Primer amor

Alejandro Gandara · Capítulo 4 de 7 · parte 4/4

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Primer amor

Si te dijo adiós, volverá

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

Tenía los labios apretados, blanqueaban. Cuando se relajaron un poco, algo de saliva resbaló por la comisura. Se levantó una mano torpemente y se limpió con la bocamanga del jersey.

—Non, je ne regrette rien, ni le bien qu’on m’a fait, ni le mal… tout ça m’est bien égal… No lamento nada… lo perdono todo. Todo me parece bien así. Hasta el bien… que me han hecho. Y el mal. Qué… más da ya el mal, dónde ha ido… a parar.

—Y con mis recuerdos encendí un fuego… —rememoré.

—Eso es… un fuego… fuego para todo, fuego para todos.

Solórzano ya no estaba completamente allí. Se estaba yendo. Era una despedida muy lenta. Dentro de poco, en unos días, una semana, su cuerpo permanecería allí, pero Solórzano ya no estaría. Los muertos no son los vivos en otro estado. Ni la piel ni los huesos que dejan son ellos. «No vayas a mi tumba a llorar, porque yo no estoy ahí…». Los muertos no están en el espacio. Alguien dijo que se ocupan de nosotros. Gente que se ha ido. ¿Era Brígida una muerta? ¿Se ocupaba de mí?

—No estamos hablando mucho de ti —dije.

—Porque no lo necesito. ¿Es… que quieres saber algo?

—¿Por qué dejaste la universidad, por ejemplo? Mejor dicho, ¿por qué volviste a este pueblo?

—Ya no me acuerdo. Eso… tiene gracia, ¿eh? Te lo juro…, que no me acuerdo. Las grandes decisiones…, olvidamos… que las razones se olvidan.

Y se rio, de una forma clara, no como un agonizante. Como un niño al que la risa se le escapa del pecho o de la tripa.

—A lo mejor prefería… la zapatería…, prefería la zapatería y pensar por mi cuenta. Me gustaban… mis pensamientos. Me llevaba bien con ellos. Y

a mí… me bastaban. La zapatería era ideal…, no me obligaba a… pensar en ella. Tú preferiste… ponerte las botas de siete leguas. Me interesas tú, solo tú…, no me obligues a hablar de mí.

—Solo yo…

—Es por narcisismo. Quiero quedarme en tu cabeza de esta manera…, hablando…, que veas que… a pesar de todo no perdí el tiempo…, que hubiera podido ser tu amigo toda la vida, que hubieras… podido quererme.

Yo te amaba…, en eso no quieres pensar. Y a nadie más amé. No…, en eso… no quieres pensar. Es cierto… qué importa ya… lo único que importa.

Volvió a quedar traspuesto. Ahora duró más que las otras veces. Me levanté, fui hacia el balcón. Daba sobre la ronda de la muralla. La incertidumbre de Brígida cuando le propuse ir por el camino largo. Se quedó quieta, con las manos en los bolsillos de su abrigo carmín, y en el silencio de esos segundos debí de haber sabido que lo sabía todo. Pero para saber me faltaba valor. Mi amor por Brígida siempre estuvo muerto de miedo. ¿Eso era amor? Quizá la pregunta de Solórzano tenía sentido. ¿La quise? Tenía sentido no porque hubiera dudas, sino porque ponía las cosas en su sitio. Era un amor con miedo. No simplemente amor. A partir de eso, debería hacerme las preguntas adecuadas y saber si la conversación con Brígida sería también adecuada.

El resplandor de la lamparita del aparador llegaba hasta la única fotografía de la estancia. Reposaba en un marco de plata, en un anaquel de la Summa Artis. Me acerqué, se trataba de los padres de Solórzano. Era una foto típica de los sesenta, al menos típica de aquel pueblo, los retratos separados de ambos, de pecho para arriba, nimbados, retocados, observando severamente desde un más allá.

Una foto del mismo estilo también estuvo en mi casa, en un marco blanco y negro de madera. Mi padre y mi madre a los lados. Yo, en el centro, un poco por debajo de ellos. Tendría seis años. Ya no conservaba

ninguna foto. Las pocas que había hecho en mi vida nunca había vuelto a mirarlas. Siempre me parecieron algo funeral, de instantes y gente muerta, al servicio de los que necesitan pistas para activar recuerdos. O de los que se aburren a solas con su cabeza.

Me paseaba por el salón. En cierto momento pensé en aquellas casas lóbregas y con muebles oscuros, de meseta castellana. La luz no cumplía ningún papel. El tiempo no iba hacia el horizonte, así que no había mucho que ver. El tiempo iba hacia atrás, hacia la oscuridad total, atravesando franjas de tiniebla. Los pueblos vaciados, las llanuras resecas, la huella por todas partes de los que huyeron, señalaban hacia un origen donde aguardaba el sueño de la redención. Redimirse por un pasado que era también un sueño.

Volví a mi asiento. Solórzano no se movía y su respiración era un poco más fuerte. Por los cristales escurría el agua como un collar de cuentas sueltas. El cielo estaba uniformemente gris y la habitación empezaba a abstraerse del mundo. A rebotar, a ascender y a caer, como si hubiera soltado amarras. Si Solórzano se estaba yendo, yo me estaba yendo con él.

Sería una buena muerte acompañar a un muerto hasta su destino. No dejaba de ser un ascenso profesional, después de tanta cabecera de moribundo.

Intenté recordar aquella canción. Solórzano me pedía cosas cuando estaba en Londres y me hacía recomendaciones. Más de quince años atrás, me pidió que escuchase una canción. No solía acordarme de las canciones, era sordo para la música. Solo me acordaba de las que escuché el día en que conocí a Brígida en aquel baile. Esas melodías se borraban y reaparecían cada cierto tiempo. A esta le pasaba igual. Es verdad que me llegó hasta el fondo.

Decía mistery por todos lados, o al menos eso me parecía. Sí, así empezaba: God knows…, God knows how I adore life. ¿Y después?

Después, nada. Cerré los ojos. No podría acordarme. Tampoco sabía por qué quería acordarme. Tal vez por el momento, tal vez porque Solórzano y yo nos estábamos yendo. Eso es: When the wind turns on the shores lies another day… Sí, sí, y entonces a continuación, claro , I cannot ask for more.

La melodía era lo que no venía. Llegó primero la del tercer verso. Quizá si tratara de cantar… Entonces tarareé. Pero nada. Dije los versos en voz alta. Varias veces, muchas. Hasta que entonces surgió de la nada, ahí estaba,

esa melodía que no era más que una despedida, y que lanzaba aquella estancia al infinito de las cosas que no regresan, subida en las ondas de una canción:

God knows how I adore life

When the wind turns of the shores lies another day I cannot ask for more…

Y la voz de Solórzano, débil, pero perfectamente entonada, dueña por completo de sí misma, sin angustia y sin ahogo, la voz del joven que venía a llevárselo, cantó los versos:

And the moments that I enjoy

A place of love and mystery

I’ll be there anytime…

La cantó entera, sin trabarse, sin asfixia, en voz muy baja. Aunque las notas sonaban con fuerza, con ritmo impoluto, claras y firmes. Sí, yo tenía la impresión de que su juventud venía a llevárselo, de que se tenían que ir todos, y de que eso era la muerte: el joven, el viejo, el sano, el enfermo, el que amó, el que no fue amado…, todos tienen que irse, todos se llaman unos a otros. Cada alma es una multitud.

Cuando acabó, dijo:

—Estoy contento. No vuelvas. Ha sido… mejor de lo que esperaba.

Nunca superaríamos… esta despedida.

—No me importa quedarme —contesté.

—Tienes que entender. Ya… puedo irme. Todavía tardaré un poco… pero ya… puedo irme. Puedo porque ya… tengo algo que llevarme. No te quedes… hasta el final, por favor. Y ahora… llama a Inmaculada, de prisa… me duele.

—Ahora mismo.

—Adiós…

Me acerqué a él y le besé en la frente. Luego, sin saber por qué, sin estar seguro, pero con la certeza de que tenía que hacerlo, le besé en los labios.

—Eso ha estado… bien —dijo—. Le daré tu moneda a Caronte… posada en los labios. Dolor…, vete… Adiós, amor.

Inmaculada ya estaba en la puerta del salón.

—Tienes que ver a Brígida…, vive donde siempre. Vete… Brígida…

No podía atravesar la puerta. Él miraba hacia la criselefantina. El esmeril oscuro del día le bañaba la cara.

—No te quedes ahí, busca… a Brígida. Es… importante para ti.

Inmaculada, que se había agachado sobre él, se volvió y me hizo un gesto de súplica para que me fuera. También me hizo señas de que llamaría más tarde.

Salí a la calle y lo que vi me pareció que era lo que había estado viendo toda la vida. Pero viéndolo sin mí. Se había ido la emoción o quizá simplemente la impresión del regreso. Era el pueblo de siempre, no el de mi imaginación, no el de los rincones con santuarios de la memoria, no una extensión viva de mi cuerpo y experiencias.

Eamus ad dormiendum, cor meum…, proponía don Seve. Vámonos a dormir, corazón mío. El corazón se acostaba y Solórzano se acostaba en la última de todas las horas. Los muertos se llevan la parte de nuestra historia que solo ellos conocen. Así que parte de nosotros muere con ellos. El corazón… se lo reparten los bandidos a los que hemos dejado entrar en nuestra vida.

Siempre había luchado por evitar la pena o por neutralizarla cuanto antes.

No temía el daño que pudiera hacer. Era porque me parecía reiterativa, insustancial, el menú de todos los días que al final hace que la comida no sepa a nada en un mundo de aburrido dolor.

El viento corría ahora a rachas por la calle Madrid. Y a veces hacía un silbido largo, como el de una llamada o un aviso. Quizá la ciudad se estaba poniendo en alerta por lo que iba a pasar. El reencuentro de dos seres que decían haberse amado cuarenta y tres años atrás, como si continuaran siendo los mismos y sus recuerdos los mismos y sus balances los mismos.

Una gran historia real para una mala película de porquería romántica, una atronadora salva de aplausos a un escenario en el que los actores están borrachos o dormidos.

Estaba delante de la cancela del edificio de Brígida. Todo iba a pasar, todo era inevitable como el día en que fui a esperarla a San Damián y salió con su padre y con aquel abrigo. Y como aquel día, yo tenía que saber.

Saber sin piedad, saber de una vez. Y arrancarlo de su garganta.

Degollándola, si fuera preciso.

Toqué el timbre del portero automático. Respondió la voz de una mujer.

Podía ser la de Brígida, aunque en otra clave.

—Soy Andrés Aja —dije, y a continuación titubeé, atascado en lo que iba a decir.

La despedida de Solórzano me había producido una especie de desorientación, como si al cuerpo le costara reconocer el espacio que ocupaba.

—Ahora bajo —contestó sorprendentemente la voz.

El atrio tras la verja seguía igual, con un parterre de tulipanes y setos de boj enano con una fuente de pila en forma de concha. Solo lo había atravesado una vez. Estábamos haciendo un trabajo para el instituto con otros compañeros sobre la historia del pueblo y fuimos a casa de Brígida.

Tenía un magnetofón de bobina abierta, al que había que enganchar la cinta.

Yo nunca había visto uno. Ella lo manejaba con soltura. No recordaba nada más de la casa. Recordaba el magnetofón. Aunque tal vez lo recordara porque la imagen venía junto a las manos blancas y rosas de Brígida. Las manos que ya entonces quería en mí sin saberlo.

Se abrió el portal de la casa con frontispicios y apareció la mujer del poyo y del portal. Brígida. No llevaba la camisa de flores celestes y naranjas, cosa extraña. Ni sonaba la canción de Roberto Carlos. A medida que se acercaba por el camino de grava entre los setos de boj, supe por qué me había costado reconocerla. Por qué, en realidad, aún no lo había hecho.

El rostro se había afilado y endurecido, cincelando los pómulos y dando forma triangular a aquel óvalo tierno. Los ojos se guarecían bajo unos párpados cansados, y la tersa piel de antes, con su blancura de albayalde, se había apagado en un blanco mate. Solo el color de su pelo parecía el mismo, aunque quizá se lo tiñera. Al verla por la mañana me había parecido una especie de pariente de aquella Brígida. Y sin duda lo era. Era su madre.

Aquella hembra dura, estirada, inalterablemente consciente de su posición ante los demás. Un calco.

Cuando abrió la cancela, retrocedí unos pasos. Se quedó observándome.

No me parecía Brígida, no me sentía en presencia de Brígida. Aquel híbrido imposible de garza y yegua no estaba allí. Tampoco era su madre, de acuerdo, quitando la similitud tremenda. Era simplemente una desconocida. No, no era una desconocida. Era uno de esos mensajeros que llegan del pasado con noticias frescas, pero ellos mismos no son el pasado.

La diferencia con un mensajero corriente, con un cartero de Correos, es que aquí la carta era el cuerpo que tenía delante.

—Eres Andrés. Me lo había parecido esta mañana. Aunque has cambiado

—dijo la mujer, Brígida.

—Cambiamos, claro… —no me atreví a hablar de ella.

—Has venido a verme —dijo en el mismo tono, una simpatía tranquila y fría.

—He estado con Solórzano.

—Pobre… —su semblante se nubló tenuemente—. ¿Qué hacemos, damos un paseo? ¿Te parece bien la muralla, verdad? —y sonrió con un atisbo de complicidad.

Quise justificar enseguida la visita como cortesía o algo así, una especie de deber aunque no supiera hacia quién, porque lo que quería preguntar a Brígida no me sentía capaz de preguntárselo a aquella mujer.

—Solórzano me dijo dónde vivías. Yo no sabía que estabas aquí. Quería saludar. No sabía… —me enredé.

—Bueno, has venido, da igual.

Subimos por la escalera de la puerta de Oriente. Ella fue delante. Llevaba un abrigo rojo de pelo rizado, pero no en el tono carmín de aquel día. Unas medias negras y unos botines también negros. Por detrás parecía más enérgica y joven que por delante. Sus piernas estaban fuertes, endurecidas por el ejercicio. Quedaba poco de la muchacha tierna y de rasgos suaves que yo tenía en la memoria.

Al llegar arriba subimos al baluarte y luego continuamos por las cañoneras, en vez de por la ronda. Mejor dicho, ella decidió ir por ahí. Iba delante, como aquel día, y según su costumbre de lebrel. Yo tenía que verla a distancia y hablarle a distancia. Aunque ahora no tenía nada que decir.

Pero al repetirse la historia, tuve la impresión de que si la dejaba alejarse un poco más, aparecería Brígida y entonces yo podría hablarle, preguntarle. La misma historia.

Los andares como con resortes, eso tampoco había cambiado. En total, era Brígida y no Brígida, y al final yo tendría que hablar con alguien igual de distinto y de idéntico a la mujer con la que quería encontrarme.

De todos modos, estaba convencido de que necesitaría valor para provocar la conversación que me interesaba. Tal vez podría hablarle a gritos, como la otra vez, mientras saltábamos de cañonera en cañonera.

La tarde no se había despejado. Daban las seis. Había penachos de niebla que se elevaban desde los collados del Subirón como si fueran humo. Luego se estiraban y se acostaban pacientemente sobre los encinares.

Se detuvo a la altura de la catedral, sobre la plazoleta del edificio de Sindicatos donde Solórzano y yo tuvimos la entrevista con el otorrino falangista. Allí seguía el monumento a los guerrilleros que lucharon contra los franceses.

—Aquello es La Estrella. Era tu barrio, ¿verdad? —dijo.

Llegué a su altura. Abajo estaba La Estrella, pero arriba estaban los ojos color miel, los de antes, derramándose por los párpados cansados y lanzando chispazos ambarinos sobre el arrabal pobre. Entonces, sí, entonces Brígida se presentó y me advirtió de que estaba allí, de que no me dejara engañar por las apariencias.

La mujer, Brígida, decidió bajar a la ronda. Fui detrás. Observaba el antiguo Seminario, ahora vacío, y los bajos en los que habían establecido un museo singular y según decían único en el mundo: el Museo del Orinal.

—Es toda una aportación a la antropología de la zona —comentó Brígida

—. ¿Qué hiciste?

—¿Qué hice?

—Me refiero a tu vida. No he sabido nada. No he preguntado, para serte sincera. Solo al final Solórzano me contó algo.

—Lo que he hecho… Viajé mucho. Luego me paré. Nada de particular.

—¿Te molesta que te pregunte?

¿Qué quería? ¿La verdad? ¿Y quién era ella para querer la verdad? No la conocía tanto, más bien no la conocía en absoluto. Muy bien, voy a decirte la verdad, Brígida: lo que más he hecho ha sido pensar en ti, o sea, convertirme en un tarado que no sabía si iba o venía, y hacerme las mismas preguntas durante más de cuarenta años. ¿Qué tal? Resumiendo, estoy loco.

En fin, ya que tanto te importa, eso es lo que he hecho, estar loco.

—Soy trabajador social —dije.

—Ah. Eso es ayudar. Es importante ayudar —murmuró—. ¿Tienes alguna especialidad?

—No. Pero normalmente estoy con los que van a morir. Me quedo con ellos hasta el final. Cuando quieren.

—¿A veces no quieren?

—A veces no saben o no pueden querer.

—¿Qué se hace cuando alguien va a morir? —se volvió hacia mí y el rostro se había endurecido aún más, era difícil ver tras el velo de piedra a la muchacha que yo andaba buscando.

—Necesitan escuchar, aunque ellos piensan que necesitan más hablar.

—¿Y qué les dices? —la fijeza de los ojos también era nueva.

—Siempre pienso que yo estaré en su lugar dentro de más o menos tiempo. Y que todo el rato nos estamos yendo, ellos y nosotros. Es un estado mental; luego las palabras vienen solas. No trato de tranquilizarlos, no trato de consolar a nadie…

—¿Y les haces bien?

—Lo poco que hago, creo que sí.

Me acordé del muchacho desesperado:

—Pero no siempre.

Luego, la mujer, Brígida, reanudó la marcha. Capas de nubes con distintas gamas de oscuridad planeaban sobre nosotros. El aire espolvoreaba cristalitos. La temperatura bajaba deprisa.

—Se me murió mi hija a los cinco años —dijo con voz tranquila—. Yo estaba tan desesperada que no le serví de nada. No quisiera volver a aquello, pero a veces pienso que sería necesario. Despedirse en paz…, los vivos y los muertos.

—Lo siento de veras. No lo sabía.

—Verás, hay un momento en la vida en que sentir no es nada, no importa.

Es difícil entenderlo. Hay algo por encima. Si lo superas, si no te dejas matar. Estás del lado de los que observan su dolor fuera de su propio cuerpo.

Entendía más de lo que ella creía, pero me limité al tópico:

—La muerte de un hijo es distinta a todas las demás. No puedes despedirte. No hay manera. El otro no te deja.

—Hace mucho de eso…, ayer. Siempre parece ayer y el tiempo no marcha al ritmo que debe —no murmuraba, era una resonancia de cueva, muy al fondo—. Todo lo contrario, me temo. En algún sitio tendrán que aprenderse las despedidas, incluso las difíciles. Que yo recuerde, tú y yo no nos despedimos muy bien. Lo que pasó después…

—¿Después de nuestra despedida?

—Durante mucho tiempo tú no fuiste más que el de aquella despedida.

Un ser furioso, herido, con ganas de herir, sin compasión. El resto de ti quedó borrado. Es importante, sí… —su voz tendía a decaer al final.

Llegamos a la perspectiva del molino. Estuvo mirando en esa dirección, a través de la segunda alameda. No dije nada. Cuando parecía que Brígida se

acercaba, aquella mujer se interponía. La historia de la muerte de la hija, por ejemplo. Nos separaba mucha vida, los dolores de los que tratábamos de reponernos, las equivocaciones que aún teníamos que perdonarnos, las esperanzas que no se cumplieron, la fe que se perdió por el camino.

—Te gustaba aquel juego —dijo—. Tú te ibas a la guerra y yo te esperaba. Pasaban años. Entonces aparecías en la puerta.

—No me acuerdo mucho —contesté.

—¿De verdad no te acuerdas? ¿Por qué me acuerdo yo, entonces?

Cualquiera sabe, claro.

Era verdad. Bueno, no era verdad. No me acordaba en absoluto. Viví convencido de que ningún detalle de aquellas pocas semanas que pasamos juntos había escapado al registro. Pero estaba seguro de que el recuerdo de Brígida era verdadero. Porque era Brígida quien lo estaba contando, no cabía duda. Cada vez se acercaba más.

—Era un poco machista el cuento, desde luego. Pero se trataba de emocionarnos más de lo que ya estábamos. De saber que algún día llegaría la separación y la distancia. De saber que habría algún día. Estábamos inventando el tiempo. Eso es emocionante.

La pequeña ironía escondida siempre en los juicios sobre las cosas, en las descripciones de hechos, incluso en los amargos, por ejemplo, cuando hablaba de su padre o de sí misma, ahora parecía asomar un poco.

Pero lo que me había encontrado no era un ser que me esperaba o con una cuenta pendiente, ni que pudiera concentrarse en mi presencia, sino con un ser doliente, para quien yo no era más que un eco devuelto por ensenadas del tiempo en las que apenas recordaba haber puesto el pie. Los dolores intolerables borran todo lo demás.

Por otro lado, no podía estar seguro, ni remotamente, de lo que significaban nuestros recuerdos para ella. Extravagantes, infantiles, chocantes, los observaría desde la experiencia de su vida, si los observaba.

—¿Y tú qué hiciste? —pregunté, apostando por mi turno.

—Me licencié en Exactas. Fui profesora ayudante en la facultad, en Salamanca. Casi ni me había estrenado, cuando me enamoré de un hombre que pasaba por allí. Pasaba literalmente, porque era un ejecutivo de una auditora internacional y se iba en pocos días a su central en París. Me fui con él. Un flechazo, ¿no?

—Saliste como una flecha, por lo menos.

—Los franceses lo llaman un coup de foudre. Un relámpago. No atraviesa tanto como una flecha, y no digamos una lanza. El cielo se ilumina, se ve en la oscuridad y yo debí de ver la carretera a los Campos Elíseos.

—Philótetos eros…

—¿Eso es griego? Tú tenías algo con el griego, ¿verdad? Eras de letras, pero querías ser médico. Algunos creían que ibas a ser escritor. Espera, no, eso lo decían de Solórzano. Bueno, ¿qué es lo que acabas de decir?

—No lo sé muy bien. Es como un amor a Eros, que también es amor.

Puede traducirse como ansia de amor. ¿Y ya no volviste a la universidad?

—Nos casamos. Él me necesitaba. Necesitaba un senescal, no era bueno organizándose con las obligaciones sociales, y tenía muchas. Ascendió deprisa y su necesidad de mí también creció. Di clases en algunos sitios por los que pasábamos, un trimestre, un seminario, para matar el tiempo. Una vez colaboré en un texto para estudiantes de posgrado. Siempre fui una muchacha convencional, Andrés.

Me acordé de Robbie y su novio convencional.

Y echó a andar. Una de las preguntas que había martilleado mi cabeza para cuando me encontrase con Brígida era la de si había estado realmente enamorada de mí. Me fui con la incógnita y se me ocurrió que podría resolverse. Ahora me parecía una pregunta completamente absurda. La persona a la que tenía que hacérsela no era la persona con la que caminaba por la ronda. Podría hacer memoria y decir que sí, que creía que sí. O

podría mentirme directamente, para salir del paso. O engañarse a sí misma.

O mandarme a la mierda, por pesado. Eso no quiere decir que no me interesara la respuesta. Lo que pasaba es que la respuesta ya no estaba allí.

El Parador apareció a la vista tras el recodo del obispado. Fue en ese tramo, aquel domingo, donde yo me puse a cantar a José Feliciano y ella echó a correr. Y donde, cuando la alcancé, estuve a punto de confesar aquello que me estaba matando de puro atragantamiento. No lo hice, tuve que esperar a la tarde, a sacarla del cine. El miedo era más grande que el amor. Y ya sabía que el dolor también sería más grande que el amor, que ya lo era.

Los jardines del padre de Chapi descansaban en la bruma, abajo el río parecía una lengua de agua muerta y más allá los campos comenzaban a oscurecerse, salpicados de las primeras bombillas encendidas. Era la hora

gris de los días cerrados de lluvia o de frío. Eithne la llamaba la hora del adiós. No era de día ni de noche, no era tarde ni mañana, todo eran sombras que se movían en una niebla, hasta el pensamiento era una sombra, y el día no avanzaba ni hacia la oscuridad ni retrocedía hacia la claridad. Lo eterno debía de ser algo así, una parada ininterrumpida, un aliento que se había quedado en suspenso para siempre.

Después de las últimas palabras, había empezado a caminar más deprisa.

Yo me quedé rezagado. Me hizo gracia. Otra vez la misma situación cerca ya del Alcázar, ella delante y yo detrás, dudando si alcanzarla o seguir así, incluso si no sería mejor dar media vuelta y olvidar el envite. El sentimiento se repetía. Igual que los recuerdos, parecía haberme estado esperando. ¿O

es que nada había cambiado, que los cambios son una ilusión que crece con la distancia y con el tiempo, que yo, en aquel momento, tenía —no es que volviera a tenerlos, sino que los tenía— dieciocho años?

Dejé que se alejara un poco. Y así se fue convirtiendo definitivamente en Brígida. Sus talones con muelle, el abrigo rojo, el compás de la coleta. Una silueta moviéndose en la hora del adiós, cortando la niebla, suspendida de la esfera de un reloj sin cifras ni agujas. Siempre había estado ahí. Y siempre podría encontrarla ahí. Ese momento era a la vez real e irreal, sucedía dentro y fuera de mi cabeza, dentro y fuera de mi memoria, dentro y fuera de mi alma. Dentro y fuera de aquel pueblo y de aquellas murallas.

Brígida me esperó recostada contra el muro donde terminaban las cañoneras. Sí, era la misma escena. Ahora, vendría hacia mí.

Vino hacia mí, no podía hacer otra cosa, era un destino escrito, un destino que se repetía muchas veces. Fuera y dentro. Este era simplemente otro instante de la misma eternidad. Como fondo, los jardines bajo el alcázar, con las piedras inalterables que pusieron delicadamente hace muchos años unas manos que ya no trabajaban.

Cuando Brígida llegó hasta mí, que había seguido andando muy despacio, la mujer mayor ya no estaba. Era Brígida con el abrigo carmín, al mediodía de un domingo en el que yo tenía que hacerle una confesión. Temí que volviera a hacerme la pregunta de entonces: ¿tienes algo que decirme?

Me extrañó que le hubiera cambiado tanto la voz, aunque quizá no la recordara bien, porque la voz que salió de Brígida era la de una mujer mayor. Lo cierto es que yo escuché las dos, la que salió y la que no salió, la que escuché en el pasado y la que escuchaba ahora.

Estaba muy cerca. Como cuando quise tocarla, abrazarla. ¿Por qué no lo hacía ahora…? Dijo:

—Has venido a verme por algo. ¿No es verdad, Andrés? No tengas miedo. No esperes a más tarde, porque puede que ya no tengamos otra oportunidad.

Quise mentir. O disimular. Como entonces, cuando fui cobarde. Cuando elegí pudrirme por dentro antes que expulsar dos simples palabras y aguantar después que la tierra o el cielo se abrieran, que me tragaran antes que atragantarme yo.

No podía repetirse. Todo en mí se rebelaba a muerte contra esa claudicación definitiva, de la que ya no podría escapar a ninguna parte, a ninguna Suiza. Todo el mal que temí entonces ya había sucedido. Estaba a salvo. Habría consecuencias, pero ya las conocía. La diferencia es que ya estaban en mí, que no llegarían de fuera, ni por sorpresa.

Por qué, entonces, eran iguales la tensión, el miedo, el deseo de salir corriendo y refugiarme en mi habitación a rumiar y a maldecirme. Sin embargo, yo sabía que todo empujaba hacia adelante, precisamente porque no había futuro. La vida atravesaba muros aunque después no hubiera más que otro muro y otro. Todo empujaba. Detrás no había nada, ni habitaciones ni escondites ni caminos con los que poner tierra de por medio. Habían sido barridos por la vida ya vivida, no eran siquiera las ruinas de ninguna historia. No eran ni cascotes en el polvo.

Sí, era la misma escena. Yo debía confesar algo. Yo debía preguntar algo.

Y también algo de mi vida, quizá no toda mi vida, dependía de lo que ella contestase.

Me separé de mi propia voz al decir:

—Creo que ni un solo día he dejado de pensar en ti. Eso es lo que quería decirte. No podía no decírtelo, compréndelo. Han sido muchos años. Y

muchos días… Tenía que hacerlo.

Los labios de Brígida temblaron. Su rostro se crispó. Pensé que la había ofendido. También pensé que ella no esperaba aquel disparo a quemarropa.

De todos modos, algo la había conmovido. No necesariamente bueno.

—¿Sabes de qué hablo? Un día se me ocurrió que era imposible que solo me estuviera sucediendo a mí. ¿Y si a ti también te pasaba? Era un asunto grave. Porque si eso estuviera pasando, entonces nuestra vida, la vida que vivíamos era una alternativa impostora. Había otra circulando en paralelo,

nuestra, pero en ella no vivíamos ni tú ni yo. Y hubiéramos podido vivirla igual que vivíamos esta…

—Está bien —dijo Brígida—, no sigas. A mí no me ha pasado. Yo no he pensado en ti todos los días. No había otra vida paralela, Andrés, en la que hubiéramos podido estar. Rompiste con todo…, y yo fui la foto final de esa ruptura. Me llevaste contigo…, esa foto en la cartera, el gran recuerdo, el instante inmóvil. Si hubieras seguido con la vida que tenías planeada, sin ese corte, sin esa huida, yo habría cambiado en tu cabeza. Habría terminado por desaparecer.

Luego miró por encima de mí, estaba muy cerca, al cielo que se apagaba ya del todo. Toqué sus manos. Las manos de Brígida. Estaban allí, a punto de perderse. Como siempre.

—Supongo que yo no tenía tanta imaginación ni tanta herida como tú para recordar de esa manera —dijo suavemente mientras se soltaba de mis manos y retrocedía—. Tengo que ir volviendo a mi casa.

Fuimos hacia la cancela de los jardines, cada uno por su lado, andando despacio. Pensé que se iría enseguida, pero no lo hizo. ¿Acabaría yendo detrás de ella? ¿Le pediría verla más adelante? No, estaba todo bien.

Sentía, y no era un consuelo, no era un deseo producido por el temor, que la Brígida más joven había empezado a marcharse, se desvanecía por un camino en el que se marchaba dando la espalda, sin despedirse. Camino de la vida que tendría después, de la muerte de su hija, de la compañía del marido desorganizado… Yo me quedaba con la mujer mayor, a la que quizá había violentado con mi confesión.

El río se iluminó de pronto con un azogue y enseguida se ocultó en la bruma. Brígida estaba apoyada sobre el remate de la muralla hecho con ladrillos a sardinel y miraba al horizonte quieto de las tinieblas.

—¿Te casaste? —preguntó.

—Sí.

—¿Hijos?

—Uno.

—¿Qué hace tu mujer? ¿De dónde es?

— Angloirlandesa. Escribe libros.

—¿Libros?

—Novela, ensayo, artículos.

—¿Es famosa?

—Se gana la vida. Pero no es una bestseller.

—Vaya…

—Qué…

—Al final, tu vida ha tenido mucho que ver con las palabras. Los enfermos terminales, tu mujer, tienen que ver con palabras. Solo falta que tu hijo también pertenezca al ramo.

—Bueno, escribe guiones, sí.

—Eso ya es toda una factoría literaria —sonrió; me fijé en sus labios, que ya no eran como el dibujo de un niño, pero se movían igual, una corriente en el estómago—. Se me había olvidado tu voz, pero recuerdo cómo hablabas. Eras distinto, no tenías nada que ver con esta tierra. Era una voz forastera. Ahora sí tengo que irme. ¿Dónde te quedas?

—Aquí mismo, en el Parador.

—Te acompaño a la puerta.

Le pregunté por su marido, por su enfermedad. Me dijo que había estado trabajando en China una temporada y que se había traído el virus del que hablaba ya todo el mundo. Neumonía bilateral. Le habían dado el alta y habían decidido venir a respirar aire puro. Todavía estaba muy débil y no podía trabajar. De paso, visitaba a su padre, el médico, ya anciano, que seguía igual de narciso. El marido estaba pensando en jubilarse. Le gustaba la fotografía y viajar. Y probablemente es lo que harían a partir de ahora.

Había un grupo mixto de chavales, parecido al de la noche anterior en El Paraíso, en la plazoleta del verraco. Ya no tenía que buscar allí a Brígida.

Sus voces resonaban en una oscuridad que había caído de golpe sobre la soledad acuciante del pueblo. Esa soledad debería ser también Patrimonio Nacional, incluso de la Humanidad. El cielo y el paisaje abiertos volvían más intenso el sentimiento. La antigua sensación volvía. Una intemperie que las voces, la oscuridad, las calles vacías ampliaban.

Habíamos llegado a la verja de la entrada. Un par de individuos bajaron por la escalinata y cuando acabaron de irse, Brígida dijo:

—Si hubiéramos seguido juntos, si te hubieras hecho médico, vivido en Salamanca, todo ese plan que tenías, tu amor a las palabras quizá no te habría servido de nada. Jamás habrían consolado a los moribundos, solo les habrías curado o matado. Ni te habrían acercado a tu mujer escritora, ni habrías tenido ese hijo que hace guiones. Estoy segura de que las palabras se habrían ido marchitando dentro de ti. Tú las negaste, pero tu vocación se

cumplió a causa de un amor desgraciado. Para eso también sirve el amor, incluso el amor que se rompe, para que el dolor pueda orientarnos en la dirección correcta, ¿no te parece? Así que el amor está bien…, aunque salga mal.

La luz de los faroles lavaba una parte de su cara. La otra quedaba en sombra. La sombra era Brígida de joven, oculta y visible a la vez, y la que me había hablado era la Brígida que estaba bajo la luz, vieja de experiencia, llegando del futuro. Ya sabía que eran la misma, que se había fundido para decirme esas últimas palabras que agradecí con todo mi cuerpo, que se estremeció un poco, como si le hubieran soplado por dentro con una brizna tibia.

—Ha estado bien que nos veamos. Te lo agradezco. Me voy —dijo.

Creo que no quería quedarse a ver mis emociones ni el efecto de lo que había dicho. Alargó la mano y yo se la apreté.

La vi alejarse con sus pasos de muelle y entré en el hotel. Era la hora de la cena. Fui al restaurante. En sustitución de la pareja con sus terrores, había dos matrimonios ancianos que conversaban en susurros y más allá un tipo trajeado que miraba a hurtadillas.

No sabía cómo me sentía y no tenía hambre. Suponía que debía comer, y hacer que el cuerpo y las fuerzas se organizaran en torno a un asunto nuevo, sabores, calor en el estómago, la sangre ocupándose de la digestión y menos del cerebro.

No estaba inquieto. Ni tranquilo. Veía a mucha distancia esa forma de paz que sobreviene cuando todas las cosas han concluido y ha pasado su tiempo. Muchas habían concluido, desde luego, pero otras no lo habían hecho y tenía la impresión de que además no daban la cara. Se ocultaban o se camuflaban en algún lugar de la memoria, de la tristeza, de las sensaciones, de las palabras que había intercambiado con Solórzano, con Brígida.

Pedí sopa de verduras y estuve a punto de volver a pedir la trucha de por la mañana, pero me di cuenta a tiempo. Aunque tampoco habría pasado nada, fue como si no la hubiera probado. Al final, me decidí por una tortilla, una especie de mal menor para mi falta de apetito. El resto de la carta seguía siendo de una contundencia atroz.

Mientras comía, mejor dicho, mientras hacía por comer, volvía una y otra vez la despedida de Brígida en la puerta. ¿Por qué no elegí algo relacionado

con las letras? Lo cierto es que don Severino, cuando pensaba en mis habilidades lingüísticas, imaginaba una carrera de Derecho más que una de Filología, no digamos una literaria. Pero yo nunca pensé que mi amor por las palabras tuviera que ir más lejos. No eran una vocación ni serían una profesión. No quería dedicarles mi vida.

Tal vez porque ellas no me dieron nada, no aclararon ni solucionaron nada. No servían para escapar, servían para quedar atrapado. Pertenecían a aquel pueblo, a la relación con mi madre, a las explicaciones sobre mi padre, incluso al amor por Brígida, a una pena tan antigua que yo no distinguía el origen. Borboteaban y explotaban en el aire…, porque eran aire.

Quería ser médico. Eso servía para escapar y para curarse. Lo demás no importaba. Las palabras eran chapoteos en el fango. Y sin embargo… Sin embargo, todo me llevó de nuevo hacia ellas. Aunque ya eran otras palabras. Las palabras del consuelo, de la paciencia, de la fe pequeña en las cosas, sin esperanza, sin pedir demasiado o casi nada, de la aceptación.

Un largo viaje para encontrar las que servían, las que me liberaban.

Brígida tenía razón. Con ella no habría sido posible. Ella también era el pueblo. Quería huir con ella, pero al final tuve que huir solo. Entonces todo empezó a salir bien. En medio del naufragio. Mientras me hundía.

El amor da mientras te quita. El amor es la sombra de un extraño. La pena da alas. Sí, puede que algunas cosas tuvieran sentido.

Tomé la mitad de la cena, firmé la cuenta y subí a mi habitación. Por un momento, pensé en llamar a Eithne para decirle que al día siguiente regresaba a Madrid. Pero sobre eso tenía algunas dudas. Al despertarme por la mañana quizá tuviera ganas de volver a ver a Solórzano, a pesar de que las despedidas estaban hechas. O a Brígida, aunque no habría mucho más que decir y tenía un marido al que cuidar. Sabía que no haría ninguna de las dos cosas, pero que tal vez despertara con esos deseos. Era lo que me impedía hablar ahora con Eithne.

Abrí el balcón y la noche era tan negra que apenas llegaba algún reflejo del Húmera. Los alcores y la vega se diluían en manchas de intensidades variables. Había gritos de pájaros, auténticos gritos. En aquel pueblo todos los animales chillaban y no hacía falta aguzar el oído, a veces lo hacían en concierto. El aire llegaba picado de hielo. Probablemente estaría nevando en Gredos y quizá al día siguiente nevara aquí.

Nada de lo que pasó volvería a pasar. El tiempo era irreversible y una imagen gratis de la muerte. A pesar de todo, me enamoré, conocí a don Severino, que me cuidó, tuve amigos y jugué al fútbol, estudié, soñé con cosas. El resentimiento no fue todo. El dolor no fue todo. Podría volver y disfrutar de ello. Me engañaría menos a mí mismo, tendría alegría. Pero eso no estaba dado a los mortales.

Pensando en la mortalidad, me lavé los dientes frente al espejo, en el que no encontré una expresión clara. Quizá debería quedarme un día más. Mirar con otros ojos, hablar de otra manera con Solórzano y con Brígida.

Contarles lo que había aprendido en ese día. También sospeché que todo eso no era más que una excusa de la confusión del momento en que el pasado empezaba a tener sentido y a perderlo al mismo tiempo. Entonces sonó el teléfono de la habitación. Me dijeron que una señora me esperaba abajo. Sería la hermana de Solórzano, aunque me parecía extraño que no hubiera usado el móvil.

Bajé por la escalera y al final de una hilera de tapices descoloridos, sobre una de las butacas de recepción, distinguí el abrigo rojo. A la izquierda estaba la recepcionista de la noche anterior, mirando unos papeles y disimulando la curiosidad. No era capaz de imaginar a qué había venido.

¿Le quedó algo por decirme? ¿Después de pensarlo mucho había llegado a la conclusión de que mi conducta había sido una intrusión imperdonable?

Cuando llegué a su altura, ya me sentía culpable. ¿Con qué derecho sale uno del pasado y le arroja al otro su vida para que se la explique, para que comparta la carga, para que le perdone, le mienta o le consuele?

—¿Ya estabas en la cama? —dijo, con el semblante serio y una mirada atenta.

—Me estaba lavando los dientes —contesté, inquieto.

—He venido…, es una tontería. De verdad, es una tontería. ¿Podemos salir afuera?

—Entonces, tengo que ir a por el abrigo.

—Llevas un buen jersey, será un minuto. No creo que te dé tiempo a pillar una pulmonía. Pero a lo mejor eres friolero. Te espero, si quieres.

—No, salgamos.

Caminamos por el sendero de gravilla entre el muro y el alcázar.

Escuchaba el ruido de nuestros pasos amplificado, como una crepitación.

Se detuvo. Ahora, tenía la cara llena de luz. Me escrutaba como si aún estuviera decidiendo si merecía la pena decirme lo que había venido a decir.

Luego, bajó un instante la cabeza y al levantarla de nuevo, dijo:

—Antes no te he dicho toda la verdad. No he pensado en ti todos los días.

Eso no. Ni has sido una presencia obsesiva en estos años, ni un recuerdo perenne, ni nada parecido. Pero lo que no te dije es que en varias etapas de mi vida sí me he preguntado cómo habría sido mi vida contigo.

Hizo un silencio. Yo no podía contestarle nada, ni añadir nada.

—Creí que merecías saberlo, que era de justicia. No sé qué significa, ni quiero saberlo. Pero no podías irte únicamente con la conversación anterior.

Miró al suelo, hizo algo con la punta del zapato. Sí, el color del pelo era natural. Estaba seguro. Pensaba en ello con interés. También pensaba en los caminos de grava con interés, y en la luz de los faroles, y en las sombras que nos envolvían, y en los pájaros que gritaban, y en la soledad que aún no se había convertido en Patrimonio de la Humanidad. Me sentía capaz de mirar el mundo y de estar tranquilo. Sentado sobre él, mirando en todas direcciones.

—Así podremos despedirnos en paz, no como la otra vez. Con todo dicho y todo hecho.

Su cara estaba otra vez frente a mí. Era Brígida. Acababa de regresar, no había ido a desvanecerse por los caminos. La misma que una vez me dijo, mientras yo contemplaba una telaraña congelada, que no quería medias palabras entre nosotros, ni recovecos, ni segundas intenciones.

—Sigues siendo tú —dije—. La pena no te ha cambiado. Tampoco me vendría mal una despedida bien hecha. Una que pudiera recordar en lugar de la otra. De momento esta va bien.

La yedra del muro brillaba. Arriba, estaba el universo de estrellas tiritando. Todos los caminos parecían intrincados y largos, pero conducían a este que pasaba entre un muro y un alcázar.

Me acerqué y la besé en los labios, simplemente me posé en ellos. Ella dejó que pasara. No eran los mismos labios, pero sabía que serían esos los que acabaría recordando. Era el segundo beso de ese día. Ninguno fue amargo. Cuando volví a mirarla su cara estaba tranquila.

Como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, desanduvimos el sendero hasta la escalinata de recepción. Allí dijo:

—Ahora eres tú el que se queda en el castillo.

—El castillo…

—El juego del molino, lo inventaste tú.

—Sí, claro. Tú esperabas y yo me iba a la guerra —dije, como acordándome de repente.

—Fíjate, este es un castillo de verdad, de los Trastámara, nada menos.

Pues bien, yo te libero de la promesa.

—¿De qué promesa?

—De la promesa de volver. Yo te libero. Vete donde quieras. Vete a tu casa. Vete a ver qué ofrece la vida. Pero no vuelvas. Tampoco yo voy a esperarte. Somos libres. ¿Qué te parece?

Había ido retrocediendo y de pronto estaba yéndose por el sendero de grava.

—Ha sido una buena despedida —dije.

Pero ya no contestó. Subí a la habitación y lloré. Deseaba llorar. Me di cuenta de que uno no llora por algo, sino por todo. Quizá por todos.

Luego me metí en la cama, decidido a irme temprano al día siguiente.

Tenía que preguntar el horario de autobuses y por el trasbordo en Salamanca. A lo mejor, podía estar en Madrid a mediodía y descansar antes de volver al hospital.

—Somos libres —había dicho ella.

Con la primera luz del día me subí al autobús que salía del nuevo edificio de las estaciones. Dobló por la curva de La Florida y enfiló hacia El Cruce.

A la izquierda quedó la silueta de la ciudad monumental, con un recorte de luz llameante. Allí vivía Brígida, en una casa de piedra oxidada. Llevaba una camisa de flores celestes y naranjas. Pronto estaría camino del instituto, con sus andares de muelle. Y Solórzano un poco más allá, frente al ventanal de El Paraíso, con una sonrisa desafiante, tarareando canciones inglesas.

Chapi bajaría a los frontones en un rato, era domingo por la mañana, con su cara blanquísima y sorprendida.

El autobús giró a la izquierda y vi los viejos portales de la fábrica de gaseosas y a Gelote sentado en el poyo, tan temprano. Un poco más allá estaba el colmado, donde mi madre había encendido la luz y desatrancaba la puerta. Se asomaba para ver si venía la lechera. No vi a mi padre. Debía de estar de viaje en Portugal.

Tomamos la carretera de Salamanca, dejando El Cruce atrás. Al pasar frente a la Cerca, distinguí a Cándida jugando con sus hermanitos, se le

subían encima, parecían koalas. Miró hacia el autobús, creo que me buscaba. Puede que se hubiera enterado de que me iba. Aún desde lejos, relucían sus labios de mariposa que iba a echarse a volar. Reía.

Yo no dejaba de mirar por la ventanilla.

Estaba viendo el tiempo.

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