Reencuentro

Lavyrle Spencer · Capítulo 1 de 8 · parte 1/2

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Reencuentro

Capítulo 1

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

Minnesota se extendía verde y vibrante, vivificada por una lluvia nocturna que había limpiado el cielo de finales de agosto, confiriéndole un tono azul de acuarela. Al este de St. Paul, donde las zonas residenciales lindaban con el condado de Washington, las líneas de las nuevas calles se insinuaban y las casas brotaban allí donde antes sólo habían existido campos y bosques.

Donde la ciudad limitaba con la campiña, una moderna escuela de ladrillos desplegaba sus alas en forma de U, rodeada de aparcamientos al norte y al este, y una pista de atletismo al sur. Más allá se extendía una llanura de trigales que cortaban el paso a la expansión urbana; sin embargo ya se veía amenazada por las nuevas construcciones que asomaban en las colinas lejanas.

Edificios más antiguos, erigidos en los años cincuenta y sesenta, flanqueaban el camino rural, donde el límite de velocidad se había reducido al construirse la escuela, cinco años antes. En esa zona se habían levantado algunas aceras, aunque algunos contribuyentes se quejaban de que no conducían a ninguna parte, salvo a unos terrenos donde los tractores continuaban trabajando la tierra. El distrito escolar crecía con ritmo alarmante desde hacía años.

La mañana del miércoles, seis días antes del inicio de las clases, un hermoso Lexus azul enfiló el aparcamiento destinado a los visitantes del colegio. Del vehículo descendieron una mujer y un jovencito que avanzaron hacia el edificio por el sendero. A las once de la mañana, el sol ya había

calentado el pavimento, y los porteros habían abierto de par en par las puertas dobles de la entrada para refrescar el ambiente.

La mujer vestía un conjunto sencillo pero caro; traje sastre austero, blusa de seda gris, zapatos de tacón alto y un pañuelo al cuello. Llevaba la rubia cabellera recogida en la nuca, y la única joya que lucía, un par de pequeños aros de oro, parecía una mera concesión a la feminidad, rechazada por casi todos los restantes elementos de su atuendo.

El muchacho, más alto que la mujer, era delgado, de caderas estrechas y complexión atlética; vestía vaqueros azules y una chaqueta que pregonaba las virtudes de un equipo tejano. Tenía el cabello oscuro, ojos castaños, y su rostro inducía a las mujeres a volverse para mirarlo mejor. Las adolescentes lo habrían descrito como un seductor. Un par de muchachas de dieciséis años salió del edificio de la escuela en el instante en que él entraba; una lo miró por encima del hombro y susurró al oído de su amiga:

–¡Caramba, menuda figura!

La oficina de la administración se hallaba en el centro del edificio, entre altas paredes de vidrio. La parte delantera daba al aparcamiento de los visitantes y el jardín, cuyos cuadros exhibían los colores del colegio -rojo y blanco- en un lecho de petunias. Desde la parte posterior de la sala se veía un hermoso trozo de terreno cultivado por los alumnos de horticultura del señor Dorffmeier.

Kent Arens abrió la puerta de la oficina.

–Sonríe -indicó amablemente Mónica Arens a su hijo al entrar en la zona de influencia del aire acondicionado.

–¿Por qué? – preguntó el joven, siguiéndola.

–Ya sabes que las primeras impresiones son importantes.

–Sí, mamá -replicó secamente el muchacho mientras la puerta se cerraba

tras ellos.

La oficina era un caos; la gente se movía por doquier, vestida con vaqueros y cazadoras, recogiendo papeles, atendiendo llamadas telefónicas, trabajando con ordenadores, tecleando en máquinas de escribir. Dos ayudantes pintaban las paredes, y otro empujaba un carrito cargado con cajas de cartón. La alfombra azul prácticamente quedaba oculta bajo las pilas de libros y materiales acumulados.

Mónica y Kent se abrieron paso hacia un mostrador en forma de medialuna, de unos cuatro metros de ancho, que impedía que los visitantes continuaran internándose. De uno de los numerosos escritorios situados detrás del mostrador se levantó una secretaria que se aproximó a los recién llegados.

Tenía la cara regordeta, el busto generoso y los cabellos castaños cortos, con un atisbo de hebras grises.

–Buenos días. ¿En qué puedo servirles?

–Soy Mónica Arens, y éste es mi hijo Kent. Hemos venido para matricularlo en la escuela.

–Lamento el desorden, pero siempre es así la última semana antes del comienzo de las clases. Soy Dora Mae Hudak; me llaman sencillamente Dora Mae; yo los atenderé. – Sonrió al muchacho-. Eres nuevo este año.

–Sí, señora. Acabamos de llegar de Austin, Texas.

La mujer observó la estatura del visitante.

–Supongo que te matricularás en cuarto.

–Sí, señora.

Por un instante Dora Mae Hudak no supo cómo reaccionar; no estaba acostumbrada a que los alumnos de cuarto curso le dijesen «señora». La mayoría la llamaba Dora Mae, y de tanto en tanto algunos se dirigían a ella

con un «¡eh, usted… secretaria!».

–Me encantan los modales sureños -comentó mientras buscaba una solicitud de ingreso y un folleto explicativo destinado a los estudiantes-. ¿Has decidido qué asignaturas deseas cursar?

–Más o menos, pero me gustaría verlas todas.

–Entonces no has leído la lista.

–No, señora.

La mujer depositó un folleto y una hoja de papel azul sobre el mostrador.

–Las asignaturas están indicadas aquí, y ésta es la solicitud de ingreso.

Deseamos que todos los alumnos nuevos hablen con un consejero antes de matricularse. La señora Berlatsky atiende a los estudiantes de cuarto.

Esperen un momento; iré a ver si está aquí.

Dora Mae se asomó en una oficina lateral y regresó acompañada de una cuarentona vestida con un jersey de punto y pantalones ajustados.

–Hola, soy Joan Berlatsky. – Tendió la mano-. Kent, bienvenido a Minnesota. Buenos días, señora Arens. ¿Quieren pasar a mi oficina? Allí podremos hablar.

Siguieron a Joan Berlatsky, quien se disculpó por el desorden.

–Todos los años ocurre lo mismo; los ordenanzas tratan de poner un poco de orden cuando concluyen los cursos de verano. Parece que el edificio no estará en condiciones cuando llegue el momento, pero después, como por arte de magia… Por favor… tomen asiento.

Mantuvieron una charla cordial, en el curso de la cual la consejera se enteró de que Kent tenía un promedio elevado, pensaba estudiar en la universidad, concentraba sus esfuerzos en las ciencias y las matemáticas y deseaba

asistir al mayor número posible de clases de la especialidad. Su madre ya había realizado las gestiones necesarias para que el anterior colegio en que había estudiado enviase su expediente, que aún no había llegado. Joan mostró la lista de asignaturas en la pantalla verde de un ordenador, y treinta minutos después ya habían determinado cuál sería el programa de clases de Kent.

Todo se desarrolló sin problemas hasta que Mónica Arens preguntó:

–Ah, ¿y con quién debemos hablar para apuntar a Kent en el equipo de fútbol?

Joan se apartó del ordenador y respondió:

–Me temo que existe un problema. El equipo está trabajando desde hace dos semanas, y es posible que el entrenador Gorman ya haya asignado las posiciones.

Kent frunció el entrecejo y se inclinó con expresión ansiosa.

–Pero yo jugué en segundo y tercero. Contaba con jugar también el último año.

–Como he explicado, el equipo está entrenando desde mediados de agosto, pero… -Joan arrugó, pensativa, la frente antes de tender la mano hacia el teléfono-. Un momento. Tal vez el entrenador Gorman esté en el centro. –

Tras marcar el número, la mujer añadió-: Ustedes ya sabían que concedemos gran importancia a los deportes. Nuestro equipo de fútbol quedó segundo en el campeonato estatal del año pasado, y el de baloncesto se destacó en los encuentros regionales. Caramba, el entrenador Gorman no contesta. – Colgó el auricular-. Un momento, preguntaré a nuestro director, el señor Gardner. Le gusta conocer personalmente a los alumnos nuevos.

Vuelvo enseguida. – Apenas había salido por la puerta cuando asomó la cabeza-. ¿Quieren pedir a Dora. Mae el texto del programa impreso mientras esperan? La impresora suministrará el material.

La pareja se dirigió a la otra oficina, donde permaneció frente al mostrador en forma de medialuna, oyendo el ruido de la impresora.

Tom Gardner estaba sentado frente al escritorio, ante la puerta abierta de su despacho, con la oreja pegada al auricular del teléfono, tratando de razonar con un vendedor de libros de texto; faltaban sólo tres días para el inicio de las clases, y los nuevos manuales de inglés de décimo curso no habían sido enviados aún.

Al ver a Joan, le indicó con un gesto de la mano que esperase, sin interrumpir su conversación telefónica:

–Nuestro agente de compras los pidió en enero del año pasado… ¿Está seguro? ¿Cuándo? ¡En julio! Pero ¿cómo es posible que los libros hayan desaparecido? Señor Travis, el problema es que el martes próximo quinientos noventa alumnos de décimo curso entrarán por estas puertas, y el inglés es una asignatura obligatoria. – Tras un largo silencio, escribió el número de una nota de embarque y añadió-: ¿En la plataforma de embarque? ¿De qué tamaño eran las cajas? – Soltó el lápiz y, frotándose la frente, agregó-: Comprendo. Sí, gracias. Inspeccionaré aquí. Si no es posible encontrarlos, ¿hay existencias? Sí, se lo agradezco. Adiós.

Tras colgar el auricular, respiró hondo.

–Libros de texto desaparecidos. ¿Qué puedo hacer por usted, Joan?

–Ha venido un alumno enviado por otro colegio, y seguramente usted querrá conocerlo. Estudiará cuarto año y desea jugar en el equipo de fútbol.

¿Puede usted atenderlo?

–Por supuesto -dijo Tom, echando hacia atrás el sillón y poniéndose en pie.

Aunque le encantaba su trabajo, detestaba la semana anterior al inicio de las clases. En esos días de frenética actividad él se convertía esencialmente en el hombre que resolvía problemas, realizaba su tarea en medio del caos dejado por el personal de la escuela de verano y el trajín de personas que

movían las cosas que no debían moverse, escondían los equipos que les molestaban y acumulaban material en los lugares más inverosímiles.

Los electricistas estaban instalando un nuevo sistema de iluminación, y algún estúpido había ocultado una caja de accesorios, de modo que no había luz en el departamento de economía doméstica. Una profesora de física que Tom había contratado en el mes de mayo había telefoneado la víspera para anunciar que acababa de aceptar una oferta mejor. Y para colmo, la editorial de libros de texto afirmaba que el 15 de julio una compañía de transporte había depositado en una plataforma de embarque treinta cajas de material que el colegio no había llegado a recibir.

Pese a los numerosos problemas, Tom Gardner ofrecía un semblante sereno y concentraba sus esfuerzos en la faceta de su trabajo que consideraba más importante para los alumnos.

El nuevo estudiante esperaba con su madre al otro lado del mostrador; un joven alto, moreno y apuesto, de constitución atlética, que deseaba jugar a fútbol.

Joan realizó las presentaciones.

–Éste es Kent Arens. Este año cursará cuarto; Kent, éste es el director, el señor Gardner.

Tom estrechó la mano del muchacho y sintió la fuerza de su sólida musculatura.

–Y ésta es Mónica, la madre de Kent.

Los dos se estrecharon las manos en un gesto mecánico, como suelen hacer los desconocidos, hasta que de pronto un sexto sentido alertó a Tom.

–¿Mónica? – dijo, observándola detenidamente-. ¿Mónica Arens?

La incredulidad agrandó los ojos de la mujer.

–¿Tom? ¿Tom Gardner?

–Caramba, qué sorpresa.

–¿El señor Gardner… el director? – La mujer volvió la mirada hacia la placa con el nombre, junto a la puerta del despacho.

–En efecto. Trabajo en este centro desde hace dieciocho años, primero como profesor, después como director. – Soltó la mano de la visitante, pues resultaba ridículo sostenerla sobre el alto mostrador-. Supongo que vives en el distrito escolar.

–Yo… sí… nosotros… -La mujer se sonrojó-. Acaban de trasladarme aquí.

Ejerzo de ingeniero en 3M. Ignoraba que vivías aquí. Ni siquiera conocía el nombre del director hasta que la señora Berlatsky lo mencionó hace un minuto.

–Bien, así es la vida -comentó Tom con una sonrisa amable-. Los caminos se cruzan, ¿verdad? – Apoyando las manos en las caderas, observó con afecto a la visitante, quien, aún ruborizada, se mantenía muy seria; daba la impresión de que se esforzaba por mostrarse serena en una situación que le resultaba embarazosa-. Ya veo que tienes familia… -Tom miró al joven.

–Sí, un hijo, Kent.

Kent era realmente un joven apuesto, tan alto como Tom.

–¿Conoce usted a mi madre? – preguntó el muchacho, sorprendido por el descubrimiento.

–La conocí hace mucho -replicó Tom-. En 1975.

–Desde entonces no nos veíamos -se apresuró a matizar Mónica.

–Bien, ya hemos hablado bastante de nosotros. Te hemos dejado fuera de la

conversación, ¿no es así, Kent? ¿Por qué no pasáis a mi despacho, donde hay menos confusión y menos ruido? Charlaremos allí.

En el despacho de Tom, desde el cual se veían el jardín y el campo de fútbol, se sentaron alrededor del escritorio. El sol de la mañana entraba en la habitación e iluminaba la pared sur, donde diversas fotografías de la familia Gardner miraban hacia el escritorio de Tom.

El director se acomodó en el sillón giratorio, unió las manos y dijo al muchacho:

–Bien, me han comentado que quieres jugar a fútbol.

–Sí, señor.

–¿Has jugado antes? ¿En el último colegio a que asististe?

–Sí, señor. Jugué mientras cursaba segundo y tercero, y el último año fui titular del equipo.

–¿Qué lugar ocupabas?

–Defensa.

Tom, que había sido entrenador, sabía qué preguntas era necesario formular para determinar si un muchacho era hombre de equipo o estaba más interesado en su propio lucimiento.

–¿Cómo era tu equipo?

–Excelente. Tuve algunos compañeros realmente buenos, y nos llevábamos bien. Resultaba fácil jugar porque en cierto modo… nos entendíamos y cada uno preveía qué haría el otro.

A Tom le agradó la respuesta.

–¿Y tu entrenador?

Kent se limitó a contestar:

–Lo echaré de menos.

Estas palabras impresionaron aún más a Tom, que tuvo la impresión de que conocía al muchacho; no sólo sus facciones sino también sus gestos le resultaban familiares.

–Bien, háblame de tus objetivos -dijo Tom, deseoso de saber más cosas del muchacho.

–¿Inmediatos o a largo plazo?

–Los dos.

–Bien… -Kent apoyó los codos en los brazos del sillón, unió las manos y se aclaró la voz mientras meditaba la respuesta-. A corto plazo… deseo mejorar mi estado físico. – Esbozó una sonrisa entre tímida y orgullosa-. He de reconocer que estoy bastante bien, pero me gustaría mejorar.

–Excelente -comentó Tom, sonriendo complacido-. ¿Y tus metas generales?

–Quiero ser ingeniero, como mi madre. – Kent volvió la cabeza hacia ella, y de pronto algo atrajo la mirada de Tom, un detalle en que no había reparado antes; un pequeño remolino de cabello en el nacimiento de la frente.

Tom tenía también uno en el mismo lugar.

A Tom Gardner le dio un vuelco el corazón mientras el muchacho continuaba hablando:

–Desearía estudiar en Stanford porque cuenta con un excelente programa de ingeniería y un gran equipo de fútbol. Considero que soy bastante bueno para merecer una beca por el fútbol… es decir, si puedo jugar de nuevo este

año para que los inspectores de los grandes equipos me vean.

El muchacho miró de nuevo a Tom. La semejanza era sobrecogedora.

¡Sorprendente!

El director desvió la vista y tendió la mano sobre el escritorio.

–¿Tienes inconveniente en que eche una ojeada a tus calificaciones?

Concentró la atención en el papel azul, confiando en que cuando volviese a mirar a su interlocutor llegaría a la conclusión de que se había equivocado.

El joven había elegido una carga muy pesada: cálculo numérico, química superior, física superior, estudios sociales, entrenamiento con pesas e inglés.

Inglés… impartido por Claire, la esposa de Tom.

Continuó rehuyendo la mirada del joven y, cuando por fin lo miró, vio rasgos que se parecían demasiado a los que le devolvía el espejo cada mañana; un rostro largo y moreno, ojos castaños bajo cejas oscuras, una nariz aquilina, un mentón bien formado y sólido, con un hoyuelo, y ese pequeño remolino al final de la frente, el rasgo que Tom había odiado toda su vida.

Desplazó su atención hacia Mónica, quien tenía la vista clavada en su regazo, la boca tensa. Recordó cómo se había sonrojado cuando fueron presentados en la oficina exterior, cómo se había inquietado. Santo Dios, si era cierto, ¿por qué no se lo había dicho diecisiete, dieciocho años atrás?

–Bien… -comenzó a decir Tom, pero la voz se le quebró y carraspeó antes de proseguir-: Has escogido asignaturas muy difíciles. Y encima el fútbol.

¿Estás seguro de que puedes afrontar todo esto?

–Creo que sí. Siempre he cursado muchas disciplinas y practicado deportes.

–¿Qué calificaciones obtuviste el año pasado?

–Un promedio bastante alto. Mamá pidió a mi antigua escuela que enviase aquí mi expediente, pero creo que aún no ha llegado.

Tom se inclinó en el sillón y, con la esperanza de que su rostro no delatase su nerviosismo, declaró:

–Me agrada lo que veo y el modo en que hablas, Kent. Creo que será conveniente que te entrevistes con el entrenador Gorman. El equipo lleva dos semanas trabajando, pero la decisión de si puedes formar parte de él depende del entrenador.

Mónica miró a Tom a los ojos por primera vez desde que había entrado en el despacho. Por fin había recuperado el dominio de sí y se mostraba calmada.

–De todos modos, irá a la universidad -aseguró-. Sin embargo, si se le niega la oportunidad de jugar en el último curso, ya sabes cuáles serán sus posibilidades de conseguir una beca.

–Entiendo. Hablaré con el entrenador Gorman para pedirle que te ponga a prueba. Kent, ¿podrías acudir al campo de fútbol esta tarde a las tres? El equipo estará entrenando a esa hora, y podré presentarte a Gorman.

El joven miró a su madre. Ésta dijo:

–No veo ningún inconveniente. Puedes llevarme a casa y regresar aquí en el automóvil.

–Muy bien -dijo Tom.

En ese momento Joan Berlatsky asomó la cabeza por la puerta.

–Disculpe, Tom. Olvidé informar a Kent de que hay un grupo de alumnos nuevos que se reúnen todas las semanas, los jueves por la mañana, antes de las clases; un modo agradable de conocer a los compañeros, si te interesa reunirte con ellos.

–Gracias, me lo pensaré.

Cuando Joan se hubo retirado, Tom se puso de pie. Los otros dos lo imitaron.

–Bien, Kent… -Tendió la mano sobre el escritorio y Kent la estrechó. Al observar más de cerca el moreno rostro del joven, la sospecha de Tom pareció aún más verosímil-. Bienvenido a nuestro colegio. Si puedo hacer algo para facilitar su traslado aquí, dímelo. Estoy siempre a disposición de los alumnos… aunque sólo sea para conversar… -Tom rodeó el escritorio y estrechó la mano de la mujer-. Mónica, me ha alegrado volver a verte.

La miró a los ojos en busca de un indicio, pero ella no expresó nada, y permaneció distante.

–También yo me alegro de verte de nuevo.

–Te digo lo mismo que a Kent; si necesitas algo, llámame. La señora Berlatsky y yo estaremos encantados de ayudar en todo lo posible.

Se despidieron en la puerta, y él los miró mientras se alejaban por la desordenada oficina exterior, donde alguien había abierto de par en par las puertas para diluir el intenso olor de la pintura. En la radio sonaba una canción de Rod Stewart, y una fotocopiadora producía ruidos rítmicos al tiempo que escupía papeles amarillos. Las secretarias mecanografiaban frente a los escritorios, y un trío de docentes comprobaba el contenido de sus buzones y charlaba… Todos se hallaban enfrascados en sus asuntos, ignorantes del impacto que acababa de recibir el hombre que los dirigía. Él observaba cómo Mónica Arens y su hijo salían de la oficina y cruzaban el vestíbulo para salir al soleado día de agosto. Madre e hijo charlaban mientras caminaban hacia un flamante Lexus azul. El muchacho se instaló ante el volante, puso en marcha el motor, y el sol se reflejó en la limpia y luminosa carrocería mientras el vehículo retrocedía, giraba y desaparecía de la vista.

Sólo entonces Tom Gardner se movió.

–Deseo que no me molesten durante un rato -dijo a Dora Mae, entrando en su oficina. Cerró la puerta, que normalmente permanecía abierta cuando se entrevistaba con un estudiante, y se apoyó contra ella. Sentía una opresión en el pecho, y en el estómago se le había formado un nudo de temor. Cerró los ojos, tratando en vano de vencer el miedo.

Se apartó de la puerta, abrió los ojos y, un tanto aturdido, se acercó a la ventana, donde permaneció de pie, iluminado por los rayos oblicuos del final de la mañana, con una mano en la boca y la otra sobre las costillas.

Fuera, en el jardín, el sol bañaba el uniforme césped y moteaba los árboles podados; a lo lejos se veían las pistas de tenis y, más allá, los trigales.

Tom Gardner no vio nada de eso.

En cambio, vio el bello rostro de Kent Arens y el rubor de la madre del muchacho; después su expresión hermética y el aire distante mientras evitaba cuidadosamente la mirada de Tom.

Dios santo, ¿era posible que el chico fuese su hijo?

Las fechas coincidían.

La tercera semana de junio de 1975, la semana de su boda con Claire, que por aquel entonces estaba embarazada de Robby. Lamentaba esa falta cometida dieciocho años antes, esa única infidelidad en vísperas de la boda, ese pecado por el cual había sufrido en silencio durante la primera etapa de su matrimonio, pero que había olvidado gradualmente a medida que pasaban los años en fidelidad absoluta a Claire.

Apartó la mano de la boca y sintió la garganta seca. Quizá el muchacho no tenía diecisiete años. Quizá contaba dieciséis… ¡o dieciocho! ¡No todos los alumnos de cuarto curso tenían diecisiete años! Sin embargo la mayoría correspondía a esa edad, y el sentido común le decía que Kent Arens era demasiado alto y estaba demasiado desarrollado para contar sólo dieciséis.

Era evidente que ya se afeitaba todos los días, y los hombros y los músculos del pecho eran los de un joven. Por otro lado, el sorprendente parecido físico con Tom justificaba la terrible sospecha.

Observó las fotografías de su familia colgadas en la pared, rozó los marcos.

Su familia. Claire, Chelsea y Robby.

Ninguno de ellos sabía una palabra de lo que había sucedido la noche de su despedida de soltero.

Ojalá ese muchacho no sea mi hijo.

Se volvió bruscamente y abrió la puerta.

–Dora Mae, ¿ya ha archivado la solicitud de inscripción de Kent Arens?

–Todavía no, aquí está. – La cogió del escritorio y la entregó al director, quien regresó con ella a su despacho, se dejó caer en el sillón y la leyó con atención.

Sí, Kent tenía diecisiete años; fecha de nacimiento, 22 de abril de 1976, exactamente nueve meses después de la irresponsable rebelión de Tom Gardner contra un matrimonio para el cual no estaba preparado.

Nombre de los padres: Mónica J. Arens; no se mencionaba el nombre del padre.

Trató de recordar aquella noche, pero había transcurrido tanto tiempo, y él había bebido demasiado; Mónica, por su parte, era sólo esa joven que apareció en la fiesta con unas pizzas. ¿Alguno de ellos había tomado medidas para evitar el embarazo? No tenía idea de qué había hecho Mónica al respecto. ¿Y él? Probablemente no, porque por aquel entonces Claire ya estaba encinta, de modo que no era necesario que Tom se preocupase por ello. Anteriormente Claire tomaba la píldora, pero había olvidado llevarlas consigo durante una excursión de fin de semana para practicar esquí en Colorado, y como la mayoría de los jóvenes había creído que eran

invulnerables. Y Claire había quedado embarazada.

¿Irresponsable? Sí, por supuesto, había actuado de forma irresponsable en su fiesta de despedida de soltero, inducido por la cantidad de alcohol consumido y las películas pornográficas que le habían mostrado sus amigos de la fraternidad, hasta el punto de que se había acostado con una joven a quien apenas conocía.

Y todo porque lo apremiaban a embarcarse en un matrimonio que, en definitiva, había demostrado ser lo mejor que podía haberle sucedido.

Sentado ante el escritorio, con la solicitud de inscripción de Kent en la mano, Tom suspiró. ¿Cabía la posibilidad de que el muchacho se le pareciese tanto y no fuese suyo? Dadas las circunstancias, lo dudaba. Y si él había percibido tan fácilmente la semejanza, igualmente la advertirían los miembros del personal, o Chelsea, o Robby o Claire.

Pensar en la posible reacción de su esposa le aterrorizó, y se levantó del sillón, dejando la solicitud en la mesa.

–Estaré en el despacho 232 -anunció a Dora Mae al pasar junto al escritorio de ésta.

Como en la oficina principal, en los largos pasillos que conducían a las aulas reinaba el desorden; en los rincones se amontonaban materiales, cubiertos con lienzos protectores que olían a pintura. De algunas clases llegaba el sonido de los receptores de radio, con el volumen bajo, mientras los docentes, protegidos con ropas de trabajo, ordenaban las aulas. La directora de audiovisuales se acercó a Tom empujando un carrito atestado de grabadoras, que maniobraba con dificultad en el corredor repleto de artefactos.

–Hola, Tom -saludó.

–Hola, Denise.

–Necesito hablarte de la nueva clase de fotografía que impartiré.

Necesitamos el cuarto oscuro.

–Pasa por mi oficina, y trataremos de solucionarlo.

A Tom le molestó aquel comentario sobre asuntos escolares, y de inmediato experimentó una punzada de culpabilidad porque estaba permitiendo que las preocupaciones personales eclipsaran la importancia de la tarea por la cual le pagaban. No obstante en ese momento nada le importaba tanto como su relación con Claire.

A medida que se aproximaba al despacho de su esposa, se sentía cada vez más aterrorizado, como si la falta cometida dieciocho años antes se expresara en su cara, y su esposa, al mirarlo, pudiera decir: «¿Cómo fuiste capaz de hacer eso, Tom? ¿Dos mujeres al mismo tiempo?»

El despacho de Claire estaba orientado al sur, al igual que el de Tom. Una placa junto a la puerta rezaba: «Señora Gardner.» Aunque el colegio no aplicaba una norma específica respecto al uso del nombre de pila de los docentes por parte de los alumnos, ella afirmaba que el respeto inherente al empleo del término más formal influía en la actitud que aquéllos demostraban en el aula. Y en efecto lograba que sus pupilos la tratasen con la deferencia debida.

Tom se detuvo ante la puerta abierta y observó que su esposa, de espaldas a él, sacaba una brazada de portafolios de una caja de cartón. Vestía pantalones azules y un jersey rojo que casi le llegaba a las rodillas; el sol iluminaba su rubia cabellera y sus hombros. Jadeando, la mujer depositó en una mesa la pesada pila de papel, se recogió el cabello, apoyó las manos en la cintura y se estiró. Al ver así a Claire, ajena a su mirada y trabajando, ordenada y elegante, y hermosa después de dieciocho años de matrimonio y dos hijos, Tom experimentó una súbita punzada de temor ante la posibilidad de perderla.

–¿Claire? – dijo, y ella se volvió sonriente al oír su voz. Estaba bronceada después de un verano dedicado al golf. Un par de aros de oro se

balanceaban sobre su piel dorada.

–Hola, ¿cómo están las cosas abajo?

–Todavía desordenadas.

–¿No has encontrado aún los nuevos libros de texto de inglés?

–Todavía no. Continúo trabajando en el asunto.

–Aparecerán en cualquier sitio. Siempre sucede lo mismo.

Los manuales desaparecidos carecían ya de importancia para Tom, que entró en la habitación y se detuvo frente a su esposa.

–Claire, he pensado…

El rostro de Claire se ensombreció.

–Tom, ¿qué sucede?

Él la abrazó.

–¿Qué pasa, Tom?

–Salgamos el sábado por la noche, durmamos fuera, solos tú y yo. Podemos pedir a papá que se quede con los chicos.

–¡Realmente sucede algo!

Tom percibió una súbita inquietud en la voz de Claire y notó sus hombros rígidos.

–Lo necesito. – Se apartó un poco para mirarla a la cara, manteniendo las manos sobre los hombros de la mujer-. Y creo que a ambos nos vendría bien pasar una noche a solas antes de que comiencen las clases.

–Creía que habíamos hecho un trato… Nada personal en el edificio de la escuela.

–En efecto, pero soy el director, y de tanto en tanto pueden infringirse las reglas si así lo deseo.

Inclinó la cabeza y la besó con mayor pasión de la que a veces demostraba en el dormitorio. Amaba a esa mujer de un modo que años atrás le había parecido imposible. Sí, se había casado bajo presión, y en aquel momento había alimentado cierto resentimiento hacia ella; un joven que acababa de salir de la universidad necesitaba conquistar puntos de apoyo antes de ligarse a una esposa y los hijos. Pero ella había quedado embarazada, y él había adoptado lo que a la sazón consideró «la actitud más honorable». En su caso el amor apareció más tarde, después de que ella tuviera a Robby y él viera cómo lo cuidaba. Al año siguiente nació Chelsea, dos años después Claire se incorporó al trabajo y atendió de manera admirable la doble tarea.

Era inteligente y laboriosa, y tenían muchas cosas en común -ambos eran docentes-, de modo que no podía imaginarse con otra mujer. Además eran buenos progenitores; en el colegio habían presenciado los desastrosos resultados del mal desempeño de la función de padres. El divorcio, los agravios, el alcoholismo, el descuido… Con frecuencia conversaban con los padres de niños que sufrían a causa de esas situaciones. Por consiguiente, Tom y Claire sabían cuál era el ingrediente de una familia fuerte; hablaban sobre el tema, mantenían una relación sólida y afectuosa y formaban un frente unido ante los hijos cuando llegaba el momento de decidir. Se consideraban afortunados porque hasta entonces sus métodos y el amor manifiesto hacia sus vástagos habían producido resultados maravillosos.

Los niños mostraban excelentes cualidades.

¿Amar a Claire? Por supuesto que la amaba. Después de tantos años y los esfuerzos realizados, su relación se había convertido en la base a partir de la cual ambos orientaban sus vidas.

Una jovencita de largos cabellos rubios apareció en el umbral y se detuvo, paralizada por el espectáculo que ofrecía el director al besar a una profesora de inglés. Sonriendo, apoyó un hombro contra el marco de la puerta, cruzó los brazos y los pies, calzados con unas zapatillas gastadas.

Chelsea Gardner observó cómo las manos de su madre apretaban la espalda de Tom y se sintió invadida por un sentimiento de seguridad y felicidad.

Aunque sus progenitores manifestaban abiertamente su afecto en el hogar, nunca los había visto hacerlo en el colegio.

–Pensaba que en este centro existía una regla que prohibía las caricias en los pasillos.

Las cabezas de Claire y Tom se separaron bruscamente, pero las manos del hombre permanecieron sobre la espalda de Claire.

–Oh, Chelsea… hola -saludó Tom.

La muchacha se acercó sonriente a sus padres.

–Podríais recibir una nota de advertencia por lo que estáis haciendo. ¿No es cierto que hay muchas quejas acerca de actos como éste, y que los profesores los comentan a la hora de la comida? ¿No es cierto que se habla de los individuos que manosean a las chicas en el vestuario y las arrinconan bajo la escalera?

Tom se aclaró la voz.

–Estaba invitando a tu madre a salir el fin de semana. ¿Qué te parece?

–¿Salir? ¿Adónde?

–No lo sé. Podríamos pasar la noche fuera.

–¡Pasar la noche fuera! – exclamó Claire-. Oh, Tom, ¿hablas en serio?

–Papá, creí que no te gustaba esa clase de travesuras -replicó Chelsea.

–Yo también -agregó Claire observando con curiosidad a su marido.

–Bien, solamente pensé… -Tom se encogió de hombros y se apartó de Claire-. Cuando comiencen las clases apenas tendremos tiempo libre.

Chelsea sonrió.

–Bien, opino que es una buena idea.

–Preguntaré al abuelo si puede quedarse en casa el sábado por la noche.

–¡Al abuelo! Oh, vamos, papá, por favor… somos bastante mayorcitos y podemos estar solos.

–Ya sabes qué opino acerca de los padres que dejan solos a sus hijos.

–Sí, lo sé -admitió Chelsea-. Bien, lo que decidáis acerca del abuelo estará bien. Sólo he venido para pedir dinero porque quiero comprar un par de zapatillas de tenis. Estas ya no aguantan más.

–¿Cuánto? – preguntó Claire, dirigiéndose hacia su escritorio en busca del bolso.

–¿Cincuenta dólares? – preguntó esperanzada Chelsea.

–¡Cincuenta dólares!

–Todos los jefes de los equipos usan la misma clase de zapatillas.

Tom y Claire tuvieron que reunir el dinero que llevaban encima para obtener la suma que Chelsea necesitaba.

En la puerta, la muchacha se volvió, miró a sus padres y dijo sonriendo:

–Al entrar aquí y ver cómo os besabais, sentí algo extraordinario; pensé que soy la chica más feliz del mundo porque mis padres se llevan bien y no puede ocurrir nada malo en mi familia.

Sus palabras hirieron a Tom como un alambre al rojo vivo. Cuando su hija se hubo marchado, clavó la mirada en la puerta. Ojalá sea cierto, pensó; ojalá nada perturbe la paz de nuestra familia.

Sin embargo, mientras formulaba ese deseo, comprendió que las dificultades ya habían comenzado.

* * *

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Capítulo 2

A las tres de la tarde Tom se encaminó hacia el campo de fútbol, donde el equipo realizaba ejercicios de precalentamiento, y observó que Kent Arens esperaba sentado en un banco.

Le asaltó un cúmulo de emociones al ver que el muchacho se ponía de pie -

erguido, musculoso y fuerte- y se apartaba del asiento. La imagen le produjo un efecto inesperado mientras evaluaba las posibilidades de Mónica como educadora. Las primeras impresiones sugerían que había realizado un trabajo magnífico.

–Buenas tardes, señor Gardner -saludó Kent.

–Buenas tardes, Kent. – Tuvo que esforzarse para hablar y comportarse con serenidad al tiempo que el corazón le latía deprisa-. ¿Ya has hablado con el entrenador Gorman?

–No, señor, acabo de llegar.

–Bien, vamos… debemos entrevistarnos con él.

Echaron a andar, y Tom se sintió impresionado por la proximidad del joven, su vitalidad y su cuerpo bien musculado. El mero hecho de caminar a su lado le provocó una reacción física no muy distinta a la que solía experimentar cuando comenzó a conocer a las muchachas como seres sexuales, aunque en este caso se trataba de una actitud paternal. Le ocasionaba una suerte de sufrimiento desgarrador estar cerca de Kent, creer que era su hijo. ¿Eres mi hijo? La pregunta irrumpía en su mente, implacable como una letanía, junto con otras que deseaba formular si resultaba que aquélla se ajustaba a la verdad.

¿Cómo fue tu infancia? ¿Te afectó la ausencia de un padre? ¿Te preguntaste alguna vez cómo era yo?, ¿dónde vivía?, ¿qué hacía? ¿Hubieras deseado tener hermanos y hermanas? ¿Te mostrabas entonces tan cortés y serio?

Las preguntas reprimidas le oprimían el pecho mientras hablaba de otros temas, como correspondía.

–Resulta difícil realizar un cambio como éste en el cuarto curso.

–Sí, señor, pero ya lo he hecho antes, de modo que sé que puedo adaptarme.

Además la gente se muestra amable con los alumnos nuevos y les ayuda a integrarse.

–Y dedicarse al deporte es ciertamente un modo eficaz de trabar amistades.

Mencionaste otros deportes además del fútbol.

–El baloncesto y las carreras. También practico el tenis y el golf fuera del colegio. En Austin vivíamos cerca de un campo de golf, de modo que decidí aprender.

Eran deportes que Tom también había practicado en diferentes ocasiones, aunque la vida que últimamente llevaba le dejaba poco tiempo para el ocio.

Dedujo que, si el muchacho jugaba a golf con regularidad, Mónica seguramente ganaba lo suficiente para llevar una vida cómoda. Sintió una extraña necesidad de conocer todo cuanto pudiera acerca del muchacho y establecer analogías entre Kent y él.

–¿También te has apuntado en baloncesto y carrera?

–Sí, señor.

–Yo solía entrenar a los alumnos cuando empecé a enseñar -explicó el director-. Creo que tengo buen ojo para identificar al atleta sobresaliente.

Me sorprendería mucho que el entrenador Gorman no te aceptara.

–Ojalá no se equivoque.

Lo cierto era que, como director, Tom sólo necesitaba manifestar que deseaba incluir a un alumno en un equipo para ser obedecido. En este caso los antecedentes del joven, sus metas y su personalidad parecían suficientes.

No dudaba de que Gorman opinaría lo mismo.

Se aproximaron al centro del campo y observaron al equipo, que, vestido con jerséis rojos, ejecutaba carreras cortas combinadas con saltos. El jugador que exhibía el número veintidós alzó el brazo y saludó. Tom respondió al saludo y dijo:

–Mi hijo, Robby.

El entrenador vio al director y echó a andar hacia él. Bob Gorman, un hombre robusto, lucía pantalones grises, cazadora blanca y una gorra roja de béisbol con las iniciales del colegio en blanco. Se detuvo en una banda del campo y, ajustándose mejor la gorra, dijo:

–Hola, Tom.

–Entrenador, ¿cómo va todo?

–No demasiado mal. Están un poco oxidados después de las vacaciones, aunque algunos entrenaron durante todo el verano y se encuentran en buena forma.

–Entrenador, éste es Kent Arens; ha venido de otro colegio para cursar cuarto aquí y quiere formar parte del equipo de fútbol. Jugó los dos últimos años en Austin, Texas, y el pasado participó con su equipo en la competición estatal. Desea estudiar ingeniería en Stanford, quizá con una beca por el fútbol.

El entrenador observó atentamente al muchacho, que era más alto que el propio Gorman.

–Kent -dijo, tendiendo su carnosa mano.

–Mucho gusto, señor.

–¿En qué posición juegas?

–Defensa.

Mientras el entrenador interrogaba a Kent, el número veintidós salió del campo y se acercó al grupo.

–Hola, papá -saludó Robby Gardner sin aliento.

–Hola, Robby.

–¿Estarás aquí después del entrenamiento? Chelsea se ha llevado el coche para ir de compras, de modo que no dispongo de transporte para volver a casa.

–Lo siento, no podré quedarme. Yo… -Tom se frotó la nariz-. Tengo que hacer una diligencia. – Se dijo que no era una mentira. Hasta que descubriera la ver- dad acerca de Kent Arens, había que mostrarse cauteloso.

–¿Y el autobús de la escuela?

–¿El terrible autobús de la escuela? No, gracias. Alguien me llevará.

Cuando Robby ya se alejaba, Tom lo llamó.

–Ah, Robby, un momento. – Se trataba de una situación extraña, y Tom Gardner se preguntaba si debía presentar a sus dos hijos. Dadas las circunstancias, tendría que haber desechado tal idea, pero el protocolo exigía que, como director, se esforzara por facilitar la incorporación de un nuevo alumno-. Deseo que conozcas a Kent Arens. También cursará cuarto y es nuevo en el colegio. Podrías presentarlo a algunos de tus amigos.

–Por supuesto, papá -replicó Robby, volviéndose para observar al recién llegado.

–Kent, éste es mi hijo Robby.

Los dos muchachos intercambiaron un tímido apretón de manos.

Uno era rubio, el otro moreno. Tom resistió la tentación de compararlos más detenidamente. Si su sospecha resultaba cierta, sin duda en el futuro pasaría mucho tiempo haciendo precisamente eso.

–Bien, Kent. Te dejo con el entrenador. Buena suerte.

Dirigió al muchacho un sonrisa antes de salir del campo para encaminarse hacia su automóvil, pasando junto al Lexus azul propiedad de Mónica Arens. La presencia del vehículo le provocó cierta impresión relacionada con el sentimiento de culpa que le producía pensar que el muchacho tal vez era su hijo y con la incertidumbre acerca de cómo afrontar la situación.

Las ventanillas de su Taurus rojo estaban cerradas para proteger el interior del calor de agosto. Permaneció un rato con las portezuelas abiertas y el motor en marcha, preguntándose cómo debería actuar. La imagen de los dos varones estrechándose las manos continuó agitándose en su mente, mientras él se preguntaba: ¿Son hermanos?

Cuando el aire acondicionado comenzó a funcionar, Tom cerró las portezuelas y extrajo el impreso de matriculación de Kent del bolsillo de la chaqueta. En él constaba la dirección, escrita con letra que recordaba a la del propio Tom. La residencia de los Arens se hallaba en un sector de construcciones nuevas, una zona de hogares acomodados que se levantaban en lo alto de la colina, sobre la orilla oeste del lago Haviland, el área residencial occidental de St. Paul Heights, Minnesota. Después de dieciocho años, Tom conocía el distrito escolar casi tan bien como un policía.

Se sintió como un maldito don Juan mientras conducía hacia la casa. Su vertiente emocional deseaba que Mónica Arens se hallara ausente; su faceta

más racional comprendía que de nada servía demorar lo inevitable; debía descubrir la verdad, y cuanto antes, mejor.

La casa era impresionante: un edificio de dos plantas, construido en ladrillo gris, con un techo irregular y un garaje. Se alzaba sobre una elevación del terreno, y el sendero ascendía en un ángulo bastante empinado.

Tom estacionó junto al sendero, se apeó lentamente y, con la mano sobre la portezuela abierta, observó la vivienda. Aún no se había plantado el césped, aunque el terreno estaba preparado para recibirlo, pero sí árboles y arbustos que sin duda habían costado una buena cantidad de dinero. El sendero era de hormigón y relucía bajo la luz del sol; una acera recién construida se elevaba para conectarlo con la puerta principal.

En efecto, Mónica Arens disfrutaba de cierta prosperidad económica.

Cerró la portezuela con un fuerte golpe y se aproximó a la casa, desoyendo los consejos de su instinto, que le advertía que volviera al automóvil, lo pusiera en marcha y dejara las cosas como estaban.

Pero no podía.

Pulsó el timbre y, mientras esperaba, hizo girar el anillo que llevaba en el índice, temiendo el momento en que ella abriría la puerta y comprendiendo que la hora siguiente podría cambiar para siempre su vida.

La mujer abrió por fin y lo miró sorprendida. Lucía zapatillas de tenis y un vestido holgado que le llegaba hasta la mitad de la pantorrilla, una clase de traje que jamás había gustado a Tom y que Claire nunca se ponía, no por el desagrado de su esposo, sino por el suyo propio.

–Hola, Mónica -saludó.

–No sé si deberías haber venido.

–Pensé que teníamos que hablar.

Tom mantenía preparadas las llaves del coche, por si acaso ella le cerraba la puerta. No parecía en absoluto complacida con su vista y permanecía con la mano en el picaporte, la cara desprovista de cualquier atisbo de alegría.

–¿No lo consideras necesario? – preguntó él, la voz casi quebrada por el temor.

Ella respiró hondo antes de responder:

–Sí, supongo que sí.

Tom entró en la casa y oyó cerrarse la puerta a sus espaldas. Se encontró en un vestíbulo que comunicaba con una espaciosa estancia que hacía las veces de salón y comedor. La pared occidental estaba dominada por un hogar flanqueado por dos ventanales, abiertos de par en par hacia una galería con piso de madera que abarcaba todo el costado oeste de la casa. El lugar olía a pintura fresca y, aunque las ventanas carecían de cortinas, encerraba la promesa de un lujo futuro. Diversas cajas colmaban gran parte del espacio entre los muebles. Mónica lo condujo al extremo izquierdo de la habitación, donde había varias sillas de comedor y una mesa parecía recién lustrada, pues el perfume de limón de la cera aún perduraba y las débiles marcas de un trapo se destacaban a causa de la luz procedente de los ventanales. Más allá, la galería se abría hacia el patio trasero sin césped, y se veía una nueva casa aún en construcción a unos cien metros de distancia.

–Siéntate -indicó Mónica.

Él acercó una silla y esperó. La mujer rodeó la mesa y tomó asiento, interponiendo bastante distancia entre ambos. Sólo entonces Tom se sentó.

La tensión se respiraba en el ambiente. Tom se esforzaba por encontrar las palabras apropiadas y disimular su desconcierto. Mónica, por su parte, tenía la mirada clavada en la mesa.

–Bien… -dijo Tom-. Creo que más vale que hablemos francamente… ¿Kent

es mi hijo?

Ella volvió la cabeza hacia el patio trasero. Cambió de posición y murmuró:

–Sí, es tu hijo.

Él respiró hondo y susurró:

–Dios mío.

Con los codos apoyados en la mesa, se cubrió la cara con las manos y sintió que la transpiración le humedecía el cuero cabelludo y las axilas. Cerró las manos y apretó el nudillo del pulgar contra los labios, preguntándose cómo debía actuar a continuación. Jamás se había encontrado en una situación semejante; sentado allí, frente a una mujer beligerante, una auténtica desconocida, hablando del hijo cuya existencia hasta entonces había ignorado.

–Yo… -Tuvo que aclararse la voz-. Me lo temía. El parecido entre ambos es increíble.

Ella guardaba silencio.

–¿Por qué no me lo dijiste?

Mónica alzó la vista y replicó:

–¿No es evidente?

–No; no lo es, al menos para mí. ¿Por qué?

La mujer le lanzó una mirada colérica.

–Cuando me enteré, ya estabas casado. ¿De qué habría servido comunicarte la noticia?

–¡Pero soy su padre! ¿No crees que debería haberlo sabido?

–Y de haberlo sabido, ¿qué habrías hecho?

–No lo sé -contestó él con sinceridad-. Pero no soy la clase de hombre que se limita a descargar la responsabilidad sobre los demás. Te habría ayudado de cualquier modo, al menos económicamente.

Ella profirió una exclamación desdeñosa.

–¿De veras? Si recuerdo bien, tu prometida estaba embarazada cuando te casaste. Yo no formaba parte de tus planes futuros, ni tú de los míos. No sé de qué habría servido informarte.

–Pero ¿no pensaste… no creíste que eso implicaba un engaño?

–Por favor… -Mónica se puso en pie con un gesto que expresaba reproche.

Se alejó dos pasos y se detuvo entre las cajas depositadas en el suelo. Tom se volvió y la siguió con la mirada, con el brazo apoyado en el respaldo de la silla-. Ya habíamos cometido un error -prosiguió Mónica-. ¿De qué habría servido agravarlo? La noche de tu despedida de soltero me comentaste que te casabas por obligación; de todos modos habías decidido aceptar el matrimonio. Si yo te hubiese anunciado después que estaba embarazada, quizá habría destruido tu matrimonio. ¿Qué habría ganado con tal actitud? – Se llevó una mano al pecho-. Además yo no deseaba casarme contigo.

–No -replicó Tom, sonrojándose levemente-. No, por supuesto.

–Fuimos simplemente… Esa noche estuvimos… -Se encogió de hombros.

Se trataba simplemente de una cálida noche de junio que nunca debería haber existido. Dieciocho años después ambos estaban de acuerdo en eso y sufrían las consecuencias.

–Compartimos la culpa -declaró Mónica-. Quizá yo soy más responsable de

lo ocurrido porque no usaba ningún método anticonceptivo y debería haber insistido en que tuvieras cuidado. Pero ya sabes cómo somos a esa edad…

Piensas: «Oh, a mí nunca me sucederá. Por una sola vez…» Cuando acepté, jamás temí que pudiera pasarme algo. Como te he dicho, los dos compartimos la culpa.

–Pero tú no eras quien se casaba el siguiente fin de semana.

–No, pero yo sabía que ibas a contraer matrimonio… Por tanto, ¿cuál de los dos fue más culpable?

–Yo. – Se puso en pie y siguió a Mónica hasta la sala, donde se apoyó contra una pila de cajas que se levantaba frente a ella, a bastante distancia-.

Fue un acto de rebeldía pura y simple. Ella estaba embarazada, y yo me veía obligado a aceptar un matrimonio para el cual no estaba preparado.

Demonios, ¡aún no se había secado la tinta de mi diploma! Deseaba dedicarme a la docencia, gozar de unos pocos años de libertad, comprar un automóvil nuevo, alquilar un apartamento con piscina y vivir con los amigos. En cambio me dediqué a visitar ginecólogos en compañía de mi prometida y tratar de reunir dinero suficiente para pagar un apartamento de un solo dormitorio. Y me tomaban las medidas para un traje de etiqueta que ni siquiera deseaba usar… ¡Por Dios! Era sencillamente… Aún no estaba preparado para eso.

–Lo sé -replicó Mónica con calma-. Lo adiviné antes que tú, antes de que nos acostáramos juntos esa noche, de modo que no tienes por qué darme explicaciones.

–Muy bien, entonces explícame tú por qué te acostaste conmigo.

–¿Quién sabe? – Mónica se acercó a los ventanales abiertos y miró a través de ellos, los brazos cruzados en actitud defensiva-. Insania temporal. Se me ofreció la oportunidad. Jamás fui lo que se considera una mujer fácil, de modo que los hombres no me prestaban mucha atención. Tú eras un joven apuesto con quien había charlado en un par de fiestas y compartido algunas bromas… Después… llevé esas pizzas a la suite del hotel, y allí estabas tú

con tus amigos…

Él se sentó sobre la pila de cajas, lamentando una vez más lo sucedido aquella noche.

–Eso pesé sobre mi conciencia durante mucho tiempo después del matrimonio. Me refiero a lo que hicimos.

Mónica miró a Tom por encima del hombro.

–¿No se lo has dicho?

Él necesitó un instante para apartar el sentimiento de culpa antes de contestar con voz áspera:

–No… -Carraspeó y repitió-: No.

Las miradas de ambos se encontraron, inexpresiva la de ella, turbada la de Tom.

–Y el matrimonio…

Tom asintió.

–Llevamos dieciocho años casados, cada uno un poco mejor que el anterior.

La amo profundamente.

–¿Y el niño que ella esperaba?

–Robby. Estudia cuarto curso en el colegio.

–Dios mío -musitó Mónica tras un hondo suspiro.

–Sí, Dios mío. – Tom se apartó de las cajas y caminó hacia otro rincón de la sala-. En estos momentos ambos están en el campo de fútbol.

»Y Claire…, mi esposa, bien… Claire enseña inglés… Impartirá clases en el curso en que tu hijo… nuestro hijo… se ha matriculado.

–Dios mío -repitió Mónica. Los brazos cruzados se aflojaron levemente por primera vez.

–Además tenemos una hija, Chelsea, que cursa segundo. Formamos una familia muy feliz. – Tras una pausa, añadió-: En el impreso de matriculación de Kent no consta el nombre de un padre, de modo que entiendo que estás sola.

–Sí.

–¿No te has casado?

–No.

–Entonces ¿quién cree Kent que es su padre?

–Le dije la verdad, que su padre era una persona a quien conocí en una fiesta, con quien tuve una breve relación y con quien no deseaba casarme.

Tom, le he dado una vida confortable. Conseguí licenciarme y formar un hogar sólido, con todas las comodidades que un niño puede pedir.

–Ya lo veo.

–No necesitaba un hombre, no lo quería.

–Lamento haberte hecho eso, y también que te amargases.

–No estoy amargada.

–Sin embargo hablas y te comportas como si así fuera.

–Guárdate tus conjeturas -espetó ella con aspereza-. No me conoces, no sabes nada de mí. Soy una mujer que consigue lo que se propone, y eso

siempre me ha parecido suficiente; eso y Kent. Me esfuerzo mucho en mi profesión y trato de ser una buena madre, tareas que compatibilizo perfectamente.

–Lo siento. No pretendía adoptar una actitud crítica y, créeme, jamás censuraría a un padre o una madre que están solos por decisión propia, sobre todo cuando han criado a una criatura tan bien como tú. Conozco a muchas familias mal avenidas porque los padres se empeñan en continuar juntos a causa de los hijos. Esos niños entran y salen de mi despacho todos los días, y los consejeros y la policía intentan enderezarlos… en general sin éxito. Te aseguro que no era mi intención sugerir que no has hecho un buen trabajo. Kent es… -Tom se pasó una mano por el cuello, inquieto. Miró a Mónica e hizo un gesto con la mano-. Kent es el sueño de un educador; buenas calificaciones, metas definidas y una gran diversidad de intereses extraescolares… Supongo que es también el sueño de un padre.

–En efecto.

Si bien la actitud beligerante de Mónica se había atenuado considerablemente en el curso de la conversación, ninguno de los dos se sentía cómodo.

–Lo envié a una escuela primaria católica.

–Católica -repitió él, tocándose distraídamente el pecho, como si quisiera enderezarse la corbata.

–Le proporcionó una base sólida.

–Sí… sí, por supuesto.

–Y los deportes también le han ayudado… En la escuela secundaria de Austin recibió muchos elogios.

Él la miró fijamente y advirtió que la mujer adoptaba una actitud defensiva, cuando en realidad no había motivos para ello. Vaciló unos instantes antes

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