Reencuentro
–¡Oye! Me aguardan tres días de reuniones…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
–¡Oye! Me aguardan tres días de reuniones con los padres, ¡y si tú te las ingenias para que empiece a llorar y estropee mi maquillaje, cuando encuentre las pelotas de John Handelman en la bandeja del almuerzo haré algo con ellas que no te gustará! ¡Y ahora sal de aquí!
–Claire, ¡todavía eres mi esposa!
Ella señaló la puerta con un dedo tembloroso, y su voz cobró un matiz amenazador cuando repitió:
–¡Sal… de… aquí!
Claire tenía razón. El centro era un lugar totalmente inadecuado para continuar la riña. Él volvió sobre sus pasos, abrió la puerta y se alejó, furioso.
En el Colegio Humphrey las reuniones entre padres y docentes se desarrollaban del siguiente modo: todos los profesores estaban sentados a las mesas dispuestas alrededor del perímetro del gimnasio, y los padres se paseaban libremente entre ellas para hacer consultas. Por lo general el lugar bullía de actividad mientras éstos buscaban el nombre del profesor que les interesaba, se detenían para hablar con otros padres antes de continuar caminando y formaban colas ante las mesas.
Poco antes del mediodía de la primera jornada Claire hizo una pausa.
Mientras estiraba los brazos, vio a Tom cerca de la puerta conversando con Mónica Arens.
Le pareció que la sangre se le acumulaba en el cuello y la cara. Por mucho
que lo intentaba, no podía desviar la vista. Mónica había cambiado de peinado y lucía uno mucho más atractivo. Llevaba un elegante vestido marrón, con un alfiler de oro en la solapa, a juego con los pendientes.
Alguien había comentado a Claire en cierta ocasión que cuando la gente iniciaba una relación, de pronto cuidaba mucho más su apariencia.
Claire no podía evitar observar a la pareja.
Tom había adoptado su «postura de director»; los brazos cruzados, los pies afirmados en el suelo, las rodillas juntas. Mónica dijo algo, y él sonrió al tiempo que abría un poco más la chaqueta desabotonada para llevarse las manos a la cintura. Mirando a la mujer, comentó algo, y ambos rieron.
¡Rieron!
Luego recuperaron la seriedad e intercambiaron una mirada. Claire no pudo ver la expresión en el rostro de Tom, pero sí la de Mónica; habría jurado que era la de una mujer enamorada.
De pronto la vista de Mónica se desplazó hacia Claire, quien se inclinó para parecer atareada, hurgando en la caja depositada en el suelo. Extrajo la carpeta de Kent, la abrió sobre el regazo y estudió el contenido, consciente de que Mónica Arens se acercaba.
Claire sintió que su presencia constituía una amenaza… Esa mujer había tenido conocimiento carnal con su marido, se había acostado con él una semana antes de la boda; su cuerpo había aceptado la simiente de Tom cuando Claire ya estaba embarazada, y minutos antes había estado riendo con él.
–Hola -dijo una voz, y Claire temió mirar. Cuando finalmente lo hizo, observó que la mujer que se había detenido frente a ella se mostraba serena-. Soy Mónica Arens, la madre de Kent. – Tendió la mano.
A Claire le pareció más atractiva de lo que recordaba. El maquillaje resaltaba el perfil de sus labios y le agrandaba los ojos. Se había recogido el
cabello en un rodete engañosamente sencillo que le enmarcaba el rostro como un adorno de encaje estilo reina Ana. Su elegante vestido se adaptaba exquisitamente a su cuerpo y las joyas que usaba denotaban sencillez y buen gusto.
–Hola -replicó Claire, manteniendo la mano intencionadamente inerte mientras estrechaba la de su enemiga.
Mónica se sentó en silencio, y Claire se aclaró la voz, depositando sobre la mesa la carpeta de Kent.
–Bien… -Había sido antes profesora de dicción, después de arte dramático y todos los años impartía algunas clases de oratoria. ¿ Cuántas veces había enseñado a sus alumnos que nunca debían iniciar un diálogo con la palabra
«bien»? Sin embargo, allí estaba ella, intimidada por aquella mujer.
Carraspeó una vez más y repitió el error-: Bien… Kent es un buen alumno…
Avanzaron por ese camino accidentado, una farfullando explicaciones, nerviosa; la otra escuchando con atención, formulando de vez en cuando preguntas dictadas por la inteligencia y la intuición.
Mónica no dijo: «Mi hijo vive en un infierno emocional desde que descubrió quién es su padre.»
Claire no afirmó: «Su hijo trató de aconsejarme acerca de cómo salvar mi matrimonio.»
Mónica no explicó: «Mi hijo conoció a su abuelo y sus primos este fin de semana.»
Claire no declaró: «Mi familia está derrumbándose, y usted tiene la culpa.»
Se limitaron a conversar; una docente y una madre, como dos hipócritas que fingen apoyarse mutuamente.
No se estrecharon la mano al finalizar la charla. Y cuando Mónica se puso en pie, delató la tensión que la dominaba. Respiró hondo como si quisiera hablar, y Claire esperó. El silencio llegó a resultar incómodo, y finalmente Claire dijo:
–Bien…
El encanto se había roto, y Mónica retrocedió un paso, se colocó el bolso bajo un brazo y dijo:
–Adiós. Y gracias.
–Sí… adiós.
Otros dos padres esperaban para hablar con Claire. Mientras se sentaban, ésta observó a Mónica, que se alejaba entre la multitud; y volvió la vista hacia Tom, que continuaba de pie junto a la puerta del gimnasio; había estado observándolas atentamente.
Cuando las miradas de ambos se cruzaron, Tom echó a andar hacia Claire.
Ésta concentró su atención en la pareja de padres que ocupaba la silla que había dejado Mónica.
Tom se acercó y se tomó la libertad de pasar detrás de la mesa de su esposa.
–Discúlpenme -dijo y, apoyando una mano sobre la superficie de la mesa y la otra sobre el respaldo de la silla de Claire, se inclinó ante ella, interponiendo su cuerpo entre su mujer y los padres.
–El viernes de la semana próxima, a las cinco de la tarde, en el Consejo de la Familia. El asesor se llama Gaintner.
–Pensé que habías dicho que concertara yo la cita. – Claire mantuvo el rostro impasible. Tom se hallaba tan cerca que sintió deseos de tender una mano y empujarlo para que cayera de espaldas en el suelo.
–Cambié de idea. Hoy estás muy atareada. Pensé que podía arreglar este asunto yo mismo.
–¿No fue posible conseguir la visita un poco antes?
Tom se encogió de hombros.
–¿Ese hombre quiere vernos a los dos?
Tom asintió antes de alejarse.
¡Había elegido un hombre! Claire deseaba maldecir la inclinación de Tom a manipular… ¡Un hombre! ¡Sabía muy bien que ella prefería a las consejeras, pues lo había manifestado claramente en las diversas discusiones que habían mantenido acerca del tema! Las mujeres eran mejores consejeras que los hombres. Éstos mantenían la distancia en lugar de mostrarse afectuosos. No obstante, Claire reconocía que tenían razones para preocuparse por las acusaciones de acoso sexual; todos los educadores varones que ella conocía estaban aterrorizados ante la perspectiva de tocar a las estudiantes, aunque fuese en el hombro. De todos modos Tom sabía que Claire prefería a las consejeras.
Y sin embargo había consultado a un hombre.
Claire estuvo irritada y distraída el resto de la tarde, mientras veía cómo el reloj avanzaba hacia las nueve de la noche; tomaba pastillas para la garganta y sentía que su voz era cada vez más ronca a causa de la charla interminable. El apreciado director había advertido que ningún docente debía abandonar su mesa hasta que concluyese la jornada, ¡y Claire Gardner no tenía la menor intención de merecer el castigo de su alteza real!
A las nueve cerró la tapa de la caja y, sosteniéndola bajo el brazo, fue en busca de Joan Berlatsky. La encontró en su despacho, poniéndose el abrigo.
–Joan, por favor, ¿puedes concederme un minuto?
Joan consultó el reloj y contuvo un suspiro.
–Por supuesto -dijo. Se dejó caer en el asiento.
–No deseo aprovecharme de ti, pero necesito un consejo.
–¿Te importaría cerrar la puerta? – Ambas sabían que Tom podía pasar en cualquier momento, camino de su despacho.
Claire obedeció y se sentó en el borde de la silla destinada a los visitantes.
–Supongo que sabes que Tom y yo nos hemos separado, y cuál es el motivo.
–Sí, lo sé, Claire. Realmente lo siento.
–Y sabes que Kent Arens es su hijo.
Joan asintió.
–Tengo que hacer una confesión. Ante todo, diré en defensa propia que soy una buena profesora. Me preocupo mucho por mis alumnos y su bienestar.
Sin embargo hoy he hecho algo que nunca había hecho antes. Evité hablar de un tema que debía comentar con un progenitor. Mira, estuve charlando con la madre de Kent.
Joan, arrellanada en la silla, observaba a Claire con los dedos sobre los labios y el entrecejo fruncido.
–Tom propuso hace varias semanas cambiar a Kent de clase de inglés, pero yo soy la única que imparte la asignatura en cuarto, de modo que insistí en que continuase conmigo. Ahora… bien, ahora la situación es muy compleja y las relaciones entre nosotros han variado. No puedo evitar pensar que todo esto afecta al muchacho mucho más de lo que él demuestra. Debería haber hablado sinceramente con su madre, pero no pude. Kent sigue obteniendo excelentes calificaciones, de modo que me dije que, como sus notas no han empeorado, no era necesario abordar ninguna cuestión personal durante la
charla. Sé que fue una actitud cobarde de mi parte… Bien… mira, creo que… es decir, a veces pienso que Tom ha reanudado su relación con esa mujer. Bien, ya lo he soltado. Necesitaba decirlo.
Joan continuaba con el entrecejo fruncido, reflexiva, tamborileando las yemas de los dedos sobre los labios. Finalmente formuló unas pocas preguntas pertinentes, y las respuestas llenaron los huecos de la historia narrada por Claire.
–Ahora ha concertado una cita con un consejero de sexo masculino. Joan, sé que él lo ha hecho para tener a un hombre de su lado. ¡Yo prefería una mujer!
–¿Se lo dijiste?
–No, ¡pero él lo sabe!
Joan cambió de posición. También para ella había sido un día largo y penoso. Había estado hablando con padres estúpidos y adolescentes impertinentes desde las nueve de la mañana. Le dolía la cabeza y experimentaba un sentimiento de angustia a causa de algunas situaciones realmente lamentables que había presenciado ese día. Deseaba volver a casa meterse en la cama y dormir. Pero tenía que lidiar con esa mujer normalmente equilibrada, bondadosa y considerada que estaba arrojando por la borda su matrimonio y destruyendo a su familia porque no alcanzaba a ver a través de la bruma de los celos. Claire Gardner era una mujer culta que había asistido a cursos de psicología, pero una educación universitaria no siempre garantiza el sentido común, y en ocasiones a Joan le irritaban esos profesores que deberían haber poseído un caudal más importante de esa cualidad.
–Claire, ¿cuántas veces has leído y oído que el origen de la mayoría de los problemas de la pareja reside en la falta de comunicación? Si querías una consejera, debiste decirlo. Estás culpando a Tom porque te sientes furiosa con él a causa de una cuestión completamente diferente. ¿Deseas salvar tu matrimonio?
Claire se encogió, sorprendida por la regañina que acababa de recibir.
–Sí -contestó cohibida-. Lo deseo.
–Pues bien, te aseguro que tu comportamiento desmiente tu respuesta.
Conozco a Tom desde hace doce años, y durante ese período sólo le he oído formular elogios hacia tu persona. Coincido con él en reuniones y comisiones a que tú no asistes. Lo que dice a tus espaldas probablemente te llenaría de alegría. Ese hombre te ama y quiere a sus hijos. Y lo que tú estás haciendo con tu familia no me parece muy agradable ni compasivo, porque no creo que tu causa sea justa. Cometió un error hace dieciocho años; luego se disculpó y te pidió perdón. Por otro lado las acusaciones que formulas contra él se basan en pruebas circunstanciales. Dudo de que tenga una aventura porque sé cuánto te ama.
»Comprendo que te moleste ver a su hijo todos los días, ya que todo el colegio sabe quién es Kent. Pues bien, todos aceptamos ese hecho. El muchacho es alumno del colegio, y no lo hemos excluido de nada, y tampoco a Tom. La única que procede de ese modo eres tú. Y en ese proceso estás distanciándote de tu familia.
* * *
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Capítulo 16
Esa noche, a las 8.30, Chelsea dejó una nota sobre la mesa de la cocina.
Rezaba: «Querida mamá, Drake Emerson me ha telefoneado para invitarme a ir a Misisipí Live con sus amigos. He aceptado porque mañana no tengo clase y, por lo tanto, podré dormir hasta tarde. Sé que debería haberte consultado, pero no he podido porque estabas en el colegio. Nos veremos por la mañana. Besos, Chelsea.»
Chelsea comprobó su aspecto una vez más en el espejo del cuarto de baño, se aplicó otra capa de carmín en los labios, esbozó un mohín ante su reflejo y apagó la luz. Se acercó a la puerta de la habitación de Robby.
–Saldré dentro de un minuto. ¿Qué harás esta noche?
Robby volvió la cabeza hacia la puerta y miró a Chelsea de arriba abajo.
Vestía pantalones ajustados negros y una camiseta del mismo color, muy ceñida y corta, que mostraba su vientre. Los rizos de su cabellera aparecían desordenados, y se había maquillado en exceso los ojos; además se había pintado los labios de un rojo intenso, en lugar del tono coral acostumbrado.
Lucía unos pendientes grandes y ruidosos; Robby nunca la había visto vestir así.
–Iré a la segunda función con Brenda. Tiene que trabajar hasta las nueve.
¿Saldrás vestida de ese modo?
Chelsea inspeccionó su atuendo y asintió.
–Por supuesto. Así visten todas las muchachas que van allí.
–Deberías haber consultado a mamá antes de aceptar.
–No pude. Está en el gimnasio, y allí no hay teléfono. ¿Acaso lo has olvidado?
–En ese caso deberías haberte acercado al colegio para preguntarle si te permitía salir con Drake Emerson.
–¿Qué tiene de malo Drake?
–Lo sabes muy bien. Su reputación no es muy buena.
–Escucha, me llamó como un caballero y se mostró muy cortés. Además, quizá los muchachos como él pueden demostrar que son buenos si se les brinda la oportunidad. Mamá y papá nunca han dicho que hubiera sido enviado a la dirección.
–¿Irán también tus amigos?
–Mis amigos son tan aburridos… Siempre hacemos lo mismo, y supongo que ha llegado el momento de probar algo nuevo.
–A mamá no le gustará esto. Y tampoco a papá.
La expresión de Chelsea se endureció.
–Bien, quizá no me importa. ¿Acaso nos preguntaron si aprobábamos lo que ellos hacían? Además, no están aquí, de modo que, ¿cómo puedo pedirles permiso?
–Chelsea, opino que no deberías vestir así.
Chelsea puso en blanco los ojos y se volvió. Su último comentario llegó desde el pasillo:
–Ah, hermano, no necesito tus críticas.
Chelsea se puso la chaqueta preparándose para salir en cuanto Drake
llegara; no deseaba que entrase en la casa, pues temía que Robby lo sometiera a un verdadero interrogatorio, como si fuese su padre.
Sin embargo Drake llegó tarde, y Robby ya se había marchado cuando su automóvil enfiló el sendero. Chelsea salió al encuentro de su amigo, que caminaba en dirección a la casa.
–Eh, ¿cómo estás, nena?
–Muy bien. Tengo muchas ganas de conocer ese lugar.
–Si quieres cometer una travesura, ése es el lugar más conveniente.
Chelsea rechazó una punzada de aprensión y se dijo que ella era una buena muchacha. Esa noche no encontraría nada más que una diversión inocente.
El automóvil que esperaba en el sendero se hallaba en un estado tan ruinoso que Chelsea dudó de que consiguiera salvar la distancia hasta Mineápolis.
Conducía un muchacho llamado Church, y a su lado estaban Marilee y Esmond, con quien Chelsea nunca había hablado; tenía veintitrés años, según le explicó Marilee. En la oscuridad, Chelsea apenas les vio el rostro.
Durante el viaje continuaron siendo tres cabezas incorpóreas, recortadas contra las luces verdes del salpicadero. Chelsea se sentó detrás, entre Drake y una muchacha llamada Sue Strong que estudiaba cuarto con Robby; era una joven aventurera que, según se rumoreaba, se había tatuado una serpiente en el trasero y en cierta ocasión había sido sorprendida con los senos desnudos en la habitación de un portero, un muchacho que había abandonado el colegio un año antes. Chelsea había oído el nombre de Sue alrededor de la mesa de la cocina más de una vez, y no precisamente en términos elogiosos.
–Hola, Sue -saludó Chelsea cuando se la presentaron.
Enviando una bocanada de humo al techo del vehículo, Sue preguntó:
–¿Eres la hija del director?
–Sí.
–¿Qué me dices, Drake? – comentó Sue-. El viejo de esta chica me ha castigado varias veces por cosas que no le concernían. Este asunto nos traerá problemas…
Chelsea sintió una opresión en el estómago. Drake le pasó el brazo por los hombros y la atrajo hacia su cuerpo, sonriendo mientras la miraba a los ojos.
–Oh, Sue, cuida tus palabras. Chelsea no está acostumbrada a ese vocabulario, ¿verdad, querida?
La muchacha sonrió con expresión tensa y aspirando el olor a cuero de la chaqueta de Drake. Las luces del salpicadero se reflejaban en los oscuros ojos de Chelsea. Drake decía frases serias y oportunas, pero en su sonrisa se manifestaba el atrevimiento, como si cada una de las palabras que pronunciaba tuviera un significado oculto. Para que Sue no pudiera oírlo, le susurró al oído:
–Ignórala. Está de mal humor. Pero tú y yo vamos a divertirnos. Ese lugar te impresionará.
Estaba en lo cierto. Misisipí Live realmente impresionó a Chelsea.
Asentado en Riverplace, un distrito histórico del centro de Mineápolis, a orillas del río Misisipí, era un edificio con varias salas de baile, el sueño de un amante de la música, la delicia de un roquero, una agresión a los sentidos aun antes de entrar en él. A medida que avanzaba hacia el recinto, Chelsea oyó cómo la música resonaba a través de la pared de vidrio y vio el movimiento y las luces. En el interior, el ritmo se acentuaba y le golpeaba el estómago. En el público que abarrotaba el local predominaban los veinteañeros. Al fondo de la sala un joven estaba atado a una máquina giratoria, con los miembros extendidos. El artefacto se hallaba situado entre dos escaleras curvas de acero que conducían a un balcón abierto. Tanto éste como los escalones estaban ocupados por jóvenes que, con una botella de
cerveza o una copa en la mano, observaban los movimientos del muchacho en la máquina.
Chelsea siguió a Drake escaleras arriba. En el segundo piso todavía se oía la música procedente de la planta baja. Un enérgico maestro de ceremonias batía palmas e imprimía un ritmo frenético al baile, mientras un joven cantaba y su imagen aparecía reproducida en múltiples pantallas instaladas en el techo. Un público diferente rodeaba el escenario, la clientela se movía sin descanso, caminando de un extremo al otro, paseando de una atracción a la siguiente. Drake y Chelsea giraron hacia la izquierda y entraron en una caverna oscura donde un joven se hallaba encerrado en una cabina de vidrio; la música brotaba de los altavoces, y los focos convertían en fragmentos desarticulados a los bailarines que evolucionaban en la pista; una chica con una camiseta muy estrecha, una falda corta y botas; un hombre vestido con pantalones de cuero rojo adornados con colmillos de tiburón, y otro joven con tirantes, enormes gafas oscuras y un sombrero hongo con lentejuelas de plata que destellaban con las luces de colores.
La música lastimaba los oídos de Chelsea.
–¿Quieres beber algo? – preguntó Drake.
–¡Una coca cola! – exclamó ella.
Él sonrió antes de alejarse. Chelsea lo observó avanzar hacia la barra. Vestía pantalones muy ajustados, botas semejantes a las de un montañista y cazadora de cuero.
En el bar seguramente le habían pedido el carnet de identidad, porque extrajo una billetera del bolsillo para mostrar lo que seguramente era una identificación falsa antes de que el camarero le sirviera la bebida.
Enseguida regresó con dos vasos de plástico y entregó uno a Chelsea. Ella le dio las gracias, bebió con cautela y comprobó aliviada que no era más que coca cola. Se volvió fascinada hacia la pista de baile. Parecía que allí nadie usaba las sillas, excepto a veces para apoyar el pie. Apoca distancia
una pareja bailaba con movimientos sensuales; nadie les prestaba la más mínima atención. Unos minutos después Drake le quitó el vaso de las manos, lo depositó sobre la mesa y condujo a Chelsea a la pista.
Ella bailó hasta que la transpiración le empapó el sostén y los cabellos se le pegaron al cuello. Aunque evitaba acercarse a Drake, tenía la sensación de que él la tocaba continuamente. El cuerpo del chico se desplazaba como una capa de humo sobre el de ella, mientras la miraba desafiante.
Pronto se trasladaron a otra pista de baile, y otro bar, y continuaron así varias veces, hasta que visitaron cinco zonas distintas. Bailaron en la mayoría de los sitios y tomaron copas en casi todos. En el último sonaba música country; las botas con lentejuelas de un vaquero giraban lentamente sobre la pista, proyectando reflejos sobre los presentes.
–Vamos, nena, otra vez -dijo Drake, rodeándole la cintura con el brazo.
Pegó su pelvis contra la de Chelsea y deslizó la mano por su espalda, frotándola con los dedos al compás de la música.
Ella alzó los brazos para apartarlo.
–¿Qué pasa? – Él le dirigió una sonrisa y apretó aún más las caderas contra ella-. ¿Nunca habías bailado así?
–No donde la gente pudiese verme.
–¿Y donde la gente no puede verte?
–GUM… -Ella sonrió seductora e inclinó la cabeza.
–Es muy agradable. – El muchacho le tomó los brazos y los puso sobre sus hombros, manteniéndolos sujetos hasta que ella le rodeó el cuello.
Enseguida Drake empezó a acariciarla, deslizando las manos hasta las caderas. Chelsea notaba que él se apretaba contra su cuerpo, manteniéndole separadas las piernas, introduciendo de vez en cuando el muslo entre ellas.
La mano de Drake se internó bajo la camiseta de la joven para acariciar la carne desnuda, y el pulgar se coló bajo el elástico del sostén.
Chelsea recordó las confidencias que Erin le había hecho acerca de su relación sexual con Rick. Pensó en sus padres. Eh, mamá y papá, ¿qué os parece esto? La niñita perfecta ya no es tan perfecta, ¿verdad?
La botas adornadas con lentejuelas continuaban lanzando destellos.
Aturdida, Chelsea cerró los ojos.
–Drake, ¿pusiste algo en mi bebida?
–¿No confías en mí?
–¿Pusiste algo?
–Nada más que un poco de ron. Ni siquiera percibiste el sabor, ¿verdad?
–Dije que quería una coca cola, nada más.
–Está bien. A partir de ahora, Coca y nada más.
–Me temo que ya estoy borracha. Nunca me había sentido así.
–No irás a vomitar, ¿verdad?
–No, sólo estoy mareada.
–Mantén los ojos abiertos y te sentirás mejor.
–Drake, no debiste hacer eso. No me permiten beber alcohol.
–Disculpa, pensé que quizá querías divertirte, como los demás. Un poco de alcohol elimina las inhibiciones.
Esta vez Drake deslizó las manos sobre el trasero de Chelsea. A ésta le
resultó agradable mantenerse cerca de él y aprovechar su cuerpo para conservar el equilibrio. Mientras Drake se balanceaba, el cuerpo de la muchacha se adaptaba con sorprendente soltura a sus movimientos. Chelsea observó una serie de parejas que bailaban como ellos y supuso que era lo que todos hacían en un lugar como ése.
–Drake, estoy realmente mareada. Tal vez debería irme.
–Eh, todavía es temprano.
–¿Qué hora es? – Por encima del hombro de Drake, Chelsea intentó consultar su reloj, pero no alcanzó a distinguir los números.
Drake retiró las manos del trasero de Chelsea para mirar su reloj.
–Poco más de las doce.
–Debo estar en casa a la una. He de marcharme.
Era la primera vez que se rebelaba contra su amigo.
–De acuerdo, como tú digas. Vamos a buscar a los demás.
Tardaron un rato en encontrar a los cuatro amigos. Cuando salieron del local, era la una menos cuarto, y Chelsea comprendió que no llegaría a casa a tiempo.
Fuera, el aire fresco la reanimó, pero cuando se acomodaron en el asiento trasero y el coche comenzó a moverse, Chelsea sintió que todo le daba vueltas y apoyó la cabeza contra el respaldo. Había cuatro personas en el asiento trasero, y ella se hallaba entre Drake y la portezuela. Él la besó al tiempo que deslizaba una mano bajo su camiseta. No se parecía en absoluto al beso que había compartido con Kent, no era tan inocente. De pronto pensó que los remordimientos que le había provocado el beso que había dado a su medio hermano carecían de sentido; ahora sí hacía algo por lo que en verdad debía sentirse culpable… y se sentiría culpable al día siguiente.
Drake la besó intensamente, con una mano bajo el sostén; después la deslizó hasta colocarla entre las piernas de la joven.
–Basta, Drake -murmuró Chelsea, mortificada por que algo peor parecía estar sucediendo al otro extremo del asiento, entre Sue y su amigo.
–Eh, vamos, no te ocurrirá nada.
–Basta.
–¿Nunca has acariciado a un hombre? – Llevó la mano de Chelsea a su entrepierna y la mantuvo allí-. Apuesto a que nunca lo has hecho. Adelante, pequeña, explora un poco. Mira lo que siente un tipo. ¿Ves? Caliente y dura… No, no… -Volvió la cabeza de Chelsea hacia sí, porque ella había intentado espiar lo que hacían sus compañeros-. No te preocupes por ellos.
No nos ven; están muy atareados.
–Drake, por favor.
–Apuesto a que siempre has sido una niña buena, ¿no es así? Siempre has obedecido a tu mamá y tu papá. Y esta noche decidiste averiguar qué hacían las muchachas malas, y apuesto a que te gusta, ¿no es así? ¿Nadie te había besado antes? – Se movió con tal rapidez que ella no pudo impedírselo…
Le subió la camiseta, inclinó la cabeza, y su boca se cerró sobre un pezón.
Ella comenzó a gritar, tratando de apartarlo, temerosa de vomitar, porque cada vez tenía el estómago más revuelto.
Drake retiró la cabeza y colocó el pulgar sobre el pezón describiendo círculos sobre la carne húmeda.
–Apuesto a que te gusta, ¿verdad? No es nada malo, caramba; todos lo hacen.
–Drake, creo que voy a vomitar. Di a Church que detenga el automóvil.
–Dios mío -replicó él con repugnancia-. Eh, Church, para. Chelsea va a devolver.
Y en efecto, vomitó. Jamás olvidaría las náuseas y el vómito sobre la hierba helada, al borde del camino, mientras los automóviles pasaban de largo y la pareja que estaba en el asiento trasero continuaba moviéndose al compás, como si fueran los dos únicos seres del universo.
Finalmente Chelsea retornó al automóvil, donde Drake se mantuvo por una vez apartado de ella. En lugar de manosearla, lió y encendió un cigarrillo maloliente.
–¿Quieres dar una calada, muchachita? – preguntó cuando el automóvil ya apestaba a tabaco.
–No, gracias.
–Tampoco lo has probado nunca, ¿eh?
Estremeciéndose, Chelsea miró por la ventanilla, a través de las lágrimas que transformaban las luces de la carretera en estrellas deformadas. Pensó en sus verdaderos amigos, preguntándose por qué se había distanciado de ellos y por qué había aceptado la invitación de Drake Emerson, con quien, debía reconocerlo, había coqueteado un poco. No le había costado demasiado conseguir que la invitase. Pero Drake era un sujeto malvado, y Chelsea echaba de menos a Erin. De pronto deseó visitar a su amiga para comer golosinas y charlar, sentadas con las piernas cruzadas sobre la cama, o probar nuevos peinados.
En casa de Chelsea estaba encendida la luz de la cocina. La joven se apeó del coche sola y, cuando se hallaba junto a la puerta, Drake exclamó:
–¡Muchachita virtuosa! Tienes que aprender a desinhibirte un poco. Cuando desees probar de nuevo, avísame.
Se abrió la puerta y apareció Claire.
–¡Ven aquí, jovencita!
En la cocina Chelsea no pudo evitar el escrutinio de su madre.
–¿Dónde demonios has estado? ¿Sabes que es la una y media de la noche?
–¿Y qué?
–¡En esta casa hay una hora límite para regresar! ¡Y reglas acerca de los lugares adonde vas y las personas con quienes sales! Robby afirma que has estado con Drake Emerson. ¿Es cierto?
Chelsea se negó a mirar a Claire y mantuvo una expresión tensa y desafiante. Claire tendió la mano hacia el mentón de su hija y la obligó a levantar la cara.
–¿Y vestida así? ¿Y oliendo de ese modo? Chelsea, ¿has bebido?
–¡Eso no es asunto tuyo! – Chelsea dio media vuelta y caminó hacia su dormitorio.
Claire permaneció en la cocina vacía, sintiendo que el miedo le atenazaba la garganta, percibiendo aún el olor fétido del aliento de su hija. Dios santo, era imposible que Chelsea hubiese llegado a esa situación; su tierna hija, que nunca le había dado motivos de preocupación, que tenía buenos amigos, volvía temprano a casa y participaba en actividades saludables…
Ya no era la niña de antes. Ahora vestía como una prostituta y había salido con un muchacho cuyos lamentables antecedentes en el colegio, absentismo escolar y consumo de drogas lo convertían en blanco del desprecio siempre que se mencionaba su nombre en las conversaciones entre profesores.
Claire temió que hubiera mantenido relaciones sexuales con Drake Emerson. El sida, un embarazo… Recordó aterrorizada las sórdidas historias de otras alumnas, tan frecuentes que casi se había acostumbrado a ellas. Sin embargo cuando la víctima era una hija, y el progenitor se sentía culpable, la cuestión era muy diferente.
De pie en la cocina, cubriéndose la boca con una mano, los ojos llenos de lágrimas, Claire musitó:
–Tom, te necesito.
Pero Tom no estaba allí. Ella lo había expulsado porque no podía perdonarle una traición cometida hacía tantos años. De pronto aquella infidelidad carecía de importancia comparada con el desafío de Chelsea y el peligro que la había amenazado esa noche. Ah, cómo necesitaba a Tom, cómo deseaba cogerle la mano y sentir la presión de sus dedos, volverse y murmurar: «Tom, ¿qué podemos hacer?» Pero eran las dos menos veinticinco de la madrugada, y Tom había afrontado una jornada tan larga como Claire. Si lo telefoneaba para pedir le que acudiese, Tom llegaría después de las dos, y ambos tenían que estar en el colegio al día siguiente.
Así pues, tenía que resolver sola ese problema.
Apagó la luz de la cocina y subió al primer piso. Robby dormía en su habitación, con la puerta cerrada, y Chelsea se encontraba en el cuarto de baño. Claire llamó suavemente y esperó, oyendo el ruido del agua, que luego cesó; el crujido de la jabonera de plástico sobre el lavabo de mármol.
Llamó de nuevo:
–¿Chelsea?
Abrió la puerta y dejó que se cerrara a su espalda. Cruzando los brazos, se apoyó contra el marco, observando cómo su hija se lavaba la cara.
–¿Chelsea? – murmuró, aterrorizada porque no sabía qué decir ni qué hacer; ningún manual sobre la educación de los hijos la había preparado para un momento como ése-. ¿Por qué?
Chelsea retiró el tapón del lavabo y se secó la cara con una toalla. Claire esperó a que reaparecieran los ojos de Chelsea, que clavaron la mirada en el espejo.
–¿Lo hiciste por lo que sucedió entre papá y yo?
Chelsea dejó caer las manos, que aún sostenían la toalla, y permaneció silenciosa e inmóvil un momento antes de susurrar:
–No lo sé. – El agua goteaba del grifo, que habría sido arreglado si Tom hubiera vivido en la casa. Por lo demás, reinaba el silencio más absoluto.
Tom, Tom, no sé qué decir.
–¿Has bebido?
Los labios y el mentón de Chelsea temblaron. Asintió con la cabeza y los ojos se le llenaron de lágrimas.
–¿Has tomado drogas?
Chelsea negó con la cabeza.
–¿Has tenido contacto sexual con él?
–No, mamá, no hubo nada de eso. – Chelsea miró a su madre con ojos suplicantes. El rostro de la joven mostraba de nuevo una expresión infantil, aunque enmarcada por un peinado bastante atrevido-. De veras, mamá.
–Te creo.
–¿Piensas decírselo a papá?
–Sí, Chelsea, es necesario. Soy incapaz de resolver sola este problema. No tienes permiso para asistir a esa clase de lugares. Has llegado tarde y tomado alcohol. Tu padre tiene que saberlo.
–Y entonces ¿volverá a casa?
Claire sintió que se le destrozaba el corazón. Mientras observaba las lágrimas que rodaban por las mejillas de su compungida y extraviada hija, Claire notó que le ardían los ojos.
–¿Lo hiciste por eso? – preguntó amablemente-. ¿Para que papá regresara a casa?
Chelsea dejó escapar un sollozo mientras se arrojaba a los brazos de su madre para estrecharla, balbuciendo:
–No lo sé, mamá, quizá fue por eso… esta casa es tan terrible… sin él. ¿Le dirás que vuelva… y viva con nosotros? Por favor, mamá… nada… es lo mismo sin él. Y tú tampoco… eres la misma. ¡Realmente no entiendo por qué nos haces esto!
La culpabilidad, el miedo y el amor gravitaron sobre Claire. Abrazaron a su hija, pensando en los desesperados métodos a que había recurrido para conseguir la reconciliación de su familia, Claire comprendió que estaban al borde de algo mucho más grave que la disolución de un matrimonio.
Acarició los cabellos de Chelsea para tranquilizarla.
–Papá y yo hemos acordado visitar a un consejero matrimonial.
–¿De veras? – Chelsea se apartó unos centímetros.
–Sí, la primera cita será la semana próxima.
–¿Eso significa que papá regresará a casa?
–No, querida, eso no sucederá inmediatamente.
–Pero ¿por qué? – Chelsea sollozó de nuevo-. Sí deseas volver a vivir con él, ¿por qué lo postergas?
Claire cogió unos pañuelos de papel y los entregó a Chelsea, que se enjugó las lágrimas y se sonó la nariz.
–Porque antes debemos resolver algunas cosas.
–¿Qué cosas?
–Por ejemplo, Kent Arens.
–¿Y el señor Handelman?
–¿El señor Handelman?
–Algunos de mis compañeros afirman que tú y el señor Handelman salís juntos.
–¡Eso es ridículo! ¡Nunca hemos concertado una cita!
–Pero tú pasas mucho tiempo con él en los ensayos, y está interesado por ti,
¿no es verdad?
Claire se sonrojó, desconcertada.
–Oh, mamá, ¡no me digas que eso es cierto! Hay algo entre vosotros dos,
¿verdad? Mamá, ¿cómo has podido hacer eso?
–Ya te he dicho que no hay nada. ¿Y cómo es posible que esta conversación haya derivado hacia mi conducta? Estábamos hablando de ti y tus flagrantes infracciones esta noche. Eso merece un castigo, Chelsea, ¿no te parece?
–Sí, así es.
–Pero yo… -Claire se frotó la frente-. Me temo que… no estoy en condiciones de afrontar sola este asunto. Tendré que hablar con tu padre.
Entretanto, no saldrás de casa mañana ni usarás el automóvil. Quiero que me entregues tus llaves.
–Está bien, mamá -replicó Chelsea dócilmente, y fue a su habitación para
buscar las llaves.
Claire se enjugó las lágrimas y notó que se le formaba un nudo de miedo en la garganta. Se sentía sola y abandonada, insegura acerca de muchas cosas: Tom, los hijos, Kent, Mónica, la obra teatral, los errores que había cometido con John Handelman, las acusaciones de Chelsea y la decepción que a ésta le producía la actitud de su madre.
Un profundo sentimiento de culpa la invadió mientras esperaba en el vestíbulo, deseando que Tom apareciese de pronto, lamentando todo cuanto había sucedido en los dos últimos meses. Se secó las lágrimas una vez más y se acercó a la puerta del dormitorio de Chelsea para recibir las llaves.
Cuando ésta las depositó en sus manos, la súbita docilidad de la joven pareció la rúbrica más lamentable de esa jornada desastrosa, y Claire comprendió que debía decir algo que tanto ella como su hija necesitaban oír.
–Chelsea, sabes que te quiero, ¿verdad?
–Supongo que sí. – La muchacha rehuyó la mirada de su madre-. Pero últimamente lo dudo.
–No lo dudes… mi afecto por ti es muy profundo. Pero los padres no somos infalibles. A veces cometemos errores, aun cuando creemos que nuestra actitud es la acertada. Y otro tanto sucede con los hijos, ¿entiendes?
Chelsea asintió sombríamente, negándose a levantar la cabeza. Ella y Claire permanecieron en el umbral, tenuemente iluminadas por la pequeña lámpara de la mesita, rodeadas por las pertenencias que Chelsea había acumulado en su infancia y a las que en los dos últimos años se habían añadido objetos más propios de una adolescente; un par de patines junto a! lápiz de labios sobre la cómoda, muñecas y medias de nailon sobre la mecedora, un joyero bajo un cartel con la imagen de Rod Stewart… Ambas sintieron de pronto la tristeza que con el paso de los años a veces se manifiesta en las relaciones entre madre e hija.
Era tarde; las dos estaban agotadas. Claire posó la vista en Chelsea y suspiró.
–Bien… ¿puedes abrazarme?
Chelsea lo hizo, dominada por la angustia.
–Te quiero -repitió Claire.
–Y yo a ti.
–Limpia tu habitación y plancha tu ropa mañana. Te veré cuando vuelva a casa, alrededor de las seis y cuarto. Entonces hablaremos de todo el asunto.
Chelsea asintió sin mirarla.
La mañana siguiente se había reservado una parte del tiempo de las reuniones para los docentes cuyos hijos estudiaban en el colegio. Tom y Claire debían conversar con los profesores de Robby y Chelsea entre las 8 y las 8.30 horas.
Claire llegó al centro quince minutos antes de la hora fijada. Las luces del despacho de Tom estaban encendidas, mientras que el área de recepción estaba vacía y a oscuras. Él trabajaba sentado al escritorio cuando Claire apareció en el umbral de la puerta. Sin advertir su presencia, Tom continuó trabajando. Lucía el traje azul oscuro que siempre había encantado a Claire y una preciosa corbata que ella le había regalado por el día del Padre. Al observarlo, bien vestido y arreglado, Claire sintió que aún le resultaba atractivo. La víspera, cuando lo había visto conversar en el gimnasio con Mónica Arens, los celos la habían cegado.
¿Por qué habían reído? ¿Cuántas veces habían charlado? ¿Se habían visto a veces con Kent, para que Tom conociese mejor al muchacho? En esos encuentros, ¿él había llegado a conocer mejor a Mónica también? La imagen de los tres reunidos le provocó dolor, y entonces comprendió que
nunca había dejado de amar a su esposo.
–¿Tom? – dijo Claire, y él la miró.
–Has llegado quince minutos antes de la hora.
–Lo sé. ¿Puedo entrar?
–Estoy atareado con unas cuentas que he de presentar.
–Un tema importante.
Tom soltó el lápiz con un gesto de irritación y concedió:
–Muy bien.
Claire cerró la puerta y se sentó ante el escritorio.
–¿Por qué me siento como uno de esos alumnos enviados aquí como castigo?
–Quizá porque eres culpable de algo, Claire.
–No es el caso, pero lo tendré en cuenta. He de hablarte de Chelsea.
–¿Qué sucede con ella?
Claire relató el incidente de la noche anterior, observando que el rostro de Tom adoptaba una expresión cada vez más preocupada y que apartaba la espalda del respaldo del sillón.
–Dios mío -dijo cuando ella terminó. Permanecieron en silencio un rato, abrumados por la culpa. Al cabo él cerró los ojos, se recostó contra el asiento y murmuró-: Drake Emerson. – Tragó saliva tan ruidosamente que ella alcanzó a oírlo-. ¿Crees que Chelsea dice la verdad al afirmar que no mantuvo relaciones sexuales con él?
–No lo sé.
–Dios mío, Claire, ¿y si miente? ¿Quién sabe cuáles pueden ser las consecuencias?
Los dos pensaron en la gama de posibilidades.
–Me temo que lo único que podemos hacer es creerla.
–Y la bebida…
–Ya lo sé… -musitó ella.
Siguió un momento de silencio. Tom tenía una expresión de profunda tristeza y los ojos le brillaban.
–Recuerdo cuando nació -dijo-, cómo la acostábamos en la cama, entre los dos, y le besábamos las plantas de los pies.