Quien esté libre de culpa
Capítulo 2
—Estate quieto, Jude. —Dolly sujeta a su hijo menor por la barbilla
mientras le aplica corrector en el cardenal que le rodea el ojo. El niño hace una mueca de dolor, pero la mujer se limita a sacudir la cabeza y a agarrarlo con más fuerza, pellizcando la piel entre el índice y el pulgar—. La culpa es toda tuya. Ya sabes cómo se pone papá si lo despiertas temprano.
A Samuel no le hará gracia el maquillaje. Ningún hijo mío lleva maquillaje, dirá. A sus sesenta y dos años tiene la edad suficiente para ser el padre de ella, y muchas veces esa línea parece lo bastante borrosa para que Dolly haga lo que él dice sin cuestionarlo. Pero hoy será diferente. Aunque no le haga gracia el maquillaje, lo preferirá a ser el blanco de todas las miradas en la iglesia, a oír los susurros detrás de las Biblias. No es de extrañar que la hija se haya ido de una casa como esa, dirán. No es de extrañar que la hija esté muerta.
«Muerta». Oyó la palabra en Safeway el otro día, murmurada en el pasillo de los congelados. El señor Wen, de la licorería, y Carla Patterson, que le dio clases a Abigail en segundo curso, la pronunciaron en voz baja entre el zumbido de los fluorescentes y las neveras, tal vez confiando en que nadie los oyera. Al menos, tuvieron la decencia de poner cara de culpabilidad cuando vieron a Dolly doblar la esquina con su carro vacío. No dijo nada, como suele hacer, tal vez porque no estaba muy segura de lo que sentía.
«Muerta». Sonaba como un punto al final de una frase. Imaginó que enviaba un telegrama y sustituía todos los puntos por «muerta». Abigail estará bien muerta Abigail volverá muerta. Solo había pasado una semana desde la desaparición de su hija, pero a Dolly el tiempo se le antojaba extraño y largo, como si lo estuviese estirando como un chicle una de esas viejas máquinas que a veces se veían en los escaparates de las tiendas de chucherías.
Ahora han transcurrido dos semanas exactas y Dolly ha ido a la tienda de comestibles casi a diario con tal de apoyar el peso en el manillar de un carro y dejarse arrastrar. Vagar por los pasillos la mantiene ocupada. Se niega a ser como esas mujeres de las películas que se vuelven locas en casa, esperando sentadas a que suene el teléfono. El tiempo sigue pasando, así que, piensa, el final de la frase no puede haber llegado todavía.
En el cuarto de baño, Jude saca el labio inferior. Es un gesto aprendido de su hermano mayor, aunque en todos los demás aspectos Noah y él son como la noche y el día. Con diez años menos, Jude es menudo, mientras que Noah tiene los hombros muy anchos. Es moreno, nada terco y bastante pulcro, mientras que su hermano tiene el polvo del pueblo incrustado en las huellas dactilares. Y luego, por supuesto, está la pierna de Jude: un hueso hecho añicos, golpeado con demasiada fuerza, como un metal candente en el yunque de un herrero, completamente deformado. Nadie debería caminar con bastón a los doce años.
Dolly aplica otra capa de corrector en la inflamada cuenca del ojo de su hijo, pero rehúye su mirada. Pobre Jude, no planeado. Jude, del que trató de librarse tomando baños abrasadores hasta que el agua se enfriaba y se ensuciaba, bebiéndose dos tercios de una botella de ginebra del armario de las bebidas de su marido para después vomitar. Una broma cruel del Señor, había pensado entonces, eso de traer a otro niño a aquella casa. Sigue preguntándose si no estaba en lo cierto.
—Ya está —dice Dolly, dando un paso atrás para evaluar su trabajo.
La hinchazón tardará un par de días en bajar, pero al menos ha logrado neutralizar el insolente tono rojo que ha dejado la mano de su marido.
—¿He de ir a la iglesia? —Jude acerca los dedos al moratón y se aproxima más al espejo de bordes grises, como si quisiera asegurarse de que debajo sigue estando el ojo—. No me apetece. Todo el mundo nos mirará.
Claro que nos mirarán, piensa Dolly. Los Blake que quedan se han pasado los últimos dos domingos bebiendo lata tras lata de cerveza Lone Star, vagando por los pasillos de la tienda de comestibles o tumbados en la cama en pleno día, escuchando el chasquido rítmico del ventilador de techo. (Dolly ignora qué ha estado haciendo Noah, pero se ha percatado de que mira por encima del hombro más de lo habitual). Sin embargo, ayer el pastor Lewis la cogió desprevenida cuando fingía leer los ingredientes de una bolsa de pan en rebanadas y le anunció que la Primera Iglesia Baptista de Whistling Ridge celebraría un oficio especial este domingo para que la congregación pudiera dedicar sus oraciones a Abigail y a la familia Blake, y que, por supuesto, a todos les encantaría contar con su presencia. A Dolly le sorprendió la facilidad con que el hombre se plantó allí y le mintió a la cara, cuando ambos sabían exactamente qué opinaba de ellos la congregación. Pero no se trataba de una petición, por más sonrisas que exhibiese el pastor y más palmaditas que le diera en el brazo.
Podemos rezar o que recen por nosotros, piensa Dolly, y quizá sea esa sensación de tener que elegir entre ser sujeto u objeto lo que fortalece su determinación de ir. Trata de explicárselo a Jude, pero el niño se limita a mordisquearse el labio inferior y mirar el suelo con expresión de enojo.
—Puede que Abi se escapara porque ya no quería ir a la iglesia —dice, con la voz tan cargada de desprecio que a Dolly también le entran ganas de pegarle.
No obstante, se vuelve y hurga en el bolsillo en busca de un cigarrillo. Sus manos desean romper algo. «Pues rómpete tú y deja a Jude en paz. Al fin y al cabo, si alguien tiene la culpa aquí…».
—Abigail no se ha escapado —replica.
Y Jude tiene que creerle porque es su madre.
Abigail jamás se habría marchado de ese modo, independientemente de lo que pueda creer la policía. Pero a Dolly le tiemblan los dedos al llevarse el cigarrillo a los labios para taparse la boca y no seguir hablando. Si Abigail no se ha escapado, ¿qué le ha ocurrido? Vuelve a oírlo en el breve chasquido del encendedor. «Muerta».
Todo es culpa suya. Eso dicen en la escuela. Los pasillos huelen a cola y a productos de limpieza, y Emma aprieta más la espalda contra la pared del rincón del baño de las chicas, intentando ahogar el eco de las voces de sus compañeros, vaciando de un trago los botellines de whisky que su madre reserva para unos viajes que nunca hacen.
—¿Cómo se le ocurrió a Emma Álvarez dejarla allí?
—¡Madre mía! ¿Se la llevarían por eso?
—No se la llevaron. Se escapó con ese gitano.
—¡Qué va! La semana pasada lo vi en la cafetería.
—Sí, bueno, yo he oído que los coyotes la devoraron.
La máscara de pestañas le ennegrece las lágrimas. Se mete los nudillos en la boca para que nadie la oiga sollozar.
Una semana después de la fiesta celebrada en los Tall Bones, el señor Handel, director de la escuela, organiza una asamblea especial en el gimnasio para pedir a los alumnos de secundaria que recen por Abigail y que den apoyo a sus familiares y amigos. El pequeño Jude Blake se mordisquea el labio inferior y se hunde en el cuello de la camisa, como si de esa forma esperase evitar que se fijen en él. Emma lo observa con mirada achispada, bajo los párpados pesados, y piensa: esto es todo. Aquí estamos los dos. El familiar y la amiga de Abigail. Nadie más recuerda las manchas de hierba en los calcetines de Abi, las veces que se sentaban en el viejo sofá del patio de los Blake durante tantos veranos, o las que se copiaban mutuamente los deberes, comiendo unas chucherías que les teñían la lengua de azul. Nadie más la oyó decir a los trece años: «Voy a ser artista». Emma había soltado una risita y había dicho: «¿Cómo? ¿En Whistling Ridge?», y Abi le había contestado que ni hablar, que iba a subirse a un autobús que fuese a Denver y que nunca volvería la vista atrás. Aquello le había parecido muy impresionante en aquel momento. Abi parecía salida de una película. Después había mirado a Emma con los ojos muy abiertos y había añadido: «Vendrás conmigo, ¿verdad?».
Ahora Emma vacía otro botellín en el baño. Al llegar a casa, vomita.
Esa noche Emma sueña con una jauría de coyotes que grita entre los árboles. Se abre paso entre ellos con el coche, y la sangre se pega a los neumáticos. Luego está decolorándole el pelo a Abigail y, mientras el hedor del amoniaco les invade las fosas nasales, dan sorbos de la botella de bourbon de Samuel Blake. «Quema, quema», dice Abigail sin parar, o pronuncia las palabras sin hacer ruido, o esas palabras solo aparecen en la mente de Emma. Abi la besa, derramando sangre sobre sus labios, su pecho, sus brazos, sus manos…
Cuando Emma despierta, apenas ha amanecido. Las oscuras montañas emanan vapor bajo la fresca lluvia de septiembre. Percibe el olor del vómito seco. Se envuelve en la manta, va hasta el cuarto de baño y se lava las manos una y otra vez, hasta que el agua se las enfría tanto que casi no las siente. Melissa debe de haberla oído porque, sin decir nada, llega y la rodea con sus brazos. Cuando Emma deja de temblar por fin, caminan arrastrando los pies hasta la cama de Melissa, que acaricia el cabello de Emma hasta que madre e hija se duermen, curvadas contra las sábanas como una extraña runa. A la mañana siguiente, Melissa tira por el desagüe todo el alcohol que encuentra, pero ninguna de las dos pronuncia palabra. La abuela de Emma solía decir que la gente que vive en casas de cristal no debería tirar piedras, y Melissa ha envejecido prematuramente debido a la culpa que siente por haberse casado con un hombre incapaz de quererla lo suficiente para quedarse, o eso dice.
Antes de que desapareciera Abi, antes de empezar a beber, Emma no era consciente de cuántas decisiones debía tomar a lo largo del día. ¿Vale la pena que desayune? ¿Voy a la escuela en coche o en autobús? ¿Con quién me siento en la cantina? ¿Quién tiene menos posibilidades de mirarme como si fuese un chicle debajo de su mesa? Sin embargo, si empieza el día bebiendo, solo tiene que decidir una cosa: «¿Sigo bebiendo?». Después de eso, es como si todo encajara en su lugar. Sabe que su madre tiene buena intención, pero eso no evita que acabe llorando en el baño de las chicas. Aún faltan meses para las vacaciones de Navidad y no está segura de poder tomar todas las decisiones necesarias hasta entonces.
Emma sabe muy bien que si Abigail está muerta, será peor. No obstante, sus compañeros aseguran que se escapó y que es normal que lo hiciera. Al oír eso, Emma tiene la sensación de llevar clavado en el vientre un cuchillo que le perfora las tripas. Abi no se marcharía sin decir nada. No se habría subido a un autobús hacia Denver sin avisarle. No se renuncia así a diez años de amistad. Pero, claro, ¿sería mejor si Abigail estuviese muerta?
Por la mañana, cuando su madre se marcha al ambulatorio donde ejerce como médico de cabecera, Emma no acude a la escuela. Va hasta la licorería del señor Wen y se esconde una botella de Jack Daniel’s dentro del abrigo. Casi ha salido por la puerta cuando ve que el muchacho de la cazadora de cuero le sonríe desde el aparcamiento con unos dientes tan brillantes como si hubiera desayunado cuchillos. Algo en él le resulta familiar, y esa familiaridad parece agarrarla del cuello y ordenarle que se siente con la espalda recta. Así que la botella se le cae al suelo.
El señor Wen tiene un rostro amable, arrugado como un farolillo de papel, y le dice que esta vez no va a denunciarla. Sin embargo, le cobra la botella rota. El hombre lo observa todo: la máscara de pestañas corrida, los ojos hinchados y las uñas mordidas. Dice que espera que pronto se encuentre mejor. Emma sabe, sin necesidad de que él lo diga, que entiende lo que se siente al ser distinto. Esa simple idea, esa sensación de solidaridad frágil, hace que le entren ganas de volver a echarse a llorar. En el aparcamiento, se apoya contra su coche para calmarse.
—Eh, ¿te encuentras bien?
Cuando alza la vista, el tipo de la cazadora de cuero la está mirando. Con la cabeza ladeada y el pelo alborotado por el viento como si fuese un montón de plumas, parece un cuervo enorme. Emma traga saliva e intenta no apretar demasiado los ojos al asentir con la cabeza.
—No tengo la edad —aclara, y no soporta lo débil que suena su voz, dominada por el estruendo del tráfico de la calle principal.
—Ya te lo compro yo —dice él, con un leve acento de la Europa central —. Puedes beber conmigo.
Emma se pasa una mano por el cabello; el residuo grasiento que nota en los dedos le produce náuseas. Dentro de pocos años, sus amigas de la universidad le aconsejarán que no acepte invitaciones de hombres desconocidos. Incluso en este momento, suena en su cabeza una folclórica advertencia: nada sale gratis, todo tiene su precio. Pero ahora mismo piensa que no hay nada más agradable que la luz que se filtra a través de un vaso de whisky. Con una botella en la mano conseguirá olvidar la sensación que le ha causado la pesadilla de esta noche.
Sorbe ruidosamente por la nariz.
—Vale. Claro.
Todo tiene su precio, pero todavía no puede imaginar el coste real de esa botella de whisky en concreto. Ninguno de los dos puede hacerlo.