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Diez
Una vez terminada la comida (el amigo de Françoise insistió en pagar la cuenta), volví a tomar la carretera de Longrupt.
SEXTO DÍA. LONGRUPT
Un mensaje me estaba esperando en el hotel, un sobre blanco únicamente con mi nombre escrito en letras mayúsculas. El dueño me observó mientras lo abría, al acecho de mis reacciones. Bernard Treipper, el reportero del «Republicain» me daba una cita a las 8 en un restaurante de Gorcy que se llamaba Le Bayard, cerca de la frontera belga. Antes de ir a reunirme con él me di una vuelta en el «Sous-Sol Bar», que me habían descrito como el punto de encuentro para la juventud «sana» de Longrupt. El cuadro era agradable, una extensa bodega abovedada y con muros de piedra, que servía como sala de fiestas, con sus luces tamizadas, sus mesas individuales y su bar, delante del cual unas chicas encaramadas sobre taburetes de largas patas cabeceaban al ritmo de la música. Se consumía o bien Coca-Cola o café y el temporero que oficiaba detrás del mostrador opuso una mueca de constricción a mi solicitud de un aperitivo.
—No tenemos licencia para servir bebidas alcohólicas… No somos un bar corriente. Formamos parte de la Casa de la Juventud…
Me arrojé sobre un schweppes y me lo bebí colgado de un taburete y con el cuerpo vuelto a medias hacia la sala. El barman no me había engañado con su precisión acerca de la «Casa de la Juventud». Yo acumulaba dos veces más años que el más viejo de los chavales que picoteaban a mi alrededor. Le pagué, al tiempo que le retenía por la manga.
—¿Puedes decirme si anda por aquí alguien que frecuentara a Bianca B. y a Prima Piovani… o a sus familias…?
El temporero me devolvió el cambio y paseó su mirada por los muchachos.
—Ellos no. Les pasa lo que a mí, la conocen por los discos… Si usted quiere, puede llamar al director. Creo que montó una gala con ella… Una vez nos lo dijo…
—Sí, siempre que no le moleste.
El director no respondía a la imagen habitual de un «trabajador socio-cultural», mezcla de revolucionario sin aliento, cansado de soportar la miseria del mundo, y de cura afligido por la pobreza de los medios puestos a su disposición para poner a flote las almas.
Estaba sonriendo —actitud marginal a la profesión si atribuía algún crédito a mis recuerdos— y me tendía la mano.
—¿Es usted el que escribe un libro sobre nuestra gloria local?
—Sí, soy yo. ¡Por lo visto, Radio Macuto también se escucha aquí en Longrupt!
Se sentó cerca de mí y se acodó en la barra del bar.
—¿Toma usted algo?
—Un schweppes vale, dos me producen ruido de tripas… Acabo de saber que usted contrató una vez a Bianca B. ¿Hace mucho tiempo?
Se quitó las gafas de cristales redondos y montura metálica, modelo típico de la Seguridad Social, y las secó en los faldones de su camisa.
—No fue exactamente de esa manera… Antes de ocuparme de esta organización, yo programaba los espectáculos de la sala de fiestas: el día de las asociaciones, los árboles de Navidad, los conciertos… El presupuesto me permitía invitar a un cantante cada trimestre… En 1980, cuando ya iban de capa caída por el resto del país, los cantautores aún llenaban las salas por aquí… Ello era debido al movimiento social que se producía alrededor de la siderurgia… Invité a un autor-compositor-intérprete belga, Luc David, de hecho un cantante regional puesto que vive en Arlon, a cincuenta kilómetros de Longrupt… Actuaba acompañado de dos chicas de coro, Prima Piovani y Joëlle Bicci, antes de que se hiciera llamar Bianca B. No creo que su asociación haya durado mucho tiempo… En todo caso nadie ha oído hablar nunca de Luc David. Por el contrario, su corista escala ahora las listas de éxitos…
Le corté la palabra.
—Una de sus coristas… La otra parece que más bien necesita que la entierren… ¿Tiene usted la dirección de ese tal Luc David?
—La debo tener arriba, en mi despacho. ¿Tiene usted un minuto?
Lo seguí a través de un dédalo de corredores hasta su despacho, un rincón en completo desorden, lleno de dossiers, bobinas de películas, carteles y octavillas, que lindaba con la cabina de proyección del Río.
Luck David vivía en el 8 de la calle Saint-Ernest en Arlon.
Me quedaba el tiempo justo para cubrir la distancia que me separaba de Gorcy. El motor del 4L roncaba como nunca por la nacional. Giré a la izquierda a la altura de Mexy, a fin de evitar la aglomeración, y sobrepasé Réhon. Una barrera de la gendarmería bloqueaba el acceso a la carretera departamental. Bajé el cristal de la portezuela del coche y me acerqué a un gendarme embutido en su equipo de invierno. Se inclinó hacia mí, con su rostro congestionado por el frío.
—La 172 está neutralizada. Dé usted la vuelta por Cons-la-Grandville.
Volvió a su posición. Insistí:
¿Qué ha sucedido?… ¿Es grave?
Se inclinó de nuevo, visiblemente molesto.
—No es nada… Es a causa de los sapos…
Abrí desmesuradamente los ojos por la sorpresa.
—¡Los sapos! ¿Qué sapos?
El gendarme colocó una mano enguantada al borde de la ventanilla.
—Los «bufo bufo» este año llegan con adelanto…
Me apoyé de nuevo en el asiento, vagamente inquieto.
—¡Y es por eso, porque los «bufo bufo» vienen adelantados, por lo que prohíben ustedes la circulación por la departamental 172!¿Es una broma o qué?
—Nada de bromas… La especie de los «bufo bufo» está en vías de extinción. En estos momentos deben de quedar entre 1500 y 2000… Atraviesan la 172 y van a reproducirse en el Chiers…
—¿Y eso representa cuánto tiempo?
El gendarme levantó hacia el cielo una cabeza de mártir.
—Una semana larga… Estas malditas bestias funcionan como las tortugas. Los machos no se mueven ni un pelo durante el período de la reproducción. Las hembras se ven obligadas a transportarles a sus espaldas hasta llegar al río.
Abandoné al gendarme congelado en su semana de vigilancia para la protección de la migración amorosa de los «bufo bufo» y tomé la desviación de Cons.
En Gorcy, las edificaciones rojas y azules de una nueva fábrica brillaban entre los altos hornos comidos por el óxido, entre los baldíos industriales invadidos por una hierba grisácea. Al entrar en el Bayard, tuve la impresión de haber comido allí miles de veces. Formica, fluorescentes, espejos. Bernard Treipper agitó la mano, al fondo de la sala, bajo un tablero que marcaba los resultados de las carreras de caballos. Atravesé una pequeña multitud ruidosa y envuelta en humo apiñada ante la pantalla de la televisión. El rumor subió de tono cuando tomé asiento delante del periodista.
—¿Qué dan por la tele?
Treipper no me había esperado para pedir la comida y estaba atacando el último pedazo de carne.
—¡Nancy contra el Paris-Saint Germain… en Nancy! Va a empezar de un momento a otro. ¿No le interesa el deporte?
—No demasiado… ¿Y usted está efectuando algún reportaje etnológico sobre los aficionados al fútbol en las dependencias de los restaurantes?
Acaban de pitar el saque inicial. El camarero se abrió camino y tomó mi pedido. El periodista esperó a que se marchara para responderme.
—No. Me he pasado de los chinos a los japoneses. Esta noche inauguraban una fábrica en el sector… Todo un acontecimiento. En la región más bien estamos abonados a los certificados de defunción…
—¿Un edificio rojo y azul viniendo de Cons?
—Sí, éste es…
—Lo he visto desde la carretera… ¿Es una empresa japonesa?
Bernard Treipper asintió.
—La sociedad Yoko. Fabrican tornillos para tabiques. Esperan producir unos cien millones al año con 40 obreros… Todo está robotizado. La inauguración se ha efectuado según la tradición japonesa: la banda de Gorcy ha interpretado el himno japonés, parece que después de tres meses de ensayos, y todos nosotros nos hemos tenido que lavar las manos con agua de laurel antes de entrar en los talleres. Luego, después de los discursos oficiales, un sacerdote sintoísta, especialmente llegado del Japón con su kimono de seda blanca, sus zuecos y sus cantos religiosos grabados en un Sony, ha exorcizado la fábrica para alejar a los malos espíritus… Hace unos años la región se rebelaba contra los planes de reestructuración del sector siderúrgico… Se luchaba en las calles arrojando pernos contra los CRS… ¡Hoy escuchan los gritos de un sacerdote sintoísta encargado de atraer a las fuerzas del bien sobre robots fabricantes de tornillos!
Un rumor creciente que se convirtió en aullido acompañó el gol de Fegic que daba ventaja al equipo de Nancy. Bernard Treipper se levantó del asiento, transfigurado.
—¿Quiere que nos instalemos con ellos?
Declinó mi ofrecimiento, a la par que sonreía.
—No, ya lo veré mañana por la mañana: he programado la grabación en mi magnetoscopio… ¡No le he pedido que viniera hasta aquí para ver los dos un partido de fútbol! Hay nuevas noticias en el asunto de Prima Piovani…
De repente los aficionados que se dejaban los pulmones delante de la pantalla dejaron de existir. Joël Bats habría podido encajar un segundo gol sobre la marcha sin que el clamor consiguiera mermar mi interés por las palabras que iba a pronunciar Bernard Treipper. Los gritos de angustia que se produjeron algunos segundos más tarde, cuando d’Angelo bloqueó el disparo de Susic que iba a representar el empate, llegaron hasta mí como un lejano rumor.
—… El sheriff ha enchironado al asesino. Aún no tengo derecho a hablar de ello en el periódico: el juez tiene que inculparlo mañana por la mañana.
—¿Quién es?
Bernard Treipper empujó su plato mientras me servían el mío.
—Pietro Zéno. Estaba en casa de Prima Piovani durante la noche anterior a su muerte. No lo había declarado durante el primer interrogatorio del sheriff.
—¡Pietro Zéno! ¡Es la primera vez que oigo este nombre! ¿De dónde sale?
—Pues usted me habló de él cuando nos encontramos en la comisaría.
Dejé mis cubiertos en el borde del plato.
—Imposible. Yo ignoraba incluso el nombre…
—Su nombre quizás, pero no su silueta. Usted me dijo que un hombre de uniforme se había metido en casa de Prima Piovani poco después de que usted saliera. Por el momento usted creyó que se trataba de su cartero a causa de la gorra. De hecho era un aduanero que en Longrupt acostumbran a presentar como el tío de Prima Piovani. Sin embargo, no guardan parentesco alguno… Sencillamente era originario del mismo pueblo del viejo Piovani y la familia le encargó que velara por la chica cuando todo el mundo regresó a Florencia. Se le llama el tío, porque resulta más sencillo…
A nuestro alrededor se había producido un repentino silencio. El árbitro acababa de conceder un penalti al Nancy. Arribart se concentró, suspendiendo todas las respiraciones. Tomó impulso, con la ayuda del grupo de aficionados que se levantaba. Bats despejó el disparo con los dos puños unidos y luego se arrojó sobre el balón, mientras los atacantes del Nancy se abalanzaban contra las redes de la portería.
Treipper se había interrumpido para seguir la acción. Yo encendí un Disque Bleu.
—¿Fue él mismo quien se entregó?
—No. El sheriff ha enviado a todo su equipo a merodear por el barrio de Butte… ¡Un crimen en Longrupt! ¡No podía ni soñar una ganga parecida, con todo lo que le ha caído encima! Arrestando al asesino hace más difícil la tarea de sus detractores. Los policías han interrogado metódicamente a todos los habitantes de las calles primera, segunda, tercera y así subiendo. Las tres cuartas partes se pasan la vida amarrados al televisor o espiando detrás de las cortinas… Ellos han confirmado la llegada de usted, la hora en que salió de la casa y luego la presentación inmediata de Pietro Zéno. Se quedó un buen cuarto de hora dentro, tal como declaró espontáneamente tras el descubrimiento del cadáver… Pero se le olvidó señalar que regresó hacia las ocho y media de la noche siguiente… El sheriff posee el testimonio de una mujer de la calle cuarta que estaba arreglando la cocina en el piso inferior… Mala suerte para Zéno, porque ella hizo al momento un comentario a su marido, creyendo que el «tío» se lo estaba pasando bien con la «sobrina»…
—Siempre he opinado que el incesto reafirma los lazos familiares… ¿Era eso lo que sucedía?
El periodista no acusó mi sarcasmo.
—No… Usted se acuerda de su estado a las diez de la mañana ¡Imagínesela a medianoche…! ¡Ya serían ánimos! Zéno ha confesado al sheriff…
Le corté la palabra.
—¿Se acusó del asesinato?
—Aún no lo había hecho cuando yo me fui de la comisaría de Longrupt, pero era una simple cuestión de tiempo… Ha confesado que traficaba con Prima Piovani desde hacía tiempo, antes incluso de que ella tuviera éxito en el mundo de la canción…
—¿Era aduanero o no lo era?
Bernard Treipper se puso a reír, agitando su mano ante sus ojos para disipar el humo de mi cigarrillo.
—En la región, eso se podría considerar como circunstancia agravante… Pietro Zéno no siempre ha ejercido este trabajo. Anteriormente trabajaba en la fábrica de Micheville con el padre de Prima. Se hizo despedir en 1977 o 1978. Le propusieron un curso de formación intensiva para convertirse en aduanero, los famosos despido-reconversión. Después de dos o tres años de puesta a prueba, me imagino que sus colegas le indicaron las mil y una maneras de redondear la paga de cada mes… ¿Está usted al corriente del sistema de los «avisadores»?
Confesé mi ignorancia.
—No demasiado…
El periodista pidió unos cafés con una señal al mozo del bar.
—Es muy sencillo: los aduaneros cobran un porcentaje variable sobre las capturas que efectúan. Tienen derecho a mantener una red de confidentes a los que se llama «avisadores». Éstos son anónimos y señalados mediante números de código. Reciben entre el 15 y el 20% de las sumas recuperadas. A partir de aquí, todo es posible: primar a un contrabandista para que denuncie a sus colegas, proporcionar su dosis cotidiana a un drogata para hacer caer toda una red… Desgraciadamente todo lo que se consigue al azar, por medio de los controles de rutina, no representa nada… La idea que tuvo Piétro Zéno fue genial en su sencillez: formó todo un equipo de confidentes-testaferro a los que atribuía el mérito de las capturas anónimas. Prima Piovani estaba en el ajo desde el principio… Claro que estos confidentes-testaferro no recibían ni el 15 ni el 20%; se contentaban con un 5% de media. Los beneficios se repartían entre todos los aduaneros del puesto…
El ruido de la sala llegó a cubrir su voz: Stef d’Angelo acababa de salir de la portería para lanzarse a los pies de Charbonnier que venía lanzado como un bólido. Recuperó el balón y lo sacó con la mano. Los del Nancy subieron lentamente al ataque haciendo que el balón circulara de un extremo al otro, con pases también hacia atrás, lo que tuvo el efecto de calmar el ardor de nuestros vecinos.
—¿Por qué la mató? Sobre todo si el chollo iba sobre ruedas desde hacía años…
—El sheriff tiene una explicación. Según su opinión, Pietro Zéno proporcionaba un poco de droga a Prima Piovani… Hachís para su uso personal. Según él, la chica llamó a su «tío» por la mañana para pedirle, o bien dosis más fuertes o quizás nieve. Él no quiso, pero ella le amenazó con revelarlo todo si no accedía rápidamente a sus deseos… La policía no ha encontrado más que menudencias en el apartamento, lo cual puede significar que Pietro Zéno regresó por la noche con las manos vacías… Se pelearon y él la mató, disfrazando el asesinato en suicidio…
Sentí unas ganas repentinas de precipitarme a casa de Bianca B., implorar su perdón, perderme en su olor, hundir mi rostro entre sus cabellos, pero sabía que aún era pronto. Sin saberlo ella, era preciso que yo compartiera su vida y rehiciera su camino.
El árbitro silbó el final del encuentro, bajo los aplausos de todos los clientes, en cuyo número tuve la sorpresa de contarme.
Por suerte, ni un solo parisino estaba presente allí para ser testimonio de mi cobardía.