Reencuentro

Lavyrle Spencer · Capítulo 2 de 8 · parte 1/2

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Reencuentro

Al salir del despacho, Chelsea dijo

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

–Hasta luego, mamá. Te veré en casa.

Ya en el pasillo, Kent declaró:

–Bien… tu madre también me gusta.

–Sí. Soy una persona afortunada -replicó Chelsea. Mientras caminaban, la joven reanudó la conversación que habían mantenido un rato antes-. Me temo que te molesté, cuando pregunté por tu padre. Como mis padres se dedican a la docencia, he aprendido que no debo suponer nada acerca de las familias, porque en los tiempos que corren las hay de diversas clases, y me consta que muchos hogares atendidos por un solo progenitor funcionan muy bien. Lamento haberte molestado.

–Está bien -repuso Kent-. Olvidemos ese tema.

Chelsea se sintió mejor. Le mostró el centro; la enfermería, el comedor y el jardín, que disponía de mesas donde los estudiantes podían comer los días en que hacía buen tiempo.

Una vez concluido el recorrido, se dirigieron juntos a las puertas principales, que estaban abiertas de par en par para permitir que la refrescante brisa penetrase en el edificio. Se detuvieron ante un enrejado metálico y permanecieron allí, mientras el viento les agitaba ¡as ropas y los cabellos.

–Sé que resulta desagradable cambiar de colegio, pero espero que te sientas a gusto aquí -deseó Chelsea.

–Gracias. Y te agradezco también que me hayas acompañado.

–Oh, ha sido un placer. – Se produjo un silencio que indicaba que ambos habían disfrutado del paseo-. ¿Dispones de vehículo para volver a casa? –

preguntó ella.

–Sí. Llevé a mi madre a la oficina y me quedé con su automóvil.

–Oh, bien… -Ya no había motivo para demorar la separación-. ¿Dónde trabaja?

–En 3M.

–¿Y dónde vivís?

–En un distrito nuevo llamado Haviland Hills.

–Oh, es un lugar agradable.

–Y vosotros, ¿dónde vivís?

–En esa dirección -señaló Chelsea-, a unos tres kilómetros de aquí.

–Bien… -Kent indicó el aparcamiento bañado por el sol-, creo que será mejor que nos vayamos.

–Sí. Antes pasaré por la oficina de mi padre para despedirme.

–Muy bien… quizá nos veremos el martes.

–Pasaré por tu aula antes de que empieces las clases para ver si necesitas algo.

–De acuerdo. – Kent sonrió-. Sería magnífico.

–Bien, que tengas un buen fin de semana.

–Lo mismo te deseo. Y gracias de nuevo.

La joven lo vio alejarse, oyó el sonido de sus pasos sobre la acera. Observó cómo la alta y robusta figura entraba en la zona bañada por la luz del sol y avanzaba hacia el aparcamiento, donde abrió la portezuela y subió a un

automóvil de un azul muy brillante. Oyó, distante, el ruido del motor y después vio que el coche salía del aparcamiento y se alejaba lentamente.

¿Qué había en Kent Arens que la obligaba a permanecer allí, de pie, observándolo? Ese rostro… No podía apartarlo de su mente, v tampoco lograba desprenderse de la ridícula sensación de que lo había conocido antes. ¿Qué diablos hacía allí, desconcertada por un muchacho a quien conocía desde hacía exactamente dos horas y quince minutos? Ella, que la noche anterior se había considerado una joven afortunada porque jamás había sucumbido a un enamoramiento que pudiera desviarla de sus objetivos.

Apartando de su mente a Kent Arens, se encaminó hacia el despacho de su padre para despedirse de él.

* * *

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Capítulo 4

La imagen de Kent Arens alejándose, enfrascado en una conversación con Chelsea, estaba fresca en la mente de Tom cuando entró en su despacho y encontró el expediente académico del muchacho sobre el escritorio.

Lo miró, respiró hondo y exhaló el aire. Posó la mano sobre la tapa de la carpeta, levantó la mirada y vio a Dora Mae teclear en la máquina de escribir. A continuación cruzó la oficina para cerrar la puerta, regresó al escritorio y, de pie, abrió la carpeta.

Sobre un grueso fajo de papeles aparecía la fotografía de su hijo en el jardín de infancia. Contempló conmovido a aquel niño sonriente con una camisa a rayas, dientes minúsculos, grandes ojos castaños, y largos cabellos peinados con la raya en el medio, donde aparecía un remolino.

Tom se dejó caer en el sillón, como si hubiese recibido una descarga de perdigones. Contempló la fotografía un buen rato. El rostro recordaba al de Tom a esa edad. Imaginó al niño irrumpiendo en una cocina para comunicar que había encontrado una oruga o recogido un puñado de flores. ¿Cómo era entonces? En la actualidad era un joven tan cortés y educado que a Tom le resultaba difícil relacionar a la criatura de la foto con el alumno de cuarto curso. Le embargó una gran tristeza al pensar que no lo había conocido en la infancia. Y también le asaltaron los remordimientos.

Volvió la fotografía y en el dorso encontró la escritura de un docente: «Kent Arens, grado K.»

Después halló un ejemplo de la caligrafía del propio Kent, retorcida pero legible, ejecutada con un lápiz de punta roma: «Kent Arens, Kent Arens, Kent Arens…» sobre una hoja de pape! pautado. Seguía una página en que se enumeraban los conocimientos que había adquirido en la guardería, con

una escritura impecable, de nuevo de la mano del maestro:

«Conoce su dirección, su número de teléfono y la fecha de su nacimiento.

Distingue entre la izquierda y la derecha. Sabe enumerar los días de la semana, atarse los zapatos y recitar el Juramento de Fidelidad. Sabe escribir su nombre.»

El nombre aparecía escrito de nuevo por el muchacho.

A continuación se adjuntaba el boletín de notas del jardín de infancia, con el encabezamiento «Escuela Elemental de Des Moines, Iowa», bajo el cual se enumeraban las materias superadas.

Después encontró una ficha en que constaban las observaciones realizadas tras las reuniones entre el docente y el progenitor, dos ese año. La madre había asistido a ambas entrevistas. La ficha rezaba: «Sabe recitar el alfabeto y escribirlo. Buen conocimiento de los números. Ignora qué es un óvalo.

Incidente con el chicle.»

A Tom le intrigó ese incidente, y se sintió frustrado porque nunca llegaría a enterarse de qué había ocurrido. Probablemente tanto Kent como su madre lo habían olvidado, como otros muchos detalles contenidos en el historial personal.

Había otras fotografías escolares, y cada vez que Tom encontraba una, experimentaba una sacudida de reconocimiento y pesar, además de una emoción paterna que se asemejaba mucho al amor que profesaba a sus hijos legítimos. Observó detenidamente las fotografías; el corte del cabello cambiaba en el curso de los años, pero el remolino permanecía constante.

En el expediente constaban los resultados de diversas pruebas: el Test Otis en sexto grado, el Test de Realización de California en séptimo grado, un test profesional en noveno, que revelaba claramente su interés por las ciencias y las matemáticas. También se incluían informes de aptitud física que indicaban cuántos ejercicios de cada clase había ejecutado. Su maestra de quinto grado había escrito: «Buen lector. – Y al final del año había

añadido-: Que el Señor te proteja. Todos te echaremos de menos.» (Por aquel entonces estudiaba en una escuela elemental llamada St. Scholastica, y su maestra era la hermana Margaret.)

El expediente del colegio de educación secundaria revelaba que era un estudiante que gozaba de las simpatías de sus profesores. Los comentarios realizados al finalizar cada curso eran similares: «Un alumno ejemplar, un joven excelente que se ha ganado el afecto de sus compañeros. Un trabajador esforzado bien orientado hacia sus metas. Apto para la universidad.»

Las calificaciones eran siempre elevadas. Las observaciones de los profesores de gimnasia demostraban que era un auténtico deportista que se había destacado el año anterior en el fútbol, el baloncesto y el atletismo.

Además de evidenciar que Kent no era un estudiante ejemplar, el expediente también revelaba que su madre cumplía perfectamente su función. En la carpeta quedaba constancia de que Mónica había asistido a todas las reuniones de padres y alumnos a lo largo de la carrera escolar de su hijo.

Asimismo se adjuntaba la fotocopia de una nota que había enviado a un docente, el señor Monk, la cual decía mucho acerca del importante papel que la mujer había desempeñado en la educación de su hijo.

Estimado señor Monk:

Se acercaba el final del año escolar, y he pensado que debería saber cuánto ha agradado a Kent la labor que usted ha realizado. No sólo ha aprendido geometría gracias a usted, sino que además lo admira como persona. Su manera de resolver el problema del niño mejicano discriminado por los demás profesores lo convirtió en héroe a los ojos de Kent. Gracias por haber aportado la clase de modelo que los escolares necesitan en un mundo como el actual, cuyos valores están tan debilitados.

Mónica Arens.

Dada su condición de educador, Tom Gardner sabía que era infrecuente que los profesores recibieran elogios por parte de los padres, que por lo general no hacían más que quejarse. De nuevo tuvo la sensación de que Mónica había cumplido a la perfección su papel.

Sin embargo, ese pensamiento no le animó.

Tras revisar todo el expediente, observó otra vez la primera fotografía escolar de Kent. Permaneció largo rato mirándola y a medida que pasaba el tiempo se sentía cada vez más abandonado. Apoyó un codo sobre la carpeta abierta y miró por la ventana hacia el verde jardín.

Debería informar a Claire de inmediato.

El pensamiento lo aterrorizó. Se había acostado con otra mujer una semana antes de su boda, cuando Claire estaba embarazada de su primer hijo. La noticia la abrumaría, y poco importaría que su matrimonio fuera en la actualidad realmente sólido. Y una vez revelada, la verdad nunca podría borrarse. ¿Qué sucedería si ella no podía volver a confiar en Tom…? En ese caso, ¿qué suerte correría su matrimonio? En el mejor de los casos, atravesarían un período de intensa conmoción emocional. ¿Y cómo podría explicar la situación a sus hijos? La única solución consistía en reconocer su culpa y afrontar la situación, pues intuía que su conciencia no le concedería ni un momento de descanso hasta que aclarase el problema.

Reflexionó sobre el tema y llegó a la conclusión de que el momento más oportuno para hablar con Claire sería durante el fin de semana. ¿Qué mejor ocasión? Se hallarían lejos del hogar, en un ambiente romántico, completamente solos. Quizá ella aceptaría mejor la confesión en una situación que evidenciase ¡a solidez de su matrimonio y le demostrase cuánto la amaba Tom.

Desplazó la vista del jardín a las fotografías enmarcadas colgadas a ambos lados de la ventana. Desde esa distancia, las imágenes eran confusas, pero él las conocía tan bien que evocó las caras sonrientes. Se demoró en las

fotos de Claire. Si ella descubría el secreto, ¿cabía la posibilidad de que se sintiese tan herida como para decidir abandonarlo?

Gardner, no seas tonto, se dijo. ¿Ésa es la confianza que depositas en tu matrimonio? Díselo, y cuanto antes.

Pero ¿podría ignorar los deseos de Mónica Arens?

Miró de nuevo la fotografía de Kent. El muchacho merecía conocer la identidad de su padre por muchas razones, algunas prácticas, otras emocionales; algunas relacionadas con el futuro. Después de todo, Kent tenía dos hermanos, y la relación entre ellos podía prolongarse durante años. Los hijos de Kent serían primos de los de Robby y Chelsea, tendrían una tía y un tío, y, aunque lo ignorase, Kent tenía un abuelo que podría transmitirle las anécdotas de la familia y brindarle su apoyo. ¿Y qué sucedería cuando Kent tuviera que soportar la pérdida del único progenitor que conocía? En ocasiones como ésa el respaldo de los hermanos era muy importante. ¿Era justo privarlo del conocimiento de la existencia de un hermano y una hermana?

Mientras Tom se veía asaltado por todos esos interrogantes, sonó el teléfono. Era Dora Mae.

–Un miembro del Rotary Club acaba de llamar para preguntar si podemos cederles el gimnasio en primavera para recaudar fondos.

–¿Qué piensan hacer? – inquirió Tom.

–Organizarán un encuentro de baloncesto con la participación de algunos asnos.

Tom contuvo un suspiro. Rechazar la solicitud del Rotary Club significaba recibir numerosas críticas; sin embargo la última vez que había permitido la presencia de animales en el gimnasio, a petición del American Kennel Club, los perros habían ensuciado el local, dejando no sólo mal olor, sino manchas indelebles en el piso de madera, lo que había provocado las quejas

del director de atletismo y los celadores.

Tom cerró la carpeta de Kent Arens y descolgó el auricular para atender uno de los numerosos deberes administrativos que a veces ponían a prueba su paciencia y nada tenían que ver con la educación.

El jueves por la tarde, después de llegar a casa con Kent, Mónica depositó una bolsa con comida china sobre el mostrador de la cocina y se dirigió a su dormitorio para cambiarse de ropa. Cuando regresó, vestida con un amplio delantal de algodón, Kent se hallaba de pie en el comedor, frente a los ventanales franceses abiertos, las manos en los bolsillos traseros de los vaqueros, mirando el patio y la casa que construían a lo lejos.

–¿Por qué no pones los platos? – sugirió ella, asomándose por la puerta que comunicaba la cocina con el comedor.

Él pareció no oírla, de modo que Mónica abrió las alacenas y extrajo los platos junto con otros elementos de la vajilla y dos pequeños manteles de rafia, que depósito sobre la mesa del comedor, adornada con un ramillete nuevo de flores. En la sala de estar los muebles ya habían sido colocados en sus lugares.

–La casa comienza a tomar forma, ¿verdad? – comentó ella, regresando a la cocina en busca de las cajas blancas de cartón para llevarlas a la mesa. Las abrió, liberando el aroma de la carne y las verduras cocidas. Kent continuó de pie, de espaldas a ella, mirando hacia el exterior.

–¿Kent? – llamó su madre, desconcertada.

Tardó un poco en volverse, y lo hizo con tal lentitud que Mónica comprendió que algo le preocupaba.

–¿Qué sucede?

–Nada -respondió él al tiempo que se sentaba con esa actitud desmadejada

propia del adolescente que significa a menudo: «Adivina qué pienso.»

–¿Ha ocurrido algo hoy?

–No. – El muchacho levantó una fuente de comida y se la pasó a su madre sin mirarla.

Mónica se sirvió y esperó a que los platos estuvieran llenos y Kent comenzara a comer para preguntar:

–¿Extrañas a tus amigos?

Como respuesta él se encogió de hombros.

–Es eso, ¿verdad?

–Dejemos ese tema, mamá.

–¿Que lo dejemos? Soy tu madre. Si no puedes hablar conmigo, ¿con quién lo harás? – Al ver que él continuaba comiendo sin dirigirle siquiera una mirada, la mujer tendió la mano para cubrir la de su hijo, que descansaba en la mesa-. ¿Sabes qué resulta más doloroso a una madre? Escuchar esa respuesta… nada… cuando sabe muy bien que hay algo. En fin, ¿por qué no me lo explicas?

Kent se puso en pie bruscamente y se dirigió a la cocina para servirse un vaso de leche.

–¿Quieres un poco? – preguntó.

–Sí, gracias.

La mirada de Mónica siguió los movimientos de Kent hasta que se sentó. Él bebió un buen trago de leche y depositó el vaso sobre el mantel. – Hoy he conocido a una joven muy simpática… la hija del señor Gardner. Fue mi guía en la visita al colegio, y ya sabes qué ocurre cuando conoces a

alguien… se hacen preguntas para demostrar cortesía e interés. Me preguntó si pensaba estudiar en la universidad, y respondí que deseaba ser ingeniero, como mi madre. Una cosa llevó a la otra, y poco después me preguntó por mi padre.

El tenedor de Mónica permaneció suspendido en el aire, sobre el plato. Dejó de masticar y clavó la mirada en Kent con una expresión de alarma.

Finalmente logró tragar con dificultad.

Kent continuó hablando, con la vista fija en el plato:

–Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que cambié de colegio y tuve que relacionarme con compañeros nuevos. En cierto modo había olvidado cuán difícil resulta contestar cuando me interrogan sobre mi padre.

Mónica concentró la atención en la comida. Por un momento Kent sospechó que intentaba evitar el tema, hasta que de pronto, inquirió:

–¿Qué te preguntó?

–No lo recuerdo bien… Supongo que preguntó a qué se dedicaba mi padre.

Sin embargo me resultó difícil responder que no tenía padre. Y adiviné que ella se sentía estúpida por haber preguntado.

Mónica dejó el tenedor, se limpió la boca con la servilleta y alzó el vaso de leche, pero en lugar de beber miró por la ventana.

–Supongo que no deseas que te pregunte por él, ¿verdad? – dijo Kent.

–En efecto, no lo deseo.

–¿Por qué?

La mirada de Mónica se clavó en su hijo.

–¿Por qué ahora?

–No lo sé. Por muchas razones. Porque tengo diecisiete años, y de pronto su identidad me intriga, porque hemos regresado a Minnesota, donde tú vivías cuando yo nací. Él reside aquí, ¿verdad?

Mónica suspiró y de nuevo desvió la vista hacia los ventanales franceses.

–¿No es así? – insistió él.

–Sí, pero está casado y tiene familia.

–¿Conoce mi existencia?

Mónica se puso en pie y retiró su vajilla. Kent la siguió.

–Vamos, mamá. Tengo derecho a saber. ¿Está enterado de mi existencia?

Ella enjuagaba su plato cuando respondió:

–Nunca le dije que habías nacido.

–De modo que si ahora lo descubre seguramente me considerará una molestia.

Mónica se volvió hacia su hijo.

–Kent, te quiero. Decidí tenerte. Lo deseé desde el momento en que descubrí que estaba embarazada. Y tu nacimiento no me impidió progresar.

Continué trabajando para alcanzar mis metas y me sentí feliz porque también trabajaba para ti. ¿Acaso no es suficiente? ¿Consideras que no soy una buena madre?

–Ésa no es la cuestión. La cuestión es que, si mi padre vive en esta ciudad, quizá ha llegado la hora de que lo conozca.

–¡No! – exclamó ella.

En el silencio que siguió, él la miró con las mejillas encendidas. De pronto Mónica se cubrió la boca con una mano, y sus ojos se llenaron de lágrimas.

–Por favor, Kent -rogó con tono más dulce-, ahora no.

–¿Por qué ahora no?

–Porque no es posible.

–Mamá, debes comprenderme -pidió Kent.

–No es el momento apropiado para ninguno de los dos. Tú estás… Bien, nos hemos trasladado a una ciudad nueva, estudiarás en un colegio diferente, donde trabarás nuevas amistades. Son demasiados cambios para ti. ¿Por qué deseas aumentar el peso de tu responsabilidad?

–Mamá, ¿pensabas que jamás abordaría este asunto?

–No sé qué pensaba. Supongo… bien… creí que podríamos hablar de ello cuando tuvieses edad suficiente para formar tu propia familia.

Él le lanzó una mirada inquisitiva antes de decir:

–¿Me explicarás algo?

–No sé mucho de él.

–¿No te mantuviste en contacto con él después de que yo naciera?

–No.

–¿Vive aquí?

–Yo… creo que sí.

–¿Lo has visto después de que nos mudáramos?

Por primera vez Mónica mintió a su hijo:

–No.

Kent la miró con una expresión solemne; sin duda seguía formulándose preguntas.

–Mamá, quiero conocerlo -murmuró.

Mónica comprendía que estaba en su derecho. Parecía que el destino había colocado a Kent y su padre en el mismo escenario con el único propósito de obligarlos a conocerse. ¿Acaso una energía inexorable estaba actuando, acercando a esos dos seres, dotando a Kent de un sexto sentido? ¿Era posible que el vínculo sanguíneo fuese tan poderoso como para promover una recóndita transferencia de pensamientos entre los dos? Si no se trataba de eso, ¿por qué de pronto Kent empezaba a preguntar?

–Kent, no puedo decir nada ahora. Por favor, acepto la situación por el momento.

–Pero mamá…

–¡No! ¡Ahora no! No he dicho que jamás hablaremos del asunto. Lo haremos, pero tienes que confiar en mí. Éste no es el momento adecuado.

Observó que el semblante de Kent se endurecía. El muchacho dio media vuelta y salió de la cocina en dirección a su habitación.

Cerró dando un portazo, como le habían enseñado no debía hacerse, y se tendió en la cama, enlazando las manos tras la cabeza. A través de una bruma de lágrimas coléricas miró al techo.

¡Ella no tenía derecho a separarlo de su padre! ¡Ningún derecho! Era una persona, ¿verdad? Y una persona nacía gracias a la unión de dos seres

humanos, y mucho de lo que esa persona hacía, sentía, esperaba y anhelaba provenía de los seres que lo habían creado. ¡Y todos sabían de quién provenía, excepto él! ¡Era injusto! Y Mónica lo sabía, pues de lo contrario habría irrumpido en la habitación para regañarle por haber cerrado la puerta de un golpazo.

Kent era consciente de que ella se había esforzado por compensarlo de la falta de un padre y toda su vida él había fingido que la ausencia de éste no le importaba. Pero le importaba, necesitaba saber. Ella había tenido un padre, de modo que ignoraba qué se sentía cuando en la escuela elemental todos realizaban dibujos de sus respectivas familias y él sólo podía presentar dos figuras. Mónica desconocía qué era estar en un grupo de varones y oír cómo uno de ellos explicaba que su padre le había arreglado la bicicleta, o lo había llevado a pescar, o le había enseñado a manejar un soldador. Cuando vivían en Iowa, había trabado amistad con un niño llamado Bobby Jankowski, cuyo padre compartía todo con él; le enseñaba a jugar a la pelota, lo llevaba al campo, y lo ayudaba a fabricar un automóvil de madera. Y un día sublime y maravilloso, en que las escuelas cerraron a causa de una tormenta, el padre de Bobby construyó un fuerte de nieve de dos pisos, con una escalera y ventanas de plástico duro. Había sacado una linterna y permitido que los niños jugasen en el interior después de oscurecer. Y cuando preguntaron si podían dormir fuera en sus sacos, el señor Jankowski había dicho: «Por supuesto.»

Excepto Kent, todos los niños trataron de pasar la noche en el fuerte; seguramente todos regresaron a sus hogares una hora más tarde. En todo caso la madre de Kent se había negado a que él se quedara con sus amigos.

Durante mucho tiempo, Kent sospechó que, de haber tenido un padre, le habría permitido dormir en el fuerte. Nunca había perdonado del todo a su madre. Ya de mayor comprendía que los adultos sabían perfectamente que los niños no soportarían el frío… pero la oportunidad de compartir la aventura siquiera una hora… y Kent se la había perdido.

Bobby Jankowski, el niño más afortunado que había conocido jamás.

Y Chelsea, la muchacha a quien había conocido ese día…

Cuando el padre le había pasado el brazo por los hombros y se la había presentado, y después, cuando ella había afirmado que se enorgullecía de su padre porque todos sus amigos lo consideraban un hombre justo… caramba, Mónica no podía sospechar la mezcla de emociones que todo aquello le había provocado, especialmente una especie de anhelo doloroso combinado con pesar. En esos momentos, tendido en la cama, se sentía enojado y decidido a descubrir quién era su padre y conocerlo.

Y salvaría todos los obstáculos para conseguirlo.

Wesley Gardner conducía una furgoneta Ford que ya tenía nueve años y había recorrido más de ciento treinta mil kilómetros, vestía pantalones holgados y se cubría la cabeza con una vieja gorra de pescador. Se alimentaba sobre todo de carne de venado y pescado, y le encantaba beber una cerveza antes de la comida.

Sus nietos lo recibieron con una sonrisa cuando entró en la casa bien entrada la tarde del viernes.

–¡Hola, abuelo! – saludó con alegría Chelsea mientras él la abrazaba.

–Hola, sinvergüenzas.

La jovencita tendió la mano para enderezar las gafas del abuelo, desviadas hacia la izquierda.

–Abuelo, tienes las gafas ladeadas otra vez. ¿Qué voy a hacer contigo?

Él se las quitó y las arrojó sobre la mesa de la cocina, donde aterrizaron con las patillas alzadas.

–Bien, endereza el maldito artefacto si así lo deseas. Siempre te molesta más que a mí. Robby, mira qué he traído para ti y para mí. – Wesley depositó en la mano de su nieto una bolsa de plástico, la abertura asegurada

con un cordel, que contenía un pedazo de carne blanca-. Pescado. Lo prepararemos con cerveza, como te gusta.

–Magnífico. ¿Pican en el lago?

–Atrapé éste ayer, cerca de la orilla. Pesa dos kilos. Creía que me visitarías esta semana y saldrías a pescar conmigo.

–Quería ir, pero tengo entrenamiento de fútbol todas las tardes, excepto hoy.

–Y bien, ¿derrotaréis este año a Blaine?

–Más vale que así sea, porque hice una apuesta con Clyde.

Clyde era el hermano de Wesley y su vecino más próximo. Vivían a orillas de un lago, en un par de cabañas que habían construido al poco de casarse.

Ambos habían enviudado y gustaban de sentarse en sus porches y contemplar el agua cuando no salían a pescar.

–Chelsea, ve a mi furgoneta y trae los tomates; hay además algunas patatas nuevas que recogí esta misma mañana, y te aseguro que tienen muy buen aspecto. Prepararemos una cena digna de un rey.

Tom entró en la cocina portando una bolsa con ropa y una maleta.

–Hola, papá -saludó.

–Bien, Romeo en persona -sonrió. Claire apareció detrás de su esposo-, Y

aquí viene Julieta.

Claire besó a Wesley.

–Hola, papá.

–¿Y adónde piensan ir los enamorados?

–A Duluth.

–Bien, no tenéis que preocuparos por los chicos. Los obligaré a marcar el paso. – Volviéndose hacia sus nietos, añadió-: Recuerdo que una vez llevé a la abuela al norte de Duluth, en la época del salmón; había tantos que se pescaban a carretadas. Bien, a la abuela no le gustaba el pescado, y detestaba limpiarlos, pero accedió a acompañarme. Esa noche acampamos en una tienda, y a la mañana siguiente, cuando me levanté e introduje el pie en la bota, noté que algo se movía en el interior. Había un pez en cada bota, y al sentir su contacto las arrojé, de modo que los peces salieron volando.

La abuela se desternillaba de risa.

»Sí, la abuela era una mujer valiente que sabía divertirse.

Tom regresó a la cocina después de llevar el equipaje al automóvil.

–Papá, ¿ya estás contando otra vez la historia de los peces en las botas?

–No te la cuento a ti. Vete de una vez y déjanos a los tres. Así podremos freír el pescado. Robby, hay una caja con seis botellas de cerveza en la furgoneta. Tráela y pon la cerveza en el frigorífico; deja una fuera para preparar la salsa.

–Muy bien, abuelo.

–Claire y yo estamos listos -anunció Tom, y encabezó la procesión hacia el sendero, donde la pareja se despidió. Tom abrazó a su padre en último lugar; un abrazo sincero con profusión de palmadas en la espalda-, Gracias por quedarte con los chicos.

–¿Bromeas? Ojalá pudiera hacerlo con más frecuencia. De este modo recupero mi juventud. Espero que lo pases bien con tu esposa.

–Así será.

–Oye, Claire -dijo Wesley-, si no se comporta como es debido, ponle un

pescado en la bota. Un hombre lo necesita de tanto en tanto para apreciar a la excelente mujer que consiguió.

Tom no necesitaba un pescado en la bota; sabía que tenía a su lado a una mujer buena. Repitió la cortesía olvidada de abrir la portezuela del automóvil para dar paso a Claire.

–Caramba -dijo ella mientras se acomodaba en el asiento-. Esto me gusta.

Tom cerró la portezuela del lado de Claire y subió al vehículo. Después de poner el motor en marcha, retrocedieron por el sendero al tiempo que se despedían. Ella continuó saludando con la mano mientras se alejaban por la calle y, recostándose contra el asiento, declaró:

–¡Me parece increíble que hayamos comenzado nuestra excursión! – Rodeó el cuello de Tom y depositó un beso en su mejilla-. Hace tiempo que deseaba hacer esto. Te aseguro que llegarás a felicitarte por haber tenido una idea tan brillante.

Deslizó un dedo por el cuello de su marido e introdujo la mano por la camisa. Después sonrió distraídamente y se acomodó.

Llegaron a la ciudad portuaria una hora antes de la puesta del sol y encontraron fácilmente la mansión. Se levantaba al norte del centro, cerca de la calle Londres, una avenida con arboledas donde se habían construido los edificios más elegantes en la época dorada de Duluth, a principios de siglo. La casa, de veinticinco habitaciones, inicialmente propiedad de un acaudalado magnate de la metalurgia, se alzaba en un promontorio, a cierta altura del lago Superior, rodeada de árboles y prados que la separaban de la calle y donde había un estanque poblado por una bandada de patos. Éstos se acercaron moviendo las alas, con la esperanza de que Tom y Claire les dieran algo al descender del automóvil.

Ya en el interior los condujeron a una gran habitación situada en el ala sur, con amplios ventanales con estructura de bronce, un cuarto de baño y una

cama antigua muy alta. El paisaje que se divisaba era maravilloso; los verdes prados terminaban al pie de los escarpados riscos desde los que se dominaba el lago. En el agua, los buques tanque que se acercaban y las embarcaciones cargadas de grano que se alejaban expulsaban hilos de humo. Hacia la derecha se extendían los restos de un jardín diseñado sesenta años atrás, compuesto por una serie de terrazas que descendían hacia un antiguo huerto. Una escalinata de cien peldaños conducía a la orilla del lago.

Cuando se quedaron solos, Claire se acercó a una ventana y, al abrirla, exclamó admirada:

–¡Caramba!

La brisa procedente del lago transportaba el aroma de los pinos y la madreselva, que florecía en la terraza, más abajo. Sintió frío en las manos cuando se inclinó sobre la ventana. El paisaje le transmitió su serenidad.

–Caramba -repitió cuando Tom arrojó las llaves del automóvil sobre la cómoda.

Tom se acercó por detrás y apoyó las manos sobre los hombros de su esposa. Díselo, lo incitó una voz interior, díselo y termina de una vez para que podáis gozar de este fin de semana. Sin embargo, una vez hubiese hablado, desaparecería esa perfección casi mística. Ella se sentía tan feliz que Tom no deseaba lastimarla. Ni lastimarse él.

–¿Descorcho la botella de vino? – preguntó, pensando que quizá el alcohol le infundiría coraje.

–Hummm… sí. Sírveme una copa -respondió ella, eufórica, rodeándose el cuerpo con los brazos-. Pero primero bésame.

Claire había sido la única amante de Tom durante dieciocho años; resultaba extraordinario que todavía se sintiera atraído por ella. Los besos se sucedieron mientras servían y bebían el vino, se desvestían y se acostaban a

los pocos minutos de haber llegado. La intensidad de lo que ocurrió entre ellos apartó de la mente de Tom la idea de revelar su secreto. Mientras se recuperaban tendidos en el lecho, Claire preguntó:

–¿Suponías que sería así después de tantos años?

–No -murmuró Tom con voz quebrada-. Jamás lo sospeché.

–Te amo.

–Y yo a ti.

La mujer le acarició la cara.

–Te noto sombrío, Tom. ¿Qué te sucede? Me temo que existe un problema.

Pareces preocupado.

Él sonrió y, tomándole la mano, comenzó a besarle los dedos. A continuación se levantó de la cama para regresar con las copas de vino llenas. Apiló las almohadas y se sentó al lado de Claire.

–Por ti y por mí -brindó-, y por el año escolar que nos espera.

Bebieron, y después Tom miró por la ventana, pensando en la forma más adecuada de hablar a Claire de Mónica y Kent Arens, aterrorizado por la idea de abordar el tema, pero comprendiendo que era necesario.

Ella se acurrucó junto a él y rozó el pecho de Tom con la base de la copa.

–¿Sabes qué me apetece cenar? Comida china. Linda Wanamaker mencionó un restaurante llamado La Linterna China donde preparan una langosta deliciosa. ¿Qué te parece? – Al no obtener respuesta, dijo-: ¿Tom? –

Después se apartó un poco y añadió-: Tom, ¿me oyes?

Él carraspeó, incorporándose.

–Disculpa, querida.

–Te he preguntado si te apetece tomar comida china esta noche.

–Comida china… por supuesto.

–¿Qué te parece si vamos a ese restaurante que se llama La Linterna China?

–¡Magnífico! – contestó él con alegría forzada-. Realmente magnífico.

Sin embargo no consiguió engañar a Claire. Algo preocupaba a Tom, y ella dudaba entre insistir o ignorar el asunto. Se había acurrucado cerca de su esposo, con la cabeza apoyada en su torso, y así permaneció unos minutos hasta que él dijo:

–Claire…

Alguien llamó a la puerta.

–El té de la tarde -anunció una voz-. Dejaré la bandeja en el pasillo.

Tom salió de la cama y buscó su bata; lo que se proponía decir quedó arrinconado a causa de la interrupción.

Fueron a La Linterna China, donde saborearon generosos platos de comida exótica. Más tarde, ya en la cama, Tom permaneció despierto, mientras el secreto le quemaba las entrañas y destruía la alegría que debería haber presidido su salida con Claire. El miedo era un sentimiento nuevo en su caso. Aparte de algún accidente de tráfico, o las ocasiones en que sus hijos, de pequeños, se habían lastimado, Tom había llevado una vida relativamente ajena al temor. También era impropia de su carácter la tendencia a posponer las cosas. Como director del colegio, estaba acostumbrado a adoptar decisiones rápidas, y lo hacía con sensatez y confianza. El miedo y la incapacidad para afrontar una situación revelaban una faceta de su personalidad desconocida para él y que además no le

gustaba. Si bien una voz interior le repetía una y otra vez: «Háblale», cada vez que se disponía a confesar, una fuerza lo obligaba a callar.

En medio de la noche Claire se movió en la cama y tendió un brazo hacia Tom. La sábana estaba fría en el lugar que él debía ocupar. Claire abrió los ojos y recordó que no estaba en su casa, sino en Duluth, en un hotel. Vio el perfil de Tom junto a la ventana y se sobresaltó.

–¿Tom? – murmuró, pero él no la oyó.

Sólo le faltaba un cigarrillo para coronar la imagen de hombre torturado, como en una escena de alguna vieja película protagonizada por Dana Andrews… la silueta recortada contra el cielo iluminado por la luna. Claire se sentó en la cama, apoyándose en una mano. El corazón le latía deprisa mientras contemplaba la figura inmóvil de su esposo, que miraba hacia la noche y el lago.

–¿Tom? ¿Qué ocurre?

Esta vez él la oyó y se volvió.

–Oh, Claire, lamento haberte despertado. No podía dormir, tal vez porque extraño la cama.

–¿Estás seguro de que eso es todo?

Tom cruzó la habitación y se acostó al lado de Claire, apretándose contra ella, en busca de una posición cómoda.

–Duerme -dijo antes de besarla en la cabeza.

–¿En qué pensabas?

–En otra mujer -contestó Tom, mientras acariciaba la espalda de su esposa y deslizaba una pierna entre las de ella-. Bien, ¿estás satisfecha?

Ella tendría que mostrarse paciente y confiar en que él hablaría cuando lo juzgase oportuno.

Tom no dijo nada a la mañana siguiente, cuando de nuevo hicieron el amor bañados por el resplandor que entraba por los amplios ventanales que daban al este.

Tampoco habló después, cuando desayunaron en el espacioso comedor, ni mientras paseaban por los prados y descendían por los muchos peldaños que conducían al parapeto golpeado por las aguas del lago Superior.

Tampoco reveló su secreto esa tarde, mientras conducía por la costa y se detenían para admirar los ríos salpicados de piedras y las cascadas.

Hablaron de otros temas; si saldrían más a menudo cuando los hijos hubiesen abandonado el hogar, qué universidad elegiría Robby, cómo eran los nuevos profesores del colegio… Ambos reconocieron que temían la llegada del martes, esa horrenda primera jornada cuando todo el edificio se convertiría en un caos.

De vez en cuando Claire observaba que Tom estaba distraído, absorto en sus pensamientos. Por eso se atrevió a decir:

–Tom, desearía que me dijeses qué te preocupa.

Él la miró, y Claire vio amor en sus ojos, y también algo más que le provocó una punzada de temor. Empezó a atar cabos… los frecuentes momentos de distracción de Tom, su insomnio e inquietud, la cortesía de abrirle la portezuela del automóvil, algo que no había hecho en años, el modo de besarla en el aula, ese romántico fin de semana sugerido por él, después de tantos años en que el cúmulo de tareas les había impedido organizar algo semejante. Tom se comportaba como un hombre que se sentía culpable por algo.

Poco antes de regresar al hogar un pensamiento irrumpió en la mente de Claire; Dios mío, quizá existía otra mujer.

* * *

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Capítulo 5

El primer día de clase llovió. Chelsea y Robby llevaron a Erin Gallagher, dejaron el coche en el aparcamiento de los estudiantes y corrieron bajo el aguacero con las carteras sobre las cabezas. Cuando llegaron al interior del edificio, los rizos de Chelsea habían desaparecido, tenía la blusa mojada y sus vaqueros blancos estaban manchados en los costados.

–¡Oh, maldita sea! – Chelsea se limpió los zapatos en la alfombrilla de la puerta-. ¡Mira mis vaqueros! Y mis cabellos… ¡caramba!

Trató de arreglarse los rizos refunfuñando mientras los alumnos la empujaban por detrás. En la intersección de los pasillos, junto a la oficina principal, su padre supervisaba el movimiento de los alumnos, como hacían los profesores entre dos clases. Chelsea apenas se detuvo al pasar junto a Tom.

–Hola, papá. ¿Me permites usar el espejo de tu despacho?.

–Sí, querida. Hola, Erin. ¿Te sientes diferente al venir como alumna de tercero?

–Por supuesto, señor Gardner. Ahora somos casi adultos.

Robby alzó una mano a modo de saludo mientras se acercaba a su padre.

Las muchachas entraron en el despacho.

–Hola, Dora Mae. Hola, señora Altman.

–Buenos días, Chelsea, Erin. Se han mojado un poco, ¿verdad?

–Así es. Intentaremos arreglarnos el cabello.

En el despacho del director pusieron en funcionamiento el rizador eléctrico y abrieron la puerta del armario.

–¡Oh, mira qué desastre! ¡Esta mañana he estado más de media hora peinándome! – gimió Chelsea.

–Bien, por lo menos puedes utilizar el rizador para mejorar tu aspecto.

Cuando llueve, yo no puedo hacer nada con mi pelo.

Se turnaron delante del espejo.

–Deberíamos apresurarnos y buscar a Judy -sugirió Erin.

Judy Delisle era amiga común de ambas.

–No puedo.

–¿Por qué no?

–Tengo algo que hacer.

–¿Qué?

–¿Conoces a ese muchacho de quien te hablé?

–¿Qué muchacho?

–El que visitó el colegio conmigo. Le prometí que me reuniría con él esta mañana… sólo para saludarlo y ver si necesita algo. Tal vez tiene alguna duda o se siente incómodo en medio de esta turba de alumnos desconocidos…

Erin propinó un golpe con el hombro a su amiga.

–¡Chelsea! ¿Por ese motivo te has echado una tonelada de laca en el

cabello? ¿Y por eso te inquieta tanto que se te hayan manchado las vaqueros?

–No digas tonterías.

–Vamos. Puedes sincerarte conmigo.

–No hay nada de que hablar, y no estoy interesada por él. Y en efecto, me preocupan mis pantalones. – Dobló una rodilla y miró la parte posterior del pantalón-. Están salpicados de lodo. – Desconectó el rizador, y las dos jovencitas salieron.

–¿Puedes decirme de nuevo cuál es su apellido? ¿Kent…?

–Arens.

–Oh, sí. Ya me contarás a la hora del almuerzo. ¿Tienes un vale para el comedor?

–Sí, pero dudo de que pueda reunirme contigo. Debo enseñarle cómo funciona el comedor… Forma parte de mi tarea, ¿comprendes?

–Por lo que veo, has asumido con gran entusiasmo tu responsabilidad. – Se separaron en el pasillo, y Erin se alejó canturreando-: ¡Buena suerte!

La atmósfera en los corredores era sofocante y olía a tela mojada. El chasquido de las suelas de goma húmedas sobre los pisos recién encerados competía con las voces juveniles. Un muchacho silbó para llamar la atención de su amigo y exclamó:

–¡Eh, Troy, espérame!

Algunas jóvenes despedían olor a perfume. Una veintena de condiscípulos saludó a Chelsea cuando ésta se dirigía al aula del señor Perry. Cuando llegó, la mitad de los pupitres estaba ocupada, y grupos de alumnos permanecían de pie, conversando en los pasillos. Roland, un amigo de

Robby, vio a Chelsea en la puerta y alzó una mano. Era un muchacho alto y corpulento, con cara aniñada y cabellos castaño muy cortos.

–¡Hola, Chelsea! ¡Te has equivocado de clase, muchacha. Ésta es el aula de estudios sociales correspondiente a cuarto curso.

–Ya lo sé. Solamente pasaba por aquí.

Al oír el nombre de Chelsea, Kent Arens se volvió y se acercó a la puerta, mientras Pizza Lostetter dejaba caer una libreta sobre un pupitre vacío antes de aproximarse también a la joven.

–Y bien, ¿qué haces aquí? – preguntó con una sonrisa, adoptando la actitud condescendiente de un alumno de un curso superior frente a una compañera de menor edad.

–Pertenezco al comité de ayudantes que se dedican a informar a los alumnos nuevos del funcionamiento del colegio. Y éste es el muchacho a quien ayudo. Hola, Kent.

Éste aguardaba en el umbral.

–Hola, Chelsea.

–¿Os conocéis? – inquirió la muchacha.

–Más o menos -respondió Pizza con un leve encogimiento de hombros-. Del equipo de fútbol.

–Kent Arens, te presento a Roland Lostetter, más conocido como Pizza.

–Mucho gusto.

–Hola.

Y se estrecharon las manos.

–Discúlpanos, Pizza. He de hablar con Kent.

–Está bien.

Cuando estuvieron solos junto a la puerta, Chelsea sonrió y dijo:

–Bien… ¿cómo va todo?

–Creo que bien. Ya sé cómo llegar a mi aula. – Miró por encima del hombro antes de posar la vista en Chelsea.

Ella tenía que levantar la mirada para encontrar los ojos de Kent. La camisa del joven, como la de ella, presentaba manchas húmedas.

–¿Necesitas algo?

–Sí. – Kent extrajo una tarjetita azul del bolsillo de la camisa y señaló una palabra con el dedo-. ¿Puedes decirme cómo se pronuncia el nombre de este profesor?

Chelsea respondió.

–Muy bien, gracias. – Devolvió la tarjeta al bolsillo.

–Te asignarán un ropero en el vestuario, y cada alumno ha de comprar su candado. Ahora tengo clase en el aula 110, a la vuelta de la esquina, de modo que puedo venir a buscarte después de la primera hora y ayudarte a encontrar el ropero si lo deseas; después nos reuniremos a la hora del almuerzo. Parte de mi tarea consiste en mostrarte el funcionamiento del comedor. Así pues, no tendrás más remedio que almorzar hoy conmigo.

–De acuerdo -dijo Kent, dedicándole una sonrisa-. ¿A qué hora se almuerza?

–Pertenecemos al primer grupo…, por tanto a las once y cuarenta y tres. Es

un poco temprano, pero por lo menos la comida está caliente.

Kent tenía unos preciosos ojos castaños, rodeados de abundantes pestañas oscuras. A Chelsea le gustaban, aunque procuró adoptar un aire indiferente.

–Bien… creo que por ahora eso es todo. Te veré después de la primera hora.

–Sí, hasta luego. Y gracias, Chelsea.

Ella se volvió.

–A propósito… Pizza Lostetter es una buena persona. Si tienes alguna duda, pregúntale.

–Gracias, lo recordaré.

Chelsea hizo un gesto de despedida dirigido a Pizza, que exclamó:

–¡Adiós!

Después de la primera hora de clases, Kent ya aguardaba junto a la puerta del aula. Al acercarse Chelsea comprobó que ya se había familiarizado con el discreto saludo del joven… apenas el atisbo de una sonrisa, mientras clavaba la vista en ella. Con tal actitud no pretendía mostrarse seductor, aunque lo conseguía. Se trataba del estilo que los muchachos empleaban cuando esperaban a las jóvenes en el pasillo; permanecían de pie, inmóviles, observando cómo se aproximaba la chica al tiempo que sonreían; después se limitaban a mover un poco el hombro y bajaban la vista hacia su amiga antes de alejarse juntos. Kent Arens actuaba del mismo modo, como los muchachos que mantenían una relación estable con una joven. Por eso Chelsea se entregó a la fantasía momentánea de que entre ambos existía una relación estable.

–Y bien ¿qué te ha parecido tu primera clase? – preguntó Kent.

–Organizada como un desfile militar. La señora Tomlinson es famosa por

eso. Creo que esa mujer me gustará. Y la tuya, ¿qué tal?

–Muy bien. Por lo visto este año tendremos que leer muchos periódicos si queremos obtener buenas calificaciones.

Caminaron entre una multitud de estudiantes.

–¿Cuál es el número de tu ropero? – preguntó Chelsea.

–1088.

–Es aquí. – Indicó el lugar, abriéndose paso entre sus compañeros.

Los alumnos de segundo curso corrían, mientras que los de cuarto caminaban más tranquilamente. Los docentes se hallaban junto a las puertas abiertas. Claire Gardner, que se encontraba ante su despacho, sonrió cuando la pareja se acercó.

–Hola, Kent. Hola, Chelsea.

–Hola, mamá.

–Buenos días, señora Gardner.

–Kent, ¿Chelsea te atiende bien?

–Sí, señora.

–Magnífico. Os veré más tarde.

Los jóvenes reanudaron su camino. Chelsea lo condujo a su ropero, situado en la hilera central de las cinco que se alzaban en el pasillo principal. Al final de cada una había una ventana alta y angosta; los cristales estaban empañados por la lluvia.

Kent abrió el ropero 1088.

–Está vacío. – Su voz creó ecos en el interior del cubículo metálico, mientras otros estudiantes se apiñaban detrás. Una muchacha avanzó presurosa entre ellos, empujando a Chelsea.

–Disculpa -dijo después de arrojarla sobre la espalda de Kent.

Cuando los pechos de Chelsea rozaron el cuerpo de Kent, éste miró por encima del hombro.

–Lo siento -murmuró Chelsea, apartándose avergonzada.

–Aquí hay poco espacio -comentó Kent, cerrando la puerta de la taquilla.

Chelsea retrocedió un tanto ruborizada, y él ocultó su rostro, turbado también.

A la hora del almuerzo, se reunieron de nuevo. Kent, destacándose entre los demás, aguardaba a Chelsea, quien, sonriendo entre la multitud, se acercó a él.

Camino de la cafetería, ella preguntó:

–¿Te han dado tu NIP?

–¿Mi qué?

–Tu número de identificación personal, ya deberían habértelo comunicado.

–Ah, es eso. Sí, ya me lo han dicho.

–¿Y has traído un vale?

–Sí.

–Hoy es el único día en que no necesitarás el vale. En adelante tendrás que

traerlo por la mañana, antes del inicio de las clases. Los cocineros llegan media hora antes, y tú debes entregarles tu vale para que lo depositen en tu cuenta personal; después la computadora seguirá el rastro de tus compras diarias y te informará cuánto dinero te queda. Buenos días, señora Anderson. – Chelsea saludó a una mujer rubia y regordeta, ataviada con un uniforme blanco y los cabellos protegidos por una red-. Este es un nuevo alumno, Kent Arens.

–Hola, Kent. – Tras recibir el vale y la tarjeta con el NIP, la señora Anderson pulsó varias teclas en la máquina-. Estás en buenas manos con Chelsea.

–Sí, señora -susurró Kent mientras Chelsea lo miraba embelesada.

La joven explicó el funcionamiento a Kent.

–Hay cuatro filas para servir y cuatro ordenadores; fila principal, comidas a la carta, bebidas y golosinas, y ensaladas. Puedes acercarte a ellas tantas veces como desees, y una vez hayas elegido tu comida el cocinero introducirá la cantidad que has gastado en el ordenador, jumo con tu número de NIP. De ese modo nadie necesita manejar dinero.

Después de escoger los platos, se reunieron en el centro del ruidoso salón, con las bandejas en la mano.

–¿De veras comerás todo eso? – inquirió Chelsea al ver que él se había servido una gran cantidad de alimentos.

–¿Y tú puedes vivir con una comida tan frugal?

–¡Eh, Chelsea! – llamó alguien.

–Es mi amiga Erin. ¿Te importa que nos sentemos con ella?

–En absoluto -respondió Kent.

Chelsea realizó las presentaciones y se sentó. Observó desconcertada que su amiga miraba a Kent con la boca abierta. También advirtió que otros condiscípulos les dirigían miradas de curiosidad.

Erin empezó a hablar:

–Me han comentado que vienes de Texas, juegas a fútbol y vives en esa hermosa casa nueva a orillas del lago Haviland; tu profesora de inglés es la madre de Chelsea, te has matriculado en muchísimas asignaturas y deseas estudiar en Stanford con una beca deportiva. Ah, y manejas un auténtico Lexus azul.

Kent detuvo el tenedor cargado de fideos a cinco centímetros de la boca.

Miró primero a En, luego a Chelsea y una vez más a aquélla.

–¡Erin! – exclamó Chelsea. Y dirigiéndose a Kent, añadió-: Yo no le he contado todo eso, te lo prometo.

–Eh, después de todo es un alumno nuevo. Es normal que las muchachas sintamos curiosidad -replicó Erin, que, encogiéndose de hombros, se concentró en la comida.

En la mesa reinaba cierta tensión. Cuando Erin hubo concluido y se alejó con su bandeja, Chelsea insistió:

–De veras, Kent, yo no le he explicado nada de ti. Ignoro cómo se ha enterado de todo eso.

–No te preocupes. Tienes razón; los alumnos nuevos somos a menudo objeto de una observación muy rigurosa. ¿Y qué importa cómo lo averiguó?

–Pero te ha molestado, y lo lamento.

–No. No me ha molestado.

–Bien, ¡en todo caso a mí sí me ha molestado!

–No te preocupes, Chelsea. Fue ella quien habló, no tú.

–Entonces ¿me crees?

Kent vació el vaso de leche de un trago y se limpió el labio superior con la mano.

–Por supuesto -contestó, buscando la mirada de Chelsea.

Tom Gardner se hallaba de pie en un extremo del mostrador de las ensaladas, paseando la mirada por la sala. Solía tomar dos de las tres comidas en la cafetería, basándose en la teoría de que, para establecer una buena relación con los alumnos, el director debía mostrarse accesible. Por ese mismo motivo se encargaba de vigilar los pasillos. De ese modo los estudiantes sabían que podían acercarse a él.

En el comedor lo trataban con una naturalidad que no demostraban en otras ocasiones, y él escuchaba conversaciones que le revelaban mucho acerca de la vida de los jóvenes. Además, con frecuencia conseguía atajar allí ciertos problemas antes de que se agravaran.

Sin embargo el problema que en esos momentos le preocupaba parecía habérsele escapado de las manos. Chelsea y Kent Arens. Estaban sentados juntos, aunque gracias a Dios también se encontraba allí Erin, la amiga de Chelsea. Los tres jóvenes no hablaban mucho. ¿Cómo demonios había logrado Chelsea entablar amistad con Kent? Con tantos muchachos como se habían reunido en la biblioteca aquel día, ¿por qué se había emparejado con él? No cabía duda de que el joven era apuesto, atlético, bien proporcionado, además de educado y cortés. ¿No era natural que cualquier chica le prestase especial atención? Y Chelsea era inteligente. ¿No era lógico que un varón se fijara en ella?

Seguir: parte 2 de 2