Reencuentro

Lavyrle Spencer · Capítulo 4 de 8 · parte 1/2

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Reencuentro

–Lo descubrí una semana antes de que…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

–Lo descubrí una semana antes de que comenzaran las clases. Se lo comuniqué a Claire anoche. La noticia la conmocionó.

–No me extraña. Este viejo corazón mío se sintió bastante impresionado cuando me lo dijiste.

–Está sufriendo, sufre realmente. – Tom volvió la vista hacia el lago-. No permite que la toque. Demonios, ni siquiera me mira.

–Bien, hijo, tendrás que concederle un poco de tiempo. Lo que hiciste provocará su rechazo.

Tom bebió dos tragos y depositó la lata sobre el brazo de la silla.

–Tengo miedo, papá. Nunca la había visto así. Ayer me abofeteó y hace unas horas me pidió que me marchase, pues, según explicó, no podía permanecer en la misma habitación que yo. ¡Por Dios, papá, nosotros nunca nos habíamos tratado de ese modo! ¡Jamás!

–No creo que lo merecieras.

–Sé que lo merecía. Dije algunas cosas que realmente la hirieron, pero tenía que decir la verdad, ¿comprendes? Y ya sabes cómo son las cosas entre Claire y yo. Siempre hemos basado nuestro matrimonio en el respeto mutuo. Ahora ni siquiera acepta sentarse a conversar.

Wesley reflexionó un momento antes de declarar:

–Las mujeres son criaturas frágiles, variables.

–¡Uf…! Ya lo creo. ¡Acabo de descubrirlo!

–Bien, hijo, la has colocado en una situación difícil. Dos varones que

nacieron el mismo año…

–La otra mujer nunca significó nada para mí. Cuando apareció en el colegio para matricular a Kent, ni siquiera me llamó la atención. No me habría fijado en ella de no haber sido por el muchacho. Pero Claire no se lo cree.

–¿Tú lo creerías? – Wesley terminó la primera cerveza y depositó el envase sobre el piso del porche.

Tom frotó la base de la lata sobre su rodilla. Todavía tenía puestos los pantalones grises con que había ido a la iglesia.

–No -respondió-, supongo que no.

–Bien, eso te demuestra que las cosas no son tan fáciles. Necesitará un poco de persuasión. – Wesley abrió la segunda cerveza-. Por supuesto, esa parte puede ser agradable.

Tom y Wesley se miraron de reojo. Enseguida la picardía se borró de los ojos del anciano.

–De modo que se llama Kent, ¿eh?

Tom asintió.

–Kent Arens.

–Kent Arens… -Wesley paladeó el nombre y preguntó con calma-: ¿Qué aspecto tiene?

Tom meneó la cabeza, desconcertado.

–Dios mío, papá, es increíble. Lo educaron en el Sur y sus modales son impecables. Llama «señora» y «señor» a sus profesores, obtiene notas excelentes, se ha trazado unas metas definidas… Y se parece tanto a mí que casi enmudecí al verlo.

–Desearía conocerlo cuanto antes.

Tom continuó, como si Wesley no hubiese hablado.

–He visto las fotos del muchacho cuando estudiaba en la escuela elemental.

Estaban todas en una carpeta, y cuando las examiné… bien… -Tom observó la uña de su pulgar, que rascaba la pintura de la lata de cerveza-. Fue uno de los momentos más emotivos de mi vida. Yo estaba sentado frente al escritorio, completamente solo, mirando a ese muchacho… que es mi hijo.

Y mientras observaba las fotografías, era como si me viese a mí mismo a esa edad, ¿comprendes, papá? Y al pensar que yo le había engendrado y que, a pesar de ello, me habían impedido compartir la vida con él, y al chico le habían negado la posibilidad de conocerme, me sentí culpable, vacío y tan triste que sollocé. En las dos últimas semanas he llorado más que en estos diez años a causa de este asunto.

–¿Claire sabe todo esto?

Tom se encogió de hombros y miró a su padre. Tras apurar la cerveza depositó la lata en el suelo. Permanecieron callados un rato, aspirando el aroma de los pinos, el olor de la espadaña que crecía en la orilla del lago, mientras un par de patos silvestres alzaba el vuelo graznando para desdibujarse a lo lejos hasta desaparecer de la vista. El sol calentaba las perneras de los pantalones de los hombres, y el techo proyectaba sombra sobre sus cabezas. Wesley introdujo la mano en una caja en busca de anzuelos.

Finalmente Tom habló:

–Kent fue concebido una semana antes de que me casara con Claire.

Wesley terminó de afilar el primer anzuelo y empezó con el segundo.

–Y Chelsea empezaba a enamorarse de Kent, y Robby le ha tomado cierto odio porque ha sustituido a su mejor amigo en el equipo y probablemente

también porque es mejor jugador que él. Mañana en el colegio tendremos que encontrarnos. Tal vez la situación resultará más difícil para Claire, porque es la profesora de inglés de Kent.

Wesley comenzó a trabajar en otro anzuelo, frotando la piedra contra el metal. Se tomó su tiempo, observando su labor con ojos miopes, controlando la punta reluciente antes de darse por satisfecho. Cuando hubo terminado, dejó todas las piezas a un lado antes de hablar.

–Bien, te diré una cosa… -Se recostó en el asiento, con las rodillas bien separadas, descansando las manos sobre ellas-. No hay un solo hombre que no haya cometido en su juventud actos en que no incurriría en la madurez y que corregiría si pudiese retroceder en el tiempo. Convivir con los errores es tarea complicada. El modo en que un hombre afronta una situación difícil dice mucho acerca de él. Creo que está bien sentirse un poco culpable por algunas cosas, siempre y cuando no se le conceda demasiada importancia a la culpa. Sí, señor, la culpa es un director de escena muy duro. Yo opino que es necesario sentirla y retorcerse un poco si es necesario, pero después hay que rechazarla. Sólo debe importarnos lo que se puede modificar.

»Bien, Tom, no puedes cambiar la vida pasada de Kent, pero sí su futuro y, a juzgar por tus palabras, estás decidido a conocerlo mejor. Muéstrate paciente con Claire, continúa amándola… Ella superará el dolor y entonces comprenderá que ese muchacho puede aportar algo a la vida de la familia, y no le quitará nada.

»Entretanto, has de luchar como todos y convencerte de que un grave error no convierte a un ser humano en un bastardo… Trae aquí a tu hijo tan pronto como puedas. Me encantaría conocerlo… Si lo desea, le enseñaré a pescar desde la orilla del río, entre los juncos y a preparar el pescado con salsa de cerveza. También le explicaré cómo era su padre de pequeño. Eso le gustaría, ¿no crees?

Las palabras de Wesley tranquilizaron a Tom. De pronto la situación de su hogar le parecía menos lamentable.

–¿Sabes una cosa? – dijo.

Wesley sonrió.

–Una pregunta peligrosa para formularla a un viejo.

Tom sonrió y volvió la vista hacia su padre.

–Cada vez que te visito, comprendo por qué soy tan buen director.

Wesley lo miró emocionado, pero se limitó a decir:

–¿No beberás la otra cerveza?

–No. Tómala tú.

Wesley contempló el lago con una sonrisa en los labios, pensando qué bien sabía una cerveza en una hermosa tarde como ésa, y cuan grato resultaba que su hijo le confiase sus preocupaciones para aprovechar la sabiduría de un cerebro bastante envejecido. Sí, sin duda era agradable estar sentado allí, en el porche, con los aparejos de pesca cerca y su hijo al lado. Así es, Anne, pensó, elevando la vista hacia el límpido cielo, hicimos un buen trabajo con Tom. Se ha convertido en un hombre excelente.

Los lunes por la mañana la rutina jamás variaba. Tom salía del hogar a las siete menos cuarto, Claire media hora después. A las 7.30 volvían a verse en el comedor de profesores para asistir a la reunión del personal, presidida por Tom.

En casa nada había cambiado. Claire había dormido pegada del borde de la cama, y se había vestido en el cuarto de baño con la puerta cerrada. Los chicos se mostraban distantes y silenciosos. En lugar de desayunar sentados a la mesa, como de costumbre, cada uno tomó un zumo de naranja en su habitación. Cuando Tom se despidió de Claire, pronunció las palabras acostumbradas:

–Me marcho. Te veré después.

Ella no abrió los labios.

Su hogar había parecido una cámara de tortura, y tenía que enfrentarse a otra. Mientras se dirigía al comedor de profesores para asistir a la reunión de docentes, Tom pensó que ese día habría agradecido trabajar en cualquier otro sitio, poder entregarse a preocupaciones que nada tuviesen que ver con la vida familiar. Ya se sentía fatigado mientras se preparaba para enfrentarse a Claire en presencia de todos los demás profesores.

Antes de que la puerta se cerrara a sus espaldas, recorrió la estancia con la mirada, en busca de su esposa. Estaba sentada en la mesa más lejana, con otros miembros de su departamento, bebiendo café, pero sin intervenir en la conversación ni compartir las risas ocasionales. En cuanto él entró, la vista de Claire se clavó en su esposo un instante. Tom se acercó a la gran cafetera de acero inoxidable y se sirvió una taza al tiempo que devolvía algunos saludos e intentaba serenarse.

Habían discutido en otras ocasiones, pero entre ellos nunca había existido una hostilidad de esa magnitud. Le incomodaba actuar como superior de su esposa en momentos en que la culpa gravitaba tan pesadamente.

Los cocineros habían dejado una bandeja con bizcochos calientes. Tom tomó uno y se dirigió con la taza de café caliente al lugar de costumbre, en un extremo cíe la mesa central. Llegó el entrenador Gorman, vestido con chándal y una gorra de béisbol, y recibió numerosas felicitaciones por la victoria del equipo en el encuentro del viernes por la noche. Cuando pasó con un café al lado de la silla de Tom, éste también le felicitó:

–Buen trabajo, entrenador.

Ed Clifton, del departamento de ciencias, comentó a Gorman:

–Bob, al parecer tienes una nueva estrella en el equipo; me refiero al

defensa, Arens.

La escena no era diferente a la que podía presenciarse cualquier mañana de lunes después de un encuentro. El colegio se destacaba en los deportes, y los profesores solían hacer comentarios de esa clase. Pero cuando la conversación se centró en Kent Arens, Tom advirtió que Claire le miraba fijamente y que su rostro adoptaba una expresión especialmente dura. El muchacho causaba impresión… era evidente. Era la clase de alumno que llamaba la atención tanto de los estudiantes como del profesorado, de modo que cuando la relación de Kent con Tom se convirtiese en tema de murmuración en el colegio (y si tal cosa ocurría), Claire sería el blanco de muchas miradas y quizá incluso sería la destinataria de preguntas directas.

Tom se puso en pie y llamó al orden a los presentes, con su usual informalidad.

–Bien, iniciemos la reunión. Cecil -dijo al jefe de ordenanzas-, como de costumbre, comenzaremos con usted.

Cecil leyó una lista de los problemas más urgentes. Después alguien sacó a colación el tema de los alumnos que aparcaban en los lugares asignados a los docentes; era una queja habitual todos los años, y generalmente se tardaban algunas semanas en resolver el asunto.

El jefe del departamento de estudios sociales invitó a Tom a una asamblea de ciudadanos y pidió a los profesores que alentasen al alumnado a participar en la visita a los hogares de las personas mayores, así como en otras actividades de carácter cívico.

Uno tras otro, Tom llamó al jefe de cada departamento, hasta que llegó a Claire.

–¿Departamento de inglés? – preguntó.

–Todavía nos faltan los libros de texto -contestó ella-. ¿Cómo está ese problema?

–Están en camino. Volveremos a hablar del tema en la reunión del departamento de inglés, mañana mismo. ¿Algo más?

–Sí. La obra teatral de los alumnos de cuarto curso. Representaremos una como todos los años, de modo que si alguien dispone de tiempo para ayudarme, agradeceré su colaboración. Como sabéis, no es necesario pertenecer al departamento de inglés para cooperar. No rechazamos a nadie.

No comenzaré a seleccionar el reparto hasta bien entrado este mes, y la representación se celebrará poco antes del día de Acción de Gracias, pero nunca es demasiado pronto para reclamar ayuda.

–Para los nuevos -intervino Tom-, diré que Claire ha organizado algunas representaciones impresionantes. El año pasado presentó El mago de Oz.

Este año será…

Se volvió hacia Claire, que ostensiblemente se negó a mirarlo.

–Steel Magnolias -dijo ella.

El personal estable, que conocía a ambos desde hacía años, pudo sentir una corriente fría, como si hubiesen abierto la ventana en un día de invierno.

Durante el resto de la reunión todos se mantuvieron atentos, recogiendo la tensión desusada entre el director y su esposa, y sobre todo la hostilidad que demostraba Claire.

Cuando la reunión terminó, Tom se volvió para hablar con un compañero.

Claire se encaminó hacia la puerta, tomando el camino más largo alrededor de las mesas, para evitar la cercanía de su esposo.

Varios minutos después, todavía tenso a causa de la reunión, Tom se apostó en el pasillo principal, a cierta distancia de la entrada, mientras comenzaban a llegar los autobuses escolares. Observó cómo los alumnos se apeaban y caminaban por la acera en dirección al edificio, conversando y riendo.

Vio a Kent tan pronto como bajó del autobús. Al advertir que se acercaba, el

corazón empezó a latirle con fuerza. No era preciso conocer mucho al muchacho para percibir que estaba turbado. Con una expresión dura en el rostro y sin hablar con nadie, caminaba portando una carpeta que le golpeaba el muslo derecho, los hombros alzados, la cabeza erguida; los andares de un atleta. Lucía el peinado de moda entre los jóvenes y vestía vaqueros y cazadora de nailon sobre una camisa blanca con el cuello abierto. Como de costumbre, sus ropas estaban limpias y bien planchadas.

Su aspecto decía mucho acerca de los cuidados que le dispensaba su madre.

Entre los estudiantes que descendían del autobús, se destacaba no sólo por su pulcritud, sino también por su apostura y corpulencia. Tom experimentó orgullo y temor a la vez al recordar que ese joven imponente era su hijo.

La ansiedad lo dominó de pronto al pensar en la complejidad de su relación con él, en ese pasado que necesitaba un poco de análisis y en el incierto futuro.

Evocó el último encuentro con Kent, cuando éste le había espetado: «Usted se acostó con ella y huyó.»

Se acercó una estudiante.

–Hola, señor Gardner.

Tom se volvió bruscamente.

–Hola, Cindy.

Cuando miró de nuevo hacia la puerta, Kent estaba entrando. Las miradas de ambos se cruzaron, y el muchacho vaciló. Tom notó el que el pulso le latía con fuerza en el cuello. El encuentro era inevitable. Tom estaba en el cruce de dos pasillos, y Kent tenía que enfilar uno de ellos. Avanzó con cierta prisa, como si quisiera alejarse sin hablar.

Tom no se lo permitió.

–Buenos días, Kent.

–Buenos días, señor -saludó, educado, sin detenerse.

–Desearía hablar contigo, si dispones de unos minutos.

Kent clavó la mirada en las espaldas de los alumnos que caminaban delante.

–Señor, estaré muy ocupado todo el día. Después de clase debo entrenar.

Tom se sonrojó avergonzado; un alumno acababa de desairar al director.

–Muy bien. En ese caso, ya encontraremos otro momento. – Retrocedió un paso para permitir que el muchacho siguiera su camino, enviándole un mensaje silencioso de disculpa.

Robby había partido hacia la escuela temprano para entrenar un rato en el gimnasio, de modo que Chelsea fue en autobús. No habló con nadie. Miró por la ventanilla largo rato, sin ver nada, excepto melancólicos recuerdos del hogar, mientras el asiento crujía y se movía bajo su cuerpo. Cuando el autobús se detuvo, descendió y enfiló hacia el edificio, empujada por una oleada de alumnos, buscando con la mirada a su padre antes de atravesar la puerta de vidrio. En cuanto la hubo cruzado, lo vio allí, como siempre, en la confluencia de los dos pasillos. Por un momento su presencia la tranquilizó; se hallaba en el lugar en que solía verlo todas las mañanas. Sin embargo durante el fin de semana todo había cambiado. Una amenaza se cernía sobre su felicidad, y el terror anidaba en el pecho de la jovencita.

–Hola, papá -murmuró al detenerse ante él, sosteniendo un portafolios amarillo.

–Hola, querida. – Las palabras eran las de costumbre, pero la sonrisa que las acompañaba era forzada. Chelsea se sentía como una turista en un país extranjero, donde imperaban costumbres distintas a las que ella conocía.

Detestaba la necesidad de abrirse paso entre las enmarañadas tensiones de su familia, en circunstancias en que no disponía de un criterio que la guiase.

Ella, que siempre se había mostrado tan animosa en las conversaciones y el intercambio de afecto con sus padres, ya no sabía cómo abordarlos, qué decir o hacer.

–Papá, me gustaría… -Las lágrimas asomaron a sus ojos-. ¿Cuándo haréis las paces mamá y tú?

Tom la rodeó con el brazo para apartarla del movimiento de alumnos.

Juntos volvieron hacia la pared, y Tom inclinó la cabeza hacia ella.

–Chelsea, querida, lamento que te veas atrapada en medio de este asunto. Sé que es mucho pedir, pero me gustaría que te comportaras como si nada hubiera ocurrido. Concentra tu atención y tus esfuerzos en la escuela, como siempre, y trata de disfrutar sin preocuparte demasiado por nosotros.

Resolveremos el problema, estoy seguro, aunque no sé cuándo. Entretanto, si mamá se conduce de un modo distinto, te ruego que la perdones. Si yo también cambio de actitud, perdóname.

–Pero, papá, es muy difícil. Hoy ni siquiera me apetecía venir al colegio.

–Ya lo sé, cariño, pero lo peor de una situación como ésta es que nos debilita como familia. De todos modos quiero que nos comportemos como siempre.

Ella inclinó la cabeza, intentando evitar que le brotaran las lágrimas y le estropeasen el maquillaje.

–Jamás nos había sucedido algo como esto. Nuestra familia era perfecta…

–Lo sé, Chelsea, y volverá a serlo; no perfecta, porque ninguna familia lo es (creo que estamos comprobándolo), pero sí feliz, como antes. Yo me esforzaré para conseguirlo, ¿comprendes?

La muchacha asintió, y sus lágrimas cayeron sobre el portafolios amarillo.

Todavía se hallaban de cara a la pared, y Tom rodeaba con el brazo los hombros de su hija. Ambos advirtieron que algunos alumnos, al pasar, los

miraban con curiosidad.

Chelsea se enjugó discretamente las lágrimas.

–Papá, ¿puedo usar el espejo de tu despacho?

–Por supuesto. Te acompañaré.

–No; no es necesario.

–Querida, me apetece. Eres la única que ha hablado conmigo en dos días, y eso me reconforta.

Ya en el despacho de Tom, Chelsea abrió la puerta del armario y se ocultó detrás para que las secretarias no la vieran. Mirándose en el espejo comenzó a arreglarse el maquillaje, mientras Tom se acercaba a su escritorio para echar un vistazo a los mensajes telefónicos. Después de leer la mitad, los dejó caer y se situó detrás de su hija.

Ella renunció al intento de arreglar el maquillaje cuando sus miradas se encontraron en el espejo. Chelsea nunca había visto dos figuras más melancólicas.

–Papá, ¿qué debo hacer con respecto a Kent? No sé qué decirle.

Él la tomó gentilmente de los hombros.

–Tienes que ser su amiga. Te necesitará.

–Dudo de que tal cosa sea posible. – La muchacha se sentía muy preocupada ante la perspectiva de verlo después de aquel beso.

–En ese caso, dale tiempo. Probablemente él tampoco sabrá cómo tratarte.

–Ni siquiera sé qué diré a Erin. Seguramente adivinará que hay problemas.

Le dije que no podía hablar con ella por teléfono cuando me llamó ayer.

–Querida, no puedo aconsejarte al respecto. Tal vez sea mejor que nos concedamos un par de días. Esta situación provoca tensión. Y hemos de pensar que los sentimientos de Kent son tan importantes como los nuestros.

Permanecieron en silencio, Tom con las manos sobre los brazos de su hija, ella mirando fijamente el dibujo de la corbata de su padre. ¿Cómo era posible que la vida cambiase de un modo tan drástico y repentino?, se preguntaban ambos. Chelsea suspiró y se volvió, extrajo un pintalabios y maquillaje del bolso y comenzó a aplicárselo mientras él caminaba hacia su escritorio para ordenar recados telefónicos, renunciando al intento de leerlos. A continuación se acercó a su hija de nuevo.

–Bien, ¿qué opinas de todo este asunto? – murmuró.

Ella miró su reflejo en el espejo, dejando el aplicador de rímel suspendido cerca de las pestañas. Se encogió de hombros:

–No lo sé.

–¿Estás impresionada?

Ella bajó la vista.

–Un poco.

–Sí, yo también.

Tras un silencio, Tom declaró:

–Creo que te sentirías bastante incómoda, si todos supieran qué vínculo me une a Kent.

Con el mentón apoyado en el pecho, Chelsea musitó:

–Sí… supongo que sí.

–¿Estás enojada conmigo?

Como ella se negó a levantar la cabeza, Tom se inclinó y acercó el rostro al de su hija.

–¿Quizá un poco? – dijo Tom.

–Quizá -reconoció ella de mala gana.

–Está bien, Chelsea. Supongo que yo también me sentiría enfadado si estuviera en tu lugar.

La joven cerró la puerta del armario y se volvió.

–¿El abuelo está enterado?

–Sí. Ayer por la tarde lo visité para comunicárselo.

–¿Cómo reaccionó?

–Oh, ya conoces al abuelo. No es muy amigo de culpar a la gente. Opina que con el tiempo tu madre llegará a comprender… que todos llegaremos a entender… que Kent probablemente aportará algo a nuestra vida en lugar de quitarnos.

Chelsea estudió el rostro de su padre, tenso por la falta de descanso y la preocupación. Sonó el timbre para anunciar que las clases comenzarían cuatro minutos después.

Chelsea quiso decir: «Pero ya nos ha quitado algo; ha arrebatado la felicidad a nuestra familia.»

Tom apoyó una mano en la espalda de Chelsea y la empujó hacia la puerta.

–Querida, será mejor que te vayas, porque de lo contrario llegarás tarde a

clase.

De pronto la muchacha sintió que lo amaba profundamente, y parte del enojo que él le provocaba se disipó. Al verlo tan desvalido y fatigado, alzó una mano y apretó su mejilla contra la de Tom. Desde la puerta le dirigió una melancólica sonrisa de despedida antes de alejarse, llevando consigo el recuerdo de su expresión dolida y preocupada.

* * *

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Capítulo 10

Chelsea y Kent consiguieron evitarse durante las primeras horas; él no se acercó a su taquilla, donde solían encontrarse, y ella se mantuvo alejada de las aulas de cuarto. Sin embargo, después de la tercera clase, Kent advirtió que había olvidado coger una libreta, y Chelsea, apremiada por el tiempo, eligió el camino más corto para llegar al aula de estudios sociales, de modo que pasó por el sitio donde solían citarse e intercambiar sonrisas.

El recuerdo de aquello les provocaba ahora un sentimiento de vergüenza.

La muchacha caminaba junto a un grupo de compañeros cuando Kent se apartó de su ropero y ambos se encontraron cara a cara. Se detuvieron, giraron en redondo, y se separaron con toda celeridad. Los dos se sonrojaron y se sintieron estúpidos y avergonzados.

Y culpables de algo turbio.

La clase de inglés, quinta hora, era un hecho inevitable. La señora Gardner, que impartía la asignatura, había temido ese momento tanto como Kent Arens. El reloj avanzó, sonó el timbre, y a las doce y cuarto Kent se acercó al aula 232, donde la profesora esperaba mientras los estudiantes comenzaban a entrar.

Claire sabía que debía saludar a Kent, pero se sentía incapaz.

Él sabía que debía decir algo, pero no consiguió hablar.

Se enfrentaron con las miradas hostiles de un gato y un perro que se encuentran en un umbral, conscientes de que el otro puede lastimarlo… o salir lastimado.

Ella vio en el joven la imagen misma de su marido.

Kent vio en ella a la mujer que se había casado con el hombre que había seducido a su madre.

A pesar del antagonismo, Kent, a quien habían inculcado un respeto profundo por la autoridad desde que tuvo uso de razón, asintió con un gesto al pasar frente a la señora Gardner.

Ella insinuó un gesto con los labios, pero ninguna sonrisa suavizó su semblante o asomó a sus ojos. Cuando cerró la puerta para comenzar la clase, Kent estaba sentado con el resto de los alumnos. Claire evitó el contacto ocular con el joven a lo largo de la hora de clase, que dedicó a explicar la mitología griega, repartir ejemplares de la Odisea y proporcionar los antecedentes históricos del clásico. Aclaró por qué abordaban la literatura desde el punto de vista cronológico, enunció las pautas de ese tema, recomendó libros en ediciones rústicas y distribuyó una lista de posibles trabajos relacionados con esa unidad.

Durante la clase, Kent mantuvo su gélida mirada fija en los zapatos de la profesora y permaneció prácticamente inmóvil durante los cincuenta minutos de clase; la espalda levemente encorvada, un codo apoyado en el pupitre y un dedo sobre el labio superior. En cierto momento Claire bajó la guardia y lo miró a la cara, sorprendida por la semejanza con Tom. Esa mirada originó un peculiar sentimiento de deja vu, como si estuviese enseñando a un Tom Gardner de diecisiete años, un alumno a quien en realidad nunca había conocido.

Sonó el timbre, los estudiantes comenzaron a salir, y Claire permaneció de pie detrás del escritorio, tratando de mostrarse tranquila con la vista baja.

Sin embargo Kent se entretuvo hasta que todos sus compañeros salieron y se acercó al escritorio, como un musculoso guerrero griego, un ser que nada temía.

–¿Señora Gardner?

Ella levantó bruscamente la cabeza.

–Lamento haber irrumpido de ese modo en su casa. No tenía derecho a hacer tal cosa.

Se volvió de inmediato para alejarse, acompañado por el crujido de la suela de goma de sus zapatos, sin dar a Claire la oportunidad de contestar. Ella observó la cabeza de cabellos negros y la espalda recta hasta que el muchacho desapareció por la puerta.

Sola en el aula, la profesora se sentó pesadamente en la silla; el corazón le latía deprisa.

¿Qué sentía hacia ese jovencito? Algo más que resentimiento. Era el hijo de Tom, un hecho imposible de ignorar. ¿Experimentaba compasión? No, todavía no. Era demasiado pronto para hablar de compasión, pero no podía menos que admirar su franqueza y coraje. La vergüenza le tiñó de rubor el rostro porque lo había esquivado, cuando, como adulta y adolescente, debería haber sido ella quien mostrase más entereza. En cambio Kent, un jovencito de diecisiete años, había afrontado la ingrata tarea de hablar primero. ¿Qué otra cosa podría haber esperado? Después de todo, era el hijo de Tom, y éste habría actuado del mismo modo.

El recuerdo de Tom la devolvió a la realidad. Aún sentada ante el escritorio, reagrupó sus agravios como si fueran armas y los afiló con la piedra de amolar de su fidelidad y sinceridad.

En la última hora del día, Kent levantaba pesas con el señor Arturo. Sentado a horcajadas en un banco, realizaba ejercicios de brazos con pesas de siete kilos cuando apareció un alumno enviado por la oficina principal para entregar una nota al señor Arturo. Éste leyó el nombre escrito en el papel y después se acercó a Kent para tendérselo.

–Un mensaje de la oficina -anunció antes de alejarse.

Kent dejó las pesas sobre el banco y leyó: «Mensaje del director.» Un ayudante había llenado los espacios en blanco con la hora y las palabras:

«Ver al señor Gardner en su despacho.»

Kent sintió deseos de arrojar al suelo las pesas. No estaba completamente seguro de poder dominar su irritación. No era justo, pensó. El hecho de que aquí sea la autoridad no le da derecho a obligarme a hacer algo que nada tiene que ver con mi condición de alumno. No estoy preparado para enfrentarme a él. No sé qué decirle.

Se guardó la nota en el bolsillo interior de los pantalones cortos, cogió las pesas y reanudó el ejercicio. Ejecutó una serie de flexiones, así como movimientos de piernas y brazos hasta el final de la hora.

Fue directamente al estadio para acudir al entrenamiento de fútbol, y estaba cambiándose cuando Robby Gardner entró. El ropero de Robby se hallaba a unos cuantos metros del de Kent. Robby se acercó al suyo y abrió la puerta con una mano al tiempo que se desabrochaba la chaqueta con la otra.

La tensión se incrementó en los cuatro metros que separaban a los hermanos.

Robby colgó su chaqueta.

Kent se aseguró las almohadillas de los hombros.

Ambos tenían la vista clavada en el interior de las taquillas, con expresión severa. Cada uno sentía una irritante conciencia de la presencia del otro y reprimía la tentación de volverse y buscar semejanzas físicas.

Robby movió primero la cabeza.

Acto seguido Kent hizo lo propio.

Se miraron absortos, fascinados a su pesar, impulsados por la sangre y un secreto compartido.

Medio hermanos. Nacimos el mismo año. Si se hubiesen invertido los papeles, yo podría haber ocupado su lugar.

El rubor tiñó sus rostros mientras buscaban parecidos, unidos por el episodio que habían vivido sus padres en una época que parecía muy remota.

Se miraron de hito en hito apenas unos segundos. Al cabo se concentraron de nuevo en vestirse, de modo que la mutua antipatía se instaló entre ellos.

Al margen del parentesco, un hecho dominaba sus pensamientos; ambos tendrían que soportar las murmuraciones si su secreto llegaba a trascender.

Aun siendo hermanos, en el campo de juego continuaban siendo rivales.

Establecieron un acuerdo tácito en esos cinco minutos que pasaron en el vestuario; jugarían juntos, pero nunca se mirarían a ¡os ojos; colaborarían por el bien del equipo, pero se mantendrían distantes; ofrecerían al entrenador una apariencia de armonía, pero jamás se estrecharían las manos.

Salieron al campo para iniciar el entrenamiento. El cielo se había ensombrecido, y las nubes preludiaban lluvia. Sentían fría la hierba bajo los pies. A través de los orificios auditivos de los cascos, el viento silbaba, y la tierra húmeda les manchaba las pantorrillas desnudas. Hacia las cinco menos cuarto, cuando comenzó la llovizna, ansiaban ponerse bajo las duchas y regresar a casa.

Pero el entrenamiento aún no había concluido. Como de costumbre.

Gorman los dividió en cuatro grupos y exclamó:

–¡Diez buenas carreras! – Señalando así la necesidad de trabajar media hora más, antes de emitir los tres breves silbidos que darían por concluido el ejercicio.

Estaban alineándose para la segunda carrera cuando Robby y Kent vieron al director, padre de ambos, de pie en una banda del campo, de espaldas al

viento, las manos hundidas en los bolsillos de una trinchera gris que le llegaba hasta los muslos. Sus oscuros cabellos se agitaban sobre la frente mientras permanecía inmóvil, la vista clavada en el campo de juego, como la de un delincuente frente a un juez. La lluvia caía sobre él, y una sensación de soledad se desprendía de la posición de sus hombros y la inmovilidad de su cuerpo. Los muchachos advirtieron que Tom los observaba y percibieron su tristeza. Impotentes frente a una fuerza más poderosa que cualquier miserable y obstinada oposición de voluntades, los hermanos se volvieron, en busca de la mirada del otro y por un breve instante, olvidando todo cuanto alimentaba su mutua aversión, se sintieron unidos por la compasión hacía el hombre que los había engendrado.

Chelsea preparó la cena. Su afán por complacer casi destrozó el corazón de Tom cuando la niña mostró su ofrenda conciliadora, arroz a la española con peras, y después aguardó con ojos esperanzados, mirando sucesivamente a su padre y su madre, para comprobar si su acción resultaba eficaz.

Se sentaron. Comieron y hablaron.

Por fin las miradas de los esposos se encontraron, suplicante la de Tom, implacable la de Claire.

Después de la cena Tom regresó al colegio porque el Club Francés lo había invitado a asistir a una asamblea en que se hablaría de un viaje a Francia el verano siguiente. Además ese día comenzaban las clases de alfarería para adultos en el departamento de arte, y los policías de la ciudad y sus esposas darían inicio a la liga mixta de voleibol en el gimnasio; en definitiva Tom permaneció en el edificio hasta que quedó vacío.

En casa, Claire preparó la clase del día siguiente y deambuló por las distintas habitaciones como un tigre enjaulado, tratando de convencerse de que debía hacer la colada como una válvula de escape para sus frustraciones.

Llamó a Ruth Bishop, quien la invitó a su casa.

Dean se había marchado al club, y Ruth escribía una carta a sus padres.

Dejando a un lado el papel, sirvió dos copas de vino.

–Está bien -dijo, sentada frente a su amiga a la mesa de la cocina-. Dilo de una vez.

–Mi marido tiene un hijo, y hasta ahora nadie se había tomado la molestia de hablarme del asunto.

Claire reveló toda la historia llorando un poco, maldiciendo de vez en cuando, gimiendo para expresar su dolor y desilusión, bebiendo dos copas de vino mientras manifestaba su angustia. Habló de la conmoción inicial, seguida de la ira, además de la ansiedad que había sentido al ver al muchacho en el colegio. Y siempre regresaba al punto que más doloroso le resultaba.

–Ojalá no hubiera descolgado el auricular cuando ella telefoneó, pero no pude evitarlo. Al oírle hablar con ella, todo este asunto se convirtió en algo real para mí. Oh, Dios mío, Ruth, ¿sabes qué se siente al oír a tu marido conversar con una mujer con quien compartió la cama? Sobre todo cuando acabas de enterarte de que él no deseaba casarse contigo. ¿Sabes cómo duele eso?

–Lo sé -replicó Ruth.

–Sus silencios eran tan significativos como sus palabras. A veces alcanzaba a oír su respiración. Respiraban como… como dos amantes que ansían verse… Y después Tom le dijo que podía llamar cuando lo deseara. Por Dios, Ruth. ¡Es mi marido!

–Lamento que tengas que pasar por esto. Se cómo te sientes, porque he vivido esa misma situación. Ya te comenté que Dean colgó rápidamente el auricular al ver que yo entraba en la habitación. Y mentía cuando le preguntaba con quién había estado hablando. Acepta lo que te digo, Claire, todos los hombres son unos embusteros.

–Tom afirma que entre ellos ya no hay nada, pero ¿cómo puedo creerle?

Una expresión de repugnancia afiló los rasgos de Ruth. Volvió a llenar las copas de vino.

–Si le creyeras serías una condenada estúpida.

Ruth lanzó a su amiga una mirada significativa.

–Ruth, ¿de qué se trata? ¿Sabes algo acerca de esto? ¿Te ha comentado algo Tom? ¿Ha hablado con Dean?

Ruth meditó antes de contestar.

–¿Qué sucede? – insistió Claire.

–Habló conmigo, sí, pero no porque quisiera hacerlo.

–¿Qué significa eso?

–Los vi juntos el sábado pasado, o por lo menos creo que era ella. ¿Mónica Arens?

–Oh. Dios mío… -murmuró Claire, llevándose una mano a la boca-.

¿Dónde?

–Frente a Ciatti, en Woodbury.

–¿Estás segura?

–Me acerqué a la ventanilla de su automóvil para saludarle. Al principio creí que estabas con él, hasta que la vi, y he de reconocer que me sentí como una verdadera tonta. No supe qué decir.

–¿Y él qué hizo?

–Nada. Me la presentó.

–¿Qué aspecto tiene esa mujer?

–Bastante común. Cabellos más o menos rubios peinados con la raya al lado… casi nada de maquillaje. Una nariz bastante larga.

–¿Qué hacían?

–Si quieres saber si se besaban o algo por el estilo, la respuesta es negativa.

Pero he de hablarte con franqueza, Claire. ¿Qué crees que hacen un hombre y una mujer cuando se encuentran en un automóvil, en medio de un aparcamiento? Si se lo preguntas, seguramente lo negará; pero a mí me parece que te engaña, igual que mi marido a mí.

–Dios mío, Ruth, no puedo creerlo.

–Lo mismo decía yo cuando sospeché por primera vez de Dean… hasta que comencé a reunir pruebas.

–Esto duele muchísimo -murmuró Claire.

–Por supuesto. – Ruth cubrió la mano de su amiga-. Créeme, sé lo que estás pasando.

–Acaba de marcharse, según dijo, al colegio. Sale con mucha frecuencia.

¿Cómo sabré cuándo dice la verdad? Podría estar en cualquier lugar. – Ruth no contestó, y Claire advirtió que su desesperación se acentuaba. Además se sentía ligeramente mareada a causa del vino-. De modo que éste es el momento de la verdad que mencionaste.

–No resulta divertido decidir cómo actuar al respecto, ¿verdad?

–No; no lo es. – De pronto Claire recuperó su coraje y, apartando la copa de vino, todavía llena, añadió-: ¡Pero yo no seré una esposa engañada! ¡Tom

me dirá la verdad, porque lo obligaré! – Se puso en pie-. ¡Que me cuelguen si me quedo sentada aquí, emborrachándome!

Colérica, regresó a su casa, donde se dedicó a aplicarse tintura a los cabellos para aclararlos. Tom volvió alrededor de las diez, y ella lo oyó subir por la escalera en dirección al dormitorio; se detuvo un instante ante la puerta del cuarto de baño, vacilante, tironeando con aspecto cansino de su corbata. Ella continuó trabajando con los rizos húmedos que le enmarcaban la cara, negándose a mirarlo.

–Hola -saludó Tom.

–Hola -replicó ella con voz neutra, ignorando el tono suplicante que había adoptado su esposo.

Él extrajo los faldones de la camisa y los dejó caer sobre los pantalones.

Permaneció silencioso largo rato, antes de emitir un hondo suspiro y expresar lo que le preocupaba:

–Mira, desde la cena me asalta una pregunta que necesito formularte:

¿cómo te ha ido hoy con Kent?

Ella continuó frotándose el cuero cabelludo con los dedos, difundiendo por el cuarto de baño el olor agridulce a productos químicos.

–Es difícil contestar a esa pregunta. Ninguno de los dos supimos cómo afrontar la situación.

–¿Quieres que lo retire de tu clase?

Ella le miró por fin.

–Soy la única que imparte inglés en cuarto.

–Aun así, quizá sería mejor que cambiase de profesor.

–No sería justo para el muchacho, ¿no crees?

En voz baja, con tono de culpabilidad, él contestó:

–No.

Ella permitió que Tom sufriera un rato antes de replicar:

–Déjalo en mi clase.

El hombre se dirigió a la habitación para desvestirse y se puso los pantalones del pijama. Cuando Claire entró en el dormitorio y abrió un cajón de la cómoda en busca de un camisón, Tom pasó al cuarto de baño para lavarse los dientes. Cuando salió, Claire estaba acostada. Apagó la luz y avanzó en la oscuridad hasta el lugar del lecho que le correspondía.

Cubiertos con las mantas hasta los hombros, parecían rígidamente separados.

Pasaron los minutos; ambos eran conscientes de que el otro estaba despierto.

Finalmente Tom habló:

–Hoy lo he llamado a mi despacho, pero se ha negado a acudir.

–Es lógico. Está tan desconcertado como nosotros.

–No sé muy bien qué hacer.

–Bien, no me preguntes a mí -repuso la mujer con cierta acritud-. ¿Y qué opina ella?

–¿Quién?

–La madre del muchacho.

–¿Cómo puedo saberlo?

–Bien, ¿no le consultas todo?

–Por Dios, Claire.

–Tom, ¿cómo sabías su número de teléfono?

–No seas ridícula.

–Bien, ¿cómo lo sabías? Te precipitaste hacia la cocina, descolgaste el auricular y marcaste sin vacilar. ¿Cómo sabías adonde llamar?

–El número consta en la ficha del colegio. Ya sabes que tengo una memoria excelente para los números.

–Por supuesto -replicó, sarcásticamente, dando la espalda a su esposo.

–Claire, ella no es más que…

–¡Por favor, no! – Claire se incorporó y lanzó una mirada hostil por encima del hombro, cortando con una mano la oscuridad-. No te defiendas. No sé qué pensar. Mi situación ya es lo suficientemente difícil para añadirle más complicaciones. He hablado con Ruth esta noche y me ha comentado que os vio en un automóvil frente a Ciatti el sábado pasado.

–Ya te expliqué que ese día nos habíamos reunido.

–¡En un automóvil, por Dios! ¡La viste en un automóvil, como un conquistador mentiroso y rastrero! ¡En un aparcamiento!

–¿Dónde deberíamos habernos encontrado? ¿Te sentirías mejor si hubiese acudido a su casa?

–Caramba, también lo hiciste una vez, ¿no es cierto? ¿Y dónde estuviste ayer?

–En casa de mi padre.

–Ah, sí, claro.

–Llámale para preguntarle.

–Tal vez lo haré.

–Nos sentamos en el porche y bebimos un par de cervezas. Le hablé de Kent.

Tom se volvió de espaldas a Claire.

Así permanecieron, irritados, pensando en réplicas más mordaces e hirientes que las que habían pronunciado.

Pareció que transcurrían varias horas antes de que ambos se sumieran en un sueño inquieto, durante el cual cualquier movimiento del otro los agitaba y el más leve contacto los impulsaba a apartarse bruscamente de la línea divisoria. Despertaron en varias ocasiones, y en ningún momento disminuyó su angustia; no se aproximaron ni murmuraron palabras de disculpa. Eran solamente dos personas que, incluso en el sueño, sabían que probablemente el día siguiente no sería mejor que el pasado.

La mañana siguiente, antes de que comenzaran las clases, Tom se encontró con Claire en la reunión del departamento de inglés. De nuevo se sintió incómodo al tener que desempeñar el papel de superior de su esposa. De nuevo percibió que sus colegas les dirigían miradas especulativas, pues todos habían advertido que existía cierta tensión entre los dos cónyuges.

Más tarde vigiló el pasillo mientras llegaban los estudiantes, atento a la aparición de Kent, a quien no llegó a ver; seguramente el joven había decidido entrar por otra puerta para evitarlo.

A mediodía, en la cafetería, vio a Chelsea sentada sola, y a Kent ante una mesa en compañía de Pizza Lostetter y otros jugadores de fútbol. Aunque Robby generalmente los acompañaba, ese día no se reunió con ellos. Tom se comportó como de costumbre, recorriendo el comedor, deteniéndose aquí y allá para sonreír y conversar con los alumnos, pero evitó la mesa de Kent.

Lo vio salir y arrojar los envases de leche en el cubo de la basura. Al observarlo caminar por la ruidosa sala, Tom experimentó el anhelo de acercarse a él. Su hijo. Ese hijo de cabellos oscuros, obstinado y ofendido, perseguido por la desgracia, que el día anterior había desobedecido su orden.

Poco después de las dos, Tom ordenaba su escritorio, preparándose para partir hacia la oficina del distrito, donde el superintendente había convocado a la reunión mensual a los dieciséis directores y ayudantes.

Cerró los libros de cuentas en que había estado trabajando, dejó una pila de correspondencia que debía ser archivada, y trataba de decidir cómo resolver la situación de un alumno sometido a libertad vigilada cuando Dora Mae se acercó.

–¿Tom?

–¿Sí? – Él la miró, distraído, con un papel en la mano.

–El nuevo alumno, Kent Arens, está aquí y desea hablarle.

Si Dora Mae hubiese dicho: «El presidente de Estados Unidos está aquí y desea hablarle», Tom no se habría sentido más sorprendido. La inquietud y el dolor que lo dominaban se manifestaron en el cambio de color de su rostro, la expresión desconcertada y el nervioso movimiento de su mano hacia la corbata.

–Oh, bien… en ese caso… -Tom comprendió demasiado tarde que estaba delatando su inquietud. Se aclaró la voz y añadió-: Hágalo pasar.

Dora Mae salió y cumplió la orden: después murmuró a la otra secretaria:

–¿Qué demonios le pasa últimamente a Tom?

Su compañera susurró:

–No lo sé, pero todos se han dado cuenta. ¡Y Claire lo trata como si fuese un leproso!

Kent apareció en el umbral del despacho de Tom, el semblante grave y una leve mancha de rubor en las mejillas. Se detuvo ante el director, vestido con los vaqueros y la cazadora que Tom ya conocía. La inmovilidad del muchacho hizo que Tom se sintiera aún más desconcertado.

–Usted deseaba verme, señor -dijo Kent desde el umbral.

Tom se puso en pie, la mano derecha aún en la corbata, el corazón latiendo enloquecido en su pecho.

–Adelante… por favor. Cierra la puerta.

El joven obedeció, manteniendo una distancia de tres metros entre él y el escritorio, mientras el director esperaba casi sin aliento.

–Siéntate -consiguió decir Tom.

El joven avanzó y tomó asiento.

–Lamento no haber venido ayer -se disculpó.

–Oh, está bien. Probablemente no debí haberte citado de ese modo.

–No sabía qué decirle.

–Yo tampoco, la verdad.

Se produjo un silencio incómodo.

–Todavía no lo sé.

–Y yo tampoco.

Si el problema que compartían hubiese sido menos grave, seguramente habrían echado a reír. Tratando de reunir el coraje necesario para continuar, Kent dejó que su mirada recorriera los objetos impersonales de la oficina antes de posarla en Tom. Padre e hijo se miraron sin hostilidad por primera vez desde que habían descubierto su mutuo parentesco. Lo que vieron conmovió a ambos. Tom observó que la vista del muchacho escrutaba los cabellos de su padre, las mejillas, la nariz, la boca, el cuello… antes de desviarse. La habitación estaba bañada por la luz vespertina y la de la lámpara del techo. Ni un solo detalle pasó inadvertido durante ese intercambio intenso.

–El sábado, cuando mamá me dijo… -se interrumpió para tragar saliva, bajando la mirada.

–Lo sé -dijo Tom con voz grave-. Me sucedió lo mismo el día que te matriculaste y descubrí quién eras.

Kent luchó por recuperar el dominio de sí mismo.

–¿Le ha comentado su esposa que me disculpé por haber irrumpido de ese modo en su casa?

–No… no me ha dicho nada.

–Bien, lamento haber actuado de ese modo. Realmente perdí los estribos.

–Lo entiendo. Yo también estaba muy impresionado.

Se produjo un silencio, interrumpido únicamente por el murmullo de las voces procedentes de otras habitaciones y el zumbido electrónico de las máquinas de la oficina.

Finalmente Kent dijo:

–Ayer me di cuenta de que me observaba en el campo de fútbol. Supongo que entonces decidí que debía venir a verlo.

–Me alegro de que lo hayas hecho.

–Lo del sábado fue bastante desagradable.

–Para mí también. Mi familia no recibió muy bien la noticia.

–Ya me percaté.

–Si ellos hubiesen reaccionado de otro modo… -Tom no acertaba a encontrar las palabras adecuadas, y Kent no intentó ayudarlo, permitiendo que el director se esforzase en buscar la fórmula apropiada-. Si deseas cambiar de profesor de inglés, trataré de arreglarlo.

–¿Ella desea que abandone su clase?

–No.

–Supongo que en realidad preferiría que lo hiciera.

–He dicho que no. Hablamos del asunto.

Kent reflexionó.

–Quizá debería cambiar de clase de todos modos.

–Te corresponde a ti decidirlo.

–De lo contrario me convertiré en una molestia para ella.

–Kent, escucha… -Tom se inclinó-. Ni siquiera sé por dónde empezar.

Hemos de resolver tantas cosas… La señora Gardner y yo… deseamos conocer tu opinión sobre todo esto. Si te incomoda que tus compañeros se enteren de nuestra relación, no es necesario revelar la historia; pero si deseas que te reconozca públicamente, estoy dispuesto a dar ese paso.

Nuestra situación en el colegio impone ciertas actitudes que en otras condiciones habríamos podido evitar. Y hemos de pensar también en Robby y Chelsea…

Advirtió que Kent se ruborizaba con la mención del nombre de Chelsea y se compadeció de él.

–Kent, todos sufrimos con este asunto, pero creo que el vínculo que nos une… merece cierta prioridad y que los demás tendrán que respetar nuestros deseos.

–Pero, señor Gardner, yo no sé si… -Tom no vio al joven que en principio le había parecido demasiado maduro para su edad, sino a un adolescente turbado-: Demonios, ya ni siquiera sé cómo llamarlo -reconoció Kent.

–Creo que deberías continuar llamándome «señor Gardner» si así te sientes mejor.

–Está bien, señor Gardner… Hasta ahora he vivido sin saber siquiera que tenía un padre, y de pronto me entero de que además tengo dos hermanos.

Dudo de que usted comprenda cómo se siente uno cuando no conoce a su padre; se llega a sospechar que es un vagabundo… un hombre sin hogar que vive de la caridad, puesto que ni siquiera contrajo matrimonio con mi madre. Uno piensa que sólo un individuo realmente inmoral sería capaz de dejar embarazada a una mujer y abandonarla, ¿comprende? Así pues, durante diecisiete años pensé que quienquiera que fuera mi padre debía ser un sinvergüenza, y que le escupiría en cuanto se me presentase la oportunidad. Pero cuando lo conocí comprendí que usted no era así. Se necesita cierto tiempo para acostumbrarse a una nueva situación y al hecho de tener dos hermanos.

Tom estaba nervioso. Tenían mucho que decirse, pero no podía olvidar la

reunión en la oficina del distrito. Sin embargo lo que más le preocupaba era pensar que ese muchacho había llegado diecisiete años tarde al encuentro con su padre, de modo que se sentía incapaz de dar por concluida la conversación.

–Un minuto -dijo descolgando el auricular del teléfono. Con la mirada clavada en Kent añadió-: Dora Mae, ¿puede informar a Noreen de que no acudiré a la reunión de la oficina del distrito? Dígale que tendrá que arreglárselas sin mí.

–¿No irá? Pero es la reunión con el superintendente. Usted debe asistir.

–Lo sé, pero me resulta imposible. Pida a Noreen que tome notas, por favor.

Tras un silencio que expresaba sorpresa, Dora Mae repuso:

–Está bien.

Su actitud sin duda suscitaría conjeturas por parte del personal de la oficina y miembros del claustro, pero Tom era un hombre de acción y había tomado esa decisión apenas unos minutos después de la entrada de Kent en el despacho. No estaba dispuesto a salir de allí dejando inconclusa la conversación.

Se arrellanó en el sillón. La interrupción había aliviado parte de la tensión, circunstancia que Kent aprovechó:

–¿Podemos hablar acerca de usted y mi madre?

–Por supuesto.

–¿Por qué hicieron eso…? Bien, usted ya sabe a qué me refiero.

–¿Qué te ha contado ella?

–Que soy el resultado de la unión de una noche; que asistían juntos a una

clase y que usted le resultaba simpático.

Tom movió el sillón hacia la derecha y cogió un pisapapeles de cristal en forma de manzana. Era transparente, y estaba adornado con una serie de burbujas de aire y coronado con dos hojas de bronce. Presionó una con la yema del pulgar mientras hablaba:

–Nada de lo que diga ahora mejorará las cosas. Nada disculpa un acto precipitado como ése, sobre todo porque no empleé ningún método anticonceptivo.

–De todos modos me gustaría que me explicase qué sucedió.

Tom se preguntó hasta qué punto era sensato relatar a un alumno de Claire un episodio en que ella estaba implicada. Antes de que pudiese contestar, Kent inquirió:

–¿Es cierto que usted planeaba casarse con la señora Gardner la semana siguiente?

La hoja de bronce hirió el pulgar de Tom. Dejó la manzana de cristal en el escritorio.

–Sí, es cierto.

–Y Robby tiene la misma edad que yo.

–Así es.

–¿Cuándo es su cumpleaños?

–El 15 de diciembre.

Tom advirtió que el mago de las matemáticas realizaba sus cálculos en una fracción de segundo.

–Fue un acto de rebeldía por mi parte -reconoció Tom-. No me sentía preparado para el matrimonio. Pero la rebelión concluyó en ese punto. La señora Gardner y yo hemos sido muy felices. Quiero que lo sepas y creo que tengo derecho a decirlo en defensa propia.

Mientras asimilaba la información, Kent se pasó las manos por el mentón, las enlazó un instante en la nuca y por último las deslizó hasta las rodillas.

–Caramba -dijo-. He abierto un verdadero depósito de gusanos. No me extraña que me odien.

–Kent, nadie te odia.

–Robby sí.

–Robby… es difícil describir sus sentimientos. Te seré sincero; creo que cuando llegaste aquí se sintió celoso de ti. Dudo de que ahora sepa cómo tratarte. Lo he visto bastante deprimido este fin de semana.

–Y la señora Gardner no me habla.

–Dale tiempo. Lo hará.

–No estoy muy seguro de si deseo que lo haga. Quiero decir que no sé cuál es mi lugar… Antes… al menos sabía eso… Mi lugar estaba junto a mi madre. Siempre nos las hemos arreglado… los dos solos. Y nos llevamos bien. Caramba, ni siquiera sé cómo explicar esto. La tarde del sábado, cuando descubrí que usted existía, todo cambió, pero al mismo tiempo todo continuó igual. Sigo viviendo con mi madre, y usted con su familia.

»Bien, y ahora ¿cómo debo actuar? ¿Continúo mirando los zapatos de la señora Gardner durante la clase de inglés? ¿Y tratando de mantenerme a diez metros de distancia de Robby durante los entrenamientos? Y

Chelsea… bien, me siento tan confuso respecto a ella que en cuanto la veo salgo corriendo en dirección contraria.

–Por lo que Chelsea comentó, deduzco que llegasteis a sentir una mutua atracción.

Kent bajó la vista.

–Algo así -reconoció tímidamente.

–Una situación difícil.

Kent asintió.

–Últimamente apenas habla en casa, pero creo que se siente como tú; piensa que la he engañado. Y tiene razón, porque no saqué a luz la verdad la primera vez que te vi. Creo que a medida que pase el tiempo comprenderás que tener un hermano y una hermana puede ser una bendición. Por lo menos, eso espero. Y eso mismo dijo mi padre cuando hablé con él el otro día.

Kent levantó la cabeza.

–¿Su padre?

Tom asintió.

–Sí… ahora también tienes un abuelo.

Kent tragó saliva y entreabrió los labios. Miró al director estupefacto.

–Le hablé de ti porque necesitaba su consejo. Es un buen hombre, con su moral de viejo cuño y su sentido común. – Tom se atrevió a preguntar-:

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