Primer amor
Si te dijo adiós, volverá
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
La hermana me hizo pasar a un saloncito en el que había una mesa camilla junto a un ventanal que daba a la vega. Solórzano estaba sentado en un sillón de orejas con una manta de mohair sobre las piernas. La luz del sol, amarilla y pálida, le partía el rostro. Parecía un modelo de cuadro cubista.
Me saludó levantando una mano pesada que yo cogí antes de que se desplomara. Sentí, a pesar de su flojera, que se clavaba como una garra.
Dijo algunas palabras que se ahogaron en una ronquera profunda.
Carraspeó, su hermana le acercó un vaso con agua y espesante. Era una mujer algunos años más joven que nosotros, vestida de oscuro y cara inocente, con una mirada fija de espanto. Se parecía al hermano, que ahora apenas era un arquitrabe de huesos en los que se apoyaban los dos faros verdes de los ojos, desorbitados, como los de alguien gritando. Me daba miedo mirarle, tener que comparar con el que era apenas una década antes.
Inmaculada me preguntó si me apetecía un café, si había desayunado. Le di las gracias y le dije que no quería nada.
—Según los médicos…, la ronquera no tiene que ver… con lo otro, es una especie de beat off… en el concierto general —acabó diciendo—.
Gracias por venir. ¿Cómo estás? No he dormido… en toda la noche pensando que venías. Cuánto tiempo…
Con o sin ronquera aquella no era su voz. Quitando que tenía que tomar aire cada pocas palabras, y que el final del aliento era ligeramente angustioso, había perdido el toque cantarín y sonaba con una debilidad plana, trabajando el aire con esfuerzo. Estaba lejos de ser un estertor, pero esos caballos ya estaban cerca.
—Como suele decirse, esto no me lo habría perdido por nada del mundo
—contesté.
—Supongo que el estímulo… definitivo fue Brígida…, sin ella, tal vez no habrías venido.
—Se me había olvidado el estilo local para romper el hielo. No digas tonterías.
—Estás igual, a pesar de la barba y… del pelo al rape. Esos ojos… son los mismos. Ese azul… raro.
El saloncito llamaba la atención. Había un aparador que exhibía en la vitrina una vajilla portuguesa. Una pared con anaqueles de madera barnizada, ocupados por enciclopedias: la Summa Artis, la Universal Ilustrada de Espasa Calpe, una Historia de España de Salvat, la Historia de la Humanidad de Planeta. Una pareja de criselefantinas en una repisa. Un grupo de angelotes de cerámica coloreada colgados de una pared. Un óleo malo representando una bahía. Era como el cuarto de estar de rancios abuelos…, aunque en realidad fuese el de los padres, que los hijos no habían tocado. Quizá el símbolo de una renuncia al mundo exterior, al cambio, al tiempo. Se habían quedado allí, bajo el legado recibido, bajo capas de convenciones. ¿Aún existía aquel Solórzano pedante, filósofo espontáneo y abanderado del pop británico que me deslumbraba?
—Gracias por venir… He llegado a la conclusión de que la agonía es…
como una jubilación extrema. Uno siente que ya no vale nada. Que lo que dice… no tiene consecuencias. ¿Por qué iba a tenerlas? Ni para uno ni…
para los demás. Todos te escuchan y piensan… ya está fuera del mundo, que diga lo que… quiera.
—Creo que no es así —dije.
—Claro, se me olvidaba, tú de esto… sabes.
—Es un momento importante, enseñas a los demás la forma de morir. Es como tu herencia.
—Yo también he visto… morir a gente. Al final, la dignidad da… igual.
La agonía acaba… estando fuera de control.
La luz del sol era cada vez más radiante y llenaba la habitación. Sin embargo, todo parecía más en penumbra que antes. Una luz que nacía de la oscuridad y que la extendía a pesar del brillo.
—Vete, por favor —dijo de pronto, Solórzano.
—Álvaro —dijo la hermana.
—Que te… vayas…, maldita sea.
La hermana, con la carita asombrada, me miró y yo le devolví la mirada.
Luego, se dio la vuelta y se marchó remisa.
—Los cuidadores son… a menudo antropófagos. Lo quieren todo, las entrañas y el… alma, el presente y el pasado. Nunca… me gustaron y mi castigo de falta de… compasión ha sido verme al final en las manos… de uno. Lo quieren todo, pero yo… no se lo voy a dar.
—Está asustada —dije yo—. Por eso no quiere separarse de ti.
—Ah, por eso.
—Tiene miedo de separarse de ti y dejar de verte para siempre.
—Eso no es amor… eso es… miedo. Y no… lo necesito.
—No puede evitarlo.
—Escucha…
Era el Solórzano que recordaba y a la vez no lo era. Estaba en plena metamorfosis. Una parte de él se había ido ya. Otra se resistía. Otra más lo aceptaba. Y otra más allá se dedicaba simplemente a dejar los asuntos en orden. Solórzano era un mar por el que cruzaban vientos a toda velocidad, alterando la superficie. No todos los que iban a morir eran así. Solo los que aún les faltaba algo por decir. Algo con lo que no podían marcharse. Los fantasmas nacen de las conversaciones inacabadas, de los mensajes que no llegan al destinatario. Solórzano no querría convertirse en un fantasma.
—Escucha… tú y yo estamos aquí para… lo mismo. No… no lo estoy diciendo… bien, espera.
Cerró los ojos un momento y se recostó en el sillón orejero. La luz producía un efecto de evaporación en los objetos, como si nos hubieran sentado a los dos en una nube láctea sobre un planeta difuso.
Con los ojos aún cerrados, dijo:
—Nuestro primer… amor. Estamos aquí por nuestro primer amor.
A continuación los abrió y aquel verde me recordó a los auténticos ojos de Solórzano, a los ojos del pasado, no solamente verdes como un mar claro, clarísimo, sino como si soltaran chispas. Una resurrección, un regreso mágico a cuando la vida explotaba.
—Tú amabas a Brígida y yo te… amaba a ti. No digas nada. No digas…
nada ahora.
Un amor declarado y herido y un amor oculto y herido se encuentran aquí, en la hora de la muerte, pensé sin emoción, como en un registro de acontecimientos. Ni siquiera estaba sorprendido. En los finales no hay sorpresas. Todo es lo que tiene que ser, haya esperado mucho o poco, sea malo o bueno. Y todo está en sordina.
—Primer amor y… último. El primero es el último. No hay más…, no hubo más para mí. Cuando los hubo…, todos se comparaban con este. Y
tú… tú cargaste con el tuyo toda… tu vida. Primer amor y último…, quería decirte esto.
Hablaba desde la agonía, pero aún había fuerza. Y esa voz se elevaba sobre la precariedad del cuerpo del que escapaba.
—Por qué primero y no… último. A ver…, por qué. Llamarlo último amor… sería lo correcto. A esto te dejo que contestes.
—No has perdido tu vocación filosófica. Creo que don Seve decía algo similar. ¿Una contestación? No la tengo. Supongo que si comparamos siempre gana el instante del descubrimiento, primer amor.
—No…, es primero por otra… cosa. Es la primera constatación de que…
el amor se pierde. Primera pérdida…, nada menos que del amor. El amor…
se pierde, sí. Todos los amores se pierden. Todas las ilusiones. Los proyectos de… la imaginación fracasan. Es su destino, no… podíamos suponerlo. Una lección temprana. Tan pronto, tan pequeños…, fíjate, hay que asimilar eso. Y no se… puede, la herida nunca cierra. Envenenado…
dardo de la vida.
Volvió a recostarse y a cerrar los ojos. Oí ruido detrás de la puerta. Estaba convencido de que la hermana se había quedado a escuchar. Qué otra cosa podía hacer con su espanto, a qué otra cosa podía agarrarse, sino a las palabras del hermano, si es que quería mantenerlo en la memoria, vivo después de que se fuera.
—Nunca me dijiste que te habías enamorado de mí —intervine.
—Tampoco me dijiste… tú que te habías enamorado de Brígida, hasta…
que ya fue demasiado tarde.
—Hay alguna diferencia.
—Claro…, claro que la hay. Yo no quería tener mis sentimientos. Por otra parte creo… que tampoco… habría querido los tuyos con Brígida —y esbozó una sonrisa perversa—. La vergüenza, ya sabes…, había demasiada vergüenza. Tú también estabas avergonzado, pero… en tu caso era un motor.
—Conozco el sentimiento —dije.
—La vergüenza es el primero de todos…, naces y ya está ahí. Anterior…
al amor y al odio. Fedro estaba equivocado…, Eros no es el dios más viejo, es… la vergüenza…, una diosa no reconocida. Más implacable que Eros…, hace más daño… y dura más. Dura para siempre.
—Hace más daño, sí, es posible. O puede que el amor sea otra cosa. Que el amor solo sea amor y ya está —dije, sin pensarlo mucho.
—¿Y crees tú que el amor es… algo puro? ¿De una pieza? ¿Sin aleación ni escoria pegada? ¿Qué es…, qué crees tú?
—A lo mejor es la escoria, que se pega a todo.
—No, no es escoria, pero tampoco es… puro, no. Está hecho a base de miedo y de vergüenza. Miedo a… la soledad, a… no ser necesarios, a no sentir tanto… como la vida promete. Y también el miedo da vergüenza.
Quiero oír lo que… piensas.
—Tú lo has pensado más, me parece.
—Lo que tú digas…, fíjate. La propaganda dice… que todo el mundo quiere vivir —tuve la impresión de que no me escuchaba en absoluto—.
Falso… La vida es insoportable. Con la muerte siempre al fondo y… en cada día. Amenazados, amputados…, grandes trabajos y poca recompensa.
Casi nadie quiere vivir. Le hace vivir… la promesa. El amor… es la gran promesa. El amor te hará audaz…, te hará sentir…, serás necesario para alguien. Al final…, al final…, acércame…, acércame ese vaso.
Antes de que pudiera alcanzar el vaso, se puso a toser con violencia. La hermana entró apresuradamente. Le ayudó a sostener el vaso en los labios.
Bebió y cayó en un ligero desvanecimiento.
—Es mejor que vuelvas mañana, ya ves cómo está —dijo la hermana—.
Se cansa enseguida y son emociones muy fuertes para él.
La voz ronca, pero irritada de Solórzano volvió a escucharse, como si volviese de ultratumba:
—Te dije que te fueras. ¿Es que no… escuchas? Vete ahora…, vete y no vuelvas.
La hermana se marchó haciendo señas de que aquello debía acabarse y él permaneció inclinado hacia adelante, con la vista fija en el suelo que pisaban unas zapatillas acolchadas.
—Al final, lo que… queremos saber es si nos creemos… la promesa tanto como para seguir viviendo. El amor es la promesa… y lo que nos pone a prueba. Querríamos morir… pronto. Morir de una vez…, sin este penar constante. Amamos o deseamos… amar para saber si queremos vivir.
No es el amor de otro…, por otro. Esto trata del amor… a nosotros mismos.
Si queda algo por lo que merezca la pena luchar.
Carraspeó. Abrió la boca como si le faltara aire.
—Volveré más tarde y seguiremos con este asunto. Tengo la impresión de que aún no hemos terminado —dije, intentando despedirme.
—Yo te amé… ¿Ahora lo entiendes? Sí, vete… es mejor que te vayas.
Volví a cogerle la mano para despedirme. Ahora estaba caliente y blanda, como si se hubiera ido derritiendo en el rato que habíamos estado juntos.
Noté la emoción que había estado agazapada hasta entonces. Estábamos allí por nuestro primer amor, último amor. Casi cincuenta años después podía hablar de eso con un colega al que le había pasado lo mismo, que había arrastrado ese amor por su existencia. En la hora final, era de lo que quería hablar. Una confesión en toda regla. ¿Tal vez nunca se lo había contado a nadie? La historia que íbamos a compartir, la historia indeleble, no era la de hacía tanto tiempo, era esta. La de una confesión íntima y compartida sobre el secreto, y quizá también sobre el misterio, de una vida entera.
Ahora sí se llevaría a la tumba una parte de mí. Ahora sí le echaría de menos.
Inmaculada estaba más nerviosa que a mi llegada. Se retorcía las manos a la altura del estómago, como si le doliera. De cerca, la piel de su cara era una tela de araña, no había surcos, nada era profundo, solo mil sendas superficiales y sin huellas.
—Rechazó el último tratamiento. Quería venir a casa. La verdad es que solo conseguirían torturarlo un poco más, porque la cosa ya no tenía remedio. Nos dijeron que nos ayudarían cuando llegara el momento. No sé
cuándo llegará. Pero no puede tardar. Esto es casi un milagro, por lo que me dijeron.
Le contesté que me quedaría uno o dos días más, aún no lo sabía, y que me llamara si me necesitaba.
—No sé si hoy volverá a levantar cabeza. La emoción le enardece y le cansa. Ya te diré.
Al salir de la casa de Solórzano eran poco más de las diez. Enfilé la calle del Sepulcro sin saber adónde iba. Podía tomar un café en la plaza Mayor y pararme a meditar un plan para el resto del día, hasta que Inmaculada volviese a llamar, si es que lo hacía.
Pasé por delante del bar El Arriero y me acordé de Calígula. El olor a bacalao rebozado llegó desde un rincón remoto, a pesar de que el local se había reconvertido en una tienda de souvenirs y dulces empaquetados. El olor seguía allí, bastaba con pisar su acera, igual que bastaba con tocar la aldaba de los gitanillos. A la izquierda salía una callejuela que comunicaba con la calle del antiguo instituto. En una de las esquinas había uno de esos poyos empotrados con forma de cono trunco. De pequeño me asombraba aquel invento, en el que uno se sentaba con dificultad y con la esquina clavada en la espalda y cuya aportación añadida era obstaculizar un poco la vía.
Me senté en él. No tenía prisa. Cualquier interrupción en el camino hacia ninguna parte me vendría bien. El granito estaba como un témpano. Por la callejuela se acercó una mujer, ya mayor, con un abrigo azul claro y con el pelo recogido en una coleta de color castaño. Tenía un andar decidido, aunque un poco pesado. Cuando estuvo más cerca, me sorprendieron sus ojos color de miel, como los de Brígida. Estaban rodeados de surcos violáceos, en un rostro bastante terso, de labios algo exangües y pálidos, sin pintar, que lo avejentaban. Lo que más me llamaba la atención, de todos modos, era su manera de caminar, con la punta de los pies y un ligero resorte en el impulso. Era también la manera en que se movía Brígida.
Aunque Brígida era más ligera, como si caminase a saltitos y en uno de ellos pudiese echar a volar. Esta mujer parecía una pariente suya ya mayor.
Y con la carne saqueada.
Al pasar, me miró abiertamente. Supongo que le extrañó ver a un hombre viejo y desconocido sentado incómodamente en un simple poyo decorativo.
También puede ser que se preguntara por mi impertinencia al observarla de
arriba abajo. Al fin y al cabo, quien la había seguido con la mirada era yo.
Estuve a punto de disculparme, pero torció a mi espalda y marchaba con prisa.
La aparición de la mujer me hizo cambiar de planes, aunque no existieran. Más bien, cambió la atmósfera. Vino a la mente el molino de la segunda alameda. Era raro no haber sentido por la mañana el deseo de ir. Se suponía que era uno de los sagrados lugares. No, no quería tomar café, ni meter nada en el estómago. No quería reconocerlo, pero Solórzano estaba todavía delante de mí, con sus ojos eléctricos y su manta de mohair sobre las rodillas. En mi cabeza, aún seguía hablándome, pero ya no entendía sus palabras. Me hablaba con las palabras de la conversación interrumpida. Aún tenía cosas que decir. Había decidido no morirse antes.
Y yo no estaba triste, sino excitado. Como si a paso lento estuviera llegando al verdadero hogar tras un largo y peligroso viaje en el que la esperanza se perdía cada día. El verdadero hogar…, donde éramos conocidos, donde no hay escapatoria.
Volví a la puerta de Poniente, luego dejé el puente romano a la izquierda, bajo el muro de los jardines del Alcázar, y entré en la segunda alameda. Era sábado y el pueblo me pareció más desierto de lo que recordaba.
No esperaba encontrar huellas de antiguos sentimientos ni cosas por el estilo. Desde que puse el pie en el pueblo, las emociones y el vacío se fueron alternando. Tenía la impresión de que no estaba ocurriendo nada que no estuviera previsto y a la vez de que era completamente inesperado, imborrable.
Pensé en Solórzano. En la insipidez que dejan a veces los moribundos.
La forma en que desvalorizan lo que se creía importante. Quizá no son ellos, sino nosotros, los que a causa de su situación rebajamos el valor de las cosas, de la vida. Los que van a morir ayudan en la tarea. Que la vida no valga nada, por otra parte, es una forma de consuelo. Le quita gravedad a todo. Puede que lo digan por eso.
La segunda alameda se veía tan diezmada como la primera, con el antiguo camino de tierra asfaltado y ensanchado. Estaba a la vez en aquel lugar desfigurado y en la alameda por la que paseaba con Brígida, cuando sentía que la naturaleza se hacía pedazos y que cada pedazo merecía mi atención, porque iba a convertirse en historia.
Lo único invariable era el aire. Traía el aroma de los piornos helados y de las ramas de genista, del ganado y de la hierba de las navas, del barro de la ribera y de los marjales. Pero no era un olor. Era el aire que hablaba o que me llamaba y que siempre había estado ahí, bañando el relato. El lugar era el aire. Lo mantenía vivo.
El molino castillo… Ahora era una imitación de pub irlandés. The Water Mill, se leía en el letrero con fondo negro de la entrada. Los dos pisos de arriba eran un hotel de tres estrellas, que parecía estar cerrado por temporada. Miré a la otra orilla, al país de los guerreros, los marineros y las muchachas tirolesas que veía de pequeño, aquel mundo invertido. Aún podía sentirlos. Más alejados que entonces de las riberas, pero los sentía.
La barra era atendida por una mujer de mi edad que miraba a un televisor.
Para preguntarme puso las dos manos sobre el mostrador. Los dedos tenían sabañones. Ella se dio cuenta de que los observaba y escondió las manos en los bolsillos de un mandil negro. Pedí un descafeinado solo.
Aquella niña…, se llamaba Isabelita, tenía cinco hermanos varones más pequeños. Su padre era barbero, trabajaba en la Ciudad y también cortaba en su casa a gente del arrabal. Desde muy cría fregaba y lavaba para todos.
No iba a la escuela. Su madre no estaba casi nunca en casa. No sé qué hacía, lo único que sé es que a su familia los llamaban los Juanelos. Era buena persona, la cara apenas la recuerdo. Recuerdo sus sabañones como morcillas rojas, que le dolían. Cómo escondía las manos cuando me contaba que de mayor quería irse a Barcelona y ser emigrante. Un día una mula le dio una coz en pleno estómago. Todos creían que la había matado. Pero se levantó y se marchó a casa llorando. En cuanto pudo se escapó, escuché años más tarde, al final de la época del instituto. A lo mejor consiguió hacer su vida en Barcelona.
En las mesas había un par de tipos jóvenes ante una cerveza, con aspecto de trabajadores en fin de semana, mirando por el ventanal de cristal emplomado a la Ciudad, allá en lo alto. Permanecían en silencio y daban la impresión de estar juntando fuerzas para decidirse a subir y gastar los cuartos que tanto les costaba ganar con las muchachas de arriba. Quizá solamente se lo estaban preguntando, después de muchas experiencias decepcionantes, humillantes. Difícil tesitura. Había vivido con gente que nunca subía a la Ciudad. Gente que lo prohibía, que lo rechazaba como una afrenta, que repudiaba a otros que lo hacían. Puede que nunca les hubieran
hecho nada. Habría bastado con que los mirasen. Ellos sabían cómo eran mirados. La impotencia de no poder cambiar esas miradas.
Solórzano había hablado de nuestra vergüenza. No creo que fuera la causa de nuestro amor. No del suyo, en cualquier caso. Ni de nadie. Cada uno ama con lo que tiene: con dinero, con belleza, con poder, con palabras, con expectativas. Si lo que tienes es vergüenza, amas con ella.
Naturalmente, no permitirías que te amasen por ella. Sería una vergüenza.
Suena a chiste, pero no tiene gracia.
Y el amor, también lo dijo él, es una promesa, la promesa de que se pueden traspasar límites. Los del cuerpo, los del tiempo, los del valor, los del placer. No tienes que conformarte con lo que ya tienes, hay más.
Promesa. Cada uno lleva su límite y lo pone en la balanza del amor. ¿Por qué no la vergüenza? ¿Por qué no ha de ser admitida en la balanza del amor? ¿Por vergüenza?
Al cabo de un rato, me marché del presunto pub irlandés y di una vuelta al edificio. La rueda del molino aún sostenía sus cangilones. En la trasera habían plantado un bosquecillo de álamos. Miré la corriente de agua y tuve la sensación de que el río se parecía a la monotonía de todo, al pueblo impasible, al hastío de las cosas, las mismas caras, los mismos días. Era un lugar lleno de cosas que habían gastado ya todas sus posibilidades de emocionar. Puede incluso que hubieran significado menos de lo que la memoria herida pretendía.
Traté de pensar en Brígida y en las escenas del molino con ella. Llegaron sin fuerza, obligadas. Aún no había pasado por delante de su casa ni por la calle Madrid. ¿Lo había evitado? Me acordé de la fuente que había en la plaza del Infantado, la de Démeter, la madre de la muchacha que se perdió en los infiernos. ¿Por qué no había ido antes? Había estado dando rodeos por los arrabales y las alamedas.
Ella estaba en alguna parte de aquel pueblo. En alguna parte real y presente. Yo la estaba buscando por mis recuerdos o por mis obsesiones, como si fueran el espacio real, el lugar donde podíamos cruzarnos y tener una conversación después de cuarenta años.
Dejé el molino y la alameda, y fui subiendo hacia la puerta del Viento.
¿Habrían conservado sus padres la casa frente a la cabina telefónica de la plaza? ¿Estarían en ella Brígida y su marido? Podría haberle preguntado a Solórzano, pero no lo hice. No fue por descuido. En el fondo, aspiraba a un
encuentro teatral, una calle melancólica, una lenta aproximación desde la distancia, dar tiempo a los sentimientos para que tiñeran la atmósfera.
Subí por la cuesta de la puerta del Viento. En las calles había movimiento, pero al ralentí, como si la gente no estuviera muy segura de adónde iba. En la Ciudad nunca hubo muchos sitios adonde dirigirse por el simple deseo de dejarse llevar, además de que las miradas resultaban incómodas. Tener un destino era un lujo. Proporcionaba cierto apresuramiento, cierta dignidad de movimiento. Yo solía inventarme destinos: a la ferretería del Mercado, a la librería de la calle del instituto, a los jardines del Alcázar, a ver los campos de amapolas desde las cañoneras, a los futbolines del cojo Godoy, al escaparate de la tienda de insignias, a la biblioteca municipal, a las carteleras de los cines. Al llegar, pasaba de largo, con otro destino en mente que había ido planeando en el trayecto anterior.
Merodear, contemplar, quedarse parado, meditabundo, era poco honorable en un pueblo perezoso. La pereza estaba condenada como una denuncia traidora, igual que sus vicios ocultos condenaban las manifestaciones del placer.
La cabina telefónica ya no existía. Como en el resto del país, estaban desaparecidas. El palacio y la fuente seguían en su sitio, conservados para el patrimonio humano. Había una tienda de deportes en la esquina con la calle Madrid, ocupada ahora por una boutique para niños. El piso de Brígida, el último, parecía habitado, como el resto.
Me fijé en el bloque. De pequeño me parecía un palacio como el del Infantado, pero en moderno. En realidad, lo imitaba con la piedra tallada, los adornos de columnas y los frontones triangulares. Sobrio, estilo castellano, y de todas formas pretencioso.
La entrada de la casa estaba en la calle del otro lado. Era una vía estrecha y no tenía ninguna intención de hacer guardia en su puerta y esperar a que apareciera. Tal vez Brígida pasara por la plaza. Se asomara a la ventana.
Entonces, ya veríamos.
Mi comportamiento era absurdo, errático. Lo único que tenía que hacer era preguntar a quien sabía y luego ponerme en contacto. Algo cabal, no aquel fantaseo adolescente que me confundía y avergonzaba íntimamente.
Una vergüenza actualizada, de última hora.
Me senté en un banco de madera junto a la fuente de Démeter. Aquel rincón era uno de esos lugares recónditos que surgen inesperadamente en
las ciudades antiguas, solitarios, en los paréntesis del tiempo y de los recorridos turísticos. Para mí había sido un escenario trágico. Allí dije a Brígida que podía morirse, que estaba muerta.
Por el fondo de los soportales del callejón del mercado se aproximaba una mujer mayor apoyada en muletas, a la que asistía una joven muchacha negra. Al llegar a la fuente, la mujer de las muletas le dijo a la otra que quería sentarse en el banco en el que yo estaba. La otra le contestó que hacía mucho frío. Hace sol, quiero disfrutarlo, zanjó.
Me saludó con la cabeza y se quedó a mi lado. La chica negra permaneció de pie y luego se puso a dar paseos por las inmediaciones.
—Creo que te conozco —dijo de sopetón la mujer de mi edad.
Nos estudiamos un momento. Me recordaba a Chantal, mucho más vieja.
No podía estar seguro. Me pareció mejor no decir nada.
—Tú eres Fernando, el de los Arias —prosiguió.
—No, señora. No me llamo Fernando ni tengo que ver con los Arias.
—Querías estudiar Medicina, pero al final no lo hiciste. Te rebelaste contra tu vocación. Luego, te fuiste al extranjero. Dicen que anduviste años de acá para allá. ¿A qué has venido? Ah, sí. Había una chica. ¿Has venido a por ella?
—Como ya le he dicho, no soy Fernando. Mi nombre es Andrés.
—Andrés, Andrés… No me suena ningún Andrés —dijo.
Tenía una mirada escrutadora. Empecé a sospechar que en su cabeza algo no marchaba bien. Por otra parte, cada vez me recordaba más a Chantal.
—Pues tienes que ser Fernando, el de los Arias. Entonces parecías un deportista, todo el mundo pensaba que ibas a ser deportista. Pero te ponías triste a menudo. Sí, te ponías triste. Era una tristeza que llevabas. Los deportistas no son tristes.
—Qué quiere que le diga, señora…
—Podías haber sido médico, haberte casado con una buena chica de aquí o haber sido deportista, quitándote la tristeza, eso sí, pero no quisiste. No quisiste nada. Imagínate lo que habrías sido sin tristeza.
Si era Chantal, es posible que estuviera jugando conmigo, que mezclando un poco de trastorno y otro poco de mala leche se le hubiera ocurrido aquel juego.
—¿Eres Chantal? —pregunté para cortar el rollo.
—¿Chantal? ¿Es un nombre extranjero? Yo te conocía un poco y sabía que tenías mundo propio, que por dentro vivías otra vida. Me parece que escribías. Algo tenías con las palabras. Podías haber sido escritor, por ejemplo. O filósofo. O poeta. Al final, nada de nada. Yo creo que no sabías lo que llevabas dentro. Bueno, hablo por hablar, no sé nada de ti ahora.
¿Qué eres?
—Ninguna de esas cosas. He venido a ver a un amigo.
—¿Eres ninguna de esas cosas? Ah, entonces no está tan mal. No lo has hecho tan mal, no. Eres ninguna de esas cosas. Lo eres de verdad.
—Tengo que irme. ¿No eres Chantal?
—Ah, el tiempo. Qué mal lo entendemos. Pero allá cada cual. A mí me importa una higa el tiempo y cada cual.
Había estado pendiente de la ventana de Brígida. No sé qué esperaba, además de que quizá ya no fuera su casa. Sentí el eco de la ilusión con que miraba hacia allí en otro tiempo.
Me puse en marcha hacia la calle Madrid. Ya no existía el cine, aunque quedaba la escalinata en la que hablé con Brígida. Tampoco existía la tienda de productos químicos donde compraba azufre y sosa cáustica para mis inventos de pequeño, ni la papelería de aquella vieja que regalaba caramelos. Solo aguantaba el palacio con las costuras al aire, que juraría que eran las de siempre.
El individuo del que habló la mujer podía haber sido yo, perfectamente.
Por lo que hizo y por lo que dejó de hacer. Más bien por lo que dejó de hacer. Al final, había dicho algo del tiempo que no entendí. Quizá lo que hemos dejado de hacer es también parte de nuestra vida. Lo vivido y lo sin vivir nos convierte en lo que fuimos y en lo que no fuimos. Con la misma garantía, con la misma sólida identidad.
En la plaza, me senté en uno de los bancos de piedra. El día era claro y la temperatura había subido bastante. Al palacio de Manrique seguían acudiendo los lagartos y los lectores de periódicos. Solo faltaban los chuchos sin amo con el hocico levantado al sol. Quizá habían emigrado de puro aburrimiento. A alguna hora, Brígida tendría que cruzar por allí. Una ocurrencia como cualquier otra.
Pensé en llamar a Eithne. Me parecía que hacía mucho tiempo que no la veía. Cuarenta años, quizá. Y que no volvería a encontrarla al menos en otros doce.
Hola, ¿va todo bien?, respondió al otro lado del teléfono. Sí, ¿por qué lo preguntas? Me escribiste esta mañana y no parecías muy locuaz. ¿Te he escrito esta mañana?
Habían pasado siglos desde esa mañana temprano.
¿Qué tal Solórzano? Se está muriendo, pero la agonía puede durar semanas…, o media hora. Le cuesta hablar, en realidad, le cuesta todo. ¿Y
Brígida? No hemos hablado de Brígida. Pregunto si la has visto. No, a lo mejor no la veo, no sé si quiero hacer eso. Lo de Solórzano me lleva todas las energías. Si te vuelves sin verla, a lo mejor te arrepientes.
Lo que no sabía es qué iba a pasar si la veía.
¿Qué crees tú que va a pasar si no la veo? Si no la ves, no va a pasar nada. Mejor dicho, seguirá sin pasar nada. ¿Te vale así?
Tenía ganas de hablar con Eithne. Pero no tenía ganas de hablar de Brígida. Había llegado un punto en que los acontecimientos tendrían que manifestarse o bien nada significaría nada. Estaba cansado de elucubraciones.
Haré lo que pueda. ¿Tú estás bien, Eithne? Solo te has marchado hace un día. De momento, estoy como me dejaste. Es verdad, un día. Un día lleno de años.
Hablamos de algunas tareas que mi mujer tenía pendientes, entre ellas un manuscrito sobre el que iba y venía, y que la atormentaba. Le dije que lo conseguiría, como siempre. Me dijo que eso nunca se podía saber. Le dije que yo sí lo sabía. Luego nos despedimos.
Me levanté del banco. Al menos, en dos ocasiones había pasado muy cerca del local del Hogar Juvenil, que quizá ya no existiera. Estaba detrás de San Damián, en una calle estrecha que iba a dar a la calle del Sepulcro.
En el camino, pensé en Eithne. La quería. Amaba sobre todo su amor por mí. Eso también era amor. Amar el amor de otro es amor. Es algo suyo que nosotros elegimos amar. Como amamos su belleza física, por ejemplo.
No era como el amor de Brígida, porque el amor de Brígida era otro.
Había nacido de la emoción y del dolor, y había muerto con ellos. Tan distinto del de Eithne que sonaba raro llamarlos de la misma manera.
La puerta del Hogar Juvenil estaba exactamente igual a como la recordaba. Eso no parecía muy lógico. Sin embargo, la misma pintura marrón mierda, diría que hasta los mismos grumos en la pintura, las mismas grietas, la misma humedad mordiendo los bajos. La única diferencia es que
ya no ponía Hogar Juvenil con pintura blanca en los listones de arriba.
¿Quedaría algún rastro? Me acerqué y hasta me puse de puntillas. Me pareció ver algo. Un trazo, nada.
En cambio, vi con toda claridad cómo la puerta se cerraba en una noche de carnaval, yo acababa de cerrarla. Brígida esperaba un poco más allá. Yo guardaba las llaves en el bolsillo, me daba la vuelta, ella desviaba la cara hacia la vía de Ferreteros con los brazos cruzados, hacía frío. Ahora tenía prisa, el tiempo había volado allí dentro. Yo tenía miedo de que solo quisiera marcharse, de que estuviera huyendo. Me acercaba con ansiedad, la abrazaba por detrás. Ella decía: cuidado. Y el deseo hacia ella renacía como si no se hubiera saciado en absoluto. Al separarme de ella la desazón era la de siempre. Siempre reanimada. No importaban los abrazos anteriores.
Ese momento era entonces y estaba aquí. Vívido, de nuevo. ¿Dónde estaba yo?
Cruzaron un par de ancianas del brazo y me observaron de arriba abajo.
Luego, escuché a alguien por detrás:
—¿Busca usted algo?
Había salido del figón que estaba justo enfrente del Hogar Juvenil y que ya existía entonces con el mismo nombre: El Palmo. Lo llamaban así por la estatura del dueño. El que salió ahora tendría unos treinta años, muy moreno y redondo como una pelota.
—Esto antes era el Hogar Juvenil de la OJE —comenté.
—Yo eso no lo he conocido —dijo el hombre—. Ahora es un guardamuebles del Ayuntamiento, está lleno de aperos. No se hace nada ahí dentro. ¿De cuándo habla usted?
—De hace más de cuarenta años.
—Mucho es. Pero ya le digo, nada de particular.
Y volvió a meterse en el figón.
Un almacén… El lugar adonde va a parar lo que no está ni vivo ni muerto. ¿Quedaría algo de aquella época? El sofá, la mesa de ping-pong, los banderines… Aquellas cosas se aparecían con nitidez, como si bastara con abrir la puerta para volver a encontrarlas en el mismo sitio. Sí, también las cosas tienen sus lágrimas. Sunt lacrimae rerum, otra vez don Severino.
Me fui al Parador. Habían dado las dos. Podía comer allí. Curiosamente, era el único sitio que me protegía de fantasías, porque era un sitio sin mi memoria. Y solo había huéspedes.
De camino al Parador, noté más gente por la calle y con más prisa. La hora de la comida. Antes, en el pueblo todos comían a la misma hora, la una y media. Las calles se quedaban desiertas. Un rato después volvían a la vida. Yo pensaba que a esa hora comían en todas las partes del mundo y que había una razón para que así fuese. Era como los equinoccios o como la variación del eje de la tierra, algo natural, algo que tenía que ver con las leyes fundacionales del planeta, con su equilibrio interno.
Los padres se enfadaban con las tardanzas, no se admitían retrasos ni de un minuto. Se oían gritos desde la calle. Era un espacio de control, de disciplina, de producción de orden. Con los años, aquella puntualidad comunitaria me resultó extraña. Al parecer, eso no había cambiado. En casa, a la una y media en punto.
Sentí lo alejado que había estado de ese mundo, incluso cuando residía en él. Y resucitó mi rencor profundo, los deseos de huida y de tajo feroz.
En el comedor hacía calor y la chimenea, de proporciones feudales, estaba encendida. Era una sala grande con una decena de mesas ocupadas.
Pedí sopa de pollo y trucha. Ni tenía gran apetito ni ganas de acudir a las especialidades locales que, por otro lado, eran de digestión plúmbea.
Necesitaba desconectarme del carrusel de sentimientos un rato, si es que no eran simples y baratas emociones de antiguo vecino. Es decir, empezaba a odiar mis sensaciones.
En una mesa contigua, había un matrimonio maduro, de aspecto tenso.
No sonreían y no prestaban mucha atención al plato que tenían delante.
—La epidemia acabará llegando a Europa, ya lo verás —decía el marido.
—En la televisión han dicho que no, quizá algún caso, pero aquí no será grave —respondía la mujer en un tono de resignación o de fatiga.
—Será devastadora. Escúchame bien. Están mintiendo, porque no saben nada. Lo único que saben es que si llega aquí, no tendrán medios para enfrentarse a ella. Será el apocalipsis.
—Juan, déjame comer tranquila. Ya veremos cuando llegue, si es que llega. Cómo te gusta…
—Es la peste, Mercedes, la peste…
Supuse que se referían al coronavirus de Wuhan, del que se hablaba en todas partes. Tuve la impresión de que aquel matrimonio no necesitaba ningún apocalipsis importado de China.
Si el tal Juan tenía razón, a lo mejor el pueblo, con la Ciudad y con su Patrimonio Nacional, desaparecería de la faz de la tierra. Ni me daba pena ni lo deseaba. Entonces me di cuenta de que el odio había sido mi forma de estar en el pueblo. Había existido tanto tiempo dentro de mí que lo creía indestructible. Podría haberme destruido. Pero ya no estaba. No lo necesitaba para volver a mirarlo, para avivar recuerdos. Eso había cambiado. Todo era sin odio.
Me sirvieron la trucha y sonó el teléfono. Era Inmaculada. Mi amigo estaba otra vez en forma. Podía ir a visitarle, si quería. De fondo, escuché la voz de Solórzano: que venga, que venga, qué coño le dices.
Pellizqué la trucha y me fui para allá. El día se había revuelto en aquel rato. El cielo apareció cubierto y soplaba aquel cierzo sedicioso. Algunas nubes se desgarraban en jirones grises y por el horizonte se aproximaba una cenefa oscura.
Del portal de la casa de Solórzano salía la mujer con la que me crucé sentado en el poyo decorativo. La que tenía un parecido remoto con Brígida.
Me lanzó otra mirada, quizá de inquietud. Ya la de antes no había sido buena, como si reprochara el descaro. Por un momento, me pareció que dudaba y que incluso aminoraba el paso. Esta vez desvié la mirada y me fui al ascensor.
En el saloncito habían dado la luz de una lamparita en el aparador, haciendo más densas las sombras. Afuera, al cielo le habían bajado una cortina. Apreté la mano cadavérica de Solórzano. Parecía tener más fuerza que cuando nos despedimos. Sus ojos relucían, del color de un mar a mediodía. Tenía una sonrisa en la cara que ya no era una mueca.
—¿Sabes una cosa? Que no haya… el consuelo de un más allá es tranquilizador. No hay nada… que esperar. No tienes que… someterte a tus propias dudas. ¿Tú qué les… dices a los que se mueren?
—No tengo un repertorio. Hablo. Generalmente, cuando me preguntan. Y
he aprendido a callar. Estoy ahí.
—¿Y en la desesperación?
—Hay poco que hacer. Excepto que los presentes no caigan en ella. El último cuadro no puede ser el de gente desesperada alrededor de alguien que agoniza.
—Qué más da. El muerto… enseguida olvida.
—Pero los que se quedan no. Esos recuerdan y avivan los temores. Lo que le han hecho a ese muerto, lo que a ellos les espera…
—Yo no quiero que estés… ahí cuando suceda. No te quiero en mi cabecera. Quiero que recuerdes… nuestras últimas conversaciones y que esa sea tu memoria… de mí.
Después, Solórzano dormitó unos instantes. La cabeza hacia arriba, la boca abierta, los brazos laxos sobre el sillón de orejas. Su cuerpo tenía una inmovilidad poco natural. Se oía su respiración baja y uniforme, una brisa floja.
Afuera cayeron algunas gotas. Luego, se descargó un chaparrón breve.
No me gustaba la idea de seguir allí al final de la tarde. Los anaqueles, el sillón, los muebles castellanos de madera oscura se apagarían aún más.
Costaría respirar, costaría pensar que habría una mañana al día siguiente. El atardecer de aquel cielo siempre había sido el fin del mundo, incluso en los días claros, brochazos de furia, el aviso de que el destino se escribía en lo alto y era aciago.
De pronto dijo, sin cambiar de postura:
—Debes de haberte cruzado con Brígida.
—¿De qué hablas?
—Ahora, cuando venías.
—Solo me he cruzado con una señora mayor en el portal.
Se fue girando con esfuerzo, en su cara había una expresión divertida.
—¿Qué edad tiene Brígida, Andrés?
La pregunta me dejó confuso. Me di cuenta de que no podía responderla inmediatamente y también de que era incapaz de hacer el cálculo, aunque el cálculo era muy sencillo, de hecho, no había ningún cálculo que hacer.
Me sentía mal, la sopa de pescado, mi cabeza convirtiéndose en humo.
No encontraba una contestación.
—¿Tiene dieciocho años, Andrés? ¿Por eso no… has podido reconocerla? Oh, Dios… ¿Has estado buscando a una muchacha… de dieciocho años?
Me sentía como si me hubieran pillado in fraganti, aunque de un delito que no sabía que hubiera cometido. Pero la humillación era la misma.
—No sufras…, no sufras. Todos miramos… con la edad a la que nos rompieron el corazón. Nos vemos así… y también a los demás.
—Bueno, es un poco desconcertante —murmuré.
—¿Sabes? Ni siquiera… al tenerte delante se me va el que eras a los…
dieciocho. Eres como un emisario que… tú me envías desde el pasado.
Apareció Inmaculada.
—No he preguntado si querías tomar algo. Tengo café recién hecho.
—Un café solo, gracias —contesté—. Sin azúcar. Puedo traerlo yo.
—Tú ni te muevas —dijo Solórzano.
—No hace falta, gracias —musitó la hermana.
Solórzano permaneció con los ojos semicerrados en dirección a una criselefantina que hacía un plié o similar. En realidad no creo que la estuviese viendo. Conocía ese gesto, lo había visto muchas veces aguardando en la cabecera de los moribundos. Un lugar remoto en el que no hay nada. Luego, rebota y se mete en las entrañas. Un vacío de cosas que se funden, de tiempo que se funde. Dura un instante, a veces se alarga, y no duele.
Inmaculada trajo el café en una jarrita, con taza y azucarero a juego, a pesar de lo que dije sobre el azúcar. Parecía porcelana portuguesa, unos colibríes se sostenían en el aire con las alas en distintas posiciones.
—Tienes que ir a verla —dijo Solórzano, de vuelta.
Di un trago al café. El café se quedó en la garganta, embalsado. Agarré una servilleta y traté de expulsarlo. Lo conseguí. Estuve tosiendo.
—¿Tu… disfagia? ¿Nunca… conseguiste librarte de ella?
—Creía que sí. Pero se ve que no. ¿Viene a verte a menudo?
—¿La disfagia?
—Sigues siendo gracioso, además de filósofo.
—No viene mucho —dijo, con una sonrisa—. Pero se… aparece, sí. Me preguntó que si tú estabas… aquí. Que creía haberte visto. Yo le… dije que no sabía a quién había visto. Pero que estabas aquí. No habló más sobre…
el asunto. Está cinco o diez minutos. Trae algún regalito… aunque para mí ya no… hay regalitos. Me pregunta cómo voy. No tenemos… mucho de qué hablar.
—¿No dijo nada más? ¿No notaste nada?
—No ando muy fino… en el tema de notar. Pero no registré… nada…, nada, creo. Tal vez dijo algo de… sorpresa o de curiosidad, pero… no hizo preguntas… ni mayores comentarios.
—Dime una cosa, ¿crees que estuvo enamorada de mí?
Puso una cara algo sorprendida.
—¿Y tú… la amaste?
No contesté. No sabía por qué le había hecho esa pregunta a Solórzano.
Nunca le había abierto del todo mi corazón, solo mi desesperación. Hubo un silencio.
No había ruidos en la casa. No había ruidos afuera. Percibí algo que ya sabía, pero de lo que no había sido consciente todavía. El pueblo era el lugar más silencioso del mundo. Daba la impresión de tragarse los ruidos. A veces se escuchaba el de un motor, el de una voz o el de un pestillo, pero muy distante y ahogado.
La muerte era un silencio decretado sobre todo lo que existía. Y los seres obedecían. Todo callaba y se congelaba en el tiempo. El pueblo era un emisario de esa muerte. No era un defecto o un pecado. Puede que fuese un conocimiento ancestral que se había ido petrificando en las murallas y en las capillas, en los viejos palacios, en las cisternas, en los claustros, y también en la corriente murmurante del río, en el viento sobre los árboles, en las palabras que salían de los labios y caían al suelo sobre el que pisaba todo lo que existía.
Amar allí quizá fuera la locura despertando contra la ley eterna, un rapto melancólico de la vida que se desvanecía y que lanzaba un último grito en mitad del silencio que aguardaba para devorarla.
—No hace falta que contestes. Supongo que te amó…, sí. Por qué no.
Eso no habría sido… tan raro. Pero lo que no podía… era entregarse. Y
quizá tú podías… entregarte, pero no amar.
—¿Y cómo podría entregarme sin amor?
—Es una cuestión… de prioridades.
—Yo la amé —dije, rotundo.
—Un amor… que no podía esperar su ocasión…, que tenía… prisa.
No… no podías permitirte una demora… una duda. Claro… fue la duda.
Del amor no debe haber duda. Habría sido… tuya al final, estoy seguro.
Quizá no te acuerdes… de cómo eras.
No, no lo recordaba. Lo único que recordaba era que había querido olvidar. Y de cada cosa que había querido olvidar, recordaba su olvido, no la cosa.
—Hoy me he encontrado con un tipo que decía que se llamaba José Luis Cardoso. Me dijo que un día le aticé un poco, porque nos retrasó en la clase de deporte. Y que yo era un cabrón y, ya puestos, que lo seguía siendo.
—Pues me acuerdo… de eso.
—¿Te acuerdas? ¿Tan escandaloso fue?
Movió la cabeza y me miró por una ranura de los párpados.
—Y luego en la plaza del Infantado una vieja que se parecía a Chantal me ha contado mi vida. A esta parece que le disgustaba que haya hecho tan pocas cosas en la vida.
Solórzano levantó una mano y la dejó en el aire. Luego, se la llevó al regazo y la metió debajo de la manta.
—No tenías mucha piedad. Había que saber… bastante de ti, para tenerte estima. Para quien no sabía…, para quien no sabía… eras su némesis.
¿Crees que eras malo? ¿Cruel?
—No sé si quiero una respuesta.
—Crees que sí, entonces. Bueno…, quién sabe. Malos… y buenos, es tan gracioso. ¿Cómo decía… la canción de Piaf…, je ne regrette…?
Su cara se crispó. Trataba de hacer memoria y la memoria no venía.