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Dos
DOS DÍAS ANTES DE LONGRUPT
Hay días en los que nada funciona. Digamos mejor que todo funciona, pero al revés. Días equivocados, torpes, propicios a broncas sin razón alguna, a que te salgan granos en la nariz, días de morriña, de duda y separaciones… He conocido centenares de días de este color, días grises, sin que haya podido jamás habituarme a ellos. Enseguida uno sabe a que atenerse: la lengua, los gestos, los objetos te traicionan. Habría que tener la valentía de cerrar la puerta a doble vuelta, descolgar el teléfono, pero eso sería ignorar la fuerza de esta ilusión que acostumbramos a disfrazar con el nombre de esperanza. Con todo, aquella mañana la señal era clara. Yo había dormido en una especie de niebla dolorosa que al despertar se había convertido en una migraña tenaz. Me metí en el cuarto de baño y abrí el armario de las medicinas. El tubo de aspirinas estaba abierto sobre la estantería y entonces me acordé que me había tomado el último comprimido la noche pasada. La farmacia más próxima se encontraba a un kilómetro, al otro lado de la nacional. No andaba yo con ganas de salir y el ruido del granizo sobre los cristales me acabó de desanimar.
Me fabriqué una compresa con un guante empapado en agua fría, antes de arrastrarme hacia la cocina, con la cabeza levantada para evitar que la prenda me resbalara de la frente. Conseguí sin graves inconvenientes llenar el depósito de la cafetera eléctrica y cambiar el filtro. El timbre de la puerta martilleó mis sienes en el instante justo en que apretaba el botón de puesta en marcha. El portero del inmueble apareció en el umbral. Cuando me vio así, avanzó la cabeza y abrió los ojos como platos.
—¿Qué le pasa? ¿Está usted herido?
Me quité el guante de la frente y lo deslicé en el bolsillo de mi pijama.
—No es nada, sólo un dolor de cabeza. Estaba preparando café; tomará usted una taza conmigo… Está a punto de hervir el agua.
Avanzó por el pasillo con pasos cortos y tímidos y se instaló en la banqueta después de haberme tendido un paquete envuelto con papel kraft sobre el que la etiqueta adhesiva de las Ediciones Gallimard formaba como una mancha blanca. Las buenas noticias no tienen nunca este espesor; es suficiente un sobre de formato pequeño.
—Póngalo encima de la mesa. Lo veré enseguida.
Cada vez el ritual era el mismo. Él colocaba el paquete sobre la mesa atestada de libros y papelotes, y esperaba a que yo le sirviera un café o un aperitivo, según la hora. Yo debía ser su cliente más importante: no pasaba una semana sin que me devolvieran un manuscrito y a cinco francos el paquete yo triplicaba sus aguinaldos de todo el año. Al cartero le daba pereza subir los cuatro pisos. Las propinas le traían sin cuidado y no ofrecía el calendario de felicitación de Navidad más que a los inquilinos del entresuelo. Su gandulería me costaba cinco francos por semana. Al principio, el portero estaba al corriente de mis tentativas por hacerme publicar, pero pronto había comprendido que la respuesta se hallaba en función del peso y del volumen del paquete que tenía bajo el brazo.
Nunca había sentido la curiosidad de preguntarme qué cosas escribía yo como para llegar a coleccionar un número tan considerable de rechazos. Cuando disponía de un poco de tiempo, me tenía al corriente de la vida en el inmueble. Me daba la lista de todos los que aplastaban sus pitillos en las escaleras: la marca de los cigarrillos constituía la prueba. Cada vez que volvía sobre el tema, cuidaba mucho de disculparme, precisando que nunca había encontrado una colilla de «Disque bleu» en todo el hueco de la escalera B. Invariablemente, yo le invitada a fumar, por las molestias que se tomaba. Él me aclaraba también los misterios de la existencia, como aquel frasco vacío de Oporto que yo encontraba dos o tres veces por semana debajo de las hileras de los buzones. Me acordaba de haberla arrojado una decena de veces a la basura con la caja y el recipiente que la acompañaba, pero a la mañana siguiente reaparecía, cuidadosamente taponado de nuevo y humedecido por algunas gotas de alcohol inaccesibles. Yo me había respondido definitivamente a mis preguntas curiosas al respecto decidiendo que se trataba de los restos de las noches en vela de una pareja de vagabundos que a menudo veíamos por el barrio arrastrando sus bolsas de plástico atestadas de forros y trozos de lana. Una mañana, la conversación había incidido en el tema y yo le había confiado mi explicación. Me dejó ir hasta el final de mi razonamiento con una sonrisa en los labios, antes de contradecirme.
—Los clochards no tienen nada que ver y además no son el tipo de gente que se gasta 20 francos o más en una minúscula botella de oporto.
Se inclinó por encima de la mesa, mientras bajaba la voz.
—Ya conoce usted a la mujer que vive en la escalera E, en la otra calle… La que se pasea tanto en verano como en invierno vestida con un abrigo de pieles…
Asentí con un movimiento de cabeza.
—¡Pues bien, es ella! Ella bebe desde siempre. Su marido la ha mandado ya varias veces a una cura de desintoxicación. Ella aguanta el tipo seis meses y después recae más fuerte que antes. En casa le prohíben la más pequeña gota de vino, pero es muy astuta: por la mañana se las apaña para ir de compras: el pan, el periódico… Entonces se aprovecha para meterse en Félix-Potin. Compra su dosis y se la viene a soplar ella solita detrás de los buzones. Así son los inquilinos. Cuando nos cruzamos en la escalera, todos son señores y señoras. Las sorpresas comienzan cuando uno entra en su casa de improviso para comprobar los contadores del agua…
A menudo llegábamos hasta aquí, a los contadores del agua, y entonces él aprovechaba para contarme la triste aventura que le había sucedido a un fontanero amigo suyo.
En otras ocasiones permanecía silencioso, como esa mañana, y paseaba su mirada por las estanterías llenas de libros y de revistas.
—¿Ha leído usted todo eso?
—Casi todo… Algunos de ellos varias veces en compensación…
Le pedí que dejara un poco de sitio sobre la mesa para las tazas y volví a la cocina. Una mancha enorme se extendía por las baldosas, un líquido espeso y oscuro. Me detuve y seguí el contorno con la mirada. El charco se alimentaba de un hilillo más claro que serpenteaba bajo la puerta lacada del aparador. Una segunda mancha negra ocupaba la parte inferior del mueble. Me aproximé, cuidando de no chapotear, y mojé mi dedo índice de la mano derecha en el líquido, cuya tibieza me sorprendió. Me llevé el dedo a la nariz para notar un agradable olor a café, mientras que mis ojos se fijaban en el recipiente de la cafetera eléctrica colocado encima de la mesa.
El portero estaba de pie en el marco de la puerta.
—¿Se trata de la máquina que no funciona bien?
Yo suspiré, desanimado.
—No. Simplemente he olvidado de volver a poner el recipiente bajo el filtro… ¡No me queda más remedio que limpiar la cubierta!
Se eclipsó con el pretexto de una tarea que no podía esperar más y yo me quedé solo, con mi pequeña marea negra. Me contenté con pasar un par de bayetas por la cocina, antes de desplomarme sobre la banqueta. Una sensación fría y húmeda me hizo estremecer desagradablemente. Localicé el origen en mi nalga derecha. Mi mano tanteó por ese lado el pijama y se metió en el bolsillo correspondiente para extraer la manopla que me había servido de compresa. La arrojé a través de la habitación y fue a impactar contra la pantalla de la tele, sobre la que se inmovilizó por una fracción de segundo, y luego se fue deslizando lentamente como una gran babosa y se desplomó arrugada al borde del anaquel. Alargué el brazo y alcancé el sobre kraft, del que despegué la lengüeta. A la primera ojeada reconocí las cubiertas de color que había destinado a los envíos del manuscrito de «El aprendizaje de la noche», mi penúltima novela, la que precedía a «Interior-día». Tuve cuidado de no sacar más que la carta que lo acompañaba. Me resultaba prácticamente imposible mirar un texto rechazado y eso se prolongaba a veces durante semanas, una prueba al límite del dolor, un poco como una mujer delante de un niño que ha nacido muerto. Y los partos fallidos de este tipo me resultaban familiares, una docena en diez años, cada uno repetido tres, cuatro ejemplares, tantas eran las tentativas de encontrarles un padre. Gallimard les negaba el acceso al libro de familia.
Muy señor nuestro:
Hemos leído con interés su manuscrito titulado «El aprendizaje de noche…».
¡El aprendizaje de noche! ¡Habían leído con interés, pero sin atención, eliminando una palabra de cada cinco! El aprendizaje de noche… Ningunas ganas de volver a escribir Saint Ex…
A pesar de sus evidentes cualidades, lamentamos mucho devolverle su texto, el cual no tiene lugar adecuado en las colecciones que nosotros editamos actualmente.
Tomé mi libreta y taché la línea «Gallimard-Aprendizaje-envío nov. 85». No me quedaba prácticamente nada en circulación. Mi obra completa había agotado la casi totalidad de las editoriales francesas y además algunas oficinas belgas y de Québec. El sobre fue a reunirse con una pila de manuscritos cerca de la biblioteca, y deposité la carta en una caja de zapatos ya bien provista. En el transcurso del tiempo, yo había puesto a punto una técnica muy particular. Primero hacía llegar mis novelas a los pequeños editores de provincias y sus respuestas negativas reforzaban mi esperanza de que al final quedarían en manos de las grandes estrellas de la edición popular. Antes, yo actuaba de manera inversa, pero después de la triple gemela de negativas por parte de los
Galligrasseuil[1], tuve la impresión de ir en procesión y no de intentar imponer una obra. El reverso de la medalla se producía un poco hoy, cuando las circulares de las grandes editoriales se mezclaban con las de las pequeñas firmas todas dentro de una caja de «Casa André». Yo había puesto lo poco que me quedaba de confianza y de ilusión en «Interior-día», decidiendo que se trataba de mi última novela, puesto que ya iba viendo venir a grandes pasos el último capítulo de mi vida literaria. Fuera lo que fuera, era preciso afrontar las dificultades de la vida cotidiana: descolgué la fregona, con el extremo de la cual empujé la puerta de la cocina. Precisé casi media hora para enjugar el café, limpiar el aparador, y ya me disponía a quitarme el pijama tachonado de manchas color marrón claro, cuando el timbre sonó de nuevo. Un hombre bien entrado en la treintena, con la cabeza cubierta por una gorra a cuadros, enfundado en un pesado abrigo de invierno se secaba los pies en mi felpudo. Yo observaba su juego de piernas y la acción frotadora en el pelamen de la alfombrilla, esperando que terminara lo más pronto posible y me dirigiera la palabra. Al fin se cansó de su tosca gimnasia.
—¿Cómo estás, amigo? ¡Qué contento estoy de verte! ¡Vaya tiempo de perros!… ¿Puedo entrar?
Me lo encontré en el umbral del comedor antes de que yo hubiera tenido tiempo de abrir la boca.
Se desabrochó el abrigo y lo arrojó sobre la banqueta. Luego, con la gorra encasquetada, las manos en los bolsillos del pantalón, se creyó en la obligación de dar una vuelta por mi apartamento e ir comentando sus descubrimientos.
—Sigues leyendo un montón, ¿eh? Yo he descuidado un poco esa cuestión. Me tomo la revancha con el cine…
Se puso a examinar unos grabados clavados en la pared con chinchetas.
—No dudaba de que tu casa sería así. No me sorprende nada.
Yo tenía la costumbre de dejarlos entrar a todos: a los vendedores de enciclopedias, a los encuestadores, los presidiarios en vías de reinserción social, los testigos de Jehová, los difusores de prensa marginal, los que pretenden ofrecerte Burdeos a granel. Respondía a todas sus preguntas, amontonaba todo su papelamen… De hecho, esas visitas representaban para mí como un recreo, una pausa, la ocasión de dejar por unos instantes mi mesa de trabajo. Pero este tipo pertenecía a un género inusitado, estilo Libération primera época, con el tuteo por delante. Él continuaba recorriendo la habitación, descifrando los títulos de los libros, con la nariz pegada a las encuadernaciones. Se quedó clavado ante la pila de manuscritos.
—¡Diablos! ¡Estaba seguro! La escritura es como una droga. Cuando se apodera de uno no hay fuerza capaz de pasar de ella.
Se inclinó para coger el sobre que yo acababa de recibir. Lo sacudió a fin de hacer salir el paquete de hojas mecanografiadas.
—«El aprendizaje de la noche»… No está mal el título para una tirada reducida. Muy bonito, evocador, pero es suficiente echar una mirada por el lugar en donde ha sido escrita para comprender que no alimenta a su autor… ¿Qué dirías si yo te propusiera escribir un best-seller?
Se había vuelto hacia mí, echando el estómago hacia adelante, la barbilla en plan arrollador, seguro del efecto que causaba.
—¿Qué es usted? ¿Un representante de best-sellers? Me lo encuentro bailando claqué en el felpudo de la puerta… Treinta segundos más tarde usted ha invadido mi casa, lee mis manuscritos y, para rematarlo todo, me propone alcanzar la gloria… ¿Trabaja usted en la Lotería Nacional?
Se borró la sonrisa de su rostro y frunció el ceño a continuación.
—¡No me digas que no me reconoces!
Se quitó la gorra que cubría su cabeza, dejando al descubierto un cráneo calvo en sus tres cuartas partes.
—¿Y así, te acuerdas mejor de mí?
Me tocó esta vez a mí demostrar perplejidad. La forma del rostro, la mirada, despertaban vagos recuerdos, pero sin que yo consiguiera situarlos ni en el tiempo, ni en el espacio. El mismo puso fin al suspense.
—Michel Perrin… ¿Vale ahora?
Me quitaba un peso de encima, porque nunca habría conseguido adivinarlo yo solo. Nuestro último encuentro se remontaba al servicio militar, lo menos hacía quince años. En aquellos tiempos a mí me habían adjudicado el puesto de redactor en jefe del boletín de enlace de la base. Perrin me echaba una mano para completar el sumario. Él se había beneficiado de prórrogas lo mismo que yo y nuestros puntos en común, a parte de ese, se resumían en poca cosa: la escritura y dos tacos más que el rebaño de desgraciados chusqueros a los que destinábamos nuestra prosa. Todo lo demás nos separaba: su afición a las juergas y a las borracheras, su manera de encontrar siempre la manera de lamerles las botas a los oficiales en sus artículos… Pero diez minutos de conversación sobre Nizan o Guilloux, en este desierto del espíritu que es un cuartel, me hacían olvidar su enorme vulgaridad.
Abrí los ojos de par en par y me golpeé la frente con la mano.
—¡Qué me maten si esperaba encontrarte! Te he tomado por un representante de la peor especie…
Él reparó en el paquete de «Disque Bleu» que yacía sobre la cómoda.
—Te cojo uno… ¿Qué has hecho durante todo este tiempo? ¿Vives de los libros?
Atravesé el comedor en dirección a la habitación.
—Instálate que ya vuelvo. Tengo que cambiarme. He derramado la mitad de una cafetera sobre mi pijama.
Dejé la puerta abierta y elevé la voz al hablar.
—… ¡Dices que vivo de mis libros! Yo financio correos con mis envíos y nada más. Nadie ha querido arriesgar ni una resma de papel con mi firma. ¿Y tú?…
Eludió mi pregunta.
—Oh, yo me he espabilado un poco… ¿Para quién trabajas?
Me reuní con él en la salita de estar, después de haberme vestido con unos tejanos y una camisa.
—Soy redactor publicitario a destajo. Poseo una pequeña red, dos o tres empresas que me subcontratan algún que otro trabajo. No es gran cosa, pero al menos me permiten asegurarme la subsistencia sin estar obligado a fichar cada mañana. En estos momentos estoy redactando un folleto para el Ministerio de la Salud, doce páginas acerca de los perjuicios del tabaco. Tengo que controlarme para que no se convierta en una novela de terror…
Los Gore[2] tenemos que andar con cuidado.
Perrin volvió a encasquetarse la gorra.
—Me la vuelvo a poner, ¿no te molesta? Es como una segunda piel. No puedo pasarme sin ella… El cáncer de fumador u otra cosa, poco importa. Lo esencial es continuar escribiendo. Tú has nacido realmente para eso. Me acuerdo que en Vesoul llenabas con asombrosa rapidez una hoja de papel en blanco. ¿Te has especializado en la publicidad de productos médicos?
Le propuse beber alguna cosa y la proximidad del mediodía hizo que eligiera un Ricard. Me serví lo mismo y el anisette cayó a peso en el interior de mi estómago en ayunas.
—No, yo me agarro a cualquier tema que me propongan. Justo antes de ir contra los fumadores, he entregado una campaña de promoción para la región del Pas de Calais.
Vació el vaso de un trago y detuvo mi mano cuando ya echaba un poco más de agua a una nueva dosis de alcohol.
—No lo bautices demasiado. Me gusta que conserve el sabor ¡Habrás tenido que romperte la cabeza para divagar sobre Saint-Omer!
—Con el entrenamiento debido, uno llega a decir lo que sea sobre no importa qué…
—¡Y a la inversa!
Se arrellanó entre los almohadones, riéndose con los ojos cerrados y la boca abierta por completo. Una duda se insinuaba en mi espíritu: yo le había dejado mi dirección al finalizar nuestro servicio militar, pero desde aquella fecha me había cambiado de domicilio como una media docena de veces… Esperé a que su hilaridad menguara.
—¿Cómo has conseguido dar conmigo? Vivo aquí desde hace menos de dos años.
Perrin se incorporó. Tomó su vaso y lo agitó antes de llevárselo a los labios.
—Encontré tu nombre por casualidad hojeando el listín telefónico…
—No tienes suerte. Mi nombre no figura en la guía.
Durante unos minutos me había dejado llevar por la alegría de volver a ver a un hombre con el que había compartido varios meses de entre los más siniestros de mi vida. Y como de costumbre en estos momentos no me venían a la memoria más que los recuerdos divertidos, los minutos emocionantes. Su mentira había interrumpido la comedia dulzona que yo mismo me representaba. Perrin se dio cuenta con rapidez de los cambios que se operaban en mí. Decidió salvar las apariencias, apoyando la connivencia con un guiño de compadreo.
—¡Ah, el viejo truco del listín mágico ya comienza a estar muy visto! Quería simplemente velar por tu susceptibilidad de autor… Inventar la historia de dos viejos amigos del mismo regimiento que vuelven a encontrarse casi por azar… La continuación del guión es muy sencilla, yo te pedía prestado uno de tus manuscritos y al día siguiente regresaba para proponerte el negocio del siglo…
—Pero ¿de qué me hablas en concreto? Si quieres leer una de mis novelas, no tienes que hacer tanta comedia, sírvete tú mismo y se acabó. ¡Al menos tendré un ejemplar que no irá acumulando polvo!
Se sirvió un tercer aperitivo.
—Vamos a poner las cartas boca arriba: no he venido a verte de improviso. Yo trabajo para las ediciones Noséné. ¿Has oído hablar de ellas?
Desde el momento en el que uno se dedica a emborronar un mínimo de papel es difícil que no conozca la serpiente en forma de N que le sirve de logotipo. Yo sabía que el grupo Noséné era de reciente creación, no más de cinco años, pero a fuerza de éxitos editoriales se había colocado ya entre las grandes.
—Se necesitaría estar sordo para perderse sus anuncios en la radio o no leer ninguna revista… Espero que tengas un buen puesto…
Perrin se levantó para ir a rebuscar en la pila de manuscritos. Esgrimió mi última novela «Interior-día».
—He leído este texto. Se podría publicar si se modificara ligeramente el carácter del personaje principal, Thierry… ¿Es así como se llama?
Le arranqué de las manos la cubierta en cartoné.
—¿Cómo has conseguido leer este libro si trabajabas para Noséné?… Yo no les he enviado nada mío… A eso no le llamo yo un editor… Un vendedor de carnaza… ¡Y además de mala carnaza!
Tomé un vaso de encima de la mesa y lo vacié de un trago. El nerviosismo me golpeaba en las sienes y el dolor se extendía por toda mi frente.
—No te pongas así. No sabes lo que te haces: acabas de soplarte mi Ricard. Yo soy director de colección en Noséné. Mi trabajo consiste en decidir el programa del año. De cuando en cuando, escribo un libro para no perder la costumbre. Contrariamente a lo que piensas, nosotros no sólo nos especializamos en artillería pesada; la empresa controla también una docena de pequeños editores. Es por ese canal por el que yo he llegado a leer tu novela. Lo enviaste a «Ediciones Litur» de Montpellier, ¿verdad?
Yo estaba totalmente abatido bajo los efectos conjuntos de la migraña, el alcohol y las revelaciones de Perrin. Me contenté con sacudir la cabeza.
—Las filiales tienen la obligación de someter a nuestra consideración, tanto los textos retenidos para su publicación como los manuscritos rechazados que, sin embargo, han sido destacados por el comité de lectura. Tu «Interior-día» formaba parte del segundo lote.
—No te preocupes que ya estoy acostumbrado. Incluso creo que con mi colección de cartas rechazando mis novelas yo podría pretender ingresar en el Libro Guiness de los Records.
—En esta ocasión no hay carta de rechazo. Es para hablar de ello por lo que me he acercado hasta aquí.
Su afirmación me paralizó. Alcancé a articular un:
—¿«Cómo que no hay carta de rechazo»? —con lengua estropajosa.
—Retocándola un poco, tu novela es publicable.
La sola palabra «publicable» recorriendo mis conductos auditivos me proporcionó la prueba irrefutable del carácter puramente psicosomático de mi dolor de cabeza. Noté cómo remitía y se desvanecía, como por efecto de un tubo entero de aspirinas.
—¡Publicable! ¿Has dicho realmente publicable?
—Sí. Y estoy dispuesto a repetírtelo si te causa placer. Vamos a ver: voy a explicarte como vamos a hacerlo, pero antes prométeme que no dirás palabra de ello a nadie. Si ciertas informaciones caen en manos de la competencia, se acabó tu novela.
Yo hubiera puesto la cabeza de mi madre en el envite a fin de que continuara.
—… Vamos a lanzar con toda seguridad una colección literaria bajo la etiqueta de uno de nuestros pequeños editores. Para esta operación, Noséné compra bajo mano una empresa lionesa, «Textimage»… Es una idea del jefe. Las campañas de prensa sobre lo que tú calificas de «carnaza» parecen haberle despertado un sentimiento de culpa. Tiene ganas de publicar novelas de buena calidad sin que se sepa que somos nosotros. De esta manera consigue una serie de artículos elogiosos por parte de los críticos más encarnizados contra Noséné y, una vez que el dossier de prensa esté bien repleto, desvelar la superchería… «Interior-día» podría figurar en buen lugar entre los títulos de la colección «Textimage». ¿Tú qué opinas? La operación puede provocar un buen alboroto en el pequeño mundo de la literatura con pretensiones… ¡Y ganamos publicidad!
Con la mente al fin clara, me puse a reflexionar tan deprisa como me fue posible. Mis diez años de trabajos forzados parecía que al fin iban a justificarse. La meta estaba a mi alcance. Mi consentimiento quedó sobrentendido.
—Tú acabas de hablar de ciertos retoques… ¿Cuáles exactamente?
El rostro de mi exvecino de camastro cuartelero se iluminó con una ancha sonrisa.
—Estaba seguro de que mi proposición iba a interesarte. No me gusta demasiado la evolución que tú haces seguir a Thierry en «Interior-día». Del movimiento maoísta de 1968 a la dirección del Ministerio de la Vivienda en 1981, pasando por las guerrillas de América Latina y por los campamentos palestinos… En mi opinión resulta un poco exagerado. Los lectores se arriesgan a no poderlo seguir… Es una paradoja, pero la ficción debe basarse en un mínimo de credibilidad. De acuerdo conque tú ya tienes cuidado de hacerle frecuentar más los salones que las barricadas… Pero el público no se creerá a este antiguo agitador que se convierte en ministro…
Ya se me iban ocurriendo soluciones de cambio mientras él hablaba… Thierry podía contentarse con una secretaría de Estado, cuidarse de la dirección de un gabinete, una misión…
—Eso se puede negociar.
Perrin frunció el entrecejo.
—¿Qué es lo que se puede negociar?
Los colores se me subieron a las mejillas.
—Bueno, pues la carrera de Thierry…
Se acercó a mí y me confortó con unos golpes amistosos en la espalda.
—¡Me importa un rábano la carrera de Thierry; se trata de la tuya!
Cambió repentinamente de expresión y pasó un brazo por mis hombros, arrastrándome hacia el centro del comedor.
—Me fastidia un poco tener que pedírtelo hoy precisamente… No quisiera que pensaras que ambas cosas están relacionadas… Nos vemos poco tú y yo, una vez en quince años, y eso hace que todo venga al mismo tiempo. En resumen: necesito que me escribas un libro de aquí a tres meses.
Tenía la expresión sinceramente apenada por estar pidiéndome lo que hacía diez años que yo no cesaba de esperar que me pidieran. Farfullé señalando hacia la biblioteca con un dedo.
—¡Llévatelo todo! No los has leído todos… Hay una buena decena del mismo estilo de «Interior-día». Si este te ha gustado, estoy seguro que alguno de esos otros manuscritos te hará feliz. No podría presentarte nada más en los próximos tres meses: estoy vacío, no tengo ni el menor esbozo inicial y mi ritmo es de ocho a nueve meses por libro. Una verdadera gestación.
Me impuse la obligación de ir amontonando mis novelas delante de él. Perrin enfrió mi entusiasmo.
—¡Qué quede claro, Farrel, que nos proponemos dar un empujoncito a tu último libro y no publicar tus obras completas en papel biblia! ¿Has leído alguna vez uno de nuestros éxitos?
La producción de las ediciones Noséné se vendía exclusivamente por carretillas en los supermercados y yo tenía el puntillo de no poner jamás los pies en tiendas de este género.
—No, nunca he tenido ocasión. ¿Acaso es un crimen?
—¿Ni siquiera has leído «Mi carga de sinceridad», de Yannik Savatéro?
Me encogí de hombros a la vez que me divertía con su aire abatido.
—¡Sólo con el título ya me habría disuadido! Debe ser una desventaja muy grande tener una frase como esa en una cubierta.
Perrin volvió a sentarse en la banqueta y me pidió que le imitara.
—Escúchame bien: este título desafortunado se lo impuse yo a Savatéro y del libro se vendieron 750 000 ejemplares. Ha doblado su tirada con la difusión en círculos de lectores. Dentro de dos años lo pasamos a edición de bolsillo. Si continuas viviendo en tu pequeño mundo te arriesgas a ser el único francés que no lo haya leído. Te equivocas cuando juegas a hacerte el remilgado. No es menos despreciable que parir una campaña publicitaria sobre Dunkerque… Y está mejor pagado… Entonces, ¿estás de acuerdo en escribir uno?
A pesar de todas sus precauciones de estilo resultaba evidente que el porvenir de «Interior-día» dependía de mi respuesta a esta pregunta concreta.
—Puedo intentarlo, pero con una sola condición…
Las comisuras de sus labios se hundieron ligeramente.
—¿Cuál?
Respiré una buena bocanada de aire antes de soltar, muy deprisa:
—Que lo firme con un seudónimo… si no los lectores no comprenderán nada.
Lo que cuenta para mí son mis novelas…
Perrin se arrancó la gorra y la arrojó a través de la habitación.
—¿Eres sordo o qué? En ningún momento te he pedido que firmaras el libro que te estoy encargando. ¡Al contrario! Y puesto que hay que colocar bien los puntos sobre las íes, vale más empezar por el principio. Yo no solamente he encontrado el título del libro de Yannik Savatéro, sino que él no escribió ni una sola línea. Todo es obra mía…
—¿Y por qué no lo has firmado? ¿Qué podía representar? Tú no eres escritor. Más de un millón de ejemplares… Has desaprovechado la oportunidad de tu vida.
Su cráneo calvo y reluciente atraía la luz de la lámpara del techo y acentuaba su expresión de asombro.
—¡Pareces tonto! No lo firmé sencillamente porque esta clase de libro no se compra por el título, por bueno que sea, sino sólo por el nombre del supuesto autor «Mi carga de sinceridad» de Michel Perrin, suponiendo que hubiera un editor lo suficientemente estúpido como para aceptarlo, hubiera llegado a vender unos 1500 o 2000 ejemplares en seis meses, contando con un buen presupuesto publicitario. Con la jeta de un presentador de televisión en la cubierta enseñando la dentadura se transforma el fiasco en un acontecimiento editorial. Toda la filosofía de la empresa se basa en lo que te acabo de decir. Contactamos con las grandes vedettes del audiovisual, presentadores, cantantes, deportistas, políticos, en fin todos los que tienen acceso gratuito a los medios de comunicación y les proponemos que escriban sus memorias o sobre cualquier otro tema que les convenga.
—¿Encontráis a muchos que acepten?
Perrin se sirvió un buen vaso de anisete, que enturbió con algunas gotas de agua.
—¿No tienes nada para picar? Tu Ricard me empieza a formar un vacío en el estómago.
Me metí en la cocina. Las baldosas se deslizaban bajo mis pies. Unos huesos de pollo mordisqueados por todos lados cohabitaban en las estanterías de la nevera con los restos de una ensalada niçoise. Salvé unos cuantos jirones de carne que pude mezclar con el arroz, las aceitunas y las partículas de tomate. Perrin permaneció en silencio el tiempo preciso para limpiar el contenido del plato.
—Al principio se hacían los remilgados, los padres pudorosos, las madres ultrajadas… «Para América resultan bien vuestros métodos… pero en Francia, su tradición cultural…». Me venían con estos cuentos. ¡Como si Julio Verne no hubiera escrito la mitad de los libros de Dumas, mientras que Paschal Grousset se encargaba de la mitad de los suyos!
Ahora me enteraba que Dumas, Verne y el llamado Grousset se divertían
como los Hermanos Ripolin[3], escribiéndose uno en la espalda del otro, mas yo no dejé traslucir ni un ápice de mi ignorancia.
—¿Tienes más hambre aún?
Reprimió el hipo y deglutió sosteniéndose el vientre con las manos.
—No, ya es suficiente. Creo que he comido demasiado deprisa. Un café, si es posible…
Moví la cabeza de derecha a izquierda.
—Mejor que no… La máquina hace lo que le da la gana.
—Ha bastado con que uno de nuestros títulos sobrepasara el millón de ejemplares para verlos venir todos a comer en nuestra mano. Ha sido una sorpresa este libro… Ya pensábamos tener éxito, pero no hasta ese punto… Seguro que has oído habla de él: es una guía alimentaria que hicimos firmar a la estrella japonesa Rita Banzai… Se llama «La soja con todas sus posibilidades». Es imposible que no te hayas fijado en el libro: ha ocupado literalmente radios y teles seis semanas seguidas.
—Sobre todo no te bases en mí para juzgar la eficacia de tu campaña de marketing; yo constituyo una verdadera aberración estadística, Me tranquilizo pensando que en las encuestas se descubre siempre que un pequeño tanto por ciento de la población no conoce ni tan siquiera el nombre del Presidente de la República. Mis lagunas mentales son de otro tipo: no estoy al corriente de la carrera de Rita Banzai. ¿Qué hace? ¿Baila, es actriz de cine, se dedica a la jardinería…?
Perrin suspiró largamente. Meneó la cabeza silboteando y se puso a cantar en sordina con una voz mucho más aguda de la que utilizaba para hablar.
Nagasaki…
Allí naciste tú.
Hiroshima…
Allí nació el amor
—La canción se mantuvo casi un mes en cabeza de los Hit 50 ¡No me digas que no la escuchaste nunca!
Tuve que darme por vencido y confesar.
—Por desgracia a menudo esa monserga me ha taladrado los tímpanos… Y lo peor viene al despertar. Espero que por tu bien te limites a escribir sus libros y nadie te obligue a buscar las rimas de las letras de sus canciones.
—La canción de cuatro perras es la que da más. No se puede justificar de otra manera. Acuérdate de lo que cantábamos hace algunos años…
Se echó para atrás en el respaldo de la silla y con el aire más serio del mundo entonó un viejo éxito de Hallyday, acompañándose con el ritmo marcado por los golpes que sus manos daban en una extremo de la mesa:
Estoy solo, desesperado…
Cuando los veo de la mano
A todos los enamorados,
Yo sé muy bien
Que este amor
No lo experimentaré jamás
—¡No se trata de la peor de las porquerías, ni mucho menos, pero tampoco aspira a ser una obra maestra! Se nos hace un nudo en la garganta y los ojos comienzan a humedecérsenos por una razón muy sencilla: la melodía realiza la función de una nave espacio-temporal… ¡Otros tipos se derretirán de nostalgia con el «Nagasaki-Hiroshima» de Rita Banzai! ¡It’s the life! De todos modos, tranquilízate. No he escrito nada para ella, ni sus canciones, ni su libro. Tuvimos la suerte de disponer de un periodista especializado en dietética: se había quedado inmovilizado en una cama del hospital a consecuencia de un accidente de coche… El tipo no hizo mal negocio. Su convalecencia fue de las más rentables. Entonces, ¿puedo contar contigo?
—¿Me prometes que no vas a mencionar mi nombre?
Abrió los brazos y levantó las palmas de las manos hacia el techo.
—¿Cuántas veces tendré que repetírtelo? Algunos autores exigen que conste su colaboración. Entonces introducimos su nombre al final del volumen, después del sumario, con una frase de agradecimiento. Por regla general, la mayoría se sienten satisfechos con ver su nombre escrito en el cheque a la entrega del manuscrito.
Una sola cosa me impedía aún aceptar: yo no llegaba a comprender por qué las ediciones Noséné malgastaban un emisario en mi persona. No les debían faltar escritores en precario, ni periodistas en París ávidos de cualquier trabajo y dispuestos a ponerse firmes al menor precio. Tenía necesidad de saber lo que bullía en la cabeza de Perrin. Dudaba mucho de que únicamente las cualidades literarias de «Interior-día» lo hubieran precipitado a mi puerta. Me acerqué a la ventana y levanté la cortina. Al otro lado de la calle, los niños salían del patio de la escuela a oleadas aulladoras, insensibles a los pitidos rabiosos de las maestras. Con la mirada busqué a mi hija y, arrugando los ojos, alcancé a distinguir la mancha clara de su impermeable en medio de un grupo que se dirigía al comedor. Mi respiración empañaba el cristal y, al mismo tiempo que las pronunciaba, escribí las tres palabras en la condensación de mi aliento.
—¿Por qué yo?
La niña se puso a correr, con los cabellos golpeándole en los hombros, y desapareció bajo el tejadillo.
Perrin estiró las piernas y el chicle pegado a la suela de su zapato izquierdo se deshilachó sobre la moqueta.
—Te podría estar hablando de tu genio, del rigor de tus construcciones sintácticas, de tu estilo, de la respiración de tus frases… Son cosas que tienen su importancia. Francamente, lo que nos interesa es tu perfil en general: un escritor de calidad que aún no ha publicado. Un tipo cuyas pretensiones no se han desbordado y que está dispuesto a proporcionemos un trabajo serio a cambio de nuestro compromiso de dar un empujoncito a uno de sus textos. Nosotros nos encontramos al final de una primera fase de desarrollo. Todo lo que hemos sacado a la venta en el transcurso de estos dos años no es perfecto, ni mucho menos, a pesar de que nuestras publicaciones hayan alcanzado el éxito. Otros en nuestro caso apretarían el acelerador creyendo que con las mismas fórmulas repetidas obtendrían idénticos resultados… Basta recodar la moda de los libros-magnetofón, hace diez años… La cosa no ha durado. El público se cansó de ello. Noséné desea instalarse sólidamente. Nuestros libros no tienen que parecerse demasiado los unos a los otros. Las historias deben resultar verosímiles. Las memorias de Xala de Bahía fue una chapuza de un escritor que currela sobre todo para Harlequin… Normalmente eso debería haber constituido una prueba de seriedad…
Mi opinión variaba substancialmente al respecto, pero no juzgué necesario interrumpirle, contentándome con levantar los ojos al cielo.
—… ¡Lo leímos demasiado deprisa! Ese gilipollas la hizo lamentarse de su pobreza durante doscientas páginas, hacer de chacha de la mañana a la noche, comer lentejas a todas horas… ¡Después, de repente, en la página 201 nos la presenta en la sala de espera de un psicoanalista en donde se encuentra con Serge Gainsbourg! ¡Y olvida decir que ella está allí para pasar la aspiradora y no para tenderse en el diván! Hemos recibido más de un millar de cartas preguntando si Xala trabajaba de casa en casa y se alimentaba sólo de lentejas para pagarse sus sesiones de psicoanálisis… Con personas como tú estamos seguros de conseguir un mayor rigor. Tú nos escribirás un libro, puede que dos y, si la cosa marcha, luego puedes mandarnos a hacer puñetas sin contemplaciones. Cada uno se habrá embolsado lo que el juego requería, ni más ni menos. ¿Vamos bien así?
Me alejé de la ventana. Perrin me miró con la boca ligeramente abierta. La punta roja de su lengua se deslizaba lentamente de un extremo a otro, humedeciendo sus labios y haciéndolos brillar.
—¡Me lanzo: veremos lo que pasa! ¿Para quién tengo que escribir?
Se levantó y me atrajo hacia sí. Sus manos me golpearon amistosamente la espalda.
—¡Ah, ya sabía que al fin te decidirías…! No te arrepentirás. Valemos mucho más de lo que pregona nuestra fama.
Me separé de él con un resto de vergüenza. Perrin bosquejó una pobre sonrisa.
—No sé exactamente lo que te hemos destinado. Tenemos tres libros en línea de salida: un tarugo de recetas de un célebre cocinero de Lyon, los pensamientos profundos de un secretario de Estado o el Ministro de los Disminuidos Físicos y el itinerario musical de una cantante de éxitos. Lo mejor es que te encuentres de inmediato con el jefe. Él te colocará en el buen camino… En cuestión de dinero, la cosa te proporcionará unos 5 millones para empezar. Todo está ya a punto. ¡Sólo falta un complemento para los contactos y 12 millones más para montar una filosofía de la acción para consumo de los estúpidos!
Perrin sacó su cartera del bolsillo interior y me tendió una tarjeta de visita sobre la cual escribió el nombre del tipo con que yo debía contactar. Habíamos agotado nuestros temas de conversación. Perrin se quedó aún algunos minutos acumulando banalidades y se eclipsó, citándome en los despachos de las ediciones Noséné. Encendí un «Disque Bleu» y dejé que se consumiera al borde del cenicero mientras me preparaba una tortilla condimentada con dos pellizcos de estragón seco. Me sentó como un tiro instalarme en mi mesa de trabajo para disertar acerca de los perjuicios del tabaco. Empleé el resto de mi paquete en conseguirlo. Intenté mantener mi atención en el par de pulmones silicóticos rematados por un enorme cigarrillo que figuraba una chimenea de fábrica. Mis ojos se velaban y mi espíritu se reunía con Thierry en los capítulos de «Interior-día».
Acababa de cambiar tres meses de trabajo obscuro, tres meses de esclavitud, en pago de una vida eterna.
Me incliné sobre la superficie de mi despacho. El vidrio ahumado me devolvió mi imagen ensombrecida. Me miré a los ojos, con la cabeza apretada entre las manos, y me saqué la lengua.
—¡Negro de mierda!