Play-Back
Cinco
No tuve que pensar mucho en cuanto a la elección del hotel: Longrupt sólo tenía uno situado en la calle de Strasbourg, un enorme edificio silencioso de paredes descoloridas. Una mujer vieja y sombría que hablaba un francés de catástrofe me había conducido hasta mi habitación. De camino se había detenido junto a un armario para proporcionarme una manta suplementaria y de entre su pastiche hablado había deducido que la calefacción dejaba que desear. Las dos ventanas daban a un campo de deportes, cuyo césped hundido por la intemperie no había dejado cuajar la nieve que se aglomeraba con el barro. Hacia la izquierda se extendía una marea de tejados grises, las acerías de Micheville. Ni un ruido, ni siquiera humo, como si fuera un dragón adormecido…
Inclinándome, podía ver, a continuación, las antiguas minas, las colinas descuartizadas que las excavadoras acababan de arrasar para trazar una pista de motocross. Me desembaracé de mi equipaje, antes de ir a arrastrar mis pies por las calles desiertas. Las aceras de la avenida comercial estaban abiertas sobre las conducciones de gas y una multitud de pasarelas frágiles de madera permitían el acceso a las casas y a las tiendas. Tuve que remontarla hasta el inicio de la cuesta de la Butte para encontrar un café con las cortinas levantadas. A lo largo de la calle sólo había escaparates mudos, figones polvorientos, dos cines con las fachadas desconchadas, sobre las cuales nadie venía a colgar anuncios los martes por la noche, tiendas de ultramarinos que alineaban sus vacías estanterías. La mitad de la ciudad estaba en venta, pero ningún propietario había conseguido reunir el ánimo y la esperanza suficientes para colgar un letrero en el pomo de la puerta. Los cinco o seis clientes agrupados en un rincón de la sala delante de sus vasos vacíos levantaron a la vez sus cabezas y me observaron mientras me aproximaba a la barra.
El dueño dejó su crucigrama y me recalentó un fondo de café en una cacerola. Yo me bebí el líquido de un golpe, para no sentir el sabor. Cuando hube terminado de tragarme el brebaje, me reuní con él al final del mostrador, allí donde se sumergía en las definiciones del Republicain Lorrain.
—¿Puede usted informarme?
Hizo un esfuerzo para no levantar la cabeza.
—Depende sobre qué cosa…
—Me gustaría saber dónde vive una chica que se hace llamar Prima Piovani.
Los dedos se apretaron nerviosos sobre le bolígrafo cuya punta se hundió en el papel del periódico.
—Aquí nadie se hace llamar. Todo el mundo se llama como se llama y punto. Sobre todo los Piovani… Cuando llegaron aquí, nada existía en este agujero. Todo se levantó ante sus ojos… ¿Qué pretende usted de Prima? ¿Usted también es periodista?
Afectaba adoptar un tono desabrido, pero el personaje en conjunto contradecía esta voluntad de marcar las distancias.
—No, no soy periodista… Algo por el estilo… Escribo un libro acerca de los cantantes… ¿Ella vive aquí en Longrupt?
—No se ha movido desde que nació. La encontrará usted en la tercera calle al fondo, en dirección a Cantebonne. Ya verá los colores: los pintores deben haber llegado más o menos por allí… Es posible que estén pintando la casa.
Se giró hacia el grupo silencioso, que no se había perdido ni una palabra de la conversación.
—¡Eh, Paolo…! ¿La Piovani en qué número vive? Es por tu sector, ¿no?
Uno de los clientes se levantó y se aproximó, cojeando, al bar. Sus ojos saltones y sus cejas negras y espesas como el carbón hacían que se pareciera a un Groucho Marx amputado de su bigote. Se plantó delante de mí hasta tocarme.
—Está en el número 122 de la tercera calle… La calle de las Acacias, si es que usted se fía de los rótulos de las calles. Aquí nosotros tenemos la costumbre de contarlas a partir de abajo, así sabemos lo que nos queda por escalar… ¿Viene usted de lejos para hacerle una entrevista?
El patrón sirvió una caña de cerveza y la colocó delante de mi guía.
—Vengo de París, ¿por qué?
Mojó sus labios en la espuma y la sorbió sin inclinar el vaso.
—Porque me extrañaría que ella le dejara entrar. Ella no sale de su casa desde hace meses. A todos sus colegas les ha dado con la puerta en las narices…
—¿Está enferma?
—No exactamente…
Mis hombros se levantaron por reflejo.
—¿Usted sabe por qué hace eso?
Los demás clientes se pusieron a reír delante de sus vasos vacíos. El hombre cojo desorbitó los ojos y luego echó la cabeza hacia atrás. Se llevó a la boca la mano cerrada con el pulgar tendido contra los labios para figurar una botella. Sólo el dueño no se reía.
Saqué mi cartera y deposité un billete de cien francos sobre el mostrador.
—Cóbrese… Incluya también las consumiciones de esos señores…
Mi vecino recogió el billete. Lo arrugó en su mano y lo introdujo nerviosamente en el bolsillo de mi chaqueta.
—Usted es el invitado… Quizá no lo parezca, pero aún podemos pagarnos la bebida.
Me contenté con cerrar la cremallera de la chaqueta sobre mi pecho.
—Como quieran…
Y salí. Ya no nevaba, pero lo que caía no era mejor. Gruesas gotas de agua helada se estrellaban en el suelo. Levanté el cuello de mi chaqueta por detrás, intentando proteger mis cabellos y me puse a correr hacia el hotel, con el cuerpo doblado en dos.
Cené tarde y solo en la sala del restaurante, tragando los alimentos los más deprisa posible, a fin de no molestar demasiado a las tres personas que movilizaba a mi servicio. Ya en la habitación, me apliqué al plan general del libro, con una manta sobre los hombros para combatir la humedad. La fatiga del viaje me esperaba a la vuelta de la primera frase.
SEGUNDO DÍA EN LONGRUPT, MAÑANA
Me desperté temprano. Un día húmedo y sombrío bañaba la habitación. Fuera, unos cuantos vehículos atestados de inmigrantes que cada día se dirigían hacia la frontera y las acerías de Arbed. Me tomé el tiempo de desayunar, leyendo la prensa local. En Amnéville se inauguraba a toda fanfarria una pintura al fresco que conmemoraba el centenario de la primera colada de acero… Amnéville, la ciudad del olvido… A algunos kilómetros de allí, la Mariscalía de la Corte, confiando en el porvenir, anunciaba que la Gran Duquesa María Teresa, heredera del trono de Luxemburgo, esperaba un feliz acontecimiento. Gané la plaza Schneider sin encontrar un alma viviente y luego ataqué el repechón, en el flanco de la colina, deteniéndome varias veces durante la ascensión para tomar aliento. Aún no había empezado a llover y la nieve del día anterior mantenía su altura en grandes placas redondeadas. Las calles paralelas de la villa de la Butte se parecían todas. La tercera, la calle de las Acacias, se abría en curva delante de mí. A la derecha, una alineación de fachadas repintadas recientemente en una gama alternada de pasteles amarillo, verde, azul, crema y rosa, una acera estrecha, una vieja calle abombada con el asfalto agujereado por el uso; después, a la izquierda, en ligera pendiente, los huertos situados detrás de la cuarta calle.
Y así a continuación.
El número 122 se encontraba al final del recorrido junto a un pesado edificio rotulado «Clínica de las Acacias».
Agité la campanilla adosada a la reja. Las cortinas temblaron en el 124, en el 120… Señalé de nuevo mi presencia, esperé un poco antes de empujar la reja. La puerta se abrió bajo mi presión, mientras un rostro abotargado aparecía en la ventana de la planta baja. Alcé la cabeza y pedí por signos la autorización para entrar. Una mueca animó la cara redonda y sin relieve pegada al cristal. Las cortinas se cerraron. Un segundo más tarde, la mujer estaba de pie en el porche con una mano cerrada sobre el pomo de la puerta y la otra agarrada al montante. Se había vestido con una especie de conjunto de lana verde, que ampliaba sus formas a la vez que disimulaba en cuanto a detalles. Sus pies hinchados sobresalían a medias de unas zapatillas de fieltro y sus cabellos rubios estropajosos, poco cuidados, le caían en pesadas mechas a lo largo de las mejillas. No conseguí atribuirle una edad precisa. Tanto podía tener veinticinco años como el doble. Le tendí la mano y ella avanzó la suya por reflejo. Un apretón fofo y húmedo.
—¿Podría decirme si Prima Piovani está aquí?
Ella ajustó su jersey sobre sus senos pellizcándolo con sus dedos y haciendo restallar el elástico del sostén.
—Soy yo. ¿Qué desea usted de mí a estas horas?
Me quedé estupefacto, incapaz de pronunciar palabra.
—¿Qué esperaba encontrar? ¿Una starlette? Lo siento, pero hay que tomarme como soy… El maquillaje no es mi fuerte.
Su voz contradecía su apariencia física, una voz clara, bien modulada, ligeramente ronca al final de la frase. Poseía un tono dinámico, equilibrado, que nada tenía que ver con la abundancia de sus carnes y los pliegues de su piel. Ella avanzó la barbilla.
—Bueno, ¿ha perdido usted el habla?
Respiré una buena bocanada de aire.
—Discúlpeme… Estoy escribiendo un libro sobre su amiga Bianca B. Un encargo de mi editor. He leído su nombre en la firma de algunas de sus canciones y he creído comprender que usted había trabajado con ella en los inicios de su carrera.
Un mechón empujado por el viento se detuvo en el pliegue de su nariz. Ella intentó desalojarla moviendo la cabeza, luego se resignó a tomar los cabellos entre sus dedos amorcillados para bloquearlos detrás de una oreja.
—Usted habrá tenido que buscar un buen rato antes de encontrar una… Creo que no firmé más que dos, en su primer disco… Al menos hace ya dos años de eso… ¿Qué título era?
—No presté atención… «Hay que bailar», o quizás algo parecido.
Se separó del marco de la puerta de entrada y bajó los escalones del porche, colocando pesadamente los pies en el cemento y asegurando cada paso antes de iniciar el siguiente.
—Debía ser «Baila y olvida». Es el título que la lanzó… No vamos a pasarnos la mañana discutiendo con este frío. ¿Le gusta el café?
Acepté su invitación y la seguí, mientras ella rodeaba el chalet atravesando el garaje adosado a la vivienda. Accedimos al jardín, cuya pendiente se apuntalaba en una cerca rematada por alambre de espino. Un sendero embaldosado corría a lo largo de la fachada posterior y una corta escalera conducía hasta una pequeña pieza amueblada que, originariamente, debía servir de bodega. Allí se encontraba una acumulación dispar de elementos de cocina, aparatos electrodomésticos, iluminados por una bombilla desnuda colocada en un casquillo volante. Se afanó abriendo armarios, enjuagando las tazas, despejando un rincón de la mesa y después, con la máquina del café eructando, se sentó frente a mí y me sonrió.
—¿Por qué no escribió más que dos canciones para Bianca? Tendría usted que haber continuado después del éxito de «Baila y olvida».
Ella me sirvió una taza de café hirviente y me propuso completar el nivel agarrando una botella de ron. Rechacé el gollete con la palma de la mano, lo cual no le impidió a ella entibiar generosamente su café.
—Usted anda equivocado, en fin yo no estoy al servicio de nadie… Ya no firmo nada… pero ello no me impide escribir una buena parte de sus títulos. Arriba tengo aún todo el material original para su próximo álbum. Soy yo quien ha encontrado el tema. Es la única canción que no figura en ninguno de sus 45 revoluciones anteriores… «Mi alma vacía y tu anillo al mar». ¿Qué opina? ¿Le inspira a usted, que es escritor?
Un manojo de cabellos se deslizó sobre su frente. Ella los separó con un gesto lento y fatigado. El café estaba bueno, un aroma denso y yo me lo bebía a pequeños tragos para no sentir repugnancia.
—Sí, es bastante romántico… nostálgico en todo caso… No entiendo demasiado de canciones. ¿Usted las escribe y no las firma? Alguien tiene que poner su nombre, sin embargo, porque es sobre eso en que se basan para distribuir los derechos de autor… ¿Cómo le pagan a usted?
—¡Bravo por el escritor! ¡Dos palabras sobre la nostalgia y la musiquita romántica y ya hemos llegado a lo principal: la pasta! Usted es como los demás. El arte se valora por su peso en moneda. No tendría que extrañarme por ello, ya que usted trabaja para las ediciones Noséné… Los tiburones no se comen a los peces de colores. Ha estado a punto de engañarme. Usted no tiene la jeta de su modelo habitual. Casi se podría tener confianza en usted… ¿Cuál es su nombre de pila?
—Patrick, Patrick Farrel… Trabajo para ellos sólo por casualidad y por un tiempo limitado… Aparte de eso, intento realmente escribir libros. Libros de verdad, bajo mi nombre verdadero…
Puso la mano sobre la botella de ron.
—Tiene usted un aire sincero, pero no le creeré si no acepta brindar conmigo… Acércame tu taza, Patrick.
Me disculpé con mi hígado.
—¿Qué es lo que tienes que escribir?
—¡La vida de Bianca B. para la edificante veneración de sus fans! ¿En qué consiste eso de las canciones sin firmar?
En el exterior, los primeros copos de nieve del día se depositaban sobre el jardín abandonado. Encendí un Disque Bleu. Prima Piovani me informó de que ella no fumaba tabaco rubio.
—Es un truco de las ediciones Noséné. Cuando un autor-compositor va bien o logra un éxito, ellos le proponen comprarle toda su producción durante un año o dos. Después de «Baila y olvida» me han abierto las puertas de par en par: cincuenta millones en efectivo si les entregaba veinte canciones por un año durante tres años. A partir de aquí les doy lo que les debo. También escribo otras canciones pero, lo que son las cosas, nadie quiere saber nada de ellas. No utilizan más que el material que yo produzco bajo contrato.
—¿Y quién firma estas canciones?
—De hecho, nadie. Ellos han registrado un nombre de marca «A. Oger». Un simple nombre fantasma… Una sociedad gestiona el dinero que producen los textos y la música de este pseudónimo… ¿No es bonito?
Tomé una nueva taza de café y luché de firme para que ella no me lo bautizara en alcohol.
—¿Por qué motivo me cuenta usted trucos como ese? Tengo la impresión de que la gente de Noséné no apreciarían demasiado que este tipo de informaciones se hicieran públicas.
Sus cabellos cayeron otra vez sobre sus ojos, pero ella ya había renunciado a arreglarlos.
—Ya sabía que alguien escribiría un libro a medida para ella. Tú haces el libro y yo las canciones: al menos tenemos este punto en común… A menudo me vienen ganas de hablar por la mañana… sobre todo con aquellas personas que me gustan…
Me forcé a reír para ganar terreno. Una risita mezquina fue todo lo que conseguí.
—… Y eso no es todo, Patrick… Una de las radios periféricas más importantes es la copropietaria del nombre de marca. ¿Sabes como funciona lo de los derechos sobre canción?
—Vagamente: cada pase por una emisora de radio o en la tele proporciona dinero a la Sociedad de autores, la cual los distribuye al momento entre todos aquellos que han creado la canción: autor, compositor, intérprete, editor… ¿Es así?
—A grandes trazos, sí. Pero para Noséné es más sencillo, puesto que el editor, el compositor y el autor no son más que la misma persona. Lo que significa que cuando la radio copropietaria del nombre emite un disco firmado «A. Oger» paga el dinero a la Sacem, que le pasa una comisión por intermedio de Noséné. Como por casualidad es esta misma radio la que lanza el Hit 50… En el momento en que un producto Noséné, en cuyos beneficios la emisora tiene participación, sale al mercado ya comienza el bombardeo. Todos los locutores vedette de la radio siguen las consignas como un solo hombre. Resultado: el título es propulsado al grupo de cabeza de la lista de éxitos en una semana. Entra directamente en uno de los quince primeros lugares y toda la caterva de tiburones se llena los bolsillos a paletadas. ¡En cuanto a mí, no me queda más que llorar a lágrima viva! Ve con cuidado, Patrick, ellos intentarán comerte vivo. Tú me dices que escribes el libro y después, se acabó, seguirás tu propia vida… Ya he visto a otros soñadores como tú… Recupera la iniciativa… Ellos ya te han agarrado entre sus sucias zarpas… Conseguirán pudrirte con su dinero.
Ella debía haber iniciado su jornada alcohólica mucho antes de mi llegada, puesto que las palabras se atropellaban en su boca.
—No se preocupe usted por mí, ya sé qué tengo que hacer. Lo que no llego a comprender son las razones que las retienen aquí a usted y a Bianca B. En el mundo del espectáculo todo sucede en París y ustedes vienen a enterrarse en este villorrio infecto… Si me hubieran largado cincuenta millones por un libro… incluso cuatro veces menos… habría aprovechado para visitar el país e instalarme en un rincón en donde por lo menos se pudiera ver el horizonte…
Prima Piovani puso los codos sobre la mesa, a uno y otro lado de su taza. Se apoyó la cabeza entre sus manos abiertas unidas por las muñecas bajo el mentón.
—Para mí, la cosa está clara: estoy acabada… No me queda más que esta bicoca y lo que tiene dentro. Debo aún un año de músicas y textos a Noséné. Si después de eso, Bianca sigue teniendo tanto éxito con lo que yo le escribo, quizá intentaré cambiar de aires… Pero ni aún así estoy segura de que me marche definitivamente de aquí. En otra parte aún me siento más perdida. Hay que haber nacido en un puerto para tener ganas de irse… o en una ciudad en la que la estación está en servicio… Una semana al año Longrupt queda aislada del resto del mundo a causa de la nieve. Los coches no consiguen subir las cuestas para salir de aquí… El año pasado la cosa duró doce días. Eso no fue suficiente como para plantearse comprar una máquina quitanieves. ¡No se sienten bien más que entre ellos! Todas las ocasiones son buenas. También mis padres eran así. Estuvieron a punto de rechazarlo cuando les di las llaves del restaurante, cuando resulta que había sido su sueño dorado desde hacía años… En la mesa sólo se hablaba de este restaurant…
—¿En dónde se encuentra?
Su rostro perdió un poco de su tristeza. Se iluminó.
—En Florencia… Firenze… No es un tres estrellas, sólo una trattoria «La Botteghina Rossa», pero se encuentra en la planta baja de un viejo palacete estrafalario, a dos pasos del Arno. Si un día pasa usted por allí, diga que va de mi parte y le harán un buen precio… Tagliatelle con puerros… tortellini con espárragos… Yo fui el primer año para ayudarles a instalarse. Mi padre vuelve de cuando en cuando a Longrupt con el pretexto de ver a los amigos, pero se pasa todo el día dando vueltas por las fábricas de Micheville o por el parking de Gros, allí donde estaban las fundiciones de Aubrives… Ya no quedan compañeros suyos: los que no han muerto han regresado a su país, como él… Ya no quedan más que los muy viejos o los enfermos… Se las arregla siempre para hacer una visita al padre de Joëlle…
La mirada se me deslizó sobre una colección de diplomas enmarcados y provistos de cristal protector que ocupaban un paño de pared encima de una nevera de ocasión. Piovani Emilio por sus veinticinco años de trabajo en Micheville, Piovani Emilio también por sus acciones durante la resistencia, Piovani Giuseppe promoción Maurice Thorez…
El nombre pronunciado por Prima Piovani me chocó.
—¿Joëlle? ¿Quién es?… No conozco a nadie con ese nombre.
Ella se levantó apoyándose en el borde de la mesa y abrió un cartapacio cuyo contenido esparció antes de tenderme una foto de grupo, una serie de jovencitas alineadas en tres filas, con los brazos cargados de distinciones y premios de aplicación. Unos números inscritos cerca de cada rostro remitían a una lista de nombres sobre el dorso de la foto. La recorrí rápidamente hasta el número 7: Prima Piovani… Repasé la lista para buscar su imagen antes de que el alcohol la abotargara, pero me detuve en la cara de una chica que sonreía a su lado, con sus largos cabellos rubios reunidos en una sola trenza sobre su hombro derecho. Miraba fijamente al objetivo y, por encima del tiempo, la mirada desafiante que Bianca B. lanzaba al mundo me perturbó. Volví de nuevo al cliché. El número 8: Joëlle Bicci.
Prima Piovani acercó la mano a la botella. El gollete chocó contra el borde del vaso y unas gotas de ron cayeron sobre el mantel. Las enjuagó con la punta del dedo, se lo llevó a los labios y luego.
—No ha cambiado mucho, ella…
No tuve la osadía de levantar los ojos hacia Prima.
—¿Su verdadero nombre es Joëlle Bicci?
—Sí, es una vieja familia de Longrupt, como los Piovani… Los primeros llegaron a finales del siglo pasado. Son ellos los que construyeron la ciudad.
—Bicci, Bianca Bicci. Suena bastante bien. Ella no tendría que habérselo cambiado… ¿Por qué razón no ha conservado más que la inicial?
Aproveché un momento de distracción por su parte para deslizar la foto en el bolsillo interior de mi chaqueta.
—Creo que fue a causa de sus padres, de su madre sobre todo. Bianca no tenía demasiadas ganas de vivir con la etiqueta de hija de una suicida… Eso no vende en el mercado. Las cancioncitas sirven para pasar el tiempo y no para provocar la angustia. Nunca se supo exactamente por qué se colgó. Bianca fue quien la descubrió al volver del instituto, una noche de invierno en el 73 o el 74. Ella no había dejado nada, ni una sola palabra, ni una explicación, pero ya hacía años que no andaba bien de la cabeza… hay que decir que nadie anda demasiado conforme por aquí. Todo el mundo simula arreglarse con sus problemas.
Tendí la mano hacia la cafetera y me serví un fondo de café.
—Según ella, ¿la cosa venía desde cuándo?
Ella sujetó los cabellos a lo largo de la cabeza con la ayuda de las palmas de sus manos e hizo pasar las mechas por detrás de sus orejas.
—Los Bicci nunca habitaron en lo alto de la ciudad, en la calle de Albert I; esa fue una idea de Bianca… Tenían una casa en la parte baja, al final de la calle Gambetta, encima de una cantina. Uno no puede imaginar ahora lo que podía ser esta calle anteriormente: los bares, los restaurantes, las tiendas, los hoteles se tocaban unos con otros y todo el santo día había un follón de mil diablos. La entrada a las fundiciones se encontraba a dos pasos de allí. Los equipos de trabajadores no cesaban de pasar bajo las ventanas de los Bicci. Sin contar los camiones, los trenes, que salían una y otra vez de la estación cargados de toda clase de maquinaría pesada. La mina, el ruido de la fundición… Había vida… De un día para otro, el 11 de octubre de 1968 (la gente recuerda la fecha como la del 14 de julio) la calle Gambetta se volvió silenciosa. Ocho mil tipos sin empleo… Los bares cerraron, las tiendas hicieron lo propio, después la fábrica fue reemplazada por un gran solar vacío… Estoy segura de que fue este vacío en la cabeza, este silencio, lo que la madre de Joëlle no pudo soportar. Ella lo colgó del extremo de la cuerda. Los demás lo reemplazaron por el ronroneo de la tele. Aquí somos gente privilegiada: captamos una docena de cadenas de televisión.
—¿Y el padre de Bianca? Hace poco me decía que el suyo le visitaba siempre que regresaba a Longrupt. ¿Se quedó en este agujero?
—En cierto sentido, sí… Ella lo internó en una superclínica no lejos de la ciudad de Luxemburgo. Curraba en Micheville… Creo que se hizo despedir en 1971, en la época de los grandes haigas. A partir de aquel momento, parece que cambió del todo. Se encerró en casa y no hablaba con nadie… Yo tengo dificultades para imaginar que haya podido hablar alguna vez: no me acuerdo de haberle oído ni una palabra. Acabó por volverse intratable después del suicidio de su mujer. Sin embargo se dice que era un hombre fuerte y animoso. Durante la guerra, sorteó mil peligros en la Resistencia. Y también más tarde, en el momento de las huelgas del 47-48, cuando la situación se calentó. Todos los hombres de la región estaban tallados sobre el mismo modelo. Su suerte iba ligada a los altos hornos… Cuando los apagaron, todos entraron en picado en la decrepitud…
Ya estaba yo bosquejando en mi cabeza el plan del libro que me iba a permitir colocar en su lugar correspondiente los elementos de la biografía familiar de Bianca B. ¡Era difícil empezar con una madre suicida y un padre descolgado vegetando en una clínica luxemburguesa! Llevadas las cosas al extremo, al menos podía salvar del desastre el episodio del papá guerrillero sobre el fondo de los altos hornos. En cuanto al resto, no veía más que una solución: hacer interpretar desde el principio a Bianca B. el papel de huérfana. Delante de mí, Prima Piovani se humedecía las papilas para recuperarse de las parrafadas que soltaba. Se había pulido por lo menos cuatro dosis de ron desde mi llegada y en apariencia mantenía aún el tipo.
—¿Fue a causa de su padre que Bianca B. mantuvo esta casa en Longrupt? En la casa editora deben refunfuñar que da gusto verles, cuando se ven obligados a venir hasta este agujero para promocionarla…
Sus rasgos iniciaron una sonrisa, que se perdió entre la hinchazón de su rostro.
—Para eso y para otras cosas… Tanto si lo quiere como si no, está obligada a venir a vivir aquí… ¡No hace falta que se lamente: ella me lo debe!
—No lo entiendo. ¿Qué quiere usted decir? ¿A causa de su padre o a causa de usted?
Hizo un esfuerzo para recobrar aliento y cuando me respondió, después de un instante de silencio, supe que había estado en un tris de hacerme una confesión.
—No te preocupes por lo que te cuento. Deliro como una vieja alcohólica. Bianca y yo debutamos juntas en tugurios lamentables. Y ha sido ella la que se ha embolsado la apuesta… Yo sólo he tenido derecho a una pequeña propina. Ella sale en la tele, los periódicos publican páginas enteras apenas ella suelta el mínimo pedo… Yo, por mi parte, estoy vegetando en el sótano y me voy apagando bajo el peso de canciones y de músicas… ¡Y hay que echarle cara al asunto para que eso consiga hacer soñar a las adolescentes! ¿Quieres echar una ojeada a la letra de su próximo éxito? Mira, ahí lo tienes: es una exclusiva…
Sacó una hoja de papel del bolsillo de su pantalón de lana y lo desplegó con manos nerviosas antes de ponérmelo ante los ojos. Fui recorriendo la fina escritura trazada con tinta azul.
Mi alma vacía y tu anillo al mar
Recuerdo que hacía sol
Cuando llegaste cerca de mí
Yo estaba ya medio desnuda
Y entumecida por el sueño
Tengo el alma vacía de ti
Desde que arrojé tu anillo al mar
Tengo el alma vacía de ti
Desde que arrojé mi alma al mar.
—No está mal… ¿Sólo tiene una estrofa?
—De momento, si… ¿Tienes hora, por favor?
Palpé el contenido de mis bolsillos con la punta de mis dedos y conseguí localizar lo que quedaba de mi Timex entre las llaves del coche y un kleenex hecho añicos. Lo saqué por la mitad de la correa que aún quedaba.
—Son casi las diez y media.
Prima Piovani se levantó de un salto. Se precipitó hacia la puerta de la bodega-cocina y me hizo una señal para que saliera.
—Perdona, pero tengo cosas urgentes a las que atender… Ha pasado el tiempo sin darme cuenta… Vuelve cuando quieras, aún me queda mucho que contarte de sus chanchullos…
Me acompañó hasta la reja y me miró subir a mi Renault. Se eclipsó mientras yo ponía la llave en el contacto. Dejé que el coche bajara la suave pendiente impulsado por su propio peso, luego frené en la esquina, entre las calles de las Acacias y la de los Plátanos. Bajé del coche para ir a emboscarme detrás de los setos que rodeaban la clínica de las Acacias, de manera que pudiera ver la fachada de la casa de Prima Piovani. Diez minutos más tarde, cuando la nieve se fundía sobre mi cabeza y se deslizaba por mi cuello, atravesándome de frío, un hombre de unos cincuenta años remontó la calle de las Acacias. Se precipitó en el chalet de Prima, sin perder el tiempo anunciando su llegada. Desde el lugar en que me encontraba, tuve la impresión que iba vestido con una especie de uniforme, chaqueta y pantalón grises y una gorra.
En seguida pensé en un cartero, pero nunca había visto yo a un cartero con tanta prisa por entregar el correo.