Siete Días Sin Besos

Michelle Styles · Capítulo 1 de 5 · parte 2/4

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Siete Días Sin Besos

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Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

Las mujeres se pelean por ocupar su lecho. Dicen que Cadmunia, ya sabes, la amiga de Clodia Metellia, llegó incluso a sobornar a su criado para que la dejara entrar a su dormitorio.

–¿Cómo puedes acordarte de todo eso?

–Fue un verdadero escándalo. Mi hermano tiene negocios con ellos -

hizo un gesto con la mano-. No sólo soy una cara bonita, sé escuchar.

Nunca se sabe cuándo te será de utilidad lo que oyes por ahí.

–¿Sabes algo más? ¿Algo que no sea tan escandaloso? – preguntó al tiempo que iba a sentarse junto a su cuñada.

–Por lo que he oído, apareció de la nada. Nadie sabe quién es su familia.

Algunos dicen que es una especie de dios, por eso los mares se abren ante él. Otros creen que los demonios trabajan para él. En cualquier caso, tiene un temperamento tan legendario como su pericia en la mar. Lleva tres años seguidos llegando el primero a Roma con el grano de la cosecha -la mano fría y perfectamente cuidada de Sulpicia se posó sobre la de Lydia-. Quizá no debería haberte dicho nada, pero eres mi hermana y tienes que saber quién es tu futuro esposo.

Lydia apartó la mano de la de su cuñada y trató de pensar con claridad, pero el corazón estaba a punto de salírsele del pecho. En el foro siempre se podían oír todo tipo de rumores y a Sulpicia le encantaba escucharlos todos.

–Fabio Aro ha exigido que el compromiso se realice esta misma noche y mi padre ha accedido a ello.

–¿Esta noche? Pero si mi madre y yo tardamos tres meses en preparar el banquete. Dile que necesitas tiempo -Sulpicia se inclinó sobre ella-. Deja que yo hable con tu padre.

–Me temo que el tiempo es un lujo del que no dispongo -dijo Lydia mientras sentía como crecía el pesar dentro de ella. Si era verdad lo que había dicho Sulpicia, o siquiera la mitad de ello, no había hecho un buen negocio-. Hay otras cosas que tiene que atender.

–Pues que las haga ahora y deje la cena de compromiso para más adelante.

–Sé que intentas ayudar, pero está todo acordado -Lydia se frotó la nuca con la mano. De pronto se sentía cansada y asustada-. Debemos saldar una deuda. Publio se equivocó; fue Fabio Aro el que rescató a mi padre de la tormenta.

–Pero yo pensé que habían sido unos piratas -Sulpicia se ruborizó al recordar lo sucedido-. Publio nos dijo que había sido un peligroso pirata.

¿Cómo pudo cometer semejante error? Ya no queda ni rastro de ese oro, se gastó en pagar las deudas de Publio. Claro que eso no fue culpa suya, aquel

juego no fue justo. Pero ya verás como lo paga todo con el dinero que obtenga del liquamen. Su suerte cambiará. La fortuna le sonríe.

Lydia se puso en pie y se sacudió los pelos de la perra de la túnica.

Estaba harta de compadecerse. Si se mantenía ocupada, dejaría de preocuparse por lo que iba a sucederle.

–De nada sirve quedarnos aquí lamentándonos, Sulpicia. Tengo mucho que preparar para la cena de compromiso.

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Capítulo 3

–¿Es que no has encontrado un lugar de peor fama para beber? –

preguntó Aro a su capitán más experimentado.

El lugar era el típico antro al que Piso iba a beber, pensó Aro mientras cruzaba la estrecha habitación. Oscura incluso en el día más soleado e iluminada sólo con unas pocas lámparas. Los frescos de las paredes representaban escenas de juego de dados y de taba, las mismas actividades que se desarrollaban en las mesas. A pesar de ser tan sólo la séptima hora del día, el bar estaba lleno de personas a las que la mayoría considerarían los desperdicios de la humanidad… trabajadores mezclados con esclavos marcados y otros personajes sospechosos. La mujer que atendía la barra comerciaba además con los placeres de la carne, como dejaban muy claro la túnica bordada que llevaba y el explícito fresco que tenía a su espalda.

Piso se puso en pie después de soltarse de una de las mujeres que había junto a él.

–Aquí se pueden aprender muchas cosas, por ejemplo de esta vieja amiga mía -dijo señalando a la mujer que servía las bebidas-. ¿Has venido a pagarme el dinero que me debes? Ofelio compró ese vino hace semanas.

–¿Por qué iba yo a deberte nada? – Aro siguió sentado a pesar de que Piso le había hecho señas para que se sentara a su lado-. Eres tú el que me debes a mí. Veratio Cornelio no vendió nada.

–Pero Ofelio compró el vino.

–La apuesta era que el senador Veratio Cornelio le había vendido el vino a Ofelio y no fue así. Deberías prestar más atención al enunciado de las apuestas.

–Lo que debería hacer es no volver a apostarme nada contigo. Tienes la suerte de los dioses. Pensé que esta vez el dinero sería para mí -confesó con una sonora carcajada-. Y si no fue Veratio Cornelio el que vendió el vino,

¿quién lo hizo?

–Deberías estar poniendo a punto tu barco en lugar de jugar a la taba y escuchar los chismorreos del foro.

–Mis hombres saben muy bien lo que deben hacer. No todo el mundo es como tú, Aro; a algunos nos gusta disfrutar de la vida -Piso apuró su vaso de vino y se limpió la boca-. ¿Cuándo cargamos el vino? Podríamos zarpar antes del anochecer, el viento sigue soplando en la dirección adecuada. Es

arriesgado, desde luego, pero con un poco de fortuna… Por todos los dioses del monte Olimpo, tú eres el hombre más afortunado que conozco.

–No vamos a ninguna parte -anunció Aro dejando una bolsa de monedas en el regazo de Piso-. Tenías razón sobre el vino, se vendió. Ahora felicítame. En lugar de adquirir todas esas ánforas de vino, voy a casarme.

–¿Que vas a hacer qué?

–Casarme con la hija del senador Lucio Veratio Cornelio.

–Estás de broma -el color había abandonado el rostro de Piso.

Aro se sentó en el taburete que había frente a él, para disfrutar de la reacción de su amigo.

–No es ninguna broma, viejo amigo.

–¿Casarte? ¿Tú? Siempre has dicho que el matrimonio es para hombres estúpidos y sin criterio que no tienen nada que perder.

–¿Te parece que estoy bromeando? – Aro frunció el ceño al recordar su definición del matrimonio.

Piso negó lentamente con la cabeza.

–Bien, entonces quizá quieras desearme buena suerte y acompañarme esta noche en la cena de compromiso.

–Preferiría enfrentarme a un temporal en una costa rocosa antes que casarme con una respetable matrona romana.

–Yo me enfrenté a una de las peores tormentas provocadas por Neptuno y sobreviví -dijo Aro encogiéndose de hombros.

–Por Hermes, ese día creí que acabaríamos con las ninfas de Poseidón.

Me salvaste la vida a mí y a toda la tripulación con tu manera de navegar -

Piso estiró la mano-. Ves, todavía me tiemblan las manos sólo con recordarlo.

–Salimos con vida. Confía en mí ahora también.

–Pero, ¿casarte? Eso es algo completamente diferente.

–¿Y qué te hace pensar que los dioses no estarán conmigo esta vez? –

Aro se llevó el vaso de vino a los labios y probó aquel líquido excesivamente dulce-. Estuvieron conmigo en Corinto y aún no me han abandonado.

–Si tanto necesitas una mujer -Piso señaló a la moza que deambulaba por la sala con una fina túnica que dejaba poco a la imaginación-, ¿por qué no te vas con Flora o haces uso de alguna casa de placer más elevada? Eso

fue lo que tú me aconsejaste cuando me puse en ridículo por esa sirvienta de Atenas. ¿Te acuerdas, la de ojos grandes y dedos golosos?

–Ya he tenido muchas amantes, ahora deseo una esposa.

Aro borró de sus pensamientos el recuerdo de la túnica de Lydia, bajo la que se intuían las curvas de su cuerpo y el modo en que había entreabierto ligeramente los labios cuando le había besado la mano. El deseo físico no tenía nada que ver con el motivo por el que había hecho la oferta. No era más que una transacción comercial que resolvería varios problemas. El más importante era que eliminaba la necesidad de pagar a un intermediario. El senador Veratio Cornelio tenía influencia de sobra con el censor para asegurar que Aro fuera elegido para formar parte del senado. El brillo de los ojos de Lydia era algo adicional.

–¿Por qué?

–Tú no eres romano -comenzó a decir Aro llevándose la mano al anillo que llevaba colgado al cuello con una cadenita, el sello de su padre. Un anillo que no se pondría en la mano hasta que hubiese cumplido su sagrada promesa, hasta que hubiera devuelto el honor a los Fabio.

–Por eso -respondió Piso con una carcajada-… por eso todos los días me arrodillo y les doy las gracias a los dioses por hacerme griego.

–Si yo fuera griego, no habría elegido este antro para entrar a beber -

Aro miró a los trabajadores, esclavos y marineros que se habían reunido allí, la muchedumbre típica de los puertos de mar.

–Los griegos distinguimos el buen vino en cuanto lo probamos y Flora es agradable a la vista y no demasiado costosa -Piso lo miró detenidamente unos segundos-. Pero dime, ¿por qué ahora? ¿Por qué no antes, cuando esa viuda romana te persiguió por toda Baiae? Ella también era patricia. ¿Qué ha cambiado desde entonces?

–Pronto se abolirán las reformas de Sila -dijo Aro-. Ya te dije en los últimos idus que la sombra del dictador no duraría mucho.

–¿Por qué tienes tanto interés en entrar en ese nido de víboras intrigantes que es el senado? Ya tienes propiedades de sobra.

–Prometí recuperar todo lo que Sila le arrebato a mi familia injustamente y pienso cumplir mi promesa.

–¿Cómo? ¿Acaso ese matrimonio va a darte algo que no tengas ya?

–El matrimonio con una Veratio me dará los votos que necesito para entrar en el senado sin tener que recurrir a un intermediario -Aro dejó el

vaso sobre la mesa-. Lucio Veratio Cornelio controla a mucha gente que no se atreverá a votar contra él. Ha prometido apoyarme, prefiere que el marido de su hija sea un senador. Cada vez que pienso en lo que tendría que pagarle a un intermediario… ese dinero que he perdido me parece poco comparado con lo que he ganado.

–Los romanos no son de fiar. Conozco muchos hombres que han sufrido por mujeres romanas, yo no confiaría en ninguna más de un rato -dio un trago del vaso que acababan de volver a llenarle-. Por eso me limito a la compañía de mozas y mujeres de moral relajada; con ellas siempre sé a qué atenerme.

–No soy un marinero a punto de empezar su primera travesía. Ya he navegado entre senadores antes -Aro miró los posos del vino mientras recordaba las negociaciones que había mantenido con Veratio Cornelio después de que su hija hubiera salido del estudio-. Esta tarde hemos redactado los contratos. El compromiso se celebra esta noche y la boda, mañana.

–Entonces brindo por la pareja -dijo Piso levantando su vaso-. Bebamos por tu felicidad, amigo.

Aro no levantó su vaso. La felicidad no era parte del trato.

–Por el matrimonio.

–Ésos son nuestros sitios -dijo una voz ronca a la espalda de Aro.

Piso se dispuso a ponerse en pie, daga en mano, pero Aro le hizo un gesto para que no lo hiciera. No quería empezar una pelea en aquel lugar, con aquella gente. Sin volverse a mirar al otro hombre, señaló una mesa vacía.

–Hay otros sitios libres. ¿Por qué no los ocupáis?

–Porque los nuestros son éstos.

Todo el bar se quedó en silencio, conteniendo la respiración. Aro vio que Flora había dejado de limpiar vasos y los clientes habían dejado de lanzar los dados y las tabas.

–No sabía que los taburetes tuvieran nombre -Aro habló con voz tranquila-. ¿Tú lo sabías, Piso?

–No tenía ni idea.

–Estos sitios son nuestros -una pesada mano aterrizó en el hombro de Aro.

Piso cerró los ojos un instante, pero se quedó donde estaba. Sólo movió una mano ligeramente, para sacar tres dedos. Aro los vio, eran tres hombres.

Habían estado en situaciones peores.

–No deberías haber hecho eso -advirtió Piso.

–Te pediría que retiraras la mano. Es una suerte que hoy esté de buen humor. Estamos celebrando mi compromiso. ¿Por qué no os sentáis a tomar un vino con nosotros y olvidamos cualquier desavenencia? – Aro tenía todo el cuerpo en tensión. Esperaría un instante más antes de responder. Si reaccionaba con rapidez, tendría ventaja sobre el adversario y quizá Piso y él pudieran salir vivos de aquello-. No hay necesidad de pelear. Estoy seguro de que hay vino de sobra para todos. Flora, dales a estos hombres una mesa y una jarra de vino de miel.

–Aquí no hay lugar para la escoria de la casa Lupan -respondió la voz ronca-. Aquí es donde beben los hombres de Ofelio.

–Yo bebo donde me place -dijo Aro lanzando el codo hacia atrás. El grito que oyó a continuación le confirmó que le había acertado en el estómago-. Nadie me dice lo que debo hacer.

Aprovechando la ventaja, Aro se puso en pie y lanzó a su adversario por los aires. Nada más caer al suelo, Piso lo golpeó con una enorme jarra de vino. Uno de sus acompañantes, al que le adornaba el rostro una gran cicatriz, sacó una daga y se abalanzó sobre Aro, pero éste lo esquivó, aunque el filo le rozó la manga. Aro no dejó pasar un segundo antes de tirarle un puñetazo con el que lo lanzó contra la barra. Un ánfora le cayó en la cabeza y lo dejó inmóvil.

Aro se preparó para el siguiente golpe, pero al ver como se movía la cortina de la puerta supo que el último atacante había salido corriendo. En un abrir y cerrar de ojos, los jugadores habían vuelto a sus partidas y volvieron a oírse conversaciones y risas.

–Ya te dije que no deberías haberlo hecho -le dijo Piso al primer atacante-. No es aconsejable hacer enfadar al Lobo de mar, no es bueno para tu futuro y mucho menos para tu salud.

–¿Nos vamos? – preguntó Aro dejando dos denarios a Flora-. Ya he visto suficiente.

–¿Has echado un vistazo a estos hombres? – habló Piso en voz baja.

–Son hombres de Ofelio. Lo lamentará -Aro hizo una pausa antes de añadir con voz pensativa-: Lo que no comprendo es por qué ahora, después

de tantos meses de paz. ¿Por qué desea empezar de nuevo las hostilidades?

Hay negocio suficiente para ambas casas.

–Ofelio desea el respeto que tienes tú.

–Desde luego eliges los lugares más extraordinarios para pasar el rato -

comentó Aro una vez estuvieron en la calle-. La próxima vez podrías buscar un lugar más tranquilo en el que el vino sea algo mejor.

–Puede que tengas razón.

Lydia colocó los pliegues de su túnica por cuarta vez y se atusó el pelo, que llevaba ahora peinado al último estilo: ondulado y cayendo en cascada.

Beroe, la doncella que compartía con Sulpicia, insistía en que las ondas le favorecían mucho más que el moño que solía llevar y del que siempre se le escapaba algún mechón. También le había repetido una y mil veces que no se tocara los rizos ni los posos de vino con los que le había coloreado los labios y las mejillas. Lydia intentó explicarle que a Fabio Aro no le importaba el aspecto de su prometida, pero Beroe no estaba de acuerdo, a todos los hombres les importaba el aspecto de la mujer que los acompañaba.

Echó un vistazo al atrio, con el estanque de agua en el que se reflejaba la luz de las lámparas de aceite estratégicamente colocadas en el patio central de la casa. El jazmín había florecido y el perfume de sus flores llenaba el aire, dándole un toque de irrealidad a la escena. ¿De verdad estaba esperando la llegada de su prometido? Esa misma mañana lo único que le había preocupado era la escasez de aceite de oliva en la casa.

Un hocico húmedo rozó su mano.

–Korina, pensé que estabas encerrada en tu cuarto -le dijo a la perra-. Ya no podemos hacer nada, así que podré comprobar antes de casarme si a Fabio Aro le gustan los perros. No es que importe, pero me gustaría poder llevarte conmigo.

No debería importarle qué clase de hombre era. No tenía elección.

Tendría que vivir con él hasta que su padre pudiera liberarla y hacer que volviera a casa con su honor intacto. ¿Cómo era eso que solía decir Sulpicia? Para un patricio el matrimonio no era la unión de dos corazones, sino de dos vidas con objetivos comunes. Por regla general, el amor no tenía nada que ver.

Lydia se acercó al altar y rezó a los Lares y a cualquier otro dios que estuviera escuchando. Les suplicó que todo saliera bien aquella noche y que

le permitieran algún día disfrutar del tipo de unión que habían tenido sus padres.

Korina levantó las orejas y Lydia la acarició.

–Tranquila -dijo sin saber si se dirigía a la perra o a sí misma.

El sonido de voces y pasos llenó el pequeño atrio. Lydia tragó saliva y se volvió a mirar a los recién llegados.

Fabio Aro era el primero de toda una multitud de hombres. En lugar de toga, llevaba una túnica azul con hermosos bordados y un manto oscuro sobre los hombros que se ataba con un broche de oro. Era la imagen de un hombre de éxito. La túnica era algo más larga que la que había llevado por la mañana, pero no ocultaba sus piernas musculosas.

Lydia sintió un escalofrío. Aunque no tenía la belleza clásica de otros hombres, tenía algo diferente, un cierto poder. Podía imaginarlo perfectamente al mando de un barco.

–Lydia Veratia, esperaba que su padre saliera a recibirnos -dijo con aire socarrón.

–Está ocupado en el comedor -no pudo evitar preguntarse qué habría dicho su madre de que su padre se hubiera retirado al comedor con sus amigos en lugar de ejercer de anfitrión-. ¿Quiere que lo mande llamar?

Se acercó a Gallus, que enseguida se retiró con una reverencia. Aro siguió allí de pie, flanqueado por sus hombres en un silencio ensordecedor.

Lydia se resistió a la tentación de jugar con un mechón de pelo. ¿Qué le decía una a su prometido?

Korina no parecía tener tantas dudas, porque se acercó a Aro en busca de atención. Lydia fue de inmediato a agarrar a la perra por el collar, pero se encontró con la mano de Aro. Dio un salto hacia atrás como si se hubiera quemado. Aro la miró con los ojos muy abiertos. Después acarició a Korina.

–Tiene la figura de un buen perro de caza -dijo él-. ¿Es suya?

–Es de muy buena raza -respondió ella con alivio-. Pero nunca ha cazado. La tengo desde que era un cachorro.

Lydia observó con deleite como Aro se arrodillaba para rascar la barriga a la perra, que movía el rabo con entusiasmo.

–Entonces no debería separarse de ella -dijo con una sonrisa-. Yo también tuve galgos en mi juventud. Son unas criaturas muy leales.

Teníamos varios, pero se perdieron cuando nos fuimos de Roma.

–¿Ha vivido en otro lugar?

–¿Va a venir su padre?

Lydia frunció el ceño. Gallus había vuelto solo. No podía tener a Aro allí de pie por más tiempo.

–Algunos amigos del senado y varios clientes de mi padre han venido a celebrar el compromiso. Seguro que está atendiéndolos y por eso no ha podido venir. ¿Le parece que nos unamos a ellos?

–Lo lamento, no. Hay muchas cosas que hacer. Quiero que mis barcos estén preparados para zarpar con la primera marea después de la boda -

inclinó la cabeza-. Preparar un casamiento no figuraba entre mis planes para el día de hoy.

–Tampoco en los míos.

Lydia levantó la mirada y se encontró con sus ojos. Había algo oscuro e insondable en ellos que parecía llegar hasta el fondo de su alma. Retiró la vista de él, pero no sin esfuerzo.

De pronto se oyeron unas carcajadas y apareció su padre, con la túnica torcida. Se acercó a saludar a Aro. Las esperanzas de Lydia de que no se llegara a firmar el contrato se evaporaron en el momento en que su padre comenzó a hablar del precio de la novia. Lydia sintió que le ardían las mejillas.

–He traído el arra, el símbolo del precio de la novia -Aro le tomó la mano y le puso un anillo de oro y hierro en el cuarto dedo.

Un augur que había entre sus hombres se acercó y recitó las palabras que hacían oficial el compromiso.

Lydia no intentó retirar la mano a pesar del peso del anillo. Aro se inclinó sobre ella y posó sus labios en los de ella para darle el tradicional beso de compromiso, lo que significaba que a partir de ese momento tenía derecho a su cuerpo. El roce fue leve como el de una pluma, pero provocó una curiosa reacción en su interior e hizo que se preguntara qué sentiría si aquel hombre la besara de verdad. Se atrevió a mirarlo, pero descubrió que Aro tenía los ojos clavados en el augur, no en ella.

La ceremonia acabó un momento después con unas palabras más del augur. Su padre se dio media vuelta y desapareció hacia el comedor. A lo lejos se oyeron risas y gritos.

Lydia miró el anillo que ahora adornaba su mano. El arra, el símbolo del dinero que Aro había pagado por ella. Aquello no era una fantasía, el peso

del anillo lo hacía real. Había tomado un camino que no sabía adonde la conduciría.

–¿Qué día ha fijado el augur para la ceremonia? – consiguió preguntar a pesar del nudo que tenía en la garganta.

–Será mañana por la tarde. Los auspicios son buenos -Aro enarcó una ceja con sorpresa, como si pensara que Lydia debía saber ya la respuesta.

–¿Tan pronto?

Le temblaban las piernas. Había creído que tendría tiempo para prepararse para el matrimonio y quizá incluso para que su padre reuniese el dinero necesario para anular el casamiento. Debería haber sospechado por el modo en que su padre había huido de la casa nada más marcharse Aro por la mañana. ¿Por qué no se lo habría dicho? Levantó la mirada hacia él.

–Tu padre estuvo de acuerdo -le dijo Aro sin la menor dulzura-. Las propiedades del norte de Italia serán tu dote.

–Eran de mi madre.

Aro le puso una mano en el brazo, una mano que la llenó de calor. No quería desearlo.

–No tienes por qué preocuparte -le dijo mientras le acariciaba la mejilla y la miraba con gesto pensativo-. Mi fortuna es suficiente para los dos, no voy a arrebatarte la dote; podrás dejársela a nuestros hijos.

Lydia lo miró sin comprender.

–No había pensado en tener hijos -ni siquiera se le había pasado la posibilidad y sólo con imaginarlo se le encogía el estómago. Aro parecía tener la intención de que el suyo fuera un matrimonio en todos los sentidos.

–Esas son las condiciones -respondió él sin rastro de la dulzura que había suavizado su dura mirada unos segundos atrás-. A menos, claro, que dispongas del oro necesario para pagar el cargamento de vino.

–Yo…

–¿Por qué te ofreciste a ser mi esposa, Lydia? – le preguntó con una voz baja que fluía como la miel caliente-. Tu padre no lo deseaba.

–No había otra solución. Yo vendí el vino y gasté el oro que obtuve por él -Lydia tenía la mirada clavada en sus sandalias. ¿Cómo podía explicárselo? ¿Cómo podría aquel marino que era poco mejor que un pirata comprender su necesidad de proteger el honor de su familia?-. Tenía que hacer algo.

–Pero sólo era una estratagema, ¿verdad? – le agarró la barbilla y la obligó a levantar la cara para que sus ojos dorados pudieran observar su rostro-. Pensabas que así podrías ganar tiempo para reunir el dinero.

Muchos hombres han intentado engañarme sin conseguirlo.

–Yo no huyo de mis responsabilidades. He dado mi palabra. Lo que ocurre es que pensé que no sería tan rápido. Se necesita tiempo para preparar la ropa de la boda -la excusa sonaba endeble hasta para sus propios oídos.

–Según me ha dicho tu padre, ya estuviste casada una vez -había abandonado la estrategia de la persuasión y se había decantado por ir directo al grano-. Tu ropa de novia está guardada en un baúl, por lo que no parece haber ningún motivo por el que no podamos casarnos inmediatamente.

–Mi padre te ha dicho muchas cosas -se había quedado sin excusas. Era fácil romper un compromiso, no así un matrimonio. Pero aquel hombre parecía haberlo previsto todo, por lo que no le quedaba más remedio que abandonarse a su suerte y confiar en la piedad de los dioses, aunque hasta el momento no habían mostrado ninguna-. Muy bien, Fabio Aro. Seré una buena esposa y cumpliré con mi parte del trato.

Los ojos de Aro recorrieron su cuerpo de arriba abajo, deteniéndose en la curva de sus pechos.

–Sí, Lydia. Lo harás.

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Capítulo 4

Lydia palpó la extraña tela del tocado de novia. Resultaba difícil imaginar cinco piezas parecidas a aquélla cada día, como hacían las vírgenes vestales. El peso del tocado hizo empeorar el dolor de cabeza en el momento que abandonó el templo de Venus para dirigirse a casa de su padre. Se había entretenido en el templo lo más que se había atrevido, pidiéndole a la diosa que bendijera su futuro y su inminente boda, pero con la secreta esperanza de que se produjera el milagro y encontrase una solución al problema.

La diosa guardó silencio.

La noche anterior sus sueños habían estado plagados de hombres que se convertían en voraces lobos y ánforas de vino rebosantes de oro que desaparecían en cuanto ella intentaba tocarlas. Había despertado con el canto del gallo, empapada en sudor y con las sábanas enrolladas en el cuerpo.

Era la mañana de su boda y la casa bullía de actividad. Lydia no había conseguido respirar con tranquilidad ni un instante porque todo el mundo tenía algo que preguntarle o un problema que solucionar. Entonces había aparecido su padre acusándola de llegar tarde para la procesión al templo.

El collar de metal se le pegaba al cuello y el velo no dejaba de metérsele en la boca. El aroma de la hierbaluisa y el mirto de la guirnalda no contribuía a calmar sus nervios. No quería prestar atención a las miradas de los curiosos, por lo que mantenía la mirada baja, como correspondía a una novia de los Veratio. No iba a dar motivo alguno para que se chismorreara sobre ella en el foro o se dijera nada en contra de su familia.

Era perfectamente capaz de hacerlo. Se dijo a sí misma que no era diferente de cuando se había casado con Tito, pero sabía que mentía.

Entonces había llegado al matrimonio sino con alegría, sí con satisfacción.

Había conocido a Tito desde la infancia. Aun así, en los pocos días que habían estado juntos antes de que Tito marchara con su padre en aquel fatídico viaje, su esposo había cambiado; el muchacho sumiso de siempre se había convertido en un hombre orgulloso y autocrático.

Fabio Aro era algo completamente distinto, si eran verdad las escabrosas historias que le había contado Sulpicia. Cómo que hasta el mar lo obedecía por miedo a la furia de su temperamento. Si un hombre como

Tito se había vuelto arrogante y había desoído sus consejos, no quería ni pensar lo que pasaría con Aro, ni lo que era ya.

Pero el roce de las manos de Tito nunca había hecho que se sintiera tan viva como se había sentido la noche anterior. El recuerdo de su boca tocándole los labios aún le aceleraba el corazón.

Quizá por culpa de aquel recuerdo, Lydia se tropezó con las piedras del suelo, pero la mano firme de su padre la agarró del codo y la condujo hacia un lado de la calle.

–Hija, espero que no me olvides a mí ni a tu antiguo hogar -le dijo su padre con una voz temblorosa cuando ya se acercaban a la villa-. Ven a visitarme siempre que te lo permita tu marido. Y procura que los asuntos de la familia sigan siendo sólo de la familia. Prométemelo.

–Te lo prometo.

–Gracias, hija mía -le puso la mano en la mejilla y la mantuvo allí-.

Siempre serás la única hija verdadera de mi casa -añadió con lágrimas en los ojos.

Lydia sintió un escalofrío en la nuca.

¿Qué estaba insinuando? ¿Había algo que no le había dicho? Era muy propio de su padre hacer un comentario aparentemente inocente y esperar que ella siguiese adelante como si nada hubiese pasado.

Pero ella debía saber toda la verdad.

–Padre, voy a casarme sine manu -dijo ella sonriendo con inquietud-.

Conservarás el control legal sobre mí. Podré visitarte siempre que lo desee y desearé hacerlo a menudo, así que no temas por ello. Aro no decidirá nada por mí.

–Calla, hija. No hagas una montaña de un grano de arena. No tengo la menor duda de que tu esposo será un hombre razonable. Después de todo, le interesa que se le relacione con los Veratio.

Veratio Cornelio le dio unos golpecitos en el brazo a modo de consuelo, pero sus ojos se apartaron enseguida de ella. Lydia se mordió el labio inferior. No había respondido a su pregunta. Su padre y su hermano tenían algo en común, el continuo empeño de tratar de evitar cualquier tipo de desavenencia. Había perdido la cuenta del número de veces que ella había tenido que atender a los acreedores simplemente porque ellos no habían estado disponibles. ¿Sería aquélla otra de esas veces?

–Padre, ¿qué quieres decir con que mi marido es un hombre razonable?

– le tembló la voz al pronunciar la última palabra.

–No es momento para hablar de esto, hija. Mira, el novio y su séquito acaban de llegar. Demuestra que los Veratio siempre estamos a la altura de las circunstancias.

Lydia miró adonde apuntaba su padre y se quedó sin aliento. Había imaginado que Fabio Aro llevaría una túnica, pero iba ataviado con una elegante toga de lino que podría haber sido de malla por el modo en que moldeaba su musculoso cuerpo. El blanco inmaculado de la tela resaltaba su piel dorada, su cabello negro y sus misteriosos ojos. Describirlo como un lobo era bastante aproximado. Poderoso e indómito.

Se acercó a ellos acompañado por sus testigos, entre los cuales había cuatro senadores de pelo gris, resplandecientes con sus togas blancas y con la banda púrpura. Lydia observó la escena boquiabierta durante unos segundos, después cerró los labios con fuerza.

Vio también como su padre se inflaba de orgullo y acudía a toda prisa a saludarlos.

–Siento la tardanza, Fabio Aro -le dijo con una especie de reverencia-.

Ya sabes como se entretienen las mujeres en el templo de Venus. Mi hija quería hacer un último sacrificio.

–La espera ha merecido la pena -en sus ojos había más destellos dorados que nunca-. La novia nos llena de felicidad a todos.

Lydia sintió el ardor que le coloreaba las mejillas y un cosquilleo en los labios al recordar el roce de su boca. La atracción física era un aliciente para el matrimonio, o eso solía decir su niñera con gran solemnidad.

Aquel pensamiento fue como un jarro de agua fría. Aquél no era un matrimonio de dos almas como el de sus padres; era un matrimonio político que ella había aceptado tan sólo para salvar la dignidad de su padre. Un matrimonio que duraría sólo el tiempo que su padre estimara necesario, nada más. Lydia sería lo que siempre había sido, una hija obediente.

–¿Empezamos con la ceremonia? – sugirió ella con voz tranquila y sin mirar a Aro. La emoción no tenía cabida en aquel casamiento, tan sólo era una transacción comercial. Una esposa en lugar de un cargamento de vino-.

¿Dónde está el auspex?

–Está con mis invitados -dijo Aro señalando a un hombre delgado ataviado con una túnica sacerdotal-. Sus predicciones suelen ser muy

certeras.

Lydia vio entonces como su padre se colocaba la toga y adoptaba la expresión que reservaba para cónsules o tribunos, aquellos a los que consideraba sus iguales.

–Será mejor que pasemos al atrio, estamos atrayendo muchas miradas -

apuntó su padre-. Hacía mucho tiempo que no recibía la visita de tan ilustre sacerdote.

–Lydia -le susurró Sulpicia al oído mientras caminaban juntas hacia el atrio-, ¿cómo lo habrá conseguido Fabio Aro? Ese hombre es el ayudante del Pontifex Máximum. Es casi como si fuera a casarte el pontífice, como si fuera un matrimonio de dos patricios.

–El dinero lo compra casi todo, Sulpicia -respondió Lydia con una tranquilidad que no sentía. Después se acercó al auspex intentando contener los elefantes de guerra que parecían habérsele alojado en el estómago.

A juzgar por la elección de los testigos y del sacerdote, parecía que aquel casamiento se hubiese preparado hacía tiempo.

Alguien llevó el cerdo al atrio para dar comienzo a la ceremonia. Lydia observó como lo abrían conteniendo la respiración y casi esperando que las entrañas del animal no fueran favorables. Pero no fue así, el auspex no tardó en dictaminar que aquel matrimonio contaba con el favor de los dioses y que, por tanto, podía celebrarse con su bendición. En todo momento, Lydia fue consciente de la cercana presencia de Aro, pues su toga le rozaba la túnica.

–Debes de estar contento -le dijo ella en un susurro-. Los dioses han bendecido nuestro matrimonio.

–¿Contento? – repitió él enarcando una ceja-. No es ni más ni menos que lo que esperaba. Las cosas tan importantes no se pueden dejar al azar.

Lydia abrió la boca con sorpresa, pero los invitados que de pronto los rodeaban hicieron que no siguiera preguntando.

Tan pronto como se intercambiaron los contratos y se les pusieron los sellos de los testigos, Lydia se volvió a mirar a Fabio Aro y se dio cuenta de que su aspecto era más el de un tribuno o un senador que el de un simple capitán de barco.

¿Había cometido un error? ¿Quién sería exactamente la familia de aquel hombre?

Todos los senadores por los que se había hecho acompañar habían sido simpatizantes de Cayo Mario, el hombre que había luchado y perdido ante Sila, hombres con los que su padre no había tenido apenas relación. Al principio de la guerra civil su padre había apoyado a Sila y la fortuna de la familia había aumentado considerablemente.

Lydia sintió un repentino terror. Tenía la sensación de que Quinto Fabio Aro era algo más de lo que en un principio había creído. Aquel matrimonio había sido muy rápido, demasiado.

–Padre…

–Hija, ¿cuándo aprenderás a estar callada? Casi interrumpes al auspex.

Antes de que pudiera preguntarle nada, el auspex prosiguió con la parte final de la ceremonia, la unión de las manos. Lydia trató de olvidarse del nudo que tenía en el estómago. Su padre sabía algo y pretendía ocultárselo hasta el último momento.

Movió la cabeza intentando sacudirse el miedo que empezaba a apoderarse de ella.

Aquella parte de la ceremonia era pura formalidad, un vestigio de tiempos pasados. Aro declinaría el ofrecimiento de su mano por parte de su padre y Lydia quedaría bajo la tutela paterna.

Así sería. Ese miedo que sentía era producto de su exagerada imaginación. Tenía que comportarse con la dignidad y la elegancia propias de una mujer perteneciente a una de las familias más importantes de Roma.

–Yo, Lucio Veratio Cornelio, te concedo la mano de mi hija, Lydia Veratia, a ti, Quinto Fabio Aro.

–Acepto el honor.

Su padre puso la mano de Lydia sobre la de Aro y él la agarró.

Lydia miró la mano fuerte que cubría la suya y después a su padre.

Sintió también las cosas más nimias: el velo rozándole la boca, el roce de las tiras de las sandalias. Todo y nada mientras Fabio Aro completaba el ritual. Al principio creyó que había oído mal las palabras de su padre. Esas cosas ya no pasaban en la Roma que ella conocía. Pero entonces miró a su izquierda, vio el gesto asustado de Sulpicia y supo que era verdad.

Lo había hecho.

Su padre había hecho lo impensable.

La había casado con Aro, el Lobo de mar, entregándole su mano. Y el Lobo de mar la había aceptado.

¿Cómo había podido hacer una cosa así? ¿Cómo había podido su padre dejar que eso pasara sin decírselo, sin darle siquiera la oportunidad de protestar?

Sintió deseos de gritar, pero de su boca no salía sonido alguno. El auspex estaba ya envolviendo sus manos con una tela en lugar de ponérsela en la cabeza. Estaba hecho. Lydia ya no pertenecía a la familia Veratio.

Ahora todo pertenecía a su marido.

Su padre seguía allí de pie, con el rostro totalmente falto de expresión y la mirada al frente. Se disponía a dar el paso atrás que formaba parte del ritual como símbolo de su renuncia a todo control sobre su hija. Su padre había sabido el tipo de ceremonia que sería y se lo había ocultado intencionadamente. La había engañado igual que Ulises había engañado a los Cíclopes.

–Padre -le susurró ella para que se detuviera.

–No tenía otra opción, hija, pero debes confiar en mí. Haré todo lo que pueda -dijo apretándole brevemente el brazo antes de echarse atrás-. Haz que me sienta orgulloso de ti.

Aro no dio señales de haber visto nada extraño y siguió adelante, hablando con voz suave:

–Prometo cuidar de tu hija con mi vida. Ubi tu Lydia Fabia, ego Quintus Fabius Aro.

–Y ahora, Lydia -le dijo el auspex mirándola fijamente-, te toca a ti.

Repite conmigo. Ubi tu…

Tenía que hacerlo, no tenía elección. Si se negaba a hacerlo, pondría en vergüenza a su padre delante de aquellos senadores y Aro no dudaría en reclamar el oro que le debían, haciendo pública su deuda. Aro estaría en su derecho de exigir que lo vendieran todo para pagarle. Ningún amigo de su padre movería un dedo para ayudarlo; todos ellos se comportarían como buitres, intentarían hacerse con todo lo que pudiesen por poco dinero, aunque siempre con palabras de comprensión. Lydia había visto muchas situaciones parecidas en los últimos años.

No, no tenía elección.

Para salvar a su padre y su reputación tendría que renunciar a su familia y entrar a formar parte de la de su marido. No tendría derecho a divorciarse de él ni a abandonarlo. Al entregarle su mano a Aro su padre la había privado de tal derecho.

Lydia pronunció la primera palabra, cerró los ojos y se concentró para seguir hablando sin que le temblara la voz. No podía avergonzar a su familia. Tenía que ser fuerte y mostrarse segura de sí misma. Abrió los ojos y se encontró con los de Aro, que la miraban fijamente. El sonido se negaba a salir de su boca.

Su padre le dio un suave codazo en la espalda. Volvió a intentarlo.

– Ubi tu Quintus Fabius Aro, ego Lydia Fabia.

–Ahora sois marido y mujer, cum manu -declaró el auspex-. Puedes besar a la novia.

Lydia levantó el rostro obedientemente, esperando el breve roce de sus labios como el día anterior. Los brazos fuertes de Aro la rodearon y la atrajeron hacia su pecho para que tomara lo que ya era suyo por derecho.

Sintió los labios de Aro estrellándose contra su boca, capturándola y haciendo que se entregara a aquella increíble sensación. Lydia abrió la boca y de pronto nada importaba, sólo aquel beso.

Pero acabó tan repentinamente como había empezado. Aro retiró los brazos y ella quedó sin aliento, luchando por respirar. Una sonrisa de complicidad se dibujó en su rostro. Nadie, ni siquiera Tito, la había besado de ese modo. Y mucho menos delante de tanta gente.

Los gritos de alegría no se hicieron esperar; los presentes los felicitaban y pedían a gritos que volvieran a besarse. Lydia se alegró de poder refugiarse tras el velo que había vuelto a colocarse. Al mirar a Aro se dio cuenta de que la multitud se comportaba exactamente como él deseaba.

Sintió su mano en la cintura mientras veía como muchos invitados se decían cosas al oído. No era difícil imaginar lo que decían.

–¿Por qué has hecho eso? – le preguntó en voz baja.

–¿Hacer qué? – dijo él sin el menor atisbo de arrepentimiento-. ¿Es que no puedo besar a mi esposa el día de mi boda?

–Pero has hecho que parezca que… que ya habíamos intimado.

–¿Y?

–Mañana en los baños, todo el mundo me mirará el vientre para ver si ya estoy criando -dijo confesando sus temores-. Entre el auspex, los senadores y ahora ese beso, nadie creerá que este matrimonio se preparó en un solo día. Seguro que los rumores ya han empezado a extenderse por el foro.

–La gente dirá lo que quiera. La verdad no importa, sólo importa lo que la gente crea. Es una lección que aprendí hace ya mucho tiempo -se encogió de hombros, pero no retiró la mano de su cintura-. Estamos casados legítimamente y nadie puede decir que haya otros motivos para este matrimonio.

–Pero no es la verdad.

Entonces retiró la mano y Lydia sintió frío donde antes había sentido su calidez.

–¿Preferirías que dijeran que tu padre tiene problemas económicos? – le preguntó con voz áspera-. ¿Que vendió a su hija por un cargamento de vino?

Lydia bajó la mirada al suelo y no respondió.

–¿Preferirías que se le pusiera en ridículo y perdiera su condición de senador? Te aseguro que puedo hacer que sea así.

Aquello hizo que Lydia levantara la mirada hacia él.

–No, pero…

–Deja que los curiosos te miren el vientre. No tienes de qué preocuparte, tu figura es tan esbelta que casi puedo rodearte la cintura con las dos manos

-dijo demostrándolo.

Lydia tensó el cuerpo y trató de no sentir el calor de sus manos. De otro modo, no tardaría en suplicarle que la besara de nuevo. Se sentía traicionada por su propio cuerpo. Tenía que hacerle entender que había eliminado su buena voluntad al casarse con ella de ese modo.

–No es lo que esperaba.

–¿Qué es lo que esperabas?

Se frotó la nuca mientras consideraba la respuesta. Tenía que pensar, pero su cabeza no dejaba de dar vueltas a aquel beso.

–Esperaba que las cosas fueran como suelen ser… que todo el mundo se comportase decentemente.

–¿Quiere eso decir que no te ha gustado el beso? – preguntó mientras recorría su mejilla con el dedo-. ¿O me estás pidiendo otra demostración?

¡Estaba malinterpretándola intencionadamente!

–¿Otra demostración de qué? ¿De tu habilidad con las mujeres? No hace falta que demuestres nada, pero te recuerdo que yo no soy una de tus aburridas mujeres de Baiae -no sabía si estaba más molesta con él por haberla besado de ese modo o con su propio cuerpo por responder a sus

caricias. Se humedeció los labios con la lengua-. El banquete ha empezado.

No sabes lo difícil que ha sido encontrar carne e higos de buena calidad en tan poco tiempo…

Su mano la agarró del brazo y la obligó a volverse a mirarlo de nuevo.

–Yo jamás te compararía con las mujeres de Baiae. No te pareces en nada a ellas.

Lydia volvió a bajar la mirada y se concentró en la tesela que faltaba en la aleta del delfín del mosaico. Le debía algún tipo de explicación, pero si se la daba allí, alimentaría los chismorreos. Si alguien lo oía, el bien que le había hecho aquel matrimonio a su padre quedaría anulado.

Los invitados empezaban a rodearlos para desearles buena suerte y felicitarlos. Por el momento, tendría que mantener silencio, pero no pararía hasta averiguar por qué Aro se había casado con ella de ese modo.

Consiguió que la soltara con un ligero movimiento. Un alivio temporal.

Las Parcas habían enredado bien el hilo de su vida. Acababa de perder todas sus costumbres y rutinas. Ya no podría ver a su padre, al hombre que la había criado y velado por su bien, como su protector frente al mundo. Su existencia dependía ahora de un hombre al que apenas conocía, un hombre de temible reputación. Un hombre cuyas intenciones desconocía.

–Están llegando los invitados a la fiesta. Hablaremos de esto más tarde -

le dijo ella con tranquila determinación.

–Como desees, pero debes saber que no tengo intención de dejarme engañar -dijo antes de hacerle una pequeña reverencia y volverse a saludar a un invitado.

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Capítulo 5

Aro miró al sol rojo como la sangre que se hundía en el horizonte.

Había llegado el momento de empezar la siguiente parte de la ceremonia.

Sólo quedaban los huesos del cerdo asado y tres ánforas de vino con miel.

Su único cometido ahora era buscar a su esposa y llevarla a su nueva casa.

Los tres muchachos que encabezarían la procesión esperaban ya acompañados de los flautistas. De acuerdo con la tradición, Aro había elegido tres chicos cuyos padres aún vivían, en lugar de contratarlos. No quería que nadie dijera que las cosas no se habían hecho como se debía.

Nadie tendría motivo para poner en peligro aquel matrimonio.

Lo primero que vio fue el velo naranja de Lydia. Estaba charlando con una mujer embarazada junto a un fresco algo apagado en el que aún se veían un olivo y varias palomas. Aro cerró los ojos un momento, recordando otra vez en aquella misma ciudad en la que dos mujeres cuchicheaban mientras él se entretenía con sus juguetes sentado en el suelo.

Pero aquella idílica paz había acabado prematuramente; su familia había sido expulsada de su casa, obligada a huir para sobrevivir. Y uno de los responsables de todo aquello, si creía al ex esclavo de su padre, era el abuelo de su flamante esposa. Desde luego resultaba irónico.

Antes de que ambos murieran, Aro les había prometido a sus padres que volvería triunfal. Aquel día era el comienzo de ese triunfo.

–Aro -oyó la voz grave de Piso sacándolo de sus ensoñaciones.

Aro frunció el ceño con rabia, molesto porque aquellos recuerdos siguieran teniendo tanto poder sobre él como para hacerle olvidar dónde estaba.

El dulce sonido de una risa invadió el aire como una brisa fresca. Era Lydia. Volvió a reírse al ver que su perra atrapaba un hueso en el aire. Su mujer era un misterio. Aro había sentido la pasión dentro de ella al besarla, pero al momento siguiente había empezado a reprenderlo. Se acarició la barbilla mientras la veía lanzarle otro hueso a la perra. Quizá su primer marido no había sido bueno con ella. Quizá algún insensato le había contado alguna historia extraña sobre él. Aro deseaba que su mujer fuera su igual en la cama, no un ser atemorizado. No comulgaba con la opinión de que una matrona romana debía ser rígida en la cama y, si no lo era, era porque se trataba de una mujer de la noche. Eso no les reportaría ningún

placer a ninguno de los dos. Cuando estuvieran juntos, ella debía participar y disfrutar.

–Fabio Aro -volvió la voz de Piso, pero esa vez con tanta impaciencia que obligó a Aro a apartar la vista de su mujer.

–Sí, ya sé, tenemos que irnos. Tenemos que poner fin a la ceremonia -

Aro meneó la cabeza-. El auspex debe de estar cansado de que todo el mundo le pregunte sobre su futuro. Tienes razón, es el momento de marcharnos a casa.

–No es eso. Mira allí. Acaban de llegar nuevos invitados -dijo señalando un grupo de hombres-. Ofelio y sus secuaces. Han venido expresamente a darles una calurosa despedida a los novios. ¿Los has invitado tú, jefe, o deberíamos darles la clase de bienvenida que nos dieron ellos?

El líder del grupo se detuvo en medio del atrio. A su espalda se encontraban los dos hombres que habían atacado a Aro en la taberna. Aro se alegró de ver que caminaban con dificultad. La próxima vez respetarían su derecho a beber sin ser molestados.

Después de saludar a Cornelio, Ofelio se volvió a mirar a Aro y chasqueó los dedos a la altura de la papada. Se trataba de una clara provocación. Piso lanzó un gruñido y comenzó a caminar hacia él, pero Aro lo agarró de la túnica, impidiéndole que siguiera avanzando. No quería peleas innecesarias el día de su boda, pero tampoco iba a permitir que aquel insulto quedara impune. La cuestión era dónde y cuándo atacar.

–No, sólo ha sido un gesto -aseguró Aro muy despacio-. No quiero que mi boda acabe con un derramamiento de sangre.

–Pero sabes bien lo que ha hecho. Y más después de lo que hicieron ayer sus hombres. Él ha vuelto a empezar la violencia después de que los dos jurarais solemnemente hace seis meses. Te lo dije, deberías haberlo denunciado a Pompeyo por comerciar con esclavos.

–Ha intentado empezar una pelea -Aro hizo caso omiso al dolor que sentía en el hombro cada vez que movía el brazo. La toga ocultaba el tremendo moretón-. Dudo mucho que vuelva a intentarlo. Mira las magulladuras que tienen sus hombres. No fue más que un malentendido sobre quién debía beber allí, así que no lo conviertas en otra cosa. La paz continúa; es mejor para los negocios, para la casa Lupan y para Roma. Y es tan firme como lo era hace seis meses.

–Sí, pero…

–No lo consiguió el pasado marzo ni va a conseguirlo ahora -respondió Aro mientras seguía cada movimiento de Ofelio con la mirada-. Estamos en una boda, no en la cubierta de un barco o en una taberna de mala muerte.

Ofelio carece por completo de inteligencia.

–¿Entonces por qué no lo crucificó Pompeyo? – preguntó Piso con la mano en la empuñadura de su daga-. Su mala reputación lo precede. Tú mismo tuviste que liberar a esos soldados romanos.

–Tiene amigos en las altas esferas, Piso -Aro observó a Ofelio brindando con Lydia y con su padre. Varios senadores se unieron al brindis, pero vio con satisfacción que otros dos senadores, con los que él tenía buena relación, no quisieron participar en dicho brindis-. Pero esos amigos no podrán protegerlo siempre. Mira, algunos ya parecen incómodos con la situación. Si comete un error, si intenta apoderarse de algo que me pertenece, cualquier acuerdo previo quedará invalidado y comenzará la guerra entre ambas casas. Pero no será hoy. Hoy puedo perdonarlo casi todo.

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