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Once
El R 25 se detuvo a la altura de la garita. Un aduanero soñoliento nos hizo señal de que siguiéramos nuestro camino y atravesamos el pueblo dormido de Baranzy. Antes de salir del «Bayard», había telefoneado a Arlon, a casa de Luc David, en donde un contestador automático me daba el motivo de su ausencia: el cantante actuaba a partir de las 22 horas en un cabaret de Virton llamado «Le Gletton». Bernard Treipper había aceptado de inmediato dar una vuelta por Bélgica. Virton distaba una veintena de kilómetros de Gorcy y ahora nosotros corríamos a lo largo de la frontera. La nieve cubría uniformemente las laderas norte de las colinas, dejando al desnudo anchas zonas de tierra oscura en las pendientes del otro lado. Las luces de los faros vibraban sobre los troncos de los árboles en las curvas. El periodista rompió el silencio que se había instalado en el interior del coche desde nuestra salida de Gorcy.
—Es gracias a momentos como éste por lo que uno llega a comprender ciertas cosas que parecen difíciles…
La noche, el ruido regular del motor, la perfecta estabilidad del coche producían en mí una sensación de ingravidez. Apoyé la cabeza en el respaldo.
—¿Cuáles, por ejemplo?
El periodista se giró lentamente hacia mí con el rostro iluminado por las luces de colores del salpicadero.
—«La Gaume es un país paralelo…». Una canción de la tierra que se escuchaba mucho hace unos diez años… Ahora creo saber lo que quiere decir, pero sería incapaz de explicarlo.
—Y esto es la Gaume, ¿no?
—Sí, un rincón del mundo, pero por poco piden la independencia… El país gaumés apenas se aproxima a los mil kilómetros cuadrados, encajonado entre Luxemburgo, Francia y la Valonia. Ello no les impide tener su idioma, su periódico, su museo, su historia y sus cantantes ¡Ellos resisten contra viento y marea!
El cabaret se encontraba en una plaza de Virton, cerca del hotel del Cheval Blanc. Había que bajar un tramo de escalera de piedra y luego bajar la cabeza para pasar por la puerta. Una treintena de espectadores, la mayoría matrimonios con sus hijos, sentados alrededor de pesadas mesas de madera maciza, escuchaban a un cantante, que estaba de pie en medio de un escenario minúsculo, delimitado por un amontonamiento de toneles de cerveza. Con el pie sobre una silla, se acompañaba a la guitarra, y los espectadores repetían a coro el estribillo de sus canciones batiendo palmas. Nos sentamos al fondo de la sala, alrededor de una mesa ocupada por dos barbudos con pinta de profesores de instituto que nos invitaron a compartir su botella de cerveza, sin dejar de cantar:
Au moumat des élections
On r’fat les égouts don Jules et don Zabus
On n’cause pus d’espropriâtions
On r’fât les icoles et on rajoute des bus
Au moumat d’aller vouoter
On r’baÿe dè l’espoir a tous les pensionnés
Aux veufs at aux handicapès
Qui noircichant toudjou el rond d’à-côté[5]
El cantante anunció entre risas y aplausos que la Gaume debía «El
Mimile[6] y las elecciones» a Jean Claude Watrin y se embarcó en una diatriba en patois en la que se mezclaban el rechazo a la extensión de un campamento militar en Lagland y la defensa de una fábrica amenazada de muerte cerca de Athus.
Pedí una botella de blanco de Mosela, un Grécher, mientras que Luc David la emprendía con una nueva canción. Bernard Treipper y su vecino belga iniciaron un debate sobre las cualidades comparadas entre los productos alcohólicos franceses y belgas, que ya estaba en su apogeo cuando el artista saludó a su público. Me levanté para pedirle una entrevista, antes de que se fuera. Miré mi reloj. La esfera marcaba las 23h. 59m. 59s. El segundo siguiente hizo que el mundo basculara hasta un nuevo día.
SÉPTIMO DÍA, LONGRUPT
Luc David llevaba los cabellos largos sobre el cuello. Las mechas entrecanas echadas sobre la parte delantera de su cráneo ya no conseguían esconder su calvicie. Sus ojos claros no cesaban de moverse detrás de sus gafas de gruesa montura, que le conseguían una cabeza de rana. Iba vestido con un tejano y un jersey de lana gris de bordes amplios. Le dejé tiempo para que se bebiera una Faro, que el dueño del «Gletton» le sirvió en un vaso de cerveza de cuerpo ancho y cuello estrecho.
—Buenas noches. ¿Nos podemos ver unos minutos?
Infló sus mejillas para dominar un eructo.
—Estoy a su disposición… Pero siempre me queda un hueco en el estómago después de cada actuación… ¿No le molesta que coma un bocado mientras hablamos?
Una mujer colocó entre nosotros una fuente de charcutería, jamón de Bastogne, salchichas de las Ardenas, patés de carne, que me hicieron lamentar el menú del Bayard. Luc David debió notar mi mirada de avidez.
—Pruebe nuestros productos… Usted no es de la región, se nota en el acento. Le aconsejo el jamón. No encontrará otro mejor.
¿Es usted periodista?
—No, yo no… Mi amigo que está en aquella mesa del fondo trabaja para el Republicain Lorrain. Yo soy escritor. Me han encargado un libro sobre la vida de una cantante que usted conoció… Me gustaría que usted me contara algo acerca de ella.
Luc David frunció las cejas.
—¿Está usted seguro de llamar a la puerta que corresponde? ¡Frecuento pocas cantantes y ninguna alcanza la edad canónica que justificaría que se redactaran sus memorias!
Piqué una rodaja de salchichón.
—En el caso que me ocupa, no es la edad la que marca la diferencia sino el éxito: estoy escribiendo sobre Bianca B. Ustedes trabajaron juntos a principios de los 80…
Se sirvió una segunda Faro y aguardó antes de llevarse el vaso a los labios el tiempo de que la espuma desapareciera.
—He leído en los periódicos que su compañera, Prima Piovani, había sido encontrada muerta. ¿No será a propósito de ella por lo que usted busca información?
Me incorporé, acertado de lleno.
—¿Acaso parezco un ayudante de la policía?
El cantante dejó el vaso de cerveza sobre la mesa y se secó la boca.
—¡Nunca se sabe! Han renovado el muestrario desde el 68… Para decirlo todo, Bianca se llamaba Joëlle, antes de que el mundo del espectáculo le cambiara el nombre. Participaba en mis recitales con Prima Piovani. Nos encontramos en una radio, en Lorraine Corazón de Acero o en Radio SOS cuando buscaba coristas inteligentes que pudieran asimismo ocuparse del material y tocar algunas notas de acompañamiento a la guitarra o a la percusión. La cosa marchaba muy bien para los cantantes de mi estilo en aquella época. Íbamos de gira todo el año por las ciudades de las cuencas siderúrgicas, invitados por los ayuntamientos, los sindicatos, los comités de empleo… Formábamos parte del movimiento de la misma forma que un minero o un siderúrgico…
—¿Permanecieron ellas mucho tiempo con usted?
—Seis o siete meses, no más. Joëlle, bueno Bianca, se lió con uno de los tipos del comando parasindical que afanó la Copa de Francia de fútbol de los locales del Fútbol Club de Nantes en el año 79… Una verdadera cabeza loca… Siempre lo tenía a mi alrededor, merodeando cerca del material… Le prohibí que siguiera con nosotros, después de que un micro, un magnetofón y dos focos desaparecieran como por encanto. Bianca hizo todo lo posible para que reconsiderara mi decisión, cosa que no hice. Resultado: ella se fue con Prima Piovani siguiéndole los pasos… A Prima me la habría quedado a mi lado, incluso sola: se defendía muy bien en todas las disciplinas: música, voz, técnica…
—¿Las volvió a ver después?
Bernard Treipper acababa aparentemente de concluir su torneo oratorio con el barbudo de la mesa del fondo. Se sentó a mi lado y se sirvió con autoridad una loncha de jamón ahumado.
—No, aparte de Bianca en la tele… Su gachó también tuvo su época de celebridad: se habló de él en el momento del falso secuestro de Johnny Hallyday. Formaba parte del grupo que se llevó a Johnny a la salida de su recital de Nancy y lo trajo al corazón de la cuenca siderúrgica, a fin de que se diera cuenta del follón industrial. ¡Siempre la fascinación por el mundo del espectáculo! Por desgracia, el ambiente de las operaciones comando le hizo perder la cabeza: pronto abandonó la lucha sindical para organizar golpes de mano en provecho propio. Robos de coches, atracos a supermercados. Eran cinco o seis los que se encontraban en su caso. Se les llamaba «los soldados perdidos de la batalla del acero»… ¡Las regiones siniestradas producen las mitologías que pueden!
El periodista metió baza en la conversación.
—¿Está usted hablando de Didier Colin, el tipo que había pertenecido a la CFDT y lo detuvieron por asaltar el Mammouth de Thionville?
Luc David golpeó la mesa con la palma de la mano.
—Didier Colin ¡Claro que se trata de él! No me acordaba del nombre. ¿Conoce usted la historia?
—Un poco. Escribí un par de artículos en el momento de su proceso ante la Audiencia de Nancy. Se ha vuelto a hablar de él la semana pasada, aunque no en primera página. Tres líneas de télex para anunciar su liberación… Le habían cascado siete años, a principios de los 80… Un año de remisión de pena. Lo que se acostumbra…
Le corté la palabra.
—¿Sabía usted que se trataba del antiguo amigo de Bianca B.?
Treipper abrió los ojos desmesuradamente.
—No, yo no he escuchado el principio de su conversación. ¿Piensan ustedes que puede tener relación con la muerte de Prima Piovani?
—Ni idea. En todo caso, vale la pena asegurarse. ¿Le es posible obtener la dirección que ese tal Didier Colín ha dejado al salir de la cárcel?
—Si. Mantengo muy buenas relaciones con la dirección de la penitenciaría…
Luc David se había levantado. Me miró de arriba a abajo con aire de disgusto.
—¡Ustedes se me han presentado como periodista y escritor, lo cual no impide que estén hablando como la bofia y eso me quita el apetito!
Recogió su vaso y el plato de charcutería y se fue a instalar a otra mesa, en la que sus amigos le acogieron riendo. Bernard Treipper se aprestaba a reunirse con ellos para poner las cosas en su sitio, pero yo le retuve de la manga.
—Déjele tranquilo. En tanto que los periódicos no han anunciado el asesinato de Prima Piovani, él está en lo cierto…
Abandonamos el «Gletton». El R25 estaba cubierto de una espesa capa de nieve que se helaba al contacto con la carrocería. Bernard me devolvió a Gorcy, en donde recuperé mi coche. Me prometió comunicarme rápidamente la dirección del amigo de Bianca B., antes de largarse a Metz. Luego regresé a Longrupt a poca velocidad debido al firme deslizante de la carretera.
De madrugada soñé con Bianca. Se movía en un escenario acribillado de luz, mientras que un cantante parecido a Johnny rugía al micro. El telón bajó y ella se arrojó en sus brazos. Cuando al fin sus labios se separaron, el cantante hundió sus ojos en los míos.
Y me reconocí a mí mismo.