Quien esté libre de culpa
Capítulo 23
Entonces
La noche que Samuel Blake agujereó la pared de un puñetazo fue la misma que arrojó a Jude escaleras abajo. Jude solo tenía ocho años entonces, pero lo recuerda todo con mucha claridad. Una cosa así no se olvida.
Noah acababa de entrar por la puerta. Era una noche húmeda de mediados de verano y la amenaza de una tormenta flotaba en el aire. Venía de ver a su novia, Sabrina McArthur (de romper con ella, tal como Jude sabría más tarde). Jude era un niño, pero pensó que su hermano, al pie de las escaleras, parecía muy mayor. Sobre todo cuando Noah miró a su padre fijamente a los ojos y dijo:
—Voy a estudiar Literatura en la Universidad de California Los Ángeles.
Y, aunque no lo dijo, Jude oyó: «Y no voy a volver».
Noah no era mayor, por supuesto. Solo tenía dieciocho años, y los huesos de su nariz aún estaban rectos.
Todo se debió a Abigail, que había ido a la habitación de Noah para usar su ordenador mientras él estaba fuera y había visto unas fotos que no tenía que ver. Después, cuando Noah apenas les hablaba y solo se tenían el uno al otro, su hermana le contó a Jude lo de aquellas fotos. «Nunca he visto la cosa de un hombre así levantada», dijo.
Jude no pudo por menos de admitir que él tampoco, y luego tuvo la sensación de que Abigail, a sus trece años, era también muy mayor, porque sabía sobre los chicos algo que él ignoraba.
Abigail se sintió perturbada por las fotos. También se lo explicó a Jude más tarde. En su precipitación por salir de la habitación de Noah, tiró al suelo la silla del escritorio, lo cual despertó a su padre, que dormía en el dormitorio contiguo tras beberse seis cervezas. Entonces no hubo manera de esconderle aquello. Samuel no dijo nada durante un rato; sencillamente se quedó de pie junto a las escaleras, mirando la puerta de la calle.
Cuando entró Noah y le comunicó con un gesto de desprecio que se iba a la Universidad de California Los Ángeles, su padre dijo:
—De eso nada. Sé lo que pasa en esa California del demonio. Deja que te diga algo, hijo, esa no es la libertad por la que pensé que luchaba cuando…
—¡A la mierda con tus batallitas, papá! A la mierda Vietnam. Han pasado un millón de años, a nadie le importa ya.
Samuel lo señaló con el dedo.
—Como vuelvas a decir eso, mariquita, te voy a…
—¡A nadie le importa una mierda!
Su madre estaba en el rellano, cogiendo a Abigail por la cintura. Jude se hallaba junto a ellas y vio que se tapaba la boca con la mano cuando Noah dijo todo aquello, como si supiese que lo que ocurriría a continuación sería tan malo como en efecto fue. Aquella noche fue la primera vez que Jude recuerda que sujetase a su padre, y, en realidad, también la última.
Su padre se quedó muy quieto mientras las venas de los brazos y el cuello se le hinchaban de una manera horrible. De pronto, empezó a gritar.
Jude ha conservado ese sonido en su memoria. A veces, cuando las cosas se ponen difíciles, lo desenvuelve en su mente y lo reproduce, solo para recordarse a sí mismo que ha vivido momentos peores. Todos los han vivido. Pero la cosa que estampó la cara de su madre contra la barandilla, la cosa que agarró a Jude por la pechera de la camisa y lo arrojó escaleras abajo, esa cosa… no era su padre. Jude —el único que se aferrará a Dios hasta el final— cree que aquella noche fue el diablo mismo el que aulló en la casa.
Abigail no lloró. Nunca lloraba por lo que hacía o decía su padre, y cuando este arrojó a Jude escaleras abajo, se limitó a apretarse contra la pared como si quisiera hacerse lo más pequeña posible. Jude, por su parte, no podía dejar de llorar mientras el hueso de su espinilla asomaba, agudo y ensangrentado, a través de la pernera del pantalón. Su padre bajó las escaleras a zancadas como una enorme criatura, y probablemente habría destrozado la cabeza de Jude contra la pared si en ese momento Noah no le hubiera hecho un placaje.
A Jude le gusta imaginar que su hermano dijo algo heroico, como «¡Ni se te ocurra tocarlo!». Abi y él se habrían sentido mejor en los años siguientes si hubieran logrado aparentar que Noah seguía apreciándolos. Pero Jude sabe que su hermano probablemente no dijo nada.
Aquella noche el pobre Noah hizo lo que pudo. Casi. Pero Samuel Blake nunca los había golpeado con tanta rabia, y fue como si hubiera estado guardándola desde el día en que lo sacaron en helicóptero de Saigón. Le destrozó la cara a Noah y probablemente lo habría matado si Abigail no le hubiese gritado que parase.
—¡Papá, no! ¡Por favor, no!
En cambio, Samuel atravesó la pared de un puñetazo junto a la cabeza de Noah.
Después de eso, nadie vio a Noah por el pueblo durante un tiempo. Nadie salvo Emma Álvarez, que tuvo un atisbo de él en el rellano, cubierto de negros cardenales, con la nariz sujeta por un par de tiritas. Más tarde, Noah contó que se la había roto jugando al baloncesto. A Emma le prohibieron que volviese a entrar en la casa.
Su madre se puso un montón de maquillaje y sostuvo la mano de Jude en la ambulancia de camino hacia el hospital de Estes Park, pero no habló, salvo para contarles a los médicos que el niño se había caído de la pícea del jardín delantero. Tardó mucho en hablar de nuevo con ninguno de ellos.
Unos días después, sacó la cruz de gemas que la abuela le había regalado el día de su boda y la utilizó para tapar el agujero de la pared. Dijo: «Si alguien se entera, os llevarán con ellos».
Jude solo tenía una vaga idea de quiénes lo harían, pero sabía que no quería que se lo llevasen.
Más tarde, Jude supo que sus padres pagaron los gastos médicos con la única suma de dinero que tenían a mano. Noah tuvo que escribir a la universidad rechazando su oferta. «Problemas económicos», explicó.
Jude recuerda que se hallaba con su hermana en el umbral de la habitación de Noah mientras este enviaba el correo electrónico y que los ojos de Abigail estaban húmedos y enrojecidos cuando dijo:
—Lo siento, Noah, lo siento mucho, no pensé…
En silencio, su hermano se levantó y le cerró la puerta en la cara.