Secretum

Monaldi · Capítulo 5 de 22 · parte 2/3

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Secretum

Tercera Jornada

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

dos carpinteros seguían dando martillazos a un tabique mal puesto; desaparecieron

ante un severo gesto de don Paschatio, en cuanto el más alto de los dos desconocidos

subió al estrado y se situó en el centro de la orquesta.

Entonces entendí: era el célebre Arcangelo Corelli, compositor y violinista de

gran fama, sobre cuya participación en los festejos se había murmurado mucho en los

días precedentes. Dirigiría una de sus composiciones.

Aislado como vivía del mundo, entre las idas y venidas de la villa Spada a mi

campito y de éste al lecho conyugal, hasta el año anterior no había sabido nada de él.

Un cantor de la capilla Sixtina, que vino a comprar uva, me habló por primera vez del

«gran Corelli». Y don Paschatio acababa de decirme que no era solamente un gran

músico, sino el nuevo Orfeo de nuestro tiempo, cuya gloria se extendía por media Europa, y que un día sería inmortal.

Pero apenas tuve tiempo de detenerme en aquellos recuerdos recientes, pues

Corelli había pedido que le entregasen su violín y había hecho repiquetear dos veces

el arco sobre el atril.

Como soldados en formación, los intérpretes empuñaron a su vez el arco y lo

elevaron a la par, cual imagen reflejada por mil espejos, en el mismo ángulo,

inclinación y postura, sobre las cuerdas de su instrumento: violines, violas y

contrabajos estaban en línea. Por un instante el silencio reinó soberano.

—No pretende únicamente que suenen como un solo hombre, sino que también lo

parezcan. Incluso hoy, que no es más que un ensayo —me susurró don Paschatio, que

se había sentado a mi lado.

En su voz percibí el tripe sentimiento de curiosidad, alegría y extenuación que le

causaba la exhibición del maestro Corelli, el privilegio de ser su anfitrión y la

importancia de su cometido.

—Tiene muy mal carácter —continuó don Paschatio—. Nunca habla, mira

siempre hacia delante, sólo piensa en la música. Nada más le interesa. Trata con los

que le encargan obras por medio del músico que has visto llegar con nosotros. Es su

discípulo preferido y dicen que es también su… En fin, el maestro Corelli está

siempre con él, nunca con una mujer.

En aquel momento la música nos tapó la boca. Como movidos por una fuerza

invisible y etérea, y no sólo por el gesto de Corelli, los músicos atacaron en perfecto

y divino unísono un concierto compuesto por su maestro. Para mi asombro, reconocí

enseguida una folía.

Nuevamente aquel motivo sencillo, casi elemental, me sorprendía mostrando su

segunda naturaleza: ágil, insinuante y sutil. Era como una hermosa y opulenta

campesina, ignorante del mundo pero conocedora del alma humana, que despierta el

deseo del rico señor mucho más que su esposa, sobrada de riquezas y exigencias. Así

era la folía: sencilla y capaz de todo. Ocho compases claros y rotundos, del re menor

al fa mayor (pero esto lo sabría sólo mucho más tarde), y luego de nuevo al re menor.

Un breve motivo a primera vista inocente, casi demasiado modesto, pero capaz de

desencadenar las más inauditas y exuberantes fantasías.

Al principio la folía, hija del pueblo, parece demasiado elemental: de re a fa, de fa

a re. Así era también la de Corelli; en la breve modulación de ocho compases, la

melodía se escandía primero en sencillos acordes. Luego, variación tras variación, el

mecanismo se ponía en marcha. Los acordes de acompañamiento se desdoblaban. A

continuación, en la segunda variación, se disolvían en tresillos, ritmados a la

francesa, y en la tercera, en arpegios. En la cuarta se distribuían en escalas; en la

quinta, en trémolos, y así el juego poco a poco se complicaba con jocosos

embellecimientos, majestuosos contrapuntos, orgullosos picados, quejumbrosos ligados y mil artificios de adorno que precipitaban al oyente en el vértigo. De vez en

cuando una variación lenta, en la que súbitamente se reanudaba el motivo con ánimo

lánguido e indolente, permitía tomar aliento a oyentes e intérpretes.

Con las variaciones, la niebla indistinta del tema inicial terminó disipándose.

Todo un paisaje, primero oculto entre las pocas notas del motivo inicial, se revelaba

ahora al oyente. Era como si por fin se aclarara el sentido final del tema mismo, el

sentido de la folía: un viaje no de una tonalidad a otra, no de re a fa y viceversa, sino

de un mundo a otro. ¿Y qué mundos eran, si no los de la salud y la locura? Era

necesario ir del uno al otro para que se iluminaran recíprocamente y cobraran sentido.

De re a fa, de fa a re: ninguna melodía puede conquistar el corazón y la mente sin el

perenne flujo de una tonalidad a otra. Y nadie alcanzará jamás la sabiduría, parecía

insinuar aquella música, sin la sagrada peregrinación hacia la locura.

El maestro Corelli tocaba el primer violín; con breves y secos movimientos de la

cabeza dirigía al conjunto sinfónico, como un viejo jinete que sólo necesita dar un

golpe de tacón o de cadera para gobernar a su querida jaca. Parecía decir: «Ahora

detente y escucha, no te quedarás con las manos vacías. Sé qué buscas.»

Entonces, al trasluz, como si las notas quisieran comentar mis pensamientos (en

la naturaleza ocurre lo contrario), entreví detrás de aquella música todo el gusto

agridulce del pasado, de las cosas acaecidas, de las deseadas y de las que nunca

habían tenido lugar, de los diecisiete años que me habían separado de Atto, de las

lecciones sobre la diplomacia y el gobierno que me había impartido; enseñanzas que,

como por obra de aquel mago pintor que él había invocado en nuestra visita al Navío

para que inmortalizara el rostro de la condestablesa de joven, se habían grabado en mí

para siempre…

Sin duda arrebatado por la fuerza de su creación, Corelli ya no dirigía. Tocaba

absorto su violín, acariciando con el arco la tercera cuerda, luego la primera, con una

suavidad que casi parecía indiferencia, como si estuviera tocando sólo para sus oídos.

Pero no era amor propio. La orquesta lo seguía con los ojos cerrados y de vez en

cuando lanzaba a su director rápidas miradas de soslayo, minúsculos golpes de remo

que mantenían la embarcación de la folía en equilibrio exquisito y perfecto en el

tránsito de un episodio tranquilo a un intermedio algo más vivaz, y luego de nuevo a

un ritmo lento. Todos los intérpretes tocaban realmente como un solo instrumento,

pensé. Formaban con Corelli una unidad, y esa unidad era Corelli.

Me acordé de la primera aventura que había vivido con Atto, de sus lecciones de

(teórica) moral, de la música grandiosa pero olvidada del seigneur Luigi Rossi que él

me había hecho conocer…

Así, mientras las notas que escuchaba extendían sobre mi cabeza y mis hombros

el cálido manto de los recuerdos, mientras las sombras plateadas del pasado se

abatían sobre mí, noté como si las manos piadosas de Euterpe depositaran en mi regazo el sentido último de mi presencia a aquella hora y en ese sitio. Con el rostro

rozado por el perfume de las capuchinas de un parterre cercano, vislumbré el destino

hacia el que tendía aquel sublime velero de sonidos: después de diecisiete años,

hombre y ya no muchacho, mi sino me llamaba al lado de Atto, a una nueva prueba

de valor, a una renovada lid del corazón y el intelecto, durísimo y escabroso viaje al

término del cual me esperarían una vez más la virtud y el conocimiento. Más tarde

sabría que aquello era tan cierto como falso, porque estaba inducido por esa filosofía

sin palabras ni ideas que, hablando por boca de flautas y címbalos, se burla de

nosotros.

 

Las notas se apagaban en el dulce abrazo del acorde final, cuando una voz barrió las

sombras engañosas en que yo había anidado.

—Por todos los santos, ¿dónde te habías metido?

Mi Cloridia me había encontrado. Vio en mi rostro las huellas de la noche azarosa

y me interrogó con una mirada muda y preocupada. Con un gesto le pedí que nos

alejáramos del anfiteatro y la conduje hacia el cañaveral que delimitaba al norte la

parte verde del jardín, justo antes de la muralla. Era una estratagema útil, ya que

ahora toda la villa Spada era presa de una gran agitación y ni siquiera nuestra haya

estaba al abrigo de oídos indiscretos. Le resumí cuanto había sucedido entre la noche

y el alba.

—Estáis todos locos: tú, Sfasciamonti y Melani —dijo con una voz que oscilaba

entre el llanto, el reproche y el alivio por haberme encontrado sano y salvo.

Me estrechó con fuerza y permanecimos algunos minutos abrazados. Sentí el

perfume de su piel mezclado con el tufillo silvestre del cañaveral y esperé con toda

mi alma que el olor a estiércol me hubiera abandonado.

—Tengo poco tiempo. La princesa de Forano me quiere permanentemente a su

lado. Sufre continuos vahídos, indisposiciones y fiebres intermitentes. En definitiva,

tiene miedo al parto, y eso que ésta es la cuarta criatura que traerá al mundo.

—¿Cómo ha podido consentir el marido que lo acompañe a la villa Spada,

sabiendo que le falta tan poco para dar a luz?

—Lo cierto es que no lo sabe, cree que está en el sexto mes —respondió Cloridia

guiñando un ojo, con el aire vago y burlón de quien maneja todos los hilos—. De

todos modos, la princesa quiere asistir a los esponsales, pues la novia es una buena

amiga suya; no he podido convencerla de que regrese a casa. Sentémonos ahí y

escúchame; tengo prisa.

Fuimos detrás de una hilera de cañas, molestando a un par de gorriones, que

alzaron el vuelo irritados.

Cloridia había recabado, cumpliendo su promesa, información interesante. Pocas

semanas antes había ayudado a parir a una doncella del embajador de España. La joven le estaba muy agradecida, pues, merced a sus cuidados, su bonita hija, llamada

Natalia, que salía del vientre materno con los pies por delante, no con la cabeza,

había nacido bien. Cloridia la había extraído con gran habilidad: penetrando con sus

finos dedos en el canal de la matriz y poniendo en práctica la célebre maniobra de

Segismunda, en la que mi mujer era muy diestra, había girado a la pequeña en el

vientre materno y la había sacado por la cabeza sin peligro.

Por gratitud, la joven madre, que ya había perdido dos niños en el parto, había

estrechado su amistad con Cloridia.

—Le expliqué sucintamente lo que les había ocurrido al abate Melani y al

encuadernador. Para animarla a hablar, le dije que los españoles tal vez tuvieran algo

que ver en el asunto y que, por tanto, era muy importante que me refiriera cuanto de

extraño hubiera visto u oído. Me dijo: «¡Jesús bendito, comadre Cloridia, rogad por

vuestro marido y por vuestro amo, el cardenal Spada! »

—¿Por qué?

Cloridia sólo necesitó insistir un poco para que la joven confesara. Escuchando

casi por descuido (pero también adrede) detrás de la puerta del embajador, el duque

de Uzeda, la doncella había comprendido que en Roma se fraguaban maniobras

políticas que decidirían el futuro de España y del mundo.

—Eso es justo lo que he leído en las cartas de la condestablesa Colonna —dije.

—Me parece muy bien que hayas echado un vistazo a esos papeles. Estoy

orgullosa de ti. El abate Melani se lo merece, porque él incluso los roba (los papeles

ajenos, me refiero), aunque luego le cuesten caros —observó Cloridia con una risa

sarcástica, aludiendo a las memorias que Melani había hecho que me robasen para

luego comprármelas por una buena suma de dinero.

Cloridia jamás era tierna cuando hablaba de Atto. No se fiaba de él (¿cómo

quitarle la razón?) y lo tenía en muy baja estima. Con todo, lo que mi esposa

realmente no soportaba era que Atto hiciera caso omiso de ella. El abate, aun a

sabiendas de que Cloridia se encontraba a dos pasos, nunca había querido verla o

hacerla partícipe de nuestras pesquisas, aunque sólo fuera para pedirle un parecer o

una pequeña información. Y ella no toleraba la idea de que, sin calcular las

catastróficas consecuencias de ese acto, se prescindiera de sus preciosos consejos.

Después de su regreso no había ido a ofrecerle sus saludos y servicios. A mí no

me cabía duda de que se desviaba de su camino para no cruzarse con Atto si divisaba

su silueta en los jardines de la villa Spada, y que el abate hacía lo mismo. En

resumidas cuentas, mi esposa y Melani se pagaban con la misma moneda.

—¿Qué más has averiguado? —pregunté.

—La doncella me ha contado también, aunque de pasada, que el Rey Católico

está muy enfermo y podría morir en cualquier momento. Pero resulta que no tiene

herederos, y por eso han pedido ayuda al Papa. En la embajada a todos los aterroriza que los tomen por espías. Por otras compañeras, la joven se ha enterado de que corre

un rumor entre los españoles que viven en Roma.

—¿Qué rumor?

—Que el Tetráchion va a llegar a España.

—¿El Tetráchion? ¿Qué es eso?

—Ni ella misma lo sabe. Sólo dice que es el legítimo heredero de España.

—¿El legítimo heredero de España?

—Eso me ha dicho. Me ha preguntado si sabía algo. Es la primera vez que lo oigo

mentar. ¿Y tú?

—También. Tampoco la condestablesa lo menciona. De todos modos, ¿qué tiene

que ver el Tetráchion con la cuchillada que recibió el abate Melani y con la muerte

del encuadernador?

—No tengo ni la más remota idea. Como te he dicho, para hacer hablar a la

doncella le conté que los españoles están mezclados en este asunto. Me refirió

entonces que, según los rumores, la llegada del Tetráchion traerá desventura. Para

ella, lo ocurrido a Melani y la muerte del encuadernador constituyen los primeros

signos de esa desventura.

—¿Crees que te dirá algo más?

—Seguramente no. Tiene miedo. Pero ya sabes cómo es el boca a boca entre la

servidumbre. Una vez en marcha el mecanismo, funciona solo. No descarto que

dentro de poco me lleguen nuevas informaciones sobre el dichoso Tetráchion.

Mientras tanto, ten cuidado, por lo que más quieras. No siempre tendrás tanta suerte

como esta noche.

—Sabes que lo hago por los dos —repuse con gesto grave, aludiendo al generoso

pago que Atto me había hecho por dejar constancia escrita de su estancia romana.

—Entonces procura que al final de esta historia los dos sigamos con vida. No es

agradable ejercer de viuda. Y no te confundas: te ha pagado para que escribas, no

para que te dediques a recuperar sus papeles robados.

—No olvides que me han narcotizado y han entrado en nuestra casita. He de

impedir que eso vuelva a ocurrir —traté de defenderme.

—Ocurrirá si sigues yendo con Melani. Recuerda el artículo cinco: quien tiene

dinero, tiene las de ganar.

Cloridia tenía razón. Con aquel proverbio jocoso lo había dicho todo. No era

necesario que yo siguiera a Atto en todas sus circunvoluciones. Ya me había pagado;

que fuera él, pues, quien buscara mis servicios. La noche anterior, en cambio, no sólo

lo había seguido, sino que había ido por ahí en su lugar poniendo en peligro mi vida.

¿Qué sería de mi familia si muriera? Cloridia no podía criar sola a las niñas. No,

ni siquiera el control que quería ejercer sobre Atto a favor de mi amo, el cardenal

Spada, merecía que arriesgase tanto.

—Me has tenido preocupado, chico, créeme.

El abate Melani interpretaba mal el papel de buen padre de familia. Estaba

sentado en el sillón, frotándose el brazo. Buvat, mandado por su señor, me había

encontrado no bien hube terminado mi diálogo con Cloridia. El aposento estaba de

nuevo en orden.

—Ya he hablado con Sfasciamonti —continuó—. Me lo ha contado todo. Has

sido muy valiente.

Callé durante unos segundos. Al cabo estallé:

—¿Eso es todo?

—¿Cómo…?

—¿Eso es todo lo que tenéis que decirme? ¿Después de que he arriesgado la vida

por vuestros asuntos? «Has sido muy valiente», y punto, ¿verdad? —añadí casi a voz

en grito.

Se levantó de pronto y trató de taparme la boca con la mano.

—Maldición, ¿qué te pasa? Podrían oírte…

—Pues no me trate como a un idiota. Soy un padre de familia. ¡No tengo la

menor intención de arriesgar la vida por un poco de dinero!

Atto, inquieto, daba vueltas alrededor de mí. Mi voz seguía resonando en la

habitación y podían oírla desde fuera.

—¿Un poco de dinero? ¡Qué ingratitud! Creía que estabas satisfecho con nuestro

acuerdo.

—¡El acuerdo no preveía mi muerte! —repliqué sin bajar la voz.

—Está bien, está bien, pero habla más bajo, por lo que más quieras —pidió con el

tono de una capitulación—. Todo tiene arreglo.

Se sentó y me indicó que tomara asiento en el sillón que había frente al suyo,

como si me reconociese la condición de beligerante de igual fuerza, finalmente

invitado a la mesa de negociaciones.

Así, después de haber entrado en el aposento de Atto para sustraerme a su

servicio, al final salí de allí con lo contrario de lo me había propuesto. Como era

habitual en él cuando se discutía de asuntos pecuniarios, y massime cuando era él

quien tenía que apoquinar, se expresó con parquedad, precisión y cierto tono de

amargura. Los términos de nuestro nuevo acuerdo eran los siguientes: debía

esmerarme al máximo en el cumplimento de sus instrucciones, en favorecer sus

intereses y en efectuar todos los actos necesarios para la redacción de las memorias

cuyo pago me había adelantado, sin exponerme a peligros mortales o de particular

gravedad. Este compromiso terminaría cuando Atto se marchara de la villa Spada, o

antes, si su juicio inapelable lo consideraba oportuno.

Aquel enrevesado galimatías significaba que debería prestar con más desvelos mis servicios al abate Melani, incluso en trances peligrosos, de ser posible sin

dejarme la piel: la frase «de ser posible» pesaba como una losa sobre mis hombros.

Sin embargo la contrapartida, Atto lo sabía, era importante:

—No sólo dinero, sino también casas. Propiedades. Terrenos. Fincas. Te daré la

dote para tus hijas. Una buena dote. Y, cuando digo buena, no exagero. Dentro de

algunos años estarán en edad de casarse. No quiero que se encuentren en apuros —

afirmó afectando una generosidad que sólo era fruto de mi presión—. Tengo varias

propiedades en el gran ducado de Toscana, todas de valor, con excelentes rentas.

Cuando termine la fiesta de tu amo, iremos juntos a un notario y pondremos por

escrito el traspaso de algunas propiedades, o quizá de sus rentas, ya veremos qué es lo

más conveniente. Tú no tendrás que hacer nada; tus dos niñas se convertirán de

inmediato en titulares de una dote, y espero que eso les baste para encontrar un buen

marido, aunque ya sabes que en esto lo que más vale es la ayuda del Señor.

Me hizo levantar y me abrazó vigorosamente, como para sellar no sé qué pacto

fraterno.

Lo dejé hacer. Estaba sopesando detenidamente las consecuencias de aquel

acuerdo: podía garantizar a mis criaturas, hijas de un humilde peón y de una

comadrona, un futuro seguro y digno, incluso acomodado. La sorpresa y el miedo a

perder una ocasión única me habían hecho aceptar muy deprisa. Sin embargo, en el

hilo que une el corazón con el intelecto se me habían posado mil dudas: ¿y si Atto

estiraba la pata? ¿Y si algo (enfermedad, muerte, partida imprevista) le impedía

cumplir con su compromiso? ¿Y si, sobre todo, me embaucaba? No creía mucho en

esta última posibilidad, pues, si hubiera querido engañarme, no me habría pagado por

adelantado la redacción de las memorias, y menos aún en dinero contante y sonante.

Sea como fuere, le pregunté:

—Perdonad, don Atto… ¿no sería razonable poner algo por escrito?

Dejó caer las manos de los brazos del sillón, como agotado por un esfuerzo

titánico.

—Ay, chico, sigues siendo un ingenuo. ¿Crees que, si quisiera engañarte, un

contrato así te ayudaría a tener razón ante un tribunal o a obtener tu crédito?

—Yo, la verdad… —Vacilé, pues no sabía nada de cuestiones legales.

—¡Venga, chico! —exclamó Melani—. ¡Aprende a vivir y a razonar como un

hombre de mundo! Y aprende a mirar a los ojos a los hombres con los que tratas,

porque de tu intuición sobre la persona dependerá tu éxito o tu fracaso. De lo

contrario, cualquier asunto te resultará un enigma; cualquier contrato, un magma

oscuro.

Escandalizado por mi propuesta de redactar un contrato y apenado por mi escasa

experiencia de las cosas del mundo, guardó un elocuente silencio.

—De todos modos —añadió—, te comprendo.

Cogió papel y pluma y puso por escrito la promesa que acababa de hacerme.

Me la entregó. Melani se comprometía a constituir a nombre de mis dos hijas una

dote matrimonial con rentas o propiedades a definir ante un notario romano, si bien

garantizaba desde ese mismo instante que sería considerable.

—¿Estás conforme? —preguntó secamente.

—Sí, creo que sí. Don Atto, debo agradeceros…

—Déjalo. —Me cortó con un gesto de la mano y cambió enseguida de tema—.

¿Qué te estaba diciendo? Ah, sí. Sfasciamonti me ha descrito con todo detalle los

hechos de ayer. Tenía que preguntarte una sola cosa: ¿qué te dijo exactamente el

cerretano en la terraza?

—Algo así como tresmeintitis… No, ahora me acuerdo, me dijo tresmientrestes

—respondí haciendo un esfuerzo de memoria.

—Has sido francamente valiente.

—Gracias, don Atto. Lástima que mi valentía, como decís, no sirva de nada.

—¿Qué quieres decir?

—Sólo tenemos la chatarra del microscopio. Ni catalejo, ni reliquia, ni papeles.

—¿Que no ha servido de nada, dices? Ahora sabemos del Tudesco.

—Bueno, tampoco sabemos nada de él, ni siquiera si existe —objeté.

—Vuestros esfuerzos no han sido baldíos. Coincido con Sfasciamonti en que

tenemos una pista importante. En Roma hay alguien, el Tudesco, que colecciona

instrumentos ópticos y reliquias. No sólo eso: tiene vínculos con los cerretanos.

Ahora sabemos a quién buscar. La cuestión de la lengua secreta de los cerretanos, por

último, no me preocupa en absoluto. Si no conseguimos descifrarla, les obligaremos a

hablar la nuestra, ¡ja, ja!

Era raro ver a Atto con esa confianza ciega. Sospeché que fingía optimismo para

tranquilizarme y retenerme a su servicio.

—Sfasciamonti dice que nadie sabe dónde se encuentra —indiqué.

—Los hampones nunca desaparecen. Ahora quizá haga falta conocer su

verdadero nombre. Tudesco no es más que un mote.

Aquella observación me recordó el extraño nombre que había mencionado

Cloridia y que, según ella, también podía ser útil al abate.

—Don Atto, ¿habéis oído hablar del Tetráchion?

En ese instante llamaron a la puerta. Era Sfasciamonti, que entró con paso

decidido, sin esperar a que le invitaran a pasar. Su rostro tenía también las huellas de

la noche insomne y ajetreada.

—Tengo noticias. He estado en el palacio del gobernador —empezó—. Nadie

sabe nada del catalejo. En cambio, he averiguado algo sobre el trabuscopio.

Sfasciamonti había enseñado los restos del instrumento óptico a algunos de sus

colegas, que al punto habían hablado de un robo perpetrado días atrás. El artilugio era propiedad de un sabio holandés, al que habían robado todas sus pertenencias de la

habitación de la posada donde se alojaba, cerca de la plaza de España.

—También le abrieron la puerta con una llave. No necesitaron, pues, forzar la

cerradura. Y no hay rastros del culpable.

—Interesante —observó Atto—. Es la técnica preferida por nuestro ladrón.

—Hoy es la boda —prosiguió el esbirro—, no podré hacer nada. Habrá que

esperar a la noche. Quiero hacer algunas preguntas a un par de miserables. Nos

vemos después del banquete nupcial. Tú, chico, vendrás conmigo.

Inseguro, miré a Atto.

—No —dijo, intuyendo que me resistía a correr nuevos riesgos—. El asunto me

concierne a mí. Así pues… iré yo también.

Me pilló desprevenido. Cloridia habría querido que dejara de ir por ahí de noche

por cuenta de Melani. Éste se ofrecía ahora a acompañar a Sfasciamonti, pero

¡conmigo! Si un vejete como él se atrevía, me dije algo azorado, ¿por qué no iba a

hacerlo yo?

El esbirro nos explicó el objetivo.

—Muy, muy interesante —concluyó Atto.

 

—¿Quién te lo ha dicho, eh? ¡Habla! ¿Por quién lo has sabido?

La agresión tuvo lugar en cuanto estuvimos solos. Me agarró por el cuello y me

empujó contra la pared. Atto tenía la modesta fuerza de un anciano, pero el

sorpresivo ataque y el respeto que mal que bien me inspiraba (y que provocaba

titubeo), así como el cansancio por la noche pasada, me impidieron hacerle frente

como es debido.

—¡Dímelo! —me vociferó a la cara por última vez.

Temiendo que lo hubieran oído, miró atrás con el rabillo del ojo, hacia la puerta

de la habitación, y aflojó las manos. Yo, que me había limitado a asir sus muñecas

casi esqueléticas a fin de que no me asfixiase, aproveché para soltarme.

—Pero ¿qué os ocurre? —protesté.

—Debes decirme quién te ha hablado del Tetráchion —dijo con voz firme y

glacial, como si yo hubiera pretendido apoderarme de uno de sus bienes.

Le conté, pues, que una doncella del embajador había relacionado oscuramente el

incidente que él había sufrido y la muerte del encuadernador con el advenimiento del

misterioso Tetráchion, que sería nada menos que el legítimo heredero de España.

Cuando aludí a la enfermedad del Rey Católico y al hecho de que estaba a punto de

morir sin hijos, hube de hacer un considerable esfuerzo para que no se me escapara

que me había enterado de todo eso leyendo a escondidas las cartas de Maria.

—Bien, bien, veo que sabes todo lo esencial sobre la sucesión de España.

Evidentemente, has vuelto a leer las gacetas —comentó.

—Ejem, sí, don Atto. De todos modos, mi mujer confía en conocer más detalles

en los próximos días —concluí, con la esperanza de que se hubiera calmado.

—No lo dudo. Pero no esperarás librarte así —dijo con mordacidad.

No daba crédito. Después de todos los servicios que le había prestado, Atto me

trataba como al más sórdido de los traidores.

—¿Queréis decirme —exclamé al fin— quién o qué demonios es el Tetráchion?

—Ése no es el problema.

—¿Cuál es, entonces?

—El problema es saber dónde está.

Abrió la puerta y al salir me indicó por señas que lo siguiera.

 

—Las cosas no podían seguir así eternamente —afirmó.

Nos encaminábamos hacia la salida de la villa Spada, en medio de un frenético

tropel de peones, modistillas, mozos y lacayos.

Atto había decidido responder a mis preguntas con hechos, llevándome a un

destino desconocido, pero también con palabras, reanudando el hilo de la narración

interrumpida la víspera.

A medida que el rey se hacía hombre, contó Atto, más delicada se tornaba la

posición de Mazzarino. Sabía que no podría mantener eternamente a su soberano en

un estado de feliz y nebulosa ignorancia de las cosas de Estado y de la vida. Después

de haber sido el amo absoluto, ¿qué papel tendría el cardenal junto a un monarca

joven, vigoroso y en plena forma? Mazzarino daba vueltas y más vueltas a la cabeza

durante los largos viajes en carruaje, cuando recibía distraídamente a los postulantes,

en todos los ratos libres que le dejaba el trabajo, y también en la cama, mientras

esperaba el sueño, cuando los pensamientos más acuciantes ejecutan su última y

furiosa danza. Sin embargo, pese a las quejas de la reina madre contra Maria, no

movía un dedo para separar al joven soberano de su sobrina…

—El rey, que se daba cuenta de todo, tomó el silencio de Mazzarino por un

asentimiento. ¡Ciertamente, el cardenal tampoco quería ver a su sobrina humillada en

el papel de amante el día que Luis tuviera esposa!

—En definitiva, Luis abrigaba la ilusión de que el cardenal le permitiera casarse

con Maria —aventuré.

—Era más que una ilusión. Una vez el rey llegó a llamar a Maria «¡mi reina!» en

público, para gran escándalo de toda la corte, con la reina madre a la cabeza, pero

Luis, por toda respuesta, compró a la reina de Inglaterra una espléndida gargantilla de

grandes perlas, que formaba parte del tesoro real inglés. Debía ser su regalo de

compromiso para Maria. Por otra parte, ¿no es acaso verdad que un año después el

rey inglés, Carlos II Estuardo, pidió a Mazzarino la mano de Ortensia, la hermana

menor de Maria? Las negociaciones al final fracasaron, pero sólo porque el soberano británico quería, además de la dote en dinero, el feudo de Dunkerque, y Mazzarino no

cedió. Las esperanzas de Luis no carecían, pues, de fundamento.

En la corte se espiaba y refería a Ana de Austria cada suspiro de la pareja. Una

ocurrencia mordaz de Maria, una frase de más o una carcajada espontánea se

transformaban, en las lenguas maldicientes de los cortesanos, en un capricho y en una

insolencia que había que condenar a voz en cuello. Basta, en cambio, que el joven rey

lance una mirada fugaz a cualquier damisela para que los cortesanos se alegren y

denuesten a Maria Mancini.

Muy pronto se organiza un viaje: todos van a Lyon para presentar al rey una

muchacha, Margarita de Saboya, posible candidata a la mano de Luis. Él obedece,

pero lleva consigo a Maria y evita cuidadosamente cualquier contacto con la reina

madre.

Cada noche, durante el viaje, el rey se exhibe en un baile, después de haber

tomado una copiosa merienda vespertina, para no tener que cenar con su madre.

Luego juega a las cartas con Maria.

Vi que habíamos salido de la villa Spada y nos dirigíamos hacia la puerta San

Pancrazio.

En el encuentro con Margarita de Saboya, continuó Atto, Luis se muestra tan frío

como un muñeco. Sólo tiene ojos y oídos para Maria. Son inseparables. Cuando

viajan, Luis primero sigue a caballo el carruaje de Maria, luego le hace de cochero y

al final acaba de pasajero. En las noches de luna, Luis pasea hasta tarde delante de las

ventanas de la sobrina de Mazzarino. Cuando va a la comedia, la quiere a su lado, en

un palco preparado expresamente. Quienes los acompañan en los paseos ya están

habituados a permanecer detrás y a dejar solos a los enamorados, varios metros por

delante, para no molestarlos. En la corte ya no se habla de otra cosa. El cardenal y la

reina madre, en cambio, callan y dejan hacer.

Toda la corte está estupefacta por el comportamiento insolente del joven rey.

Pronto el resultado de las negociaciones es adverso. Humillada, la pobre Margarita

llora.

Luego la sorpresa: llega un enviado secreto de Madrid. El rey español ofrece a

Luis la mano de su hija, María Teresa, infanta de España.

—Se diría que habéis llevado un diario de aquellos días —comenté disimulando

mi curiosidad, ya que sabía que Atto tenía la costumbre de reunir informaciones que

luego utilizaba de diversas e imprevisibles maneras.

—¡Yo, un diario! —replicó molesto—. Estaba en misión diplomática oficial, en el

séquito del cardenal Mazzarino, que debía concluir la Paz de los Pirineos con España.

Con los ojos y con la mente grababa todos los pormenores, eso es todo. Formaba

parte de mi deber.

Cuando la corte regresa a París, en febrero de 1659, Luis juzga oportuno festejar el fracaso del encuentro con Margarita de Saboya.

—En la fiesta había trajes echancrés a la moda de los campesinos de Bressannes,

ciudadela que el cortejo real había atravesado en el viaje hacia Lyon, con manchettes

y collerettes en toile écrue, á la verité un peu plus fine —explicó Atto con una

sonrisita maligna y deliciosa, en una mezcla de francés e italiano—. Mademoiselle y

Monsieur vestidos en toile d'argent con passepoils color rosa, tabliers y piéces de

corsage de terciopelo con la dentelle de oro y plata, y eran plumas rosadas, blancas y

color fuego las que cubrían sus sombreros de terciopelo negro, mientras el cuello de

Mademoiselle estaba abrazado por hileras de perlas, demasiado numerosas para

contarlas, y salpicado de diamantes.

Allí estaban mademoiselle de Villeroy, parée de diamantes, y mademoiselle de

Gourdon, totalmente cubierta de esmeraldas, acompañadas por el duque de

Roquelaure, el conde de Guisa, el marqués de Villeroy, el chispeante Puyguilhem

(que luego se convertiría en el célebre conde de Lauzun), también ellos vestidos y

acicalados con las houlettes de vernis, igualmente a la moda de los campesinos de

Bressannes. Todo esto constituía otro sello de silencio con que el gran arquitecto que

es el Amor festejaba, burlón, las bodas frustradas entre Luis y Margarita de Saboya.

—¿Y la oferta de matrimonio con la infanta de España? —pregunté.

—Todavía no habían empezado las negociaciones. Mazzarino mantenía contactos

secretos con los españoles, que poco a poco irían conociéndose. Todo estaba aún por

decidir. Además… —añadió Atto pensativo, mientras cruzábamos la puerta San

Pancrazio bajo la vigilante mirada de los guardias—. Además, siempre he tenido la

impresión de que el cardenal albergaba proyectos muy distintos de los matrimoniales

para obligar a España a una paz en beneficio propio. Al menos mientras…

—¿Mientras qué?

En marzo de 1659 ocurre algo imprevisto. Llega a París don Juan de Austria, el

hijo bastardo del rey de España.

—Venía de Flandes, donde era gobernador, y se dirigía a España. Recuerdo muy

bien aquellos días, porque don Juan llegó de incógnito, a la hora del crepúsculo, y en

la corte cundía la agitación. La reina Ana lo recibió en su habitación, y yo mismo

asistí al encuentro.

Era un hombre bajo, apuesto, de cabeza hermosa y pelo negro, aunque un poco

rechoncho. Su rostro era de aspecto noble y agradable. Vestía un traje gris sobre un

justillo de terciopelo a la francesa. La reina lo trató con mucha familiaridad, se dirigió

a él casi siempre en español y le presentó al joven rey Luis. En cambio don Juan, hijo

del rey Felipe de España, pero engendrado por una actriz, desde siempre demasiado

orgulloso de su nacimiento, se comportó con desmedida altivez, lo que decepcionó e

indignó a la corte que lo alojaba.

—La misma situación embarazosa se repitió al día siguiente —narró Atto—, después de que tuvo el honor de dormir en los aposentos de Mazzarino. Don Juan fue

al Louvre, donde Ana y el cardenal lo recibieron con amabilidad no correspondida.

Monsieur, el hermano del rey, le prestó su guardia, sin recibir a cambio la menor

muestra de agradecimiento. Todos estaban asombrados y consternados por la

desfachatez del Bastardo. Pero esto no era nada en comparación con lo que sucedería

después.

—¿Hubo un incidente diplomático?

Atto suspiró y levantó la vista, como si empujara el rebaño renuente de sus

recuerdos al redil de la reflexión lógica.

—Un incidente… no exactamente. Algo distinto. Muy pocos conocen la historia

que me dispongo a revelarte.

—No os preocupéis —lo tranquilicé—, no se la contaré a nadie.

—Más te vale, por tu propio bien.

—¿Qué queréis decir?

—Nunca se sabe qué pueden acarrear las informaciones que queman.

 

Habíamos recorrido un buen tramo de la vía di San Pancrazio. Ya sabía adónde

íbamos. Atto me lo confirmó al detenerse. Estábamos frente a la entrada.

—Es aquí. O al menos debería ser —dijo Atto, y me invitó a pasar al Navío.

Nos encontramos otra vez en el hermoso patio, que alegraba el siempre renovado

borboteo de la fuente. En esta ocasión, del interior de la villa no llegaba la menor

señal de presencia humana; ni música ni ningún vago rumor que pudiera alentar la

fantasía.

Avanzamos hacia las alamedas que habíamos explorado la primera vez, junto a

las espalderas de los cítricos. El silencio que reinaba por doquier parecía más

propicio para la narración de Atto que la amable algazara de la villa Spada. Sólo una

tímida brisa acariciaba el follaje más alto de los árboles, únicos testigos de nuestra

presencia. Mientras paseábamos por el jardín del Navío, el abate Melani devanaba el

hilo del relato.

En el séquito de don Juan, o el Bastardo, como muchos lo conocían, había un

extraño ser, una mujer, a la que todos llamaban Capitor.

—Un nombre deformado, porque en realidad se llamaba La Pitora, o algo por el

estilo, palabra que en español significa, me parece, «cretina».

Capitor estaba loca. Pero no era una loca cualquiera. Corría el rumor de que

pertenecía al singular grupo de locos videntes, esto es, aquellos que captan

misteriosamente, en lo más recóndito de una visión distorsionada, destellos de

verdades ocultas. El Bastardo la había convertido en una especie de animal

doméstico, un juguete para el solaz cruel y grosero de sus soldados, y a veces de los

señores.

—Su fama de clarividente, pero también de demente excéntrica y divertida, la

había precedido en París —explicó Atto—, hasta el punto de que, poco después de su

llegada, preguntaron al Bastardo si la había traído consigo.

Así pues, Capitor se presentó en el Louvre. Vestía de hombre, con el pelo corto,

sombrero emplumado y espada. Sus ojos se cruzaban, o dicho de otro modo, era

bizca. La piel amarilla y picada de viruelas, en marcada por la cabellera color rata, la

nariz aguileña y la ventana que se abría en medio de sus dientes hacían de ella un

fenómeno peculiarmente feo. Su cuerpo contrahecho, en forma de pera —los

hombros eran minúsculos y delgados, mientras que las caderas se ensanchaban en

paréntesis enormes—, contribuía a que pareciese un auténtico adefesio.

Iba siempre acompañada de una bandada de pájaros de todas las especies, que se

refugiaban en sus hombros y en la amplia ala de su sombrero: jilgueros, papagayos,

canarios y muchos más.

—Pero ¿qué tenía de especial? —pregunté muerto de curiosidad.

—Estaba todo el día en el Louvre —respondió Atto—, donde la reina, el rey y su

hermano se divertían mucho bromeando y tomándole el pelo. Replicaba muchas

veces con extrañas cantinelas, enigmas sin sentido, poemitas cómicos. Con frecuencia

rompía a reír sin motivo, en medio de un banquete o del discurso de un miembro de

la corte, como suelen hacer los locos. Pero si alguien la reprendía, adoptaba una

tristeza fúnebre y apuntaba el índice contra su opositor chillando anatemas

incomprensibles y amenazadores. Después rompía a reír a más no poder y se mofaba

con ocurrencias insólitas y verdaderamente divertidas, entre las carcajadas de los

presentes, del desgraciado que había creído que podía castigarla. A menudo tocaba

las castañuelas y bailaba a la manera de los gitanos españoles. Lo hacía de un modo

asaz curioso, sin música de acompañamiento, pero con tal fogosidad que más que un

baile parecía un rito arcano. Al final, después de la última pirueta, sudada y jadeante,

se dejaba caer en el suelo y terminaba con un alarido ronco de victoria. Todos

aplaudían, embrujados y turbados por el magnetismo de la loca.

Desde la llegada a la corte de aquel ser inefable reinaba una atmósfera inusitada.

Primero todos creyeron que podrían burlarse de ella, pero luego fue al revés. Con sus

extravagancias, sus exhibiciones y sus caprichos, Capitor divertía a todos. Con sólo

dos excepciones.

—La loca no tenía temas de conversación preferidos. Mejor dicho, no tenía

ninguno. Si estaba triste, permanecía abatida en un rincón y no había manera de

hablar con ella. A veces esperaba a que alguien le preguntara algo, por ejemplo: «Hoy

hace buen tiempo, ¿verdad?» Si estaba de buen humor y el interlocutor le caía

simpático, respondía alguna insensatez, como: «El tiempo no espera al tiempo,

porque si no tendría que esperar también a los que ya no tienen tiempo, o dejarlos

morir en su no tiempo. Yo no moriré, porque ya estoy en el no tiempo de Capitor. Tú, en cambio, estás en el tiempo de hoy, que te parece bueno porque crees verlo, cuando

lo que realmente ves es la nada de tu no tiempo. ¿Lo habías pensado?»

—¡Eso carece de sentido!

—En efecto. Pero, créeme, cuando aquella loca endemoniada soltaba su cantinela,

te quedabas embobado con la sospecha de que había dicho algo sensato, o incluso

alguna revelación de la que sólo ella era capaz. Y no era una idea equivocada.

—¿Qué queréis decir?

—La loca, Capitor, tenía… no sé cómo definirlas, digamos, facultades especiales.

Me explico. Más de una vez le habían preguntado dónde estaba este o aquel objeto

perdido, que su dueño buscaba en vano desde hacía tiempo. Ella lo encontraba en un

santiamén.

—¿Cómo?

—Se concentraba un momento, luego iba sin dudarlo detrás de un armario o

hurgaba en un cajón, y la cosa buscada estaba allí.

—Dios santo, ¿y cómo hacía para…?

—Hacía cosas aún más extraordinarias. Adivinaba el contenido de sobres

cerrados o nombres de personas antes de que se las presentaran. Tenía sueños

premonitorios, sumamente detallados y verdaderos. Siempre ganaba a las cartas,

porque, decía, veía las figuras en el rostro de los contrincantes.

—Casi parece un caso de brujería.

—Tienes razón. Sin embargo, nadie pronunció nunca esa palabra, que habría

provocado un escándalo. Todos tomaban a Capitor por lo que era: un juguete un poco

extraño que distraía a la soldadesca del Bastardo y, algunos días, a la familia real. En

el Louvre fueron muchos los que se deleitaron con ella durante la estancia de don

Juan de Austria. Cuando se marchó, la reina, el hermano del rey y madame de

Montpensier le regalaron sus retratos pintados sobre esmalte y adornados con

diamantes. Madame La Baziniére, que incluso la invitaba a cenar a su casa, le

obsequió una vajilla de plata y cajas llenas de cintas, abanicos y guantes. Como te

decía, con ella se divirtieron todos, menos dos personas.

—¿Quiénes?

Abiertamente mimada por el rey y por la reina madre, respondió Atto, Capitor se

comportó en París de un modo extraño, pero nunca insolente. Ahora bien, cuando

estaba en presencia de Maria Mancini, sacaba siempre el mismo tema: la infanta de

España. Es decir, la mujer cuya mano habían ofrecido a Luis.

—Repetía sin tregua: «Qué hermosa es la infanta, qué gran reina será un día, es

más hermosa que cualquier otra mujer», y así sucesivamente —canturreó Atto.

Nadie sabía por qué la loca pinchaba con tan irritante insistencia a la sobrina de

Mazzarino, que ya no tenía una vida fácil en la corte. Algunos decían que actuaba

instigada por los españoles, que temían que la influencia de la joven italiana diera al traste con la boda con la infanta. Otros juzgaban que, sencillamente, Maria no era del

agrado de su rival, con la que tenía en común una naturaleza instintiva y sanguínea,

que, como es sabido, es razón de muchas discordias cuando los temperamentos son

iguales y hostiles.

Maria no le seguía el juego. Le sobraban los problemas con la corte y no tenía

suficiente flema para aguantar esas provocaciones. Reaccionaba con rabia, llamaba

«cretina» a Capitor, la insultaba, la despreciaba. La loca respondía tomándole el pelo

con crueles poemillas y juegos de palabras rayanos en la obscenidad.

—¿Y quién era la otra persona que no estaba contenta con la presencia de Capitor

en París?

—Para responderte debo narrarte un hecho curioso, que es precisamente lo que

me interesaba contarte y que me ha obligado a hacer este largo preámbulo.

Ocurrió una tarde muy lluviosa, durante una de esas tormentas repentinas y

violentas que pueden impedir que se comercie varias horas y que recuerdan a los

humanos la superioridad de las fuerzas de la naturaleza.

Mientras el aguacero arreciaba creando torrentes de fango en las calles de París,

en una sala del Louvre tenía lugar una extraña reunión. El Bastardo se había dignado

finalmente corresponder a las mil atenciones con que le habían honrado en París y

ofrecía a la familia real un pequeño entretenimiento. Capitor entregaría algunos

regalos al cardenal Mazzarino, tras lo cual se deleitaría a la familia reinante con un

breve intermedio canoro.

—¿Y quién debía cantar? —pregunté intrigado, conociendo el pasado musical de

Atto.

—Desde el día que nos conocimos, hace ahora diecisiete años, sabes que en mis

años mozos el público me estimaba bastante por mis dotes musicales y que soberanos

y príncipes de la sangre me honraban con su atención. Entre ellos, como te conté

ayer, la reina Ana apreciaba enormemente mi canto —afirmó el abate Melani.

Recordé al punto que de joven había sido uno de los castrados más aclamados

tanto en los teatros como en las cortes de toda Europa.

—Sí, me acuerdo muy bien, don Atto —respondí brevemente, sabedor de que el

abate Melani no era muy amigo de hablar de esa parte de su pasado, que no se avenía

bien con su actual carrera de asesor político del rey y mensajero diplomático secreto.

—Pues bien, me tocó cantar a mí. Y no fue fácil. Es más, fue una de las

exhibiciones más singulares de toda mi vida.

Todos creían que iban a asistir a una escena de la loca, explicó Atto: dos o tres

carcajadas, y punto. Los presentes no podían ser más selectos: la reina Ana,

Mazzarino, el joven rey, Monsieur su hermano y, por último, Maria, que temía que

Capitor le gastase alguna broma de mal gusto, motivo por el cual Luis quiso tenerla a

su lado, en un escabel. A cierta distancia, hundido en un sillón, estaba don Juan, con un servidor.

—A una señal del Bastardo, entraron tres pajes españoles, cada uno con un objeto

voluminoso tapado con un paño de terciopelo color sangre. A continuación entramos

Capitor y yo, ella rodeada por su habitual corte de pájaros. La loca estaba sonriente y

muy contenta de ser ministra del real divertimento.

Los regalos, así velados, se depositaron sobre otras tantas mesas, dispuestas en

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