Secretum
Sexta Jornada
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
manaba de su herida y con el sentimiento de desesperación pintado en el rostro del
muchacho. Por último, el marco floral, salpicado de cartones y medallones en relieve,
ornaba el tapiz con exquisita elegancia.
Luego lo reconocí: era uno de los tapices flamencos que el abate Melani había
contemplado en extática admiración durante nuestra anterior visita al Navío. Atto me
había explicado que él mismo se los había hecho comprar a Elpidio Benedetti treinta
años antes, durante la, estancia de éste en Francia.
¿Qué más me había dicho el abate?, me pregunté, mientras los pensamientos
empezaban a bailar en mi cabeza y avanzaban, como bacantes en procesión, hacia
una meta emocionante y desconocida. Originariamente, según me había contado
Melani, había cuatro tapices, pero el propio Atto había pedido a Benedetti que
regalase dos a Maria Mancini, porque las escenas representadas en ellos estaban
inspiradas en un drama amoroso, El pastor Fido, muy caro a ella y al joven rey (pero
esta circunstancia hube prácticamente de arrancársela de la boca, pues el abate se
mostraba remiso a hablar del tema). Un drama de amor…
Con una sonrisa ingenua, y esforzándome para fingir un fuerte ataque de tos a
causa de la gran cantidad de polvo, pedí permiso al abate Melani para alejarme de la
polvareda que habíamos levantado.
Enseguida, sin esperar siquiera su autorización, eché a correr, cual nuevo
Mercurio con sandalias aladas, escaleras arriba hasta el segundo piso, y en contados
segundos llegué a la biblioteca donde había dejado la Historia de Heródoto.
Subido en la silla, mis dedos casi arañaban el lomo de los libros al recorrer los
títulos, como si las pupilas necesitasen la ayuda del tacto para confirmar lo que leía.
Por fin lo encontré, minúsculo, casi una libreta, de media cuarta de alto y un dedo
de ancho. Estaba encuadernado en piel negruzca con cuadrados de oro, el lomo
ornado de lirios florentinos. Lo abrí.
Sin pensarlo dos veces, confié en el registro, de fino raso granate ya descolorido;
fui a la página que marcaba desde tiempo inmemorial y leí al azar:
Oh, feliz Dorinda.
El cielo te envía la dicha que buscas.
Me emocioné. Dorinda, así se llamaba la ninfa herida que acababa de ver en el
tapiz; el abate Melani me lo había dicho la primera vez que lo vimos. Y Dorinda era
también el nombre que la condestablesa se había dado en su última carta, en la que
llamaba Silvio a Atto.
Había dado con lo que buscaba. Ahora sólo me quedaba encontrar el nombre de
Silvio. Si, como pensaba, era uno de los personajes de El pastor Fido, habría vencido.
Así pues, con el pecho trémulo de emoción, empecé a recorrer con la mirada las
páginas del librito en pos de un Silvio que, como quizá Melani entre la condestablesa
y el Rey Cristianísimo, fuese un mediador de amor entre Dorinda y su amado. Bien
pronto lo encontré.
¿Conoces, Silvio, de Montán
único hijo, sacerdote de Diana,
hoy pastor famoso y muy rico?
Resultaba que este Silvio no era un mensajero, como yo había esperado, sino un
jovenzuelo rico y muy apuesto. Salvo por la riqueza, no parecía el retrato del abate
Melani…
Lo que leí a continuación desbordó mi imaginación:
¡Oh, Silvio, Silvio! ¿Por qué natura
en la flor de la vida
habrá sido tan pródiga contigo
en dones y belleza
si todo tu afán es pisotearlos?
Era un diálogo entre Silvio y su viejo criado Linco, que reprochaba al muchacho
que fuese duro de corazón. Un poco más adelante leí:
LINCO
Oh, muchacho loco. ¿Por qué buscas lejos
una fiera peligrosa, si aquí mismo la tienes,
a tu lado, toda tuya?
…
SILVIO
¿En qué selva anida?
LINCO
La selva eres tú, Silvio,
y la fiera que en ella anida
es tu ferocidad.
…
Y no digo que tengas un corazón de fiera,
sino que tu pecho es de hierro.
No; no podía ser Atto quien se ocultaba bajo el apodo de Silvio. El retrato de
aquel pastorcillo rico y soberbio me recordaba mucho, diría incluso que muchísimo, a
otra persona:
Mira en rededor, Silvio:
toda la hermosura del mundo
es obra de amor.
El cielo, la tierra, el mar, todo ama.
…
Todo ama, Silvio,
salvo tú. ¿Va a ser tu alma, Silvio,
en el cielo, la tierra y el mar,
la única sin amor?
Rememoré los relatos del abate Melani. ¿No era merecedor Su Majestad el Rey Cristianísimo de Francia de toda esa retahíla de reproches? ¿El corazón del soberano
no se había vuelto de hielo tras su separación de Maria Mancini?
¡Sufre más por ti quien te venera, Silvio!
¿Quién diría que tu gentil semblante
oculta tanto malquerer?
Y además:
¡Oh, inclemente Silvio, oh, muchacho fiero!
Volví al frontispicio. Quería leer primero el argumentum, es decir, la sinopsis de
la trama, para conocer el papel de Dorinda, la ninfa bajo cuyo nombre se ocultaba la
condestablesa. Así supe que Silvio era novio de Amarilis, pero no la amaba. No
amaba a ninguna mujer; sólo quería ir de caza por los bosques. Hasta que, por error,
hirió en el costado a una ninfa que estaba enamorada de él, Dorinda, al confundirla
con una fiera porque vestía una piel de lobo. Silvio entonces se enamora, parte el arco
y las flechas, le cura la herida y se casan.
¿No era esa historia muy parecida a la del joven rey de Francia, prometido a la
infanta de España pero enamorado de Maria Mancini? Únicamente el corolario de su
amor, que conocía perfectamente por Atto, había sido muy diferente del final feliz de
El Pastor Fido, que seguramente ellos esperaban.
El tiempo apremiaba. Atto no tardaría en subir. Me acerqué a la escalera de caracol.
Oía un extraño zumbido. Bajé cautelosamente unos escalones y me asomé un poco
para ver al abate Melani. Cansado, se había arrellanado en un pequeño sillón
esperando mi llegada y se había quedado dormido.
Me senté en un peldaño y llegué a la conclusión de que el Rey Cristianísimo no se
ocultaba únicamente bajo el nombre de Lidio, sino también bajo el de Silvio. La
condestablesa, pues, no sólo era para el soberano lo que Solón había sido para Creso,
sino además la Dorinda amante de Silvio.
Por fin había despejado muchas incógnitas de las cartas de Atto y Maria. Su
correspondencia no encubría espionaje de Estado, oscuras maniobras políticas ni las
vilezas de la diplomacia internacional, como había sospechado durante los días en
que, yo sí, había espiado vilmente al abate y la condestablesa.
No, sus misivas contenían un secreto inimaginable, mayor y más puro: Luis y
Maria se escribían para hablar de amor después de cuarenta años de su último adiós.
Comprendí finalmente por qué el abate me hablaba con tanta seguridad de lo que el soberano francés sentía por la condestablesa y de cómo se le había endurecido el
corazón por la pérdida de su amada. Entendí asimismo por qué hablaba de todo ello
como si fuesen hechos del presente, vivos y palpitantes: ¡nunca había dejado de
conocer detalles muy reservados y de primera mano de la relación, jamás muerta,
entre los dos enamorados!
Por eso había venido Atto a Roma, para ver a Maria Mancini después de treinta
años y entregarle un mensaje de amor del Rey Cristianísimo. En ese instante habría
dado cualquier cosa por saber qué le mandaba el monarca por intermedio de Atto.
¿Qué podía requerir un encuentro cara a cara? ¿Una carta autógrafa del rey? ¿Una
prenda de amor? También comprendí por qué el abate Melani había vacilado tanto
ante mis preguntas la primera vez que vimos los tapices del Navío. El pastor Fido no
había sido sólo la lectura preferida de los dos antiguos amantes; lo era aún. Era su
código secreto. Y Atto hacía de intermediario ahora igual que entonces.
Pero ¿qué amor puede haber entre dos viejos que no se ven desde hace cuarenta
años?
Me respondieron las palabras de una carta de Atto a Maria, que recordé en ese
momento:
Silvio fue soberbio, pero veneraba a los dioses, y un día fue vencido por vuestro Cupido. Desde
entonces se inclina ante vos llamándoos suya.
Aunque suya no fuisteis.
El amor del rey por Maria Mancini, pues, estaba hecho de recuerdos y de
ocasiones frustradas.
¡Y yo que había creído que Atto hablaba así de su desgraciada condición de
castrado! No, se refería a la nunca quebrantada castidad de aquel amor y a cuán
profundamente esa circunstancia había quedado grabada en el alma del viejo
soberano.
Evoqué todos los pasajes de las cartas que Maria había escrito a Silvio y por fin
entendí el sentido de las advertencias y de los reproches que tomaba de El pastor
Fido:
¡Ay, Silvio, Silvio! Lozano eras cuando el destino te regaló todas las venturas. ¡Pero ten cuidado!
Que el juicio que no madura en ignorancia fructifica.
Por fin estas palabras, incomprensibles cuando las relacionaba con el abate
Melani, me manifestaban dócilmente su significado. En efecto, el Rey Cristianísimo
había ascendido al trono muy joven; su destino, pues, se había cumplido siendo él
«lozano». Sin embargo, quien recibe el poder demasiado pronto «en ignorancia fructifica», o sea, es arrogante toda su vida. Y ahora que estaba en juego la cuestión
de la sucesión al trono de España, Maria pedía a Luis XIV que actuase sabiamente.
Asimismo, ¿María Mancini no acusaba al soberano de ser en cierto modo
responsable, por su arrogancia como gobernante y en su conducta privada, de la
cadena de desgracias que habían sufrido en España los amigos de Francia?
¿Acaso crees, muchacho fatuo,
que del azar las desgracias
son fruto? ¡Pues errado estás!
Que estos sucesos tan monstruosos
y nuevos a los hombres no acontecen
sin divina intervención. El cielo
harto está de que desdeñes tan altaneramente
el amor, el mundo y los afectos humanos.
Que a los dioses no los complace
tener iguales en la tierra
ni tanta ostentación de orgullo.
El mecanismo me quedó perfectamente claro enseguida. La condestablesa, con
consumada habilidad, hablaba de Lidio a Atto en tercera persona, le enviaba
mensajes y respuestas a través del abate, y luego se dirigía a Atto llamándolo Silvio,
pero con la intención de hablar al rey. Dos identidades para despistar a los extraños y
protegerse de posibles espías. La estratagema había sido plenamente eficaz conmigo.
Nunca habría descubierto la verdad si Albicastro y el Navío no me hubiesen enseñado
la senda que llevaba a Lidio. El holandés volante con su buque fantasma, como los
había llamado Melani.
Claro, observé haciendo girar entre mis manos El pastor Fido, el Navío me había
ofrecido todas esas iluminaciones. Primero con la frase de Albicastro, excéntrico
ocupante de la villa, quien con singular clarividencia había establecido un
paralelismo entre Creso y el rey de Francia. Por eso Atto se había sobresaltado y dado
media vuelta sin replicar al músico holandés; lo había turbado aquel arcano oráculo.
Luego con el libro de Heródoto, y después con el del caballero Guarini, que había
aclarado todas mis ideas. Una vez más, la villa misteriosa de Benedetti había
demostrado sus insondables facultades.
Al momento me reí de mí mismo al pensar que era mucho más probable que su
difunto propietario, Elpidio Benedetti, en calidad de agente del cardenal Mazzarino
en Roma, hubiese reunido en su villa libros, cuadros, objetos de arte y todo cuanto un
francófilo a la moda no podía dejar de tener ni de conocer.
Algo era indudable: el tema y el propósito del encuentro anunciado entre Atto y
Maria no eran el cónclave ni la sucesión de España, sino el amor. Sus conversaciones
epistolares giraban en torno a maniobras políticas, pero el eje era otro. No eran sino
una tapadera; podían suscitar el interés de personas hechas a las intrigas, pero nada más.
De ahí que Atto se acalorase tanto cuando, en nuestras visitas al Navío, me
contaba la antigua historia de aquel infortunado amor regio. Para él era algo siempre
presente, y se diría incluso que las apariciones y los fantasmas del pasado que
habíamos visto en el Navío no eran más que las emanaciones espirituales de esa
pasión a distancia (pero aún poderosa) entre la condestablesa y el maduro soberano.
Tal era probablemente el auténtico motivo de la presencia de Melani en la villa
Spada: para encontrarse, él y la condestablesa aprovecharían la invitación a la boda
de los Spada. ¡Sí, ni el cónclave ni la sucesión de España!, me dije.
Sin embargo, Maria no llegaba. Había faltado el día de la ceremonia. ¿Qué la
retenía? Quizá una fiebre pertinaz, como ella misma declaraba en una de sus misivas;
o, puestos a imaginar, una natural renuencia a la contienda amorosa, que la empujaba
a hacerse desear «por delegación», como si identificase en la persona de Atto a su
antiguo amante y no lo considerase sólo su mensajero.
Oí los pasos del abate Melani. Se había despertado y subía en mi busca.
Eché otro vistazo al librito de El pastor Fido. Era realmente minúsculo, pensé;
guardármelo en el bolsillo y llevármelo, sin que el abate se diese cuenta, era un juego
de niños. Después lo devolvería. Ahora lo necesitaba; leería las cartas de Maria a la
luz de esos versos.
—¡A buenas horas! ¿Se puede saber qué haces? —exclamó al verme en lo alto de
la escalera.
—Como os habíais dormido, decidí dejaros descansar un poco.
—Mal hecho, pues sin tu ayuda no he podido hacer casi nada —me recriminó
tratando de disimular su desconcierto.
Era una forma elegante de confesar que lo había vencido el sueño al quedarse
solo.
—No podemos seguir a tientas —continuó el abate—. Quiero explorar el Navío
de punta a cabo. El plato tiene que estar en algún sitio. Ya hemos registrado bien el
segundo piso, de modo que vamos a empezar por la planta baja. Luego pasaremos a
la primera y terminaremos en la tercera, la de la servidumbre.
Mientras me precedía por la escalera de caracol, observé su figura curvada y roída
por los años, pero siempre espoleada por el reto de la acción. Me conmovió pensar en
la naturaleza de su misión. Era la primera vez que, en contra de lo que tantas veces
había ocurrido en el pasado, Melani me sorprendía demostrando sentimientos y
propósitos nobles.
Con el alma transida de emoción, me adentré en las otras estancias de la villa para
ayudar a Atto en la búsqueda de los tres presentes de Capitor, y sobre todo del plato.
Inspeccionamos el gran salón de la planta baja, las estanterías, los aparadores, los cajones. Todos los objetos (cubiertos, vasos, adornos) se hallaban donde los habíamos
visto en nuestra anterior visita. Allí estaban los retratos de las bellas y gentiles damas
de Francia (entre ellos el de Maria, que yo había admirado tanto).
Cuando me incorporaba después de haber intentado sacudir en vano el polvo que
yacía en un sillón, me topé con uno de esos retratos, al que antes no había prestado
atención.
—Madame de Montespan —anunció Melani, que se había acercado también a ese
rostro femenino de belleza extraordinaria y perturbadora—. Antaño favorita del rey
de Francia. Una relación que duró diez años, durante los cuales tuvieron siete hijos.
Fue casi una segunda reina.
Apenas tuve tiempo de detenerme en las carnes exuberantes del pecho, en los ojos
glaucos y rebosantes de voluntad de despertar deseo, en los labios dispuestos al beso,
en los brazos bien torneados. Atto ya había pasado al cuadro siguiente.
—Louise de La Valliére —dijo—, el primer adulterio oficial de Su Majestad,
como ya te he contado —añadió ante aquel rostro de pureza singular e irrepetible,
coronado por una cabellera rubia plateada, síntesis de finura, elegancia y ligereza,
tanto era así que parecía esculpida por el Señor para que la humanidad conociese la
tríada bendita que conforman la gracia, la modestia y la ternura, y para capturar de un
modo casi mágico, a través de sus ojos del color del mar, el corazón y la confianza.
—¡Qué distintas son! —exclamé—. Ésta, tan pura, y aquélla, tan… ¿cómo
decir…?
—¿Conturbadora y pecaminosa? Habla sin reparo. Con un solo ojo se ve que
madame de Montespan no era precisamente un ángel —afirmó con sorna el abate—.
Sin embargo, lo más importante es que ambas están muy lejos de la índole franca e
impetuosa que poseía Maria. Las dos son francesas, aunque opuestas entre sí. Maria
era italiana —concluyó el abate recalcando las últimas palabras. La mirada se le
había encendido con renovado ardor al recordar a Maria Mancini.
Por fin comprendía yo de qué observador íntimo y privilegiado había tenido la
suerte de escuchar el relato de aquel drama que había trastornado el alma del Rey
Cristianísimo. Ansiaba, pues, conocer la continuación de aquella historia antigua y
desdichada, más aún ahora, que sabía que seguía viva. Por otra parte, estaba
convencido de que Atto tenía que ver a María para transmitirle un mensaje
sumamente importante del Rey Cristianísimo, y yo quería averiguar su contenido.
—Si la memoria no me falla, el rey de Francia tuvo muchos amores tras la
marcha de Maria Mancini —dije, mientras el abate me conducía a la sala donde
estaban los retratos de reyes y príncipes.
—Tuvo muchas favoritas —me corrigió—, y nunca menos de dos a la vez.
—¿Dos? ¿Ésa es la costumbre de los soberanos franceses?
—Por supuesto que no. —Atto sonrió, al tiempo que abría un gran aparador lleno de cristales de Venecia y de porcelanas de Savona, que procedió a revisar—. Antes al
contrario. Nunca se había visto en Francia nada semejante: una reina y dos amantes
titulares, las tres obligadas a vivir juntas. Además, madame de Montespan estaba
casada. Enrique IV, abuelo de Luis, tenía una amante, pero nunca se arriesgó a
imponerla a su consorte la reina.
—Supongo que esto también fue, en vuestra opinión, la nefasta consecuencia del
abandono de Maria —dije para que picase el anzuelo, impaciente como estaba por
satisfacer cuanto antes mi curiosidad sobre las relaciones que mantenían ahora el Rey
Cristianísimo y la condestablesa.
—El joven monarca transformó el diluvio de dolor que había anegado su corazón
en un diluvio universal, capaz de inundar pueblos enteros durante generaciones —
afirmó pausadamente el abate—. ¿Que no podía tener a Maria como reina? ¡Pues lo
pagarían las otras reinas! ¿Que no podía tener a Maria como mujer? Pues entonces
tendría un montón de mujeres, todas a la vez.
Luis, explicó Atto, tendría siempre al menos dos amantes simultáneamente, que a
su vez serían traicionadas por otras, en una sucesión constante, y nunca estarían
seguras de los sentimientos del rey ni de los designios que tenía para ellas. «Las tres
reinas», así se llamaba a esa tríada.
—Quien ha sufrido un daño necesita infligirlo, hasta la extenuación —continuó
Melani—. Como no podía pertenecer a Maria, Luis optó por dividirse entre muchas
para no ser de ninguna. Con frío cálculo e ira glacial, fragmentó su vida entre sus
numerosas mujeres: su esposa, las favoritas estables y sus mil amantes de un mes o
de una noche, partiéndoles a todas el corazón. Ayúdame a levantar esta alfombra, por
favor.
A todas tenía en vilo, prosiguió, y ni la propia corte supo jamás si las damas con
quienes le gustaba exhibirse eran realmente las favoritas del momento o, con su astro
en el ocaso, le servían únicamente para encubrir una nueva y secreta preferencia.
Todas se sometían a la severa disciplina del soberano, y ninguna se atrevía a levantar
la cabeza.
—En la corte fue manifiesto el drástico cambio de talante del rey ya al día
siguiente de su matrimonio —contó el abate—. Luis hizo volver a Madrid a todo el
séquito español de María Teresa.
La reina, continuó Atto en el ardor de sus recuerdos, no opuso la menor
resistencia, pero pidió a cambió una gracia a su marido: la de poder permanecer
siempre a su lado. Siempre. Luis se la concedió. Enseguida ordenó al gran mariscal
de logis que no los separase nunca. Mantuvo su promesa hasta la muerte de María
Teresa: en el Louvre, en Fontainebleau, en Saint-Germain y aun en Versalles durmió
siempre a su lado; abandonaba en plena noche el lecho de sus amantes para volver a
la alcoba de su legítima esposa y permanecer allí hasta el amanecer. Todo ello sin hacer excepciones, sin dar explicaciones y sin la menor agitación, ni siquiera cuando
por la habitación de María Teresa cruzan jadeantes comadronas con un fardo en
brazos: el enésimo bastardo que acaba de dar a luz alguna amante del rey en los
aposentos contiguos. La concesión que la pobre reina había juzgado una gracia (tener
al rey siempre a su lado) Luis la había convertido en una terrible y despiadada
condena.
—¡Qué decís! ¿Las amantes del rey parían en los aposentos contiguos a los de la
reina?
—Ahora viene lo mejor —respondió el abate Melani con lúgubre ironía—. El
parque de caza preferido de Su Majestad estaba integrado por las damiselas que
servían a la soberana. Más aún, cuando se cansaba de una concubina, solía concederle
un puesto en el séquito de su esposa. Fruto de esta situación, María Teresa decía
siempre con un suspiro: «Mi sino es que me sirvan las amantes de mi marido.»
El abate examinó con curiosidad el interior de una gigantesca sopera de color
nacarado y decorada con granadas de brillante porcelana verde y carmín.
—Durante dos décadas el rey tuvo un vástago cada año, y me limito a los que ha
reconocido, pero sólo seis de ellos son hijos de la reina. Siete son hijos de madame de
Montespan; el resto, de sus otras amantes —recordó Atto con las cejas enarcadas—.
Colbert, su primer ministro, sirvió al rey en silencio hasta su muerte. Le hizo de
alcahuete, le consiguió comadronas, ajuares y cirujanos complacientes para que sus
amantes diesen a luz; encontró incluso, entre sus viejos criados, las familias adoptivas
para criar a los bastardos secretos, es decir, los hijos de las concubinas de paso —
concluyó el abate, que a continuación se puso a tantear el relleno de un pequeño
sillón.
El rey no se conforma con imponer a la reina la penosa cohabitación con sus
amantes y sus vástagos, sino que hasta cuando viaja las lleva en su carruaje y también
come con ellas. Luego viene lo peor: legitima a los nuevos bastardos y los declara
incluso príncipes de Borbón. Concierta para ellos matrimonios regios, inaugurando la
inaudita mezcla con los Borbones legítimos. Llega a dar la mano de una de sus
bastardas a un «nieto de Francia»; en efecto, obliga al hijo de su hermano Felipe a
casarse con la última hija que ha tenido con madame de Montespan. La corte
rumorea; los padres del muchacho se desesperan, gritan y lloran; el rey se regodea.
—¿Adónde va a parar si sigue así? —exclamó Atto con vehemencia.
—Según vos, ¿habría que preocuparse por el futuro del trono?
Tomó aliento un instante, después de retirar de la pared un gran cuadro cuyo
marco nos había parecido (erróneamente) demasiado grueso para no tener un doble
fondo.
—Temo que un día el rey pueda incluir a sus bastardos en la línea de sucesión al
trono. Eso sería el fin. Significaría que ya no solamente un hijo de reina, sino cualquiera, lo que se dice cualquiera, podría convertirse en monarca. Si eso llegase a
ocurrir, todo pueblerino se preguntaría: ¿por qué no puedo ser yo?
»Sentémonos un poco —propuso Atto, y se desplomó en un diván con un gran
suspiro de cansancio—. Descansemos. Luego continuaremos la búsqueda.
Yo también tomé asiento en un sillón, lanzando un gran bostezo.
—De lo que no cabe duda es de que el Rey Cristianísimo —observé siguiendo el
hilo de las evocaciones de Atto— se consoló bien rápido con todas sus amantes tras
la marcha de Maria.
Lo estaba provocando: pretendía que me revelase algo sobre los contactos que el
soberano y la condestablesa mantenían en este momento. Atto Melani dio un
respingo.
—¿Es que no me escuchas cuando hablo? Su primera favorita, Louise de La
Valliére, sólo le sirvió para vengarse de la reina madre, que lo había separado de
Maria haciéndole creer que la olvidaría pronto. Mas fue un triunfo tardío, una
represalia inútil contra su vieja madre, fruto de un coraje póstumo, una furiosa
libación ofrecida ante el sepulcro de su corazón —afirmó con apesadumbrada
vehemencia.
¿Qué satisfacción podía encontrar el rey obligando a la reina, su esposa, y a la
reina madre a que comiesen a la misma mesa que su amante? ¿O introduciendo a ésta
a escondidas en los aposentos de su madre y sentándola a la mesa de juego a su lado,
junto a su hermano y su cuñada, para luego contárselo a la vieja reina, como un niño
malcriado? Eso sí, Luis XIV no podía dejar de defender su reputación. Así, obligó a
Louise a dar a luz con una máscara en el rostro, atendida por un cirujano que le
habían llevado vendado.
La pobre Louise, esquiva y de natural modesto, fue un dócil instrumento en las
manos de un rey que ya no tenía corazón, sino sólo orgullo. Luis quiso imponérsela a
su madre mientras ésta vivió, en una partida a dos en la que la verdadera venganza —
como en el odio con que persiguió a Fouquet— estaba dirigida contra el gran ausente,
Mazzarino.
Cuando no tuvo que luchar más, la despidió, ya aburrido, a pesar de los tres hijos
que habían tenido.
—Louise no estaba hecha para la vida mundana, los juegos y las habladurías, las
intrigas y los manejos de la coquetería de corte —explicó Melani con un suspiro,
mientras se estiraba en el diván—. No era nada necia, le gustaba leer, pero no era
mujer de salidas rápidas, frases ingeniosas, respuestas agudas. En una palabra, no era
María —concluyó con una sonrisita pícara.
Nos pusimos en pie y reanudamos la búsqueda del plato de Capitor. Empezamos
por la sala donde se hallaba la mesa para el juego de trucos, o billar. Las paredes
estaban adornadas con grabados en forma de cuadros; algunos representaban bajorrelieves antiguos; otros, a la manera de Annibale Carracci, reproducían retratos
de hombres insignes. Los descolgamos por si encontrábamos detrás cavidades
secretas, pero no había nada. El verde esmeralda del tapete del billar, lleno de polvo,
se había vuelto con los años del color del rocío. En medio había una sola bola de
hueso blanco, abandonada y prisionera, casi como metáfora del corazón de Louise de
La Valliére, rehén en el desierto de la indiferencia de Luis. Dándole tristemente un
golpecito, Atto la hizo rebotar en la banda opuesta y reanudó su relato:
—Así pues, el rey no tardó en acudir a Louise de La Valliére sólo para deleitarse
con las coqueterías y las provocaciones de una de sus pares, madame de Montespan,
llamada Athénaïs. Un día, forzado a partir a la guerra en Flandes, dejó a Louise sola
en Versalles, embarazada de cuatro meses, y se llevó a madame de Montespan en el
séquito de la reina.
—¿Damas de la corte en guerra? ¿Y también la reina?
—No me digas que, con todo lo que has leído y estudiado por tu cuenta, no sabes
ni siquiera esto —dijo mientras salíamos de la sala del billar y regresábamos al gran
comedor.
Desde ahí entramos en un cuarto que conducía a la parte trasera del jardín,
expuesta hacia el este. Salimos. Una vereda llevaba, como descubriríamos poco
después, a una pequeña y graciosa gruta.
—Os lo repito: he leído libros, no las gacetas falsas y mendaces —repliqué con
impaciencia, ocultando cierto empacho.
—Pues bien, al rey le gustaba llevarse a las guerras, a la manera turca, todas las
comodidades de que gozaba en la corte: los muebles más hermosos de la corona, las
porcelanas, los cubiertos de oro, todo lo necesario para organizar ballets y fuegos
artificiales en cada una de las ciudades por donde pasaba, y, naturalmente, a sus
mujeres.
Cómo debían de estremecerse los habitantes de las aldeas y los campos, me dije,
al ver de cerca la disparatada mezcolanza de guerra y fiesta del cortejo real, con
caballeros empenachados que escoltaban los carruajes dorados, cofres irreales que
ocultaban a las más bellas damas del reino.
—El fango que ensucia los adornos, la cara del rey, más delgada y quemada por el
sol —prosiguió Atto—, y el cansancio de sus mujeres, descompuestas por el viaje y
los horarios inhumanos, son los únicos signos que revelan que aquello no es un
desfile en el parque de Versalles antes de la representación de una comedia de
Moliére. Me acuerdo de un viaje en especial. Los habitantes de Auxerre, donde las
mujeres son sumamente hermosas, abarrotaban las calles para ver a la familia real y a
las damas que viajaban en el carruaje de la reina. Las damas asomaron la cabeza por
las ventanillas y, nada más verlas, el pueblo de Auxerre empezó a desternillarse de
risa, diciendo: «Ah, qu'elles sont laides!», «¡Qué feas son!» El rey se carcajeó a gusto y estuvo hablando de ello hasta la noche —explicó con sorna el abate.
El Rey Cristianísimo también se llevó consigo a toda la corte en la guerra de
Devolución, que emprendió a la muerte de Felipe IV, su suegro, para reivindicar una
parte del Flandes español como herencia de María Teresa.
—Habéis dicho que se llevó a todos menos a Louise. ¿Y la reina?
—María Teresa era la primera que debía acompañarlo, dado que, al menos en
apariencia, la guerra se libraba por ella. Tan pronto como una ciudad caía en manos
francesas, tenía que ir a tomar formalmente posesión.
Sin embargo Louise, corazón apasionado y simple, en un momento dado decidió
poner en peligro su embarazo y exponerse a la cólera del monarca. Alcanzó a la corte
en Flandes, adonde llegó desfallecida. Al rey, en absoluto impresionado, sino más
bien divertido, le describieron el espectáculo de la pobre muchacha encinta, abatida y
casi muerta, con sus acompañantes, en la antesala de María Teresa, mientras ésta,
deshecha en lágrimas, vomitaba a causa de la afrenta y la ira.
Entretanto habíamos llegado a la pequeña gruta. Lo más probable era que el plato
no estuviese ahí, pero ambos necesitábamos respirar aire limpio después de todo el
polvo que nos había entrado en los pulmones.
En la pureza de las ráfagas que mi pecho capturaba en el jardín creí reconocer la
descripción de Louise de La Valliére: Louise la ingenua, la entusiasta, tímido céfiro
rápidamente mancado.
—¿El rey no montó en cólera por la desobediencia de su amante? —pregunté
mientras abandonábamos la gruta para enfilar un pequeño sendero.
—Aparentemente, no. Es más, declinó la invitación que la reina le hizo de subir a
su carruaje y siguió cabalgando al lado de Louise. Pero eso no es todo. A la mañana
siguiente, cuando iba a misa, la pobre María Luisa se vio forzada a arrinconarse en su
propio carruaje para hacer sitio a Louise, y por la noche hubo de soportar su
presencia durante la cena. Al día siguiente, sin embargo, olvidándose tanto de su
esposa como de su amante, el rey pasa casi todo el día encerrado con llave en su
habitación. Madame de Montespan hace lo mismo. Ambas habitaciones, mira qué
casualidad, se comunicaban.
La reina ignora aún que habrá de resignarse a una penosa promiscuidad: la
presencia a su lado de las dos favoritas de su marido será a partir de entonces la regla,
en sus viajes en carruaje y en toda suerte de circunstancias.
La vida de las dos amantes no era mejor que la de la reina. Luis, prosiguió el
abate, las tenía bajo llave, absolutamente sometidas. Aunque una de ellas siempre
prevalecía sobre la otra, tenía buen cuidado de mantener viva su inquietud con un
montón de concubinas anónimas, en un ir y venir constante por sus aposentos. Las
favoritas oficiales se sentían oprimidas por la incertidumbre, y el miserable
espectáculo de sus piques y sus rivalidades aplacaba los celos de María Teresa.
El sendero nos había conducido a un teatro, mucho menor que el que en esos días
se había preparado en la villa Spada para los espectáculos de la fiesta, pero asaz
gracioso y preñado de un hermoso misterio. Lo circundaban un pequeño pórtico
ornado de bajorrelieves antiguos y macetas de flores; en medio había una pequeña
fuente, cuyos acariciadores borboteos sonaban entre un arco y otro.
—El rey había acorazado su corazón con una torre de hielo —prosiguió Atto,
profundamente enfrascado en la narración y casi del todo indiferente a tanta belleza
—. Sólo los grandes dolores lo turbaban un poco; por ejemplo, al morir sus hijos, y se
le murieron muchos. De los seis legítimos, únicamente el gran delfín sigue vivo.
Cuando, hará treinta años, falleció su hijo menor, el pequeño duque de Anjou, lo vi
destrozado; temió que fuese una señal de la cólera de Dios, pero se le pasó rápido.
Sin embargo, jamás supo reaccionar de otra forma que con ira, ni cuando Louise de
La Valliére decidió entrar en un convento.
—¿En un convento? —pregunté, entre un trago y otro de rica y fresca agua de la
fuente.
—Sí. Pobre mujer, era un corazón sincero. En realidad sólo había pretendido que
el rey la amara, que la correspondiera. Fue la única favorita que amó a Luis como a
un simple ser humano, lo que lo halagó mucho, pero nada más. Ella, en cambio, se
tomó en serio ese sentimiento, y de qué manera; cuando resolvió hacerse carmelita,
quiso pedir públicamente perdón a la reina. «Mis pecados han sido públicos; es
menester que también lo sea la penitencia», dijo, y se arrodilló a los pies de María
Teresa, que, conmovida, la mandó levantarse enseguida y la besó. Había un montón
de gente. Fue un momento de intensa emoción. Sólo faltaba el rey.
Regresamos a la casa. En poco tiempo terminamos de registrar la planta baja. El
abate miró desconsolado nuestras imágenes reflejadas en un espejo. Por nuestros
atuendos blanqueados por el polvo y nuestras cabelleras cubiertas de telarañas
teníamos traza de ropavejeros.
—¿Qué hacemos ahora, don Atto? ¿Subimos al primer piso?
—Sí, y no sólo para buscar el plato.
Una vez en el primer piso, Atto me llevó al baño situado junto a la capilla.
—Hic corpus! —exclamó Atto repitiendo el lema de la entrada, que habíamos
leído tres días antes—. Aprovecharemos las maravillas de la ingeniería hidráulica.
Siempre que aún funcione.
Abrió entonces el grifo con la inscripción calida, agua caliente, pero no salió
nada. Lo intentó con el del agua frigida, y tuvimos más suerte.
—Abre esos arcones, a lo mejor encontramos toallas.
Atto había acertado. Aunque viejas y resecas, las telas se habían mantenido a
resguardo del polvo. También hallé un duro trozo de jabón. Pudimos así, primero él y después yo, lavarnos y limpiarnos a conciencia.
A continuación seguimos con la búsqueda de los regalos, pero sobre todo del
plato, de Capitor.
En la primera planta, formada por cuatro saloncitos y la gran galería que, en
virtud de un juego de espejos, parecía prolongarse hasta los palacios vaticanos, había
realmente mucho que inspeccionar. Abrimos sólidas cómodas de ébano con taraceas
de marfil y bronce, o de raíz de roble con incrustaciones de palo de rosa, repletas de
viejas tacitas de porcelana. Dimos la vuelta a postigos pintados con vivos colores y a
duras penas desplazamos severos armarios oscuros, adornados con espirales y hojas,
flanqueados por cabezas de ciervo y solemnes columnas esculpidas en forma de
sátiro, ceñudos bargueños de cajones secretos y de polvorientos objetos de cristal.
Apartamos el imponente espejo de la chimenea, sobre cuya repisa había infinidad
de estatuillas de porcelana muy fina, entre otras, la de una rubia y delicada pastorcilla
con un cuévano; la de un joven deshollinador con gorra y escalera (quizá la más
peculiar), y la de un mandarín chino con el índice alzado (con claras marcas de rotura
reparadas con cola), en gesto admonitorio.
En las arcas que había debajo de las ventanas encontramos, entre teteras de plata
ennegrecidas, cordones y borlas de pasamanería para cortinas, y hasta una baraja de
cartas de juego procedente de París. El abate Melani metió la nariz incluso en las
estufas, de las que salió manchado de hollín.
Tosiendo por el polvo, enrollamos alfombras y dibujos franceses, levantamos
tapices enormes con escenas mitológicas y pastorales, por si hallábamos un boquete
secreto, una salida oculta que nos condujese a un cuartito recóndito e íntimo (¡pues
no es fácil esconder un globo!), en nuestra porfiada búsqueda de una señal que nos
acercase a los presentes de Capitor.
—Después de Louise de La Valliére —dijo Melani sonriendo entre dientes—,
empezó el reinado de madame de Montespan. Excepcionalmente hermosa, ingeniosa
y siempre a la moda, de sensualidad ardiente y alma de hielo, madame de Montespan
quiso conquistar al rey a toda costa, y eso se notaba. Él lo comprendió enseguida,
pero se le resistió. No sólo eso, sino que le tomaba el pelo. «Madame de Montespan
me querría para ella, pero yo no quiero», decía.
Al cabo, sin embargo, los sentidos del rey y su intelecto, huérfanos del corazón,
cedieron. El ascenso de madame de Montespan coincide con la muerte, o su simple
apariencia, de todo sentimiento. No es sólo que Luis pierda la capacidad de amar,
sino que ya nunca volverá a ser amado.
—Pero el Rey Cristianísimo tardaría mucho tiempo en darse cuenta de que
ninguna mujer lo había amado de verdad —añadió Atto con tono enigmático.
Con Athénaïs comenzaron los diez años de apogeo de Luis XIV, la era de la magnificencia y la arrogancia, que terminaría con el asunto de los venenos, cuando el
rey descubre que es él quien está a merced de sus amantes, no al revés. En esos años
dará lo peor de sí mismo, recibirá en su lecho a un sinfín de doncellas de intrépidas
esperanzas, siempre dispuestas y siempre distintas. No todas merecían ser
condenadas; algunas pretendían salvar así de la guerra a su joven marido o su novio,
o intentaban que el padre recuperase un patrimonio familiar injustamente confiscado
por el pérfido Colbert. Pero lo cierto es que el rey se deleitaba sobre todo
ensañándose con esas muchachas.
—Chico —soltó Atto al ver el horror pintado en mi rostro—, el Rey Cristianísimo
había sufrido, un día de un pasado lejano, como nunca creyó que se pudiese sufrir, él,
que había conocido el terror de la Fronda.
Así, como un niño cruel que por simple curiosidad inflige inefables
padecimientos a un pajarito, el rey observaba la ominosa quiebra de las ilusiones de
aquellas desdichadas para saber si sufrían como él había sufrido y si se podía llegar a
sufrir tanto. Dicho de otro modo, quería arrancar a esos corazones el secreto de su
dolor, el único que había hecho sucumbir al magnífico Rey Sol.
—Pero todo eso tenía lugar en la intimidad de los aposentos del rey —recordé a
Atto, mientras avanzábamos por la galería, bajo cuya gran bóveda resonaban nuestros
pasos.
En cambio, en la corte Athénaïs reinaba tranquilamente: «la amante reinante», la
llamaban parafraseando el título de «reina reinante», que distingue a la esposa del rey
de la reina madre. Y no andaban muy desencaminados. Con madame de Montespan,
Luis regaló a la corte un simulacro de reina: poseía la belleza excepcional y el
ingenio apropiados para enaltecer el esplendor de la corte de Francia.
—Irradiaba lujo y magnificencia, como la Aurora de Pietro da Cortona —dijo el
abate señalando el espléndido fresco del techo de la galería.
El fresco del Mediodía, que, entre la Aurora y la Noche, ocupaba el centro de la
galería, atrajo de pronto la atención de Atto. Representaba la caída de Faetón,
fulminado por Júpiter porque había querido conducir el carro del Sol.
—La primera vez que vinimos no me fijé en él. Para celebrar la culminación del
día, Benedetti eligió un hecho de soberbia castigada. En las paredes de abajo, en
cambio, puso lemas que exaltan al rey de Francia. Francamente singular.
—Sí —reconocí sorprendido—, parece una advertencia al Rey Sol. —«Tú eres
mortal, Faetón, y no lo por ti deseado» citó de memoria Atto, confirmando mi
observación—. Ovidio, Las metamorfosis.
El abate prosiguió con su narración. Athénaïs ejercía de soberana sin serlo:
recibía, departía, fascinaba a todos los embajadores. El rey la exhibía con sumo
placer, de lo que ella se jactaba; cumplía un servicio a la monarquía, vaya.
—Sabía perfectamente que en realidad Luis no la amaba —explicó Atto con amargura—, pero también que la necesitaba mucho «para que los demás viesen que
era amado por la mujer más hermosa del reino», como ella misma solía decir. En
definitiva, un ornamento como tantos otros.
Mientras Atto hablaba, llegamos al ventanal. De nuevo, ante la ilusión óptica del
juego de espejos, vi la galería multiplicarse y proyectarse al infinito hasta tocar la
cúpula de San Pedro. Aquel efecto deslumbrante y sofisticado recordaba el destino de
madame de Montespan, ilusoria reina de Francia.
—Athénaïs, como Maria, tenía el valor de enfrentarse al rey —añadió Atto—. No
le daba miedo decir lo que pensaba y poseía un gusto exquisito, como una auténtica
reina.
Durante la década de su «reinado» el palacio de Versalles se convierte en lo que
es aún hoy. El cartón piedra de las arquitecturas efímeras, que en los días de Louise
duraban una fiesta, se transmuta en rocas, travertinos, bronces, mármoles, todo
dispuesto conforme al orden secreto de lo imprevisto y de la sorpresa, y crea
bosquetes, fuentes y arriates. El gran canal se puebla de una flota enana de góndolas y
falúas, bergantines y galeras. El parque, que resopla bajo el manto de los bochornos
estivales, se motea del blanco y azul de los pabellones chinos.
Mas Athénaïs se dedica sobre todo a su residencia particular, no distante de
Versalles, cuyo esplendor reproduce en miniatura. El gran Le Nôtre (sublime genio de
la arquitectura, artífice del palacio y, antes, de Vaux-le-Vicomte, el infausto castillo
del superintendente Fouquet) tiene que superarse a sí mismo: jardines de nardos,
narcisos, jazmines, alhelíes, anémonas, y estanques de agua tibia perfumada con
hierbas aromáticas…
—… Y todo cuanto uno no puede ni imaginar si no lo ha visto. Una pena.
—¿Por qué decís eso? —pregunté intrigado por su melancólica queja.
—Porque tanta grandeza no corrió mejor suerte que el castillo de Fouquet. Todo
se destruyó con la caída en desgracia de su dueña, igual que Vaux tras el arresto de
Fouquet. Además, es otra prueba de lo que te estoy exponiendo.
—¿Por qué? ¿Qué ocurrió?
—Estalló el asunto de los venenos, chico, el mayor proceso del siglo, como ya te
he dicho. Tuvo que comparecer casi toda la corte. Al final la más involucrada,
después de Olimpia Mancini, fue Athénaïs. Hubo testigos que afirmaron haberla visto
en misas negras donde se sacrificaban niños y en las que ella participaba para
conservar el amor del rey. Todo se silenció, pero para Athénaïs fue el fin. Y el
cazador comprendió que había sido la pieza de caza.
Cuando se enteró de qué vilezas eran capaces sus amantes y supo lo de los ritos
satánicos, lo de las brujerías que habían cometido para ganarse sus favores en el
lecho, Luis comprendió que en el fondo de todos sus amores había muy poco amor.
Nunca se recuperó de aquella revelación. Creía que las cosas eran distintas respecto a los tiempos de Maria Mancini, cuando los suyos lo habían inmolado en el altar del
poder. Pero su destino se había repetido: una vez más, había sido un peón en el
tablero de quienes le juraban fidelidad. Y ahora estaba solo, no le quedaba ni el
consuelo de compartir su triste suerte con la mujer de su vida. Así se le abrieron las
puertas de la vejez.
Habíamos terminado de explorar la primera planta y empezamos a subir por la gran
escalera de honor. Llegamos así al tercer piso, donde antaño se alojaba la
servidumbre. Aquello parecía otro mundo: no había estucos en las paredes y los
techos, muebles ni adornos; sólo altillos para criados, otros para guardar talabartería,
y varios cuartos de servicio. Arañas, moscas y ratones eran señores absolutos de
aquellas estancias desnudas y tristes, que evocaban la tétrica imagen de la vejez del
Rey Cristianísimo.
Empezamos pacientemente a golpear las paredes con los nudillos en busca de
habitaciones secretas, de una trampilla entre los listones del suelo, de un cofre oculto
detrás del marco de una ventana.
Luego pasamos a un baúl. No quería abrirse; a diferencia de todos los muebles
que habíamos revisado hasta ese momento, estaba cerrado con llave.
—¡Ajá, a lo mejor lo tenemos! —exclamó el abate con recobrado buen humor—.
Baja al primer piso y busca un cuchillo en los cajones de los cubiertos. Creo que he
visto uno en el armario que sostiene el gran general Pata de Cabra —indicó con tono
socarrón aludiendo al imponente y severo sátiro de madera esculpido en el mueble.
En el primer piso no encontré nada, de modo que fui a la planta baja, donde sí
hallé un cuchillo. Antes de regresar con el abate, mi mirada se detuvo unos instantes
en un retrato colgado en la pared que previamente no me había llamado la atención.
Era de una dama no muy joven, bastante regordeta, cuyas facciones, aunque no
repulsivas, eran tan anodinas y ordinarias que desentonaban con la pomposidad del
retrato. Debía de ser, eso sí, un personaje de gran relieve. En la parte de abajo del
marco leí: «Madame de Maintenon.»
Era la tercera vez que me topaba con ese nombre. ¿No se trataba de la dama con
quien el Rey Cristianísimo se había casado en secreto, como me había contado Atto
Melani? Sí, en efecto. Volví a observar el retrato: el rostro vulgar, casi de pueblerina,