay algo que se me escapa -dijo él. Le cogió la mano-. Seguro que hay algo que se me escapa.
Sara contempló el pantano, los destellos de la luna reflejados en las olas que lamían la orilla. ¿Sería eso lo último que vio Abby antes de que la enterraran viva? ¿Sería eso lo último que vio Rebecca?
–Tengo que contarte una cosa.
–¿Algo más sobre tus padres?
–No -contestó ella, y se habría dado una patada por no habérselo dicho antes-. Tiene que ver con Cole Connolly. Seguro que no es nada, pero…