Quien esté libre de culpa

Anna Bailey · Capítulo 17 de 51

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Quien esté libre de culpa

Capítulo 17

 

No se ha negado. No ve cómo podría haberlo hecho. La noche tiene su propio terreno, donde las normas del día no siempre se aplican, y Emma ha leído suficientes titulares y ha oído suficientes relatos de terror para saber qué les ocurre a las chicas que están solas de noche y rechazan a chicos como Hunter Maddox. Así que, cuando él la invita, se sube al coche.

Viajan sin hablar durante un rato, como si tuvieran un pacto, y Hunter tararea en voz baja una canción. Emma nunca ha pensado que el chico fuese la clase de persona que tararea canciones mientras conduce.

Finalmente, Hunter dice:

—¿Tienes algún plan para ir a la universidad?

Emma se queda mirando su propio oscuro reflejo y se pasa una mano por el cabello, preguntándose cuándo fue la última vez que se dio una buena ducha. Ha estado usando mucho desodorante porque le sirve para disimular el olor a whisky, pero, de pronto, tiene la sensación de que su cuerpo ha estado funcionando a fuerza de gas. Es probable que si está grasienta y apesta al tabaco de Rat, no le interese, piensa.

—Mis padres están empeñados en que me vaya del estado. —Hunter le lanza una ojeada—. Yo dije vale, California o algo así, ¿sabes? Pero no quieren que vaya a ningún sitio donde la hierba esté legalizada. Dicen que me echaría a perder. Como si este pueblo no tuviese ya bastante de eso.

Emma mira el punto de la carretera al que no llega la luz de los faros e imagina que se están metiendo en unas fauces enormes y negras.

Hunter tamborilea con los dedos sobre el volante.

—Bueno, ¿y qué haces por ahí con Rat Lăcustă?

—¿A ti qué te importa?

—¡Ah, si habla! —Hunter sonríe—. No sé, es que pareces una buena chica. Demasiado buena para un penco como ese.

—Rat no es un penco, es mi amigo.

—Vale. —Él se echa a reír—. Te aseguro que no lo es.

Nadie como Hunter Maddox la ha llamado jamás «buena chica». No lo entiende. Ha aceptado que la llevase porque no tenía ninguna opción, pero hay algo en él —tal vez la forma que tiene de hablar de sus padres o sus sueños de irse de allí— que le recuerda un poco a Abigail. Eso, a su vez, le recuerda el motivo por el que quería hablar con Hunter. Abi la necesita y, si Rat no va a ayudarla, tendrá que hacerlo sola.

Emma le dedica una mirada mientras juguetea con la cremallera de la chaqueta.

—Necesito ir al baño.

—Ah, bueno… ¿quieres que nos pasemos por mi casa? Está a dos minutos.

—Vale, ya que me lo ofreces… —contesta Emma, tratando de no parecer demasiado ansiosa.

No sabe qué sucedió entre ellos, pero algo de Abi sigue aferrado a él y Emma quiere recuperarlo.

 

Hay luces encendidas en las ventanas de la planta baja, pero Emma no ve a nadie cuando cruza en silencio el recibidor de la casa de los padres de Hunter.

—Tendrás que usar el baño de arriba —dice él, señalando las escaleras—. Mi madre está convirtiendo el de abajo en una especie de estudio de arte enano. —Asiente con la cabeza al ver que Emma arruga la nariz, y añade—: Sí, no sé. Cuando llegues arriba, es la segunda puerta a la derecha.

En el baño, Emma cierra la puerta sonoramente y abre el grifo. Luego, despacio para evitar que chirríen las bisagras, descorre el pestillo y sale con sigilo al rellano. Si Hunter tiene algo que pueda conducirla a Abigail, su dormitorio parece el mejor sitio en el que mirar. Abre un despacho, el cuarto de la caldera y una desordenada y fría habitación de invitados antes de encontrar lo que está buscando.

La habitación de Hunter huele ligeramente a cerillas. Sobre las tablas del suelo hay papel de liar y filtros entre calcetines rígidos, ropa de baloncesto y cables USB. Emma no se atreve a usar la lámpara del techo, pero enciende la linterna del móvil. Es entonces cuando ve las polaroids. Las paredes de madera desnuda, al estilo tradicional de las cabañas, están cubiertas de pequeños rostros. Reconoce algunos de la escuela: Bryce Long y Beau Dukes, del equipo de baloncesto, con cigarrillos colgando de la boca; Shana Tyson, la reina de la belleza, que vive en el parque de caravanas, sacudiendo su enorme cabellera afro junto a Beth Farmer, sonrientes ambas sobre el capó de un coche; los desgarbados hermanos Weaver, con los nudillos ensangrentados. Se le corta la respiración al ver a Rat. La polaroid plana no hace justicia a su estructura ósea, pero no hay duda de que es él. Fotografiado de perfil, con flores en el pelo, exhalando indolentes volutas de humo hacia la noche…, con una pistola sobre las rodillas.

De pronto da un respingo al oír un ruido procedente de abajo. Se toma unos segundos para calmar su respiración. La fotografía de Rat no importa, se dice. Rat no importa, ahora mismo no. No ha venido en busca de sus secretos.

Recorre con la mirada el resto de las fotos en busca de Abigail, pensando que reconocería su hombro, su mano, el borde de su mandíbula. Pero no encuentra ni rastro, y otro sonido procedente de la planta baja le acelera el corazón hasta tener la certeza de que siente su palpitar en la punta de los dedos. Mira el móvil: lleva seis minutos aquí arriba. Resulta excusable, aunque puede parecer más tiempo cuando estás esperando a alguien. Hunter podría decidir en cualquier momento venir a buscarla. Mientras respira hondo una y otra vez, se aprieta la muñeca, como si así pudiera serenar su pulso.

Vuelve la espalda a las polaroids y enfoca con la linterna del móvil el armario rebosante, el escritorio atestado, el edredón arrugado como un gran animal dormido en la cama. No sabe muy bien qué busca exactamente, pero se aferra a la esperanza de que lo sabrá cuando lo vea. La luna proyecta sombras extrañas a través de las persianas, pintando la habitación de bandas negras y azules y conduciendo su mirada hasta la mesilla de noche.

Se arrodilla entre pañuelos de papel y briznas de tabaco, abre el único cajón y ve el rostro de Abigail, que le devuelve la sonrisa desde una polaroid.

 

Emma está bajando las escaleras cuando entran los padres de Hunter. Su madre dice:

—No nos has dicho que traerías a una chica.

El padre señala sin ninguna vergüenza a Emma.

—¿Qué hace usted aquí, señorita? —pregunta, apuntando a Emma con su enorme mentón.

Hunter piensa: «Dios, no, no hagas esto aquí, ahora no, a ella no».

—Solo estaba usando el baño —responde Hunter—. Le he dicho que podía hacerlo.

—No me esperaba de ti que dejaras entrar a una extraña en nuestra casa. —Andie Maddox mira a Emma de arriba abajo, fijándose en el color del pintalabios, que no acaba de pegar con su tono de piel, y en que parece demasiado pequeña dentro de la chaqueta masculina que lleva puesta—. Hay que tener cuidado. No se puede dejar que entre en casa según quién.

—¡Mamá!

Emma mira intensamente el trecho de suelo que separa a Hunter de sus padres.

—¿Habla inglés siquiera? —dice Jerry en tono sarcástico.

—Sí —contesta Emma con voz temblorosa; luego se vuelve hacia Hunter —. Gracias por dejarme mear en tu casa.

A continuación, baja rápidamente los últimos peldaños, cruza el recibidor y sale por la puerta principal sin pronunciar palabra.

Andie Maddox se lleva una mano a la frente al oír el sonido de la puerta y suelta un fuerte suspiro.

—Hunter, cariño, no me mires así, por favor.

—Joder, mamá.

—No le hables así a tu madre. —Jerry le da una colleja—. Después de la que montaste este verano, no tienes ningún derecho a sentirte decepcionado con tus padres.

—¿Me dejaréis olvidarlo alguna vez?

—¡Drogas, Hunter! —Su madre agita las manos como si intentara ilustrar lo que significa esa palabra—. Una cosa es la marihuana, pero es que este verano trajiste cocaína a esta casa. ¡Cocaína nada menos! Hicimos cuanto pudimos por criarte bien, te hemos preparado para la universidad, ¡para la vida! Y entonces vas y nos lo arrojas todo a la cara trayendo a casa drogas duras, como si no significara nada para ti. Esta familia tiene una reputación que mantener, Hunter. Así que siento mucho haber herido tus sentimientos porque tu amiguita mexicana no nos caiga bien, pero lo que sientes ahora no es nada, ¡nada!, comparado con lo que tú nos hiciste pasar.

Hunter se mordisquea la cara interna de la mejilla.

—Papá —pregunta—, ¿qué hiciste con la coca?

—¿Qué?

—Dijiste que te la quitaste de encima. ¿Qué hiciste con ella?

Jerry suelta un bufido.

—¿Quieres ir a sacarla de donde la enterré? —responde—. Creo que no te lo voy a decir.

—Pues que sepas que la han encontrado, así que está claro que no la enterraste lo bastante hondo.

—¿La han encontrado? —Su madre se agarra la cabeza con tanta fuerza que las raíces del pelo destacan contra el cuero cabelludo—. Jesús, Jerry.

—Solo está diciendo tonterías, Andie —responde Jerry, echando los hombros hacia atrás—. No le hagas caso. No puede ser.

—Claro, con lo bien que la escondiste… ¿Sabes qué, papá? Si no querías que la encontrase nadie, no deberías haberla escondido en el sitio al que Rat Lăcustă va a follar.

 

—¡Ese lenguaje, Hunter, por lo que más quieras! —exclama su madre,

espantada.

—¿Cómo sabes dónde…? —Jerry lo mira fijamente, pero ya no parece enfadado.

Comprender que lo que hacía su padre entre los árboles aquella noche era esconder la cocaína solo supone un leve consuelo para Hunter. Si descubriese que lo vio, sabría que él también estaba en el bosque y querría averiguar por qué.

—Hunter, no te cierres ahora. Hemos de hablar de esto. —El rostro grande de Jerry parece de repente más suave, sin su tensión habitual—. Tienes un brillante futuro, hijo. No hay necesidad de que lo pierdas por un error como las drogas. Si hay algo más, podemos ayudarte. Tienes que hablar con nosotros.

Hunter advierte que su padre se aferra a este momento frágil como si fuese a suturar el agujero que él ha abierto en el verano de sus padres, pero sabe —lo ha sabido desde el mismo momento en que cruzó la puerta, la noche que desapareció Abigail Blake— que nada de lo que pueda decir arreglará lo que ha hecho.