Siete Días Sin Besos
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Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
Siete Días Sin Besos
Sobrecubierta
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Tags: General Interest
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Michelle Styles
Siete Días Sin Besos
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Capítulo 1
Roma año 68 a. C.
–Lydia, ven a ver. Un hombre está discutiendo con Gallus -Sulpicia entró al tablinum con tal ímpetu, que a Lydia se le rompió el hilo del huso.
Lydia Veratia dejó el huso y fue hacia la ventana junto a la que estaba de pie su cuñada. Agradecía tener una excusa para dejar de hilar, aunque no fuera más que para observar como el sirviente de su padre se peleaba con alguien.
–¿De qué se trata esta vez? – preguntó Lydia mirando a través de los postigos. Gallus hablaba haciendo gestos con un desconocido.
Sulpicia se acercó aún más a la ventana y se puso la mano en el oído para amplificar el sonido.
–Creo que es algo relacionado con un pedido de vino.
–Creí que eso había quedado solucionado hace ya varias nonas -Lydia observó al hombre con el que discutía el desventurado sirviente.
Tenía los pies, cubiertos con unas sandalias, plantados con firmeza, como si se encontrara en la cubierta de un barco. La toga azul oscura y la túnica bordada que vestía demostraban que no se trataba de un simple sirviente. El hombre levantó la vista y Lydia se encontró de lleno con sus ojos. Él esbozó una tenue sonrisa y la saludó con una inclinación de cabeza.
Lydia cerró el postigo y se retiró de inmediato de la ventana.
–Estoy segura de que Gallus sabrá resolver el problema. Yo no puedo ocuparme de nada de eso; debo comportarme como una dama romana y quedarme hilando mientras mi padre me busca un esposo que me convenga.
–Publio ha enviado otra tablilla -dijo Sulpicia mientras se acercaba a ella para acurrucarse en su pecho-. Quiere saber si ha llegado el último cargamento de liquamen o si ha vuelto a retrasarse.
Lydia sintió un ligero dolor de cabeza. Debería haber imaginado que Sulpicia tendría un motivo para ir a buscarla, que querría que hiciera algo.
Normalmente a aquellas horas su cuñada estaba en los baños, chismorreando con sus amigas o enterándose de las últimas noticias sobre la guerra contra los piratas de boca de los pregoneros del foro.
–Debería preguntárselo a nuestro padre.
–Pero Cornelio ha estado enfermo y no quiero preocuparlo, sobre todo por algo tan insignificante -añadió Sulpicia con un mohín y llevándose la mano al vientre. Era evidente que el bebé estaba dándole pataditas-. Tú podrías enterarte, Lydia. Publio dice que el cliente se niega a dar más dinero hasta recibir la carga. Sólo quiero saber cuándo se envió. Lo buscaría yo, pero no sabría dónde hacerlo, sin embargo tú sabes dónde está todo en el estudio.
Lydia se frotó la nuca en un gesto dubitativo, pues no quería ceder a la tentación. Había dado su palabra.
–Antes de que se marchara le dije a Publio que guardara bien sus denarios. A veces los pedidos de liquamen tardan en llegar. Las ánforas en las que se transporta la salsa de pescado tienen una forma extraña y a veces el producto alcanza un precio muy elevado en Corinto. Ofelio tiene muy buena reputación.
–Publio estaba siendo muy cauto -aseguró Sulpicia sonriendo tímidamente-. Pero le surgieron unos gastos inesperados. Puede pasarle a cualquiera.
–Publio se gasta el dinero con demasiada facilidad.
Sulpicia parpadeó y le puso la mano en el brazo a su cuñada.
–Míralo tú… te lo pido como un favor especial. Me quedan pocos meses para dar a luz y tengo la misma delicadeza que los elefantes de guerra de Aníbal.
–Mi padre me tiene prohibido entrar en su despacho; las mujeres deben dedicarse a atender las labores de la casa y no a buscar listas de envíos.
Últimamente tiene un humor muy cambiante, está muy raro desde la enfermedad -añadió Lydia haciendo un esfuerzo para ocultar la amargura de su voz.
–Nuestro padre no se da cuenta de que tú salvaste esta casa cuando él cayó enfermo. Vamos, Lydia, habrás salido antes de que nadie se dé cuenta -
dijo en un susurro de conspiración-. Gallus está ocupado con ese hombre.
Encuentra la tablilla y tráela. Si no quieres hacerlo por mí, piensa en cuánto se enfadará nuestro padre cuando descubra la deuda de Publio. Podría incluso sufrir otro ataque.
Viéndolo desde esa perspectiva, la petición de Sulpicia resultaba aún más tentadora. Dejaría de hilar durante un rato y podría además comprobar el estado de otros pedidos. Su padre tenía buena intención, pero lo cierto era
que no era el mismo de siempre; las cosas se le perdían a menudo. Esa misma mañana, Lydia había oído protestar a Gallus por tener que buscar unos rollos que se habían extraviado. Se quedó pensativa unos segundos. La noticia de que su hermano había vuelto a sus costumbres derrochadoras podría desde luego provocarle una recaída a su padre.
–Publio debería haber tenido más cuidado.
–Yo seguiré hilando por ti, Lydia -le ofreció Sulpicia como último recurso-. Nadie sabrá que estuviste allí. Cornelio está en el senado. Un vistazo, eso es todo lo que te pido.
Lydia miró el enorme montón de lana que la esperaba.
–Está bien, Sulpicia, pero sólo por esta vez.
Ya había oído demasiadas excusas de aquel sirviente.
Quinto Fabio Aro lanzó una mirada de rabia a la puerta cerrada.
¿Cuántos días tendrían que seguir parados sus barcos en Ostia, esperando el prometido cargamento de vino de Falerno?
El dinero que había recibido por el vino le permitiría poner en marcha la última fase de su plan; podría por fin cumplir la promesa que había hecho a su padre en su lecho de muerte. La familia Fabio volvería a ser una de las más importantes de Roma, se prometió apretando la empuñadura de la daga.
Aquella estancia, con su suelo de mosaico y sus paredes decoradas con frescos, denotaba riqueza y esplendor, o al menos eso pensó Aro hasta que observó detenidamente el delfín que había en el centro del intrincado mosaico. Faltaba una tesela, señal inconfundible de que aquel hogar sufría algún problema de dinero, igual que lo eran las manchas de humedad que distinguió en el fresco junto a la ventana. Parecía que Veratio Cornelio no tenía una situación tan acomodada como pretendía hacer creer.
Esbozó una lúgubre sonrisa. Ese tramposo lo tenía bien empleado.
Nadie jugaba con Fabio Aro.
Hacía dieciocho meses, en la cubierta de su trirreme preferido, el Lobo de mar, había negociado con Veratio Cornelio transportarlo a él y a sus especias a Corinto a cambio de un cargamento de vino de Falerno. Ahora había llegado el momento de que el senador cumpliera con su promesa antes de que los vientos cambiaran y resultara imposible navegar hacia el norte de África y Cirene.
Tres veces había enviado a sus hombres y tres veces los habían despedido con la misma promesa: el rollo se había extraviado, pero el vino
llegaría al día siguiente.
Ahora el senador tendría que responder ante él.
Aro bajó la cabeza para escuchar con atención. La sala había estado en silencio hasta aquel momento, pero estaba seguro de que ahora se escuchaba el sonido de un estilete al raspar el papiro. Sin duda Veratio Cornelio había creído que la inoportuna visita se había marchado y había decidido volver al trabajo, lo que demostraba su cobardía.
Por el tridente de Neptuno, debería haber dejado a Veratio Cornelio en el mar en lugar de rescatarlo tras el hundimiento del barco. Debería haber recordado las palabras de su padre sobre el modo en que los Veratio retorcían siempre la verdad.
–¿Dónde está el vino de Falerno que me prometiste, Veratio Cornelio? –
preguntó Aro al tiempo que abría la puerta de golpe-. Tú y yo teníamos un acuerdo.
Se quedó inmóvil en el umbral de la puerta porque, en lugar de un senador de pelo gris concentrado en sus tablillas y rollos de papiro, encontró a una mujer con una túnica azul. El pelo castaño oscuro se le escapaba en mechones que le caían sobre el rostro. Al oír la puerta, su mano se quedó paralizada dejando a medias lo que estuviera escribiendo. Abrió los ojos de par en par, pero no tardó en recuperarse del susto y esconder un rollo bajo las tablillas que cubrían la mesa.
–¿Quién es usted? Gallus va de mal en peor -la dama enarcó una ceja perfectamente delineada, pero Aro se fijó en que tenía una mancha de tinta en la cara-. Esto es un despacho privado. ¡Salga de aquí inmediatamente!
–Usted no es Veratio Cornelio.
–No, no lo soy -bajó la cabeza y siguió anotando de manera intencionada.
Aro esperó a que dijera algo más, pero parecía tener toda su atención centrada en la escritura.
–Está sola.
–¿Tiene costumbre de afirmar todo lo evidente?
–Tengo negocios con el senador Veratio Cornelio.
–Mucha gente hace negocios con él. Es uno de los senadores más importantes de Roma -movió las tablillas con gesto de impaciencia y miró hacia la puerta-. Me temo que tendrá que esperar su turno.
Aro respiró hondo. No iba a permitir que lo despachara tan sencillamente, como si no fuera más que un mensajero. Además, ¿quién era esa mujer? ¿Sería la esposa de Veratio Cornelio? ¿Y por qué estaba en su despacho?
–Es imprescindible que hable con él -dijo midiendo bien su tono de voz y sin mirarla directamente a la cara-. Soy Fabio Aro.
Esperó a recibir la respuesta y el reconocimiento que merecía como jefe de la casa Lupan, una de las casas de comercio más importantes del Mediterráneo occidental.
–Ese nombre no me dice nada -contestó ella volviendo a mirar a las tablillas, pero unos segundos después levantó la vista y clavó sus ojos castaños en él-. Debería hablar con su ayudante, es él quien se encarga de estos asuntos.
–Ya lo he hecho, fue él el que me envió aquí.
–Pues le ha hecho perder el tiempo -volvió a hacer un gesto indicándole la puerta-. Le suplico que no lo pierda más.
Aro hizo caso omiso a aquella clara invitación a marcharse. Veratio Cornelio tendría que volver en algún momento y él iba a averiguar por qué había creído que podría tomarle el pelo de aquella manera. No tenía ningún sentido. Como tampoco tenía ningún sentido que una mujer de buena cuna, como sin duda lo era aquélla, estuviera ordenando tablillas como un escribano.
–Usted no debería estar aquí.
–Soy Lydia Veratia. Tengo todo el derecho del mundo a estar aquí.
Su respuesta fue rápida y la acompañó de un ligero movimiento de cabeza y de una mirada desafiante. Aro se llevó la mano a la barbilla; no estaba del todo seguro de que aquellas palabras fueran verdad. No sabía dónde debería estar Lydia Veratia, pero desde luego no era allí.
–No creo que su padre sepa que está aquí mirando sus cosas.
–Está diciendo tonterías -levantó la cara y lo miró fijamente, retándolo a responder en lugar de acobardarse como habrían hecho la mayoría de las mujeres y también muchos hombres-. Tengo su permiso. ¿Qué le hace pensar que no sea así?
–No gritó al verme entrar, ni llamó al criado -Aro fue enumerando los motivos disfrutando del gesto de incomodidad que iba dibujándose en el rostro de Lydia.
Se acercó y le quitó de la mano la tablilla que había estado leyendo. Era una orden de envío de un pedido de liquamen con el sello de la casa de Ofelio. Se atrevía a apostar que la salsa de pescado no alcanzaría su destino.
Ofelio solía utilizar aquel sello en los cargamentos que desaparecían misteriosamente.
–De hecho, tengo la sensación de que prefiere que nadie sepa que está en las habitaciones privadas del senador, rebuscando entre sus rollos de papiro.
–¿Siempre se entretiene tanto en inventar historias? – le quitó la tablilla de la mano y se puso en pie.
Era más alta de lo que Aro había esperado.
–¿Quiere que llamemos al criado para ver si tengo razón?
La tensión se reflejó en el rostro de Lidia Veratia.
–No creo que sea necesario -farfulló ella mirando al suelo.
–Dígame cuándo podré ver al senador y no se lo diré a nadie, se lo prometo -hizo un esfuerzo por sonreír, pero continuó mirándola como un halcón. Si conseguía ponerla de su lado, le sería más fácil encontrar a Veratio Cornelio. Ese cobarde se había escondido y dejaba que una mujer hiciera su trabajo-. Mi barco espera un cargamento de vino de Falerno que debería haber llegado hace tres semanas. Su padre y yo teníamos un acuerdo. ¿Debo suponer que dicho acuerdo tiene tan poco valor como la orden que tiene en sus manos? Créame, esa salsa de pescado no llegará a Corinto. Con esa casa comercial es mejor tener el dinero en la mano antes de nada.
Lidia Veratia levantó el rostro de golpe al oír aquellas palabras, tenía los ojos llenos de furia.
–Mi padre no llegó a tal acuerdo -aseguró con un golpe en la mesa que hizo que se moviera todo lo que había sobre ella-. Si lo hubiera hecho, yo lo sabría.
–¿Acaso está al corriente de todos los negocios de su padre?
–De la mayoría. Él… confía en mí -añadió con voz tranquila-. Y… se equivoca sobre el liquamen. Se ha retrasado. Eso es todo.
Se encogió de hombros y el manto que llevaba sobre los hombros se le escurrió dejando a la vista la delicada piel de su cuello, pero enseguida volvió a ponérselo y la visión no fue más que una especie de espejismo. Sin duda una maniobra destinada a distraer su atención. Aro había visto
utilizarlo a demasiadas mujeres como para dejarse engañar. No pudo evitar sin embargo que se le acelerara el pulso.
–¿Por qué no buscamos a su padre y lo discutimos con él? Así podrá usted demostrarme que me equivoco -Aro apoyó ambas manos en la mesa y se inclinó hacia delante, así vio como el color desaparecía del rostro de la dama-. Usted debe de saber dónde se encuentra y cuándo se espera que regrese. ¿O eso tampoco se lo dijo?
–Eso no es asunto suyo -agarró el estilete y señaló la puerta una vez más-. Váyase o llamaré al criado. No comprendo como le ha dejado entrar aquí solo. ¿Con qué lo sobornó?
–No ha sido necesario que le ofreciera ningún tipo de soborno. Me escuchó y lo comprendió -se puso en tensión al ver que ella miraba a su alrededor. ¿Qué iba a intentar? ¿Qué haría para distraer su atención esa vez?
No pudo evitar recordar la última vez que se había encontrado con un oponente tan intrigante-. Su padre me debe un material muy valioso, por lo tanto es asunto mío.
–Aún no hemos establecido que realmente le deba algo -replicó ella con expresión relajada, pero el modo en que apretaba los puños delataba su tensión-. No ha ofrecido ninguna prueba, sólo su palabra.
Aro se estiró la toga, dando la impresión de no tener la menor prisa, pues ni Lydia Veratia ni su padre debían saber que se encontraba en una situación realmente precaria. Una hora más y habría desperdiciado otra marea. Cada día de retraso lo acercaba un poco más a los feroces fríos del norte, con los que sería muy peligroso navegar. El vino de Falerno valía más que su peso en oro, pero ni siquiera en su juventud, cuando lo único que le había importado era amasar una fortuna, habría puesto en peligro a sus hombres echándolos a la mar cuando hubieran empezado a soplar los vientos. Había conseguido mucho éxito sabiendo juzgar el estado del mar, llevando la carga al mercado y, lo más importante, conservando a sus hombres para el siguiente viaje. El problema era que aquel dinero le valdría para pagar a un intermediario que conseguiría que entrara a formar parte del senado. Así quedaría cumplida la promesa que le había hecho a su padre y su rama de la familia Fabio, habría recuperado el lugar que le correspondía en lo más alto de la sociedad.
–Su padre y yo hicimos un trato hace dieciocho meses. Me ofreció oro y un cargamento de vino de Falerno a cambio de que yo lo transportara a
Corinto. Yo daba el negocio por hecho hasta que el capitán de uno de mis cargos me dijo que no había podido recoger la carga. Acaba de regresar a Roma procedente de Egipto.
El gesto de Lydia Veratia cambió de pronto al oír aquello.
–Usted es el pirata que reclamó un rescate después de que el barco de mi padre sufriera algunos daños en una tormenta.
–No, soy el mercader que dio cobijo a su padre a bordo de mi barco cuando el suyo estaba a punto de hundirse -Aro pronunció cada una de las palabras con extremo cuidado, pero con evidente rabia. Llevaba años poniendo en peligro su vida y sus barcos, luchando con otras tripulaciones por llegar el primero a puerto y rara vez dudaba en seducir a una bella mujer, pero jamás había ejercido la piratería-. Si nosotros no hubiéramos estado allí, su padre se habría ahogado. Perdí a dos valiosos hombres en la tormenta, por salvar las especias de su padre.
–Pero él le pagó más que suficiente por el esfuerzo.
–¿Acaso es experta en dichos asuntos? ¿A qué se debe eso? ¿Es usted la escribana de su padre? – preguntó sin poder ocultar la incredulidad que le merecía la idea, pero Lydia continuó mirándolo sin inmutarse, por lo que él optó por sonreír de manera indulgente, algo con lo que había cautivado a muchas mujeres-. Habría jurado que tendría la cabeza ocupada en otras cosas como llevar la casa y no en un trabajo tan aburrido como el de supervisar la contabilidad del negocio de transportes de su padre.
En lugar de echarse a reír, Lydia Veratia frunció el ceño.
–Sé muy bien lo que se paga por un pasaje a Corinto, no es tan difícil de averiguar. La tarifa es de treinta denarios, mucho menos de lo que usted cobró -en su voz había un toque frío como el hielo.
–Hay viajes y viajes -Aro apretó los dientes. La última vez que alguien se había atrevido a cuestionar sus tarifas apenas se había secado aún la pintura de su primer barco-. Puse en peligro mi vida y la de mis hombres por rescatar a su padre y el cargamento de su embarcación.
–Soy una mujer, pero no tengo nada de tonta, así que le pido que no me trate como si lo fuera.
–Yo nunca he dicho que usted careciera de inteligencia -respondió Aro rápidamente-. Pero pensaba que preferiría dedicarla a otros asuntos.
–En lo que yo ocupe mi mente no es asunto suyo, pero le diré que prefiero los negocios al hilo y el huso. Además, mi padre valora mis
opiniones -bajó la cabeza y continuó mirando las tablillas-. El vino de Falerno está en otra parte. Se vendió al mejor postor en las últimas nonas -le mostró una de dichas tablillas-. Todo fue perfectamente legal. Debería estar satisfecho con la tarifa que cobró por el pasaje a Corinto y por la comisión que, según tengo entendido, recibió por las especias.
Aro la agarró de la muñeca, impidiéndole que se moviera. Estaba harto de traiciones. Si Veratio Cornelio creía que podía engañarlo sólo porque era mercader y no un senador romano, estaba muy equivocado. Las palabras de su padre resonaron en su mente.
–¿Qué quiere decir con que se vendió?
–¡Suélteme!
–No hasta que me diga a quién se vendió y por qué. Su padre no tenía derecho a venderlo, teníamos un acuerdo que lo obligaba legalmente.
–¡He dicho que me suelte! No es asunto suyo quién compró el vino.
Lydia intentó zafarse de la mano de aquel hombre de hombros anchos y fuertes que había invadido el sanctasanctórum de su padre, pero sus dedos se lo impidieron. Era un hombre peligroso, indómito. Estaba tan cerca de él que podía ver el brillo dorado de sus ojos.
Se mordió el labio inferior. Debería haber llamado a Gallus nada más verlo entrar en la habitación, pero eso habría ocasionado muchas preguntas por parte de su padre sobre su presencia allí. No deseaba provocar su furia.
No, ya era tarde para lamentos.
Bajó la mano y entonces, tan repentinamente como la había agarrado, la soltó. Sintió un hormigueo en la piel que él había tocado y se frotó la muñeca para deshacerse de tal sensación.
–Claro que es asunto mío, mucho más que suyo -respondió con voz tranquila, pero sin apartarse de su lado-. La mayoría de las mujeres se dedicarían a hilar en lugar de revolver rollos y tablillas. ¿Por qué sabe tanto de los negocios de su padre? Aún no me ha explicado por qué desea mantenerlo en secreto.
Lydia sintió como la ira crecía dentro de ella. Su vida iba más allá de los hilos y los chismorreos de los baños; ella no era una de esas mujeres que vivían sólo para el placer. En los últimos seis meses, además de llevar la casa, había aprendido a llevar también los negocios de su padre, y lo hacía bastante bien. No necesitaba que un capitán de barco le dijera lo que debía hacer.
Vender el vino de Falerno había sido un golpe maestro. Pompeyo había barrido a los piratas del Mediterráneo, con lo que había acabado también con el negocio de su padre. Publio siempre había asegurado que aquel hombre era un afamado pirata. El vino de Falerno había pasado toda una temporada en un almacén, olvidado, y durante la enfermedad de su padre, cuando las facturas del doctor se habían añadido a las ya cuantiosas deudas, le había parecido que lo más sensato era venderlo. El pirata, aun estando vivo, jamás se atrevería a reclamarlo.
Problema resuelto. El honor de los Veratio quedaba salvado.
Al mirar a los ojos marrones de aquel hombre y notar el calor de su respiración en la mejilla, Lydia sintió un extraño desasosiego. Quizá debería haber vendido otra cosa, pero en aquel momento le había parecido la única solución. Su padre debía vivir. Los médicos y adivinos reclamaban dinero y Publio había perdido una fortuna en el juego.
No, había hecho lo que debía.
¿Cómo sabía siquiera si ese hombre decía la verdad? Podría haber oído la historia en algún lugar y había decidido reclamar los bienes como si le pertenecieran. Lydia respiró hondo. Sí, sin duda era eso. Tenía que serlo.
–No pretendo hacerle ningún daño. Sólo quiero lo que me pertenece legítimamente.
–Pompeyo ha acabado con todos los piratas -dijo Lydia apretándose el puente de la nariz. Aquel hombre estaba poniendo su vida en peligro al aparecer allí; la vía Apia estaba flanqueada por una larga hilera de piratas crucificados-. Los piratas ya no son un peligro y la gente ha dejado de temerlos.
–Y yo me alegro de ello -afirmó con exageración burlona y acompañando sus palabras con una reverencia que dejó ver una pierna fuerte, musculosa por el trabajo-. Los piratas llevan años amenazando a los comerciantes de bien; los mercaderes hemos sufrido mucho por su culpa.
–Entonces usted no es pirata -murmuró Lydia llevándose la mano a la boca. La posibilidad de que Publio le hubiese mentido hizo que se le encogiera el estómago. Eso significaría que había cometido un terrible error.
–¿Estaría aquí, en Roma, a plena luz del día si lo fuera?
–¿Cómo voy a saberlo?
–¿Le parezco tan tonto como para aparecer en Roma sabiendo que han puesto precio a mi cabeza? – le preguntó él enarcando una ceja y con media
sonrisa en los labios.
Lydia no tenía la menor duda de que a la mayoría de sus amigas a esas alturas ya les estarían temblando las piernas. Tenía unos ojos preciosos y unas piernas que no tenían nada que envidiar a las de los gladiadores.
–Puedo asegurarle que mi vida vale mucho más que un cargamento de buen vino -añadió él.
Lydia apretó los labios con fuerza mientras admitía ante sí que lo que decía parecía lógico. Habría sido un auténtico suicidio presentarse en Roma, sobre todo si se hubiera tratado de un pirata tan reputado como había asegurado Publio. Tenía que ser un impostor, pensó entonces con alivio. Un impostor que se había enterado del negocio que su padre había hecho con el hombre que lo había rescatado en el mar.
–No sé lo que haría usted y lo que no -se cruzó de brazos y lo miró fijamente-. No es asunto mío. ¿Qué prueba tiene de que ese vino era para usted? También podría ser que oyera la historia del vino por ahí y pensara que merecía la pena intentar hacerse con él mediante un engaño.
–Si la dama quiere una prueba, sin duda la tendrá -hizo una nueva referencia y sacó una tablilla.
El corazón le dio un vuelco al ver el primer sello. Una cabeza de lobo.
–¿Pertenece usted a la casa Lupan?
–Estoy al frente de ella, sí.
La impresión fue aún mayor cuando vio el sello que había junto al primero, era el de su padre. Aquel hombre era el legítimo dueño del vino, el mismo vino que ella había vendido sin el consentimiento de su padre y sin que lo supiera siquiera.
Las cosas iban de mal en peor. Había oído todo tipo de rumores sobre los éxitos de la casa Lupan. Se decía que el jefe de dicha casa de comercio había sido bendecido por los dioses, que era un auténtico hijo de Neptuno, dios del mar. Un hombre que, al igual que el rey Midas, convertía en oro todo lo que tocaba, y no era de extrañar con los precios que cobraba.
–Debería habérselo dicho al criado. Debería haberme dicho quién era.
Fabio Aro emitió un sonido de furia y Lydia maldijo su mala fortuna.
¿Por qué habría mentido Publio acerca del vino? Si lo hubiera sabido, jamás lo habría vendido. Había cometido un gran error al ofender a una de las casas más poderosas del Mediterráneo. Pero lo peor era que seguramente Publio lo había sabido desde el primer momento.
–¿Dónde está mi vino? – preguntó Aro de nuevo, esa vez con un ligero toque de amenaza.
–Vendido, ya se lo he dicho -se apretó el manto alrededor de los hombros.
–Entonces Veratio Cornelio me debe el oro de la venta. Ha vendido algo que me pertenece y por lo que habría podido recibir tres veces más en el norte de África.
Lydia tragó saliva. Tres veces más, debía de estar mintiendo. Se atrevió a levantar la vista hacia él. Sus rasgos parecían más duros y firmes. Decía la verdad. Jamás debería haber caído en la tentación, debería haber vendido alguna de las propiedades del norte. Cualquier cosa menos el vino.
–Necesitaré algún tiempo para reunir el dinero -empezó a decir mientras buscaba una buena excusa para ganar dicho tiempo.
–Tiempo es algo que no tengo. Tengo muchos compradores en la costa africana esperando ese vino; tendré que comprarlo en otro lugar y arriesgarme a emprender viaje con los vientos del norte.
–Tendrá que hablar de ello con mi padre -dijo Lydia con un gesto de dolor.
No le quedaba más remedio que explicarle la situación a su padre y enfrentarse a su ira. La cuestión era como darle la noticia. Los médicos le habían dicho que debía estar tranquilo y no dejar que nada lo preocupase.
Estaba segura de que encontraría un comprador para las propiedades de su madre, si disponía de unas semanas.
–Estamos donde empezamos. Debo hablar con su padre.
–¿Quién desea hablar conmigo? – Lydia oyó la voz de su padre-. ¿Quién se atreve a invadir mi sanctasanctórum sin mi permiso?
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Capítulo 2
Lydia cerró los ojos al oír la voz de su padre. Y Sulpicia creía que podría entrar y salir de su estudio sin que nadie se enterase… Ahora todo saldría a la luz.
Miró a Aro con furia, se estiraba la túnica sin la menor preocupación.
Todo era culpa suya. Todo. Si hubiera acudido a recoger su vino de Falerno cuando debería haberlo hecho, nada de aquello habría sucedido. Qué propio de un pirata actuar de un modo tan poco limpio. Incluso mientras pensaba aquellas palabras, Lydia se daba cuenta de lo injusta que estaba siendo.
–Gallus me dice que se ha requerido mi presencia de manera urgente -
las palabras de su padre retumbaron en la habitación-. Ha venido corriendo al senado y yo he tenido que excusarme para salir durante el discurso de Cato sobre la necesidad de limitar los estanques de peces en Roma. Así que más vale que haya una buena razón para hacerme venir.
–Este hombre, padre -comenzó a decir Lydia, consciente de que de nada serviría tratar de esconderse. Tenía que enfrentarse a su padre y aceptar el castigo que le impusiese. No quería ni pensar el daño que podría hacerle una confrontación con Fabio Aro cuando apenas se había recuperado aún del último ataque.
–Veratio Cornelio, por fin volvemos a vernos -la interrumpió Aro sin darle oportunidad a que dijera nada más. Su voz parecía tranquila, nada que ver con el modo en que le había hablado a ella-. Espero que la vida te haya tratado bien desde que nos separamos en Corinto. Como te prometí, tus especias se vendieron al doble de lo que esperabas.
–Fabio Aro. Sin duda vendrás en busca de tu vino. Ya iba siendo hora, las ánforas deben de estar ya llenas de telarañas, pero seguro que también podrás venderlo a mejor precio -su padre se detuvo en la puerta a estirarse la toga, especialmente la banda púrpura que la adornaba y que denotaba su clase social. La expresión de su rostro se endureció al verla a ella-. Lydia, has vuelto a abandonar tus labores. ¿Acaso no recuerdas lo que hablamos ayer mismo? Perdona a mi hija, Fabio Aro. Las jóvenes de hoy en día arruinarán a la república. En mis tiempos las mujeres siempre dejaban que los hombres se ocuparan de los negocios. Como decía Cato esta mañana,
¿dónde irá a parar todo esto?
Lydia trató de hacer caso omiso a la ceja enarcada de Aro y a su gesto de superioridad, pero por dentro se lamentaba de haberse mostrado tan arrogante antes, pues acababa de quedar muy claro que había mentido.
Mientras retorcía el cinturón entre los dedos, pensaba en que no podría explicar como su padre la había animado a hacerse cargo de todo al caer él enfermo y como sin embargo parecía haberlo olvidado todo después de haberse recuperado. A veces, Lydia estaba a punto de creer a los adivinos que afirmaban que un demonio se había apoderado del cuerpo de su padre.
Desde luego aquella era la última vez que ayudaba a Sulpicia y a Publio; de ahora en adelante Sulpicia tendría que recurrir directamente a su padre. Aquella mañana al despertarse se había atrevido a esperar que todo empezase a volver a la normalidad después de tanto tiempo, que su padre volviera a hacerse cargo de los negocios y ella pudiera volver a los baños a comentar con sus amigas las últimas obras de teatro y poesía o los escándalos, en lugar de preocuparse por a qué comerciante debían pagar primero y cuándo debía cosecharse el grano. Su intención había sido cumplir con su promesa, pero ahora su padre sabía que no lo había hecho.
Estaba además el asunto del vino…
Su padre dio un paso hacia el escritorio, pero entonces empezó a tambalearse. A Lydia se le cortó la respiración. No era ni la sombra del hombre que había sido y era evidente que Aro también lo había notado. Ni rastro quedaba ya de aquel enorme hombre con unas ansias de vivir igualmente grandes, en su lugar había un anciano encogido y con los ojos acuosos. Lydia observó detenidamente a Aro para ver su reacción, pero su rostro parecía una pieza de mármol. Permanecía inmóvil con la mano en la empuñadura de la daga.
–Parece haber algún tipo de problema con el cargamento de vino -dijo Aro-. Me preguntaba si podrías ayudarme a solucionarlo.
–¿Un problema? ¿Qué clase de problema? – Veratio Cornelio ladeó la cabeza sin comprender-. Yo aparté esas ánforas tal y como te prometí. Un Veratio jamás rompe sus promesas, por mucho que la haya hecho en la cubierta de un barco y calado hasta los huesos.
Lydia cambió de postura con inquietud. Tenía que decírselo. Tenía que confesárselo aun sabiendo que corría el riesgo de hacerlo recaer.
–El vino ya se vendió, padre.
–¿Qué? ¿Por qué y con el permiso de quién? – Veratio Cornelio tenía el rostro enrojecido y tuvo que apoyar una mano temblorosa en la mesa-.
¿Quién podría haber hecho eso? ¿Qué esclavo insensato se ha atrevido a hacer una cosa así? Dímelo y será castigado de inmediato, será azotado sin piedad.
Lydia dio un paso atrás. Lo que menos le convenía en aquel momento era que su padre explotara; tenía que hacerle comprender que había sido la única manera que había encontrado para sobrevivir.
–Yo tomé la decisión de vender el vino, padre -admitió por fin mientras se retiraba un mechón de pelo de la cara y trataba de no ver siquiera al hombre que tenía al lado. Tenía que procurar que su voz sonara tranquila-.
Publio estuvo de acuerdo conmigo en que era lo mejor que podíamos hacer.
–Tú vendiste el vino -repitió su padre como si realmente no lo creyera.
–Sí, y el oro que obtuve por él ya se ha gastado -sentía el borde de la mesa clavándosele en los muslos. Deseaba salir corriendo, pero no podía huir, tenía que enfrentarse a la terrible expresión del rostro de su padre-. Me equivoqué al no decírtelo antes…
–¿Cuándo tenías pensado contarme lo que habías hecho, Lydia? – cada una de sus palabras dolía como un latigazo-. Tomaste mi sello sin pedírmelo y vendiste algo sobre lo que no tenías ningún derecho. Por Júpiter, necesitas un marido que te controle. Nunca debería haber escuchado tus consejos ni los de tu hermano; seré yo quien decida con quién te casas.
Lydia tenía un nudo en la garganta que le impedía hablar. Deseaba explicarse, pero sabía que su padre no iba a darle oportunidad de hacerlo.
Los médicos y adivinos habían exigido que se les pagara por sus servicios, por no hablar del boticario.
¿Qué otra cosa debería haber hecho? ¿Dejar que su padre muriera o, si sobrevivía, quedara completamente deshonrado? Su posición como senador era muy importante para él y para toda la familia. Lydia no había podido permitir que perdiera dicha posición sólo porque el destino hubiera querido que cayera enfermo.
–Lo hice por ti, padre -susurró, pero él estaba mirando a Aro y no dio la menor muestra de escucharla.
–Si me concedes unos días, hasta las próximas nonas, reuniré el dinero -
aseguró Veratio-. El honor me obliga a encontrar tu oro y lo tendrás tan
pronto como sea posible. Mi reputación y la de toda mi familia están en juego. Lamento sinceramente lo sucedido.
El mercader cruzó los brazos sobre el pecho. Lydia se fijó en los músculos que sobresalían de los antebrazos. A diferencia de su hermano y de su padre, aquél era un hombre que se ganaba la vida con su trabajo. Su rostro parecía cada vez más cercano al mármol.
–Lamento no disponer de ese tiempo -declaró Aro sin un atisbo de comprensión-. Me diste tu palabra, Veratio Cornelio; pusiste todo tu honor en esas ánforas de vino. Mis hombres murieron por ti y por tus especias.
–Jamás imaginé que a la insensata de mi hija se le ocurriera venderlas -
respondió su padre dando un golpe en la mesa-. ¿Qué hiciste con el dinero, Lydia, te compraste una túnica de seda nueva? ¿Qué tenías que hacer que no pudiera esperar?
–Yo… -Lydia trataba de encontrar las palabras necesarias para explicarlo sin que Aro se enterara de lo enfermo que había estado su padre; si se llegaba a saber, no habría esperanza de obtener más concesiones y negocios. Y, lo que era aún peor, el censor podría incluso retirar todos los derechos de su padre y la familia quedaría sin el estatus del que disfrutaban-. Padre, hice lo que pensé que era mejor en tales circunstancias…
Un gesto autoritario de su padre cortó sus palabras.
–Pensar nunca es bueno para una mujer -respondió-. Ningún hombre te aceptará como esposa si cree que te interesan las labores masculinas. ¿Por qué no puedes interesarte del mismo modo en las artes domésticas que le corresponden a una mujer?
–Hice lo que era necesario -insistió ella con la mirada clavada en el mosaico del suelo para que su padre no pudiera ver el daño que le hacían sus palabras. Se había esforzado tanto en los últimos meses mientras él estaba en cama… ¿Acaso no se había dado cuenta? ¿Acaso pensaba que su vasto imperio había funcionado solo? Publio había marchado al este con Pompeyo sin mirar atrás, pero las decisiones no habían podido esperar. La vida de su padre había dependido de dichas decisiones. Lydia agarró varios rollos de papiro que había sobre la mesa-. Todas las transacciones están por escrito. Ese dinero no se malgastó.
Su padre apenas miró los rollos, con lo que la angustia de Lydia no hizo más que aumentar.
–Tendrás tu dinero, Fabio Aro, pero tendrás que darme algún tiempo para que lo reúna.
–Ya he perdido demasiado tiempo -sus ojos brillaban con un destello dorado que a Lydia le recordó a la mirada de un lobo-. Lo que debo hacer es declararte deudor hoy mismo. Seguro que el censor tendrá algo que decir sobre un senador incapaz de pagar sus deudas.
–¡No haga eso! – exclamó Lydia-. No puede culpar a mi padre, él no sabía nada. Acaba de enterarse. Reuniremos el dinero de algún modo.
Padre, contamos con mi dote, las propiedades en el norte de Italia. Si la venta se hace bien…
Pero Aro negó con la cabeza y su mirada se hizo aún más dura que el ámbar.
–¿Hay algo que pueda hacerte cambiar de opinión? ¿Aceptarías alguna otra cosa a cambio? – preguntó su padre.
–No tienes nada que yo necesite o quiera.
Al oír aquello, su padre se llevó ambas manos a la cara y se arrodilló en el suelo.
–Estoy arruinado. Completamente arruinado, y todo por darles demasiado a mis hijos.
Lydia se acercó a su padre para ayudarlo a levantarse, pero él rechazó su mano. Ella miró a Fabio Aro, que seguía inmutable.
Un escalofrío recorrió su espalda al darse cuenta de que el mercader tenía un plan, y no era nada bueno. Fabio Aro iba a arruinarlos por su culpa, por haber vendido la carga de vino. Tenía que hacer algo antes de que fuera demasiado tarde. Su padre no tenía la fuerza suficiente para soportar la cárcel.
–Si pretende castigar a alguien, castígueme a mí -dijo ella-. Mi padre actuó de buena fe; apartó el vino para usted. Fui yo quien lo vendió sin que él lo supiera, cometí un error. Así que si debe culpar a alguien, es a mí.
Contuvo la respiración y esperó. Él enarcó una ceja y después la miró de arriba abajo; primero el rostro, luego el cuerpo, como si estuviera desnudándola mentalmente. Lydia hizo un esfuerzo por mantenerse inmóvil, por no mostrar el terror que sentía.
–Quizá sí que haya algo que me interese -afirmó Aro con gesto pensativo.
–¿De qué se trata? – preguntó su padre.
–Tu hija.
–Mi hija no es parte del negocio -respondió de inmediato-. Lydia, puedes marcharte, ya has hecho demasiado.
Veratio Cornelio se puso en pie sin ayuda de nadie. En su voz se percibía un atisbo de su poder de otros tiempos. Lydia ya no podía hacer nada allí, así que comenzó a dirigirse hacia la puerta; debía obedecer a su padre aunque no quisiese marcharse, pues lo que iban a discutir era su destino.
–Hay muchas cosas de las que puedo desprenderme antes de vender a mis hijos -aseguró su padre sin molestarse siquiera en mirarla.
–No hablo de convertirla en mi esclava, sino de coemptio, de matrimonio entre un ciudadano romano y una mujer patricia.
Lydia se quedó helada con la mano en la puerta. No podía marcharse, no cuando su futuro estaba en juego.
¿Matrimonio? Sin duda las Furias habían invadido a Fabio Aro. Ella era hija de un senador y él, un mercader. Quizá fuera rico y poderoso, pero no pertenecía a la clase noble. Lydia se atrevió a echarle un vistazo, pero su rostro no revelaba nada, sólo podía ver la firmeza de su mandíbula y el brillo dorado de sus ojos. Era un hombre innegablemente atractivo, de pelo negro, hombros anchos y una bonita sonrisa, pero el matrimonio era algo muy importante. Algo que iba más allá de la atracción física. Se trataba del futuro de su familia.
–¿Mi hija y tú? ¿Casarla con un plebeyo? – añadió su padre con una especie de ladrido.
–Antes has mencionado que no está casada -le recordó Aro con voz tranquila.
–Pero estoy valorando varias posibilidades. Ninguna de ellas incluye a un plebeyo en su futuro.
–Yo necesito una esposa -afirmó Aro sin apartar la mirada de su interlocutor-. Y su hija no está casada.
–No obstante debo tener en cuenta a todos los pretendientes, compararlos entre sí -su padre se colocó la toga-. El linaje de los Veratio se remonta a Rómulo y Remo.
–Yo tengo el mismo número de ancestros -replicó Aro con fría determinación-. Casarás a tu hija con quien más valga la pena a tus
necesidades y propósitos. No te molestes en negarlo, pues así es como se ha hecho siempre en Roma.
–Tú no eres un verdadero romano -espetó su padre con cierto desprecio-. Eres un comerciante, te manchas las manos con el trabajo físico.
A juzgar por el rostro de Aro, las palabras de su padre habían dado en el blanco y lo habían ofendido, aunque el mercader no tardó en ocultar dicha reacción.
–¿De verdad importa quién sea yo? – preguntó entonces-. Tienes un serio problema y te estoy ofreciendo una solución.
–Mi hija se casará bien, su matrimonio servirá para aumentar el prestigio de la familia -su padre se puso recto, tenía el rostro rojo como la túnica de un centurión y la frente húmeda por el sudor-. No la casaré con un capitán de barco.
–Soy mercader, dirijo una importante casa de comercio.
–No veo la diferencia.
–Si eso es lo que opina…
Lydia vio las intenciones de Aro.
Todo aquello era culpa suya. De nadie más. Fabio Aro se marcharía y caería sobre ellos la desgracia; los censores no tardarían en aparecer para retirarle a su padre todos sus derechos como senador.
La vergüenza lo mataría.
El color había abandonado su rostro, tornándolo gris. Lydia tenía que encontrar la manera de salvarlo antes de que sufriera otro ataque. Los doctores les habían advertido de que el siguiente podría resultar fatal. Tenía la boca seca.
–Padre, sé razonable. Sabes que muchos de nuestros amigos invierten en barcos -su voz le sonaba aguda y poco natural.
Su padre emitió un sonido de furia.
–Lydia Veratia es lo único que te queda para negociar conmigo -Aro se inclinó hacia delante de manera que su rostro quedó a la altura del de su padre-. Su hija a cambio del vino de Falerno, vino con el que pagaste por tu vida. ¿Qué mercader te habría llevado con tus especias de haber sabido que eras un tramposo? Dime, ¿qué precio se paga en la actualidad por la hija de un senador arruinado al que los censores no tardarán en quitarle sus privilegios?
Lydia puso la espalda muy recta. Jamás debería haber vendido aquel vino, no debería haber escuchado las afirmaciones de Publio sobre los piratas. Ahora tendría que pagar el precio de tamaño error. No podía dejar que otro resultase castigado por algo que era responsabilidad suya. Tenía que hacer algo, el honor de su familia estaba en juego y, si lo perdían, serían necesarias varias generaciones para recuperarlo.
–¿Realmente importa, padre? – Lydia escuchó su propia voz como si sonara en la distancia-. Deberíamos actuar con sensatez. No tenemos el oro que Fabio Aro nos reclama. Yo vendí el cargamento de vino. Creo que debemos aceptar su oferta… Me casaré con él.
–Lydia, ¿cómo puedes decir algo así? – su padre se volvió a mirarla, completamente atónito, pero también algo aliviado.
–Si tu hija no tiene objeción…
Lydia vio como su padre bajó la cabeza y pidió al cielo que comprendiese por qué lo había hecho. Tenía que ganar tiempo para reunir el dinero y subsanar el error. Podría negociar el compromiso de un matrimonio sine manu, por el cual permanecería bajo la tutela de su padre, así tendría tiempo para vender las propiedades de su madre a un buen precio. Un compromiso no era lo mismo que un matrimonio, pues podía romperse fácilmente. O, en el peor de los casos, su padre podría solicitar el divorcio.
Aquello sería un asunto de negocios, no la unión de dos seres iguales que deseaban estar juntos.
Pero no pudo evitar que se le encogiera el corazón. Lydia deseaba tener algún día un matrimonio como el que habían disfrutado sus padres hasta la muerte de su madre. Deseaba tener hijos y criarlos adecuadamente para que, cuando llegara el momento, ocuparan su lugar en el senado. Pero nada de eso era posible por el momento. Las Parcas habían querido que salvara el honor de su familia.
–Puesto que mi hija no tiene objeción al respecto -su padre hizo una pausa para estirarse la toga con la dignidad de un senador-, acepto tu propuesta de matrimonio.
–Formalizaremos el acuerdo esta misma noche -anunció Aro con una tenue sonrisa-. Estoy seguro de que no será difícil acordar las condiciones del mismo.
–Si así lo deseas -respondió su padre con tranquilidad. Después se volvió hacia ella-. Lydia, ahora deja que hablemos a solas, no es apropiado
que una mujer presencie los detalles de su matrimonio.
–Como digas -Lydia se dio media vuelta para marcharse, pues sabía que no debía contrariar más a su padre. Debía confiar en él.
Aro le agarró la mano y se la llevó a los labios. Fue sólo un instante, pero el roce de su boca le provocó un escalofrío. Lydia tragó saliva. No quería reaccionar así. Había accedido a casarse con él para ayudar a su padre, no porque se sintiese atraída por aquel hombre.
–Ha salvado el honor de su padre. Es usted toda una romana.
–No me ha dejado otra opción -replicó Lydia retirando la mano para salir de allí tan rápido como le permitiera su dignidad.
–Lydia, tienes la cara tan blanca como la túnica de una virgen Vestal -le dijo Sulpicia tan pronto como la vio entrar en el tablinum.
–No es nada, Sulpicia -Lydia acarició al galgo que había acudido a saludarla mientras se concentraba en pensar en otra cosa que no fueran sus problemas para poder recobrar la compostura.
–¿Se ha perdido el cargamento? – Sulpicia le agarró ambas manos y la miró con los ojos muy abiertos-. No me tengas en suspenso, Lydia. Dime qué ha pasado con la salsa de pescado.
Lydia parpadeó varias veces, pues casi había olvidado el motivo que la había llevado al estudio de su padre.
–No, no. El cargamento salió como estaba previsto y, si alcanza Corinto, Publio recibirá su dinero. Supongo que la siguiente tablilla que recibas dirá que ha llegado sano y salvo. Ofelio tiene reputación de cobrar precios razonables, no como otros.
Ludia intentó olvidarse del otro mercader, de ése al que se había prometido… Fabio Aro, el de la mirada penetrante. No era de extrañar que tuviera tanto éxito en el comercio con su habilidad para negociar.
–Sabía que no me fallarías. Gracias, querida hermana -le dijo acompañando sus palabras con un beso en la mejilla-. Mientras no estabas, vino el boticario a traer unas pastillas. No estarás enferma, ¿verdad?
–No, son para mi padre.
–Le pedí a la criada que las dejara en tu habitación -Sulpicia la observó unos segundos en silencio-. Tengo la sensación de que hay algo que no me has dicho, algo que has descubierto en el estudio. ¿Hay malas noticias sobre Publio? Ahora somos hermanas, Lydia, puedes confiar en mí.
Lydia respiró hondo. Tenía que decírselo.
–Estoy prometida.
–¿Prometida? Pero eso es magnífico. ¿Quién es el joven senador?
¿Alguien que yo conozca? – pero no esperó a escuchar la respuesta sino que aplaudió con alegría y la perra la acompañó con un ladrido-. Esta casa está muy silenciosa últimamente. Haremos una gran fiesta para celebrarlo, como la que hicimos para Publio y para mí. Es una lástima que no esté él porque le encantan las fiestas. Tenemos muchas cosas que preparar. ¿Cuándo será exactamente?
–Creo que no conoces a mi prometido -Lydia se mordió el labio inferior y bajó la mirada hacia la perra-. Tendremos que hacer una fiesta tranquila por la salud de mi padre.
–¿Quién es entonces? Vamos, tengo derecho a saber con quién va a aliarse la familia.
–Fabio Aro.
Sulpicia se tapó la boca con la mano.
–Conozco a la mayoría de los Fabio, pero no recuerdo ese nombre. ¿Es muy joven? Eso no es ningún problema, los jóvenes tienen más vigor.
–No es ningún senador -aclaró Lydia y comenzó a moverse por la habitación-. Es un mercader, un comerciante.
–¿Quieres decir un plebeyo? – volvió a llevarse la mano a la boca-. Sólo has dicho dos nombres, por lo que podría ser peor que un plebeyo, quizá se trate de un antiguo esclavo. Ay, Lydia, no sabes cuánto lo siento. ¿En qué está pensando Cornelio? Los Veratio deben casarse con patricios, es lo que han hecho siempre.
–Fabio Aro es mercader -repitió Lydia con la cabeza bien alta. No había hecho nada de lo que avergonzarse, había actuado de buena fe. Si Publio le hubiese dicho la verdad, habría encontrado otro modo de solucionar la crisis-. Está al mando de la casa Lupan.
–¿Estás prometida con el Lobo de mar? – Sulpicia se quedó boquiabierta-. Lydia, he oído muchas historias sobre él; dicen que tiene un carácter tan fuerte como una tormenta en mitad del mar. Podría resultar difícil estar casada con un hombre así. Claro que también es muy guapo.