Reencuentro

Lavyrle Spencer · Capítulo 5 de 8 · parte 1/3

Páginas del PDF

Reencuentro

Capítulo 12

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

A orillas del lago el otoño era aún más luminoso. El agua quieta reflejaba como un espejo la ribera. Se oía el sonido de un motor, a lo lejos, y un pequeño pesquero turbaba la perfección de la superficie.

Tom ascendió por los dos anchos peldaños de madera y abrió la puerta.

Tenía un antiguo resorte que de pequeño solía accionar para abrir y cerrar la puerta una y otra vez hasta que su madre aparecía para ver qué demonios estaba haciendo. El sonido de ese resorte provocó un dolor nostálgico en un corazón que ya se sentía lastimado.

Tom penetró en la penumbra fresca y con olor a madera de la sala.

–¿Papá? – llamó, deteniéndose y aguzando el oído. Escuchó los gorjeos de los pájaros, nada más. La habitación apenas si había cambiado en treinta años: un viejo y desvencijado sofá cubierto con una alfombra india y unos cojines confeccionados con retales verdes y anaranjados, donde su padre se echaba la siesta; un par de peces disecados que colgaban de las paredes; mecedoras junto a una mesita en que descansaban numerosos ejemplares de revistas; el antiguo y venerable piano de cola de su madre, con un centenar de marcas de vasos a la derecha, donde acostumbraba depositarlos su madre mientras tocaba, y en un lado de la amplia sala, un artefacto de gas que siempre parecía humear, el mismo aparato en que su madre freía el pescado, horneaba el pan y preparaba los platos favoritos de sus hijos.

Mientras Tom contemplaba la habitación, a sus espaldas la puerta se abrió sobre el porche sombreado.

–¿Papá? – llamó de nuevo sin obtener respuesta.

Al oír el ronquido suave de una embarcación de motor salió de la casa y echó a andar por el sendero en dirección a la orilla del lago. Dirigió la mirada hacia el muelle, donde su padre estaba amarrando la lancha.

Wesley oyó ruido de pasos sobre la madera y se enderezó, ajustándose la gorra de pescador.

–Los peces no pican. Sólo he conseguido tres pequeños, suficientes para dos personas. ¿Quieres compartirlos conmigo?

–Por supuesto -replicó Tom, a pesar de que no le apetecía demasiado.

Se acercó al muelle, que se estremeció con cada paso, y finalmente se detuvo, clavando la mirada en la gorra azul de su padre y el cuello arrugado.

El anciano retiró cuidadosamente el anzuelo de la caña, se limpió las manos en los pantalones y guardó todo en la caja de pescar.

–¿Por qué el tío Clyde no ha salido a pescar contigo?

–Tuvo que ir a la ciudad para que le recetaran pastillas contra la presión. Me dijo que planeaba visitar el prostíbulo, y le comenté: «Clyde, ¿qué demonios piensas hacer allí? Tienes la presión sanguínea demasiado alta.»

De todos modos, sé que pensaba ir a la farmacia. – Wesley sonrió y se puso en pie, sosteniendo en la mano un hilo con tres peces-. Vamos, limpiaré el pescado.

Tom lo siguió hasta el lado norte del cobertizo de botes, donde Wesley le entregó un cubo de plástico azul.

–Tom, trae un poco de agua del lago, por favor.

Mientras Wesley limpiaba el pescado sobre una rústica mesa fabricada con la madera de los árboles del bosque, Tom permaneció a su lado, observando.

–Bien, más vale que hables de una vez -dijo el padre-. Estás ahí, con las manos en los bolsillos, como cuando eras pequeño y todos los niños habían salido a pescar ranas y habían olvidado invitarte.

Tom sintió que los ojos le ardían repentinamente. Se volvió hacia el lago.

Las escamas del pescado dejaron de volar por el aire, Wesley levantó la cabeza para mirarlas anchas espaldas de su hijo, los hombros caídos, las manos hundidas en los bolsillos del pantalón.

–Claire y yo nos hemos separado.

Al anciano le dio un vuelco el corazón.

–Hijo… -Abandonó su trabajo y hundió las manos en el cubo, sin apartar la vista de Tom. Tras secárselas en los pantalones, apoyó una sobre el hombro de Tom.

Éste hizo un gesto.

–Se lo dijimos a los niños hace aproximadamente una hora, metí mis cosas en el coche y me fui.

Wesley apretó el fuerte hombro de su hijo y mantuvo la mano allí, tanto para sostenerse como para mostrar su apoyo a Tom. Era evidente que amaba a Claire. Esa mujer había sido la mejor esposa que Tom podía haber tenido.

–Supongo que esto tiene que ver con la otra mujer y tu hijo Kent.

Tom asintió apenas, sin apartar la vista del lago.

–No puede perdonarme.

–Lo lamento. ¿Cómo reaccionaron tus hijos?

–No muy bien. Chelsea lloraba, y Robby trataba de contener las lágrimas.

–Bien, es comprensible. Ha ocurrido todo tan precipitadamente…

–Ya lo creo. Hace un mes ni siquiera había oído hablar de Kent Arens y había olvidado por completo a su madre.

Wesley exhaló un hondo suspiro.

–Bien, caramba… -Permaneció en silencio un rato, sufriendo por su hijo, por todos. Al cabo agregó-: Resulta muy penoso presenciar la destrucción de una familia.

Tom no dijo nada.

–Supongo que necesitas alojamiento. Podrías usar tu antigua habitación.

–¿No tienes inconveniente?

–¿Inconveniente? ¿Para qué está un padre? ¿Sólo para los buenos momentos? Vamos, buscaré sábanas para tu cama.

–¿Y el pescado?

–Más tarde vendré a buscarlo.

–¿Para qué hacer dos viajes? Vamos, te ayudaré a terminar.

Wesley acabó de limpiar el pescado mientras Tom lo lavaba en el cubo y después enterraba las entrañas. Echaron a andar, Tom llevando el cubo, Wesley, la caña de pescar. La situación parecía exigir un silencio respetuoso y quizá por eso Tom habló en voz baja:

–Abrigaba la esperanza de que me permitieses vivir aquí, de modo que he traído sábanas y almohadas de mi casa.

Una vez hubieron sacado el equipaje del automóvil y preparado la cama, se

sentaron a comer; tomaron el pescado con salsa, además de rodajas de cebolla y tomate espolvoreadas con azúcar, todo sobre rebanadas de pan de centeno untadas de manteca. Aunque Tom había creído que no tenía apetito, comió con sorprendente placer. Quizá era la sencillez del alimento, o el hecho de compartir la mesa con su padre. Tal vez era la necesidad de volver a una época más segura, cuando era un niño en esa misma cabaña, y las preocupaciones de la vida aún no lo habían afectado. Las comidas sencillas como las que su madre solía servir parecían producirle precisamente ese efecto.

En mitad del almuerzo llegó el tío Clyde, que contaba más de ochenta años.

Sin mirar hacia la puerta Wesley preguntó:

–¿Qué tal te ha ido en el burdel?

–Las prostitutas ya no son lo que eran.

Clyde se sentó a la mesa sin que lo invitasen.

–En efecto, solían tener veinte años y eran la cosa más bonita del mundo.

Ahora las únicas que aceptan a los viejos como nosotros son mujeres de sesenta. ¿Estás seguro de que fuiste al burdel?

–¿Me acusas de mentir?

–No he dicho que mintieses. Simplemente he coincidido contigo en que las prostitutas ya no son lo que eran.

–¿Y cómo lo sabes? En toda tu vida jamás has pisado un burdel.

–Tampoco he pisado nunca un consultorio de un médico, excepto la vez en que se me infectó el dedo. Clyde, ¿has estado alguna vez en un consultorio de un médico?

–¡Desde luego que no!

–Entonces ¿cómo sabes que tu presión sanguínea es alta? ¿Y cómo consigues las recetas? Me dijiste que ibas a la ciudad para recogerlas.

–Yo nunca dije que mi presión sanguínea fuera alta. Lo dijiste tú.

–Oh, entonces ¿tienes la tensión baja?

–Ni baja ni alta, sino correcta. Todo en mí es como debe ser; esa pequeña prostituta del burdel me lo comentó hace apenas una hora.

–¿Lo dijo antes o después de echar a reír?

–Wesley, muchacho, te diré una cosa. – Clyde señaló a su hermano con el tenedor, sonriendo picaramente-. No rió, simplemente sonrió, y te diré por qué. Porque soy un hombre con experiencia…

–¿Has oído alguna vez mentiras tan grandes en toda tu vida? – preguntó Wesley mientras rebañaba el plato con un pedazo de pan que después se llevó a la boca-. Siéntate a comer mi pescado y los tomates y cebollas que cultivo en el huerto, e intenta convencerme de que todavía tienes sangre en las venas.

–No sólo tengo sangre… ¡sino además en abundancia! – se vanaglorió el viejo-. ¡Por eso se reía esa pequeña prostituta!

Y así continuó la conversación, para regocijo de Tom. Wesley y Clyde no habían cambiado. Libraban esa particular guerra desde que Tom podía recordar, y éste no atinaba a comprender de dónde sacaban el material para esos diálogos.

Finalmente Tom dijo:

–Está bien, papá, puedes decírselo al tío Clyde.

Se produjo un pesado silencio cuando se apagaron los últimos ecos de la

esgrima verbal de los hermanos.

–Creo que puedo decírtelo. – Wesley se recostó contra el respaldo con semblante sombrío-. Tom se ha separado de Claire. Vivirá con nosotros un tiempo.

Clyde lo miró atónito.

–No es posible.

–No es porque yo lo desee -intervino Tom. Explicó los hechos a los dos ancianos y, antes de terminar su relato, sintió unas punzadas de dolor en el estómago.

Apenas hizo nada durante el resto del día. Fue al cuarto de baño con más frecuencia que de costumbre y, en general, se sintió dominado por una lasitud abrumadora que nunca antes había experimentado. Se tendió en la cama, agotado, las manos tras la cabeza, la vista clavada en el techo. Se sentó en una silla de jardín puesta en el muelle, con las piernas extendidas, los dedos entrelazados sobre el vientre, la mirada fija en el agua. Así permaneció durante tanto tiempo que Wesley se acercó para ver si se encontraba bien. Cuando su padre preguntó si deseaba cenar, Tom contestó negativamente. Wesley le preguntó si quería ver televisión, jugar a las cartas o hacer un rompecabezas, y su respuesta fue siempre la misma. Al comprobar que lo dominaba la inactividad, Tom se cuestionó si podría afrontar un día de trabajo y funcionar normalmente.

La cabaña de su padre contribuyó a deprimirlo. Había acudido allí impulsado por la nostalgia, pero después de instalarse en la habitación, con el colchón hundido y los muebles deteriorados, el leve aroma a excrementos de murciélago que se introducía desde el desván a través de las grietas del techo, no pudo evitar comparar aquel lugar con la casa que acababa de dejar. Entonces comprendió todo lo que había perdido, todo lo que él y Claire habían compartido; todo cuanto habían construido, comprado y preparado, ese hogar tan cómodo, con los mullidos sillones, el porche cerrado, que habían añadido cinco años antes, el jardín, cuyo césped segaba

a menudo, el garaje, con las herramientas colgadas de la pared, los discos y los compactos que habían adquirido conjuntamente…

Si se separaban, tendrían que dividir todo… no sólo la propiedad y las cuentas bancarias, sino quizá incluso la lealtad de los hijos. Entornó los ojos ante ese pensamiento tan repulsivo. Eso no debía suceder, no debía ser el destino de un matrimonio que les había costado tantos esfuerzos… Oh, Dios mío, no deseaba vivir solo. Deseaba mantener el compromiso con su esposa y su familia.

A las 21.15 llamó a su casa. Contestó Robby.

–¿Cómo van las cosas por ahí? – preguntó Tom.

–Bastante mal.

Tom no estaba preparado para escuchar esa respuesta. Por alguna razón esperaba que Robby hubiera rechazado los aspectos más sombríos y afrontado la situación con una sonrisa en los labios.

–Lo sé -replicó Tom con voz ronca-. ¿Cómo está Chelsea?

–Incomunicada.

–¿Y mamá?

–Por lo que yo sé, está loca. ¿Por qué hizo esto?

–¿Puedo hablar con ella?

–Está en casa de Ruth.

–En casa de Ruth. – Probablemente acumulando críticas sobre la cabeza de su marido y recibiendo elogios por haberlo expulsado. Tom suspiró-. Bien, dile que he llamado… sólo para saber si todo estaba bien.

–Sí, se lo diré.

–¿Saldrás esta noche?

–No.

–¿Has olvidado que es sábado?

–Papá, no tengo ganas.

Tom le comprendió.

–Sí, entiendo. Bien, trata de dormir un poco. Anoche apenas descansaste.

–Sí, lo haré.

–Muy bien, nos veremos mañana en la iglesia.

–Sí, de acuerdo.

–Y envía mi afecto a Chelsea. Lo mismo para ti.

–Lo haré. Yo también te quiero, papá.

–Bien, buenas noches.

–Buenas noches. – La voz de Robby se quebró. Tras carraspear, repitió-: Buenas noches, papá.

Después de colgar el auricular, Tom miró fijamente el aparato. Qué patético desear buenas noches a sus hijos a través del teléfono. De pronto la cólera le invadió y tuvo un efecto vivificador después de la lasitud que lo había mantenido prisionero gran parte del día. ¿Por qué demonios se comportaba Claire así? Sólo sentía deseos de maldecirla.

A medida que avanzaba la noche, su estado de ánimo sufrió diversos

altibajos; hubo momentos de excitación, seguidos de otros de depresión y desánimo; la ira fue sustituida por el sufrimiento y la culpa, a que acompañaron la frustración y la impotencia. En ocasiones se ponía en pie como si Claire estuviera en la habitación y, en su imaginación, disparaba una andanada de acusaciones, al tiempo que se repetía que no le había sido infiel desde que contrajeron matrimonio. ¡Ni una sola vez! Por tanto ella debería haberle perdonado por el único pecado grave que había cometido antes.

¡Maldita seas, Claire, no puedes hacerme esto!

Por desgracia, podía hacerlo y lo había hecho.

Durmió mal y despertó con la sombría perspectiva de ducharse en el pequeño baño, con la cortina de plástico manchada de jabón. Tom, que siempre disculpaba la falta de higiene de su padre desde la muerte de su esposa, pensó que quizá tendría que hablar con él en la eventualidad de que decidiera vivir indefinidamente allí.

Los pantalones se le habían arrugado al guardarlos en el minúsculo armario, al igual que la chaqueta del traje. Cuando pidió la plancha, recibió una reliquia cuyos orificios de salida del vapor estaban atascados.

Sin embargo estaba tan entusiasmado con la perspectiva de ver a Claire y sus hijos en la iglesia que desechó la idea de quejarse.

Más tarde observó desalentado y colérico que no habían acudido al templo.

Ya en la cabaña de su padre, llamó a casa.

–Claire, ¿qué te propones? ¿Por qué no habéis ido a la iglesia?

–Robby y Chelsea estaban cansados, de modo que les permití dormir con la intención de ir al siguiente servicio religioso.

Se enzarzaron en una discusión que no llevó a nada: sólo consiguió

aumentar la frustración y marcó el tono del resto del día.

El lunes por la mañana Tom sacó más ropas arrugadas del armario y de nuevo tuvo escaso éxito con la oxidada plancha de hierro. Al ver su reflejo en el espejo antes de partir hacia la escuela, intentó infructuosamente alisar con la mano una arruga en la chaqueta.

Finalmente murmuró:

–Al demonio -y salió de la cabaña maldiciendo a su padre por su dejadez.

Como el coche había pasado la noche a la intemperie, las ventanillas estaban húmedas, y fue necesario limpiar la luna trasera. Tom se irritó aún más al no encontrar un pedazo de tela. Debido a todos esos imprevistos, Tom salió tarde. Cuando por fin estuvo en camino, cayó en la cuenta de que pronto llegarían las heladas, y él tendría que limpiar las ventanillas del automóvil todas las mañanas. Comprendió por qué la gente afirmaba que no era bueno que los hijos adultos volvieran a la casa de sus padres después de haber vivido solos.

Llegó cinco minutos tarde al habitual claustro de los lunes por la mañana y se encontró con Claire, sin la seguridad que le proporcionaba un aspecto pulcro. La observó con desesperado anhelo, pero ella rehuyó su mirada.

Acabó la reunión sin que hubieran intercambiado palabra, y Tom sintió una

¿olorosa punzada en el estómago. Corrió a la enfermería para pedir un calmante y lo tragó de inmediato porque ya comenzaban a llegar los autobuses escolares, y nada le habría provocado mayor sufrimiento que no estar en el pasillo cuando Chelsea cruzase la puerta. Robby siempre llegaba temprano para practicar en el gimnasio, de modo que seguramente ya se encontraba en el edificio.

Mientras caminaba presuroso hacia el vestíbulo principal, le invadió el pánico al pensar que tal vez se había perdido la llegada de Chelsea. Pero no fue así, y cuando la vio acercarse al centro, acompañada de Robby, sintió que el corazón le brincaba en el pecho. Atravesaron la puerta y se dirigieron

hacia él, como si también necesitaran el contacto personal. Tenían los ojos tristes y las caras largas. Él los acarició y se sintió apesadumbrado y temeroso, como muchos de sus alumnos cuando las familias se desintegraban. Durante el ejercicio de su profesión había asistido a un auténtico desfile de historias melancólicas, sin pensar en la posibilidad de que un día él viviría la misma experiencia.

Tom y Chelsea se abrazaron entre los estudiantes que caminaban por el pasillo y, víctimas impotentes de la decisión de Claire, sintieron que les escocían los ojos.

Tom se apartó de su hija y aferró el brazo de Robby.

–Venid conmigo: vayamos a mi despacho.

–No puedo, papá -dijo Chelsea, parpadeando para contener las lágrimas-.

No hice los deberes el fin de semana y necesito escribir rápidamente algo para la clase de higiene.

Tom se volvió hacia Robby.

–¿Y tú? ¿Has hecho los deberes?

–No tenía.

–¿Qué me dices de los ejercicios en el gimnasio? ¿No sueles venir un poco antes a la escuela para practicar?

Robby desvió la mirada.

–No me sentía con ánimos esta mañana.

Tom detestaba la idea de reprenderlos, pero apenas hacía cuarenta y ocho horas que él y Claire se habían separado, y sus hijos ya mostraban signos del típico deterioro de las familias de padres divorciados.

–No pensaréis seguir así, ¿verdad? Ocurra lo que ocurra en nuestro hogar, no debe afectar a los deberes escolares y demás actividades. Debéis cumplir con vuestras obligaciones. ¿Lo prometéis?

Robby asintió tímidamente.

–¿Y tú, Chelsea?

Ella también asintió, pero rehuyó la mirada de su padre.

–Está bien, podéis marcharos -dijo Tom, a pesar de que no deseaba alejarse de ellos.

Chelsea se mostró reacia a marcharse.

–¿Qué sucede? – preguntó él.

–No lo sé. Sólo que… bien, resulta difícil actuar normalmente cuando ya nada es normal.

–¿Acaso podemos hacer otra cosa?

La joven se encogió de hombros con semblante sombrío.

–Papá, ¿puedo decírselo a mis amigos?

–Si lo consideras necesario…

–Yo no quiero informar a mis compañeros -intervino Robby.

Chelsea no podía soportar más aquella situación. Parpadeaba intensamente, y las lágrimas no tardarían en brotar.

–Papá, tengo que irme.

Se alejó sin más comentarios.

–Yo también debo marcharme, papá. – Robby parecía completamente derrotado.

–Está bien. Os veré después.

Tom dio una palmada en la espalda de Robby y lo vio unirse al trasiego de alumnos. Cuando quedó solo, reparó en que ninguno de sus hijos le había preguntado cómo se encontraba o qué tal se sentía en casa del abuelo.

Estaban tan atareados resolviendo su propio trastorno emocional que no podían ocuparse de otra cosa. Si bien su experiencia le indicó que semejante actitud era típica en esos casos, no pudo evitar un sentimiento de dolor porque, al parecer, nadie se preocupaba por él.

Al regresar a su oficina se dijo que jamás permitiría que su sufrimiento le impidiera advertir el de sus hijos.

Era inevitable que la verdad se conociera en todo el colegio. En todo caso, sucedió con mayor rapidez de lo que Tom había esperado.

Pasaba ante los buzones de los profesores cuando Vince Conti, director de la banda, se le acercó.

–Oh, Tom… Quería preguntar si puedo ir a buscar la canoa esta semana. La temporada de caza de patos comienza el próximo sábado.

Unas semanas antes él y Tom habían hablado de la posibilidad de que éste le prestase la canoa, porque los hijos de Vince querían dedicarse a ese deporte, que había agradado mucho al padre años atrás y había abandonado al casarse.

Desconcertado, Tom tartamudeó:

–Oh… oh, claro, Vince.

–Tu horario es más apretado que el mío, de modo que dime cuándo te va

bien.

–Ah… en realidad cualquier noche. Yo… -Tom se aclaró la voz, aterrorizado ante la idea de difundir la noticia del estado de su matrimonio.

No había creído que le resultaría tan difícil-. Lo cierto, Vince, es que tendré que informar a Claire de dónde están los remos y deberías hablar con ella antes de ir a buscar todo. Ya no vivo en esa casa.

–¿No?

–Claire y yo hemos decidido separarnos por un tiempo.

Observó que la noticia impresionaba a Vince, que buscaba las palabras apropiadas.

–Caramba, Tom… lo siento. No lo sabía.

–Está bien, Vince, nadie lo sabe. Eres la primera persona con quien hablo de ello. Sucedió este fin de semana.

Vince se mostró sumamente incómodo.

–Tom, lo lamento de veras. Me habías ofrecido la canoa y yo… bien, como no tengo…

–Vince, no es necesario que cambies tus planes. Informaré a Claire de que vas a recoger la canoa para que prepare los remos. Si necesitas ayuda para cargarla en el automóvil, pediré a Robby que se quede en casa para echarte una mano o si lo prefieres, iré contigo para ayudarte.

–No, no; me acompañará uno de mis hijos.

–Excelente. Bien… ya sabes donde está; detrás del garaje.

–Por supuesto.

–Claire te mostrará el lugar.

El rostro de Vince delataba curiosidad, pero en una actitud meritoria no formuló preguntas. Cuando se alejó, Tom pensó que, a pesar de que se producían numerosos divorcios, el hecho aún se consideraba terrible y la gente se sentía incómoda cuando le hablaban del asunto. Quizá Vince no deseaba entremeterse. O tal vez no sabía qué decir. En suma, lo cierto era que Tom apenas había revelado nada de la situación. Era como si de pronto hubiese levantado una barrera entre él y los demás.

Vince no fue el único a quien se comunicó la noticia ese día. Un colegio de la magnitud del Humphrey funcionaba más o menos como una pequeña comunidad. Al frente de la institución, Tom debía ser siempre accesible, tanto para resolver casos urgentes como para sencillamente responder a preguntas; así pues, no tuvo más remedio que facilitar el número telefónico de su padre a la vicedirectora, su secretaria, el jefe de policía, los consejeros escolares, y Cecil, el jefe de ordenanzas, que a menudo llamaba por la noche, cuando su equipo realizaba tareas de limpieza. En cuanto todas estas personas estuvieron enteradas de la situación, la noticia no tardó en difundirse por todo el edificio. Y entonces se propagó con mayor rapidez que una peste en la época isabelina.

Erin Gallagher se acercó a Chelsea entre dos clases.

–¿Es cierto, Chelsea? – inquirió con los ojos muy abiertos y una expresión de desconcierto-. ¡Todos dicen que tus padres quieren divorciarse!

–¡No tienen intención de hacerlo!

–Pero Susie Randolph me ha comentado que Jeff Morehouse le informó de que tu padre se ha mudado. – El esfuerzo de Chelsea para contener las lágrimas confirmó el rumor. Erin adoptó inmediatamente una actitud compasiva-. Oh, Chelsea, pobrecita. Dios mío, qué terrible. ¿Adonde ha ido?

–A casa de mi abuelo.

–¿Por qué?

A Chelsea se le demudó el rostro.

–Oh, Erin. Necesitaba contárselo a alguien. No podía mantener esto en secreto por más tiempo. – Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas antes de que hubiese terminado de hablar.

Las muchachas salieron y se sentaron en el automóvil de Chelsea, quien reveló todo a su amiga y después la obligó a jurar que guardaría el secreto.

–Dios mío -murmuró asombrada Erin-. Kent Arens es tu hermano… vaya…

-Y después agregó-: Supongo que estás desconcertada.

Las jovencitas se abrazaron, y Chelsea lloró. Erin le preguntó si creía que su padre regresaría al hogar, lo que provocó que Chelsea sollozase desconsolada. Se perdieron la sexta clase y parte de la séptima. Cuando decidieron retornar al aula, Chelsea tenía la cara tan enrojecida que, mirándose en el espejo retrovisor afirmó:

–No puedo presentarme ante los demás con este aspecto.

–Tal vez será mejor que no acudas a los ejercicios de tu grupo esta noche.

Seguro que mañana te sentirás mejor.

–¿Qué diremos a los profesores de la sexta y la séptima hora?

Erin, que generalmente se limitaba a obedecer a Chelsea, de pronto asumió el papel de jefa.

–Vamos -ordenó, abriendo la portezuela del automóvil.

Al ver que su amiga se dirigía al despacho de Tom, Chelsea exclamó:

–No. Erin, no pienso ir allí. ¡No quiero hablar con mi padre!

–¿Por qué no? Él nos disculpará.

–¡No! ¡Me matará si descubre que he faltado a algunas clases!

–¿Y cómo evitarás que se entere? Vamos, Chelsea, tu actitud no es nada lógica.

–Pero él y mamá no toleran que incumplamos nuestras obligaciones. ¡Lo sabes muy bien! En nuestra casa eso es lo único que no admite disculpa.

Chelsea se detuvo en el pasillo, ante la entrada de la oficina principal.

–Bien, si tú no quieres entrar, yo sí.

Dejó a Chelsea en el pasillo y cruzó la puerta. Dora Mae la acompañó al despacho de Tom.

–Hola, señor Gardner -saludó desde el umbral-. Chelsea y yo hemos estado conversando en su coche. Me ha explicado lo que ocurre en su casa y no ha parado de llorar, pero se niega a entrar aquí para decirle que hemos faltado a dos clases. ¿Puede darnos dos justificantes para los profesores?

–¿Dónde está Chelsea?

–En el pasillo. Dijo que usted la mataría si descubría lo que ha sucedido.

Pero yo no lo creo, pues usted sabe de qué estuvimos hablando.

Tom se puso en pie y caminó hasta el pasillo, seguido de cerca por Erin.

Chelsea se hallaba a la vuelta de una esquina. Al ver que su padre se acercaba, más lágrimas brotaron de sus ojos. Cuando él la abrazó, Chelsea dijo:

–Oh, papá, lamento haber hablado del asunto, pero necesitaba desahogarme con alguien. Lo siento…

–Está bien, querida.

Erin se sintió turbada al ver cómo el director y su mejor amiga se abrazaban, él conteniendo las lágrimas, ella sollozando sobre el hombro de su padre.

–Lo comprendo -murmuró Tom, acariciándole los cabellos-. Es un día difícil para todos.

Una alumna salió de la oficina principal y miró asombrada a la pareja.

–Vamos -dijo Tom-. Vayamos a mi despacho. Tú también, Erin.

–No puedo entrar ahí con esta cara -exclamó Chelsea-. Todas las secretarias me verán.

–No eres la primera alumna que entra llorando. – Le entregó un pañuelo que extrajo del bolsillo del pantalón-. Sécate los ojos. Quiero que hablemos.

Condujo a las jóvenes a su despacho y cerró la puerta.

–Tomad asiento.

Se acomodaron ante el escritorio de Tom, quien se sentó en el borde, cerca de las dos jovencitas.

–Bien, os daré los justificantes de vuestras ausencias, porque comprendo que esta situación está resultando demasiado dura para ti, Chelsea. De todos modos, querida, no debes faltar más a clase. Sé que lo que te pido es muy difícil, pero deseo que te esfuerces todo lo posible para complacerme.

Chelsea asintió, la mirada baja y apenada.

–Porque no ganaremos nada si tus calificaciones empeoran.

Chelsea asintió de nuevo.

–Erin, has hecho bien al venir a verme, pero en el futuro, si vuelves a faltar a una clase, no podré disculparte.

–De acuerdo, señor Gardner.

–Ahora deseo que hagáis algo por mí. Quiero que os reunáis con la señora Roxbury y concertéis una cita con ella, para hablar. – La señor Roxbury era la consejera de tercer año-. Chelsea, cuanto antes lo hagas, mejor. Erin, creo que convendría que también tú hablases con ella, porque eres la mejor amiga de Chelsea y es importante que comprendas por lo que está pasando.

–Por supuesto…

–¿Estáis de acuerdo en que pida a la señora Roxbury que venga aquí inmediatamente?

Las dos muchachas asintieron.

–Muy bien, volveré enseguida.

Cuando Tom salió, Erin murmuró:

–Caramba, Chelsea, tu padre es muy bueno. No entiendo como es posible que tu madre lo rechace.

–Ya lo sé -replicó Chelsea con tristeza-. Ella está arruinándolo todo.

La señora Roxbury, una cuarentona con gafas sin montura y el cabello muy corto, entró y condujo a las jóvenes a su despacho. Antes de salir del de su padre, Chelsea volvió la mirada hacia él y con una leve sonrisa susurró:

–Gracias, papá.

Tom le devolvió la sonrisa.

Tres minutos después Lynn Roxbury regresó y encontró a Tom sentado al escritorio, mirando con semblante sombrío las fotos alineadas cerca de la ventana.

–¿Tom?

Él volvió la vista hacia la puerta.

–Gracias, Lynn, por haberlas atendido enseguida.

–No hubo problema. Nos hemos citado para mañana. – Cruzó los brazos y se apoyó contra el marco de la puerta-. Escucha, también tengo tiempo para hablar contigo, si necesitas conversar. Hoy han circulado muchos rumores, de modo que me he formado una idea bastante aproximada de la razón por la cual Chelsea tiene los ojos irritados, y tú pareces haber perdido a tu mejor amigo.

Tom suspiró y se llevó las manos a los ojos.

–Oh, Lynn… citaré a mi propio hijo: «Mierda.»

Lynn cerró la puerta tras de sí.

–En mi trabajo oigo esa clase de vocabulario a menudo.

–En casa hemos pasado un mes infernal.

–Ya sabes que todo cuanto me expliques se mantendrá en la más estricta confidencialidad. Supongo que la situación es especialmente difícil porque Claire y tú trabajáis en el mismo edificio.

–Es un auténtico infierno. – A continuación Tom añadió-: Siéntate.

–Ahora dispongo de pocos minutos-. Ocupó la silla que había dejado Erin.

Él se inclinó para apoyar los antebrazos sobre el escritorio.

–Te hablaré con absoluta claridad y franqueza. Claire y yo nos hemos separado porque ella lo pidió. Vivo con mi padre en su cabaña, a orillas del lago, y Robby y Chelsea residen con Claire en la casa. La razón de todo esto se remonta a un episodio de mi pasado que guarda relación con el nuevo alumno de cuarto curso, Kent Arens. Acabo de descubrir que es mi hijo. – Lynn se llevó una mano a la boca, pero no dijo nada. Tom continuó-: No me enteré hasta que entró en esta oficina para matricularse. Nunca me mantuve en contacto con la madre, de modo que desconocía su existencia.

»El muchacho nació el mismo año que Robby. Todo ocurrió en la noche de mi despedida de soltero. Claire cree que he reanudado mi relación con la madre de Kent, lo que no es cierto. La cuestión es que ha decidido separarse de mí.

La revelación era tan sorprendente que Lynn no pudo evitar manifestar su asombro:

–¡Oh, Tom! ¡Jamás hubiese creído que podíais separaros!

Él abrió las manos y las dejó caer.

–Yo tampoco.

Permanecieron en silencio un momento. Finalmente Tom declaró:

–La amo profundamente. A decir verdad, no deseo esta separación.

–¿Crees que ella cederá?

–Lo ignoro. Este incidente ha puesto de manifiesto un aspecto de su carácter que hasta ahora yo desconocía. Se comporta como si no le importase nada… casi… No sé cómo expresarlo… El caso es que se muestra agresiva y absolutamente resuelta a mantenerse alejada de mí por un tiempo.

–Las palabras decisivas son «por un tiempo».

–Así lo espero. Dios mío, Lynn, así lo espero.

–Tom, lamento no poder continuar con esta conversación, pero tengo una cita. De todos modos podemos seguir hablando después de las clases. Hoy quedo libre alrededor de las cuatro y media.

–Tengo una reunión en la oficina de distrito inmediatamente después de las clases. De todos modos gracias por haberme escuchado.

Él rodeó el escritorio, y Lynn le tocó el brazo.

–¿Te encuentras bien?

Tom le dirigió una leve sonrisa.

–Por supuesto.

Sin embargo había sido un día difícil para Tom. No lograba concentrarse.

Su mente divagaba, y con frecuencia pensaba en Claire.

Mientras intentaba trabajar, levantó la mirada y vio a su esposa a través de la puerta abierta, en la oficina exterior, hablando con Dora Mae. Tom ansió que ella se volviese y lo mirase, que le ofreciese al menos ese gesto. Claire sabía que la puerta estaba abierta y que probablemente él se hallaba sentado al escritorio.

Pero Claire se marchó sin brindarle siquiera una migaja de atención, y ese desaire ofendió a Tom sobremanera.

A la hora del almuerzo la vio de nuevo: atravesaba la cafetería en dirección al comedor de los profesores acompañada de Nancy Halliday, a quien escuchaba cuando miró a Tom, que se encontraba en el centro del salón, bajo la claraboya redonda, observando a los alumnos. El corazón del

hombre comenzó a latir deprisa, y sintió que casi se ahogaba. Pero Claire desvió la mirada con indiferencia y siguió caminando hacia una puerta, donde desapareció de su vista.

Tom determinó mantenerse alejado de ella hasta la pausa entre las dos últimas clases del día. Entonces se dirigió al aula de Claire y esperó en el pasillo, mientras los alumnos salían. De manera inconsciente comprobó el nudo de la cortaba antes de entrar. Ella estaba sentada al escritorio, hurgando en un cajón. Al verla sintió que se le encendía el rostro a causa de una excitación que sin duda tenía carácter sexual. Tom se irritó con Claire por imponerle ese sufrimiento.

–¿Claire?

Ella lo miró, dejando una mano entre dos carpetas.

–Hola, Tom.

–Yo… -Se aclaró la voz-. Dije a Vince Conti que podía ir a recoger la canoa una noche de esta semana. Desea usarla para salir a cazar patos. ¿Sabes dónde están los remos? ¿Te importaría entregarlos a Vince cuando vaya a casa?

–Desde luego que no.

–Probablemente te avisará antes de ir.

–Muy bien.

–Hace unas semanas le prometí que se la prestaría. No pensé que te molestaría… bien… ya comprendes; tienes ensayos teatrales la mayoría de las noches.

–Está bien, Tom.

Como él permaneció en el mismo lugar, ruborizado y humilde, Claire

inquirió:

–¿Hay algo más, Tom?

La actitud de Claire encolerizó a Tom. Lo trataba como si fuera un vasallo arrodillado ante una princesa.

–¡Sí, hay mucho más! – Se acercó a ella iracundo-. Claire, ¿cómo puedes demostrar tanta frialdad? ¡No merezco que me trates de este modo!

De nuevo ella se inclinó sobre las carpetas del archivo.

–Tom, no debemos hablar de cuestiones personales en el colegio. ¿Lo has olvidado?

Tom apoyó las manos en el escritorio e inclinó la cabeza hacia ella.

–Claire, ¡no deseo esta separación!

Ella retiró una carpeta y cerró el cajón. Dos alumnos entraron, charlando y riendo.

–Aquí no, Tom -reprendió Claire en voz baja-. Ahora no.

Él se enderezó lentamente, con el rostro enrojecido por la cólera; de pronto comprendió que no debía haber entrado en esa aula.

–Deseo volver a casa -susurró para evitar que los estudiantes lo oyesen.

–Me ocuparé de entregar a Vince los remos de la canoa -afirmó ella, dando por concluida la conversación.

Él no tuvo más alternativa que volverse y abrirse paso entre los alumnos que entraban en el aula.

* * *

OceanofPDF.com

Capítulo 13

Durante el entrenamiento de fútbol la noticia se difundió en el vestuario: el señor Gardner se divorciaba.

Kent Arens se enteró por un compañero llamado Bruce Abernathy que, por lo que aquél sabía, ni siquiera era amigo de Robby. Por lo tanto, ¿cómo estaba al corriente? Kent abordó a Jeff Morehouse para preguntarle si sabía algo del asunto.

–Sí, el padre de Robby se ha mudado.

–¿Y desean divorciarse?

–Robby no lo sabe. Dice que su madre echó a su padre porque éste tiene una aventura con otra mujer.

Kent sintió deseos de exclamar «¡No! ¡Ellos no!» ¡No podía suceder eso a una familia que todo lo tenía!

Cuando se hubo recuperado del primer impacto que le produjo la noticia, la bomba estalló en su mente. ¿Y si era cierto? ¿Y si la otra mujer era su madre? Se le revolvió el estómago.

En ese momento de confusión comprendió que había llegado a considerar ideal a la familia Gardner; en un mundo de familias destrozadas, había conocido a cuatro personas que, unidas, habían sobrevivido a todas las amenazas de los tiempos modernos y se amaban. Le había parecido una unidad inviolable, y aunque él, Kent, había envidiado a Chelsea por tener ese padre, nunca había deseado arrebatárselo. Y si su madre estaba implicada en el asunto, ¿cómo podía continuar respetándola?

Se dejó caer en un banco, medio vestido e impresionado, rodeándose las rodillas con los brazos mientras se debatía en una nueva serie de emociones.

En el vestuario resonaban las conversaciones, y cuando de pronto cesaron Kent miró y descubrió que había entrado Robby Gardner. Nadie dijo una palabra. Nadie se movió. El silencio era desconcertante y estaba cargado con los ecos de las murmuraciones que se habían difundido a lo largo de todo el día.

Gardner miró a Arens, quien a su vez lo miró con calma. Después, Gardner echó a andar hacia su ropero.

Algo había cambiado en su actitud. Ya no mostraba ni la firmeza ni la seguridad que había exhibido antes. Pasó entre sus compañeros, que lo siguieron con la mirada, silenciosos, algunos con expresión compasiva, otros con curiosidad. Unos pocos se sentían molestos por su presencia.

Robby abrió la puerta de la taquilla, colgó la chaqueta y comenzó a vestirse.

Kent contuvo el deseo de ponerse en pie y acercarse para apoyar una mano en su hombro y decir: «Lo siento.» En cierto modo, él era culpable de esa situación, si bien era consciente de que había nacido como consecuencia de la iniciativa de otras dos personas y que nada de lo que él había deseado o buscado tenía importancia en esa cuestión. De todos modos, había nacido.

Seguir: parte 2 de 3