Siete Días Sin Besos
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Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
–Toda esta comida es muy tentadora, pero debo hacer otras cosas. Esta casa…
–No me diga que Aro ya la ha puesto a trabajar. Vamos, venga a sentarse -dijo mostrándole de nuevo el diván-. Su presencia alegra cualquier habitación.
–De verdad, yo…
–Aquí te encuentro, Lydia, comiendo pasteles con uno de mis capitanes
-la voz de Aro interrumpió sus palabras-. Seguro que Piso se los ha comido todos.
Lydia cerró la boca de golpe, pues la excusa que iba a dar ya no serviría de nada. Se volvió hacia su marido, que se había detenido a acariciar a Korina.
El pelo le brillaba como si acabara de lavárselo. ¡Había estado en los baños! Eso era lo que lo había apartado de su lado. Los baños. Y ella
preocupándose de que algo fuera mal. Al menos podría haberle dejado un mensaje, que era lo que había hecho Tito siempre que salía con sus amigos.
Aro agarró un pastel y se lo dio a la perra. La muy traidora se lo comió de una sola vez y luego se tumbó en el suelo para que le rascara la tripa.
Lydia se ató bien el manto que llevaba sobre los hombros. Ella no se dejaría comprar tan fácilmente como Korina. Guardaría silencio hasta que Aro le diera alguna explicación.
Su rostro parecía más duro, había en él ciertas arrugas que no habían estado ahí la noche anterior. El Lobo de mar había vuelto. Entonces volvió a recordar las historias de Sulpicia y se dio cuenta de que había estado muy equivocada al creer que entre ellos podría haber paz.
–Os deseo buena fortuna -dijo Piso poniéndose en pie-. Tu esposa ha estado haciéndome compañía y debo decir, Aro, que eres un hombre de suerte por haber encontrado una mujer así. Con alguien como ella, también yo me plantearía el matrimonio.
–Lo creeré cuando lo vea -respondió Aro con afecto-. Lydia, ¿vas a saludar a tu marido o es que las Furias te han quitado la lengua durante la noche? Nunca me ha parecido que tuvieras problemas para hablar.
–Mi voz es mía, al menos eso aún lo es -no sólo estaba furiosa porque hubiese desaparecido sin decirle nada, lo que más le molestaba era que esperara un caluroso recibimiento por su parte. Claro que deseaba verlo, pero no así.
–Parece que sí que tienes voz. Ven a saludarme, esposa -dijo tendiéndole los brazos y con una tierna sonrisa que hizo desaparecer la dureza de su rostro-. Estabas completamente dormida cuando tuve que irme.
–Deberías haberme despertado -¿cómo esperaba que lo saludara? ¿Con un beso? Lydia rechazó la idea a pesar del recuerdo del maravilloso sabor de su boca.
Pero fue él el que lo hizo, se acercó y le dio un suave beso en la mejilla.
Un embriagador olor a sándalo borró todos los pensamientos de su mente.
Pero en cuanto volvió a separarse de él, volvieron también los pensamientos.
El Aro que ahora tenía delante era muy diferente al que la había abrazado la noche anterior. Quizá si se hubiera despertado cuando él, podría haberle dado las gracias por ser tan considerado con ella, pero ahora, delante de su capitán…
Lydia se puso muy recta.
Todo aquello era absurdo. Su único propósito en la vida era asegurarse de que su padre estaba bien. Le había prometido a Publio que cuidaría de él y, lo que era más importante, se lo había prometido a su madre en su lecho de muerte. De manera inconsciente, había puesto en peligro la vida de su padre; debía hacer algo antes de que fuera demasiado tarde. Aro no podría negarle que fuera a visitar a su familia, por muy poco usual que fuera. Al fin y al cabo, él había estado en los baños.
–Vine aquí a buscarte -comenzó a decir con voz tensa. Hizo una pausa, respiró hondo. Era más difícil de lo que había esperado-. Quería saber como conseguir una litera para ir a visitar a mi padre.
–Te despediste de él ayer mismo. Una visita al día siguiente de la boda podría provocar habladurías y pondría en duda los augurios de nuestro matrimonio -respondió Aro mirándola fijamente sin el menor indicio de la ternura anterior. Le había puesto la mano en el hombro, impidiéndole que se moviera. El pecho que tan acogedor le había resultado la noche anterior era ahora un rígido muro-. Ahora ésta es tu familia. Ahora eres responsabilidad mía.
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Capítulo 8
Las palabras de Aro resonaron en la mente de Lydia. ¡Acababa de prohibirle ver a su padre!
Se apartó de su mano para poner entre ellos toda la distancia que le fuera posible. Él no intentó mantenerla cerca. Lydia respiró hondo y pensó que quizá lo había malinterpretado.
–Pero me gustaría hacerle una visita a mi padre.
–En otro momento. Hoy no sería correcto.
Lydia miró a su marido con la boca abierta, pero él ya se había vuelto hacia Piso para hablarle de otra cosa. ¿Cómo podía hacerle una cosa así? Se comportaba como si le hubiera dicho que quería visitar a los dioses del monte Olimpo y no hacer una breve excursión al Palatino. Él podía ir adonde quisiera sin preguntarle, pero parecía que ella era poco menos que una esclava. Ella debía obedecerle y pedirle permiso para todo. Era tan injusto.
Trató de relajarse, pues sabía que si perdía los nervios, se arriesgaba a perderlo todo.
–Sea como sea tengo que volver a casa de mi padre hoy mismo -
comenzó a decir Lydia tratando de encontrar la manera de explicárselo sin alertarlo sobre la enfermedad de su padre. Tenía que respetar sus deseos y era evidente que no había querido confiar en su yerno. ¿Cómo podría averiguar ella qué era lo que sabía Aro al respecto?-. Tengo cosas que hacer allí. Mi padre depende de mí para llevar la casa.
Aro dejó de hablar y Lydia vio como su cuerpo se tensaba.
–Tu cuñada vive allí, así que ahora es ella la que debe llevar esa casa -
replicó fríamente-. No veo motivo para que tengas que volver tan pronto. Va en contra de la tradición. No hablemos más de ello, la decisión está tomada.
Lydia se esforzó por mantener la cabeza bien alta. Se negaba a suplicarle y a hablarle de la enfermedad de su padre. Eso no tenía nada que ver con Aro. Allí estaba él, de pie con las manos en las caderas y esperando que su esposa se limitara a obedecer sin rechistar. Tenía que hacerle entender que tenía intención de llevar el tipo de vida que había llevado hasta el momento.
–Hay muchos motivos por los que tengo que volver. Sulpicia no tiene la menor idea de como llevar la casa; sólo ayuda a tejer a veces, cuando está
de humor, pero no sabe nada de las cuentas ni de dónde se guardan las cosas.
–Parece una mujer inteligente. Como solía decir mi niñera, una mujer desnuda no tarda en aprender a tejer.
–Este matrimonio ha sido muy repentino -intentó Lydia de nuevo, pero con cada palabra que decía se hundía un poco más en el lodo de la mentira-…y quiero asegurarme de que la comida está en su sitio y la lana marcada. No sabes lo rápido que se instala el caos en una casa.
–La villa de tu padre parecía bien provista de esclavos la última vez que estuve allí. Sé por experiencia que si los esclavos han tenido una buena señora, sabrán lo que deben hacer -hizo una pausa durante la que le lanzó una mirada penetrante. Se cruzó de brazos, era el fiero capitán de barco y no el hombre tierno que la había abrazado la noche anterior-. Dime la verdad, Lydia. ¿Por qué es tan importante que vayas hoy precisamente? Si considero que es una razón lógica, podrás ir.
Tendría que intentarlo diciéndole la verdad, pura y dura. Entonces seguro que la dejaría ir.
Respiró hondo y levantó bien la cabeza con intención de luchar. La vida de su padre era lo más importante y para salvarla tendría que romper la promesa que le había hecho. Sólo esperaba que lo entendiera.
–Mi padre está enfermo -admitió en voz baja, pero segura-. Ha sufrido varios ataques.
Aro enarcó una ceja y apretó los labios.
–Ayer parecía estar perfectamente, repleto de vida. No he oído ningún rumor sobre dichos problemas de salud. ¿Tú has oído algo, Piso?
El otro hombre se encogió de hombros y negó con la cabeza. El corazón le dio un vuelco. Parecía que el oro que les había dado a los médicos había conseguido comprar su silencio.
–Tienes que creerme. Ha estado muy enfermo. Lo que ocurre es que…
bueno… Publio y yo lo mantuvimos en secreto -Lydia se apretó las manos.
No podía creer lo que estaba pasando; había dicho la verdad y él no quería creerla-. Yo he estado ocupándome de ciertas cosas y no he tenido tiempo de…
–¿Cómo es que tu hermano se fue con Pompeyo estando tu padre tan enfermo? ¿Por qué no se quedó a cuidar de él?
Lydia recorrió el trazado del mosaico con la puntera de la sandalia. De nada serviría intentar explicar el comportamiento de Publio; ella misma le había pedido que se quedara, pero su padre y él habían tenido una fuerte pelea y Publio había huido.
–Publio hizo lo que creía que era mejor. Supongo que sabía que yo nunca dejaría solo a mi padre…
–Tu hermano y tu cuñada te han utilizado -la interrumpió Aro con la misma fuerza con la que sus manos se agarraban a sus caderas-. Dedica un poco de tiempo a conocer esta casa, a ver como funciona, en lugar de volver a tu antigua vida, Lidia Fabia. Eso fue lo que me pidió tu padre ayer antes de que nos marcháramos. No me desobedezcas, esposa. Tu obligación está aquí.
Lydia lo miró fijamente y de pronto comprendió como sería su nueva vida. No tenía derecho alguno. Sería una especie de prisionera.
–Necesito ver a mi padre.
–¿Me harías al menos el favor de decirme la verdadera razón? – le brillaban los ojos y su estatura parecía haber aumentado-. ¿O vas a seguir contándome historias increíbles hasta que dé mi brazo a torcer por puro agotamiento? En sólo un rato me has dado tres motivos diferentes por los que quieres volver a tu antigua casa, pero ninguno de ellas parece urgente, a mi modo de ver.
–Te he dicho la verdad. Mi padre está enfermo y hay algunos asuntos de los que debo encargarme.
–Seguro que puede hacerlo otra persona -dijo frunciendo el ceño y torciendo la boca-. Tu padre tiene esclavos y criados. Ahora dime la verdad.
–¿Por qué no dejas de decir que estoy mintiendo?
–¿Qué es tan urgente como para tener que volver corriendo a tu familia a la mañana siguiente de la boda? ¿Qué es lo que quieres contarle a tu padre?
–Te he dicho la verdad.
Lydia intentó mantenerse firme. Él ni siquiera se había molestado en estar allí cuando ella se había despertado; se había ido a los baños en lugar de quedarse a su lado. Y ahora, sin embargo, que estaba delante su amigo, fingía preocuparse por ella. Tenía un nudo en la garganta, un nudo de lágrimas.
–Tienes que respetar mis motivos -le dijo tratando de mantenerse tranquila. No podía perder la dignidad porque, sin ella, no tendría nada-. Si mi padre decidió no informarte de la naturaleza exacta de su enfermedad, yo debo respetar sus deseos.
–Muy bien -dijo después de un largo silencio-. Debo insistir en que no vayas. Aquí hay cosas de sobra para hacer y Veratio Cornelio y Sulpicia podrán arreglárselas sin ti durante un tiempo. No van a morirse de hambre.
–Si insistes -Lydia bajó la cabeza.
Debía confiar en que su padre no tuviera otro ataque y que, si lo tenía, Sulpicia supiera qué hacer. Tenía que recordar que su cuñada sabía comportarse con sensatez, aunque la última vez se hubiese limitado a desmayarse. Los criados se sentían demasiado intimidados por su padre como para ser de mucha ayuda. Alguien tendría que meterle las pastillas a la fuerza.
–Insisto -la mirada de Aro se suavizó al decir aquello. También le tendió una mano-. No soy un ogro, Lydia. Ten paciencia. No creo que tu padre espere verte hoy. No está en peligro. Nos casamos ayer, por lo que sabe que hoy estarás conmigo.
Lydia no pudo evitar ablandarse un poco por dentro, pero enseguida recordó que Aro había preferido irse a los baños a quedarse con ella.
De pronto se le ocurrió algo. Si no erraba los cálculos, Sulpicia estaría allí. Le dio las gracias a Juno. Sulpicia era una mujer de costumbres; si se daba prisa, la encontraría en los baños, podrían hablar un rato y Lydia podría explicarle lo que debía hacer. Aro no podría negarse.
–¿Podría ir a los baños hoy?
Su esposo la miró con gesto de escepticismo y ella se esforzó por mantenerse impasible. Era un pequeño engaño, pero nada serio; además, la había obligado él con su actitud. La excusa no hizo que se sintiera mejor.
–No veo motivo para que no puedas -dijo juntando las cejas-. Los baños de Aventino son conocidos en toda la ciudad por la calidad de sus aguas. Yo mismo te llevaré más tarde.
–En realidad había pensado en los baños que hay entre el Circo Máximo y el Palatino -dijo del modo más casual-. Son los únicos que yo utilizo y la gente me conoce.
Se quedó en silencio, esperando una respuesta.
Cada músculo del cuerpo de Aro permanecía en tensión.
Era evidente que Lydia ocultaba algo. Había otro motivo para que quisiera ir a los baños y Aro lo sabía con la misma certeza con la que conocía el puerto de Ostia. Parte de su éxito en los negocios se debía a su habilidad para interpretar los rostros de la gente.
–Deja que vaya, Aro -intervino Piso-. Seguramente haya una peluquera a la que quiere ver. Ya sabes como son las mujeres; el peinado equivocado y están de mal humor durante días.
–Piso, tardará mucho en llegar allí -le dijo Aro a su amigo. Hasta que adivinara qué pretendía, tenía intención de apartarla de sus costumbres de siempre-. Todos los baños son iguales.
En cuanto hubo pronunciado aquellas palabras vio como la luz abandonaba el rostro de Lydia.
Las palabras de Rufus habían sido proféticas. Lydia había querido ver a su padre de inmediato, sin siquiera darle oportunidad de hablarle del incendio. Ni siquiera le había preguntado dónde había estado. Se había empeñado en ir a casa de su padre dando una serie de razones poco plausibles. Ahora no le bastaba con ir a los baños más cercanos, sino que quería ir a los que había cerca de su antigua casa. ¿Por qué actuaba de un modo tan sospechoso? Aro lamentó de pronto haberse apiadado de ella la noche anterior, pues parecía empeñada en encontrar una razón por la que anular el matrimonio.
–Yo iré con ella -se ofreció Piso.
Le pareció ver lágrimas en el rostro de Lydia, pero ella apartó la mirada antes de que pudiera comprobar si era cierto.
–No, no hace falta. Puedo utilizar los de aquí.
–Si así lo deseas -Aro miró al punto en que su cabello se unía con la espalda. Se debatía entre el deseo de consolarla y la necesidad de que su matrimonio siguiera adelante con éxito.
–Gracias -dijo antes de salir casi corriendo.
–¿Por qué has hecho eso, Aro?
–¿Hacer qué? – preguntó Aro con la mirada clavada en la puerta.
Se había comportado como una verdadera Veratia. Había deseado creer que aquella mujer no tenía nada que ver con las historias que siempre había contado su padre de los Veratio. Había visto su valentía y su sentido del honor aquel día en el estudio de su padre y había tenido la total certeza de que era diferente.
–¿Prohibirle que viera a su familia? – dijo Piso-. ¿O se trata de otra tradición romana que yo ignoro?
–Está mintiendo. Tú oíste a Rufus tan bien como yo. Dijo que Lydia pediría ir a ver a su padre tan pronto como pudiera.
–Lo había olvidado -Piso abrió los ojos de par en par-. Siempre he creído que las Furias lo volvieron loco tras la muerte de su hijo y la verdad es que no suelo prestar mucha atención a sus peroratas.
–Siempre ha sido un fiel servidor de mi familia. Tiene mucha experiencia y quizá tenga motivos para ser cauto. Si mi padre hubiese seguido sus consejos sobre el padre de Veratio, quizá hubiese evitado la proscripción.
–Debo admitir que Lydia se mostrado muy insistente. Las mujeres son criaturas extrañas… una especie completamente distinta a la nuestra. Es curioso que haya dicho que su padre estaba enfermo… ¿no estaba en el senado el otro día?
–Y no parecía estar enfermo. Más bien al contrario; de hecho dijo varias veces lo contento que estaba de haberse recuperado por completo. Fuera cual fuera la dolencia que sufrió a principios de año, parece haberla superado.
–Rufus dijo que Veratio podría haber puesto algo en el contrato -recordó Piso en tono pensativo-. Pero, por el tridente de Poseidón, no se me ocurre qué podría ser. Tú eres demasiado inteligente para eso.
–Anulación por no haberse consumado el matrimonio.
–Pero tú te acostaste con ella, ¿no? – Piso abrió los ojos de par en par-.
Lydia no mentiría sobre algo así. He visto como se le han ruborizado las mejillas cuando has entrado en la habitación.
Aro miró los frescos de las paredes, donde se representaban los jardines de su infancia.
–Ese incendio fue provocado -dijo, evitando la pregunta-. Nuestro almacén fue lo único que ardió en la zona. Descubrí otra maldición en un lateral de la casa al volver. Y ahora, en contra de todas las tradiciones, mi mujer quiere ir a ver a su padre.
–Sentí mucho tener que sacarte del lecho nupcial. ¿Qué debería haber hecho?
Aro no se molestó en decirle que cuando lo llamaron estaba de pie junto a la ventana En ese momento no sabía a quién despreciaba mas, a Lydia por
aceptar aquel matrimonio o a si mismo por desearlo. En cualquier caso, no iba a permitir que lo engañaran.
–Hiciste lo que debías, Piso -dijo metiéndose una uva en la boca-. Los sacerdotes han decidido que el fuego era un buen augurio, un nuevo comienzo. El que quisiera utilizar el incendio contra mí no ha ganado nada.
–Lydia vino buscándote, pero me encontró a mí. Quizá sintió que no la deseabas.
–¿Por qué iba a creer algo así? Me he casado con ella.
–Las mujeres son así, Aro -dijo su amigo encogiéndose de hombros-.
Quizá le molestó que no estuvieras aquí cuando despertó o que te hubieses parado a lavarte de camino. Si comprendiera la mente femenina, sería rico.
Aro movió el hombro con dolor y deseó haberle pedido el ungüento a Lydia. Le dolía todo el cuerpo de buscar entre las ruinas y de realizar los rituales. Esperaba que todo aquello hubiera terminado, pero lo cierto era que, después de haber leído las maldiciones, dudaba que así fuera.
–Hasta que sepamos quién está detrás del fuego y de las maldiciones, quiero que Lydia se quede en casa, a salvo. Conmigo. Quiero ver qué hace a continuación.
–¿Qué más podría hacer?
–Intentar ponerse en contacto con su cuñada.
–¿Y qué harás tú en ese caso?
–Capearé el temporal si tengo que hacerlo, pero esta vez los Veratio sucumbirán ante los Fabio.
Lydia se llevó el rollo de papiro junto a los labios y resistió la tentación de andar arriba y abajo de la habitación. Normalmente adoraba la historia de Psique y Cupido, pero aquel día no le estaba proporcionando el placer de siempre. Había cometido un gran error en su confrontación con Aro y lo sabía.
Debería haber empezado por contarle la verdad. Ésa había sido su intención en un principio, pero después había empezado a pensar que a él no debía importarle como estaba su padre. Tampoco entendía por qué no le permitía visitar a quien quisiera. Dudaba mucho que a un hombre como Aro le importase realmente la tradición.
En cualquier caso, Lydia no deseaba que los enemigos de su padre supieran nada de su enfermedad. Bien era cierto que ahora formaba parte de
la familia Fabio, pero no por ello había dejado de ser una Veratia. Aro tenía que comprenderlo.
Sólo esperaba que Sulpicia entendiese la tablilla que le había enviado y acudiera de inmediato. El mensaje era algo críptico, pero no le había quedado otra opción después de que Aro se hubiese negado a escucharla.
No iba a sacrificar a su padre sólo porque su nuevo esposo le prohibiese por capricho que volviera a su casa.
–¿Por qué le has pedido a tu cuñada que venga a verte, Lydia? ¿Sin retraso y para tratar un tema urgente?
Lydia dejó el rollo en la mesa con una mano temblorosa y se puso en pie. Aro la miraba desde el umbral de la puerta con gesto grave. La tablilla que Lydia había escrito hacía más de una hora estaba en su mano y no de camino a casa de su padre.
–¿Hay algún motivo por el que no deba hacerlo? – preguntó con voz firme y serena, como correspondía a una matrona romana-. Somos amigas y, como no me has dejado que fuera a visitar a mi padre ni a los baños, pensé que sería agradable que viniera a verme alguien de la familia.
–¿El día después de tu boda?
–¿No pretenderás aislarme de todos mis amigos?
–No pienso responder siquiera a tal pregunta. Si eso es lo único que vas a decir…
Lydia cambió de postura. Por Juno, parecía muy ofendido.
–Lo siento. Sé que nunca has dado a entender nada parecido. Mi familia es muy importante para mí y no sé qué problema hay en que invite a Sulpicia a tomar un té conmigo. Además, ¿quién te ha dado derecho a leer mi correspondencia privada?
Esperó una respuesta, pero Aro se quedó allí, en silencio. Su rostro no delataba emoción alguna. Lydia habría deseado volver a la cercanía de la noche anterior; aquel hombre comprensivo habría sabido entenderla ahora también.
–Mis sirvientes me dicen todo lo que ocurre en la casa. Si mi mujer manda una tablilla pidiéndole a su cuñada que venga a verla urgentemente, me preocupo. ¿Qué te ha pasado que necesites contarle con tanta urgencia?
–Hay una explicación muy sencilla -lo miró unos segundos y comprendió por qué lo llamaban Lobo de mar y por qué había mucha gente que se sentía intimidada ante él. Pero ella no iba a dejarse intimidar-. Como
no me has dejado ir a ver a mi padre, me pareció que lo mejor era pedirle a Sulpicia que viniera para explicarle qué es lo que tiene que hacer exactamente si mi padre tiene otro ataque.
Aro enarcó una ceja.
–¿Por qué no me has pedido que le enviase una nota?
–Antes no has querido escucharme -dijo ella apartándose cuando él se acercó-. No sé qué es lo que crees que pretendo hacer, pero mi padre ha estado enfermo y, no sé cómo, las pastillas que tiene que tomar si tiene un ataque acabaron entre mis frascos.
Por la expresión de su rostro, seguía sin creerla.
–Veratio Cornelio nunca mencionó nada de eso, parecía estar en plena forma. ¿Por qué habría de creerte?
–Estoy diciendo la verdad -insistió con gesto de impotencia-. Estuvo muy enfermo. Por eso vendí el vino… para pagar a los médicos y comprar su silencio. Me lo preguntaste antes y no pude darte una respuesta, ahora te la estoy dando. Vendí el vino para salvarle la vida a mi padre y no me arrepiento de ello.
–¿Y las pastillas? ¿Dónde están?
–En mi tocador.
–Si me las das, me encargaré de que alguien se las lleve -dijo estirando la mano abierta.
Lydia no esperó un momento a llevárselas, en cuanto las viera se daría cuenta de que no le había mentido. Estaba deseando ver su cara y escuchar sus disculpas.
–Aquí las tienes -le dijo-. Si me das un momento, escribiré las instrucciones.
–¿Tu padre no sabe como tomarlas? – preguntó con incredulidad mientras ella anotaba en una tablilla de madera-. ¿Por qué no le enviaste las pastillas directamente sin tanto misterio?
–Quería asegurarme de que Sulpicia sabía qué hacer -levantó la mirada de la tablilla y vio que Aro tenía enarcada una ceja, pero ahora parecía entretenido con la situación-. Me da la sensación de que mi padre apenas recuerda nada del primer ataque. Los médicos lucharon mucho para salvarlo y… Sulpicia nunca presta demasiada atención a lo que hacen los demás.
–¿Y qué te hace pensar que esta vez sí lo hará?
–Que no le quedará más remedio. Ahora es la señora de la casa; tendrá que hacer algo más que arreglar las flores y chismorrear con sus amigas.
Aro agarró el paquete y siguió observando a Lydia mientras escribía con determinación. Enseguida le dio la tablilla y Aro pudo leer el contenido, no eran más que unas precisas instrucciones. Quizá Piso tuviese razón y Rufus hubiese estado alterado por el fuego. ¿Había puesto en peligro su matrimonio por nada?
Un segundo después había enviado a un mensajero a llevar el paquete a casa de su padre. Se quedó observando a Lydia en busca de algún indicio de nerviosismo, pero lo miraba desde el centro de la habitación con gesto acusador. Muchas mujeres ya habrían roto a llorar, pero Lydia era diferente, no parecía tenerle miedo a nada. Le había plantado cara.
–Todo solucionado, no eran necesarias tantas complicaciones -le tendió las manos y sonrió, pero ella se quedó donde estaba-. La próxima vez sólo tienes que pedirlo.
–¿Puedo hacerte una pregunta?
Él asintió con una sonrisa.
Después de varios titubeos, salió de su boca una pregunta inesperada.
–¿Por qué no hay mujeres?
–No comprendo -creía que le pediría un brazalete o quizá un vestido nuevo, como habían hecho más de una vez las viudas de Baiae.
–¿Por qué no hay ninguna mujer en esta casa? Todos los sirvientes que he visto son hombres.
–¿Eso te supone un problema? – ni siquiera se había parado a pensarlo, pero ahora le parecía evidente que su mujer necesitaría una criada, compañía femenina-. Todos mis sirvientes son marineros retirados. Están hechos a mis costumbres y las mujeres pueden suponer una distracción.
Lydia deseaba preguntarle si ella también era una distracción, pero por el modo que se había comportado por la mañana, era evidente que no era así. Sin duda Aro tenía intención de seguir adelante con la misma vida que antes.
–Pero no temas -siguió diciendo él sin percibir su enfado-, te obedecerán y, si no, tendrán que responder ante mí.
–Ninguno me ha dado el menor problema, pero me gustaría tener alguna criada que me ayude con el pelo. La mía se ha quedado con Sulpicia.
Aro la miró y con un gesto le pidió que continuara hablando. Lydia imaginaba lo que estaría pensando, lo extraño que era que la hija de un senador tuviese que compartir criada. Su único consuelo era que no sabía nada de los problemas económicos de la familia.
–Has dejado a tu criada con tu cuñada, la que pasa el día chismorreando.
–Beroe y Sulpicia se llevan muy bien y yo pensé que tú tendrías alguna sirvienta que pudiera ayudarme -terminó de decir con la cabeza bien alta para que no sospechara.
–Perdóname, debo admitir que no reparé en ello.
–Hoy me las he arreglado sola.
–Y muy bien -dijo apartándole un mechón de la cara-. Me gusta más así que con el peinado que llevabas ayer o el día del compromiso.
Lydia sintió una extraña sensación de placer. Le gustaba su sencillo peinado… Pero aún no estaba preparada para perdonarlo. Sulpicia y Publio también intentaban a menudo convencerla de algo a través de halagos.
–Necesitaré los servicios de una criada tan pronto como sea posible.
Este peinado está bien para estar en casa, pero tendré que salir y reunirme con mis amigas. Supongo que querrás que tu esposa esté a la altura de las modas.
–Veré lo que puedo hacer -dijo Aro pensando ya en la persona perfecta para el trabajo. Así podría ayudar a la familia de Rufus y derrumbaría las barreras que el viejo guardia parecía haber levantado hacia Lydia-. Pero no podrá ser hoy. No hay prisa, nadie espera que unos recién casados inviten a nadie ni salgan a cenar.
La expresión de su rostro cambió de pronto. ¿Qué había hecho ahora?
Sólo intentaba tranquilizarla.
–¿Se supone que tengo que quedarme aquí sola y sin criada?
–Por el momento, sí -se pasó la mano por el pelo y enseguida trató de arreglarlo-. Sólo hasta que pueda organizarlo todo. Pero creo que ya tengo a la chica perfecta.
–¿Cuánto será eso? ¿Un día? ¿Dos? ¿Y por qué no puedo elegir yo a quien quiera?
–Tenemos que hablar de un par de cosas -Aro se cruzó de brazos y se dispuso a ponerla al corriente del peligro que corrían. Tenía que descubrir quién había escrito esas maldiciones y había incendiado el almacén, hasta entonces no quería que Lydia saliese a la calle libremente. Pero tampoco
quería asustarla, tenía que elegir las palabras con cuidado-. Quiero explicarte…
–Pensé que querías una esposa, no una esclava.
Lydia se dio media vuelta y Aro se quedó mirando al vacío que quedó cuando ella se hubo marchado.
Sólo había dado unos pasos cuando se detuvo y se llevó las manos a la cara. ¿Qué había hecho para merecer un trato así? ¿Qué pensaba Aro que haría si iba a visitar a su padre? ¿O si elegía a su propia criada?
No tenía ningún sentido. No era mucho pedir, sólo un motivo. Hasta que se lo diera, se comportaría como una prisionera y buscaría cualquier oportunidad para huir.
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Capítulo 9
Esa misma tarde llegó a la casa de Aro la respuesta de Sulpicia acompañada por varias notas en las que pedía consejo a Lydia para todo tipo de cosas relacionadas con la casa; desde dónde guardar las ánforas de aceite a como asegurarse de que el vendedor de sedas no la engañaba.
También había una tablilla de Veratio Cornelio dándole las gracias por las pastillas y esperando que estuviese satisfecho con su mujer. Si Lydia había tenido intención de escapar para volver con su padre, lo había planeado sola.
Aro se mordió el labio. Había dejado que los temores de un viejo le nublaran la razón.
Lydia estaba en el mismo lugar y en la misma posición que la última vez, de pie junto a la ventana del dormitorio. Allí llevaba desde la pelea.
–Sulpicia te ha enviado siete tablillas, Lydia. Parece que tenías razón, sí que necesita tus consejos.
Lydia inclinó la cabeza y sonrió cortésmente, sin que la sonrisa llegara a su mirada. Era la clara imagen de una orgullosa matrona romana.
–Gracias. No hacía falta que vinieras tú para algo tan insignificante.
–Nada relacionado con mi esposa es insignificante.
–Seguro que tienes miles de cosas que hacer -dijo mirando a la puerta.
Sin duda quería que se marchase y pudiera ser que Aro lo mereciese, pero no iba a dejar que ella dictara lo que debía hacer. También ella era responsable de la pelea que habían tenido.
–Si hubieras sido sincera conmigo desde el principio, podríamos habernos ahorrado el disgusto -después de eso, bajó la cabeza-. Siento haber sido tan brusco.
Ella también inclinó la cabeza, lo que le permitió ver la piel de su cuello y el mechón de pelo que le caía directo a la curva de los pechos. Lo invadió una oleada de deseo al recordar su cálido cuerpo junto a él la noche anterior.
Había sentido el sabor de la pasión en su boca en el beso nupcial.
–Intenté ser clara -susurró ella con cierto nerviosismo-, pero no quisiste escucharme.
–Ahora te escucho -dijo tomándole una mano entre las suyas.
Ella la retiró de inmediato y agarró una de las tablillas.
–Ya te lo he explicado todo, no creo que sea necesario volver sobre ello.
Mi único interés era el bienestar de mi padre.
–Has puesto el bienestar de tu padre por encima de nuestro matrimonio y de lo que la gente pudiera pensar. Las habladurías podrían hacer mucho daño a mi negocio y a mis esperanzas de convertirme en senador. No podía arriesgarme por un capricho, Lydia.
–Lo siento, pero hice lo que creía que debía hacer. Si quieres una mujer así por esposa, lo comprendo. Dame tiempo y venderé mi dote para pagarte.
–Estamos casados, fin de la discusión. Aún debo descubrir si he hecho un mal trato.
–Lo comprendo.
Lydia respiró hondo y Aro vio en sus ojos que no lo comprendía realmente.
–Tu padre tiene mucha suerte de tenerte como hija. ¿Lo sabes, Lydia?
–No soy ningún modelo de virtud. Le prometí a Publio que cuidaría de todo mientras él estuviera solo. Alguien tiene que hacerlo porque parece que Sulpicia tiene la cabeza llena de plumas.
–Pero ahora es a mí al que le has prometido algo.
–Sí -dijo mirándolo con sus enormes ojos.
Aro le pasó la mano por la cabeza, sintiendo la suavidad de su cabello bajo los ásperos dedos. La deseaba con todas sus fuerzas, deseaba hacerla suya y encender la pasión que sin duda se escondía en su interior.
Necesitaba hacer desaparecer todas sus dudas.
Esa vez no se apartó, se quedó allí, completamente inmóvil.
–Anoche hubo un incendio en uno de mis almacenes -dijo Aro por fin-.
Por eso no pude estar aquí cuando despertaste esta mañana. Tenía intención de decírtelo nada más llegar, pero no pude hacerlo con la discusión.
–Deberías habérmelo dicho. Eso lo explica todo -se llevó la mano a la boca abriendo los ojos de par en par-. ¿Le ha pasado algo a alguien? ¿Hay algo que yo pueda hacer?
–El vigilante tiene algunas quemaduras, pero lo cierto es que no ha habido demasiadas pérdidas. La mayoría de las cosas estaban ya cargadas en el barco.
–El ungüento del que te hablé es muy bueno para las quemaduras. Iré a…
Se dispuso a ir hacia la puerta, pero Aro la agarró para impedírselo.
–Está al cuidado del mejor médico de Roma. Cuando esté mejor te llevaré con él, le encantará conocerte.
Quería que se quedase con él, no que fuese a atender enfermos. No quería que tuviese otra excusa para posponer la consumación. Si realmente la asustaba la idea de acostarse con él, el tiempo no haría más que aumentar su temor. Y, si sus sospechas eran ciertas, no quería darle más oportunidades para que huyera y pudiera anular el matrimonio. Había llegado el momento.
–Le aliviaría el dolor -dijo mostrándole un frasco de piedra-. Si me llevas con él…
–Se lo llevará uno de los sirvientes.
Lydia apartó la cara de él con tristeza, la misma tristeza que le daba a él verla así. Nunca había forzado a ninguna mujer y no iba a empezar a hacerlo con su mujer. Pero tenían que consumar el matrimonio. Además, sabía que al final ella lo desearía tanto como él a ella.
–Pero, ¿por qué? – le preguntó con voz débil-. ¿Por qué intentas tenerme aquí encerrada? ¿Qué he hecho mal?
–No has hecho nada mal. Es sólo que quiero que estés aquí conmigo, donde no corres peligro alguno.
–¿Por qué iba a correr peligro? – soltó una carcajada carente de alegría-.
Tengo casi veinte años y llevo toda la vida viviendo en Roma.
–El fuego de anoche fue provocado.
–Eso sucede todos los días en Roma.
–Pero había varias tablillas con maldiciones -confesó mirándola fijamente-. En una de ellas se nombraba a mi esposa y amenazaban con hacerte daño. Quiero asegurarme de que estás protegida.
Lydia se mordió el labio inferior y respiró hondo. Por fin dejaba de discutir con él y de buscar cualquier excusa para marcharse.
–Perdóname, pero si me hubieras dicho adonde habías ido, lo habría comprendido. Creí que habías ido a ver a algún cliente a los baños. Que te habías alejado de mí en cuanto habías podido y que te arrepentías de haberme elegido por esposa.
–Había ido a los baños a quitarme el hollín antes de reunirme con mi esposa. No quería preocuparte.
–Me preocupo más si no sé qué ocurre. Pensé que te había disgustado.
Aro le puso la mano en el brazo y su aroma le hizo pensar en rosas en un día de verano. Ella movió las pestañas y un ligero suspiro salió de sus
labios. Se humedeció los labios con la lengua, volviéndolos tan rojos como una cereza.
Aro la estrechó en sus brazos, inclinó la cabeza y saboreó sus labios. Al principio se tensó, pero cuando la abrazó con más fuerza, se derritió en su boca y sus curvas se moldearon a su cuerpo. Abrió los labios, invitándolo a sumergirse, a beber de ella. El deseo se apoderó de él y tuvo que esforzarse en mantener el control. No iba a utilizar la fuerza si ella no estaba preparada para continuar, pero tenía la sensación de que también ella iba a sucumbir al deseo.
Sintió que se estremecía y supo que esa vez no era por efecto del temor sino de la pasión. La luz iluminaba su cuello, marcando un camino que sus labios deseaban seguir. El escote del vestido dejaba adivinar los montes de sus pechos. Aro sintió que se le aceleraba la respiración. Aquélla era su esposa, la futura madre de sus hijos. Ya no importaba si había intentado engañarlo.
Le puso las manos en los pechos y rozó levemente los pezones, que se endurecieron de inmediato. Entonces gimió con placer y arqueó la espalda hacia él. De pronto le puso la mano en el pecho y se apartó.
–Lydia -susurró él con la respiración entrecortada-. ¿A qué estás jugando? No empieces algo así a menos que tengas intención de ir hasta el final.
Lydia respiró hondo. Sabía muy bien a qué se refería, sabía lo que estaba a punto de suceder, pero no podía evitar pensar en Tito. En todos los errores que había cometido con él y en como él la había rechazado. No quería que le pasase lo mismo con Aro y no sólo por su padre, también por su futuro juntos.
Dio un paso hacia atrás hasta que su espalda quedó contra la pared. Su cuerpo protestó al notar el frío.
–No tenía intención de empezar nada -y sin embargo deseaba volver a sentir su boca y sus manos.
–Pero lo has hecho.
Se acercó a ella y le puso la mano en la mejilla. Lydia sentía que le temblaban los labios y no pudo contener un leve gemido, una especie de llamada que él comprendió enseguida. Volvió a poseer su boca, esa vez también con la lengua que ella recibió con placer. De pronto no existía nada excepto las sensaciones que él despertaba y que superaban cualquier temor.
Sumergió los dedos en su cabello negro para atraerlo hacia sí tanto como pudiera. Y sintió la fuerza de sus brazos estrechándola.
–Por favor…
Él levantó la mirada hacia ella.
–¿Por favor qué? ¿Por favor para o por favor continúa?
–Por favor no pares.
Comenzó a mordisquearle el cuello dulcemente provocándole un sinfín de escalofríos. Habían empezado con suavidad, pero ahora ardían de deseo.
Lydia arqueó el cuerpo contra él y apretó los pechos contra su torso, los pezones endurecidos buscaban algún tipo de alivio.
–Ves lo que me haces sentir -le susurró él al oído.
Sentía la dureza de su excitación esperando una respuesta. Una respuesta que su cuerpo deseaba darle. Ya no importaba lo que hubiera sucedido en el pasado o lo que pudiera suceder en el futuro, lo único importante era el sabor de su boca y el tacto de su cuerpo.
El manto que le cubría los hombros cayó al suelo y, tras él, el cinturón que le sujetaba el vestido y que Aro abrió con delicadeza.
Lydia quedó allí, tapada tan sólo con la finísima combinación, sin atreverse a mover ni un músculo, esperando a ver qué hacía él a continuación. Se atrevió a mirarlo a los ojos.
–No hay vuelta atrás.
Lydia asintió levemente y, un instante después, estaba derritiéndose entre sus brazos como la cera caliente. Sus lenguas bailaban al unísono mientras Aro la llevaba hasta la cama. La frialdad de la tela contrastaba con el calor de su boca, que de pronto capturó uno de sus pezones a través de la combinación. Lydia gimió suavemente.
Deseaba que continuara, lo necesitaba. Aquello no se parecía en nada a lo que había imaginado. Sus manos y su boca la tocaban como si fuera un arpa.
Le bajó la combinación hasta dejar los pechos al aire y entonces, igual que un gato lamía la leche, él lamió sus pezones. Una especie de relámpago barrió todos los pensamientos de su mente y sólo la dejó sentir.
Entonces se dio cuenta de que también él se había quitado la túnica y pudo observar su pecho firme, salpicado de vello. De su cuello colgaba una fina cadena de oro con un sello. Todo él parecía una estatua de Apolo que Lydia no pudo resistirse a tocar. No era frío mármol sino carne.
Recorrió su torso lentamente y encontró marcas de todo tipo, cicatrices de batallas pasadas, supuso. Después su lengua recorrió el terreno que ya había explorado su mano, arrancándole un gemido que más bien parecía un rugido.
Cuando se disponía a bajar la mano, él se la agarró y se la llevó a los labios.
–Vamos despacio, Lydia. Saboreemos el tiempo que tenemos juntos. Si sigues tocándome así, esto habrá acabado antes de haber empezado realmente.
Lydia se quedó inmóvil. Había vuelto a equivocarse. Una profunda tristeza la invadió de pronto, pero cuando volvió a notar sus labios sobre la piel, se olvidó de pensar y volvió a sentir.
En cuanto su mano se acercó al centro de su cuerpo se dio cuenta de que deseaba algo más, todo su ser se lo pedía. Él le separó los muslos suavemente para después sumergir un dedo dentro de ella. Sus músculos se contrajeron y de su boca salió un gemido de placer. Necesitaba más y él debió adivinarlo.
Al mismo tiempo que sumergía la lengua en su boca, se zambulló dentro de ella. Su cuerpo se abrió a él y dejó que la llenara.
Aro se detuvo sólo un segundo, le besó el cuello y comenzó a moverse lentamente. Ella lo siguió, subiendo poco a poco el ritmo hasta llegar a lo más alto.
Ahí estaba, pensó Lydia. Aquello era a lo que le cantaban los poetas y por lo que suspiraban las mujeres.
Los últimos rayos de sol iluminaban el cuerpo de su esposa dándole un brillo dorado. Aro escuchó su respiración tranquila. Había pasión entre ellos, algo más que el rutinario encuentro entre un hombre y una mujer, algo sobre lo que podrían construir su relación.
Lydia abrió los ojos y tocó el anillo que Aro llevaba al cuello.
–¿De quién es?
–De mi padre -llevaba allí tanto tiempo que ya era parte de él-. Nunca me lo quito.
–¿Por qué no lo llevas en el dedo?
–Porque aún no soy digno de ponérmelo. Le hice una promesa a mi padre y aún no la he cumplido.
–Espero que lo hagas pronto -dijo retirando la mano.
–El matrimonio ha sido consumado, Lydia -susurró él mientras le acariciaba el cuello-. Ya no habrá anulación.
Ella abrió los ojos de par en par y se apartó de él. En un abrir y cerrar de ojos se había levantado de la cama y se disponía a vestirse.
–¡Cómo te atreves!
Aro la miró y se maldijo a sí mismo. A juzgar por su reacción, sus palabras no iban muy desencaminadas. Sin duda había pensado en ello.
–¿Cómo me atrevo? – repitió él incorporándose en la cama.
–Nunca he pretendido tal cosa. ¿Cómo iba a hacerlo sabiendo todo lo que te debe mi familia? Un trato es un trato y yo lo respeto fielmente. Jamás pido más de lo que me corresponde ni intento engañar a nadie. Así es como me educaron.
–¿Y el vino de Falerno?
–He pagado mi error con mi cuerpo.
La acusación quedó en el aire. Aro cerró los ojos unos segundos. No había pretendido ofenderla, pero era evidente que lo había hecho. Deseaba estrecharla en sus brazos y volver a besarla hasta que lo olvidara todo.
–No sé a qué estás jugando, Fabio Aro, pero puedes estar seguro de que no vas a ganar -se alejó un poco más de él. Le temblaban los labios-. ¿Por qué quieres que falte a mi palabra? No seré la ruina de mi padre. Has dicho que le hiciste una promesa a tu padre, piensa, por favor, que yo tengo a mi padre en igual estima. Jamás intentaría romper un acuerdo que él hubiera hecho.
–Lydia, te aseguro que no es ningún juego -se levantó de la cama y fue hacia ella-. Hablo muy en serio.
Lydia levantó la mano como si fuese a golpearlo, pero después debió de pensárselo mejor porque se limitó a echarse el manto sobre los hombros y a salir de la habitación.
Aro maldijo entre dientes. No iba a ir corriendo tras ella. La paz que había habido entre ellos había quedado destruida. El anillo que llevaba al cuello pesaba más que nunca.
Lydia no se detuvo a ver si Aro la seguía. Sólo quería alejarse del lugar en el que había entregado su cuerpo y él lo había tomado cínicamente. ¿Qué clase de hombre era Quinto Fabio Aro?
No le había hecho el amor porque deseara hacerlo, sino para sellar el contrato matrimonial porque creía que ella trataría de engañarlo. Era un
ataque a su integridad y a su palabra.
Tenía delante la puerta de la calle, sólo tenía que abrirla y podría volver a respirar libremente. Encontraría por fin un poco de paz.
–¿Dónde crees que vas?
Una mano la agarró del brazo y la puso contra la pared.
–A la calle.
–¿Descalza?
Lydia bajó la mirada y maldijo. ¿Por qué no se había puesto las sandalias?
Levantó la cara, retando a Aro a reírse.
–Sí.
–Sería una lástima que esos pies tan hermosos se hicieran daño. ¿Por qué quieres marcharte con tanta prisa?
–Suéltame, Fabio Aro, o…
–¿O qué?
Aro se acercó un poco más a ella. Se había puesto la túnica, pero no se había molestado en abrochársela. Desprendía un halo de masculinidad prácticamente irresistible.
–Contesta, Lydia -le pidió al oído.
–¿A ti qué más te da dónde vaya? – optó por fingir indiferencia, algo que estaba muy lejos de sentir teniéndolo tan cerca-. Puede que vaya a ver a mi padre, como tú bien has dicho… ya no hay anulación posible. No es necesario que intentes demostrar que te preocupa mi seguridad.
–Tu padre volverá a enviarte aquí.
–Pareces muy seguro de ello.
–Me envió una nota de agradecimiento junto con los mensajes de Sulpicia.
Lydia sintió que lo pies se le convertían en mármol. La perfidia de aquel hombre no tenía límites. Sabía que su padre estaba bien y había decidido no decírselo.
–Si estás tan seguro de ello, ¿por qué no puedo ir a verlo?
–Es peligroso, especialmente si sales descalza. Ya te lo he explicado antes -puso su cara junto a la de ella-. Tienes que confiar en mí, lo hago por tu bien.
Lydia apartó la cara. Estaba harta. Merecía la verdad. A diferencia de las mujeres griegas, ella podía salir a la calle con la cara descubierta, no
tenía por qué esconderse.
–¿Por qué debería creerte? Sila prohibió que la gente llevara armas en la ciudad. Yo siempre he salido sola a la calle libremente.
–Tu padre no cumplió con su obligación, debería haberte protegido mejor.
Lydia bajó la cabeza, pues no había dicho toda la verdad. Normalmente cuando salía iba acompañada de varios hombres de su padre, pero Aro no tenía por qué saberlo. No podía ceder a su autoritarismo.
Se había casado cum manu y eso ya no podía cambiarlo, pero quería preservar su libertad. Había visto el poder que había ejercido su madre sólo con amenazar a su padre con marcharse y como la dote de Sulpicia había quedado a salvo de los acreedores de Publio al haber mantenido su independencia.
–¿Por qué iba a mentirte, Lydia? – Aro parecía triste-. ¿Por qué habría de querer envenenar nuestra relación?
–Si supiera tus propósitos, no estaríamos hablando de esto.
Lydia lo miró y trató de recordar todos los motivos por los que debería odiarlo, pero lo único que veía era un hombre increíblemente atractivo al que deseaba besar. Entonces lo vio sonreír y fue como si el sol saliera tras la tormenta.
–Ven conmigo al almacén. Te ensañaré los restos del incendio y las tablillas con las maldiciones.
Lydia parpadeó varias veces. No era ésa la reacción que había esperado, que estuviera dispuesto a demostrarle las cosas en lugar de imponérselas.
Así todo funcionaría mejor entre ellos.
–Encantada -respondió con calma.
Tenía intención de demostrarle que podía confiar en ella y que valía para mucho más que para servir de ornamento en la casa.
–No deseo pelearme contigo, Lydia -le puso la mano en la mejilla, pero ella la apartó.
–¡Quítame las manos de encima!