Perseguidas

Karin Slaughter · Capítulo 4 de 18

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Perseguidas

Lunes

–No -contestó Sara, y se sacó la mascarilla quirúrgica, reprimiendo un estremecimiento al pensar en lo que habría podido suceder.

Sin pedírselo, Carlos se acercó con la bolsa de cadáveres.

–Ten cuidado -advirtió Sara, y le dio una mascarilla-. Hemos tenido mucha suerte -les dijo al tiempo que ayudaba a Carlos a meter el cadáver en la bolsa-. Sólo alrededor de un cuarenta por ciento de las personas puede detectar el olor.

–Menos mal que has venido -dijo Jeffrey a Lena.

Lena miró alternativamente a Sara y a Jeffrey.

–¿De qué habláis?

–Cianuro. – Sara cerró la cremallera de la bolsa-. Eso es lo que has olido. –

Al ver que Lena seguía sin entender, Sara añadió-: La envenenaron.

LUNES

Capítulo 4

Jeffrey abrió tanto la boca al bostezar que le crujió la mandíbula. Se retrepó en la silla y se quedó mirando la sala de revista por la mampara de vidrio de su despacho, simulando que estaba concentrado. Brad Stephens, el patrullero más joven del cuerpo del condado de Grant, le dirigió una sonrisa de bobo.

Jeffrey movió la cabeza en un gesto de asentimiento, lo que le provocó una punzada de dolor en el cuello. Tenía la sensación de haber dormido sobre un bloque de hormigón, cosa que no era de extrañar, ya que la noche anterior entre él y el suelo sólo había mediado un saco de dormir tan viejo y húmedo que la organización benéfica Buena Voluntad había declinado amablemente su donación. Sin embargo, sí había aceptado su colchón, un sofá que había conocido tiempos mejores y tres cajas de artículos de cocina por los que Jeffrey se había peleado con Sara durante los trámites de divorcio. Como no había abierto las cajas en los cinco años desde la firma de los papeles, pensó que sería suicida volver a llevarlas ahora a la casa de ella.

Al vaciar su casa en las últimas semanas, le sorprendió las escasas pertenencias que había acumulado durante su etapa de soltero. La noche anterior, en lugar de contar ovejas, había repasado mentalmente sus adquisiciones. A excepción de diez cajas de libros, unas bonitas sábanas -

regalo de una mujer que rogaba a Dios que Sara no conociera nunca-, y unos cuantos trajes que se había comprado durante esos años, Jeffrey no tenía nada nuevo del tiempo en que habían vivido separados. La bicicleta, el cortacésped, las herramientas -salvo un taladro inalámbrico que había comprado para sustituir el viejo, que se le cayó en un cubo de pintura de veinte litros-, todo eso se lo había llevado el día que abandonó la casa de Sara. Y ahora los pocos objetos de valor que tenía estaban otra vez allí.

Y dormía en el suelo.

Bebió un sorbo de café tibio antes de reanudar la tarea que lo ocupaba esa mañana desde hacía media hora. Jeffrey nunca había sido uno de esos que se creían menos hombres por leer un manual de instrucciones, pero tras haber seguido cuatro veces, uno por uno, los pasos descritos en el manual de su móvil sin ser capaz de introducir su propio número de teléfono en el sistema de marcado rápido, se sentía como un imbécil. Ni siquiera estaba seguro de si Sara aceptaría el teléfono. Ella detestaba esos artilugios, pero Jeffrey no quería dejarla ir a Macon sin que dispusiera de un medio para ponerse en contacto con él si sucedía algo.

–Primer paso -masculló, como si al leer las instrucciones en voz alta convenciera al teléfono para que viera la lógica. Siguió los dieciséis pasos por quinta vez, pero cuando Jeffrey pulsó el botón de marcado, no pasó nada-. ¡Mierda! – exclamó, y dio un puñetazo en la mesa. Luego, como lo había dado con la mano izquierda herida, gritó-: ¡Joder! – Se miró la muñeca y vio la sangre traspasar la venda blanca que le había puesto Sara la noche anterior en el depósito de cadáveres-. Dios mío -añadió por si acaso, al tiempo que pensaba que los últimos diez minutos sentaban las bases de lo que tenía visos de ser un día espantoso.

Como si alguien lo hubiera llamado, Brad Stephens apareció en la puerta de su despacho.

–¿Necesita ayuda con eso?

Jeffrey le lanzó el teléfono.

–Pon mi número en el marcado rápido.

Brad pulsó unas cuantas teclas y preguntó:

–¿Su número de móvil?

–Sí -contestó, y escribió el número de la casa de Cathy y Eddie Linton en un pósit amarillo-. Y éste también.

–Vale -dijo Brad, leyendo el número del revés sin dejar de tocar más teclas.

–¿Necesitas el manual de instrucciones?

Brad lo miró de reojo, como si Jeffrey le tomara el pelo, y siguió programando el teléfono. De pronto, Jeffrey se sintió como si tuviera cien años.

–Listo -dijo Brad con la mirada fija en el móvil mientras seguía pulsando una tecla tras otra-. Tome, pruébelo ahora.

Jeffrey marcó el icono de la agenda y salieron los números en la pantalla.

–Gracias.

–Bueno, si no necesita nada más…

–Con esto es suficiente -dijo Jeffrey, levantándose de la silla. Se puso la americana y guardó el móvil en el bolsillo-. Supongo que no ha llegado nada acerca de la solicitud de información sobre personas desaparecidas,

¿no?

–No -contestó Brad-. Le avisaré en cuanto sepa algo.

–Estaré en la consulta de Sara y luego volveré aquí.

Jeffrey salió de su despacho detrás de Brad. Movió el hombro en círculo al caminar hacia la puerta de la sala de revista para relajar los músculos, tan tensos que incluso tenía el brazo agarrotado. Antiguamente la recepción de la comisaría formaba parte del vestíbulo, pero ahora quedaba aislada tras una ventanilla, como la de un banco, para registrar la llegada de todos los visitantes. Maria Simms, secretaria de la comisaría desde tiempos inmemoriales, pulsó el botón de debajo de su escritorio para abrirle la puerta a Jeffrey.

–Si me necesitan, estaré en la consulta de Sara -indicó Jefrrey.

Maria le sonrió de oreja a oreja.

–Pórtate bien.

Jeffrey le guiñó un ojo antes de salir.

Había llegado a la comisaría a las cinco y media de la mañana después de renunciar a conciliar el sueño a eso de las cuatro. Entre semana acostumbraba correr media hora, pero ese día había pensado que bien podía

irse directo al trabajo sin que se lo pudiera acusar de holgazán. Tenía un montón de trámites pendientes, entre ellos acabar el presupuesto de la comisaría para que el alcalde pudiera vetarlo todo justo antes de irse dos semanas a Miami para el gran congreso anual de autoridades municipales.

Jeffrey suponía que con la factura del minibar del alcalde podrían pagarse al menos dos chalecos antibalas, pero un político nunca veía las cosas de ese modo.

Heartsdale era una ciudad universitaria y, en su camino, Jeffrey se cruzó con varios estudiantes que iban a clase. Los estudiantes de primero tenían que vivir en las residencias, pero tan pronto como cursaban segundo dejaban el campus. Jeffrey había alquilado su casa a un par de chicas de tercero que esperaba que fueran tan dignas de confianza como aparentaban.

El Instituto de Tecnología de Grant era una facultad de cerebros, y si bien no había asociaciones de estudiantes extraacadémicas ni partidos de fútbol, algunos chicos sabían divertirse. Jeffrey había hecho una cuidadosa criba de los posibles inquilinos, y por su experiencia como policía sabía que no recuperaría su casa de una sola pieza si se la alquilaba a un grupo de chicos.

A esa edad el cerebro no funcionaba del todo bien, y si había cerveza o sexo de por medio -o, con suerte, las dos cosas-, el cerebro no alcanzaba los niveles mínimos de pensamiento. Las dos inquilinas habían dicho que su único pasatiempo era la lectura. Con la suerte que tenía Jeffrey últimamente, seguro que pretendían convertir su casa en un laboratorio de anfetaminas.

La universidad estaba al final de Main Street, y Jeffrey se dirigió hacia la verja detrás de un grupo de estudiantes. Eran chicas, todas jóvenes y guapas, todas indiferentes a su presencia. En otros tiempos, el ego de Jeffrey se habría resentido si un grupo de chicas hacía caso omiso de él, pero ahora le preocupaban más otras cosas. Él mismo podría estar acechándolas, escuchando su conversación para averiguar dónde encontrarlas más tarde; podría ser un individuo cualquiera.

Detrás de él sonó una bocina y Jeffrey se dio cuenta de que había bajado a la calzada. Reconoció al conductor, Bill Burgess, de la tintorería; lo saludó con la mano al cruzar la calle, al tiempo que daba gracias a Dios porque el

viejo, pese a sus cataratas, lo había visto y había esquivado el coche a tiempo.

Jeffrey rara vez recordaba los sueños, lo cual era una suerte teniendo en cuenta lo desagradables que podían ser, pero la noche anterior había visto una y otra vez a la muchacha de la caja. En ocasiones le cambiaba la cara, y de pronto veía a la chica que había matado el año anterior. Apenas era una niña, de poco más de trece años, que en su mundo había padecido más malas experiencias que la mayoría de los adultos en toda una vida. La adolescente, muy necesitada de ayuda, amenazó con matar a otra chica para poner así fin a su propio sufrimiento. Jeffrey se había visto obligado a dispararle para salvar a la otra niña. Tal vez las cosas habrían podido ser distintas. Quizás ella no habría matado a la niña. Quizá las dos seguirían vivas y la chica de la caja sería sólo otro caso en lugar de una pesadilla.

Jeffrey suspiró mientras caminaba por la acera. Había tantos «quizás» en su vida que no sabía qué hacer con ellos.

La consulta de Sara estaba en la acera de enfrente de la comisaría, al lado de la entrada del Instituto de Tecnología Grant. Miró la hora en su reloj al abrir la puerta de la calle y, al comprobar que ya eran más de las siete, pensó que Sara ya habría llegado. Los lunes no atendía a los pacientes hasta las ocho, pero ya había una joven paseándose por la sala de espera con un niño en brazos, apoyado en la cadera, que lloraba.

–¿Qué hay? – saludó Jeffrey.

–Hola, comisario -contestó la madre, y él le vio las ojeras.

El niño, dotado de un par de pulmones que hacían vibrar las ventanas, tenía al menos dos años.

La mujer cambió al niño de posición, levantando la pierna para apoyarlo.

La pobre no debía de pesar más de cincuenta kilos, y Jeffrey se preguntó cómo podía cargar con el niño.

–La doctora Linton debe de estar a punto de salir -dijo al darse cuenta de que él la miraba.

–Gracias -agradeció Jeffrey, quitándose la americana.

La pared de la sala de espera que daba al este era de ladrillos de cristal y hasta en las mañanas más frías de invierno uno tenía la sensación de estar en una sauna cuando salía el sol.

–¡Qué calor hace aquí dentro! – se quejó la mujer, reanudando sus paseos.

–Desde luego.

Jeffrey esperó a que dijera algo más, pero ella estaba absorta en su hijo, intentando hacerle callar. Jeffrey no entendía cómo era posible que las madres con niños en coma no entrasen en coma. En momentos así, se explicaba por qué su propia madre llevaba una petaca en el bolso.

Se apoyó en la pared y miró los juguetes apilados ordenadamente en una esquina. Había al menos tres carteles en la sala con la advertencia: SE

PROHIBE EL USO DE MÓVILES. A juicio de Sara, si un niño estaba tan enfermo como para ir al médico, los padres debían prestarle atención y no ponerse a parlotear por teléfono. Jeffrey sonrió, acordándose de la primera y única vez que Sara había llevado un móvil en su coche. Sin querer, había pulsado repetidas veces la tecla de marcado rápido asignada al número de Jeffrey, y él, cada vez que cogía el teléfono, la oía cantar al son de la música que emitía la radio durante varios minutos. Hasta la tercera llamada, Jeffrey no se dio cuenta de que lo que oía era a Sara cantando a coro con Boy George, y no una loca que zurraba a un gato.

Sara abrió la puerta contigua al despacho y se acercó a la madre. No advirtió la presencia de Jeffrey, y él, sin decir nada, la observó.

Normalmente ella se recogía el pelo en una cola para trabajar, pero esa mañana lo llevaba suelto y le caía sobre los hombros. Vestía una blusa blanca y una falda con vuelo negra que le llegaba justo por debajo de la rodilla. Aunque los zapatos no eran de tacón muy alto, torneaban sus

pantorrillas de tal modo que Jeffrey no pudo reprimir una sonrisa. Vestida así, cualquier otra mujer habría parecido camarera de una brasería del centro, pero a Sara, alta y esbelta, la favorecía.

–Sigue quejándose -dijo la madre, cambiando el niño de posición.

Sara acarició la mejilla del niño para tranquilizarlo. El niño calló como por ensalmo, y a Jeffrey se le hizo un nudo en la garganta. A Sara se le daban muy bien los niños. Ella no podía tener hijos, pero ése era un tema del que apenas hablaban. Sencillamente había cosas que eran demasiado dolorosas.

Jeffrey se quedó mirándola mientras Sara dedicaba unos instantes más al niño, tocándole el fino pelo por encima de la oreja con una sonrisa de evidente placer en los labios. Parecía un momento íntimo, y Jeffrey, invadido de pronto por la extraña sensación de ser un intruso, se aclaró la garganta.

Sara se volvió, y como no esperaba verlo allí, casi se sobresaltó.

–Enseguida estoy contigo -dijo a Jeffrey. Dirigiéndose otra vez a la madre, le entregó una bolsa blanca y, muy seria, le explicó-: Estas muestras deberían bastar para una semana. Si el jueves no se advierte una clara mejoría, llámeme.

–Gracias, doctora Linton -dijo la joven madre-. No sé cómo voy a pagarle por…

–Lo importante es que el niño mejore -interrumpió Sara-. Y usted debe dormir un poco. No le hace ningún bien estar siempre agotada.

La madre recibió la advertencia con un leve gesto de asentimiento y Jeffrey, pese a que no la conocía, supo que el consejo caía en saco roto.

Obviamente Sara también lo sabía.

–Al menos inténtelo, ¿de acuerdo? Acabará enferma.

La mujer vaciló y luego asintió.

–Lo intentaré.

Sara se miró la mano, y Jeffrey tuvo la impresión de que no se había dado cuenta de que sostenía el pie del niño. Le frotó el tobillo con el pulgar y volvió a esbozar la misma sonrisa íntima de antes.

–Gracias -dijo la madre-. Gracias por venir a la consulta tan temprano.

–No tiene importancia. – Sara nunca había sido amiga de alabanzas y agradecimientos. Los acompañó hasta la puerta y, sosteniéndola, repitió-: Llámeme si no mejora.

–Sí, doctora.

Sara cerró la puerta cuando salieron y, sin mirar a Jeffrey, atravesó el vestíbulo despacio. Él abrió la boca para hablar, pero ella se le adelantó.

–¿Alguna novedad acerca de la chica no identificada? – preguntó.

–No -contestó él-. Puede que nos llegue algo cuando la Costa Oeste inicie la jornada laboral.

–No creo que se escapase de su casa.

–Yo tampoco.

Los dos se quedaron callados un momento. Jeffrey no sabía qué decir.

Como siempre, fue Sara quien rompió el silencio.

–Me alegro de que hayas venido -dijo, volviendo a las salas de reconocimiento. Él la siguió, pensando que aquello era buena señal, hasta que ella añadió-: Quiero extraerte sangre para un análisis hepático.

–Eso ya lo hizo Hare.

–Ya, bueno -dijo ella sin más explicaciones.

No le sostuvo la puerta, y Jeffrey la paró antes de que le diera en la cara.

Por desgracia, lo hizo con la mano izquierda y recibió el golpe de pleno en la herida abierta. Fue como si le clavaran un cuchillo.

–Joder, Sara -dijo entre dientes.

–Lo siento.

Su disculpa parecía sincera, pero en sus ojos asomó un atisbo de venganza.

Le cogió la mano y él la retiró instintivamente. Pero ante la mirada de irritación de ella, le dejó ver la venda.

–¿Desde cuándo sangra? – preguntó ella.

–No sangra -negó él, sabiendo que si le decía la verdad casi con toda seguridad le haría algo realmente doloroso.

Aun así, la siguió por el pasillo hacia el mostrador de las enfermeras como un cordero camino del matadero.

–No has comprado el antibiótico, ¿verdad? – Se inclinó sobre el mostrador y, tras rebuscar en el cajón, sacó un puñado de sobres de colores llamativos-. Tómate esto.

Jeffrey miró los sobres de muestras rosadas y verdes, con animales de granja impresos en el papel de aluminio.

–¿Qué son?

–Antibióticos.

–¿No son para niños?

Por su mirada, Sara le dio a entender que no iba a caer en el chiste fácil.

–Es la mitad de la dosis de adultos con los personajes de una película infantil y un precio más alto. Toma dos por la mañana y otros dos por la noche.

–¿Durante cuánto tiempo?

–Hasta que yo diga que lo dejes -ordenó-. Ven aquí.

Jeffrey, sintiéndose como un niño, la siguió a la sala de reconocimiento.

Cuando él era pequeño, su madre trabajaba en la cafetería del hospital, así que Jeffrey no se vio en la necesidad de ir a la consulta del pediatra cada vez que tenía un problema de salud. Cal Rodgers, el médico de urgencias, se ocupaba de él y, según sospechaba Jeffrey, también se ocupaba de su madre. La primera vez que oyó reír a su madre fue cuando Rodgers contó un chiste sin la menor gracia acerca de un parapléjico y una monja.

–Siéntate -ordenó Sara, sujetándolo por el hombro como si necesitara ayuda para subirse a la mesa de exploración.

–Puedo yo solo -dijo Jeffrey, pero ella ya le estaba quitando la venda de la mano.

Tenía la herida abierta como una boca húmeda, y Jeffrey sintió un dolor palpitante que le recorría el brazo.

–Se te ha abierto -lo reprendió ella, sosteniendo una pequeña palangana metálica debajo de la mano mientras le limpiaba la herida.

Jeffrey procuró no reaccionar ante el dolor, pero la verdad es que vio las estrellas. Nunca había entendido por qué una herida dolía más al curarla que en el momento de producirse. Apenas se acordaba de cuando se había cortado la mano en el bosque, pero ahora, cada vez que movía los dedos,

sentía como si se le clavaran agujas en la piel.

–¿Qué has hecho? – preguntó ella en tono de desaprobación.

En lugar de contestar, pensó en la sonrisa de Sara al niño. La había visto de muchos humores distintos, pero esa sonrisa en concreto era nueva para él.

–¿Jeff? – insistió ella.

Cabeceando, deseó tocarle la cara, pero temió acabar con un muñón sangriento donde antes tenía la mano.

–Volveré a vendártela -indicó ella-, pero debes andar con cuidado. No conviene que se infecte.

–Sí, doctora -contestó él, esperando que Sara alzara la vista y sonriera.

Pero ella preguntó:

–¿Dónde dormiste anoche?

–No donde hubiese querido.

Sara no le siguió la corriente y empezó a vendar otra vez la mano con los labios muy apretados. Cortó un trozo de esparadrapo con los dientes.

–Debes tener mucho cuidado y mantener la herida limpia.

–¿Por qué no me paso por aquí más tarde para que me la limpies tú?

–Bueno… -empezó a decir, pero bajó la voz mientras abría y cerraba cajones, y al fin sacó un tubo de vacío y una jeringa.

Jeffrey se llevó un susto de muerte al pensar que Sara iba a clavarle una aguja en la mano, hasta que de pronto se acordó de que quería extraerle sangre.

Sara le desabrochó el puño de la camisa y se la arremangó. Para no mirar, Jeffrey alzó la vista hacia el techo mientras esperaba el pinchazo. En lugar de eso, oyó un profundo suspiro.

–¿Qué? – preguntó él.

Ella le dio unos cuantos golpecitos en el antebrazo, buscando la vena.

–Yo tengo la culpa.

–¿De qué?

Sara tardó en contestar, como si meditara la respuesta.

–Cuando me fui de Atlanta, estaba en medio de una tanda de vacunas para la hepatitis A y B. – Le hizo un torniquete alrededor del bíceps, tirando con fuerza-. Te ponen dos inyecciones en un intervalo de unas semanas, y al cabo de cinco meses te dan otra de refuerzo. – Guardó silencio otra vez mientras le frotaba la piel con alcohol-. A mí me pusieron las dos primeras, pero cuando volví aquí, no fui a por el refuerzo. No sabía qué iba a hacer con mi vida, y menos aún si seguiría ejerciendo la medicina. – Hizo una pausa-. No pensé en acabar el tratamiento hasta la época…

–¿Qué época?

Quitó el tapón de la jeringa con los dientes y contestó:

–El divorcio.

–Pues entonces no pasa nada -dijo Jeffrey, refrenándose para no salir corriendo cuando ella le clavó la aguja en la vena.

Sara lo hizo con delicadeza, pero Jeffrey odiaba las inyecciones. A veces se mareaba sólo de pensar en ellas.

–Son agujas para niños -dijo ella, con más sarcasmo que consideración-.

¿Por qué dices que no pasa nada?

–Porque sólo me acosté con ella una vez -dijo él-. Al día siguiente me echaste.

–Exacto. – Sara acopló el tubo de vacío a la jeringa y soltó el torniquete.

–O sea que cuando volvimos a estar juntos estabas ya vacunada. Por tanto, debes ser inmune.

–Te olvidas de aquella vez.

–¿Qué…?

Se interrumpió al acordarse. La noche antes del juicio por el divorcio, Sara se presentó en su casa borracha como una cuba y en actitud receptiva. En su desesperación por recuperarla, Jeffrey se aprovechó de las circunstancias, pero todo fue en vano, ya que ella se marchó furtivamente antes del amanecer. Después no le devolvió las llamadas y, cuando esa noche él fue a su casa, ella le cerró la puerta en las narices.

–Estaba en medio de la tanda -explicó ella-. Me faltaba el refuerzo.

–Pero ¿te habías puesto las primeras dos vacunas?

–Aun así, existe riesgo. – Sacó la aguja y le puso el tapón-. Y no hay vacuna para la hepatitis C. – Le aplicó un apósito de algodón en el brazo y lo obligó a doblar el codo para sostenerlo. Cuando lo miró, Jeffrey supo que iba a recibir una lección-. Hay cinco tipos básicos de hepatitis, algunos con cepas distintas -empezó a explicar, al tiempo que tiraba la jeringa al cubo de residuos con riesgo biológico-. La A es básicamente como un gripazo. Dura un par de semanas, y después, desarrollas anticuerpos. No puedes volver a contraerla.

–Ya.

Era el único detalle que retenía de su visita a la consulta de Hare. El resto lo recordaba como en una nebulosa. Había intentado escuchar -lo había intentado de verdad- al primo de Sara cuando le explicó las diferencias y factores de riesgo, pero era tal su deseo de salir de allí cuanto antes que no pudo pensar en otra cosa. Tras una noche en vela, le asaltaron diversas dudas, pero fue incapaz de telefonear a Hare para consultárselas. Durante los días siguientes osciló entre un estado de negación y otro de pánico absoluto. Jeffrey era capaz de recordar hasta el último detalle de un caso sucedido quince años atrás, pero no le había quedado grabada en la memoria ni una sola palabra de lo que había dicho Hare.

–La hepatitis B es distinta. Puedes tenerla y curarte, o puede ser crónica.

Alrededor de un diez por ciento de los infectados se convierten en portadores. El riesgo de contagio es de uno entre tres. El riesgo del sida es de uno entre trescientos.

Sin duda Jeffrey carecía de las dotes matemáticas de Sara, pero podía calcular las probabilidades.

–Tú y yo hemos tenido relaciones sexuales más de tres veces desde lo de Jo.

Aunque Sara intentó disimular, Jeffrey percibió la mueca al oír el nombre.

–Es una lotería, Jeffrey .

–No he querido decir…

–La hepatitis C suele contagiarse mediante el contacto con la sangre.

Podrías tenerla y no saberlo. Normalmente uno no se entera hasta que aparecen los síntomas, y a partir de entonces empieza la cuenta atrás: fibrosis hepática, cirrosis, cáncer…

Él se limitaba a mirarla fijamente. Sabía cómo acabaría aquello. Como en un accidente ferroviario, no podía hacer nada salvo esperar a que el tren descarrilara.

–Estoy furiosa contigo -dijo Sara, la afirmación más evidente que había salido de sus labios-. Estoy furiosa porque esto saca a relucir toda esa historia otra vez. – Se interrumpió en un intento de serenarse-. Quería olvidar lo ocurrido, empezar de nuevo, y esto vuelve a restregármelo todo por la cara. – Parpadeó con los ojos empañados-. Y si estás enfermo…

Jeffrey se centró en lo que se creía capaz de controlar.

–Es mi culpa, Sara. Metí la pata. Soy yo quien lo estropeó todo. Lo sé.

Aunque hacía tiempo que había aprendido a no añadir ningún «pero», en su cabeza seguía muy presente. Sara había estado distante, dedicando más tiempo al trabajo y a su familia que a Jeffrey. Él no era la clase de marido que esperaba la cena en la mesa todas las noches, pero habría deseado que ella encontrara al menos un poco de tiempo para él entre tantas actividades.

–¿Hiciste con ella esas cosas que haces conmigo? – preguntó Sara con un hilo de voz.

–Sara…

–¿No tomaste precauciones?

–Ni siquiera sé qué significa eso.

–Sí lo sabes -replicó Sara.

Ahora era ella quien lo miraba fijamente, y se produjo entonces uno de esos raros momentos en que él podía adivinarle el pensamiento.

–Dios mío -susurró Jeffrey, deseando con toda su alma estar en cualquier otro sitio.

No eran un par de pervertidos ni mucho menos, pero una cosa era explorar ciertas cosas en la cama, y otra muy distinta analizarlas a la fría luz del día.

–Si tenías un corte en la boca y ella… -Sara obviamente no podía acabar-.

Incluso durante las relaciones sexuales normales, la gente puede sufrir pequeños desgarros, lesiones microscópicas.

–Ya te he entendido -la atajó él con aspereza.

Ella cogió el tubo con su sangre y escribió algo en la etiqueta con un bolígrafo.

–No estoy preguntándotelo porque quiera conocer detalles morbosos.

Él no se molestó en reprocharle la mentira. Cuando sucedió, ella lo sometió a un tercer grado, con preguntas concretas sobre cada uno de los pasos que había dado, cada beso, cada acción, como si tuviera algún tipo de obsesión voyeurista.

Sara se puso en pie y, tras abrir un cajón, sacó una tirita de un color rosado chillón con un dibujo de Barbie. Él había tenido el codo doblado durante todo ese tiempo, y cuando estiró el brazo, notó que se le había dormido.

Tras retirar las bandas de la parte adhesiva, le puso la tirita encima del algodón. No volvió a hablar hasta después de echar las bandas a la basura.

–¿No vas a decirme que tengo que superarlo? – Sara fingió un gesto de indiferencia-. Sólo ocurrió una vez, ¿verdad? No significó nada.

Jeffrey se mordió la lengua al reconocer la trampa. La ventaja de dar vueltas a lo mismo durante los últimos cinco años era que sabía cuándo debía callar. Aun así, le representó un esfuerzo no enzarzarse en una discusión con ella. Sara se negaba a ver las cosas desde su punto de vista, y acaso tuviera razón, pero eso no era óbice para que hubiera motivos por los que él actuó de ese modo, y no todos tenían que ver con que era un cabrón sin entrañas. Sabía que le tocaba desempeñar el papel de suplicante. La flagelación no era un precio muy alto a cambio de la paz.

–Siempre dices que tengo que superarlo. Que sucedió hace mucho tiempo,

que ya no eres el mismo, que has cambiado. Que ella no te importaba.

–Si te lo digo ahora, ¿servirá de algo?

–No -contestó Sara-. Supongo que todo seguirá igual.

Apoyándose en la pared, Jeffrey lamentó no poder adivinarle el pensamiento en ese momento.

–Y esto ¿a qué nos conduce?

–Quiero odiarte.

–Eso no es ninguna novedad -dijo él, pero Sara no pareció percibir la ligereza en su voz, porque le dio la razón con un gesto de asentimiento.

Jeffrey cambió de posición en la mesa, sintiéndose como un idiota allí con los pies colgando a medio metro del suelo. Oyó que Sara murmuraba

«Joder» y levantó la cabeza sorprendido. Sara casi nunca usaba ese vocabulario, y él no supo si tomarse el improperio como buena o mala señal.

–No sabes hasta qué punto me irritas, Jeffrey.

–Creía que eso te enternecía.

Sara lo fulminó con la mirada.

–Como se te ocurra… -Su voz se apagó gradualmente-. ¿Qué sentido tiene?

– preguntó, y él se dio cuenta de que no era una pregunta retórica.

–Lo siento -se disculpó Jeffrey, y esta vez lo dijo en serio-. Siento haber provocado esta situación. Siento haberlo estropeado todo. Siento que hayamos tenido que pasar por ese infierno…, que tú lo hayas tenido que pasar…, para llegar hasta aquí.

–¿Y dónde es aquí?

–Supongo que eso depende de ti.

Sara se sorbió la nariz, se tapó la cara con las manos y exhaló un largo suspiro. Cuando volvió a mirarlo, Jeffrey advirtió que quería llorar pero se contenía. Mirándose la mano, jugueteó con el esparadrapo.

–No te lo toques -ordenó ella, poniendo la mano encima de la suya.

La dejó allí, y él notó su calor a través de la venda. Miró sus dedos largos y gráciles, las venas azules en el dorso de la mano que dibujaban un complejo mapa debajo de la piel pálida. Le acarició los dedos, preguntándose cómo demonios había sido tan tonto como para darlo por hecho.

–No he dejado de pensar en esa chica -comentó él-. Se parece mucho a…

–Wendy -lo interrumpió ella.

Wendy era la niña a la que había matado de un tiro.

Jeffrey apoyó su otra mano extendida sobre la de ella, deseando hablar de cualquier cosa salvo del tiroteo.

–¿A qué hora irás a Macon?

Ella echó un vistazo al reloj de él.

–He quedado con Carlos dentro de media hora en el depósito de cadáveres.

–Es curioso que los dos hayan olido el cianuro -observó Jeffrey-. La abuela de Lena era mexicana. Y también Carlos. ¿Hay alguna relación?

–No que yo sepa. – Ella lo miraba con atención, adivinándole las intenciones como si fuera un libro abierto.

–Estoy bien -dijo Jeffrey a la vez que se bajaba de la mesa.

–Lo sé -respondió Sara. Acto seguido preguntó-: ¿Y qué hay del bebé?

–Tiene que haber un padre por algún sitio. – Jeffrey sabía que si encontraban al padre, recaerían en él todas las sospechas.

–Una mujer embarazada tiene más probabilidades de morir por homicidio que por cualquier otra causa -señaló Sara.

Con cara de preocupación, se dirigió al fregadero para lavarse las manos.

–El cianuro no se encuentra en las estanterías de un supermercado. ¿De dónde lo sacaría yo si quisiera matar a alguien?

–Lo contienen algunos productos de parafarmacia. – Sara cerró el grifo y se secó las manos con una toalla de papel-. Se han dado casos de niños envenenados con quitaesmaltes.

–¿Eso contiene cianuro?

–Sí -contestó Sara, tirando la toalla a la basura-. Lo consulté en un par de libros anoche cuando no podía dormir.

–¿Y?

Apoyó la mano en la mesa de reconocimiento.

–Se encuentra en casi todas las frutas y los huesos: de melocotón, albaricoque, cereza. Aunque harían falta muchos, así que no es muy práctico. Varias industrias usan cianuro, y también algunos laboratorios farmacéuticos.

–¿Qué clase de industrias? – preguntó él-. ¿Crees que podría haber en la universidad?

–Es probable -contestó ella.

Jeffrey pensó que debía intentar averiguarlo. El Instituto de Tecnología de Grant era en esencia una facultad de agronomía, y allí se realizaban toda clase de experimentos por encargo de las grandes empresas químicas, a fin de obtener la nueva fórmula infalible para que los tomates crecieran más deprisa o los guisantes fueran más verdes.

–También sirve como endurecedor en los revestimientos metálicos -explicó Sara-. Algunos laboratorios lo usan para realizar controles, y a veces se emplea para fumigar. Está en el humo de tabaco. El ácido cianhídrico se obtiene quemando lana o diversos tipos de plásticos.

–Sería difícil meter humo por un tubo.

–El individuo tendría que llevar una máscara, pero tienes razón. Hay maneras mejores de hacerlo.

–¿Como cuáles?

–Hace falta un ácido para activarlo. Las sales de cianuro mezcladas con un vinagre de uso doméstico podrían matar a un elefante.

–¿No es eso lo que usó Hitler en los campos de concentración? ¿Sales?

–Creo que sí -contestó ella, frotándose los brazos.

–Si se usó un gas -dijo Jeffrey, pensando en voz alta-, estuvimos en peligro al abrir la caja.

–Puede que para entonces se hubiera disipado. O que la madera y la tierra lo absorbieran.

–¿Sería posible que el cianuro le hubiese llegado por contaminación del suelo?

–Es un parque público bastante concurrido. Va mucha gente a correr. Dudo que alguien pudiese llevar a escondidas residuos tóxicos sin que nadie se diese cuenta.

–¿Pero?

–Pero -convino Sara- si alguien tuvo tiempo para enterrarla allí, cualquier cosa es posible.

–¿Tú cómo lo harías?

Sara se lo pensó.

–Mezclaría las sales con agua -contestó- y las echaría por el tubo.

Obviamente la chica tendría la boca cerca para respirar. En cuanto las sales llegan al estómago, el ácido activa el veneno. Habría tardado minutos en morir.

–Hay un enchapador en las afueras del pueblo -señaló Jeffrey-. Se dedica a revestimientos metálicos, pan de oro, y cosas así.

–Dale Stanley -informó Sara.

–¿El hermano de Pat Stanley? – preguntó Jeffrey.

Pat Stanley era uno de sus mejores patrulleros.

–Esa madre que has visto antes aquí es su mujer.

–¿Qué le pasa al crío?

–Una infección bacteriana. El hijo mayor vino hace tres meses con el caso más grave de asma que he visto desde hace mucho tiempo. Desde entonces no ha parado de entrar y salir del hospital.

–Tampoco ella parecía andar muy bien de salud.

–No sé cómo aguanta -reconoció Sara-. Pero no me deja tratarla.

–¿Crees que le pasa algo?

–Creo que está a punto de sufrir una crisis nerviosa.

Jeffrey se quedó pensativo.

–Supongo que debería ir a verlos.

–Es una muerte terrible, Jeffrey. El cianuro es un asfixiante químico.

Elimina todo el oxígeno de la sangre hasta que ya no queda nada. Esa chica sabía qué le sucedía. El corazón debía de latirle a mil por hora. – Sara movió la cabeza en un gesto de negación, como si quisiera borrar la imagen.

–¿Cuánto crees que tardó en morir?

–Depende de cómo ingirió el veneno, de cómo se le administró. Entre dos y cinco minutos; yo diría que fue bastante rápido. No presenta ninguna de las señales típicas de un envenenamiento por cianuro prolongado.

–¿Y cuáles son?

–Fuerte diarrea, vómitos, ataques, síncopes. Básicamente, el cuerpo hace cuanto puede para eliminar el veneno lo antes posible.

–¿Puede hacerlo? O sea, por sí mismo.

–Normalmente, no. Es una sustancia muy tóxica. En una sala de urgencias se pueden probar unas diez cosas distintas, desde carbón hasta nitratoamílico en cápsulas, pero en realidad lo único que se puede hacer es tratar los síntomas a medida que aparecen y cruzar los dedos. Actúa muy rápido y casi siempre es letal.

–Pero ¿crees que fue rápido? – no pudo evitar preguntar Jeffrey.

–Eso espero.

–Quiero que te lleves esto -dijo él, sacando el móvil del bolsillo de la chaqueta.

Sara arrugó la nariz.

–No lo quiero.

–Me gusta saber dónde estás.

–Ya sabes dónde voy a estar -replicó ella-. Con Carlos en Macon y luego otra vez aquí.

–¿Y si encuentran algo en la autopsia?

–Cogeré uno de los diez teléfonos del laboratorio y te llamaré.

–¿Y si me olvido de la letra de «Karma Chameleon»? – preguntó Jeffrey en broma, aludiendo a la canción de Boy George que le había oído cantar por el móvil.

Sara lo fulminó con la mirada y él se echó a reír.

–Me gusta que me cantes.

–Ésa no es la razón por la que no lo quiero.

Jeffrey dejó el teléfono en la mesa al lado de ella.

–Supongo que no cambiarás de opinión si te pido que lo hagas por mí…

Sara lo miró fijamente por un instante y luego abandonó la sala de reconocimiento. Cuando él todavía se preguntaba si acaso debía seguirla, ella volvió con un libro en la mano.

–No sé si tirarte esto a la cabeza o regalártelo -le dijo.

–¿Qué es?

–Lo encargué hace unos meses -explicó Sara-. Llegó la semana pasada. Iba a regalártelo cuando por fin te mudaras. – Lo levantó para que él pudiera leer el título en el estuche granate-. Andersonville, de Kantor -dijo, y luego añadió-: Es una primera edición.

Con la mirada fija en el libro, Jeffrey abrió y cerró la boca varias veces antes de poder articular palabra.

–Debió de costarte una fortuna.

Ella lo miró con expresión irónica a la vez que le entregaba la novela.

–En ese momento me pareció que la valías.

Sacó el libro del estuche con la sensación de que sostenía el Santo Grial. La portada era azul y blanca, y las páginas tenían los bordes un tanto desvaídos. Con cuidado, Jeffrey lo abrió por la portadilla.

–Está firmado. Lo firmó MacKinlay Kantor.

Ella se encogió ligeramente de hombros, como para quitarle importancia.

–Sé que te gusta el libro, y…

–No me puedo creer que hayas hecho esto -consiguió decir Jeffrey, con la sensación de que no podía tragar saliva.

De niño, la señorita Fleming, una de sus profesoras de lengua, le había dado el libro para leer un día en que había tenido que quedarse castigado en el colegio después de clase. Hasta entonces Jeffrey había sido una nulidad en todo, resignándose casi a la idea de que, cuando tuviera que elegir una

profesión, tendría que conformarse con ser mecánico u operario de una fábrica, o peor aún, un ladronzuelo de poca monta como su padre. Pero esa novela había despertado algo en él, un deseo de aprender. Ese libro le había cambiado la vida.

Probablemente un psiquiatra establecería una relación entre esa fascinación de Jeffrey con una de las prisiones más famosas de la Confederación durante la Guerra de Secesión y el hecho de que fuera policía, pero a Jeffrey le gustaba pensar que Andersonville le inculcó una empatía de la que había carecido hasta entonces. Antes de trasladarse al condado de Grant y ocupar el cargo de comisario de policía, había visitado el condado de Sumter, en Georgia, para ver ese lugar con sus propios ojos. Todavía recordaba el escalofrío que sintió en el interior de la prisión de Fort Sumter. Más de trece mil presos habían perecido durante los cuatro años que permaneció abierta.

Se quedó allí hasta que se puso el sol y ya no se veía nada.

–¿Te gusta? – preguntó Sara.

–Es precioso -contestó, incapaz de decir nada más.

Recorrió el lomo dorado con el dedo. Kantor había recibido el Pulitzer por ese libro. Jeffrey había recibido toda una vida.

–En fin -dijo Sara-, pensé que te gustaría.

–Y me gusta. – Intentó pensar en algo profundo que decir para expresar su gratitud, y sin embargo acabó preguntando-: ¿Por qué me lo das ahora?

–Porque debes tenerlo.

–¿Como regalo de despedida? – preguntó en broma, pero sólo a medias.

Ella se humedeció los labios y tardó en contestar.

–Sólo porque debes tenerlo.