Perseguidas
Capítulo 14
Sonrió como disculpándose-. Mi madre tiene mucha mejor memoria que yo para estas cosas.
–Brock, esto es importante -comentó Sara-. Vete a buscar a tu madre.
Capítulo 14
OceanofPDF.com
–Sí, señora -dijo Jeffrey al teléfono, mirando a Lena con cara de exasperación. Ésta adivinó que Barbara, la secretaria de Paul Ward, parecía dispuesta a contarle su vida y milagros, hasta el último detalle, incluido su número de la seguridad social. La mujer hablaba con voz metálica y tan estridente que Lena la oía a dos metros de distancia-. Me parece bien. Sí, señora. – Jeffrey apoyó la cabeza en la mano-. Ah, disculpe, disculpe -
intentó decir, y luego añadió-: Perdone, pero tengo otra llamada. Muchas gracias. – Colgó, aunque siguió oyéndose el cacareo de Barbara por el auricular hasta que él lo colocó en la horquilla-. ¡Madre mía! – exclamó, frotándose la oreja-. ¡Qué barbaridad!
–¿Ha intentado salvar tu alma?
–Dejémoslo en que se siente muy satisfecha participando en la labor de la iglesia.
–¿Eso significa que diría cualquier cosa con tal de proteger a Paul?
–Probablemente -contestó Jeffrey, reclinándose en la silla. Miró sus notas, que se reducían a tres palabras-. Confirma que Paul estaba en Savannah.
Incluso se acuerda de que la noche en que murió Abby se quedaron los dos trabajando hasta tarde.
Lena sabía que precisar la hora de la muerte no era una ciencia exacta.
–¿Toda la noche?
–Buena pregunta -dijo él-. También ha dicho que Abby fue a llevar unos papeles un par de días antes de desaparecer.
–¿Y qué impresión le causó?
–Según ella, estaba tan alegre como siempre. Paul firmó unos documentos, se fueron a comer juntos y luego él la llevó a la estación de autobús.
–Quizá discutieran en la comida.
–Sí, quizá -coincidió él-. Pero ¿qué razón podría tener para matar a su sobrina?
–Tal vez el hijo que ella esperaba era de él -sugirió Lena-. No sería la primera vez.
Jeffrey se rascó la mandíbula.
–Sí -reconoció, y Lena advirtió que aquella idea le desagradaba-. Pero Cole Connolly estaba convencido de que el padre era Chip.
–¿Estás seguro de que no la envenenó Cole?
–Todo lo seguro que puedo estar -contestó-. Tal vez tengamos que separar las dos cosas, dejar de preocuparnos por quién mató a Abby. ¿Quién mató a Cole? ¿Quién podría desear su muerte?
Lena tenía más dudas acerca de la sinceridad de Cole sobre la muerte de Abby. Jeffrey había quedado conmocionado al verlo morir; hasta qué punto su convicción de la inocencia de Cole no estaría influida por aquella espantosa experiencia.
–Tal vez alguien que sabía que Cole había envenenado a Abby decidió vengarse, quiso que sufriera igual que sufrió Abby -aventuró Lena.
–No le mencioné a nadie de la familia que la habían envenenado hasta después de la muerte de Cole -le recordó él-. Por otro lado, el asesino sabía que él bebía café por las mañanas. Me comentó que las hermanas le insistían en que lo dejase.
Lena dio un paso más.
–Es posible que Rebecca también lo sepa.
Jeffrey asintió.
–Se esconde por alguna razón -dijo Jeffrey. Y añadió-: O al menos espero que esté escondida.
Eso mismo estaba pensando Lena.
–¿Estás seguro de que Cole no la encerró en algún sitio? ¿Para castigarla por algo?
–Sé que piensas que no debería creerle -dijo Jeffrey-, pero dudo mucho que la secuestrara. La gente como Cole sabe elegir a sus víctimas. – Se inclinó sobre la mesa, con las manos entrelazadas, como si fuera a decir algo vital para el caso-. Eligen a las personas que saben que no lo contarán. Lo mismo sucede con Dale al elegir a Terri. Esos individuos saben a quién pueden zarandear: quién callará y lo aceptará y quién no.
Lena sintió que le ardían las mejillas.
–Rebecca parecía bastante rebelde. Sólo la vimos aquella vez, pero me dio la sensación de que no se dejaba zarandear. – Se encogió de hombros-. Pero eso nunca se sabe, ¿no?
–No, desde luego -convino él, mirándola atentamente-. Por lo que sabemos, podría ser la propia Rebecca quien estuviera detrás de todo.
Frank se detuvo en la puerta con un fajo de papeles en la mano. Señaló algo que ninguno de los dos había pensado.
–El envenenamiento es un crimen de mujer.
–Rebecca estaba asustada cuando habló con nosotros -observó Lena-. No quería que su familia se enterara. Aunque también es posible que no quisiera que se enterasen porque nos mentía.
–¿Te pareció capaz de hacer algo así? – preguntó Jeffrey.
–No -reconoció ella-. Lev y Paul, posiblemente. Y Rachel es bastante inquebrantable.
–De todos modos, ¿por qué el hermano vive en Savannah?
–Es una ciudad portuaria -le recordó Jeffrey-. Allí sigue habiendo mucho comercio. – Señaló los papeles que llevaba Frank-. ¿Qué es eso?
–El resto de los informes económicos -contestó al entregárselos.
–¿Has visto algo interesante?
Frank negó con la cabeza al tiempo que se oía la voz de Maria por el intercomunicador.
–Comisario, Sara en la línea tres.
Jeffrey descolgó el auricular.
–¿Qué hay?
Lena hizo ademán de salir para dejarlo hablar a solas, pero Jeffrey le indicó con un gesto que se quedara. Sacó el bolígrafo y dijo al auricular:
–Deletréalo. – Y escribió algo. Luego-: De acuerdo, el siguiente.
Mientras él escribía una serie de nombres, todos masculinos, Lena iba leyéndolos al revés.
–Muy bien -dijo Jeffrey a Sara-. Ya te llamaré después. – Colgó y, sin detenerse siquiera para tomar aliento, explicó-: Sara está en la funeraria de Brock. Dice que en los dos últimos años han muerto nueve personas en la granja.
–¿Nueve? – Lena estaba segura de haber oído mal.
–Brock recibió cuatro cadáveres. Los demás fueron enviados a Richard Cable.
Lena sabía que Cable era el dueño de una de las funerarias del condado de Catoogah. Preguntó:
–¿Cuál fue la causa de la muerte?
Jeffrey arrancó la hoja de su cuaderno.
–Intoxicación etílica, sobredosis. Uno tuvo un infarto. Jim Ellers, de Catoogah, hizo las autopsias. Y en todas dictaminó muerte natural.
Lena se mostró escéptica, no respecto de las palabras de Jeffrey, sino de la competencia de Ellers.
–¿Ha dicho que en dos años murieron de muerte natural nueve personas que vivían en el mismo lugar?
–Cole Connolly tenía mucha droga escondida en su habitación -señaló Jeffrey.
–¿Crees que les echó una mano? – preguntó Frank.
–Eso hizo con Chip -explicó Jeffrey-. Me lo confesó él mismo. Dijo que lo tentaba con la manzana, o algo así.
–O sea que Cole elegía a los «débiles» -conjeturó Lena-, los tentaba con drogas o con lo que fuera para ver si las aceptaban y le daban así razón.
–Y los que las aceptaban acababan reuniéndose con su Creador -concluyó Jeffrey, pero Lena adivinó, por su falsa sonrisa, que eso no era todo.
–¿Qué más hay? – preguntó.
–La Iglesia por el Bien Mayor ha pagado todas las incineraciones.
–Incineraciones -repitió Frank-. Así que no hay posibilidad de exhumar los cadáveres.
–¿Qué me he perdido? – preguntó Lena, sabiendo que había algo más.
–Paul Ward es quien tiene todos los certificados de defunción -contestó Jeffrey.
–Pero ¿por qué…? – empezó a decir Lena tontamente. No obstante, se contestó a sí misma-: El seguro de vida.
–Bingo -dijo Jeffrey, dando a Frank el papel con los nombres-. Vete a buscar a Hemming y repasad el listín telefónico. ¿Tenemos el de Savannah?
– Frank asintió-. Buscad las grandes compañías de seguros. Comenzaremos por ahí. No habléis con los corredores locales; llamad a las líneas calientes de prevención contra el fraude de las aseguradoras nacionales. Los corredores locales podrían estar confabulados.
–¿Estarán dispuestos a dar esa información por teléfono? – preguntó Lena.
–Lo harán si creen que los han timado -contestó Frank-. Ahora mismo me pongo a ello.
Cuando Frank salió del despacho, Jeffrey apuntó a Lena con el dedo.
–Sabía que había dinero de por medio, que era por algo concreto.
–Tenías razón -reconoció Lena.
–Hemos encontrado a nuestro general -comentó él-. Cole dijo que él sólo era un viejo soldado, pero necesitaba a un general que le indicara lo que debía hacer.
–Abby fue a Savannah pocos días antes de morir. A lo mejor descubrió lo
de las pólizas de los seguros de vida.
–¿Cómo? – preguntó Jeffrey.
–Su madre dijo que trabajó un tiempo en la oficina, que se le daban bien los números.
–Lev la vio una vez en la oficina ante la fotocopiadora. Tal vez descubrió algo que no debía. – Jeffrey hizo una pausa, reflexionando acerca de las distintas posibilidades-. Rachel dijo que Abby fue a Savannah antes de morir porque Paul se había dejado unos documentos en su maletín. Quizás Abby viera las pólizas.
–¿Crees que Abby le plantó cara en Savannah? – le preguntó Lena.
Jeffrey asintió.
–Y Paul llamó a Cole para ordenarle que la castigara.
–O llamó a Lev.
–O a Lev -coincidió él.
–Cole ya sabía lo de Chip. Los siguió a Abby y a él al bosque -y añadió-: No sé, es extraño. No parece que Paul sea muy religioso.
–¿Y por qué tendría que serlo?
–Para decirle a Cole que enterrara a su sobrina en el ataúd en el bosque -le contestó ella-. Me pega más Lev en el papel de general. Además, Paul nunca ha estado en el garaje de Dale. Si el cianuro salió de allí, apunta directamente a Lev, porque es el único al que podemos relacionar con el garaje. – Hizo una pausa-. O a Cole.
–No creo que fuera Cole -insistió Jeffrey-. ¿Al final has hablado de eso con Terri Stanley?
Lena sintió que se sonrojaba de nuevo, pero en esta ocasión era de vergüenza.
–No.
Jeffrey apretó los labios, pero no dijo lo evidente. Si ella hubiese interrogado a Terri, tal vez no se encontrarían allí en ese momento. Tal vez Rebecca estaría sana y salva en su casa, Cole Connolly seguiría vivo y ellos estarían en la sala de interrogatorios, hablando con la persona que había matado a Abigail Bennett.
–Metí la pata -dijo ella.
–Sí, así es. – Esperó unos segundos antes de añadir-: No me escuchas, Lena.
Necesito estar seguro de que vas a hacer lo que te digo. – Hizo una pausa como si esperara que ella lo interrumpiera. No lo hizo, y él continuó-: Puedes ser una buena policía, una policía lista. Por eso te ascendí a inspectora.
Lena bajó la vista, incapaz de apreciar el cumplido, pues sabía lo que se avecinaba.
–Todo lo que ocurre en este pueblo es responsabilidad mía -prosiguió Jeffrey-, y si alguien sufre un percance o algo peor porque no obedeces mis órdenes, me las cargo yo.
–Lo sé. Lo siento.
–Esta vez no basta con decir que lo sientes. Decir que lo sientes significa que entiendes de qué te hablo y que no volverás a hacerlo. – Esperó a que ella asimilara sus palabras-. Ya he oído demasiadas disculpas. Necesito ver acciones, no oír palabras huecas.
La tranquilidad con que le hablaba era peor que si le hubiese levantado la voz. Lena clavó la vista en el suelo, preguntándose cuántas veces iba a
permitirle Jeffrey meter la pata antes de darla definitivamente por caso perdido.
Acto seguido, Jeffrey se levantó inesperadamente, cogiéndola desprevenida.
Lena se estremeció, presa de un irracional miedo de que él fuera a golpearla.
Jeffrey, horrorizado, la miró como si no la hubiera visto nunca en su vida.
–Es que… -Lena no sabía qué decir-. Me has asustado.
Jeffrey sacó la cabeza por la puerta y dijo a Maria:
–Dile a la mujer que está a punto de entrar que pase -anunció a Lena-: Ha venido Mary Ward. Acabo de verla llegar al aparcamiento.
Lena intentó recobrar la compostura.
–Creía que no le gustaba conducir.
–Supongo que hoy habrá hecho una excepción -contestó Jeffrey, sin dejar de mirar a Lena como si fuera un libro que no podía leer-. ¿Estás en condiciones de pasar por esto?
–Claro -respondió ella, y se obligó a levantarse de la silla.
Sintiéndose nerviosa y fuera de lugar, se remetió la camisa en el pantalón.
Jeffrey le cogió la mano entre las suyas, y ella de nuevo se quedó de una pieza. Nunca la había tocado así. No era en absoluto propio de él.
–Ahora te necesito en plena forma.
–Lo estoy-aseguró ella, retirando la mano para volver a remeterse la camisa, a pesar de que ya la llevaba bien-. Vamos.
Lena no lo esperó. Se cuadró de hombros y atravesó la sala de revista con paso firme. Maria tenía la mano en el intercomunicador cuando Lena abrió la puerta.
Mary Ward estaba sujetando el bolso contra el pecho en el vestíbulo.
–Comisario Tolliver -dijo, como si Lena no estuviera delante de ella.
Con un pañuelo viejo y raído de colores negro y rojo en los hombros, aparentaba más edad ahora que la primera vez que la había visto. Debía de tener sólo diez años más que Lena. O fingía, o era realmente una de las personas más patéticas sobre la faz de la tierra.
–Pase a mi despacho -la invitó Jeffrey, y condujo a Mary cogida del codo a través de la puerta abierta antes de que pudiera cambiar de parecer-. ¿Se acuerda de la inspectora Adams?
–Lena -corrigió ella, y en actitud servicial, preguntó-: ¿Le apetece un café o algo?
–No tomo cafeína -contestó la mujer con voz tensa, como si hubiera estado gritando y se hubiera quedado ronca.
Lena vio asomar de la manga un pañuelo de papel arrugado y supuso que había estado llorando.
Jeffrey ofreció a Mary un asiento ante el escritorio de su despacho. Esperó a que se sentara y luego, para darle una sensación de familiaridad, ocupó una silla a su lado. Lena se quedó detrás de ellos, pensando que Mary se sentiría más cómoda si hablaba sólo con Jeffrey.
–¿En qué puedo ayudarla, Mary? – preguntó Jeffrey.
Tardó en contestar, y en el pequeño despacho se oyó su respiración mientras aguardaban a que hablara.
–Usted dijo que mi sobrina estaba en una caja, comisario Tolliver.
–Sí.
–Que Cole la enterró en una caja.
–Así es -corroboró él-. Cole lo confesó antes de morir.
–¿Y usted la encontró allí? ¿Fue usted quien encontró a Abby?
–Mi mujer y yo estábamos en el bosque. Encontramos el tubo de metal en el suelo. Nosotros mismos la desenterramos.
Mary cogió el pañuelo de papel de la manga y se secó la nariz.
–Hace varios años… -Se interrumpió-: Bueno, supongo que debería empezar por el principio.
–Tómeselo con calma.
Eso hizo, y Lena apretó los labios, deseando sacudirla para obligarla a hablar.
–Tengo dos hijos varones -explicó Mary-. William y Peter. Viven en el oeste.
–Recuerdo que nos lo dijo -comentó Jeffrey, aunque Lena lo había olvidado.
–Decidieron abandonar la iglesia. – Se sonó-. Para mí, fue muy duro perder a mis hijos. Pero nosotros no les dimos la espalda. Cada uno toma sus propias decisiones. No excluimos a la gente porque… -Se le apagó la voz-.
Fueron mis hijos quienes nos dieron la espalda a nosotros. A mí.
Jeffrey esperó, y la única señal de impaciencia era su mano aferrada al brazo de la silla.
–Cole era muy severo con ellos -dijo-. Los disciplinaba.
–¿Los maltrataba?
–Los castigaba cuando se portaban mal -reconoció, sin ir más allá-. Mi marido había muerto un año antes. Yo me alegraba de contar con la ayuda de Cole. Creía que necesitaban a un hombre fuerte en sus vidas. – Se sorbió la nariz y se la enjugó-. Eran otros tiempos.
–Entiendo -dijo Jeffrey.
–Cole tiene, o tenía, muy claras las ideas sobre el bien y el mal. Yo confiaba en él. Mi padre confiaba en él. Era ante todo un hombre de Dios.
–¿Eso cambió por alguna razón?
Dio la impresión de que la invadía la tristeza.
–No. Yo creía todo lo que me decía. A costa de mis propios hijos, creí en él.
Le di la espalda a mi hija.
Lena enarcó las cejas de inmediato.
–¿Tiene usted una hija?
Asintió.
–Genie.
Jeffrey se reclinó en la silla, aunque seguía tenso.
–Ella me lo contó -prosiguió Mary-. Genie me contó lo que él le había hecho. – Hizo una pausa-. La caja en el bosque.
–¿Él la enterró allí?
–Iban de acampada -explicó Mary-. Cole se llevaba a los niños a acampar a menudo.
Lena sabía que Jeffrey estaba pensando en Rebecca, en el hecho de que se había fugado al bosque otras veces.
–¿Y qué le contó su hija?
–Me contó que Cole la engañó, que le dijo que se la llevaba a dar una vuelta por el bosque. – Calló, pero al cabo de un momento se obligó a continuar-.
La dejó allí cinco días.
–¿Y usted qué hizo cuando ella se lo contó?
–Se lo pregunté a Cole. – Cabeceó al pensar en su propia estupidez-. Y él me contestó que no podría quedarse en la granja si yo creía a Genie en lugar de a él. Se lo tomó muy mal.
–Pero ¿no lo negó? – preguntó Jeffrey.
–No -contestó-. No me di cuenta de eso hasta anoche. Nunca lo negó. Me dijo que debía rezar, dejar que el Señor decidiera a quién debía creer: si a él o a Genie. Yo confiaba en él. Tenía una noción tan estricta del bien y el mal… Lo consideraba un hombre temeroso de Dios.
–¿Se enteró de eso alguien más de la familia?
Volvió a negar con la cabeza.
–Yo estaba avergonzada. Mi hija era una mentirosa -Mary se corrigió-: Bueno, mentía sólo sobre algunas cosas. Ahora me doy cuenta, pero entonces, no lo veía tan claro. Genie era una chica muy rebelde. Se drogaba.
Iba con chicos. Se distanció de la iglesia. Se distanció de su familia.
–¿Qué explicación dio para la desaparición de Genie?
–Hablé de ello con mi hermano y me aconsejó que dijera que se había fugado con un chico. Era una historia creíble. Pensé que nos ahorraría a todos el bochorno de la verdad, y ninguno de nosotros quería disgustar a Cole. – Se enjugó una lágrima con el pañuelo-. En esa época su presencia era muy valiosa para nosotros. Mis dos hermanos estaban fuera estudiando, y las chicas no éramos capaces de llevar la granja. Cole se ocupaba de todo junto con mi padre; era esencial para que la granja funcionase.
De pronto se abrió la puerta cortafuegos y apareció Frank, que se detuvo en seco cuando vio a Jeffrey y Mary Ward sentados ante el escritorio. Entró en el despacho y, tras apoyar una mano en el hombro de Jeffrey, le dio una carpeta. Jeffrey la abrió, a sabiendas de que Frank no lo habría interrumpido a menos que se tratara de algo importante. Lena advirtió que miraba varios faxes. La comisaría tenía un presupuesto muy justo y el fax, un aparato de diez años, funcionaba con papel térmico en lugar del normal. Jeffrey alisó las páginas mientras las examinaba. Cuando alzó la vista, Lena no supo adivinar si las noticias eran buenas o malas.
–Mary -dijo Jeffrey-, la he llamado señora Ward todo este tiempo. ¿Su nombre de casada es Morgan?
La sorpresa asomó a la cara de Mary.
–Sí -contestó-. ¿Por qué?
–¿Y su hija se llama Teresa Eugenia Morgan?
–Sí.
Jeffrey le concedió un momento para recomponerse.
–Mary-empezó a decir-. ¿Abby conoció a su hija?
–Claro que sí -dijo-. Genie tenía diez años cuando nació Abby. La trató como si fuera su propia hija. Abby se quedó destrozada cuando Genie se
marchó. Las dos sufrieron mucho.
–¿Es posible que Abby visitara a su hija el día que fue a Savannah?
–¿A Savannah?
Jeffrey sacó un fax.
–Según vemos aquí, la dirección de Genie es el 241 de Sandon Square, Savannah.
–Pues no -replicó ella, confusa-. Mi hija vive aquí mismo, comisario Tolliver. Su apellido de casada es Stanley.
De camino a casa de los Stanley, Lena iba al volante mientras Jeffrey hablaba por el móvil con Frank. Apuntaba lo que le decía éste en un bloc de espiral apoyado en la rodilla, confirmando con gruñidos que iba tomando nota.
Lena echó un vistazo al espejo retrovisor para asegurarse de que Brad Stephens los seguía detrás en su coche patrulla. Por una vez, se alegró de la presencia del joven policía. Brad era un bobalicón, pero últimamente había estado haciendo gimnasia y la prueba de ello era la musculatura que había desarrollado. Jeffrey les había hablado del revólver cargado que guardaba Dale Stanley encima de uno de los armarios del garaje. Aunque Lena no se moría de ganas de enfrentarse al marido de Terri, esperaba en parte que diera algún pretexto a Jeffrey y Brad para demostrarle cómo se sentía uno cuando otra persona más grande y más fuerte lo molía a palos.
–No, no la metas en una celda -ordenó Jeffrey a Frank-. Dale leche y galletas si es necesario. Basta con que la mantengas alejada del teléfono y sus hermanos.
Lena sabía que se refería a Mary Morgan. La mujer se quedó atónita cuando Jeffrey le dijo que no podía abandonar la comisaría, pero como a todo buen
ciudadano respetuoso con la ley, le daba tanto miedo ir a la cárcel que se limitó a asentir y aceptar cuanto él decía.
–Buen trabajo, Frank -dijo Jeffrey-. Avísame si te enteras de algo más -
añadió, y colgó.
Volvió a anotar algo en su bloc, en silencio.
Lena no tuvo paciencia para esperar a que él acabara de tomar nota.
–¿Qué te ha dicho?
–De momento han encontrado seis pólizas -contestó, sin dejar de escribir-.
Lev y Terri constan como beneficiarios de Abby y Chip. Mary Morgan está en dos, y Esther Bennett en otras dos.
–¿Y qué ha dicho Mary al respecto?
–Que no tenía ni idea de qué hablaba Frank. Paul lleva todoslos asuntos de la familia.
–¿Frank la ha creído?
–No está seguro -contestó Jeffrey-. Ni siquiera yo estoy seguro y he estado hablando con ella media hora.
–No se puede decir que vivan por todo lo alto.
–Según Sara, se hacen su propia ropa.
–No es el caso de Paul -señaló ella-. ¿Cuál era el valor de las pólizas?
–Unos cincuenta mil dólares cada una. Serán codiciosos, pero no tontos.
Lena sabía que una cifra desorbitada habría despertado las sospechas de las compañías de seguros. De esa manera, en cambio, la familia había podido
cobrar casi medio millón de dólares en los últimos dos años, todo libre de impuestos.
–¿Y la casa? – preguntó Lena.
En las pólizas constaba que todos los beneficiarios vivían en la misma dirección de Savannah. Tras una rápida llamada al juzgado del condado de Chatham, se supo que la casa de Sandon Square había sido adquirida por una tal Stephanie Linder cinco años antes. O bien había otra Ward de la que Jeffrey no había oído hablar, o alguien le estaba jugando una mala pasada a la familia.
–¿Crees que Dale también tiene que ver con esto? – preguntó Lena.
–Frank ha pedido un informe económico -dijo-. Dale y Terri están hasta el cuello de deudas: tarjetas de crédito, hipoteca, las letras de dos coches.
Tienen tres facturas del hospital pendientes de pago. Sara dice que el hijo ha estado ingresado un par de veces. Están muy necesitados de dinero.
–¿Crees que la mató Terri? – preguntó Lena, pensando que Frank tenía razón cuando dijo que el envenenamiento era un crimen de mujer.
–¿Por qué habría de matarla?
–Sabía lo que hacía Cole. Pudo haberlo seguido.
–Pero ¿por qué habría de matar a Abby?
–A lo mejor no lo hizo -aventuró Lena-. A lo mejor Cole mató a Abby y Terri decidió darle a probar su propia medicina.
Jeffrey movió la cabeza en un gesto de negación.
–No creo que Cole matara a Abby. Se le veía realmente apenado por su muerte.
Lena lo dejó correr, pero en el fondo opinaba que Jeffrey concedía el beneficio de la duda a uno de los psicópatas más hijos de puta con que se había topado.
Jeffrey abrió el móvil y marcó un número. Alguien lo cogió y él dijo:
–Hola, Molly. ¿Puedes pasarle un recado a Sara? – Hizo una pausa-. Dile que estamos yendo a casa de los Stanley. Gracias. – Colgó y dijo a Lena-: Terri tenía hora con Sara al mediodía.
Eran las diez y media. Lena se acordó de la pistola en el garaje de Dale.
–¿Y por qué no la hemos ido a buscar allí?
–Porque la consulta de Sara es coto vedado.
Lena pensó que la excusa era bastante pobre, pero sabía que no debía insistir. Jeffrey era el mejor policía que había conocido, pero cuando estaba por medio Sara Linton, parecía un cachorro apaleado. Para cualquier otro hombre el hecho de que ella lo hiciera comer en la palma de su mano habría sido bochornoso, pero él parecía enorgullecerse de ello.
Jeffrey debió de intuir sus pensamientos -o al menos alguno de ellos-, porque dijo:
–No sé de qué es capaz Terri. En cualquier caso, no quiero que monte un número en una consulta llena de críos.
Señaló un buzón negro que asomaba junto a la calle.
–Es ahí a la derecha.
Lena redujo la velocidad y dobló hacia el camino de entrada de los Stanley, seguida por Brad. Vio a Dale trabajar en el garaje y se le cortó la respiración. Lo había conocido hacía años, en otro picnic de la policía, cuando su hermano Pat acababa de incorporarse al cuerpo. Lena había
olvidado lo grande que era. Pero no sólo era grande; también era fuerte.
Jeffrey se bajó del coche, pero Lena vaciló. Se obligó a sí misma a coger la manilla, abrir la puerta y salir. Oyó cerrarse la puerta de Brad detrás de ella, pero no quiso apartar la mirada de Dale ni un segundo. De pie en la puerta del garaje, Dale sostenía una llave inglesa de aspecto muy pesado con sus enormes manos. El armario donde guardaba la pistola estaba a pocos metros. Como Jeffrey, tenía un ojo morado.
–Hola, Dale -saludó Jeffrey-. ¿Qué le ha pasado en el ojo?
–Tropecé con una puerta -bromeó.
Lena sintió curiosidad por saber qué le había pasado en realidad. Terri habría tenido que subirse a una silla para alcanzar su cabeza. Dale pesaba unos cuarenta kilos más que ella y la superaba en altura unos sesenta centímetros por lo menos. Lena le miró las manos y pensó que eran lo bastante grandes para rodearle el cuello. Podría estrangularla sin pensárselo dos veces. A Lena le horrorizaba esa sensación, la sensación de que los pulmones se le agitaban en el pecho, los ojos se le ponían en blanco y todo empezaba a desvanecerse pese a sus esfuerzos por no perder el sentido.
Flanqueado por Brad y Lena, Jeffrey avanzó un paso.
–Le ruego que salga del garaje -dijo a Dale.
Dale apretó la llave.
–¿Qué ocurre? – Esbozó una fugaz sonrisa-. ¿Acaso los ha llamado Terri?
–¿Por qué habría de llamarnos?
–Por nada -dijo él, encogiéndose de hombros, pero por su manera de sujetar la llave saltaba a la vista que sí tenía motivos para preocuparse.
Lena echó un vistazo a la casa, buscando a Terri. Si Dale tenía un ojo
morado, Terri debía de estar bastante peor.
Obviamente Jeffrey pensaba lo mismo. Aun así, dijo a Dale:
–No tiene nada que temer.
Dale era más listo de lo que aparentaba.
–No es ésa la impresión que tengo.
–Salga del garaje, Dale.
–La casa de un hombre es su castillo -respondió Dale-. No tienen derecho a venir aquí. Salgan de mi propiedad ahora mismo.
–Queremos hablar con Terri.
–Nadie habla con Terri a menos que yo lo diga, y yo no lo digo, así que…
Jeffrey se detuvo a un metro de Dale, y Lena se colocó a su izquierda, pensando que podía llegar a la pistola antes que él. Reprimió una maldición cuando vio que el armario, por su altura, estaba fuera de su alcance. A ese lado tendría que haberse puesto Brad. Medía al menos treinta centímetros más que ella. Cuando Lena hubiera acercado un taburete para coger la pistola, Dale estaría ya de camino a México.
–Suelte esa llave -ordenó Jeffrey.
Dale lanzó una mirada a Lena y después a Brad.
–Les agradecería que retrocedieran un paso o dos.
–No está en situación de dar órdenes, Dale -dijo Jeffrey.
Lena quiso llevarse la mano a la pistola, pero sabía que debía obedecer las indicaciones de Jeffrey. Él mantenía los brazos a los lados, pensando
seguramente que lograría convencer a Dale. Ella no lo veía tan claro.
–Me están agobiando -se quejó Dale-. Eso no me gusta.
Levantó la llave a la altura del pecho, con un extremo apoyado en la palma de la mano. Lena sabía que ese hombre no era tonto. La llave podía hacer mucho daño, pero no a tres personas a la vez, y menos teniendo en cuenta que las tres iban armadas. Observó a Dale atentamente, segura de que intentaría coger la pistola.
–Esta actitud no va a beneficiarle en nada -le advirtió Jeffrey-. Sólo queremos hablar con Terri.
Dale se movió con notable agilidad para un hombre de su tamaño, pero Jeffrey se le adelantó. Cogió la porra del cinturón de Brad y golpeó a Dale en las corvas cuando éste se abalanzó hacia la pistola. Dale se desplomó como una pila de ladrillos.
Lena no pudo por menos de sobrecogerse al ver a Brad, normalmente tan dócil, hincar la rodilla en la espalda de Dale, aplastándolo contra el suelo mientras lo esposaba. Había bastado con un golpe en las corvas para derribarlo. Ni siquiera se resistió cuando Brad, tras ponerle un juego de esposas en cada mano, le tiró de los brazos hacia atrás para inmovilizárselos a la espalda.
–Le he advertido que no lo hiciera -dijo Jeffrey a Dale.
Dale aulló como un perro cuando Brad lo puso de rodillas.
–Joder, tenga cuidado -se quejó, moviendo los hombros como si temiera que se le hubieran desencajado-. Quiero llamar a mi abogado.
–Ya lo hará más tarde. – Jeffrey le devolvió la porra a Brad y ordenó-: Llévalo al asiento trasero del coche.
–Sí, jefe -dijo Brad, y puso a Dale en pie, provocando otro aullido.
El grandullón se dirigió al coche arrastrando los pies y levantando una nube de polvo detrás de él.
–No es tan duro como parece, ¿eh? – dijo Jeffrey en voz baja para que sólo lo oyera Lena-. Seguro que se cree muy hombre cuando le da una paliza a su mujer.
Lena sintió que el sudor le resbalaba por la espalda. Jeffrey se sacudió el polvo de la pernera del pantalón con la mano antes de encaminarse hacia la casa.
–Ahí dentro hay dos niños -recordó a Lena.
Lena buscó algo que decir.
–¿Crees que Terri se resistirá?
–No sé qué hará.
La puerta se abrió antes de que llegaran al porche delantero. Terri Stanley estaba dentro, con un bebé dormido en brazos. A su lado había otro niño, de unos dos años, que se frotaba los ojos con los pequeños puños, como si acabara de despertarse. Terri tenía las mejillas hundidas, círculos oscuros en torno a los ojos, un labio reventado, un hematoma reciente de color amarillo azulado en la mandíbula y verdugones de un color rojo encendido en el cuello. Lena entendió por qué Dale no había querido que hablaran con su mujer. La había molido a palos. Lena no se explicaba cómo se tenía en pie.
Terri observó a Brad llevarse a su marido al coche patrulla y, eludiendo la mirada de Jeffrey y Lena, dijo convoz inexpresiva:
–No presentaré cargos. Ya pueden soltarlo.
Jeffrey se volvió hacia el coche.
–Sólo vamos a hacerle sufrir un rato.
–Así sólo empeoran las cosas -hablaba con cuidado, obviamente para evitar que se le partiera el labio otra vez. Lena conocía el truco, igual que conocía el dolor en la garganta que se sentía al forzar la voz para hacerse entender-.
Nunca me había pegado así. No en la cara. – Se le quebró la voz. Estaba desbordada, no tenía escapatoria-. Que mis hijos tengan que ver esto…
–Terri… -empezó a decir Jeffrey, pero no supo cómo seguir.
–Me matará si lo dejo -arrastraba las palabras a causa del labio hinchado.
–Terri…
–No voy a presentar cargos.
–No se lo estamos pidiendo.
Terri titubeó, como si no fuera ésa la respuesta que esperaba.
–Tenemos que hablar con usted -dijo Jeffrey.
–¿De qué?
Jeffrey recurrió a un viejo truco de policías.
–Eso usted ya lo sabe.
Lanzó una mirada a su marido, sentado en el asiento trasero del coche patrulla de Brad.
–No le hará daño.
Lo miró con cautela, como si Jeffrey le hubiese contado un chiste malo.
–No nos iremos a ninguna parte hasta que hablemos con usted -dijo Jeffrey.
–Supongo que pueden pasar -cedió por fin, retrocediendo y apartándose de la puerta abierta-. Tim, mamá tiene que hablar con esta gente.
Cogió al niño de la mano y lo llevó a una habitación con un gran televisor en el centro. Lena y Jeffrey esperaron en el amplio vestíbulo alpie de la escalera mientras Terriponía un DVD.
Lena alzó la vista hacia el elevado techo, que cubría el vestíbulo y el pasillo del piso superior. En el lugar donde debía colgar una araña sólo se veían cables sueltos asomando de una placa de yeso. La pared junto a la escalera estaba rayada, y alguien había abierto un pequeño boquete en lo alto. Los barrotes que sostenían el pasamanos del otro lado se veían un tanto doblados, y cerca del rellano de arriba varios se habían agrietado o roto.
Debió de hacerlo Terri, pensó Lena, e imaginó a Dale subiéndola a rastras por la escalera y a ella agitando las piernas desesperadamente. En total había contado doce peldaños y el doble de barrotes a los que agarrarse en un intento de impedir lo inevitable.
Las voces agudas de una película de dibujos animados resonaron en las frías baldosas del vestíbulo. Terri volvió, todavía con el pequeño en brazos.
–¿Dónde podemos hablar? – preguntó Jeffrey.
–Permítame acostarlo primero -le pidió, refiriéndose al bebé-. La cocina está allí atrás.
Subió por la escalera y Jeffrey ordenó a Lena que la siguiera con un gesto.
La casa era más espaciosa de lo que parecía desde fuera. El rellano al final de la escalera conducía a un largo pasillo y a una serie de habitaciones, en apariencia tres dormitorios y un cuarto de baño. Terri entró en la primera, y Lena se detuvo y no la siguió. Se quedó en la puerta, desde donde vio a la mujer acostar al bebé dormido en la cuna. La habitación tenía una decoración alegre, con nubes en el techo, y una escena pastoral con ovejas y vacas felices en las paredes. Encima de la cuna, colgaba un móvil con más
ovejas. Lena no veía al niño mientras su madre le acariciaba la cabeza, pero sí lo vio estirar las pequeñas piernas cuando Terri le quitó los patucos.
Nunca había reparado en que los bebés tenían unos pies tan minúsculos, con dedos como nudos, y las plantas se doblaban como la piel de un plátano al acercar las rodillas al pecho.
Terri miraba a Lena fijamente por encima del hombro.
–¿Tienes hijos? – emitió un sonido ronco que Lena interpretó como un asomo de risa-. O sea, aparte del que dejaste en Atlanta.
Lena sabía que estaba amenazándola, que con sus palabras pretendía recordarle que las dos habían acudido a aquella clínica por el mismo motivo, pero Terri Stanley no era la clase de mujer capaz de cumplir con la amenaza. Cuando se volvió, Lena no pudo evitar compadecerse de ella. A la luz del sol que entraba en la habitación, el hematoma de la mandíbula de Terri se veía como en tecnicolor. Se le había abierto la herida del labio y un hilo de sangre le caía por el mentón. Lena se dio cuenta de que hacía seis meses ésa podría haber sido su propia imagen en un espejo.
–Harías cualquier cosa por ellos -dijo Terri con tristeza-. Soportarías cualquier cosa.
–¿Cualquier cosa?
Terri tragó saliva y se estremeció de dolor. Saltaba a la vista que Dale había intentado estrangularla. Las moraduras aún no eran visibles, pero ya saldrían, como un collar oscuro alrededor de la garganta. Las escondería con una buena capa de maquillaje, pero ella se sentiría agarrotada toda la semana, movería la cabeza con cuidado, intentaría tragar sin hacer una mueca, esperaría a que los músculos se relajaran y desapareciera el dolor.
–No puedo explicarlo… -dijo.
Lena no era quién para sermonearla.
–Sabes que no es necesario.
–Ya -coincidió Terri.
Se volvió y tapó al bebé con una manta celeste.
Lena contempló su espalda y se preguntó si Terri sería capaz de cometer un asesinato. Si lo era, sin duda sería de las que usarían veneno. Era imposible que Terri fuera capaz de matar a alguien mirándolo a la cara. Era obvio que se había resarcido con Dale. Éste no tenía el ojo a la funerala por un accidente en el afeitado.
–Parece que le has sacudido una buena -comentó Lena.
Terri se volvió, confusa.
–¿Cómo dices?
–A Dale -aclaró, señalándose el ojo.
Terri desplegó una sincera sonrisa y le cambió la expresión por completo.
Lena vislumbró a la mujer que había sido antes de que empezara todo aquello, antes de las palizas de Dale, antes de que la vida se convirtiera en un martirio en lugar de una fuente de satisfacciones. Era una mujer hermosa.
–Lo he pagado caro -dijo Terri-, pero qué bien me ha sabido.
Lena también sonrió, pues conocía el placer de defenderse. Al final costaba caro, pero de entrada era fantástico, casi como un colocón.
Terri respiró hondo y dejó escapar el aire.
–Acabemos con esto de una vez.
Lena bajó por la escalera detrás de ella, sus pasos resonando en el suelo de
madera. En la planta baja, no había alfombras y el ruido parecía el chacoloteo de un caballo. Dale no debía de haber puesto alfombras a propósito, para saber exactamente dónde estaba su mujer en todo momento.
Entraron en la cocina, donde Jeffrey contemplaba las fotos y los dibujos infantiles en la nevera. Lena vio que Terri había escrito los nombres de los animales que aparentemente representaba cada figura: león, tigre, oso. Para el punto de la «i» había trazado un círculo abierto como las adolescentes.
–Siéntense -invitó Terri, y apartó una silla de la mesa.
Jeffrey se quedó de pie, pero Lena tomó asiento frente a Terri. La cocina se hallaba razonablemente recogida para esa hora de la mañana. Los platos y los cubiertos del desayuno estaban en el escurridor, y la encimera, limpia.
Lena se preguntó si Terri era ordenada por naturaleza o si Dale se lo había impuesto a golpes.
Terri se miró las manos, entrelazadas sobre la mesa. Era una mujer menuda, pero su actitud encogida la hacía parecer más pequeña aún. Irradiaba un aura de tristeza. Lena no se explicaba cómo Dale conseguía pegarle sin partirla en dos.
–¿Quieren tomar algo? – ofreció Terri.
Lena y Jeffrey rechazaron la invitación al unísono. Tras lo sucedido a Cole Connolly, Lena dudaba que volviera a aceptar algo de nadie.
Terri se reclinó en la silla y Lena la observó atentamente. Advirtió que eran más o menos de la misma estatura y tenían una constitución parecida. Terri debía de pesar unos cinco kilos menos y era tres o cuatro centímetros más baja, pero no había grandes diferencias entre las dos.
–¿No han venido para hablar de Dale?
–No.
Se tiró de un repelo de la cutícula del pulgar. Se veía sangre seca donde ya se había arrancado piel antes.
–Tenía que haber supuesto que al final vendrían.
–¿Y eso por qué? – preguntó Jeffrey.
–Por la nota que le envié a la doctora Linton -contestó-. Supongo que no fue muy astuto por mi parte.
Esta vez Jeffrey tampoco reaccionó.
–¿Y eso por qué?
–Bueno, ya sé que pueden encontrar en ella toda clase de pruebas.
Lena asintió como si eso fuera cierto, pensando que esa mujer había visto demasiadas series policíacas por televisión, donde las técnicos de laboratorio se paseaban en trajes de Armani y zapatos de tacón, extraían restos de cutícula de la espina de una rosa, volvían a su laboratorio y allí, por un milagro de la ciencia, descubrían que el agresor era un albino diestro que coleccionaba sellos y vivía con su madre. Al margen de que ningún laboratorio criminal del mundo podía permitirse pagar los millones de dólares que costaban los equipos que salían en esas series, la verdad era que el ADN se descomponía. Factores externos podían influir en la cadena, o a veces la muestra era escasa. Las huellas dactilares tenían que ser interpretadas, y eran pocos los casos en que hubiera suficientes puntos de comparación para poder presentarlas en un juicio.
–¿Por qué le envió la carta a la doctora Linton? – preguntó Jeffrey.
–Sabía que ella haría algo -respondió Terri, y se apresuró a añadir-: No es que creyera que ustedes se quedarían de brazos cruzados, pero la doctora Linton cuida de la gente. Se preocupa de verdad. Sabía que ella lo entendería. – Se encogió de hombros-. Sabía que se lo contaría a usted.
–¿Y por qué no se lo dijo personalmente? – preguntó Jeffrey-. Y a mí me vio el lunes por la mañana en la consulta. ¿Por qué no me lo dijo entonces?
Terri soltó una risa forzada.
–Dale me mataría si supiera que me he metido en esto. Detesta la iglesia.
Detesta todo lo que tenga que ver con ellos. Pero es que… -se le apagó la voz-. Cuando me enteré de lo que le había sucedido a Abby, pensé que ustedes debían saber que ese hombre ya lo había hecho antes.
–¿Quién lo hizo antes?
Tragó saliva antes de pronunciar su nombre.
–Cole.
–¿La metió en una caja en el bosque? – preguntó Jeffrey.
Terri asintió y el pelo le tapó los ojos.
–Se suponía que habíamos ido a acampar. Me llevó a dar un paseo. – Hizo una pausa-. Llegamos a un claro, y había un hoyo en el suelo. Un rectángulo. Con una caja dentro.
–¿Y qué hiciste? – preguntó Lena.
–No me acuerdo -le contestó Terri-. Creo que ni siquiera tuve tiempo de gritar. Me pegó muy fuerte y me metió dentro de un empujón. Me hice una herida en la rodilla y me arañé la mano. Empecé a chillar, pero él se me echó encima y levantó el puño, como si fuera a pegarme. – Guardó silencio por un momento, intentando mantener la compostura mientras contaba lo sucedido-. Así que no me moví. No me moví mientras él me tapaba con las tablas de madera, clavándolas una por una…
Lena se miró las manos mientras pensaba en los clavos penetrando en la madera, el sonido metálico del martillo al golpear la cabeza de metal, el
miedo insondable mientras ella permanecía allí, incapaz de salvarse.
–Él rezaba -prosiguió Terri-. Decía cosas como que Dios le había dado la fuerza, que él sólo era un instrumento del Señor. – Cerró los ojos y se le saltaron las lágrimas-. Y de pronto tuve delante esas tablas negras. Se filtraba un poco de luz entre ellas, supongo, pero sólo parecía un poco menos negro que la oscuridad total. Aquello estaba tan oscuro… -Se estremeció al recordarlo-. Lo oí echar la tierra sobre la tapa, sin prisas, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Y rezaba sin parar, levantando la voz cada vez más, como para asegurarse de que yo lo oía.
Calló, y Lena preguntó:
–¿Y qué hiciste?
Terri tragó saliva de nuevo.
–Empecé a chillar, y mis gritos sólo resonaron en la caja. Me hacían daño en los oídos. No veía nada. Apenas podía moverme. A veces todavía lo oigo
-dijo-. Por la noche, cuando intento dormir, oigo el ruido sordo de la tierra que cae sobre la caja. El polvo que se filtra, que se me pega en la garganta.
– Al recordarlo, empezó a sollozar-. Era un hombre malísimo.
–Por eso usted se marchó de casa -comentó Jeffrey.
Terri se sorprendió de que dijera eso.
–Su madre nos ha contado lo que pasó, Terri -explicó Jeffrey.
Terri se echó a reír, un sonido hueco desprovisto del menor sentido del humor.
–¿Mi madre?
–Esta mañana ha venido a la comisaría.
Asomaron más lágrimas a sus ojos y le empezó a temblar el labio inferior.
–¿Se lo ha contado ella? – preguntó-. ¿Mi madre les ha contado lo que hizo Cole?
–Sí.
–No me creyó -dijo Terri con un hilo de voz-. Le conté lo que me hizo, y ella me contestó que me lo había inventado, que iría al infierno. – Miró alrededor, la cocina, su vida-. Supongo que tenía razón.
–¿Adonde fuiste cuando te marchaste? – preguntó Lena.
–A Atlanta -respondió-. Salía con un chico, Adam. En realidad, sólo era un medio para escapar de allí. No me habían creído, así que no podía quedarme. – Se sorbió la nariz y se la limpió con el dorso de la mano-.
Tenía tanto miedo de que Cole volviera a cogerme. No podía dormir. No podía comer. Vivía esperando a que él fuera a buscarme.
–¿Por qué volviste?
–Yo… -Se le apagó la voz-. Me crié aquí. Y luego conocí a Dale… -
Tampoco esta vez acabó la frase-. Cuando lo conocí, era un buen hombre.
Muy tierno. No siempre ha sido como es ahora. Las enfermedades de los niños lo someten a una gran tensión.
Jeffrey no la dejó seguir por ese camino.
–¿Cuánto tiempo llevan casados?
–Ocho años -contestó.
Ocho años de palizas. Ocho años de poner excusas, de protegerlo, de convencerse de que esta vez sería distinto, de que esta vez cambiaría. Ocho años de saber en el fondo que se engañaba, pero sin poder hacer nada al respecto.
Lena no sobreviviría ocho años soportando eso.
–Cuando conocí a Dale -dijo Terri-, yo ya había dejado las drogas, pero seguía jodida. No tenía muy buen concepto de mí misma.
Lena percibió cierto pesar en su voz. No se regodeaba en la autocompasión.
Contemplaba su vida y veía que el hoyo que se había cavado no era muy distinto del hoyo en que la había metido Cole Connolly.
–Antes tomaba speed, me pinchaba. Hice cosas terribles. Creo que Tim es quien más ha pagado las consecuencias. – Añadió-: Tiene muchos problemas de asma. ¿Quién sabe cuánto tiempo se quedan esas drogas en el cuerpo? ¿Quién sabe qué efectos tienen en el organismo?
–¿Cuándo dejó de drogarse? – preguntó Jeffrey.
–A los veintiún años -contestó ella-. Las dejé de la noche a la mañana, sin más. Sabía que no llegaría a los veinticinco si no lo hacía.
–¿Ha estado en contacto con su familia desde entonces?
Volvió a tirarse del repelo de la cutícula.
–Hace un tiempo le pedí dinero a mi tío -reconoció-. Lo necesitaba para… -
Volvió a tragar saliva.
Lena sabía para qué necesitaba el dinero. Terri no trabajaba. Dale debía de controlar cada centavo que entraba en la casa. Tenía que pagar la clínica de alguna manera, y la única solución había sido pedir prestado a su tío.
–La doctora Linton ha sido muy amable -dijo Terri-. Pero teníamos que pagarle algo por todo lo que ha hecho. El seguro no cubre la medicación de Tim. – De pronto, alzó la vista y el miedo asomó a sus ojos-. No se lo digan a Dale -rogó, mirando a Lena-. Por favor, no le digan que pedí dinero. Es muy orgulloso. No le gusta que mendigue.
Lena sabía que Dale indagaría adonde había ido a parar el dinero.
–¿Veías alguna vez a Abby? – preguntó Lena.
Le temblaron los labios en un intento de contener el llanto.
–Sí -contestó-. A veces pasaba por aquí para ver cómo estábamos los críos y yo. Nos traía comida, caramelos para los niños.
–¿Sabías que estaba embarazada?
Terri asintió, y Lena se preguntó si Jeffrey percibía la tristeza que emanaba de ella. Debía de estar acordándose del niño que había perdido, el de Atlanta. Lena no pudo evitar pensar en lo mismo. Por alguna razón, le vino a la cabeza la imagen del bebé de arriba, sus piececillos en el aire, la manera en que Terri lo había tapado con la manta. Lena tuvo que bajar la vista para que Jeffrey no le viera las lágrimas que le abrasaban los ojos.
Sintió la mirada de Terri sobre ella. Terri tenía la intuición propia de una mujer maltratada, una percepción instintiva de las emociones cambiantes que se adquiría tras años intentando no decir ni hacer nada indebido.
Jeffrey, sin percatarse de nada, preguntó:
–¿Y usted qué le dijo a Abby cuando ella le contó que estaba embarazada?
–Tenía que haber sabido qué iba a pasar -dijo-. Tenía que haberla prevenido.
–¿Prevenido de qué?
–Tenía que haberle hablado de Cole, de lo que me hizo a mí.
–¿Por qué no la previno?
–No me creyó ni mi propia madre -afirmó-. No sé… Con los años, llegué a
pensar que tal vez me lo había inventado. En esa época me drogaba mucho, tomaba cosas muy malas. No tenía la cabeza clara. Era más fácil pensar que simplemente me lo había inventado.
Lena sabía a qué se refería. Una se mentía a sí misma en distintos grados para poder aguantar un día más.
–¿Abby le contó que salía con alguien? – preguntó Jeffrey.
Terri asintió y contestó con pesar:
–Con Chip. Le dije que no se liara con él. Tiene que entender que las chicas que se crían en la granja de Cultivos Sagrados no saben nada de la vida.
Nos tienen aisladas, como si nos protegieran, pero en realidad eso sólo sirve para facilitarles las cosas a los hombres. – Soltó otra risa forzada-. Ni siquiera sabía lo que era el sexo hasta que lo practiqué.
–¿Cuándo le dijo Abby que se marchaba?
–Pasó por aquí antes de ir a Savannah más o menos una semana antes de morir -respondió Terri-. Me dijo que se marcharía con Chip cuando la tía Esther y el tío Eph se fueran a Atlanta al cabo de un par de días.
–¿Parecía disgustada?
Se quedó pensando.
–Parecía preocupada. Eso no era propio de Abby. Pero tenía muchas cosas en la cabeza. Estaba… estaba distraída.
–¿En qué sentido?
Terri bajó la vista, intentando ocultar su reacción.
–Pues con cosas.
–Terri, necesitamos saber qué cosas -insistió Jeffrey.
–Estábamos aquí, en la cocina -habló por fin. Señaló la silla de Lena-. Ella estaba sentada ahí mismo. Tenía el maletín de Paul en el regazo, sosteniéndolo como si no pudiera soltarlo. Me acuerdo de que pensé que podía venderlo y con eso dar de comer a mis hijos durante un mes.
–¿Es un maletín bonito? – preguntó Jeffrey, y Lena supo que estaba pensando exactamente lo mismo que ella.
Abby había abierto el maletín y encontrado algo que Paul no quería que viera.
–Debió de costarle mil dólares -dijo Terri-. Ese hombre gasta dinero a manos llenas. No lo entiendo.
–¿Qué dijo Abby? – preguntó Jeffrey.
–Que tenía que ir a ver a Paul, y cuando volviera, se marcharía con Chip. –
Se sorbió la nariz-. Quería que yo dijera a sus padres que los quería con todo su corazón. – Rompió a llorar otra vez-. Tengo que decírselo. Es lo mínimo que le debo a Esther.
–¿Cree que le contó a Paul que estaba embarazada?
Terri negó con la cabeza.
–No lo sé. No creo que fuera a Savannah a pedir ayuda.
–¿A pedir ayuda para deshacerse del bebé? – preguntó Lena.
–¡No, por Dios! – exclamó, horrorizada-. Abby jamás mataría a su bebé.
Lena abrió la boca para decir algo, pero no le salió la voz.
–¿Para qué cree que quería hablar con Paul? – preguntó Jeffrey.
–¿Para pedirle dinero, tal vez? – aventuró Terri-. Le dije que necesitaría dinero si se largaba con Chip. Ella no sabía cómo era el mundo real.
Cuando tenía hambre, se encontraba la comida en la mesa. Cuando tenía frío, allí estaba el termostato. Nunca tuvo que valerse por sí misma. Le advertí que necesitaría dinero para ella, y que lo escondiera de Chip, que se quedara con una parte, por si él la dejaba. No quería que cometiera los mismos errores que yo. – Se sonó la nariz-. Era una chica tan dulce, tan dulce.
Una chica dulce que intentó sobornar a su tío para que le pagara con dinero manchado de sangre, pensó Lena.
–¿Cree que Paul le dio el dinero? – preguntó Lena.
–No lo sé -reconoció Terry-. Fue la última vez que la vi. Después de eso tenía que marcharse con Chip. Es lo que pensé que había hecho hasta que me enteré… hasta que ustedes la encontraron el domingo pasado.
–¿Dónde estaba usted el sábado por la noche?
Terri se limpió la nariz con el dorso de la mano.
–Aquí -contestó-. Con Dale y los niños.
–¿Alguien más puede confirmarlo?
Se quedó pensando, mordiéndose el labio inferior.
–Bueno, vino Paul -dijo-. Sólo un momento.
–¿El sábado por la noche? – preguntó Jeffrey, lanzando una mirada a Lena.
Paul había repetido varias veces que la noche en que murió su sobrina estaba en Savannah. Incluso su locuaz secretaria lo había corroborado. Paul dijo que había ido a la granja el domingo por la noche para ayudar en la
búsqueda de Abby.
–¿Por qué vino Paul? – preguntó Jeffrey.
–Le trajo a Dale ese chisme para uno de sus coches.
–¿Qué chisme?
–Ese chisme del Porsche -contestó-. A Paul le encantan los coches ostentosos; bueno, en realidad le encanta todo lo ostentoso. Intenta escondérselo a su padre y los demás, pero le gusta tener sus juguetes.
–¿Qué clase de juguetes?
–Trae coches viejos que encuentra en subastas, y Dale se los restaura a precio de amigo. Al menos eso dice Dale. No sé cuánto cobra, pero debe de ser más barato hacerlo aquí que en Savannah.
–¿Cuántos coches ha traído Paul?
–Que yo sepa, ha traído dos o tres. – Terri se encogió de hombros-. Tendría que preguntárselo a Dale. Yo suelo estar en la parte de atrás, ocupándome de la tapicería.
–Dale no me comentó que Paul vino a verlo la otra noche.
–No me extraña -dijo Terri-. Paul le paga en efectivo. No lo declara a Hacienda. – Intentó defenderlo-. Nos persiguen los acreedores. El hospital ya ha embargado la cuenta de Dale por el ingreso de Tom del año pasado.
El banco informa de todo lo que entra y sale. Perderíamos la casa si no tuviéramos ese dinero extra.
–Yo no trabajo para el fisco -dijo Jeffrey-. Lo único que me importa es lo que pasó el sábado por la noche. ¿Está segura de que Paul vino el sábado?
Terri asintió.
–Puede preguntárselo a Dale -contestó-. Estuvieron en el garaje unos diez minutos y luego se marchó. Yo sólo lo vi por la ventana. En realidad, a mí Paul ni me habla.
–¿Y eso por qué?
–Para él soy una perdida -contestó, sin el menor sarcasmo en la voz.
–Terri -dijo Jeffrey-, ¿ha estado Paul alguna vez solo en el garaje?
–Pues claro -contestó Terri, como si fuera evidente.
–¿Cuántas veces? – insistió Jeffrey.
–No lo sé. Muchas.
Jeffrey ya no se mostraba tan conciliador. La presionó más.
–¿Y en los últimos tres meses? ¿Ha entrado?
–Supongo -repitió, nerviosa-. ¿Qué más da si Paul ha estado en el garaje?
–Sólo quiero saber si ha tenido ocasión para coger algo de allí.
Soltó una carcajada de desdén ante la sola insinuación.
–Dale le habría retorcido el pescuezo.
–¿Y qué hay de las pólizas de seguros? – preguntó él.
–¿Qué pólizas?
Jeffrey sacó un fax doblado y lo dejó en la mesa delante de ella.
Terri arrugó la frente al leer el documento.
–No lo entiendo.
–Es una póliza de seguro de cincuenta mil dólares de la que usted es la beneficiaría.
–¿De dónde ha sacado esto?
–No es usted quien debe hacer las preguntas -dijo Jeffrey, abandonando el tono comprensivo-. Cuéntenos qué está pasando, Terri.
–Pensé… -Se interrumpió y meneó la cabeza.
–¿Qué pensaste? – preguntó Lena.
Terri cabeceó, mientras se tiraba del repelo del pulgar.
–¿Terri? – insistió Lena, para evitar que Jeffrey fuera demasiado duro con ella; era evidente que tenía algo que contar, y ése no era momento para impacientarse.
Jeffrey cambió de tono.
–Terri, necesitamos su ayuda. Sabemos que Cole metió a Abby en la caja, igual que a usted, sólo que Abby no salió viva. Necesitamos que nos ayude a averiguar quién la mató.
–Yo no… -Se le apagó la voz.
–Terri, Rebecca ha desaparecido -prosiguió Jeffrey.
Terri masculló algo, al parecer unas palabras de aliento. Sin previo aviso, se levantó y dijo:
–Enseguida vuelvo.
–Un momento.
Jeffrey la cogió del brazo cuando ella estaba a punto de salir de la cocina, pero dio un respingo y Jeffrey la soltó.
–Perdone -se disculpó ella, frotándose el brazo donde Dale la había lastimado. Lena vio que se le arrasaban los ojos en lágrimas de dolor. Aun así, Terri repitió-: Enseguida vuelvo.
Esta vez Jeffrey no la tocó pero, en un tono que no tenía nada de cordial, dijo:
–La acompañaremos.
Tras un momento de vacilación, Terri movió la cabeza en un parco gesto de asentimiento. Miró por el pasillo para asegurarse de que no había nadie.
Lena sabía que buscaba a Dale. Aunque estaba esposado en el coche patrulla, seguía temiendo que la agrediera.
Abrió la puerta de atrás y lanzó otra mirada furtiva, esta vez para comprobar que Lena y Jeffrey la seguían.
–Déjela un poco abierta por si Tim me necesita -dijo a Jeffrey.
En consideración a su paranoia, Jeffrey entornó despacio la mosquitera para que no se cerrara del todo.
Se dirigieron los tres juntos hacia el jardín trasero. Los perros, seguramente rescatados de la perrera, no eran de raza. Aullaron al tiempo que se abalanzaban sobre Terri, reclamando su atención. Ella les acarició la cabeza con gesto ausente y bordeó el garaje. Se detuvo en la esquina, y detrás Lena vio un anexo. Si Dale miraba hacia allí, los vería entrar. Jeffrey se percató de ello casi al mismo tiempo que Lena.
–Puedo… -empezó a decir Jeffrey, cuando Terri respiró hondo y salió al espacio abierto del jardín.
Lena la siguió, y aunque no se volvió hacia el coche patrulla, sintió el calor de la mirada de Dale.
–No está mirando -aseguró Jeffrey, pero tanto Lena como Terri tenían demasiado miedo para comprobarlo.
Terri sacó una llave del bolsillo y la introdujo en la cerradura de la puerta del cobertizo. Encendió las luces al entrar en la habitación abarrotada de objetos. Había una máquina de coser en el centro, rollos de cuero negro apilados contra las paredes y una intensa luz en el techo. Terri debía de coser allí la tapicería de los coches que restauraba Dale. Era un espacio frío y húmedo, poco más que un taller tercermundista, y debía de ser un tormento en pleno invierno.
Terri se dio la vuelta y por fin miró por la ventana. Lena siguió su mirada y vio la silueta oscura de Dale Stanley sentado en el asiento trasero del coche patrulla.
–Me matará cuando se entere de esto -dijo Terri. Y dirigiéndose a Lena, añadió-: Pero poco importa una razón más o menos, ¿no?
–Podemos protegerte, Terri. Podemos meterlo en la cárcel ahora mismo y nunca más volverá a ver la luz del día.
–Saldrá -dijo ella.
–No -replicó Lena, porque sabía que había maneras de asegurarse de que un recluso no volviera a salir. Si lo metían en la celda adecuada con el preso adecuado, se le podía joder la vida para siempre-. Podemos asegurarnos de ello.
Por la manera en que Terri la miró, Lena supo que la había entendido.
Jeffrey las había estado escuchando mientras se paseaba por la pequeña habitación. De pronto, apartó dos rollos de tela de la pared. Se oyó un ruido