Quien esté libre de culpa

Anna Bailey · Capítulo 8 de 51

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Quien esté libre de culpa

Capítulo 8

 

 

Entonces

Corre el mes de abril, antes de la desaparición, y la nieve retrocede por fin en las laderas de las montañas, revelando hileras de frescas colombinas azules y ásperos parches de hierba descolorida. Los días son templados, pero al anochecer hay en el aire una gelidez que llega como una advertencia desde las profundidades del bosque. Todos dicen que este año el polen de los pinos será abundante. Hacen acopio de antihistamínicos y descongestivos como si se preparasen para la guerra biológica.

Hunter Maddox entra en el pueblo procedente de la pista de baloncesto, gira en la esquina y ve delante a dos chicas bañadas en la verde luz de la primavera. Abigail Blake roza con los dedos las hojas bajas de un serbal y esparce unas flores que caen como una capa de nieve virgen sobre los brazos morenos y desnudos de Emma Álvarez. Hunter observa que se dan un codazo y se ríen en voz baja. A veces caminan tan juntas que parece que se dan la mano.

Sigue a las chicas hasta Hickory Lane sin preguntarse por qué. Ellas continúan andando y Hunter hace lo mismo, como si tiraran de él con un hilo invisible. Desde el principio del camino no puede ver la casa de los Blake, solo la finca cubierta de maleza, adquirida por un promotor inmobiliario, que se extiende siguiendo la ladera de la montaña. En los próximos meses, Abigail le contará que odia esa casa; que en ocasiones tiene la sensación de que los miembros de su familia son las únicas personas del mundo.

Las chicas se despiden con un abrazo: Emma se dirige hacia el grupo de casas modernas de la zona noroccidental del pueblo y Abigail baja despacio por el sendero que conduce a su solitario hogar. Hunter se detiene al principio del camino, oculto tras las hileras de almeces que flanquean la carretera, y observa que la muchacha va encogiéndose a medida que pone más distancia entre ellos. Con un suspiro se vuelve para marcharse, pero un movimiento brusco de Abigail le llama la atención. Ha abandonado el sendero y se agacha en la hierba; la silueta de la muchacha es como una letra pálida y extraña escrita en el paisaje oscuro. La ve quitarse los zapatos y dibujar un arco en el aire con cada pierna, una tras otra, como si explorase el espacio que puede ocupar. Hunter inspira hondo y despacio, porque nunca se le ha ocurrido que algo tan simple, sin ninguna intención de excitar, pueda hacerle sentir así.

Entonces, sin previo aviso, Abigail echa a correr por el terreno irregular. Su larga cabellera flota detrás de ella como la cola de un cometa prodigioso. Cuando llegue el otoño y con él la ausencia de ella, Hunter volverá a situarse al principio de Hickory Lane y se preguntará si no planeaba ya escaparse.

 

Ahora

Los Maddox ocupan una amplia cabaña de madera junto a Elkstone Bend. La vivienda está rodeada de una espesa arboleda a unos tres kilómetros de los Tall Bones. Andie Maddox procede del este de Texas, un detalle que el sheriff Gains advierte en su acento.

—¿Les apetece un té? —dice cuando el ayudante Saidi y él toman asiento frente a Jerry Maddox y su hijo.

—No, gracias, señora.

Jerry Maddox pregunta:

—¿Se sabe algo de esa pobre chica?

—Pobre chica —repite su esposa—. ¿Cómo lo lleva la familia?

Es una buena pregunta.

—Están muy preocupados, naturalmente —dice Gains, porque eso es lo que se espera que diga, del mismo modo que eso es lo que se esperaba que preguntase Andie—. Muy preocupados.

En la pared de atrás hay un televisor grande, encendido y sin volumen. El joven Hunter Maddox estira el cuello para continuar viendo por encima del hombro de Gains un partido de los Broncos.

—Bueno, ¿en qué podemos ayudarle, Eli? —Jerry también mira a medias el partido.

—¿Tiene armas de fuego en la propiedad, señor Maddox?

Hace mucho tiempo que no lo llama Jerry.

—¿Hmmm? Ah, armas de fuego, claro. Tenemos el Weatherby, el Finnlight, un par de Rugers y, Andie, ¿aún tenemos el viejo Marlin de tu padre? Ese sí que es un buen rifle de caza.

El ayudante Saidi suelta un suave silbido.

—Mi padre tenía uno de esos hace años. Cacé mi primer ciervo con él. Un arma excelente, de las que ya no se fabrican.

Gains sabe que no es cierto, porque lo único que abatió el padre de Farid Saidi, un guardia de prisiones argelino, fueron seres humanos. Sin embargo, guarda silencio y permite que Saidi cuente su historia. Esas cosas son importantes para hombres como Jerry Maddox.

—Amén —dice Jerry—. Le aseguro que ese Finnlight se pone tan caliente que se puede freír un huevo encima.

Gains se inclina hacia delante.

—¿Y un semiautomático de nueve milímetros, señor Maddox? ¿Tiene uno de esos?

Jerry se rasca la coronilla.

—Ah —dice despacio—, no, nada de eso.

Hunter ha dejado de mirar el partido. Gains trata de captar su atención, pero el chico tiene la vista fija en la ventana.

—¿Y tú, Hunter? —pregunta—. ¿Has visto alguna vez un arma como esa?

—Vamos, Eli. —Jerry lanza una rápida ojeada a su hijo—. ¿De qué va todo esto?

—Esta mañana hemos encontrado un casquillo de bala —dice Saidi—, perteneciente a un nueve milímetros.

Jerry frunce el ceño.

—¿Creen que tiene algo que ver con la desaparición de esa chica?

—No hay manera de saber a qué hora se disparó el arma —dice Gains—, pero sabemos que alguien ha descargado recientemente un arma de fuego en la misma zona boscosa en la que desapareció la muchacha, el mismo bosque que linda con los Tall Bones y con su propiedad. Si usted y su familia pudieran hacer memoria y tratar de recordar si vieron u oyeron algo que pueda ayudarnos a determinar cuándo se produjo el disparo, resultaría de gran ayuda para nuestra investigación.

—Pues claro, Eli —dice Jerry—. Haremos memoria, pero estoy seguro de que, si alguno de nosotros hubiese visto u oído a alguien disparando un arma, nos acordaríamos, ¿verdad, nena?

—Desde luego —responde Andie—. Nos acordaríamos. Pero, sheriff, ya sabe que este bosque está lleno de cazadores durante casi todo el año. ¿No podría haber sido uno de ellos?

—Un nueve milímetros no es un rifle de caza, nena —dice Jerry—. Serían algunos chavales haciendo el tonto. —Vuelve a mirar a su hijo—. De todas formas, Eli, ¿quiere saber lo que pienso? Supongo que esa chica debió de subirse a un autobús para largarse de aquí. Ya sabe cómo son esos Blake.

Gains recuerda a la familia Blake en su fría sala de estar con sus jarras, sus vasos de whisky e incluso varias latas viejas de pintura repartidas por ahí como si fuesen ceniceros, además de las páginas arrancadas del diario de Abigail.

—Lo más probable es que tenga razón —admite. Sería normal que una chica quisiera irse de un lugar como ese—. Simplemente analizo todas las posibilidades.

 

Cuando el sheriff se marcha, la madre de Hunter abraza a este con ademán rígido y le clava la barbilla en el hombro mientras comenta:

—Eso no me ha gustado, Jerry. No me ha gustado nada.

—Lo sé, nena. —Jerry hace la misma clase de sonido sibilante que un viejo autobús escolar deteniéndose en la parada—. ¿Y cómo se le ocurre a Eli dejar que un musulmán entre en el departamento? No sé adónde iremos a parar…

—Ya lo sé, cariño, pero lo has hecho muy bien. Al menos solo estaban preguntando por un arma.

Hunter se zafa de su madre y se dirige hacia la puerta.

—No te atrevas a poner esa cara, jovencito —dice ella—, después de lo que nos has hecho pasar este año. Eres tú el que va a tener problemas si la policía empieza a husmear por aquí.

Al muchacho le parece que su padre casi se apiada de él.

—Lo que está en juego es tu futuro, Hunter. Eso es lo que de verdad importa: las eliminatorias estatales, la universidad, las verdaderas oportunidades. La desaparición de la chica es una tragedia, desde luego, pero, al fin y al cabo, era una Blake. ¿Qué se puede esperar? Hay algo malo en esa familia, algo sucio en esos chicos, por más que su padre se haga el santurrón. Tu pequeño… problema no debería relacionarse con eso.

Andie asiente una y otra vez con la cabeza, y Hunter tiene que morderse los nudillos para no contarle a su madre lo que vio aquella noche estando al borde de la carretera, junto a las ruinas de la vieja casa de los Winslow: a su padre caminando a hurtadillas entre los árboles.