Quien esté libre de culpa
Capítulo 10
Whistling Ridge apenas puede mantener los ojos abiertos. En la cafetería Aurora, en el cruce de la calle Diecisiete y Main Street, Emma y su madre soplan perezosamente para enfriar el segundo café de la mañana, asomándose a la avenida principal. La temporada turística ha llegado a su fin y los últimos negocios estivales están echando la persiana tras saquear el pueblo a conciencia. Montones de hojas secas flanquean las calles, salpicadas de postes telefónicos y bancos públicos desportillados. Por encima de todo se alzan las blancas y sólidas montañas, afilando el viento que desciende por las laderas hasta el pueblo. Son las mismas vistas que Emma ha contemplado toda su vida, pero algo parece distinto, inalcanzable, como retomar una conversación con viejos amigos que ahora tienen sus propios chistes privados.
—Creo que te vendría bien pasar un par de semanas sin ir a clase — sugiere Melissa en voz baja—, alejarte de tanto drama por unos días. ¿Qué te parece?
Emma asiente con la cabeza y toma un sorbo de café. En realidad, no sabe qué le parece. Hablaron por fin de la bebida cuando su madre la encontró arrodillada junto al inodoro, vomitando los últimos restos de Wild Turkey. Melissa le sujetó el pelo y le dijo que todo se arreglaría. Emma se quedó después en el rellano y la oyó jadear como si tratase de no llorar. No pretendía escuchar durante tanto tiempo, pero sabía que si se movía las tablas del suelo la delatarían, y no quería que su madre se sintiera avergonzada.
Por otro lado, a Emma le dio mucha rabia que llorase. No se emborrachaba para hacerle daño. La cosa no tenía que ver con ella, sino con el control. El único control que tiene es el que posee sobre su enojado cuerpo, y jorobarlo durante un rato le produce una sensación de poder, igual que un rey loco sería capaz de asesinar a su pueblo solo para demostrar que puede hacerlo.
«¿Cómo se le ocurrió a Emma Álvarez dejarla allí?».
Emma no ha contado que se ha hecho amiga de Rat, ese muchacho mayor que le deja beber su whisky. En cambio, se inventó una historia sobre una compañera de clase con un documento de identidad falso; algo que mantendrá a Melissa distraída por un tiempo. Rat es suyo y, por el momento, de nadie más. A veces tiene la sensación de que él solo existe en el parque de caravanas y de que ella es la única que puede verlo. No le hizo gracia que quisiera explorar el bosque, pero quizá solo pretendía cuidarla; ahora Emma cree entenderlo. Como él también entenderá la próxima vez que hablen por qué debe hacerlo. Juntos probarán que era Hunter Maddox quien estaba en el bosque, y Emma no tendrá que beber bourbon barato nunca más.
Sonríe mientras toma otro sorbo de café, y su madre parece interpretar esa sonrisa como una buena señal.
—Me he guardado unos días de vacaciones. He pensado que quizá podríamos marcharnos las dos. Podríamos ir con el coche al parque nacional. Cuando eras pequeña íbamos mucho, ¿te acuerdas?
Emma solo tiene un vago recuerdo de una larga carretera bajo un cielo azul, rodeada de blanco por todos lados, pero lo cierto es que esos viajes no tenían que ver con ella. Se hacían para que sus padres pudieran sentarse juntos en la parte delantera del coche y maravillarse ante la naturaleza que pasaba a toda velocidad al otro lado de las ventanillas, resplandeciendo el uno al lado del otro con la seguridad de esa sensación «nosotros contra el mundo» que los mantuvo juntos por un tiempo.
Sin embargo, Emma sabe que su madre no quiere oír eso. Melissa tiene tantas ganas de hablar de Miguel Álvarez como de hablar de lo que bebe su hija. Son recordatorios de un camino que no emprendió, de su propio sentimiento de culpa por una decisión que tomó hace mucho. Ahora Emma conoce la culpa, la reconoce en la piel agrietada de las manos de su madre, en la silueta desinflada de su cuerpo echado en la cama después de que suene el despertador, en esos sollozos que tanto se esfuerza por sofocar. Por eso, Emma dice:
—Sí, mamá, suena bien.
Un coche de policía entra en el aparcamiento, al otro lado del escaparate. El sheriff Gains baja de él y, cuando el viento lo asalta, se sube el cuello de la chaqueta y se sujeta el sombrero.
Melissa endereza un poco la espalda y murmura:
—Mira quién ha venido.
Gains tiene la mandíbula ensombrecida por una barba incipiente, pero Emma recuerda que cuando la interrogó hace dos semanas iba bien afeitado. Le apoyó la mano en el hombro, esa mano a la que le faltan tres dedos, y dijo: «Sé que debes de estar pasándolo fatal».
Ahora, en el aparcamiento, se encaja un cigarrillo entre los muñones de esos mismos dedos y utiliza la otra mano para resguardarlo del viento. Fuma deprisa, ávidamente, como si fuese algo necesario y no un detalle estético (a diferencia de Rat), y Emma piensa que es lo que un hombre debería ser.
Melissa deja la taza de café sobre la mesa y comienza a enrollarse la bufanda alrededor del cuello.
—Vamos. Podemos salir por la otra puerta.
—¿Quieres evitar a los policías?
Melissa emite un sonido grave mientras se pone la amplia parka.
—Claro que no. —Su brazo se detiene en el aire antes de introducirse en la manga—. Es que no me parece que el sheriff sea… Oye, Em, me he quedado atascada. Ayúdame a meter el brazo, ¿quieres?
Emma hace lo que le pide su madre y se pregunta por qué estará tan nerviosa. Ella desconfía de Gains a su propio modo —el modo en que las mujeres jóvenes desconfían de los hombres mayores, el modo en que las mujeres de color desconfían de la policía—, pero el sheriff es pausado y suave como un río. Sus grandes ojos oscuros le recuerdan los de un asno, y los asnos tienen la cara muy triste. Cuando ve sus dedos, siente que se abre en su interior un profundo pozo de afecto que no acaba de entender. Pero la inquietud de Melissa resulta tangible, como una sustancia en el aire que Emma no puede dejar de inhalar, por lo que se sorprende lanzando también presurosas ojeadas por el escaparate mientras Gains apura su cigarrillo y tira la colilla al suelo.
—Mamá, ¿por qué no te cae bien el sheriff Gains?
Melissa se recoge el espeso cabello rubio debajo del gorro.
—La verdad es que no opino nada de él.
—No os habréis liado, ¿verdad? —Emma arruga la nariz—. Mamá, eso sería horrible.
—Baja la voz, Em.
Melissa mira alrededor, pero la cafetería está casi vacía. Solo ve a Mo Dukes contando monedas en la barra y a su hija Chrissy limpiando mesas en torno a una pareja desconocida con anorak y botas de senderismo.
Melissa cuadra los hombros; por el momento, ha salvado la dignidad.
—No, Em. Claro que no. No me fío de él, eso es todo.
Se dirigen hacia la otra puerta, la que da al pequeño paseo adoquinado junto al río.
—¿Y eso? —pregunta Emma.
—¿A qué te refieres?
—¿Cómo es que no te fías de él?
Melissa se arrebuja en su parka para protegerse del viento.
—Confidencialidad médico-paciente. Olvida que te lo he dicho.
Entonces
Un día de julio, antes de que desaparezca Abigail, Melissa contempla la calle principal desde la sala de descanso del dispensario, intentando refrescarse con la brisa que entra por la ventana. La tienda hippy de la esquina está de rebajas: liquida montones de bisutería nativa americana y camisetas que muestran la altitud del pueblo sobre una enorme hoja de marihuana. Los banderines amarillos de uno de los carteles promocionales del establecimiento se han desprendido y ahora ruedan calle abajo como alegres plantas rodaderas. Melissa exhala un suspiro. El verano parece interminable. Sin embargo, es mejor que el otoño, la estación en la que los chavales se dedican a traer del bosque huesos de animales y el valle se le antoja una boca llena de sangre y lluvia que parece formularle una pregunta sin respuesta: «¿Por qué sigues aquí?».
Un camión tráiler cargado hasta arriba de troncos del aserradero se detiene en el cruce. El brazo velludo del conductor cuelga de la ventanilla. Los dedos golpean la puerta con desenfado al ritmo de la canción de la radio, que declara que todo el mundo está enamorado.
Entre las tarjetas de descuento de Melissa y los arrugados billetes de dólar se encuentra el rostro sonriente de su marido; sonriente porque era el día que se escaparon para casarse. Qué sencillo parecía todo entonces. Haces la maleta y sales a la carretera. Conduces toda la noche hasta que surge la luz del día con la luna aún atrapada entre los dientes y, de pronto, estás en otra ciudad, en otro mundo, donde tus padres no pueden encontrarte y arrancar de tus brazos al amor de tu vida. «Oh, Miguel». El dolor de su pecho resulta demasiado familiar. «¿Podremos perdonarnos alguna vez el uno al otro?».
Se recoge el pelo en una cola de caballo, tirando fuerte de las raíces para distraerse. Está a punto de volver la espalda a la ventana cuando algo llama su atención. Abigail Blake, vagando inexpresiva por la acera, se agacha a recoger la planta rodadera que son los banderines amarillos. Cuando lo hace, el sheriff Gains tropieza con ella. Melissa observa cómo mueven la boca, cómo se ríen, disculpándose mutuamente. Cuando Abigail se dispone a marcharse, Gains le apoya la mano en la cintura.