Perseguidas

Karin Slaughter · Capítulo 6 de 18

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Perseguidas

Capítulo 6

–¿Por qué?

–¿Te apetece ir al Pink Kitty?

–¿El bar de las camareras con las tetas al aire a pie de carretera?

–El bar de striptease -la corrigió, como si él se hubiera ofendido.

Sosteniendo el volante con una mano, hurgó en su bolsillo y sacó un librito de cerillas. Se lo dio y ella reconoció el logo del Pink Kitty en la tapa. El bar tenía un enorme cartel fosforescente que se veía a kilómetros de distancia.

–Dime -continuó mientras cogía la autopista-, ¿por qué una veinteañera ingenua se llevó unas cerillas de un bar de striptease y se las metió por el culo a su animal de peluche preferido?

Por eso había mostrado tanto interés en el Snoopy de peluche de la cama de Abby. La muchacha había escondido las cerillas allí.

–Buena pregunta -respondió ella, levantando la tapa: todas las cerillas seguían intactas.

–Te recogeré a las diez y media.

Capítulo 6

Cuando Tessa abrió la puerta de la calle, Sara estaba tumbada en el sofá con un paño húmedo en la cara.

–¿Sara? – gritó Tessa-. ¿Estás en casa?

–Aquí -contestó Sara desde debajo del paño.

–Vaya -exclamó Tessa. Sara adivinó su presencia cerca delextremo del sofá-. ¿Y ahora qué ha hecho Jeffrey?

–¿Por qué le echas la culpa a Jeffrey?

Antes de responder, Tessa apagó el reproductor de CD en medio de una canción.

–Tú sólo escuchas a Dolly Parton cuando estás enfadada con él.

Sara se deslizó el paño hacia la frente para ver a su hermana. Tessa estaba leyendo la carátula del CD.

–Es una recopilación de antiguos éxitos.

–¿Te has saltado la sexta canción? – preguntó Tessa mientras dejaba la caja encima de las que había apilado Sara cuando buscaba algo para escuchar-.

Dios mío, se te ve fatal.

–Me siento fatal -reconoció Sara.

Presenciar la autopsia de Abigail Bennett había sido una de las experiencias más difíciles que había vivido Sara desde hacía mucho tiempo. La muchacha no había tenido una muerte dulce. Sus órganos se habían ido apagando uno por uno, hasta que sólo quedó el cerebro. Abby se había dado cuenta de lo que sucedía, había sentido su muerte segundo a segundo, hasta el doloroso final.

Sara se había angustiado tanto que incluso había llamado a Jeffrey por el móvil. En lugar de dejarla desahogarse, Jeffrey la había interrogado acerca de la autopsia. Y tenía tanta prisa por colgar que ni siquiera le había dicho

adiós.

–Esto ya está mejor -dijo Tessa cuando oyó el suave susurro de Steely Dan por los altavoces.

Sara miró por las ventanas, sorprendida de que ya se hubiera puesto el sol.

–¿Qué hora es?

–Casi las siete -contestó su hermana, bajando el volumen del equipo de música-. Mamá os envía algo.

Al incorporarse, Sara suspiró y dejó caer el trapo. Vio una bolsa de papel marrón a los pies de Tessa.

–¿Qué es?

–Carne asada y pastel de chocolate.

Sara oyó rugir su estómago y sintió hambre por primera vez aquel día.

Como obedeciendo a una señal, aparecieron los dos perros. Sara había rescatado a los galgos varios años antes y, a cambio del favor, amenazaban con comerse hasta la casa.

–¡Fuera! – ordenó Tessa a Bob, el más alto de los dos, cuando olisqueó la bolsa. A continuación le tocó a Billy, pero ella lo ahuyentó al tiempo que le preguntaba a Sara-: ¿Es que nunca les das de comer?

–A veces.

Tessa cogió la bolsa y la puso en la encimera de la cocina, al lado de la botella de vino que había abierto Sara nada más llegar a casa. Sin molestarse siquiera en cambiarse, Sara se había servido el vino, había bebido un buen trago y había mojado un trapo antes de caer desplomada en el sofá.

–¿Te ha traído papá? – preguntó Sara, extrañada al darse cuenta de que no había oído un coche.

Tessa no podía conducir mientras tomaba su medicación contra los ataques, norma que parecía destinada a ser infringida.

–He venido en bicicleta -contestó, mirando la botella de vino mientras Sara se servía otra copa-. Mataría por un poco de eso.

Sara abrió la boca y volvió a cerrarla. Tessa no podía beber alcohol por su tratamiento, pero al fin y al cabo era una mujer adulta, y ella no era su madre.

–Ya lo sé -dijo Tessa, interpretando la expresiónde Sara-. Pero eso no quita que no pueda desear algo, ¿no? – Abrió el bolso y sacó una pila de cartas-.

Te traigo esto. ¿Es que no abres nunca tu buzón? Tenías miles de catálogos.

Sara vio una mancha marrón en uno de los sobres y lo olfateó con recelo.

Con alivio, advirtió que era el jugo de la carne.

–Lo siento -se disculpó Tessa. Sacó un plato de papel tapado con papel de aluminio y se lo dio a Sara-. Supongo que se ha derramado un poco.

–¡Ah, qué bueno! – Sara casi gimió cuando retiró el papel de aluminio.

Cathy Linton hacía un pastel de chocolate de ensueño, con una receta que se remontaba a tres generaciones de Earnshaws atrás-. Esto es demasiado -

dijo Sara, comprobando que había más que suficiente para dos personas.

–Toma -dijo Tessa, sacando otras dos fiambreras del bolso-. Se supone que tienes que compartirlo con Jeffrey.

–Ah. – Sara cogió un tenedor del cajón antes de sentarse en el taburete junto a la isla de la cocina.

–¿No te vas a comer la carne? – preguntó Tessa.

Sara se llevó un trozo de pastel a la boca y lo acompañó de un sorbo de vino.

–Mamá siempre decía que cuando pudiera pagarme un techo podría cenar lo que quisiera.

–Ojalá pudiera pagarme yo mi propio techo -dijo Tessa entre dientes, y cogió un poco de chocolate del plato de Sara con el dedo-. Estoy harta de no hacer nada.

–Sigues trabajando.

–Sí, ya, soy la pinche de papá.

Sara comió otro trozo de tarta.

–La depresión es uno de los efectos secundarios de tu medicación.

–Permíteme añadir eso a la lista.

–¿Tienes más problemas?

Tessa se encogió de hombros y retiró las migas dela encimera con las manos.

–Echo de menos a Devon -contestó, refiriéndose a su ex, el padre de su hijo muerto-. Echo de menos tener a un hombre a mi lado.

Sara picoteó el pastel, lamentando por enésima vez no haber matado a Devon Lockwood cuando tuvo ocasión.

–En fin -dijo Tessa, cambiando repentinamente de tema-. Cuéntame qué ha hecho Jeffrey esta vez.

Sara gimió y volvió a concentrarse en su pastel.

–Cuéntamelo.

Al cabo de unos segundos, Sara cedió.

–Es posible que tenga hepatitis.

–¿Cuál?

–Buena pregunta.

Tessa frunció el entrecejo.

–¿Tiene algún síntoma?

–¿Aparte de estupidez profunda y negación aguda? – preguntó Sara-. No.

–¿Y cómo pudo haberla cogido?

–¿Y tú qué crees?

–Ah, ya. – Tessa acercó un taburete a Sara y se sentó-. Pero eso sucedió hace mucho tiempo, ¿no?

–¿Y eso qué importa? – dijo, y enseguida rectificó-: Bueno, sí que importa.

Es de antes. De esa única vez.

Tessa apretó los labios. Nunca había escondido su convicción de que Jeffrey se había acostado con Jolene más de una vez. Sara pensó que iba a repetir su teoría, pero en lugar de eso Tessa preguntó:

–¿Y qué estáis haciendo al respecto?

–Discutir -reconoció Sara-. Es que no puedo parar de pensar en ella. En lo que él hizo con ella. – Cogió otro trozo de pastel y, tras masticar despacio, se obligó a tragar-. Él no sólo… -Sara buscó una palabra que resumiera su indignación-. No sólo se la folló. La cortejó. La llamaba por teléfono. Se

reía con ella. A lo mejor le envió flores.

Se quedó mirando el chocolate en el borde del plato. ¿Le habría untado los muslos de chocolate para lamerlo después? ¿Cuántos momentos íntimos habían compartido antes de ese último día? ¿Cuántos hubo después?

Todo lo que Jeffrey había hecho para que Sara se sintiera especial, para que pensara que él era el hombre con quien deseaba compartir el resto de su vida, había sido una táctica empleada sin más con otra mujer. Incluso cabía la posibilidad de que la hubiera empleado con más de otra mujer. Jeffrey tenía un historial sexual que daría que pensar a Hugh Hefner. ¿Cómo podía ser que un hombre tan atento fuera a la vez el cabrón que la había hecho sentirse como un perro apaleado? ¿Acaso era una nueva estrategia que Jeffrey se había inventado para recuperarla? ¿Y la emplearía con otra en cuanto ella hubiera picado?

Lo malo era que Sara sabía muy bien cómo se las había ingeniado Jo para seducirlo. Tuvo que ser un juego para Jeffrey, un reto. Jolene tenía mucha más experiencia que Sara en esas lides. Seguro que se había hecho de rogar, empleando la dosis justa de coqueteo y provocación hasta que picó el anzuelo, y recogiendo luego el sedal lentamente como si pescara un pez.

Sin duda en su primera cita no había acabado con los pies apoyados en el borde del fregadero de la cocina mientras se retorcía de éxtasis en el suelo y se mordía la lengua para no pronunciar su nombre a gritos.

–¿Por qué le sonríes al fregadero? – preguntó Tessa.

Sara meneó la cabeza y bebió un sorbo de vino.

–No lo soporto, no soporto todo esto. Y Jimmy Powell vuelve a estar enfermo.

–¿El niño con leucemia?

Sara asintió con la cabeza.

–No pinta bien. Mañana tengo que ir a verlo al hospital.

–¿Y qué tal en Macon?

Sin querer, Sara volvió a ver la imagen de la chica en la mesa, el cuerpo abierto en canal, el médico hundiendo la mano en el vientre para extraer el feto. Otra criatura perdida. Otra familia deshecha. Sara no sabía cuántas veces más podría presenciar algo así sin venirse abajo.

–¿Sara? – preguntó Tessa.

–Fue tan horrible como me temía.

Sara recogió con el dedo lo que quedaba de salsa de chocolate. Sin darse cuenta, se había comido todo el pastel.

Tessa se acercó a la nevera, sacó una tarrina de helado y volvió al tema inicial.

–Tienes que dejarlo estar, Sara. Jeffrey hizo lo que hizo, y eso nada lo cambiará. O vuelve a tu vida o no, pero no puedes hacerlo ir y venir continuamente. – Destapó el helado-. ¿Quieres un poco?

–No debería -contestó Sara, tendiendo el plato.

–Yo siempre he sido la que engañaba, no la engañada -señaló Tessa, y sacó dos cucharas del cajón, que cerró con la cadera-. Devon simplemente se marchó. No me engañó. Al menos no creo que me engañara. – Sirvió varias cucharadas de helado Blue Bell en el plato de Sara-. O a lo mejor sí lo hizo.

Sara puso la otra mano debajo del plato de papel para que no se doblara por el peso.

–No lo creo.

–No -coincidió Tessa-. Apenas tenía tiempo para mí, y menos para otra

mujer. ¿Te conté la vez que se quedó dormido en medio de un polvo? – Sara asintió-. Dios mío, ¿cómo puede alguien seguir interesado en su pareja después de cincuenta años?

Sara se encogió de hombros. No era precisamente una experta.

–Pero ¡qué bien se lo montaba en la cama cuando estaba despierto! – Tessa suspiró y se llevó la cuchara a la boca-. Eso es algo que debes tener en cuenta con Jeffrey. Nunca subestimes el valor de la química sexual. – Sirvió más helado en el plato de Sara-. Devon se aburría conmigo.

–No seas tonta.

–Es verdad -insistió-. Se aburría. Ya no quería hacer nada conmigo.

–¿Como qué? ¿Salir?

–Pues… por ejemplo, la única manera de conseguir que practicara el sexo oral conmigo era poniéndome un televisor encima del estómago y sujetando el mando a distancia con mi…

–¡Tess!

Se rió al tiempo que se llevaba una gran cucharada de helado a la boca. Sara se acordó de la última vez que habían comido helado juntas. El día de la agresión a Tessa, fueron al Dairy Queen a tomar batidos. Dos horas después Tessa estaba tirada en el suelo con la cabeza abierta y su hijo muerto dentro de ella.

Tessa apoyó las manos en la encimera y cerró los ojos apretando los párpados. Sara, asustada, se levantó de un salto, pero Tessa explicó:

–Es el dolor de cabeza de tomar cosas frías.

–Voy por un vaso de agua.

–No hace falta. – Acercó la cabeza al grifo de la cocina y bebió un trago.

Tras secarse la boca, preguntó-: Uf, ¿por qué sucederá?

–El trigémino en el…

Tessa la interrumpió con la mirada.

–No es necesario que respondas a todas las preguntas, Sara.

Sara se lo tomó como un reproche y bajó la vista hacia el plato.

Tessa se llevó a la boca una cucharada menos generosa de helado antes de volver al tema de Devon.

–Es que lo echo de menos.

–Lo sé, cariño.

No había nada más que decir al respecto. En opinión de Sara, al final Devon había demostrado qué clase de persona era, escabulléndose cuando las cosas se pusieron feas. Era una suerte que su hermana se hubiera librado de él, aunque comprendía que a Tessa le costara entenderlo. En cuanto a Sara, la única vez que se había cruzado con Devon en el pueblo, había cambiado de acera para no tener que pasar a su lado. Iba con Jeffrey, y casi le había arrancado el brazo para impedirle que se acercara a hablar con Devon.

Sin venir a cuento, Tessa dijo:

–No pienso volver a tener relaciones sexuales nunca más.

Sara soltó una carcajada.

–Lo digo en serio.

–¿Por qué?

–¿Tienes Cheetos?

Sara fue al armario a por una bolsa. Preguntó con cautela:

–¿Es por esa iglesia nueva a la que vas?

–No. – Tessa cogió la bolsa-. Bueno, tal vez. – Abrió la bolsa con los dientes-. Es que lo que he estado haciendo hasta ahora no me ha servido de nada, así de sencillo. Sería una tonta si siguiera haciéndolo.

–¿Qué no te ha servido de nada?

Tessa meneó la cabeza.

–Todo. – Ofreció Cheetos a Sara, pero ésta no sólo los rechazó, sino que además se bajó la cremallera de la falda para poder respirar.

–¿Alguien te ha dicho por qué ha venido Bella? – preguntó Tessa.

–Creía que tú lo sabías.

–No me cuentan nada. Cada vez que entro en la habitación donde están ellas, se callan. Soy como la tecla que quita el volumen de un televisor.

–Yo también -se dio cuenta Sara.

–¿Me harás un favor? – preguntó Tessa.

–Claro -contestó Sara, advirtiendo el cambio en el tono de voz de Tessa.

–Quiero que me acompañes a la iglesia el miércoles por la noche.

Sara se quedó boquiabierta mientras buscaba una excusa, sintiéndose como un pez que acabaran de sacar de su pecera.

–Ni siquiera es una ceremonia -dijo Tessa-. Es más bien una especie de

reunión de hermandad, donde la gente va a charlar. Incluso sirven bollos de miel.

–Tess…

–Ya sé que no quieres ir, pero yo quiero que vayas. – Tessa se encogió de hombros-. Hazlo por mí.

Cathy había empleado la misma táctica para hacer sentir culpables a sus dos hijas y obligarlas a asistir a los oficios de Pascua y Navidad durante los últimos veinte años.

–Tessie -empezó a decir Sara-. Ya sabes queyo no creo…

–Yo tampoco sé si creo -interrumpió Tessa-. Pero me hace bienir.

Sara se levantó para guardar la carne en la nevera.

–Conocí a Thomas en fisioterapia hace un par de meses.

–¿Quién es Thomas?

–Viene a ser el líder de la iglesia -explicó Tessa-. Sufrió una apoplejía hace un tiempo. Fue bastante grave. Aunque cuesta mucho entenderlo, tiene una capacidad especial para hablar sin decir una sola palabra.

El lavavajillas estaba lleno de platos limpios desde hacía varios días, y Sara empezó a vaciarlo sólo por hacer algo.

–Fue extraño -prosiguió Tessa-. Yo estaba haciendo esos ejercicios de psicomotricidad absurdos, poniendo las estacas en sus correspondientes agujeros, cuando tuve la sensación de que alguien me observaba, y al levantar la vista, vi a un viejo en silla de ruedas. Me saludó llamándome Cathy.

–¿Cathy? – repitió Sara.

–Sí, conoce a mamá.

–¿Y de qué la conoce? – preguntó Sara, segura de queconocía a todos los amigos de su madre.

–No lo sé.

–¿Se lo has preguntado a mamá?

–Lo intenté, pero estaba ocupada.

Sara cerró el lavavajillas y se apoyó en la encimera.

–¿Y después qué pasó?

–Me preguntó si quería ir a la iglesia. – Tessa calló un momento-. El hecho de estar allí en fisioterapia, de ver a toda esa gente que está tanto peor que yo… -Se encogió de hombros-. En fin, me ayudó a ver las cosas desde otro punto de vista, ¿sabes? Por ejemplo, para ver cómo he desperdiciado mi vida.

–No has desperdiciado tu vida.

–Tengo treinta y cuatro años y sigo viviendo con mis padres.

–Encima del garaje.

Tessa suspiró.

–Sólo pienso que lo que me pasó no debería ser en balde.

–No tendría que haber sucedido nunca.

–Yo estaba en la cama del hospital, compadeciéndome de mí misma, cabreada con el mundo por lo ocurrido. Y de pronto me di cuenta: había

sido una egoísta toda mi vida.

–No es verdad.

–Sí, es verdad. Tú misma lo has dicho.

Sara nunca se había sentido tan arrepentida de sus palabras.

–Estaba enfadada contigo, Tess.

–¿Sabes una cosa? Es como cuando alguien se emborracha y luego alega que no quiso decir algo, y tienes que disculparlo y olvidarlo porque lo dijo bebido -y explicó-: El alcohol disminuye las inhibiciones; no te hace soltar una mentira detrás de otra. Tú te enfadaste conmigo y dijiste lo que pensabas.

–No es verdad -aseguró Sara, pero incluso a ella le parecieron poco convincentes sus palabras.

–Estuve al borde de la muerte, ¿y para qué? ¿Qué he hecho con mi vida? –

Notó que tenía los puños cerrados. Cambió de tema una vez más-: Si te murieras, ¿qué lamentarías no haber hecho?

Aunque no lo dijo, lo primero que pensó Sara fue: «Tener un hijo».

Tessa le adivinó el pensamiento.

–Siempre podrías adoptar.

Sara se encogió de hombros. No pudo contestar.

–Nunca hablamos del tema. Ocurrió hace casi quince años y nunca hablamos de ello.

–Hay una razón -dijo Tessa.

–¿Cuál? – Sara no quiso seguir-. ¿Qué sentido tiene, Tessie? No cambiará nada. No existe una cura milagrosa.

–Con lo bien que se te dan los niños, Sara, serías una madre excelente.

Sara dijo de inmediato las dos palabras que más detestaba pronunciar:

–No puedo -y a continuación añadió-: Tessie, te lo ruego.

Tessa asintió con la cabeza, aunque Sara supo que sólo era una retirada provisional.

–Pues yo lo que lamentaría es no dejar una huella. No hacer algo para que el mundo sea mejor.

Sara cogió un pañuelo de papel para sonarse la nariz.

–Ya lo haces.

–Hay una razón para todo -insistió Tessa-. Ya sé que tú no lo crees. Sé que no crees en nada que no tenga una teoría científica que lo respalde o una biblioteca llena de libros sobre el tema, pero lo que yo necesito en mi vida es eso. He de pensar que las cosas pasan por alguna razón. He de pensar que saldrá algo bueno de perder a…

Se interrumpió, incapaz de pronunciar el nombre de la hija que había perdido. En el cementerio, entre la tumba de los padres de Cathy y la de un tío muy querido que había muerto en Corea, se alzaba una pequeña losa con el nombre de la niña. A Sara se le partía el corazón cada vez que pensaba en la tumba fría y las posibilidades malogradas.

–Tú conoces a su hijo.

Sara arrugó la frente.

–¿El hijo de quién?

–De Tom. Iba a tu clase. – Tessa se llevó a la boca un puñado de Cheetos antes de cerrar la bolsa. Siguió hablando mientras masticaba-. Es pelirrojo como tú.

–¿Iba a mi clase? – preguntó Sara, incrédula.

Los pelirrojos tendían a fijarse los unos en los otros, ya que destacan entre los demás como un perro verde. Sara sabía con certeza que había sido la única niña pelirroja durante sus años en la escuela primaria Cady Stanton.

Prueba de ello eran las cicatrices que tenía.

–¿Cómo se llama?

–Lev Ward.

–En Stanton no había ningún Lev Ward.

–Era en la clase de catequesis -aclaró Tessa-. Cuenta historias curiosas sobre ti.

–¿Sobre mí? – repitió Sara, muerta do curiosidad.

–Además -añadió Tessa, como si eso fuera un incentivo-, tiene un hijo de cinco años que es un encanto de criatura.

Sara advirtió la treta.

–Ya veo a niños adorables de cinco años en la consulta.

–Tú piénsatelo; no hace falta que me contestes ahora. – Tessa consultó la hora-. Debo volver antes de que oscurezca.

–¿Quieres que te lleve?

–No, gracias. – Tessa le dio un beso en la mejilla-. Ya nos veremos.

Sara le limpió a su hermana los restos de Cheetos de la cara.

–Ten cuidado.

Tessa hizo ademán de marcharse y de pronto se detuvo.

–No es sólo el sexo.

–¿Qué?

–Con Jeffrey -explicó-. No se trata sólo de química sexual. Cuando las cosas se ponen feas, al final salís fortalecidos. Es lo que os ha pasado siempre. – Tendió la mano para acariciar detrás de las orejas primero a Billy y después a Bob-. Cada vez que has recurrido a él, ha respondido. Muchos hombres habrían salido corriendo en dirección contraria.

Tessa dejó de acariciar a los perros y se fue, cerrando la puerta suavemente al salir.

Sara cogió los Cheetos, pensando en acabarse la bolsa a pesar de que la cremallera abierta de la falda se le clavaba en la piel. Quiso telefonear a su madre y averiguar qué pasaba. Quiso telefonear a Jeffrey y chillarle, y luego volver a telefonearle y pedirle que fuera a su casa a ver con ella una película antigua por la televisión.

En lugar de eso, volvió al sofá con otra copa de vino e intentó apartarlo todo de su mente. Por supuesto, cuanto más se esforzaba por no pensar, tanto más asomaba todo a la superficie. Pronto empezaron a aparecer en su cabeza imágenes de la chica en el bosque, del niño con leucemia, Jimmy Powell, y de Jeffrey en el hospital con una insuficiencia hepática en fase terminal.

Al final, se obligó a concentrarse en la autopsia. Había observado la intervención desde detrás de un grueso cristal, pero incluso así había estado demasiado cerca para evitar la sensación de malestar. Salvo por las sales de

cianuro halladas en el estómago de la chica, los resultados de la autopsia no aportaron nada digno de mención. Sara se estremeció de nuevo al acordarse de la nube de humo que salió del estómago cuando el forense lo abrió. El feto no tenía nada fuera de lo común: era un niño sano que habría llevado una vida normal.

Llamaron a la puerta, primero tímidamente y después, al no oír respuesta, de manera más insistente. Al final, Sara gritó:

–¡Pasa!

–¿Sara? – preguntó Jeffrey. Miró alrededor en el salón, obviamente sorprendido al verla en el sofá-. ¿Estás bien?

–Me duele el estómago -contestó ella, sin faltar a la verdad.

Tal vez su madre tenía razón al decir que no había que excederse con el postre en la cena.

–Siento no haber podido llamarte antes.

–Da igual -respondió ella, aunque no daba igual-. ¿Qué ha sucedido?

–Nada -contestó él, a todas luces decepcionado-. Me he pasado toda la tarde en la universidad, yendo de departamento en departamento y buscando a alguien que pudiera decirme qué venenos tienen.

–¿Y no tienen cianuro?

–Tienen de todo menos eso.

–¿Y qué hay de la familia?

–No han aportado gran cosa. He pedido un informe económico de la granja.

Debería recibirlo mañana. Frank ha estado llamando a todos los refugios, intentando averiguar qué sucede exactamente en esas misiones. – Se

encogió de hombros-. El resto del día lo hemos pasado revisando el ordenador portátil. No hay gran cosa.

–¿Habéis mirado los mensajes del Messenger?

–Ha sido lo primero que ha mirado Brad. Hay varios cruces de mensajes con la tía que vive en la granja, pero la mayoría era sobre las clases de la Biblia, horarios de trabajo, a qué hora se pasaría por su casa, quién iba a preparar el pollo para la cena, quién iba a pelar las zanahorias. Es difícil saber cuáles eran de Abby y cuáles de Rebecca.

–¿Había algo con fecha de los diez días en que la familia estuvo ausente?

–Hay un documento que fue abierto el día en que se marcharon a Atlanta -

contestó Jeffrey-. A eso de las diez y cuarto de la mañana, cuando los padres ya se habían ido. Era un curriculum de Abigail Ruth Bennett.

–¿Para un empleo?

–Eso parece.

–¿Crees que planeaba marcharse?

–Los padres querían enviarla a la universidad, pero ella se negó.

–Está bien poder elegir -dijo Sara entre dientes. Cathy prácticamente había obligado a sus hijas azuzándolas con un palo-. ¿Qué clase de empleo buscaba?

–Ni idea-contestó él-. Pero sobre todo mencionaba conocimientos de contabilidad y administración. Hacía muchas cosas en la granja. Supongo que eso habría causado una buena impresión en un posible jefe.

–¿Estudió desde casa? – preguntó Sara.

Aunque le constaba que no siempre era así, sabía por experiencia que la

gente tendía a hacer estudiar a sus hijos desde casa esencialmente por dos razones: para mantener a sus hijos blancos alejados de las minorías o para asegurarse de que no les enseñaban nada fuera del creacionismo y la abstinencia.

–Por lo visto, ése fue el caso de casi toda la familia. – Jeffrey se aflojó la corbata-. Tengo que cambiarme. – A continuación, como si sintiera la necesidad de dar una explicación, añadió-: Todos mis vaqueros están aquí.

–¿Para qué tienes que cambiarte?

–He de ir a hablar con Dale Stanley, y luego Lena y yo vamos a ir al Pink Kitty.

–¿El bar de las camareras con las tetas al aire en la carretera?

Jeffrey frunció el entrecejo.

–¿Por qué las mujeres pueden llamarlo así y, en cambio, un hombre se lleva una patada en los huevos si lo hace?

–Porque las mujeres no tienen huevos -contestó ella, sintiendo un retortijón.

Menos mal que no había comido Cheetos-. ¿Para qué vas? ¿O es tu manera de castigarme?

–¿Castigarte por qué? – preguntó él mientras ella lo seguía al dormitorio.

–No me hagas caso -respondió Sara, sin saber muy bien por qué lo había dicho-. He tenido un día espantoso.

–¿Puedo hacer algo por ti?

–No.

Jeffrey abrió una caja.

–Encontramos unas cerillas en la habitación de la chica. Son del Pink Kitty.

¿Por qué habría de castigarte?

Sara se sentó en la cama y lo observó mientras revolvía las cajas buscando sus vaqueros.

–No me pareció que esa chica fuera de las que frecuentan el Pink Kitty.

–Nadie en la familia lo parece -dijo él cuando por fin encontró la caja. La miró mientras se bajaba la cremallera y se quitaba el pantalón-. ¿Sigues enfadada conmigo?

–Ojalá lo supiera.

Se quitó los calcetines y los tiró al cesto de la ropa sucia.

–Yo también.

Sara contempló el pantano por las ventanas del dormitorio. No acostumbraba a correr la cortina porque la vista era una de las más hermosas de los alrededores. A menudo, tumbada en la cama por la noche, miraba la luna deslizarse por el cielo antes de conciliar el sueño. Cuántas veces habría mirado por esas mismas ventanas la semana anterior, sin saber que al otro lado del pantano estaba Abigail Bennet, sola, probablemente aterida de frío, sin duda aterrorizada. ¿Estaba ella en su cama, bien abrigada y a gusto, mientras el asesino, al amparo de la oscuridad, envenenaba a Abby?

–¿Sara? – Jeffrey, en calzoncillos, la miraba-. ¿Qué ocurre?

Sara no quiso contestar.

–Cuéntame algo más de la familia de Abigail.

Jeffrey vaciló un momento antes de seguir cambiándose.

–Son muy raros.

–¿En qué sentido?

Él sacó un par de calcetines y se sentó en la cama para ponérselos.

–Puede que sean figuraciones mías. Puede que haya visto a demasiada gente recurrir de manera enfermiza a la religión para justificar su atracción sexual por adolescentes.

–¿Han reaccionado muy mal cuando les has dicho que la chica estaba muerta?

–Ya les habían llegado rumores sobre nuestro hallazgo… No sé cómo, ya que esa granja parece herméticamente aislada. Aunque uno de los tíos sale un poco. No sabría decir por qué, pero ese hombre tiene algo que me inspira desconfianza.

–A lo mejor tienes algo contra los tíos.

–A lo mejor. – Se frotó los ojos con las manos-. La madre se ha llevado un disgusto tremendo.

–No me puedo imaginar lo que debe ser recibir semejante noticia.

–Esa mujer me ha conmovido.

–¿Por qué?

–Me ha rogado que encontrase al culpable -explicó-. Cuando lo descubra, quizá no le guste.

–¿De verdad crees que la familia ha tenido algo que ver?

–No lo sé.

Jeffrey se levantó y, mientras se vestía, le dio una descripción más detallada. Uno de los tíos era un hombre autoritario, que parecía tener mucho más poder en la familia de lo que a él le parecía normal. Por edad, el marido habría podido ser el abuelo de la madre. Sara lo escuchaba sentada en la cama, con la espalda apoyada en la cabecera y los brazos cruzados.

Cuanto más le contaba Jeffrey, más insistentes eran las señales de alarma.

–Las mujeres son muy… chapadas a la antigua -prosiguió-. Siempre dejan hablar a los hombres. Se someten por completo a sus maridos y hermanos.

–Eso es propio de casi todas las religiones conservadoras -señaló Sara-. En teoría, el hombre tiene que hacerse cargo de la familia. – Esperó un comentario por parte de él, pero como no dijo nada, preguntó-: ¿Has averiguado algo hablandocon la hermana?

–Rebecca -precisó-. Nada, y seguro queno me dejarán volver a interrogarla.

Sospecho que el tío me colgaría del vello púbico si se enterara de que he hablado con ella en la habitación de Abby.

–¿Crees que le sonsacarías algo si pudieras hablar con ella?

–¿Quién sabe? – preguntó él-. No sé si escondía información o si simplemente estaba triste.

–Es una experiencia dura -observó Sara-. Es probable que ahora mismo no tenga las ideas muy claras.

–Lena se ha enterado por la madre de que Rebecca se ha fugado alguna vez.

–¿Por qué?

–Eso no se lo ha dicho.

–Pues ahí podría haber algo.

–Es posible que sólo haya sido una de esas cosas de la adolescencia -

comentó él, como si fuera necesario recordarle a Sara que uno de cada siete chicos se fugaba al menos una vez antes de los dieciocho años-. Está bastante verde para su edad.

–Supongo que no es fácil tener mundo cuando uno se cría en un entorno así

-y añadió-: Aunque tampoco tiene nada de malo intentar alejar a los hijos del mundo en general -sin pensarlo, dijo-: Si fuera mi hija… -Se contuvo-.

Es decir, algunos de los chicos que veo en la consulta… Entiendo por qué sus padres quieren protegerlos lo máximo posible.

Jeffrey se detuvo y la miró con los labios un poco abiertos como si quisiera decir algo.

–Así pues… -prosiguió ella, intentando disolver el nudo que tenía en la garganta-, ¿la familia es muy religiosa?

–Sí -contestó Jeffrey, e hizo una pausa para indicarle a Sara que se daba cuenta de lo que pretendía-. Pero respecto a la chica, no sabría qué decirte.

Ya tenía mis dudas antes de que Lena me dijera que se había fugado. Me pareció un tanto rebelde. Cuando la interrogué, en cierto modo desafió a su tío.

–¿Cómo?

–Es abogado. No quería que Rebecca contestara a mis preguntas. Pero ella contestó igualmente. – Movió la cabeza en un gesto de asentimiento como si admirara el valor de la muchacha-. Sospecho que esa clase de independencia no encaja con la dinámica familiar, y menos si proviene de una chica.

–Los hijos menores tienden a reafirmarse más -dijo Sara-. Tessa siempre se metía en líos. No sé si se debía a que mi padre era más severo con ella o a que ella daba más guerra.

Jeffrey no pudo contener una sonrisa de simpatía. Siempre había admirado el espíritu libre de Tessa. La mayoría de los hombres lo admiraban.

–Es un poco salvaje.

–Y yo no lo soy -dijo Sara, procurando que el pesar no se trasluciera en su voz.

Tessa siempre había sido la que corría riesgos, mientras que las peores infracciones cometidas por Sara en la infancia guardaban relación en su mayor parte con el aprendizaje, como quedarse en la biblioteca hasta tarde para estudiar o esconder una linterna en la cama para leer después de la hora de acostarse.

–¿Crees que averiguarás algo el miércoles en los interrogatorios?

–Lo dudo. Tal vez Dale Stanley aporte algún dato. ¿Se ha confirmado que son sales de cianuro?

–Sí.

–He estado haciendo averiguaciones y es el único enchapador de la zona.

Tengo el presentimiento de que todo acabará de nuevo en esa granja. Es mucha casualidad que haya allí un montón de ex presidiarios y que de pronto esta chica aparezca muerta. Además -alzó la vista hacia ella-, la casa de Dale Stanley está a dos pasos de los límites del condado de Catoogah.

–¿Crees que Dale Stanley la metió en esa caja?

–No tengo ni idea -contestó Jeffrey-. En estos momentos no me fío de nadie.

–¿Crees que tiene connotaciones religiosas, eso de enterrar a una persona?

–¿Y envenenarla? – preguntó él-. Ahí es donde me atasco. Lena está convencida de que hay una conexión religiosa, algo relacionado con la familia.

–No le falta razón para oponerse a cualquier cosa que huela a religión.

–Lena es mi mejor inspectora -respondió Jeffrey-. Sé que tiene…

problemas… -Se dio cuenta de que se había quedado corto, pero continuó-: No quiero que se precipite en una dirección sólo porque coincide con su visión del mundo.

–Tiene una concepción estrecha de las cosas.

–Todo el mundo la tiene -dijo él, y aunque Sara estaba de acuerdo, supo que él se consideraba una excepción-. Reconozco que ese lugar es extraño. Por ejemplo, nada más llegar nos encontramos a un hombre al lado del granero predicando la palabra de Dios con una Biblia en la mano.

–Igual que el padre de Hare en las reuniones familiares -comentó Sara, aunque cuando empezaba a hacer proselitismo, las dos hermanas de su tío se reían tanto en sus narices que el tío Roderick rara vez iba más allá de la tercera frase.

–Aun así resulta sospechoso.

–Esto es el sur, Jeffrey. Aquí la gente se aferra mucho a la religión.

–Estás hablando con un chico del centro de Alabama -le recordó él-. Y eso no pasa sólo en el sur. Vete al Medio Oeste o a California o incluso al norte del estado de Nueva York y encontrarás un montón de comunidades religiosas. Aquí se nos conoce más sólo porque nuestros predicadores son mejores.

Sara no discutió con él. Cuanto más lejos de una gran metrópoli, más religiosa tendía a ser la gente. En realidad, ésa era una de las cosas que le gustaban de las poblaciones pequeñas. Aunque ella no era religiosa, le gustaba el concepto de iglesia, la filosofía en la que se basaba el precepto de amar al prójimo y poner la otra mejilla. Por desgracia, últimamente esa máxima no se respetaba mucho.

–Digamos que Lena tiene razón y que la familia es culpable. Que se trata de una secta malévola y enterraron a Abby por la razón que sea -dijo Jeffrey.

–Porque estaba embarazada.

–Vale, pues la enterraron porque estaba embarazada. Pero ¿por qué la envenenaron? No tiene sentido.

Sara no pudo por menos de coincidir.

–En ese caso, ¿por qué habrían de enterrarla? – preguntó Sara-. Seguro que son pro vida.

–Sencillamente no se sostiene. Tiene que haber otra razón.

–De acuerdo -dijo Sara-, fue alguien de fuera. ¿Por qué un extraño se tomaría la molestia de enterrarla viva y después matarla?

–A lo mejor pensaba volver y llevarse el cadáver. A lo mejor el asesino tenía otros planes y la encontramos antes de que pudiera llevarlos a cabo.

Sara no se lo había planteado, y se estremeció al pensarlo.

–Envié muestras de la madera para que la analizaran -comentó Jeffrey-. Si contienen ADN, lo encontraremos -pensativo, añadió-: Tarde o temprano.

Sara sabía que los resultados de las pruebas tardarían semanas, si no meses, en llegar. El laboratorio criminológico del FBI en Georgia llevaba tal retraso que era un milagro que en ese estado se resolviese algún crimen.

–¿Y no puedes ir a la granja sin más y hablar con la gente?

–No sin indicios de criminalidad. Eso suponiendo que el gilipollas del sheriff no se me eche encima por entrar en su jurisdicción.

–¿Y los servicios sociales? – sugirió Sara-. Por lo que has dicho, deduzco

que hay niños en la granja. Algunos podrían haberse fugado de sus casas siendo menores de edad.

–Buena idea -dijo él con una sonrisa. Jeffrey disfrutaba cuando conseguía eludir un obstáculo-. Tendré que andarme con cuidado. Algo me dice que ese tal Lev conoce sus derechos. Seguro que la granja tiene a diez abogados en nómina.

Sara se irguió.

–¿Qué?

–He dicho que seguro que tiene en nómina…

–No, su nombre.

–Lev, uno de los tíos -repitió Jeffrey-. Es curioso, pero se parece un poco a ti. Es pelirrojo. – Se puso una camiseta-. Con unos bonitos ojos azules.

–Yo los tengo verdes -dijo ella, exasperada por la vieja broma de Jeffrey-.

¿En qué se parece a mí?

–Ya te lo he dicho. – Jeffrey se encogió de hombros y se alisó la camiseta de Lynyrd Skynyrd-. ¿Tengo aspecto de palurdo que frecuenta clubes de striptease?

–Háblame de ese hombre, de Lev.

–¿A qué vienen tantas preguntas?

–Es pura curiosidad -contestó Sara, y añadió-: Tessa va a esa iglesia.

Jeffrey soltó una carcajada de incredulidad.

–¡No me digas!

–¿Por qué te cuesta tanto creerlo?

–¿Tessa? ¿Va a una iglesia? ¿Sin que tu madre la persiga con un látigo?

–¿Qué quieres decir con eso?

–Es que son tan… devotos -dijo él, peinándose el pelo hacia atrás con los dedos. Se sentó en el borde de la cama-. No parece del estilo de Tess.

Una cosa era que Sara acusara a Tess de ser ligera de cascos y otra muy distinta oírlo en boca de otra persona, aunque fuera Jeffrey.

–¿Y cómo es la gente del estilo de Tess?

Jeffrey apoyó una mano en un pie de ella, viendo venir la trampa.

–Sara…

–Olvídalo -dijo ella, sin entender por qué buscaba pelea continuamente.

–No quiero olvidarlo, Sara. ¿Qué te pasa?

Ella se tendió en la cama, hecha un ovillo de espaldas a él.

–Es que he tenido un día espantoso.

Jeffrey le frotó la espalda.

–¿Por la autopsia?

Ella asintió con la cabeza.

–Me has llamado porque necesitabas hablar de eso -dijo él-. Tenía que haberte escuchado.

Sara sintió un nudo en la garganta y tragó saliva. El hecho de que él se diera

cuenta de su error fue para ella casi como si no lo hubiera cometido.

–Imagino que ha sido difícil, cariño -la consoló-. Siento no haber podido estar allí.

–No importa.

–No me gusta que pases por algo así sola.

–Carlos estaba conmigo.

–No es lo mismo. – Siguió frotándole la espalda, trazando pequeños círculos con la palma de la mano. Con un hilo de voz, preguntó-: ¿Qué ocurre?

–No lo sé -admitió ella-. Tessa quiere que la acompañe a esa iglesia el miércoles por la noche.

Jeffrey dejó de mover la mano.

–No quiero que vayas.

Ella lo miró por encima del hombro.

–¿Por qué?

–Esa gente… -dijo-. No me fío de ellos. No sé por qué, pero allí pasa algo raro.

–¿De verdad crees que mataron a Abigail?

–No sé qué hicieron -contestó él-. Sólo sé que no quiero que te metas en esto.

–¿Y en qué puedo meterme?

En lugar de responder, Jeffrey le tiró de la manga y dijo:

–Date la vuelta.

Sara se puso boca arriba, y Jeffrey sonrió al pasar el dedo por la cremallera medio abierta de la falda.

–¿Qué has cenado?

Demasiado avergonzada para contestar, Sara se limitó a cabecear.

Jeffrey introdujo la mano por debajo de la blusa y le acarició el vientre.

–¿Te encuentras mejor?

Ella asintió con la cabeza.

–¡Qué piel tan suave! – susurró él, acariciándola con la yema de los dedos-.

A veces me acuerdo y tengo la sensación de estar volando. – Sonrió, como si reviviera un recuerdo íntimo.

Pasados unos minutos, comentó:

–Me he enterado de que han vuelto a ingresar a Jimmy Powell.

Sara cerró los ojos, concentrada en la mano de él. Había estado casi todo el día al borde del llanto, y al oír sus palabras, le fue aún más difícil contenerse. Después de todo lo vivido en las últimas cuarenta y ocho horas, se había tensado como el hilo de un ovillo, pero por alguna razón la ternura de su mano había conseguido relajarla.

–Ésta será la última vez -dijo ella.

Se le formó un nudo en la garganta cuando pensó en el niño enfermo de nueve años. Sara conocía a Jimmy desde que nació, lo había visto crecer. Su diagnóstico había sido un golpe casi tan duro para ella como para los

padres.

–¿Quieres que te acompañe al hospital? – preguntó Jeffrey.

–Te lo agradecería.

Las caricias de Jeffrey eran cada vez más suaves.

–¿Y después qué?

–¿Después? – preguntó ella, y sintió el impulso de ronronear como un gato.

–¿Dónde voy a dormir?

Sara tardó en contestar, deseando que fuera ya el día siguiente y que la decisión se hubiera tomado por arte de magia. Al final, señaló las cajas que él había traído de su casa.

–Tienes todas tus cosas aquí.

La sonrisa de él no logró disimular su decepción.

–Supongo que ésa es una razón tan buena como otra cualquiera.

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