Reencuentro

Lavyrle Spencer · Capítulo 3 de 8

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Reencuentro

El edificio vacío creaba una atmósfera de…

El edificio vacío creaba una atmósfera de intimidad, envuelto en un silencio desacostumbrado, sólo roto por el sonido de sus pasos en los pasillos. Kent abrió la pesada puerta principal y permitió que ella pasara primero y saliera a la noche. En el exterior algunos automóviles abandonaban el aparcamiento, y alguien los saludó con un bocinazo y agitó la mano por la ventanilla abierta. Las luces del campo de fútbol estaban apagadas. A lo lejos, un perro ladró. Avanzaron sin prisa en la noche, dos jóvenes explorando una amistad recién descubierta y que prometía convertirse en algo más.

–¿Echas de menos algo de Texas? – preguntó ella.

–Sí, a mis amigos, sobre todo a mi mejor amigo, Gray Beadry. Solía llamarle «Rich»; era una broma porque, en efecto, era rico. La familia de su madre poseía yacimientos petrolíferos. Te habría gustado ver su casa, con piscina, cabañas para los invitados… todo cuanto puedas imaginar.

–¿Tú también quieres ser rico el día de mañana?

–No lo sé. No estaría mal. ¿Y tú?

–A decir verdad, no me preocupa. Preferiría ser feliz.

–Claro, ¿y quién no? ¿De qué sirve el dinero si uno se siente desgraciado?

Conversaron acerca de la situación económica y la felicidad de sus respectivos padres. Kent comentó que a su madre le complacía marcarse metas que solía conseguir y que trabajaba de firme; su nuevo hogar representaba una gran satisfacción y era motivo de orgullo para ella.

Chelsea afirmó que su familia disfrutaba de una situación bastante acomodada y suponía que sus padres eran felices.

Al cabo de unos momentos cambiaron de tema.

–¿Es cierto lo que dicen acerca del modo en que Pizza consiguió su apodo?

–¿Te lo ha explicado él?

–No, me lo contó otro alumno.

–Es cierto. Hace dos años, el último día del curso telefoneó a la pizzería y, utilizando el nombre de mi padre, pidió que llevasen siete pizzas grandes a nuestra casa.

–¿Y tu padre las pagó?

–¿Qué otra cosa podía hacer?

–Caramba, eso es increíble. – Ambos echaron a reír-. Se necesita ser muy atrevido para hacer algo así. ¿Y tu padre ni siquiera intentó descubrir quién era el autor de la broma?

–Oh, lo sospechó enseguida. Habían sorprendido a Roland conduciendo sin

permiso y lo habían detenido… Papá estaba casi totalmente seguro de que era él. Un día que en el colegio sirvieron pizza para almorzar, mi padre se acercó a la mesa de Roland y preguntó: «Roland, ¿cómo está hoy la pizza?»

Y sucedió la cosa más extraña. Roland y mi padre simpatizaron, hasta el punto de que ese verano Roland consiguió un empleo en el distrito escolar gracias a mi padre; se ocupaba de cortar el césped y realizar tareas de mantenimiento.

Caminaron en silencio un rato. De pronto Kent habló:

–¿Puedo decirte algo?

–¿Qué?

–Te envidio el padre que tienes. He observado cómo se acerca a ti en el comedor para saludarte, y tú vas a verlo a su despacho. Y se lleva bien con los alumnos… es evidente. Creo que es un buen hombre.

–Gracias -replicó Chelsea, complacida-. Yo opino lo mismo.

Los dos aminoraron el paso al ver que se aproximaban a la casa de Chelsea.

Entonces él preguntó:

–¿No sales con ningún chico?

–No.

Kent la miró por el rabillo del ojo y dijo:

–Bien.

–¿Y tú? ¿Te escribes con alguna chica de Texas?

–No -respondió Kent.

–Bien -dijo Chelsea, sintiéndose feliz.

Enfilaron el sendero que conducía a la puerta principal, y la muchacha se detuvo al pie de los peldaños. Se volvió y miró a Kent.

–Gracias por haberme acompañado. Lamento que tengas que volver caminando a tu casa.

–No importa. – Con las manos en los bolsillos de la cazadora, Kent apoyó la suela del zapato en el borde del peldaño que estaba detrás de Chelsea-.

Lamento no tener un automóvil para traerte. Mi madre comprará uno, pero no ha tenido tiempo desde que nos mudamos.

–Es igual. Me gusta caminar. – Alzó la vista hacia el cielo y se encogió de hombros-. Una hermosa noche, ¿verdad?

Kent miró hacia arriba y a continuación se inclinó hacia la joven, adoptando la actitud un tanto dubitativa del varón que deja la decisión en manos de la muchacha. Ésta esperó con la cara hacia arriba. Kent se inclinó más y la besó, manteniendo las manos en los bolsillos. Los labios suaves e inocentes, como los de ella.

Cuando Kent se irguió, ambos sonrieron, y ella susurró:

–Hasta mañana.

–Sí… hasta mañana.

Él avanzó de espaldas unos pasos antes de volverse y alejarse de la casa.

* * *

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Capítulo 7

Rara vez permanecía Tom en casa un sábado por la mañana. Las actividades comunitarias exigían que el colegio se mantuviera abierto al publico, y el consideraba que ahí estaba su lugar. La comunidad organizaba diversos actos en el edificio; desayunos ceremoniales, torneos de natación en la piscina, practicas de baile en el gimnasio…

El sábado que siguió al primer partido de fútbol no fue excepción. Tom se preparo para salir de casa poco después de las ocho y media de la mañana.

–¿Que harás hoy? – pregunto a Claire mientras fregaba la taza en que había tomado café. Desde la noche de la riña, trataban su relación como si fuera un objeto frágil y precioso, y se mostraban muy amables con el otro.

–Iré de compras al colmado y limpiare la casa.

–Muy bien. – La beso-. Nos veremos después.

–Hasta luego -murmuro Claire.

–Regresare a casa en cuanto me sea posible.

Intercambiaron sonrisas de complicidad.

Tom paso la mañana en su despacho, estudiando el presupuesto del colegio y tratando de encontrar en el un lugar para una clase de ruso impartida mediante la televisión interactiva.

Poco antes del mediodía entró Robby, vestido con ropas de deporte y calzado con un par de zapatillas bastante sucias.

–Hola, papá.

–Hola -saludó Tom, que dejó el lápiz y se estiró en el asiento-. ¿Has estado practicando en el gimnasio?

–Sí. El problema es que mi automóvil no arranca. Creo que la batería se ha acabado.

–Bien, a mí también me apetece volver a casa. – Tom ordenó los papeles-.

Salgamos, y a ver qué podemos hacer.

Las actividades en el edificio casi habían concluido. Tom cerró con llave las puertas de vidrio que comunicaban con la oficina exterior, recorrió el comedor y comprobó que todo estaba tranquilo; echó una ojeada a los pasillos del primer piso, donde también reinaba el silencio. En algún lugar los porteros estaban trabajando; oyó que una radio transmitía una melodía en el sector oeste.

Fuera, el día de septiembre era perfecto, y el cielo parecía una lámina celeste. Los arces junto al sendero principal y los olmos en los patios de las casas vecinas formaban una muralla verde. Al otro lado de la calle un hombre lavaba un automóvil rojo. En los terrenos del colegio reinaba un silencio inusual. Tom experimentaba un vacío especial al ver desierto aquel lugar, donde por lo general se desarrollaba una intensa actividad. Se encaminaron hacia la zona de aparcamiento reservada a los alumnos. El coche de Robby presentaba un estado lamentable.

–¿Oíste algún ruido cuando intentaste arrancar?

–No. Nada en absoluto.

–En ese caso quizá se trata de los cables del arranque.

Tom acercó su coche al de Robby, levantó el capó y buscó los cables.

Mientras los conectaba a la batería, Robby se aproximó y se inclinó sobre el guardabarros, al lado de su padre.

–Supongo que más vale que te lo diga -declaró Robby-, porque de todos modos te enterarás. El entrenador me reprendió anoche.

–¿De veras? – Tom no volvió la cabeza hacia su hijo.

–A propósito de Arens. Cree que me muestro hostil con él.

Tom lo miró por encima del hombro.

–¿Y es así?

–No lo sé. – Robby se encogió de hombros.

–Habla conmigo. No pretendo regañarte. Tan sólo explícame qué te preocupa.

–Bien, papá, ¡Arens ha desplazado a Jeff!

Tom advirtió que Robby estaba muy alterado; no era el momento más apropiado para sermonearlo.

–¿Y cómo se lo ha tomado Jeff?

–No lo sé. Apenas habla del tema.

Tom observó a su hijo al tiempo que se limpiaba las manos en un trapo.

Después ambos, con los brazos cruzados, se apoyaron contra el guardabarros de acero, que estaba caliente, y clavaron la mirada en el hombre que lavaba el automóvil al otro lado de la calle. El sol del mediodía les calentaba los hombros y la nuca.

–Olvidas que anoche presencié el encuentro -dijo Tom-. Creo que sé qué molestó al entrenador. Y a propósito, lo que sucede entre él y tú en el vestuario es estrictamente personal. No pregunto, y él no me explica cómo te entrena.

Robby miró a su padre en silencio.

A lo lejos sonó un silbato. Desde los árboles situados al norte del aparcamiento alzó el vuelo una bandada de pájaros, que descubrieron un arco en el ciclo y finalmente volvieron a posarse en el follaje.

–La vida cambia -declaró Tom con aire reflexivo-. La organizamos siguiendo nuestros deseos, y de pronto surge algo que no controlamos y nos desequilibra. Qué agradable sería que todo se ajustara a nuestros deseos para decir: «Muy bien, que todo permanezca igual.» Pero las cosas cambian. Uno crece, hace amigos, los pierde, va a la universidad, se distancia de algunas personas, conoce a otras, y a veces nos preguntamos cuál es la causa de este movimiento.

»Lo cierto es que cada una de nuestras experiencias nos cambia de un modo u otro. Cada persona nueva que entra en nuestra vida nos cambia. Cada dilema moral o emocional constituye un factor de transformación. Nos corresponde decidir cómo cambiamos. De ese modo se desarrolla el carácter.

Robby dio un puntapié en la grava.

–Tú opinas que el equipo es lo primero, que es más importante que Jeff.

–Eso tienes que decidirlo tú.

Robby observó a los pájaros, que volvieron a levantar el vuelo, gorjeando.

Tom posó la mano sobre el hombro de su hijo.

–Vamos, hemos de poner en marcha este montón de chatarra.

Más tarde llegaron a la casa en dos automóviles. Tom aparcó en el garaje, y Robby al pie del sendero. Cuando intentó poner de nuevo en marcha el

coche, éste no respondió. Tom permaneció de pie, escuchando el sonido del arranque, que chirriaba sin resultado, y calculó el precio de una batería nueva.

Robby cerró la portezuela del vehículo y dijo:

–Completamente muerto.

–Me lo temía. Por fortuna ha ocurrido antes del invierno.

Entraron juntos en la casa. La aspiradora descansaba sobre el suelo de la sala, y la cocina estaba totalmente desordenada.

Claire llamó desde el porche:

–¡Estamos aquí, tomando una sopa! ¡Traed un par de platos y cucharas!

Tom abrió una puerta de la alacena, Robby el cajón de los cubiertos, y cruzaron la sala en dirección al porche cerrado, donde se hallaban Claire y Chelsea, sentadas a la mesa, en que descansaban una olla y una caja de galletas, junto con la correspondencia del día. Chelsea se pintaba las uñas.

Cubrió de laca una, tomó una cucharada de sopa y reanudó su tarea. Claire, que vestía vaqueros y una camisa de lienzo blanco, hundió la cuchara en el plato y dijo:

–Servios vosotros mismos.

Tom deslizó la mano por el hombro de Claire.

–¿Qué hay de nuevo?

–Hummm… no mucho. Ha llamado tu padre. Nada importante; se limitó a saludar. ¿Y cómo os ha ido a vosotros?

–El automóvil de Robby probablemente necesita una batería nueva.

Tuvimos que manipularlo para que arrancase en el colegio, pero ahora no

funciona.

Robby destapó la olla de la sopa y miró en el interior.

–¿Qué clase de sopa es?

–Brécoli con jamón.

–¿Y queso? – preguntó el joven, frunciendo el entrecejo.

–Por supuesto.

–¡Muy bien, mamá! Tengo mucho apetito.

–Y bien, ¿alguna novedad? – insistió Claire, mientras Tom y Robby se servían y se sentaban™. Tomad algunas galletas. – La mujer empujó el paquete sobre la mesa.

Robby echó algunas en la sopa con la mirada fija en su hermana.

–¿Por qué te pintas las uñas de los pies? Es la cosa más absurda que he visto jamás.

–¡Qué sabrás tú, hombre rudo!

–¿Sabes durante cuántas horas me dedico a levantar pesas para conseguir este físico? Y ya que estamos, ¿quién te ve las uñas de los pies?

Ella le dirigió una mirada que significaba: «Tu estupidez es evidente.»

–¿Acaso a Kent Arens le gustan las uñas de los pies pintadas?

–No es asunto tuyo.

–He oído decir que te acompañó a casa anoche, después del partido.

Tom detuvo la cuchara antes de que llegara a su boca, alerta.

–Eso tampoco te concierne -replicó Chelsea.

–¿No sabe conducir?

–¡Oh, qué viril te sientes ridiculizando a los otros! – Chelsea se sopló las uñas, tratando de que se secaran.

–Lo cierto es que Kent Arens habla de un modo tan extraño que apenas se entiende la mitad de lo que dice.

–Pues a mí me gusta, y sí, anoche me acompañó a casa. ¿Deseas saber algo más?

–Ya está bien -terció Tom-. Cualquiera que os oyera pensaría que sois enemigos mortales. Y Robby, recuerda lo que hablamos en el colegio.

–¿De qué hablasteis? – inquirió Chelsea.

Su actitud, súbitamente atenta, era la típica de una jovencita entremetida.

–De ti -se burló Tom.

–Oh, está bien -repuso la muchacha-. Y di a Robby que será mejor que no moleste a Kent Arens porque es un chico muy simpático, y me gusta mucho.

Las palabras de Chelsea impactaron a Tom. Notó que le costaba tragar.

Santo Dios, ¿qué había hecho? Su cobardía le había impedido revelar la verdad, y Chelsea parecía haberse enamorado de su propio hermano. Era preciso que resolviera ese problema, y con rapidez. Se puso de pie para llevar su plato a la cocina.

–No has comido nada -observó Claire.

–No tengo mucho apetito.

Ya en la cocina, fregó el plato. Debería haber confesado su pecado el mismo día en que había conocido a Kent Arens.

Había tardado demasiado en adoptar una actitud realmente honrosa. Por encima del sonido del agua corriente, dijo:

–Escucha, querida, iré a Target para comprar una batería para el automóvil de Robby. Más tarde intentaré arreglar el grifo de la cocina. ¿De acuerdo?

–¿No sería mejor que miraras primero el grifo, por si necesitas comprar alguna pieza?

Tom se acercó a Claire y la besó en la cabeza, profundamente preocupado por el embrollo que había originado con su actitud.

–El coche es más importante. Volveré enseguida, ¿de acuerdo?

Se dirigió a la tienda Target Greatland, de Woodbury, y llamó a Mónica Arens desde un teléfono público instalado en el área de servicio a los clientes. Ella contestó casi de inmediato.

–Hola, Mónica. Soy Tom Gardner.

Una pausa de sorpresa, seguida de una exclamación:

–Oh. – Daba la impresión de que había alguien con ella en la habitación.

Tom pensó que probablemente era Kent.

–Necesito hablar contigo.

Ella guardó silencio.

–Inmediatamente.

–No puedo.

–Es importante.

–Ahora mismo estaba…

–¡Mónica, no me importa qué estás haciendo! ¡Esto no puede continuar así!

¡Kent acompañó a mi hija Chelsea a casa después del partido de anoche!

De nuevo se produjo un silencio. Finalmente Mónica habló:

–Comprendo. – Tom adivinó que la mujer se esforzaba por fingir que conversaba con un compañero de trabajo-. ¿La puerta principal del área de recepción está abierta los sábados?

–Kent está contigo en la habitación, ¿verdad?

–Sí.

–Estoy en el centro comercial de Woodbury. ¿Puedes venir?

–Sí, supongo que sí, pero no podré quedarme mucho tiempo. Todavía estoy arreglando la casa, y hay mucho que hacer.

–¿Sabes dónde está?

–Sí.

–¿Cuánto tardarás en llegar hasta aquí?

–Unos quince minutos.

–Hay un restaurante llamado Ciatti; lo verás enseguida. Conduzco un Taunus rojo; lo aparcaré en el lado noroeste del edificio.

–Muy bien. Hasta luego.

Tom compró la batería, ajeno a cuanto le rodeaba. Sólo era consciente de un intenso dolor en la espalda, la sequedad en la garganta y las punzadas que sentía en la base del cráneo. Como todos los sábados, el centro comercial bullía de actividad. Podía encontrarse con cualquier alumno. ¿Había hecho bien al citarse con Mónica en el aparcamiento? Consultó el reloj; poco más de la una y media. Por tanto la hora del almuerzo tocaba a su fin, y el aparcamiento del restaurante estaría demasiado concurrido cuando ella llegase allí.

Tom se acercó al lugar señalado, aparcó y desconectó el motor. Al cabo de unos minutos dos automóviles salieron del aparcamiento, que estaba medio lleno. Tom bajó la ventanilla y, mordiéndose el labio inferior, miró alrededor. De nuevo sintió remordimientos por aquella infidelidad cometida dieciocho años atrás. Vio el coche de Mónica y, al observar que se detenía, se apeó del suyo. La mujer bajó del vehículo y Tom esperó a ver qué hacía ella.

Mónica avanzó hacia él, y Tom echó a andar. Cuando se encontraron, ninguno saludó. Rehuyeron la mirada del otro, tratando de hallar algún alivio en medio del desastre,

–Gracias por venir -atinó a decir Tom.

–No supe cómo reaccionar. Kent estaba conmigo en la sala cuando el teléfono sonó.

–No sabía qué hacer, salvo llamarte -reconoció Tom.

Mónica llevaba gafas de sol y un bolso colgado al hombro. Lucía un vestido holgado y Tom se sintió feliz por haberse casado con una mujer más elegante. Se atrevió a mirar a Mónica por primera vez. Ella desvió la vista.

–¿Qué tal si subimos a mi coche y conversamos?

Mónica miró a Tom con los labios apretados. Sin contestar, caminó hacia la

portezuela del lado del copiloto entró en el Taunus.

El se acomodó tras el volante, y permanecieron en silencio, avergonzados de haberse reunido allí. Si hubiesen albergado cierta nostalgia por el pasado, la situación podría haber resultado más llevadera; pero sólo sentían pesar, y únicamente les quedaba un recuerdo muy desdibujado de la breve intimidad que había ocasionado ese encuentro.

Finalmente Tom carraspeó y habló:

–Mira, estaba muy alterado cuando te llamé. No había pensado cómo ni dónde podíamos encontrarnos. Me limité a descolgar el auricular y marcar.

Si quieres que vayamos a cualquier lugar donde podamos tomar algo…

–De modo que Kent acompañó a tu hija a casa.

–Sí, me enteré hace aproximadamente una hora.

–Y supongo que deseas explicar a tu familia quién es Kent.

–Es necesario. Descubrí la verdad hace apenas diez días, y desde entonces cada momento ha sido un verdadero infierno para mí. Soy incapaz de ocultar algo a mi esposa; no sirvo para eso.

Mónica apoyó la frente en una mano.

–Si no he explicado la verdad a mi familia ha sido porque consideré que tú y yo debíamos hablar primero. Tendríamos que conversar con Kent este fin de semana, de modo que todos conozcan la situación al mismo tiempo. No quiero que uno de mis hijos sea quien se lo diga en el colegio.

–No; eso no estaría bien.

Se produjo un largo silencio.

–Me dominó el pánico cuando descubrí que la había acompañado a casa -

admitió Tom.

–Lo comprendo -di]o Mónica con una actitud más bien distante.

Tom pensó que era una mujer muy poco emotiva, completamente contenida, que expresaba poco con los gestos o la inflexión de su voz.

–¿Ha mencionado Kent a Chelsea en alguna ocasión?

–Sí.

–¿Qué dijo?

–Nada especial.

–He advertido que simpatizan mutuamente. Los observé durante toda la semana; se reúnen ante los roperos entre clase y clase, se sientan juntos para almorzar. Abrigaba la esperanza de que todo eso respondiese al hecho de que Chelsea es la encargada de mostrarle el colegio… En fin… no hemos tenido suerte.

Alguien salió del restaurante, subió a un automóvil aparcado al lado y se alejó, dejando lugares vacíos alrededor de los coches de Mónica y Tom.

–Escucha -dijo Mónica, moviéndose en el asiento como si se sintiera incómoda-, no te he dicho toda la verdad. Kent afirmó algo más acerca de Chelsea.

–¿Qué?

La mujer lanzó una fugaz mirada a Tom.

–Que la envidiaba por tener un padre como tú.

Para Tom la noticia fue como un golpe en el vientre; por unos instantes le costó respirar con normalidad.

–Discutimos por eso -añadió Mónica-, lo que es infrecuente en nuestro caso. Comprendí entonces que para él era muy importante saber de ti. Ha…

llegado el momento de explicárselo.

–Entonces ¿lo harás? ¿Antes del lunes?

–¿Acaso tengo otra alternativa?

–Mira -dijo Tom-, mi hijo Robby no se mostró muy amable con Kent en el partido de fútbol. Si he de ser sincero, creo que está celoso. Ignoro qué efecto les causará esta revelación.

–Seamos francos, Tom. Desconocemos qué efecto tendrá sobre todos nosotros, quizá con excepción de mí. Mi vida probablemente continuará como antes. En cambio, vosotros tendréis que aclarar vuestros sentimientos respecto a este tema.

Tom reflexionó sobre el asunto y suspiró. Se encogió más en su asiento y recostó la cabeza contra el respaldo.

–Es extraño. Hoy he conversado con Robby sobre el modo en que las personas que conocemos nos cambian, en que los dilemas morales influyen en nuestro carácter.

Un automóvil se detuvo a la izquierda. Tenía las ventanillas bajadas y la radio encendida. Tom miró en esa dirección cuando el conductor la apagó.

Era una mujer que, al verlo, sonrió y movió los dedos.

–Hola, Tom -saludó.

El se enderezó en el asiento.

–Hola, Ruth.

Ella descendió del coche y se acercó.

–Oh, maldita sea -murmuró Tom.

–¿Quién es? – preguntó Mónica.

–Mi vecina.

Ruth se inclinó ante la ventanilla del coche de Tom.

–Hola, Claire… oh… Lo siento, creí que Claire estaba contigo.

–Mónica Arens, ésta es mi vecina, Ruth Bishop.

Ruth les dedicó una rápida sonrisa, y sus ojos expresaron curiosidad.

–Quería comprar panecillos integrales para la sopa. Son los favoritos de Dean, y por una vez cenará conmigo. – Se inclinó un poco más para observar a Mónica con descarada curiosidad-. ¿Claire está en casa?

–Sí. Hoy se ocupa de la limpieza general.

–Oh. – Daba la impresión de que Ruth esperaba una explicación y, al no recibirla, apartó la mano del borde de la ventanilla-. Bien, será mejor que vaya a comprar el pan. Me alegro de haberte visto. Saluda a Claire de mi parte.

–Por supuesto.

Cuando Ruth se hubo alejado, Tom dijo:

–Bien, ya no me queda más opción que explicarlo todo. Si no hablo con Claire cuanto antes, Ruth lo hará en mi lugar.

–Yo también he de volver a casa y hablar con Kent. – Mónica se colgó el bolso del hombro, pero no se movió del sitio-. Nunca sé qué decirte… Me siento tan torpe…

–A mí me sucede lo mismo.

–Supongo que debo desearte buena suerte con tu familia.

–Lo mismo te digo.

–¿Volveremos a vernos? – preguntó ella.

–Será mejor que esperemos a ver qué ocurre.

–Sí… sí, supongo que tienes razón.

–Creo que será inevitable que volvamos a encontrarnos.

Después de reflexionar un momento, Mónica preguntó:

–Ésta es la solución más adecuada, ¿no te parece, Tom?

–En efecto.

–Sí, en efecto -repitió Mónica, corno tratando de convencerse a sí misma-.

Pero entonces, ¿por qué vacilo a la hora de volver a casa y hablar con Kent?

–Por miedo -respondió él.

–Sí, supongo que es eso.

–No es una situación muy agradable, ¿verdad?

–No. Es terrible.

–Todo esto me ha torturado desde que entraste en mi oficina y he de reconocer que será un alivio explicar la verdad a mi familia, sin importar cómo reaccionen.

–Sí… lo comprendo…

–Aquí viene de nuevo.

Ruth Bishop se acercaba sosteniendo en las manos una bolsa de papel blanco. Tom la observó mientras se aproximaba.

–Tom, ¿tu matrimonio es sólido? – preguntó Mónica, que también miraba a la mujer.

–Sí, muy sólido.

Ruth Bishop llegó a su automóvil y, dejando la bolsa sobre un asiento, exclamó:

–¡He conseguido el pan integral! ¡Espero que al menos Dean cene en casa esta noche!

Tom forzó una sonrisa y asintió con la cabeza. Cuando finalmente Ruth se marchó en su coche, Tom dijo:

–Será mejor que me vaya. Deseo que este día termine de una vez. Buena suerte, Mónica, y gracias por venir.

–Buena suerte a ti también.

Hubo cierta tristeza en la despedida, pues aunque no experimentaban ninguna atracción física por el otro, se sentían unidos por el destino. Cada uno se reuniría con su familia, y ambos afrontarían un arreglo de cuentas que modificaría definitivamente sus vidas. Mientras salían del aparcamiento, conduciendo en direcciones contrarias, sintieron de nuevo cierto pesar melancólico porque ni siquiera poseían un recuerdo cálido del otro que les sirviese de consuelo en esos momentos tan dolorosos.

Kent hablaba por el teléfono inalámbrico cuando su madre regresó a casa.

Mónica entró en la sala y encontró a su hijo recostado en el amplio sofá, con un pie sobre la mesa de café, moviéndolo a izquierda y derecha como un limpiaparabrisas; tenía el mentón apoyado en el pecho y estaba sonriendo.

Al cruzar la sala, Mónica dijo:

–Aparta el pie de ahí.

Kent cruzó las piernas, imperturbable, y continuó hablando:

–Ya te dije que apenas lo he hecho, de modo que tendrás que enseñarme. –

Una pausa-. ¿Dónde…? No; no solíamos organizar bailes en el colegio. En casa de mi amigo Beaudry se celebraron dos fiestas, con banda de música v todo… Rich me invitó, pero nos limitarnos a mirar a los viejos, porque allí éramos los más jóvenes…

Mónica salió de la cocina, secándose las manos con un trapo.

–Kent, he de hablar contigo. Por favor, ¿te importaría acabar la conversación?

El cubrió el auricular con una mano y dijo:

–Mamá, estoy hablando con una muchacha.

–Abrevia, por favor -ordenó Mónica, y desapareció.

El retiró la mano del auricular y dijo:

–Discúlpame, Chelsea, debo cortar. Mamá me necesita. ¿Estarás en tu casa?

Quizá te llame… Sí, seguro. Tú también… Adiós.

Kent se levantó del sofá, llevando consigo el teléfono.

–Eh, mamá -dijo al entrar en la cocina, pasándose el teléfono de una mano a

otra-. ¿Qué es tan importante como para interrumpir mi conversación?

Mónica estaba colocando innecesariamente la fruta en una fuente de cristal.

–¿Quién era la muchacha? – preguntó.

–Chelsea Gardner.

Ella fijó la mirada en su hijo, sosteniendo una manzana en la mano. Al verla tan inmóvil y contenida, Kent temió que hubiera perdido el empleo.

Kent dejó de jugar con el aparato telefónico.

–Mamá, ¿qué pasa?

Inconscientemente, ella empezó a jugar con la manzana.

–Kent, vayamos a la sala.

El muchacho se sentó en el sofá que había ocupado antes. Ella tomó asiento en un mullido sillón tapizado, con los codos apoyados en los muslos, haciendo girar la manzana con la yema de los dedos.

–Kent, he de hablarte de tu padre.

El muchacho quedó inmóvil.

–¿Mi padre? – repitió.

–Sí. Tenías razón. Es el momento de hablar.

Kent tragó saliva y miró a su madre, aferrando el teléfono.

–De acuerdo.

–Kent, tu padre es Tom Gardner.

El joven quedó boquiabierto.

–¿Tom Gardner? ¿El señor Gardner, el director?

–Sí -respondió ella con calma. Había dejado de juguetear con la manzana, y la sostenía entre los dedos.

–El señor Gardner… -murmuró Kent con voz ronca.

–Sí.

–Pero es… el padre de Chelsea.

–Sí -susurró ella-, en efecto.

Kent se recostó en el sofá, con los ojos cerrados, el teléfono aún en la mano.

El señor Gardner, uno de los mejores hombres que había conocido; le había sonreído y saludado en los pasillos todos los días de la última semana, y a veces había puesto una mano sobre su hombro; le había agradado desde el primer momento, en parte a causa de la forma en que trataba a sus hijos, en parte por el modo en que se comportaba con todos los alumnos. Un hombre a quien vería el lunes, y todos los días de clase durante el resto del año. El hombre que había de entregarle su diploma de colegial.

El padre de Chelsea.

Y, por Dios, Kent había besado a Chelsea la noche anterior.

Le invadieron diversas sensaciones. La noticia le había impactado. Abrió los ojos y clavó la vista en el techo, borroso a través de sus lágrimas.

–Anoche, después del partido, acompañé a Chelsea a su casa.

–Sí, lo se. He hablado con Tom. Él me lo dijo.

Kent se irguió en el asiento.

–¿Hijo del señor Gardner? ¿Vosotros sois…? ¿Él es…?

–No. No hay nada entre nosotros. Sólo nos unes tú. Nos citamos para hablar de la necesidad de explicar a nuestras familias la relación que existe entre vosotros dos. Eso es todo.

–De modo que él conoce mi existencia. Tú me dijiste que no estaba enterado.

–Así es, y lo siento mucho, Kent. No tengo la costumbre de mentirte, pero sin duda ahora comprenderás por qué creí que no debías saberlo. Y ahora que ha surgido ese asunto de Chelsea…

–Mira… entre nosotros no hay nada -afirmó Kent con tono beligerante.

–Por supuesto -replicó ella, la vista fija en la manzana.

Kent se sintió aliviado, pues nunca había dado motivo a su madre para que sospechara que se mostraba promiscuo con las muchachas. Y no era el caso.

–¿Desde cuándo sabe de mi existencia? – preguntó Kent.

–Desde el día en que te matriculé en el colegio. No tenía idea de que era el director hasta que salió de su despacho.

–¿Y hasta entonces no sabía nada de mí?

–No.

Kent se inclinó para hundir la cabeza entre las manos, el teléfono apretado contra el cráneo. En la habitación remaba un tenso silencio. Mónica dejó la manzana en la mesita de café como si ambos elementos fueran de cristal y volvió a sentarse con las manos cruzadas, las palmas vueltas hacia arriba.

También había lágrimas en sus ojos. Al cabo de un minuto Kent levantó la cabeza.

–¿Por qué te sentiste obligada a decirle la verdad?

–Él te reconoció y preguntó.

–¿Me reconoció?

–Te pareces mucho a él.

–Oh, ¿de veras? – La idea impresionó a Kent.

Mónica asintió sin levantar la vista de la alfombra.

La tensión del momento provocó a Kent un acceso de cólera que ni él mismo comprendió.

–Nunca me dijiste nada -exclamó-, y ahora, de pronto, me revelas su identidad. Y es un hombre que me inspira simpatía, ¡a quien me parezco! –

Se interrumpió y añadió a voz en cuello-: ¡Bien, mamá, háblame!

¡Explícame cómo sucedió! ¡No me obligues a formular preguntas!

–No necesitas saber cómo sucedió.

–¡Pues quiero saber!

Mónica se tomó un momento para reunir fuerzas antes de comenzar:

–Él era un muchacho. Lo veía a veces en el claustro de la universidad.

Asistíamos juntos a una clase… ni siquiera recuerdo de qué asignatura se trataba. Siempre lo encontré atractivo, pero jamás tuvimos una cita. En realidad nunca llegué a conocerlo bien. Cuando cursaba el último año, trabajé como repartidora para Mamá Fiori's Pizza, y una noche de junio nos pidieron media docena de pizzas para una fiesta de despedida de soltero. Yo

las llevé, y él me abrió la puerta. Y entonces… -Mónica se encogió de hombros-. No sé… él me cogió por la muñeca y me hizo entrar en el apartamento. Había mucho bullicio, y todos habían estado bebiendo. Vi montones de botellines de cerveza y muchachas ligeras de ropa. Me reconoció e hizo una colecta entre todos los presentes para entregarme una generosa propina y me preguntó si podía volver cuando saliera del trabajo para beber una cerveza. Yo jamás… bien, nunca había hecho nada parecido.

Probablemente era una muchacha estirada, una estudiante aplicada, muy recta y disciplinada que se había trazado unas metas. No sé por qué lo hice, pero regresé después del trabajo y bebí un par de cervezas. Una cosa llevó a la otra, y terminé en la cama con él. Dos meses más tarde descubrí que estaba embarazada.

Kent trató de asimilar lo que había escuchado.

–Una despedida de soltero -dijo con voz áspera-. Fui concebido en una despedida de soltero.

–Sí -murmuró ella-. Pero eso no es lo peor.

El se limitó a esperar.

–Era su despedida de soltero. – Mónica enrojeció.

–¿Su despedida?

–Iba a casarse la semana siguiente.

–Oh, no me digas… -Ambos se miraron, él perplejo, ella avergonzada-. Iba a casarse… ¿con la señora Gardner, mi profesora de inglés?

Mónica asintió y bajó la mirada. Kent arrojó el teléfono sobre el sofá, donde rebotó, y se reclinó contra los cojines, cubriéndose los ojos con el brazo.

–Sólo estuvisteis juntos una noche.

–Sí -respondió Mónica sin tratar de justificarse.

–¿Ella lo sabe?

–Nadie lo sabe. Supongo que en estos momentos él estará informando a su familia.

La mirada de Mónica recorrió el largo cuerpo vestido con vaqueros azules; los labios firmemente apretados, como para contener el llanto, el mentón y las mandíbulas, que necesitaban ser afeitadas todos los días, la garganta que latía cada vez que él intentaba tragar las lágrimas.

Tendió la mano hacia Kent y le acarició la rodilla.

–Kent, lo siento -murmuró.

–Sí, mamá, lo sé.

Mónica continuó acariciándole, sin saber qué hacer. De pronto el joven movió las piernas como si quisiera evitar el contacto con su madre y respiró hondo.

–Escucha, mamá. – Se dirigió hacia la puerta-. Necesito salir de aquí un rato. Tengo que… no sé… Estoy un poco aturdido. Necesito salir, ¿lo entiendes? No te preocupes. No tardaré.

–¡Kent! – Mónica se levantó y lo siguió presurosa, pero la puerta ya se cerraba detrás del joven-. ¡Kent! – Descendió por los peldaños-. ¡Kent, espera! ¡Por favor, querido, no te lleves el automóvil! ¡Podemos continuar hablando…! Quizá…

–¡Volveré, mamá!

–Pero, Kent…

–¡Has necesitado dieciocho años para acostumbrarte a la idea! ¡Concédeme

por lo menos unas pocas horas!

La portezuela del automóvil se cerró, el motor arrancó, y Kent retrocedió velozmente por el sendero; el coche giró, dejando marcas de neumáticos en el pavimento, y se alejó.

* * *

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Capítulo 8

Para Tom el trayecto de regreso a casa desde el aparcamiento del centro comercial fue como una incursión en el purgatorio. ¿Cómo se lo explicaría a Claire? ¿Y cómo reaccionaría ella? ¿Qué diría a sus hijos? ¿Lo considerarían un ser débil e inmoral? ¿Un hipócrita? ¿Un mentiroso que había traicionado a Claire en vísperas de la boda y había ocultado su falta durante todos esos años?

Hablaría primero con Claire -ella lo merecía- y luego comunicaría la noticia a sus hijos. Y los cuatro afrontarían la dramática escena que seguramente seguiría. Claire merecía que le informase a solas, para que pudiese descargar su furia contra él, le increpase, gritase, llorase y lo insultara sin que los hijos se hallasen presentes.

Cuando llegó a su casa, observó que ella mantenía atareados a Robby y Chelsea; les había encomendado la limpieza de las habitaciones, y en el piso superior zumbaba la aspiradora. Encontró a Claire arrodillada en la sala, quitando el polvo del estante inferior de una mesa. Qué ingenua y vulnerable le pareció, trabajando y pensando que la noche anterior habían solucionado sus problemas al perdonarse mutuamente y hacer el amor.

Se acuclilló detrás de Claire, lamentando tener que lastimarla.

–¿Claire?

Ella se irguió y se golpeó la cabeza.

–Maldita sea -espetó, frotándose la cabeza a través de la gorra de béisbol.

–Lo siento, creí que me habías oído llegar.

–No; no te oí. Caramba, esto duele.

Con la gorra del equipo del colegio, aparentaba veinticinco años, a lo que también contribuían los vaqueros y la camisa arrugada. Tom sintió el corazón inflamado de un amor incontenible y experimentó una nueva punzada de culpabilidad.

Le pellizcó el brazo.

–¿Estás bien?

–Lograré sobrevivir.

–Claire, ha sucedido algo y hemos de hablar de ello… a solas. ¿Te apetece dar un paseo conmigo?

Ella dejó caer lentamente la mano.

–¿De qué se trata, Tom? Tienes un aspecto terrible. – Lo miró a los ojos-.

¿Qué sucede?

Cogiéndola de las manos, la ayudó a incorporarse.

–Salgamos a dar un paseo. – Llamó a sus hijos-. ¿Robby? ¿Chelsea? Venid un momento.

Cuando llegaron, anunció:

–Mamá y yo estaremos fuera durante aproximadamente una hora. Cuando regresemos, quiero veros aquí, ¿entendido?

–Por supuesto, papá. ¿Adonde vais? – preguntó Chelsea.

–Ya hablaremos más tarde. Terminad de arreglar las habitaciones, y no se os ocurra marcharos. ¿Comprendido?

–Está bien, papá…

–De acuerdo, papá…

La voces de los muchachos denotaron desconcierto.

En el automóvil, Claire dijo:

–Tom, estás asustándome. ¿Quieres explicarme qué ocurre?

–Vayamos primero a Valley Elementary. Probablemente el patio de la escuela estará vacío. Hablaremos allí.

Sentada muy erguida, Claire observó atentamente el perfil de Tom, mientras él conducía hacia el cercano edificio. Era la escuela elemental a la que habían asistido los niños, donde habían cometido sus travesuras, en cuyo gimnasio se habían ejercitado y habían competido en los concursos deportivos. La visión del edificio y el campo de juegos envuelto en la luz crepuscular les provocó cierta nostalgia.

Tom desconectó el motor y propuso:

–Vamos, demos un paseo.

Ella lo siguió de mala gana, previendo el desastre. Tomados de la mano, atravesaron un lugar cubierto de césped y un rincón del campo de softball, donde sus pies levantaron nubes de polvo. Más allá, una pila de equipos pertenecientes a los distintos juegos se recortaba con el cielo violáceo. Se acercaron a ella y se sentaron uno al lado del otro en los columpios que tenían forma de herraduras. Los asientos estaban cerca del suelo, y la tierra aparecía cubiertas de astillas de madera.

Claire se agarró a las frías cadenas de acero, mientras Tom se inclinaba como un jugador de baloncesto que espera en el banquillo.

Ninguno se balanceó. Permanecieron sentados un rato, aspirando la

fragancia del bosque y el moho de los pedazos de madera.

Finalmente Tom carraspeó.

–Claire, te amo. Eso es lo primero que deseo decirte, y lo más fácil. El resto es mucho más difícil.

–Tom, sea lo que sea, dilo de una vez, porque ¡maldita sea! la incertidumbre es terrible.

–Muy bien, hablaré. – Respiró hondo-. Hace seis días, antes del inicio del curso, una mujer entró en mi despacho para matricular a un chico que, según me enteré después, es mi hijo. Hasta ese momento yo ignoraba su existencia. Ella nunca lo mencionó, de modo que no tuve motivos para sospecharlo. El muchacho se llama Kent Arens.

Se miraron fijamente. Tom pensó que jamás olvidaría la expresión de los ojos de Claire, reflejaban desvalimiento, incredulidad. Claire permaneció inmóvil, la vista clavada en Tom, aferrada a las cadenas.

–Kent Arens… -murmuró- ¿es tu hijo?

–Sí, Claire.

–Pero… eso significa… -Ella calculó las fechas.

–Te facilitaré las cosas. Tiene diecisiete años, los mismos que Robby. Fue concebido en junio de 1975.

–¿El mes que nos casamos?

–La semana que nos casamos.

–Oh… -musitó acongojada; los ojos, abiertos como platos, le destellaban con un brillo muy intenso-. Oh…

–Te explicaré qué sucedió, porque ella nunca significó nada para mí. Nada.

Sobre todo, debes creer eso.

–Oh, Tom -consiguió decir Claire, cubriéndose los labios con los dedos.

El hombre continuó hablando, pues deseaba contarle todo, ya que sólo la verdad absoluta le conferiría un mínimo de dignidad.

–Resulta bastante difícil recordar las semanas que precedieron a nuestra boda, cómo se sucedieron los hechos en aquel momento. Sin embargo una cosa se destaca con absoluta claridad en mi mente; yo no estaba preparado para contraer matrimonio y sentí, lamento decirte esto, Claire, me sentí atrapado, quizá incluso desesperado. A veces tenía la sensación de que…

estaban obligándome. Acababa de licenciarme en la universidad y había trazado algunos planes; deseaba disfrutar del verano, ejercer de docente, vivir con mis amigos, sentirme libre un tiempo después de tantos años de cumplir horarios y estudiar. Quería comprarme un automóvil nuevo, ropa, y pasar las vacaciones en México y, quizá de tanto en tanto, pasar un fin de semana en Las Vegas.

»Sin embargo tú quedaste embarazada y terminé asistiendo a los cursos prematrimoniales, eligiendo una vajilla y alquilando un traje de etiqueta.

Todo parecía… bien, ¡todo se desarrollaba con excesiva rapidez!

Reconozco que durante un tiempo estuve muy asustado; luego la situación comenzó a irritarme.

»Ése era probablemente mi estado de ánimo en la noche de mi despedida de soltero, cuando esa joven a quien apenas conocía se presentó para entregar un montón de pizzas, y la convencí de que se acostase conmigo. Fue un acto de simple rebeldía. Después de aquello nunca volvimos a vernos… hasta que la semana pasada entró en mi despacho con su hijo.

Desilusionada, Claire posó la mirada en Tom, luego la desvió y se levantó del columpio.

–No; no te vayas -pidió Tom, cogiéndola del brazo-. No he concluido. No

quiero omitir nada; he de explicar todos los aspectos negativos para llegar al punto más importante; me refiero al hecho de que he cambiado. Después de casarme contigo, cambié. – En un susurro agregó-: Claire, te amo muchísimo.

–¡No! – Ella liberó el brazo y movió el columpio hasta colocarse de espaldas a Tom-. No me vengas con eso ahora. Después de todo lo que has explicado, no te atrevas a decirme que me amas.

–Es cierto. Comencé a darme cuenta de cuánto te quería el día que nació Robby y…

–Y se supone que con eso me sentiré mejor, ¿verdad?

–No me dejas terminar. Con el paso de los años, descubrí que me encantaba ser padre. Y ser tu esposo. Y amarte.

Por el temblor de los hombros de Claire, Tom dedujo que estaba llorando.

–¿Te acostaste… con otra mujer… la misma semana que nos casamos?

Tom había intuido antes de iniciar su revelación que ese hecho gravitaría sobre la conversación y que tendría que mostrarse paciente con ella.

–Claire… Claire, lo siento mucho.

–¿Cómo pudiste hacer eso? – La voz de Claire había adquirido un tono agudo y tenso a causa de la emoción-. ¿Cómo pudiste hacer eso y llevarme al altar unos días después?

El apoyó los codos en las rodillas e inclinó la cabeza, clavando la vista en el suelo y las astillas de madera que lo salpicaban. Desde que se había enterado de quién era Kent, había controlado sus sentimientos; pero de pronto las lágrimas ardieron en sus ojos cuando advirtió cuánto había herido a Claire. Permitió que se acumulasen antes de enjugarlas y descubrió que los ojos volvían a empañársele. Caía la tarde, y ellos permanecían sentados

en los columpios, mirando en direcciones opuestas, ella hacia el oeste, él hacia el norte.

Entre sollozos, Claire dijo:

–Hasta ahora no había comprendido… cuánto… cuánto lamentaste casarte conmigo.

–Es agua pasada, Claire, lo digo sinceramente. No tardé en descubrir que nuestro matrimonio me hacía feliz.

Ella se sentía muy dolida, y resultaba imposible calmarla.

–¿No crees que tendría que haber sospechado lo que ocurría el día de nuestra boda? Supongo que me sentía tan dichosa porque el… padre de mi hijo se casaba conmigo que… yo… -El llanto le impidió continuar.

El se acercó y le apretó el hombro por detrás. El cuerpo de Claire se sacudía a causa de los sollozos, que desgarraban el corazón de Tom.

–Claire, por favor -rogó, tan compungido como ella-. Dios mío, Claire, no pretendía lastimarte de este modo.

Ella apartó la mano de Tom.

–Pues bien, lo has conseguido. Sufro por tu culpa y te odio por lo que estás haciéndonos.

Claire se enjugó las lágrimas con las manos. Su esposo le tendió su pañuelo por encima del hombro. Tras usarlo, la mujer añadió:

–Últimamente te has comportado de un modo muy extraño. Sospechaba que algo iba mal, pero no podía barruntar qué era.

–Traté de decírtelo en Duluth, pero… -Se le quebró la voz-. Bien, qué diablos…

El silencio cayó sobre ellos: un silencio denso y opresor que los envolvió mientras permanecían absortos en sus pensamientos. El dolor los ataba a los columpios, los mantenía prisioneros uno del otro, mientras ese cruel episodio se cernía sobre sus vidas, hasta entonces tan serenas. La tarde comenzaba a sumirse en las sombras, y el cielo se teñía de matices más suaves y extraños. Un viento fresco recorrió el campo de juegos.

Al cabo de varios minutos, Claire preguntó:

–¿Él lo sabe?

–Su madre se lo dirá hoy.

Tom adivinó que Claire estaba suponiendo cosas y extrayendo conclusiones erróneas. De pronto la mujer soltó la cadena que agarraba para ver la cara de su esposo y clavó en él una dura mirada.

–La has visto, ¿verdad? Te reuniste con ella cuando saliste a comprar la batería.

–Sí, pero Claire.

–¿La has visto más veces?

–Escúchame, Kent creció sin saber quién era su padre. No podía hablarte de él sin la autorización de esa mujer. Conversamos sobre eso… y adoptamos la decisión de revelar la verdad a todos para que nadie se enterase por boca de terceros.

–No has respondido a mi pregunta. ¿La has visto más veces?

El semblante de Tom se endureció.

–Sí. Una vez. El día que descubrí que Kent era mi hijo.

–¿Dónde?

–En su casa. Lo único que hicimos fue conversar. Te lo aseguro, Claire.

Claire lo miró de hito en hito largo rato, con los ojos inflamados y enrojecidos, y expresión desconfiada. Finalmente bajó la vista.

–Seguramente vive cerca de aquí.

–En Haviland Hills Addition. Se trasladó aquí desde Texas poco antes del inicio del curso. Cuando entró para matricular a Kent, ignoraba que yo era el director. Claire, contesto a todas estas preguntas porque no tengo nada que ocultar. Aquella noche de 1975 fue cuando ocurrió todo. Juro por Dios que has sido la única mujer de mi vida desde el día que nos unimos en matrimonio.

Claire dejó caer los hombros y deslizó la mano entre las piernas. Cerrando los ojos, inclinó la cabeza hacia atrás, de modo que la visera de su gorra de béisbol apuntó al cielo, y exhaló un suspiro profundo y sonoro. Después se sentó muy erguida, la imagen de la persona que sólo desea huir.

Tom esperó, pesaroso por haberle provocado tanto dolor.

–Bien -dijo Claire finalmente, alzando la cabeza como si pretendiese enfrentar su propio destino-, hemos de considerar la situación de nuestros hijos, ¿verdad? – Empezó a mecerse en el columpio. De pronto se detuvo bruscamente y se llevó una mano a la boca mientras las lágrimas comenzaban a brotar de nuevo-. Oh, Dios mío, qué desastre -musitó con voz quebrada.

¿Qué podía decir Tom? ¿Qué podía hacer? ¿Qué podía ofrecer? Sufría tanto como Claire.

–Nunca pretendí lastimaros… no quería que ni tú ni nuestros hijos sufrierais, Claire. Sucedió hace mucho tiempo. Un mero incidente de mi pasado, completamente olvidado por mí.

–Sí, ocurrió hace mucho tiempo, pero nosotros debemos afrontarlo ahora, y es muy injusto cargar a nuestros hijos con este asunto.

–¿Crees que no he pensado en eso?

–No lo sé. ¿Has pensado en ello?

–Por supuesto. Claire, te comportas como si de pronto no tuviese sentimientos. ¿No te das cuenta de que yo también sufro? ¿Que lamento la situación y desearía rectificar el pasado? Pero no puedo. Lo único que puedo hacer es mostrarme sincero y confiar en que de ese modo disminuirá un poco el pesar de las personas afectadas. Con respecto a nuestros hijos…

he decidido hablarles hoy. Puedo hacerlo solo, o puedes acompañarme, como prefieras.

–Chelsea se sentirá tan… tan… -Claire se interrumpió-. ¿Quién sabe qué hubo entre ellos? En todo caso, es evidente que siente simpatía por él.

–Apuesto la vida a que no hubo nada entre ellos.

–¡Oh, eso ya lo sé! – replicó Claire irritada, la mirada hostil-. ¿En una primera cita que ni siquiera fue tal cosa? ¡Al menos nuestra hija tiene escrúpulos! Me refiero a los besos, a la posibilidad de que se hayan besado,

¡no es tan extraño entre los chicos de esa edad!

–Bien, nunca lo sabremos, porque puedes estar segura de que yo no lo preguntaré.

–No, por supuesto. De todos modos ella sufrirá. ¿Y qué me dices de Robby?

Ya manifiesta cierta animadversión hacia Kent… Juegan en el mismo equipo, y yo lo tengo en clase.

–Yo también tengo que tratar con él.

–Bien, ¡perdóname si no puedo compadecerte!

Claire se levantó del columpio, se acercó a una barra y apoyó un hombro contra ella. Con las manos hundidas en los bolsillos de la falda, miró en dirección al sol. Tom se sintió irritado porque sólo le restaba la posibilidad de observar la espalda de su esposa; últimamente era lo que se le ofrecía con más frecuencia. El temor se había condensado en una especie de bloque de piedra que tenía en el estómago. También había necesidad; la necesidad de tocar a Claire, abrazarla, estrecharla entre sus brazos y sentirse reconfortado porque unidos podrían superar esa situación.

Se apartó del columpio y se acercó a ella por detrás, dudando si tocarla, turbado por su propia inseguridad. Contempló la desordenada cola de caballo bajo el gorro y las mangas de la vieja camisa, arrugada y descolorida por los muchos lavados. £1 atuendo juvenil le confería un aire de indefensión.

–Claire… -Posó las manos sobre la tela suave, bajo el cuello.

–No. – La mujer se apartó y se apoyó de nuevo contra la barra en actitud desafiante-. No quiero que me toques.

Tom dejó caer las manos y esperó.

Y continuó esperando, mirando en la misma dirección que Claire mientras las sombras se alargaban y el matiz grisáceo de la angustia recubría su matrimonio.

–Lo que más duele es la traición -declaró finalmente Claire-. Pensar que conoces a alguien y de pronto descubrir que no lo conoces en absoluto.

–Eso no es cierto, Claire. Soy el mismo hombre de siempre.

–No a mis ojos.

–Todavía te amo.

–No se hace algo así a la persona que se ama. No deberías haber ido a la casa de otra mujer, sobre todo si es la madre de tu hijo.

–Oh, vamos, Claire. Eso sucedió en 1975. ¡Es una auténtica desconocida para mí!

Acongojada, Claire clavó la vista en sus pies. Finalmente se volvió, y la expresión de sus ojos provocó un escalofrío en Tom.

–Nunca pensé que podría albergar estos sentimientos hacia ti, jamás. Creía que lo que habíamos creado era inviolable, que nada podría destruir nuestro matrimonio. Pero en este momento, Tom Gardner, te odio. Quiero castigarte y lastimarte por haber hecho esto a tu familia.

–Si de ese modo te sientes mejor, adelante. Supongo que lo merezco.

La mujer se volvió con el puño derecho cerrado y golpeó a Tom con tanta fuerza que él perdió el equilibrio. De inmediato ella retrocedió, conteniendo una exclamación al comprender lo que había hecho. La mejilla de Tom quedó marcada por el golpe. Claire abrió mucho los ojos en un gesto de sorpresa. En dieciocho años de matrimonio, jamás ninguno había golpeado al otro.

Tom retrocedió, distanciándose de ella; de pronto los dos se mostraban avergonzados, inseguros de su propia posición. Lentamente el sonrojo de la cólera vino a unirse a la marca de la cara.

–Claire, ¿qué deseas que haga? El pasado es historia. ¿Qué quieres que haga ahora?

–Habla con tus hijos. Diles que su padre no es la clase de hombre que ellos creían. Trata de explicar a Robby por qué tuviste relaciones con otra mujer mientras yo lo llevaba en mi vientre. Trata de explicar a Chelsea por qué no debe hacer esa clase de cosas con los muchachos, aunque estaba muy bien que tú las hicieras, porque en realidad ¡no querías casarte con la madre!

Claire señaló con el dedo en dirección a su hogar-. Vuelve a casa y

cuéntales, Tom Gardner, destrózales el corazón, ¡porque esto es más que el mero anuncio de que tienen un medio hermano! ¡Es una traición, y ellos así lo entenderán!

Por supuesto, Claire se las había ingeniado para orientar hacia los hijos el sentimiento de culpa de Tom, lo que molestó sobremanera a éste.

–Parece que planeas pedirles que elijan a quién apoyarán. No hagas eso, Claire.

–¡Oh, no te hagas el virtuoso! – Ella cerró los puños y los mantuvo pegados a las caderas. Conteniendo el impulso de insultarle, se volvió y caminó hacia el automóvil.

Cerró con un golpazo la portezuela del copiloto y se cruzó de brazos, fijando la vista en los guijarros acumulados sobre el borde del asfalto, con los ojos empañados en lágrimas.

La semana de nuestra boda…

En realidad él no quería casarse conmigo…

Pensaba que yo lo había engatusado…

Allí estaba Tom, en el campo de juegos, de pie bajo la estructura del columpio, la cabeza inclinada, probablemente reclamando la compasión y comprensión de Claire. Bien, ella no podía ofrecérselas, ni ese día, ni al siguiente, ni en el futuro inmediato. Un marido no podía volcar una carga tan pesada sobre los hombros de su esposa y pretender que ésta reaccionara como la jovencita enamorada que había conocido antaño.

Ella era la parte ofendida, no él.

A lo largo de su vida de casada Claire había pugnado por alcanzar un ideal, no sólo en su relación con Tom, sino también en el ámbito familiar.

Descubrir que había puesto su empeño en un matrimonio que él nunca había querido, un primogénito que él había considerado una carga, convertía todo sus esfuerzos en una burla.

Dieciocho años… resumidos en eso.

Se sentía estúpida por no haber sospechado nada y culpaba a Tom por haberle provocado tales sentimientos en un momento en que necesitaba sobre todo armonía. Pero si no había sospechado nada en el pasado, ahora sí sospechaba. La mujer que se había acostado con Tom había regresado a la zona y buscado al padre de su hijo. Y él reconocía haberla visto más de una vez. ¿Acaso un hombre inteligente que veía amenazados su hogar y su familia no debía negar todo acto ilícito?

La idea aterrorizó a Claire, al tiempo que exacerbaba su cólera.

No quiero vivir dominada por la sospecha. No quiero convertirme en una de esas lamentables criaturas de que murmuran los docentes. ¡Quiero ser la mujer que era hace una hora!

La ira y la autocompasión aún la dominaban cuando oyó los pasos de Tom, que se aproximaba.

Él ascendió al vehículo y cerró con fuerza la portezuela. Introdujo la llave de encendido, pero la emoción lo inmovilizó. Dejó caer la mano y posó la mirada en el capó.

–Claire, no sé cómo decírselo.

–Tampoco yo -admitió Claire, la mirada fija en el camino, sin un atisbo de compasión en la voz.

–Supongo que tendré que hablar con franqueza, como contigo.

–Sin duda.

–¿Deseas estar allí?

–A decir verdad, preferiría estar en Puerto Rico o en Calcuta… ¡En cualquier lugar menos allí, afrontando esto!

Los períodos de silencio eran cada vez más prolongados y opresores. Al cabo de unos minutos Tom puso en marcha el motor, y regresaron al hogar en silencio, sin mirarse. Tom aparcó en el garaje y siguió a Claire al interior de la casa, tenso a causa del temor que le producía hablar con sus hijos.

En la cocina colgó las llaves del automóvil de un gancho situado en un tablero fabricado por Robby en la escuela elemental. Mientras buscaba un vaso para beber agua, encontró una jarra roja con la inscripción «papá», que Chelsea le había regalado el día del Padre.

Por doquier hallaba muestras del amor y el respeto que sus hijos le profesaban. Llenó la jarra y bebió lentamente, tratando de retrasar la definitiva caída en desgracia.

Cerró el grifo y al volverse observó que Chelsea había entrado en la cocina y se hallaba de pie al fondo, terminadas ya sus tareas domésticas, presente como se le había ordenado. Robby se encontraba junto a su hermana, ambos silenciosos y pensativos. Claire había desaparecido.

–Sentémonos -dijo Tom-. Debo explicaros algo.

Tomaron asiento ante la mesa de la cocina, confusos e inquietos.

–Durante la última semana y media han sucedido cosas que… bien, hasta cierto punto cambiarán nuestras vidas; no la vida de la familia, sino la de cada miembro de ella, porque nos concierne a todos.

»Ahora bien, antes de continuar quiero que sepáis que mamá y yo hemos hablado del asunto. Estamos tratando de resolver el problema entre los dos.

De modo que no hay nada que temer. – Se aclaró la voz.

–Esto tiene que ver con Kent Arens.

–¿Kent? – repitió Chelsea, sorprendida.

Claire apareció silenciosa detrás de los jovencitos y se apoyó contra la puerta de la cocina, donde sólo Tom podía verla. Éste posó la yema de los dedos sobre la mesa.

–Kent Arens es mi hijo.

Nadie habló; el rubor tiñó el rostro de Chelsea, y Robby entreabrió los labios, reclinándose contra el respaldo de la silla, las manos aferradas al borde del asiento. Chelsea se limitó a mirar asombrada a su padre.

–Conocí a la madre de Kent cuando yo estudiaba en la universidad, pero nunca me enteré de que había tenido a Kent. De hecho no lo supe hasta el miércoles antes del inicio de las clases, cuando ella se presentó para matricularlo.

El silencio de prolongó largo rato.

Robby habló primero:

–¿Estás seguro?

Tom asintió en silencio.

–Pero… ¿qué edad tiene?

–La misma que tú.

–Caramba -murmuró Robby-. ¿Mamá lo sabe?

–Sí, lo sabe.

–Vaya, vaya -susurró el muchacho.

–Hay algunos hechos que Claire y yo no queremos ni podemos comentaros, pero existen otros aspectos que debéis saber y entender. Su madre nunca dijo a Kent quién era su padre; hoy se lo dirá. En la escuela nadie está enterado de este asunto, de modo que a vosotros os corresponde… os corresponde… -¿Decir la verdad u ocultarla?-. Bien, os corresponde definir el cariz de nuestra futura relación con él. Ignoro qué actitud adoptaremos con él a partir de ahora, pero os pido que comprendáis que habrá dificultades para todos; para nosotros y para él. No pretendo deciros cómo debéis reaccionar ante esta noticia. No os digo: «Aquí está vuestro hermano, a quien debéis amar o al menos profesar simpatía.» Chelsea, sé que tú ya eres su amiga, y yo… bien, lamento que esto represente una molestia para ti. Robby, también conozco tus sentimientos hacia él. Ha sido un duro golpe para todos, y lamento tener que obligaros a afrontar esta situación. Pero, por favor… si necesitáis desahogaros, hablad del asunto con mamá y conmigo. ¿Estáis dispuestos a hacerlo?

Ambos mantenían la vista clavada en la mesa.

–Sé que lo que hice estuvo mal. Siempre he apreciado el respeto que me profesáis como padre y me he sentido orgulloso de él. Contaros la verdad ha sido… ha sido… -Tom tragó saliva-. Bien, ésta ha sido la peor semana de mi vida. Sabía que debía hablar con vosotros, pero temía que vuestra opinión sobre mí cambiara. Lo que hice estuvo mal, y acepto la responsabilidad de mis actos. Os pido perdón porque, al ofender a vuestra madre, también os he ofendido a vosotros. No tengo excusas. La conducta deshonrosa no tiene excusa, pero os amo profundamente a ambos y lo que menos deseo es lastimaros u ofender a vuestra madre. Porque os amo a todos… muchísimo. – Desvió la mirada hacia Claire, que permanecía apoyada contra el marco de la puerta, impasible. Ninguno de los hijos levantó la mirada.

–Debo explicaros algo más sobre este asunto. Tiene que ver con la moral. –

Advirtió que estaba apretándose el vientre con las manos. En las entrañas sentía un fiero temblor-. Por favor, no…, no sigáis mi ejemplo. Vosotros sois buenos y honestos. No cambiéis… por favor. – Pronunció las últimas

palabras con voz ronca.

El silencio envolvió otro de esos momentos de sufrimiento que estaban convirtiéndose en algo rutinario ese día.

–¿Queréis decir algo… o preguntar? – inquirió.

Chelsea, solemne y ruborizada, la mirada baja, murmuró:

–¿Qué diremos a nuestros amigos?

–La verdad, cuando debáis hacerlo. Jamás os pediría que mintierais por mí.

Es mi hijo, y parece absurdo suponer que la verdad permanecerá ignorada en el lugar donde los cuatro, mejor dicho, los cinco, pasamos la mayor parte del día. Kent también tendrá que resolver algunas cuestiones. Supongo que su consejero le ayudará a superar este mal momento. También vosotros podéis buscar la ayuda de un consejero.

Chelsea apoyó un codo en la mesa y descansó la cara en la mano.

–Sería embarazoso. Nuestro padre… el director.

–Lo sé, y lo siento, Chelsea.

Tom sintió deseos de tender la mano para acariciar el brazo de su hija, pero tuvo la impresión de que en cierto modo ya no tenía derecho a hacerlo. La vergüenza en el rostro de Robby desapareció para dar paso al desdén.

–Entonces ¿qué debemos hacer? ¿El frecuentará esta casa?

–¿Si frecuentará esta casa? No; no lo creo. Quiero decir… Robby, es difícil responder a eso. Hoy descubrirá que no sólo tiene un padre que vive en la misma ciudad, sino que además dos hermanos, e incluso tíos y tías y un abuelo a quienes no conocía. Supongo que experimentará cierta curiosidad por nosotros.

Robby apretó los dientes. Tenía una expresión dura. También había enlazado las manos sobre el estómago.

–Y bien, ¿qué sucederá entre mamá y tú?

–Mamá está muy impresionada. Lloró…

Vio que Claire se marchaba. Robby se volvió en el momento en que ella desaparecía, de modo que no se enteró de que había estado allí, escuchando la conversación. Continuó interrogando a su padre.

–En fin, ¿qué hay entre tú y esa mujer?

–No hay nada. Para mí es una desconocida. Hablaré con franqueza, puesto que tenéis edad suficiente para entender… no mantengo una relación sexual o sentimental con ella. Sólo nos hemos reunido en dos ocasiones, y fue sólo para aclarar las cosas acerca de Kent y el modo de afrontar la situación.

–Entonces ¿por qué aquella noche mamá te acusó de tener una aventura? –

inquirió Chelsea.

Robby movió bruscamente la cabeza.

–¿Cuándo? ¡Nunca me lo has mencionado!

–¿Papá? – La muchacha mantuvo la mirada clavada en Tom-, ¿Por qué?

–Lo ignoro. Quizá porque me notó tenso y distraído. Al descubrir lo de Kent supe que tarde o temprano tendría que hablar con vosotros y tenía miedo. Mamá interpretó mal mi actitud, eso es todo. Si hubiese sido sincero con ella, si le hubiese dicho la verdad en cuanto me enteré del asunto, esta conversación habría tenido lugar hace una semana, y tú nunca habrías oído aquella discusión.

Este diálogo se vio interrumpido súbitamente cuando un automóvil enfiló el sendero y se detuvo ante la ventana de la cocina. Se oyó el ruido de la

portezuela al cerrarse, pasos que se acercaban a la puerta y el sonido del timbre.

Sonó insistente hasta que Robby llegó a la entrada y observó sorprendido, a través de la puerta de alambre.

Allí estaba Kent Arens, quien lo miraba con hostilidad. Su voz se oyó clara en la cocina:

–Quiero ver a tu padre. – Sin ser invitado a pasar, abrió la puerta de alambre y entró en el momento en que Tom y Claire se acercaban. Chelsea se mantuvo a poca distancia, observando, y Robby se apartó del camino de Kent.

Padre e hijo se miraron envueltos en el tenso silencio, muy parecidos físicamente a pesar de la diferencia de edades. Kent miró de hito a hito a Tom, pensando que aquélla sería su imagen dentro de veinte años; piel oscura, ojos castaños, cejas arqueadas, labios carnosos, nariz recta…

El remolino.

Los ojos desafiantes escrutaron todo mientras el joven permanecía de pie, la imagen misma de un individuo ofendido. Ni una sonrisa, ni un movimiento suavizaron su gesto.

–Necesitaba verlo. – Y salió, tan impetuosamente como había irrumpido.

–¡Kent! – exclamó Tom, echando a correr tras él-. ¡Espera!

Cuando salió del porche a la acera, Kent se hallaba junto a la portezuela ya abierta del Lexus. Su rostro exhibía una expresión severa.

–¿Jamás intentó encontrarla? ¿Ni siquiera le preguntó? – vociferó-. ¡Se acostó con ella y huyó! Bien, tal vez soy un bastardo, ¡pero le aseguro que tengo más escrúpulos que usted!

La portezuela del coche se cerró ruidosamente, y el Lexus retrocedió por el sendero antes de alejarse a velocidad vertiginosa.

Tom lo observó, suspirando, abrumado por el peso del desgaste emocional.

¿Cuándo terminará ese día? De pronto sintió deseos de llorar nuevamente.

Sin embargo la responsabilidad lo espoleó y Tom alzó los hombros antes de regresar al interior de la casa.

–¿Dónde está mamá?

–Arriba.

–Claire -llamó desde el pie de la escalera-. ¡Claire, ven aquí!

Subió hasta la mitad, hasta que alcanzó a ver el pasillo del primer piso. La mujer salió del dormitorio y se detuvo en un extremo del corredor, los brazos cruzados.

–¿Qué?

Tom vociferó para que sus hijos le oyeran también:

–Ese muchacho está trastornado. He de llamar a su madre; os lo comunico para que no lleguéis a conclusiones erróneas. He trabajado mucho tiempo con jóvenes y no puedo equivocarme respecto a su estado emocional. – Se dirigió al teléfono de la cocina, pasando ante Chelsea y Robby-. Podéis quedaros aquí y escuchar si queréis; de todos modos pienso llamarla.

Marcó el número, y Mónica atendió la llamada de inmediato.

–Mónica, soy Tom.

–Oh, Tom, gracias a Dios. Kent se ha marchado con mi automóvil y…

–Ya lo sé. Estuvo aquí hace un momento. Irrumpió en la casa y se enfrentó

a mí; después se alejó conduciendo como un loco. Tal vez deberías llamar a la policía para que lo detengan por su propia seguridad. Realmente está muy alterado.

–Me lo temía. – La mujer reflexionó unos minutos-. Está bien, lo haré. Tom,

¿estaba llorando?

–No. Estaba enojado.

–Sí, así estaba cuando salió de aquí. ¿Cómo ha recibido la noticia tu familia?

–No muy bien.

Tras un silencio, ella dijo:

–Bien, será mejor que colguemos… Avisaré a la policía. Gracias, Tom.

–Está bien. ¿Me telefonearás cuando regrese para informarme de que está bien?

–Por supuesto.

Cuando Tom cortó la comunicación, en la casa reinaba una atmósfera fúnebre; cada uno ocupaba su pequeño espacio, manteniendo una cuidadosa distancia con los demás, silenciosos. Los jóvenes subieron a sus habitaciones. Claire permaneció en el dormitorio, y Tom siguió en la cocina, la mirada fija en la jarra roja con la inscripción «papá».

Estaba hecho. Había revelado el secreto, había confesado su culpa, y ahora llegaba el lamentable período de transición, dominado por la sensación de que jamás podría restablecer la unidad de la familia. La casa permanecía en silencio -ni televisión, ni música, ni ruido de pasos, ni puertas que se abrían o cerraban-, sólo el silencio. ¿Qué hacían esas tres personas a quienes tanto amaba? ¿Se acurrucaban en sus respectivas camas, odiándolo?

Chelsea estaba sentada en la cama, la espalda apoyada contra la cabecera, las rodillas dobladas, con una bata roja cruzada sobre el regazo. Con expresión adusta, jugueteaba con los rulos esparcidos sobre el lecho, al tiempo que recordaba, se mortificaba…

Había besado a su propio hermano.

¿Qué le diría la próxima vez que lo viese? ¿Cómo podría volver a mirarlo a la cara? Y probablemente se vería obligada a hacerlo, quizá incluso en su propio hogar, después de que él hubiera descubierto quién era su padre. Ya resultaría bastante desagradable toparse con él en el colegio para pensar que, además, podría encontrarlo en casa. Se imaginó entrando en el colegio la mañana del lunes y pasando ante las taquillas, encontrando la mirada de Kent por encima de la multitud de alumnos y tratando de comportarse normalmente.

¿Y cómo podría explicar el asunto a sus amigos? Su padre era el director.

¡El director! La persona a quien debían respeto. Aunque ellos guardasen el secreto, sin duda se difundiría la noticia. Era el resultado lógico teniendo en cuenta el modo en que Kent se comportaba, su irrupción en la casa, las miradas hostiles dirigidas a Tom, las acusaciones formuladas a gritos. Y

todos los amigos de Chelsea descubrirían que su papá tenía un hijo que nunca había aceptado. No importaba cuáles fueran las circunstancias; lo cierto era que Tom tenía dos hijos varones que estudiaban el mismo curso y sólo uno era legítimo.

Chelsea se rodeó las rodillas con los brazos e inclinó la cabeza, respirando de forma entrecortada.

¿Qué sería de su familia? Si a ella le había ímpactado la noticia, seguramente a Claire la había conmocionado.

Sabía que sus padres se habían casado en junio, y Robby había nacido en diciembre. ¿En qué mes había nacido Kent? En verdad, eso importaba poco.

Si había sido el mismo año -y todo apuntaba a que así era- su padre tendría

mucho que explicar. Chelsea trató de ponerse en el lugar de su madre al enterarse de la noticia; sin embargo la idea de la infidelidad de su padre resultaba demasiado terrible para concebirla.

Por favor, pensó, ojalá mamá y papá superen esto. Nunca ha habido un problema semejante en nuestra familia, y no sé qué haría si mis padres decidieran separarse. No sé qué puedo hacer para ayudar a mamá a afrontar esta situación; cuando lo sepa, lo haré, sea lo que sea.

Su madre se había encerrado en su habitación, y su padre se paseaba por la casa. Y aunque éste había dicho que sus hijos no debían preocuparse, había que ser un idiota para no darse cuenta de cuánto sufría mamá y cómo la noticia había provocado lágrimas, dolor y distanciamiento entre los miembros de la familia.

Robby se hallaba en su habitación, sentado en un sillón, jugueteando con un balón de fútbol. Las estanterías que llegaban hasta el techo se alzaban a ambos lados del escritorio, donde descansaba un ordenador. La cama estaba recién hecha, se había pasado la aspiradora por la alfombra azul, diferentes objetos reposaban en los estantes de libros y la cómoda. La chaqueta de Robby colgaba de un perchero, detrás de la puerta, y aunque ya había anochecido, las luces seguían apagadas.

Estaba sentado en una postura similar a la que su padre había adoptado en el columpio, inclinado, los codos apoyados en las rodillas. Mientras tanto, hacía girar el balón de fútbol en sus manos.

Un hermano -no, medio hermano-, de la misma edad, concebido…

¿cuándo? ¿En qué circunstancias? Había residido la mayor parte de su vida lejos de allí y nunca había conocido a su padre. De pronto lo había encontrado, ¿y para qué? ¿Para que la gente murmurase, hiciera bromas, formulase toda clase de preguntas para las cuales Robby no tenía respuesta?

¿Para introducirse en la familia, merodear en su hogar, y conseguir que todos se sintieran incómodos? ¿Para ser mejor que Robby en el campo de fútbol? ¿Para mirarlo de reojo como si lo acusaran de haber monopolizado

al padre todos esos años? Caramba, él no tenía la culpa, ¿verdad?

Pero papá… por Dios, ¿cómo había sucedido? ¿Qué había ocurrido entre mamá y papá en su juventud? A veces hablaban de antiguos novios y novias, pero Robby nunca antes había oído el nombre de Mónica.

Recordó que su padre le había dicho esa tarde: «Cada persona con quien te relacionas contribuye a cambiarte.» Bien, ¡Kent Arens ya había cambiado a esa familia! ¿Y quién sabía cuántos cambios más se producirían, y en qué sentido? Todo lo que papá le había comentado acerca de la necesidad de afrontar los dilemas morales, el modo de formar el carácter…

Robby sospechaba desde hacía tiempo que su madre estaba embarazada de él cuando se casó. Bien, quizá era un tanto ingenuo, pero siempre había creído que sus padres nunca habían mantenido relaciones sexuales con otras personas. Parecía que su generación era la única que debía soportar clases acerca de cómo evitar el sida, sermones sobre el uso de condones y discursos de los padres con respecto a la necesidad de ser buenos. En fin,

¿qué era ser bueno? Siempre había pensado que la generación de sus padres era mejor que la suya porque había vivido mucho tiempo atrás, cuando ser bueno resultaba más fácil. Ahora sabía a qué atenerse. Robby y Brenda habían estado muchas veces a punto de hacerlo, aunque había asegurado a sus amigos que, en efecto, lo había hecho para evitar que se burlasen de él.

Lo cierto era que tenía miedo a llegar hasta el final, y lo mismo le sucedía a Brenda, de modo que… bien… practicaban una serie de juegos, y con bastante frecuencia.

En cambio su padre había dejado embarazadas a dos muchachas. ¡Caramba!

Así pues, durante aquella época su padre se había mostrado sumamente activo.

Robby arrojó el balón al interior de la papelera y se acostó en la cama.

Kent Arens. Su hermano ilegítimo. Y él tendría que pasarle el balón durante el resto de la temporada, mientras mamá presenciaba el partido desde las

gradas.

Pobre mamá. Caramba, ¿cuál sería su situación si la noticia se difundía en el colegio? ¿Cómo se encontraba en ese momento, encerrada en la habitación, al otro extremo del pasillo, pensando en lo que había sucedido ese día?

Claire se sentó en el borde de la cama tras depositar en ella un cajón de la cómoda. Extrajo un puñado de calcetines, los emparejó, los dobló y formó pilas. Se enjugó los ojos con un par de calcetines blancos y reanudó su tarea, como si el orden que imponía en el cajón pudiese transferir a su vida personal.

Tomó un par de medias largas, las inspeccionó en busca de una carrera, las enrolló cuidadosamente y las agregó a la pila; dobló los sostenes y los colocó en un rincón con esmero.

De pronto se inclinó, cubriéndose la cara con una prenda blanca de algodón.

No puedo… no puedo…

No puedo ¿qué? No se le ocurrió ninguna respuesta; simplemente le embargó una renovada sensación de angustia, y a su mente acudió la imagen de ese muchacho, frente a Tom, en el vestíbulo, tan parecido a su esposo de joven que había experimentado un profundo dolor al mirarlo.

¿Cómo era posible que hasta entonces no hubiese reparado en el parecido?

¿Cómo podía afrontar esa situación? ¿Cómo podía volver a la cocina, asumir sus obligaciones de esposa y madre, y mantener cierto aire de normalidad cuando repentinamente la confianza en su marido había desaparecido? ¿Cómo podría entrar en clase el lunes?

No puedo… no puedo…

Ignoraba por qué se le antojaba tan importante ordenar el cajón, pero se

enderezó y continuó distribuyendo el contenido mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas. Inclinó la cabeza sobre ese estúpido cajón que había sido un desastre durante por lo menos dos años y que podía continuar así dos años más. ¿A quién le importaba eso?

Finalmente renunció a la innecesaria tarea y se tendió de costado, rodeando con el cuerpo el cajón de madera, mientras de su garganta brotaba un gemido agudo.

Oh… oh… no quería casarse conmigo… no me amaba…

Deseaba que Tom se presentase y la encontrase así, sufriendo, y viese a qué la había reducido.

Por otra parte, prefería no enfrentarse a él todavía, porque no sabía qué decirle e ignoraba si podría mirarlo a la cara.

Claire permaneció acostada una hora, mientras caía la oscuridad y se encendían las farolas de la calle. El aire que entraba por la ventana se convirtió en una ráfaga fría que agitó la cortina. A veces pasaba un automóvil, y en una ocasión oyó el ruido de una motocicleta.

Al cabo de un rato sonó el teléfono. Tom atendió la llamada y Claire descolgó el auricular del supletorio, y, conteniendo la respiración, escuchó.

– Tom, soy Mónica.

–¿Ya ha regresado?

–Sí.

Un suspiro de alivio.

–Gracias a Dios. ¿Y está bien?

–Sí.

–¿Has hablado con él?

–Lo he intentado, pero no ha dicho gran cosa. Todavía se siente dolido e irritado.

–Supongo que es lógico, aunque, a decir verdad, no esperaba esa reacción.

Cuando irrumpió aquí, iracundo, me impresionó realmente.

–¿Qué dijo?

–Afirmó que yo carecía de escrúpulos, que después de acostarme contigo te había abandonado sin molestarme siquiera en preguntar si estabas embarazada.

–Oh, Tom, lo siento.

–Pero tiene razón. Al menos debería haberte llamado.

–Yo también podía haberlo hecho.

–Oh, Mónica, maldita sea. – Otro suspiro de angustia-. Quién sabe cómo deberíamos haber actuado.

Durante el silencio que siguió, Claire supuso que los dos se aferraban a los auriculares. Se preguntó cómo era Mónica Arens, qué aspecto tenía su casa, en qué piezas había estado Tom.

–Supongo que tu familia estará destrozada. – La voz de Mónica destilaba compasión.

–Esta situación está matándonos. Es… caramba. – La emoción le impidió continuar.

–Tom, lo siento, gran parte de la culpa es mía. – Se mostraba sinceramente compungida por la situación de Tom-. ¿Crees que todo esto se resolverá?

–No lo sé, Mónica.

–¿Cómo reaccionó tu esposa?

–Lloró, se enojó, me golpeó. Ahora nadie habla en esta casa.

–Oh, Tom.

Claire escuchó la respiración de ambos. Luego Tom carraspeó y habló con voz ronca:

–Creo que Claire lo resumió muy bien cuando dijo: «Oh, Dios mío, qué desastre.»

–No sé qué puedo hacer en este momento, pero si hay algo…

–Procura que Kent hable y, si ves signos de peligro, llámame. Ya sabes qué debes vigilar, la depresión, e! retraimiento… si empieza a fumar o beber, si llega tarde a casa… Yo lo vigilaré en el colegio y estaré atento a sus calificaciones.

–De acuerdo. ¿Tom?

–¿Sí?

–También puedes telefonearme cuando lo desees.

–Gracias.

–Bien, será mejor que nos despidamos. Hasta luego. Y buena suerte.

–Sí, lo mismo te deseo.

En cuanto Tom y Mónica cortaron la comunicación, Claire colgó el auricular y se tendió en la cama. El corazón le latía deprisa. No debí haber escuchado, pensó, porque ahora esa mujer es real. En su voz he percibido

afecto hacia Tom, sus silencios resultaban tan dolorosos como sus palabras.

Kent es hijo de los dos, de modo que jamás podré negarlo; siempre existirá ese vínculo entre ellos.

Y ahora sé que ésta no será la última conversación que mantengan.

Esperó que Tom acudiese a informarla de la llamada. Al ver que no aparecía tuvo la certeza de que existía un vínculo afectivo entre él y Mónica; era imposible negarlo, dado el modo en que afrontaban juntos la situación.

Mucho rato después pasó otro automóvil, y el ruido la sacó de su letargo. Se incorporó en la cama, temblando, la cadera apoyada contra el cajón de la cómoda, el gorro caído. Consultó el reloj de la mesita de noche; ni siquiera eran las nueve. Demasiado temprano para acostarse, pero no estaba dispuesta a salir de la habitación, arriesgándose a encontrarse con él.

Devolvió el cajón a la cómoda, se descalzó y quitó los vaqueros. Se quedó con las medias y la camisa y, como no tenía la energía necesaria para cambiarse, se deslizó bajo las mantas y se acurrucó, introduciendo las manos entre las rodillas, de espaldas al lado de la cama que Tom ocupaba.

Un rato después oyó que él llamaba discretamente a la puerta de Robby, luego a la de Chelsea; permaneció un rato en sus habitaciones, y su voz era apenas un murmullo lejano. Al cabo de un rato abrió la puerta del dormitorio que compartía con Claire y entró.

Se desvistió en la oscuridad y se tendió de espalda en el lecho, sin siquiera rozar a su esposa.

De nuevo llegaron la quietud absoluta, la inexplicable necesidad de permanecer inmóvil y fingir que el otro no estaba allí, a pesar de que los músculos parecían vibrar con la necesidad del movimiento.

El llanto había provocado jaqueca a Claire, que mantuvo la vista clavada en el reloj, hasta que finalmente sintió que le pasaban los párpados.

Varias veces en el curso de la noche despertó al notar la mano de Tom sobre el brazo, tratando de conseguir que ella se moviese. Pero ella apartaba esa mano y se alejaba aún más de su esposo.

–No -decía, nada más.

* * *

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Capítulo 9

Claire despertó el domingo a las ocho de la mañana. Fuera, la niebla se elevaba, dejando atrás las hojas lustradas por la humedad. El sol bañaba el jardín con su luz cobriza. Tom se levantó de la cama y caminó sigiloso sobre la alfombra en dirección al cuarto de baño y, una vez allí, cerró la puerta.

Ella oyó el ruido del agua, la reanudación de la vida, todo amortiguado por los episodios de la víspera. Recordó los diálogos mantenidos el día anterior, y de pronto le asaltó la ira, que vino a reemplazar su laxitud. Cada ruido proveniente del cuarto de baño aguijoneaba su cólera; Tom se dedicaba a su higiene matinal, como si nada hubiese cambiado.

Y no era así.

La obstinación, el deseo de venganza a su humillación por haber sido traicionada dominaron a la normalmente bondadosa y compasiva Claire.

Deseaba herir a Tom tan profundamente como él la había herido.

Él salió del cuarto de baño y se acercó al armario, donde deslizó las perchas de metal antes de elegir una camisa y ponérsela. Claire observó a Tom, mientras él se paseaba por la habitación.

Se acercó a la cama, anudándose la corbata.

–Deberías levantarte. Ya son las ocho y veinticinco. Llegaremos tarde a la iglesia.

–No pienso ir.

–Vamos, Claire, no adoptes esa actitud. Los muchachos necesitan ver un

frente unido.

–¡Te repito que no pienso ir! – Apartó las mantas y se levantó precipitadamente de la cama-. Tengo la cara enrojecida y no estoy de buen humor. No cuentes conmigo.

En un acceso de cólera inesperada, Tom agarró a Claire del brazo cuando pasaba a su lado en dirección al cuarto de baño.

–Mira, dije que lo lamentaba. Ahora bien, considero que debemos mantener las apariencias hasta que resolvamos este asunto.

–¡No me toques! – Liberó violentamente el brazo.

La expresión de sus ojos impresionó a Tom, quien permaneció de pie frente a ella, advirtiendo su obstinación y agresividad, aspectos que hasta entonces nunca había manifestado.

–Claire -rogó Tom con una punzada de miedo. La puerta del cuarto de baño se cerró. A través de ella Tom habló-: ¿Qué les digo?

–No tienes por qué decirles nada. Yo daré las explicaciones que juzgue oportunas.

La mujer salió un minuto después ajustándose el cinturón de la bata y se marchó del dormitorio. Tom no alcanzó a oír qué decía a Robby y Chelsea.

Cuando más tarde subieron al automóvil, Tom adivinó que sus hijos también habían pasado una mala noche y que se sentían desconcertados por la actitud de su madre.

–¿Por qué mamá no viene con nosotros? – preguntó Chelsea.

–No lo sé. ¿Qué os ha dicho?

–Que no se sentía con ánimos de salir y que no me preocupara. ¿Discutisteis

anoche?

–Hablamos en el parque. Después no volvimos a hablar.

–Tenía un aspecto lamentable.

–Siempre tiene un aspecto lamentable después de llorar.

–Pero, papá, ella siempre va a la iglesia. ¿Esto significa que nunca más nos acompañará porque está enojada contigo?

–No lo sé, Chelsea. Espero que no. Lo cierto es que se siente muy ofendida.

Creo que tenemos que darle un poco de tiempo.

A Tom se le encogió el corazón al pensar que, de la noche a la mañana, sus hijos se habían visto afectados por la falta que él había cometido muchos años atrás. Chelsea continuó interrogándolo. Robby, por su parte, permaneció en silencio todo el trayecto, con una expresión de amargura en el rostro.

–Papá, todavía la amas, ¿verdad? – inquirió Chelsea.

Su hija ignoraba cuánto dolor le causaba esa pregunta. Tendió la mano para apretar el brazo de la muchacha en un gesto tranquilizador.

–Por supuesto, la amo. Y no te preocupes, resolveremos este problema.

Cuando regresaron a casa después de la misa, Claire los esperaba con el desayuno. Se había duchado, vestido y maquillado, y se movía por la cocina utilizando cierta áspera eficiencia como escudo y arma. Dedicó una sonrisa forzada a sus hijos.

–¿Tenéis apetito? Sentaos.

Robby y Chelsea se mantuvieron atentos a cuanto sucedía entre sus padres.

Como un insecto alejado por el repelente, Tom guardaba cierta distancia

respecto a Claire, consciente de que lo ignoraba deliberadamente mientras servía zumo de naranja y café, retiraba bollos calientes del horno. Claire tomó un plato y una espátula para los huevos revueltos, y él se acercó para quitárselos de las manos.

–Trae, yo me ocuparé de eso.

Ella se encogió, evitando el contacto con su esposo. La aversión que Tom le inspiraba era tan evidente que tendió un manto sombrío sobre la mesa.

Claire habló con sus hijos formulando preguntas… cómo estaba la iglesia, qué harían durante el día, si tenían deberes. Los muchachos contestaron, aunque sólo deseaban que ella mirase a su padre, le hablase y sonriera como había hecho la víspera.

No hubo nada de eso.

El distanciamiento de Claire impregnó los treinta minutos que duró el desayuno.

–He decidido ir al cine esta tarde. ¿Os gustaría acompañarme? – inquirió.

Los muchachos clavaron la vista en los platos con expresión sombría y formularon excusas antes de retirarse a sus habitaciones.

A Tom le sorprendía la facilidad con que su esposa lograba evitar cualquier contacto con él. Le hablaba cuando era necesario, contestaba sus preguntas, y él comprendió cuan sencillo le resultaba asumir un papel y desempeñarlo en todo momento. Estaba representando el papel de la mujer ofendida, dirigiendo palabras corteses sólo a sus hijos; su interpretación era digna de un miembro de la Academia de Actores.

Alrededor de la una de la tarde la encontró en la sala de estar, sentada en el sofá, rodeada de redacciones de los alumnos, mientras sonaba una canción de Streisand. Con las gafas puestas, leía una redacción y escribía comentarios al margen. El sol se filtraba a través de las cortinas y formaba una suerte de obelisco color canela sobre la alfombra, cerca de los pies de

Claire. Ésta vestía un chándal y calzaba zapatillas de tela blanca. Tenía las rodillas cruzadas, y los dedos del pie apuntaban al piso. Tom siempre había admirado el perfil del pie de Claire.

Se detuvo en el umbral; después de haber sido desairado tantas veces por ella durante la mañana le faltaba el coraje necesario para acercarse a su mujer, arriesgándose a sufrir un nuevo desprecio. Con las manos en los bolsillos, observó.

–¿Podemos hablar? – preguntó.

Ella terminó de leer un párrafo, trazó un círculo alrededor de una palabra y contestó:

–No me apetece. – No parpadeó siquiera.

–¿Cuándo?

–No lo sé.

Él suspiró, tratando de mantener la calma. De pronto esa mujer le parecía una extraña, y era terrible que de pronto le evitara de ese modo.

–Pensé que irías al cine.

–A las tres.

–¿Puedo acompañarte?

Por un segundo la vista de Claire dejó de recorrer el papel; a continuación arqueó con gesto altivo las cejas, con la mirada aún fija en la hoja que sostenía en la mano.

–No, Tom.

Él se esforzó por contener su irritación.

–Bien, ¿durante cuánto tiempo piensas seguir ignorándome?

–He hablado contigo, ¿no es verdad?

Él rezongó irónico al tiempo que negaba con la cabeza.

–¿Te parece correcta tu actitud?

Claire dejó un par de hojas a un lado y cogió otra.

–Nuestros hijos están preocupados -añadió él-, ¿no lo ves? Necesitan saber que al menos intentamos resolver este problema.

Claire no se dignó mirar a Tom.

–No son los únicos -replicó por fin.

Él decidió arriesgarse y echó a andar hacia ella para sentarse en el borde del sofá, separado de Claire sólo por una pila de redacciones.

–Entonces, hablemos del asunto -insistió él-. Yo también estoy preocupado, de modo que los cuatro nos encontramos en la misma situación, pero debes ceder un poco, colaborar, porque no puedo hacerlo todo yo solo.

Con el lápiz rojo entre los dedos, la mujer tomó una pila de papeles y los depositó sobre su regazo antes de lanzarle una mirada de desdén.

–Necesito un poco de tiempo. ¿Tanto te cuesta entenderlo?

–¿Tiempo para qué? ¿Para perfeccionar tu técnica de interpretación? Estás actuando, Claire, pero será mejor que tengas cuidado porque ésta es la vida real y estás destrozando a tu familia.

–¡Cómo te atreves! – exclamó ella-. Tú me traicionaste y ahora me acusas de fingir que estoy ofendida, cuando en realidad…

–No pretendía decir eso…

–… soy yo quien ha tenido que oír que mi marido no quería casarse conmigo.

–Jamás quise decir que no deseaba casarme contigo…

–Y mientras tanto tú te acostabas con otra mujer. ¡Prueba a recibir una bofetada y entenderás cómo me siento!

–Claire, no alces la voz.

–¡No me digas lo que debo hacer! Gritaré si quiero y ofenderé a otros si se me antoja. E iré sola al cine, porque no soporto la idea de compartir una habitación contigo, de modo que lárgate.

Tom no deseaba oír más, de manera que se retiró, de nuevo herido por las palabras de Claire. Él había empeorado las cosas. Tan sólo había pretendido advertir a Claire que debían conversar acerca del problema, no acusarla diciendo que carecía de motivos para sentirse ofendida. Sí, tenía buenos motivos, pero la obstinación de su esposa le molestaba cada vez más y, aunque ella lo hubiese negado, era indudable que hacía un poco de teatro.

En las ocasiones anteriores en que habían discrepado, siempre habían hablado razonablemente, y sin perder tiempo; gracias a ello habían mantenido una buena relación. ¿Qué se le había metido en la cabeza? Lo abofeteaba, lo esquivaba, se negaba a hablarle y después, furiosa, le expulsaba de su lado.

Desconcertado por aquella reacción inesperada de una mujer a quien creía conocer, sintió la necesidad de hablar del asunto con otra persona.

La cabaña de troncos de su padre parecía extraída de una región montañosa.

Tenía las paredes del color del sorgo, la chimenea de piedra y el porche delantero abierto.

La voz de Wesley llegó del otro lado de la casa cuando Tom abrió la portezuela del automóvil.

–¿Quién viene? – exclamó.

–Soy yo, papá.

–¡Estoy en el porche delantero! ¡Ven aquí!

Wesley no había marcado un sendero; una rodera creada por los neumáticos de otros vehículos y su camioneta conducía a la puerta. Más allá, cerca del lago, se alzaba una antigua cabaña, al lado de la cual tenía amarrada la lancha de motor. No se molestaba demasiado en limpiar el terreno; dos o tres veces al año, si tenía ganas. El trébol y el diente de león crecían en la soleada parcela, entre los altos pinos que formaban una alfombra de agujas tan espesa que el suelo alrededor de los troncos semejaba una sucesión de dunas. De los pinos se desprendía un olor seco y acre que Tom relacionaba con su niñez y juventud; recordó aquella vez en que su padre le entregó una caña y dijo: «Tommy, esto es para ti. Es completamente tuya. Cuando empiece a blanquear, le das un par de manos de pintura, y podrás continuar pescando con ella durante años.»

A Wesley Gardner no le importaba vivir en el centro de un prado poblado de maleza, con un sendero lodoso y ropas que debería cambiar con cierta regularidad; en cambio mantenía impecable el equipo de pesca y dedicaba numerosas horas al cuidado de la embarcación.

Tom lo vio al doblar la esquina del porche, donde Wesley estaba sentado, pescando con una caña.

–Bien, mira quién está aquí.

–Hola, papá. – Tom subió por los anchos peldaños.

–Acerca una silla.

Tom se instaló en una vieja silla con la pintura desconchada; crujió cuando descargó su peso sobre ella.

Wesley ocupaba una silla igual, y entre las rodillas tenía una caña, a cuyo sedal aplicaba un líquido limpiador con un trozo de algodón. Silbaba suavemente, y el aroma del líquido se mezclaba con el olor a pescado de sus ropas. Las perneras de sus pantalones, verdes, eran lo bastante anchas para albergar las piernas de tres hombres y tan cortas que mostraban la mayor parte de los calcetines. Se cubría la cabeza con la acostumbrada gorra azul de pescador.

–No sé qué te ha traído aquí, pero sospecho que nada bueno -dijo Wesley, mirando de reojo a su hijo.

–No; no es nada bueno.

–Bien, los problemas parecen mejorar un poco aquí, en este porche, frente al algo.

Tom contempló las aguas azul plata, centelleantes; tal vez en esta ocasión su padre se equivocaba.

Wesley recogió un poco de hilo y le agregó más líquido. El carrete volvió a cantar.

–Papá, ¿puedo preguntarte algo?

–Preguntar no perjudica a nadie.

–¿Alguna vez engañaste a mamá?

–No. – Wesley dejó de maniobrar la caña un instante-. No lo necesité. Ella me daba en abundancia todo cuanto un hombre necesita, y además lo hacía sonriente.

A Tom le agradaba eso de su padre; él podía sentarse allí y hablar toda la tarde, sin molestar a Wesley. Era una persona que se sentía cómoda en su piel.

–¿Nunca?

–No.

–Yo tampoco. Pero ha surgido un problema relacionado con la época en que Claire y yo éramos novios. ¿Tienes inconveniente en que te explique el caso?

–Dispongo de todo el día.

–Bien, por aquel entonces la engañé, una sola vez, y parece… papá, será mejor que te prepares, porque esto te afecta… Tienes un nieto del cual nunca has sabido una palabra. Ya ha cumplido los diecisiete años y estudia en mi colegio.

Wesley dejó de maniobrar la caña y el hilo. Dirigió una mirada a Tom y se recostó en la silla. Al cabo de un minuto dejó la caña y dijo:

–Mira, hijo, creo que necesitamos una cerveza.

Se levantó y entró en la cabaña, el cuerpo un poco encorvado. La puerta de madera, un conjunto de tablas deformadas, se cerró con un golpe detrás del anciano. Regresó con cuatro latas de cerveza, entregó dos a Tom y se sentó, apoyándose sobre los brazos de la silla antes de acomodarse definitivamente en el asiento.

Abrieron las dos primeras latas.

Echaron hacia atrás la cabeza.

Wesley se limpió la boca con los nudillos, que parecían trozos de madera vieja.

–Bien, ahora… estamos mejor.