Siete Días Sin Besos

Michelle Styles · Capítulo 1 de 5 · parte 3/4

Páginas del PDF

Siete Días Sin Besos

Start

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

–Tú mandas -Piso dio un paso atrás y se colocó la túnica, pero las ansias de rebelión se reflejaban en su mirada.

–Muy bien, ahora sigue disfrutando de la fiesta -le dijo Aro dándole una palmadita en el hombro. Tengo entendido que Veratio Cornelio tiene excelentes vinos. Asegúrate de que nuestros invitados puedan disfrutarlo.

Quiero que todos beban por mi matrimonio. Una boda es un momento para la alegría, no para saldar viejas deudas.

–Lo comprendo -Piso lo agarró de la muñeca-. Pero, por Poseidón, ten mucho cuidado. Eres muy importante para los marineros.

–Hoy es mi boda, Piso. Los dioses del monte Capitolino han bendecido mi matrimonio. No hay peligro.

Diciendo eso, Aro se alejó de su amigo para ir junto a los recién llegados. La multitud se apartó para dejarle paso. Toda la sala quedó en silencio, como si los invitados esperaran una señal de él. Todas las miradas lo observaban. Aro sabía que cualquiera que fuera su comportamiento, tendría más consecuencias que un simple saludo entre dos comerciantes rivales. Tenía que hacerlo bien.

–Ofelio, me alegro de que hayas venido y vayas a participar en la celebración de mi boda -dijo Aro, de pie y con los brazos cruzados frente a

su adversario. El ruido volvió a la habitación con normalidad-. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos.

–Sí, lo recuerdo -el pirata inclinó la cabeza ligeramente-. Estabas teniendo algunas dificultades con tu barco.

–Nada que no pudiera controlar -Aro esbozó una sonrisa-. El mar y yo somos hermanos. El cargamento de vino y aceite de oliva que llevaba llegó sano y salvo a Corinto. Fue una travesía muy provechosa.

–Y ahora estás casado, con una Veratia. Es todo un ascenso para un marinero sin apenas un denario a su nombre.

–Algunos nacemos con suerte.

Ofelio se inclinó hacia delante y se dio unos golpecitos en la nariz.

–Se rumorea que te encontraron en su cama y que ése es el único motivo por el que su padre ha permitido esta boda.

–También se rumorea que eres un pirata que se dedica al comercio de esclavos y que los poderosos amigos que tienes en el senado están a punto de caer -Aro hizo una pausa para disfrutar de la reacción de Ofelio-. Los rumores son algo muy peligroso.

–Desde luego -murmuró Ofelio limpiándose la frente con el manto que llevaba sobre la túnica.

–Ahora, si me disculpas, ha llegado el momento de que mi esposa y yo nos marchemos a nuestro nuevo hogar. Tus hombres son bienvenidos en esta celebración siempre y cuando vengan en son de paz.

–Debes recordar que nuestro acuerdo ha resultado muy beneficioso…

tanto a nosotros como a nuestros hombres. No me gustaría que nada lo rompiera -añadió cuando Aro ya había empezado a alejarse.

Aro se detuvo y respiró hondo. En otro momento habría actuado sin pensar, pero no lo haría allí, bajo la atenta mirada de los mayores entrometidos del senado. Nada debía estropear los buenos augurios del día.

La próxima vez que se reunieran los censores, lo aceptarían en el senado.

Había trabajado mucho para conseguirlo.

–El acuerdo fue violado en el momento en que tus hombres me atacaron sin motivo alguno. ¿No habíamos decidido que no habría más ataques?

–Mis hombres cometieron un error. Me han prometido que no te reconocieron en la oscuridad de ese antro. Pero ya han sido castigados por ello. Han hecho un sacrificio a Mercurio y tú recibirás una compensación.

–No quiero que Lydia se asuste. Debemos renovar y ampliar el acuerdo.

–Los novios siempre os mostráis muy irascibles con todo lo relacionado con vuestras esposas. Yo hablaba de negocios, no de mujeres, de cargamentos. En cuanto a las tabernas, ¿qué puedo hacer si a mis hombres les gusta beber sin el hedor de los muelles?

Aro sintió un hormigueo en los dedos, el impulso de agarrar la daga, pero sabía que si lo hacía, la noticia no tardaría en llegar al foro y el acuerdo quedaría anulado. Los censores tendrían un motivo para negarle el acceso al senado. Así pues, respiró hondo y trató de controlar sus dedos.

–Pues a mí me pareció que el hedor desaparecía en el momento en que tus hombres salieron corriendo.

–El incidente no debe repetirse.

–La próxima vez deberían fijarse bien a quién atacan -respondió Aro sosteniéndole la mirada.

–Me pregunto si caerías tan bajo como para casarte sólo para asegurarte el negocio. Recuerdo que siempre has dicho que lo mejor para un hombre era no tener ningún tipo de carga -Ofelio volvió a inclinarse hacia él-. Dime, Aro, ¿qué tal va el negocio? He oído que estás teniendo algunos problemas con un vino que debías entregar hace tiempo.

–Como ya te he dicho, es mejor no creer los rumores.

–Dispongo de un magnífico vino de Falerno, por si lo necesitas. Debo decir que lo adquirí a un precio estupendo -dio una palmada para llamar a uno de sus hombres-. De hecho, he traído un ánfora como regalo de bodas.

Es de muy buena cosecha.

–Eso tenía entendido -Aro se dio media vuelta, pero entonces se encontró con la sonrisa de Piso-. Parece que ya sabemos quién fue el misterioso comprador del vino de Falerno -le dijo a su amigo-. Tengo la sensación de que mañana mi monedero pesará bastante más, ¿no crees viejo amigo? – añadió, refiriéndose a la apuesta que habían hecho.

Aro miró a Lydia, que seguía charlando y riéndose con sus amigos y familiares. ¿Por qué le habría vendido el vino a un pirata con tan mala reputación que ningún hombre honrado se atrevía a hacer negocios con él?

Justo en ese momento vio como Ofelio se acercaba a ella y le hacía una exagerada reverencia. Lydia dijo algo que hizo que el pirata frunciera el ceño. Aro no tardó en acercarse a ellos, con la mano en la daga.

–¿Algún problema, Lydia? – le preguntó a su mujer sin apartar la mirada de Ofelio, retándolo a hacer el menor movimiento.

–No, ninguno -dijo Lydia con evidente tensión-. Sólo le he hecho una pregunta sobre cierto cargamento de liquamen.

–Tu esposa tiene espíritu de hombre -comentó Ofelio con una sonora carcajada-. No mucha gente se atrevería a interrogarme. Y el día de su boda, ni más ni menos.

–Lydia -Aro puso una mano en la espalda de su mujer. Podía sentir la tensión en sus músculos y de pronto lo invadió un extraño instinto de protección hacia ella. Lydia era su esposa y no iba a permitir que se enfrentara a Ofelio sola. No iba a exponerla a ese tipo de hombres, como parecían haber hecho su padre y su hermano-. ¿Puedo hacer algo para ayudarte?

–No es nada, sólo una vieja cuenta pendiente -Lydia lo miró sonriendo-.

Creo que es hora de que nos vayamos.

–Ya hablaremos de esa… cuenta pendiente en otro momento -dijo Aro entre dientes. No quería que nada estropease esa última parte de la ceremonia.

–No hay nada de qué hablar -aseguró ella tajantemente-. Ya te he dicho que es algo pasado, un viejo negocio familiar.

Aro apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula. Le enfurecía que se aferrase de ese modo a su familia y disculpara a su enemigo.

–Ahora tu familia soy yo. Cualquier negocio que tuvieras con este hombre pertenece al pasado.

–Aro, estoy deseando ver como te organiza la vida tu mujer -le susurró Ofelio al oído, invadiéndolo con el olor a ajo de su aliento.

–En mi casa seré yo el que organice -respondió Aro.

–Besa a la novia.

Lydia trató de hacer oídos sordos a los continuos gritos que acompañaron la procesión. No había habido tanta gente cuando se había casado con Tito. Pero claro, ahora se había casado con el jefe de la casa de comercio más importante de Roma y parecía que toda la ciudad estuviese allí.

Al llegar a la colina del monte Aventino, se volvió a echar un último vistazo a las villas y frondosos jardines del Palatino, aunque hacía ya mucho que la casa de su padre había desaparecido en la distancia. Él se había quedado en la casa, pero Sulpicia, como dama de honor, la seguía a

sólo unos pasos. Lydia trataba de caminar sobre los adoquines con paso firme y la cabeza bien alta.

Su antigua vida había terminado y la nueva aún no había comenzado. Se sentía como una estatua sin vida propia. Parpadeó varias veces y trató de convencerse de que aquellos pensamientos eran ridículos. Ella seguía siendo la misma persona, perteneciera a la familia que perteneciera. La sangre de los Veratio corría por sus venas, no la de los Fabio.

Bajo la luz de las antorchas vio a Aro tirándoles frutos secos a los niños para asegurarse un matrimonio fértil. Sonreía y charlaba con muchos de ellos, incluso de vez en cuando se acercaba a darle el fruto seco a algún tímido que respondía con una enorme sonrisa. Aro sonreía también y continuaba andando.

¿Qué clase de hombre era? ¿El Lobo de mar del que le había hablado Sulpicia, o el hombre de corazón generoso que parecía a veces?

Durante la procesión Lydia vio su lado más amable y jovial, pero cuando se había enfrentado a Ofelio en el atrio había llegado a temer que la boda acabara en un derramamiento de sangre. Afortunadamente, no había sido así.

Había estado tentada de contarle lo del cargamento de salsa de pescado que parecía haberse extraviado y la respuesta que le había dado Ofelio, pero no había tenido oportunidad de hacerlo. Claro que seguramente le habría dado el mismo consejo que ya le había dado en el estudio de su padre y se habría reído de ella por haber cometido tal error. No tenía intención de darle ocasión de burlarse de ella como lo había hecho Tito.

Un obsceno comentario de la multitud la hizo sonrojar y volvió a alegrarse de que el velo ocultase el rubor provocado por la explícita imagen de dos cuerpos entrelazados que había aparecido en su mente al oír aquellas palabras. Aro las había recibido con una carcajada.

–Por fin estamos en casa -anunció su marido señalando una villa de la cima de la colina, lejos de la pobreza de las viviendas que ocupaban las laderas del monte. Una ligera brisa llenó el aire de olor a pino-. No tiene muchos lujos, pero creo que será suficiente.

–Es más que suficiente. Es muy bonita -Lydia observó la enorme puerta de roble abierta tras la cual se veía una luz cálida que invitaba a entrar.

En la entrada había una tela blanca con hojas de laurel y enebro. Aro la levantó en brazos sin darle opción a protestar. Tan cerca de él, pudo sentir

los latidos de su corazón. En contra de toda lógica, Lydia se dio cuenta de que se sentía segura en sus brazos.

De nuevo en el suelo, no podía hacer otra cosa que mirar a su esposo e intentar no pensar en que tendría que compartir el lecho con un hombre al que apenas conocía.

Su matrimonio con Tito había sido precedido de un largo noviazgo durante el que había tenido tiempo para prepararse. Tito había sido siempre algo más parecido a un amigo que a un esposo. Sus caricias nunca habían provocado las sensaciones que despertaban en ella las manos de Aro.

Al margen de las historias de Sulpicia, no sabía nada de él ni de como trataba a las mujeres.

–Mi casa quiere darte la bienvenida con los tradicionales regalos.

Lydia miró a su alrededor a través del velo. Todo en aquella casa rezumaba riqueza. Había oído hablar de la opulencia de los mercaderes, pero nunca lo había creído del todo. Ahora sí. Los frescos de las paredes conservaban todo el color, algo que no había visto nunca excepto en la casa de Craso, cuya riqueza era legendaria.

–Que el fuego arda siempre en el hogar y el agua fluya libremente mientras tú seas señora de esta casa -Aro le señaló la lámpara de aceite y la pila de agua-. Haz de esta casa un hogar, Lydia.

–Ésa será mi tarea además de mi deleite -consiguió decir ella al tercer intento.

Quería creer que las palabras de Aro eran sinceras, pero su mirada seguía gélida. Puso los dedos en las ofrendas y después dio un paso atrás, como mandaba la tradición.

–Contemplad a vuestra nueva señora -Aro le retiró el velo-. Obedecedla como me obedeceríais a mí.

Los criados se inclinaron ante ella y murmuraron palabras de alegría, pero Lydia creyó ver el miedo en sus ojos. De pronto se dio cuenta de que no había ninguna mujer. Sería la única fémina en una casa de hombres. No obstante, levantó el rostro y los miró fijamente.

–Haré todo cuanto esté en mi mano para ser una buena señora, para ser la matrona Romana que marca la tradición.

Una tenue sonrisa en el rostro de Aro le dio a entender que había utilizado las palabras adecuadas.

–Estoy seguro de que lo serás. Ha llegado el momento de poner fin a la ceremonia pública.

Aro le puso la mano en el brazo para llevarla a la siguiente parte de la ceremonia… la toma de posesión por parte de la novia del lecho nupcial.

Sulpicia y el resto de invitados se marcharían y Lydia se quedaría a solas con Fabio Aro.

Una falsa cama con las figuras de los novios había sido colocada en el atrio para expulsar a los malos espíritus de la cámara nupcial. Lydia miró a su marido de reojo, pero la luz titilante de las lámparas le impedía adivinar ningún tipo de emoción en él.

¿Qué estaría pensando? ¿Por qué se habría casado con ella? Sabía por qué lo había hecho ella, pero… ¿y él?

Suponía que deseaba entrar a formar parte de la sociedad romana y el matrimonio con una mujer perteneciente a una buena familia lo introduciría en los círculos más selectos, en los lugares donde se discutían los negocios más importantes.

Tuvo que respirar hondo. ¿Era mucho pedir… ser deseada por ella misma y no por su familia? Quería que su vida tuviera otro propósito más allá que el de escuchar los chismorreos del foro.

Con un nudo en el estómago, entró en la lujosa estancia presidida por una cama de sábanas bordadas.

–He hecho traer tu rueca, símbolo de tu naturaleza trabajadora -le dijo Sulpicia sin poder disimular lo maravillada que estaba por la decoración y el mobiliario del dormitorio-. Aquí no necesitarás el manto.

Ya estaba, ése era el último paso de la ceremonia. Lydia respiró hondo.

Todo iba a salir bien. Sólo tenía que soportar la noche lo mejor que pudiera y esperar que su marido quedase satisfecho. Todo el mundo la miraba, esperando que hiciese lo que debía.

Por fin se desató el broche de la palla para que Sulpicia pudiera quitársela. Una vez despojada del manto, se dio media vuelta y miró a Aro.

Con un solo movimiento de la daga, su esposo cortó el cinturón que le sujetaba la túnica por debajo de los pechos. Los invitados los aclamaron con alegría. Aro le dio el cordón a Sulpicia, que bajó la cabeza y abandonó la habitación cerrando la puerta tras de sí.

OceanofPDF.com

Capítulo 6

Al otro lado de la puerta aún se oían las risas y los gritos de alegría, pero dentro de la habitación Lydia estaba inmóvil, como si unas raíces invisibles la tuvieran amarrada al suelo. Aro, sin embargo, parecía perfectamente tranquilo mientras servía vino en dos vasos. Le ofreció uno a Lydia, pero ella lo rechazó con un simple movimiento de cabeza. ¿Cómo podría pensar en beber con esa cama que cada vez parecía más grande esperándola?

Vio beber a Aro y no pudo evitar recordar tacto de su boca y el fuego salvaje que había encendido dentro de ella.

¿Qué se sentiría estando abrazada a él?

Aro no se movió, se quedó de pie en medio de la habitación, observándola con su mirada dorada.

–No parece que quieran poner fin a la celebración -comentó ella refiriéndose al ruido del exterior. Tenía que decir algo para romper aquel tenso silencio, para apartar la mente de su boca.

–Enseguida se callarán -aseguró él con una leve sonrisa que curvaba sus labios-. La mayoría de ellos son mis hombres y sus familias, y los barcos zarpan mañana, por lo que querrán irse a descansar.

–¿Tú también te irás? – preguntó Lydia.

Tenía sentido que hubiese insistido en casarse con tanta prontitud si estaba a punto de partir. En cuanto se hubiera ido, Lydia sería libre para hacer lo que quisiera. Quizá los sirvientes pretendieran esperar hasta el regreso del señor, pero estar sin hacer nada iba en contra de su naturaleza.

Necesitaba sentirse útil, esforzarse en llevar aquella casa y quizá incluso ayudar en los negocios. No sería la primera vez que una mujer se hacía cargo del negocio familiar mientras el marido estaba fuera. Quizá no pudiera hacerlo enseguida, pero con el tiempo…

Aro dejó el vaso en una mesa llena de fruta fresca y volvió a sonreír.

–Afortunadamente, el jefe de una casa de comercio rara vez tiene que navegar. Mi cometido consiste sobre todo en perseguir los cargamentos de grano extraviados -explicó con monotonía a pesar de que su actitud era la de un lobo pendiente de su presa-. Es una existencia aburrida, pero promete una vida más larga que la de pelearse constantemente contra la furia de Neptuno.

–¿El Lobo de mar ya no surca los mares? – el nombre salió de su boca sin que pudiera evitarlo.

–Conoces mi apodo -las sombras de su rostro se hicieron más intensas y Lydia no habría sabido decir si estaba disgustado.

–Lo he oído alguna vez.

–No creas todo lo que oyes.

–No lo hago -levantó la cabeza y se encontró de lleno con su mirada-.

En Roma hay muchas lenguas afiladas.

–¿Lo sabes por experiencia? ¿O quizá tu padre te ha protegido de ese tipo de personas?

–Mi padre…

¿Qué sabía Aro de su relación con su padre? ¿O de su enfermedad?

¿Cómo podía explicarle que en otra época él la había animado a participar en el negocio, pero que desde su enfermedad parecía haberlo olvidado todo?

Su padre se había convertido en una persona distinta. A veces parecía que una Furia se hubiese apoderado de su mente. Contestaba bruscamente sin motivo, perdía los nervios por nimiedades y luego, cuando se le había pasado, se quedaba en silencio, como si no recordara nada.

Lydia se preguntaba si Aro lo comprendería o si, por el contrario, aprovecharía la información para sacar algún beneficio de ella.

Se llevó las manos a la redecilla color carmín que aprisionaba su cabello. Deseaba haber podido quedarse a escuchar la conversación que Aro había tenido con su padre. No podía dejar de recordar las últimas palabras de su padre, cuando le había pedido que mantuviera en secreto los asuntos de la familia. Le debía lealtad.

–Mi padre siempre me ha permitido bastante libertad. Creía que era mejor que supiese como era el mundo. Después de la muerte de mi madre me animó a que me hiciera cargo de la casa.

–Y piensas que ahora tendrás que renunciar a todo eso -no era una pregunta, sino una afirmación pronunciada con suavidad.

–No lo sé -dijo ella extendiendo las manos como para demostrar que no tenía nada que ocultar-. He oído hablar de la casa Lupan y algunas historias sobre el Lobo de mar que circulan por el foro, pero sé muy poco de ti. Juzgo a las personas por lo que sé de ellas, no por los chismorreos que oigo en la plaza.

–A partir de ahora sabrás más de mí -aseguró riéndose suavemente-.

Una mujer debe conocer a su marido y sus deseos.

Aquella risa le provocó una cálida sensación que hizo que recordara el modo en que su cuerpo había respondido cuando él la había besado.

–Quinto… -murmuró Lydia-. ¿De dónde viene ese nombre? ¿Eres el quinto hijo de tus padres?

–Es un viejo nombre de la familia. No suelo utilizarlo, no me gusta, pero fue el nombre de mi padre y también el de mi abuelo.

–¿Cómo debería llamarte yo? – preguntó a pesar de la vocecilla que le decía que su marido no tenía el menor interés en que le llamara por su nombre, eso era sólo para gente muy cercana y para él ella no era más que un trofeo.

–Aro, Lydia Fabia. Ese es el nombre que yo elegí y me gusta más -estiró los brazos en un gesto de cordialidad, pero en su rostro apareció una mueca de dolor.

–¿Qué te ocurre?

–No es nada. Ayer, Piso y yo tuvimos algunas desavenencias con unos lugareños y tengo algunas magulladuras en el brazo y en el costado -explicó al tiempo que le mostraba el brazo-. Así aprenderé a ser un poco más rápido la próxima vez. Me parece que he vuelto a hacerme daño en el hombro al levantarte en brazos.

–No deberías haberlo hecho -se lamentó de no haberse dado cuenta antes. Ella, que se preciaba de fijarse siempre hasta en los más pequeños detalles.

–No es nada importante -aseguró con una sonrisa que la hizo estremecer-. ¿Qué clase de novio sería si no pasara a la novia en brazos por el umbral de su nuevo hogar?

–Lo habría entendido.

–Quiero los mejores augurios para este matrimonio -su voz era sólo un susurro, que le provocaba mil y un escalofríos.

–Tengo un bálsamo especial que yo misma preparo -dijo Lydia con la mirada clavada en los moretones de sus brazos y no en sus ojos-. Mi padre dice que es muy efectivo contra el dolor. Le tiene una fe ciega… o solía tenérsela -añadió enseguida, pues necesitaba ser sincera.

–Seguro que me haría mucho bien -dijo entrelazando los dedos entre los suyos-. Tanto como tus manos.

–Puedo traerlo si quieres. Debe de estar entre mis cosas -Lydia comenzó a caminar hacia la puerta, pero no tardó en detenerse al recordar dónde estaba-. Si me dices dónde están mis cosas…

Aro volvió a acercarse a ella y le acarició la mejilla con la suavidad de una mariposa.

–Después.

Lydia sintió que se le cortaba la respiración en el momento en que él sumergió los dedos en su cabello y se lo soltó. Los prendedores que sujetaban el peinado fueron cayendo al suelo uno a uno y la melena se desparramó en cascada sobre su rostro y por la espalda.

–Muy hermoso -le susurró él al oído. – Tan hermoso como el mar en una noche de verano, ondeando a la luz de la luna.

–Qué disparate -dijo Lydia a pesar del placer que había sentido al oír sus palabras-. Sólo es pelo. Nunca consigo que esté en su sitio. Beroe se desespera conmigo.

–Es tan fino como la seda -sumergió una mano en la melena y se llevó un mechón a los labios.

Lydia se quedó inmóvil, no quería cometer ningún error. No quería hacerlo enfadar. Aún estaba muy reciente el recuerdo de su primera noche de bodas y de la humillación que había vivido.

Sus manos le acariciaron la cabeza y ella la echó ligeramente hacia atrás, mostrándole el cuello, adonde él dirigió los labios de inmediato. Coló ligeramente los dedos por debajo del vestido, lo que le provocó un escalofrío.

Pero de pronto Aro retiró la mano y la miró a los ojos.

–Dime qué ocurre. Algo te ha tenido preocupada toda la noche -le dijo con voz suave y cálida-. Dime qué es lo que temes de mí. ¿Qué hay en mis caricias que tanto te desagrada?

–No esperaba que este matrimonio te convirtiera en mi dueño y señor -

admitió Lydia a pesar del nudo que le bloqueaba la garganta-. No suele hacerse, por lo que había creído que mi padre seguiría siendo mi tutor.

Aro se apartó de ella y fue a servirse más vino.

–Yo no me muevo según dictan las modas. El matrimonio cum manu fue lo bastante bueno para mis padres y lo es también para mí. Mi madre nunca lo cuestionó.

–Los tiempos cambian -respondió Lydia entre dientes. Seguramente su madre era un ejemplo de virtud que tejía la ropa de toda la familia y respetaba siempre los deseos de su padre-. Mis padres, sin embargo, se casaron sine manu. Sólo se casan cum manu aquellos que desean convertirse en gran sacerdote de Juno. ¿Es eso lo que pretendes?

–Tengo mis razones para querer casarme cum manu y tu padre estuvo de acuerdo, pero ser sacerdote de Juno no es una de ellas -añadió con cierto sarcasmo-. Pero, por encima de todo, espero que mi esposa sea leal a mí.

–La lealtad no se compra y se vende como si fuera grano, Fabio Aro -

dijo ella con la cabeza bien alta-. La verdadera lealtad hay que ganársela.

Tras sus palabras se hizo un largo silencio durante el que Aro se limitó a mirarla a los ojos.

–Tu padre me ha entregado tu mano porque confía en que sabré cuidarte bien. Le di mi palabra y yo siempre cumplo con mi palabra.

–¿Te dijo que mi marido estaba a bordo cuando los atrapó la tormenta?

– la pregunta salió de su boca por voluntad propia-. Entonces prometiste que salvarías a todos los que estaban en el barco, pero no lo hiciste.

–Lamento mucho no haber podido salvarlos a todos -respondió él con voz fría y distante-. También yo perdí a dos de mis mejores hombres aquel día. Neptuno estaba enfurecido. De todos modos, sólo prometí que lo intentaría, es diferente. Deberías estar agradecida de que tu padre fuera uno de los que se salvó.

Lydia tragó saliva. Había hecho que pareciera que había sido culpa de Aro que Tito se hubiera ahogado. Su padre le había asegurado que no había sido culpa de nadie, que el mástil lo había golpeado y había caído por la borda. El hombre que había salvado a su padre había arriesgado su vida rescatándolo de la misma entrada del Hades.

Lydia siempre se había preguntado qué habría pasado si Tito no hubiera muerto. ¿Habrían vuelto a ser amigos o habrían seguido distanciándose?

Por muy culpable que se sintiera al respecto, lo cierto era que, cuando le habían dicho que había sido Tito el que había perecido y no su padre, había sentido alivio por no tener que seguir preocupándose por un marido hacia el que sentía muy poco respeto. Después sí había lamentado su muerte, pero la primera emoción había sido gratitud de que los dioses lo hubiesen elegido a él. Pero sí, se sentía culpable y los remordimientos la habían despertado

más de una noche, consciente de que Tito habría merecido una esposa mejor.

¿Y Aro?

–Ya está bien -dijo él con firmeza-. Lo hecho, hecho está. El ritual se ha celebrado ya y tu padre me ha dado tu mano. Ahora somos marido y mujer.

La esposa debe fidelidad al marido; a partir de ahora la casa Lupan y yo seremos lo primero para ti.

Lydia no se sentía preparada, tenía los nervios a flor de piel. Se retiró a un rincón de la habitación, lo más lejos posible de la cama, y tomó un sorbo de vino que le supo amargo.

–Haré lo que he prometido hacer.

Aro asintió.

–¿Sabes llevar una casa? – le preguntó él-. ¿No habré hecho un mal negocio quitándole a tu padre una hija malcriada?

–Mi padre nunca ha tenido la menor queja sobre el modo en que llevé su casa -respondió ella sin parpadear-. Ya he dicho que tengo intención de ser una buena esposa.

–Pero me tienes miedo. Temes mi reputación, puedo verlo en tus ojos -

su voz se hizo más cálida y seductora-. ¿Quién te ha llenado la cabeza de historias sobre mí? ¿Es por eso por lo que pones objeciones a quedar bajo mi tutela? Esas habladurías no son más que invenciones de gente que, sin conocerme siquiera, envidia la suerte que me han concedido los dioses.

Ahora formas parte de mi familia y quiero protegerte. No dejaré que nadie te haga daño.

–Yo nunca he dicho que te tenga miedo -se apresuró a decir Lydia.

–Pues es eso lo que dice tu modo de actuar. Cambiaste en el momento que descubriste quién era. Sé lo que se dice de mí; el Lobo de mar que persigue a aquellos que intentan robarle. Por eso nadie quiere cruzarse en mi camino y por eso mis cargamentos siempre llegan a puerto. Esas historias me benefician en los negocios, pero no son más que eso, historias.

Mi gente, aquellos que me conocen, saben la verdad.

Diciendo eso le quitó el vaso de vino de la mano y lo dejó sobre la mesa. Lydia sintió un nuevo escalofrío. Las lámparas de aceite iluminaron la cicatriz de su mejilla. Ella sintió el deseo de acariciarla, de comprobar si era suave o áspera. Pero recordó que ahora era una matrona romana que debía comportarse siempre como una señora y no como una prostituta. No

quería adquirir mala fama, quería ser como su madre, a la que todo el mundo había querido sinceramente.

Entonces Aro le puso una mano en el hombro y echó a un lado la tela de la túnica, dejando a la vista la parte superior de sus pechos.

–No temas, Lydia -dijo él al ver que se estremecía-. No voy a forzarte a nada -le dio un beso en la frente y después volvió a colocarle el vestido-.

Métete en la cama. Ha sido un día muy largo.

–Si me das unos minutos, tengo que hacer el sacrificio a Venus.

–Ya lo has hecho esta mañana -le recordó en tono burlón-. No hace falta que hagas más sacrificios, deja descansar a los dioses.

No podía hacer nada más. Aro iba a llevársela a la cama sin más dilación.

Lydia dejó que el vestido cayera al suelo. ¿Sería amable con ella? Vio como sus ojos la recorrían de arriba abajo y sintió frío a pesar de la combinación que aún llevaba puesta.

–No tienes por qué mirarme así. Nunca he forzado a ninguna mujer y nunca lo haré -dijo mientras se estiraba-. Me duele el costado.

–¿Qué es lo que quieres de mí? – preguntó ella en voz baja.

–Ya te lo he dicho… quiero que hagas de esta casa un hogar -sus ojos se clavaron en ella durante unos segundos-. Ahora acuéstate; es tarde y quiero dormir.

Lydia se metió en la cama y se tapó hasta la barbilla.

–¿Dónde dormirás tú?

–Contigo. No tengo intención de dormir en el suelo.

Y, sin esperar su respuesta, Aro se quitó la toga y se metió en la estrecha cama.

–Te he dado mi palabra, Lydia -su respiración le rozó la cara al tiempo que su brazo la rodeaba por la cintura-. No soy un animal y no voy a poseerte a la fuerza. Consumaremos este matrimonio a su debido tiempo.

Lydia cerró los ojos. No había esperado tanta amabilidad. Cambió de postura intentando no dejarse llevar por la cálida sensación que crecía entre sus piernas.

–Quédate quieta si no quieres que pase nada. Si sigues moviéndote, olvidaré mis buenas intenciones.

Aquellas palabras la dejaron inmóvil. Espero así hasta que oyó que Aro respiraba de manera regular. Le había concedido un respiro por alguna

razón que no alcanzaba a comprender. Había imaginado que la poseería del mismo modo, con la misma falta de delicadeza que lo había hecho Tito; centrándose en su propio placer sin darle ninguno a ella. Pero no lo había hecho, se había comportado con sorprendente sensibilidad. Quizá estar casada con el Lobo de mar no fuera tan horrible como Sulpicia había predicho. Quizá con el tiempo encontraran un poco de paz juntos. Por la mañana, cuando sus hombres se hubiesen marchado, podrían empezar el matrimonio adecuadamente.

Lo cierto era que le resultaba reconfortante sentir su brazo rodeándola e impidiendo que cayera de la pequeña cama.

Aro se concentró en respirar con calma mientras escuchaba atentamente la respiración de Lydia. Notaba sus caderas en la pelvis y su cabello acariciándole la cara. Cambió de postura para aliviar un poco el dolor que sentía en el costado. Quizá fue el movimiento lo que la hizo gemir en sueños. Aro sintió la presión en la entrepierna al ver su piel cálida y suave y sentir el aroma de su cuerpo.

La tentación de besarla y volver a despertar su pasión era casi insoportable, pero le había dado su palabra. Cumplir sus promesas lo hacía diferente a Ofelio y otros comerciantes que surcaban el Mediterráneo, él tenía honor. Aquello lo hizo sonreír. Los años que llevaba en el mar, haciendo crecer su negocio, le habían hecho aprender el valor de la paciencia. Aquél que esperaba y estaba preparado para aprovechar cualquier oportunidad era el que conseguía todo lo que se proponía.

Retiró las sábanas y se sentó en la cama. Antes de levantarse, la miró y apartó un mechón de pelo de su rostro.

–Duerme bien, Lydia, yo no podré hacerlo.

OceanofPDF.com

Capítulo 7

–Deberías haberme llamado antes -dijo Aro abriéndose camino entre la multitud que observaba la escena en silencio.

Las ruinas del almacén principal de la casa Lupan en Roma despedían un resplandor anaranjado en la media luz de antes del amanecer. El calor del fuego le quemaba la cara y el humo hacía que le ardieran los ojos y le llenaba la boca cada vez que respiraba.

–No quería sacarte del lecho nupcial sin darte ocasión de consumar la noche.

Aro emitió un sonido gutural. Lo cierto era que habría agradecido la interrupción, cualquier cosa que apartara su mente del recuerdo de Lydia con aquella fina combinación y el calor de su cuerpo.

–Hay tiempo de sobra para esas cosas. No habrías sufrido la ira del Lobo de mar. La casa Lupan está antes que cualquier asunto personal, ya lo sabes. Mi matrimonio no cambia nada de eso.

–Pensé que te vendría bien un poco más de tiempo antes de tener que enfrentarte a esto. Además, nos estábamos arreglando bien sin ti -aseguró Piso con la túnica manchada de ceniza y la cara arrugada por el cansancio.

–Cuéntame lo peor… ¿cuánto hemos perdido? ¿Todo? ¿Se ha quemado el envío de comino y canela del senador Appio? ¿Las ánforas de aceite?

Vamos, hombre, dime algo. ¿Se ha podido salvar algo?

–Mis hombres y yo hemos conseguido sacar las especias y las sedas.

Puede que hayamos perdido cinco o seis ánforas de aceite de oliva, pero nada más -Piso se pasó la mano por la frente-. Casi todo estaba ya en las barcazas. Tu obsesión por zarpar temprano nos ha favorecido una vez más.

Puede que proteste, Aro, pero tus reglas han vuelto a salvarnos.

–Habrá que retrasar la salida.

Aro vio el alivio reflejado en el rostro de Piso.

No había duda de que el capitán habría zarpado si Aro se lo hubiese ordenado, pero habría sido una locura. Una tripulación cansada cometería errores y los errores podían ocasionar la pérdida del cargamento, algo que no podía permitirse después del incendio.

–Sólo unos días -dijo su amigo con algo menos de preocupación-. Los hombres están agotados y no querría echarlos a la mar ni contando con la gracia de Poseidón y de Hermes. No todos somos Fabio Aro.

–Tenéis dos días. Los planes han cambiado; en lugar de ir a Corinto, os dirigiréis hacia el norte a recoger un envío de vino y volveréis en cinco días.

Mergus y su tripulación harán el viaje a Corinto.

–Dos días y una travesía corta y fácil… es muy generoso por tu parte, Aro -reconoció bajando la cabeza-. Más de lo que habría esperado.

–Espero que dediquéis esos dos días a prepararos y no a vivir en la taberna de Flora.

Una enorme sonrisa iluminó el rostro de Piso.

–¿De dónde has sacado esa idea? – preguntó con una carcajada.

Aro se puso las manos en las caderas y observó las ruinas humeantes.

En cuanto Piso regresara tendrían que descubrir si seguía en pie la frágil tregua que habían acordado con Ofelio. Lo que menos deseaba era romper el acuerdo sin motivos suficientes, pero el instinto le decía que Ofelio había tenido algo que ver en aquel fuego.

–¿Tienes idea de qué lo provocó? – preguntó Aro mientras un grupo de hombres se dirigía con agua y escobas a sofocar un nuevo foco de fuego provocado por el derrumbe de un trozo de techo-. Parece demasiada coincidencia que se haya incendiado justo hoy. ¿Se hicieron todas las comprobaciones de seguridad? ¿Sabes si alguien se dejó encendida alguna lámpara de aceite?

–Los hombres siguieron tus instrucciones como hacen siempre; tienen demasiado aprecio a su paga como para arriesgarse a hacer enfadar al Lobo de mar. Saben bien lo que les pasa a los que no obedecen las reglas.

–Muy bien. ¿Entonces como empezó el fuego?

–Aro, sabes bien que el fuego siempre es un problema en Roma. He perdido la cuenta de todos los edificios que se han incendiado desde marzo.

Esta misma noche he visto al menos cinco fuegos más en el cielo -dijo Piso encogiéndose de hombros-. Gracias a Rufus, no pasó lo peor -aseguró señalando al vigilante nocturno.

–No sé como pasó -admitió Rufus con evidente cansancio. Se tambaleaba ligeramente, pero parecía empeñado en seguir en pie sin ayuda.

Aro tendría que asegurarse de que el veterano vigilante visitara un médico y no iba a aceptar sus excusas de siempre. Rufus conocía a Aro desde niño y era una de las pocas personas que le decía al Lobo de mar todo lo que pensaba, pero esa vez tendría que obedecer sin rechistar.

–Había revisado ese almacén hacía una hora y no había notado olor a humo ni nada de eso -dijo Rufus y parecía a punto de echarse a llorar-. Fui porque había oído un ruido, pero resultó ser un perro. Cuando me di media la vuelta, se echó sobre mí.

–Sé que has hecho todo lo que has podido, Rufus, como siempre.

Rufus había demostrado su valía como navegante hasta que un accidente había puesto fin a sus días en el mar. Su hijo mayor también había formado parte de la tripulación de Aro hasta el día del rescate de Veratio Cornelio, que había desaparecido en el mar. Una enorme ola lo había arrastrado al agua junto con el joven senador, el primer marido de Lydia.

Desde la cubierta, Aro no había podido hacer otra cosa que observar con horror.

–Gracias, Fabio Aro.

–Fue una suerte que mis hombres y yo volviéramos justo en el momento en que Rufus iba a dar la señal de alarma -aseguró Piso poniéndole una mano en el hombro al vigilante-. Nos pusimos manos a la obra en cuanto vimos las llamas.

Rufus se aclaró la garganta y se apartó de la mano de Piso.

–¿Qué ocurre, viejo amigo? – le preguntó Aro-. ¿Qué me estás ocultando?

–Tienes enemigos muy poderosos, Aro -intervino Piso-. Hay alguien que quiere destruirte.

–Muchos lo han intentado sin conseguirlo.

–En la puerta del almacén había una tablilla con una maldición -

respondió por fin Rufus-. Estaba tratando de quitarla cuando vi el fuego.

–Qué cosas intentan nuestros rivales -dijo Aro con voz tranquila. Él no creía en esas cosas, prefería confiar en el trabajo y sus propias habilidades, pero había otros que eran supersticiosos-. Los dioses siempre han estado de mi lado y siguen estándolo.

–No son los dioses los que me preocupan. Son esos Veratio. Nunca deberías haberte casado con una de ellos. Tu padre siempre decía que eran peligrosos, que no se podía confiar en ellos y que siempre encontraban la manera de no cumplir con los acuerdos. No me extrañaría que hubiera alguna trampa en el contrato de matrimonio. El padre de Veratio Cornelio contribuyó a la proscripción de tu padre.

–Eso nunca se demostró.

–Pero tu padre siempre lo decía -de pronto empezó a temblarle la voz-.

No me extrañaría que estuvieran detrás de este incendio. Recuerda bien lo que te digo… seguro que pagaron a alguien para que hiciera el trabajo sucio.

–¿Con qué finalidad iban a incendiar el almacén? – Aro sabía que su padre había culpado al padre de Veratio Cornelio de tramar la proscripción.

De hecho, ese había sido uno de los motivos por los que él había exigido un precio tan alto por el rescate, pero Veratio Cornelio había demostrado ser un hombre de palabra; no había intentado posponer la boda y había cumplido todas sus exigencias. Aro había querido asegurarse de que el contrato no dejara ninguna escapatoria que le diera la posibilidad de no cumplirlo. Aún había una, pensó apretando los labios, podrían anular el matrimonio por no haber sido consumado, pero Cornelio no podría imaginar que no había habido consumación. No, los nervios de Lydia habían sido completamente sinceros-. Supongo que tienes alguna razón para decir eso, Rufus. No voy a permitir que cuestiones la integridad de mi suegro sin evidencia alguna.

–No sé, es una corazonada. Me pregunté quién se beneficiaría de ese fuego… pero claro, qué sabe un esclavo como yo de cómo se comporta todo un senador romano -Rufus lo miró con ojos ardientes-. Lo cierto es que es demasiada coincidencia. ¿Por qué esta noche? Fíjate bien lo que te digo, seguro que tu mujer pedirá ver a su padre hoy mismo.

–No establezcas conexiones donde no las hay.

En ese momento Rufus lo miró, emitió una especie de quejido y cayó al suelo redondo.

–Un médico, rápido -gritó Aro al tiempo que se arrodillaba junto al vigilante y trataba de escuchar su respiración. Era muy tenue e irregular-.

No me mandéis al primer matasanos que encontréis, quiero alguien que sepa lo que hace.

–Como digas, Fabio Aro.

Aro miró a su capitán.

–Piso, límpiate un poco y ve a mi casa a esperar a mi mujer.

–Pero aquí hay muchas cosas que hacer…

–Haz lo que te digo, Piso -Aro miró la tablilla con la maldición y enseguida vio que Piso comprendía-. No debe estar sola, quiero ser yo el que le cuente lo del fuego y no quiero que se preocupe sin necesidad.

–¿Qué vas a hacer?

–Voy a asegurarme de que este incendio no le ocasiona más daños a la casa Lupan. Quiero que los augures lean bien los restos del fuego y que bendigan el lugar -volvió a mirar la tablilla. Fuera quien fuera el responsable de dicha maldición, había pagado muchos denarios por ella.

¿Había pagado también para que alguien provocara el incendio?-. El fuego puede ser el símbolo de un nuevo comienzo, no sólo de la destrucción de los sueños. Todo depende de la interpretación que haga el sacerdote.

La luz del sol entraba en la habitación filtrada por los tablones de los postigos cuando Lydia despertó de un extraño sueño sobre lobos, mares agitados y alguien a quien debía rescatar. Un hocico frío le empujó la mano.

–Korina -le dijo a la perra que estaba junto a la cama-. He tenido un sueño muy raro.

La perra ladró una sola vez.

Lydia parpadeó varias veces con una extraña sensación de desorientación hasta que se dio cuenta de que su boda no había sido ningún sueño. Ya no estaba en su pequeño dormitorio ni tenía su vida perfectamente organizada; ahora era la esposa de Fabio Aro y estaba al mando de la villa más grande de todo el monte Aventino.

Se había casado con un hombre al que apenas conocía, un hombre al que debería odiar, pero después de la noche anterior, le resultaba completamente imposible hacerlo. La mayoría de los maridos habrían insistido en disfrutar de los privilegios que les daba el matrimonio, pero él no. Él había tenido en cuenta sus necesidades. Eso sin duda significaba algo.

Su boca se curvó en una sonrisa al recordar la sensación del cuerpo de Aro junto al suyo. Quizá aquel matrimonio no fuera tan malo, siempre y cuando él estuviera dispuesto a tratarla como a una igual. Lydia tenía intención de cumplir sus votos, de ser una buena esposa; le demostraría que podía hacer algo más que llevar la casa, podría ayudarlo en los negocios y quizá entonces él empezara a valorarla como algo más que un símbolo de su nuevo estatus.

Se levantó de la cama y se dirigió a una puerta abierta tras la cual encontró un pequeño vestidor en el que alguien había dejado todas sus cosas. Se puso su túnica azul y se arregló un poco el pelo. Un día tras otro esperando que Beroe vistiese a Sulpicia había servido para que Lydia

supiese arreglarse sin ayuda. Unos pocos posos de vino en los labios y estaría lista para reunirse con su marido y empezar su nueva vida.

Suspiró con decepción al darse cuenta de que no parecía haber ni rastro de Aro. ¿De verdad había creído que estaría allí esperándola, o que despertaría abrazada a él? Sin duda él tenía miles de cosas que hacer.

La noche anterior le había parecido muy amable, pero seguramente lo que había ocurrido era que Aro no había tenido el menor deseo de dormir con ella… igual que le había pasado a Tito. Lydia cerró los ojos y trató de no pensar en el nudo que tenía en la garganta.

–Korina, no puedo pasarme aquí todo el día esperando que aparezca Aro

-dijo esforzándose por sonreír-. Tengo que encontrarlo y decirle que tengo que ir a casa. Sulpicia no tiene la menor idea de como cuidar a mi padre.

Empezó a ponerse los posos del café y al volver a dejarlos en la mesa se dio cuenta de que allí había un frasco que no era suyo. Dentro vio unas pastillas marrones. No sabía como, pero las pastillas de su padre habían acabado entre sus cosas.

Trató de no dejarse llevar por el pánico. Su padre llevaba tres calendas sin sufrir ningún ataque y, si los dioses así lo querían, quizá no volviera a tener ninguno, pero debía tener esas pastillas siempre a mano por precaución. Lydia tenía que explicarle a Sulpicia lo que debía hacer en caso de que tal ataque se produjera; era imprescindible que supiera exactamente cuándo administrarle las pastillas pues, según les había dicho el boticario, aquella medicina podría hacerle más daño que beneficio si no se tomaba de la manera indicada.

Sabía que iba en contra de la tradición, pero debía volver a casa.

Enseguida.

No tenía elección.

Estaba segura de que Aro lo comprendería en cuanto se lo explicara.

Tenía que comprenderlo. La vida de su padre corría peligro. De pronto recordó las últimas palabras de su padre con un escalofrío, debía mantener en secreto los asuntos familiares. No podía contárselo a Aro sin traicionar a su padre; tenía que hacérselo entender sin romper la promesa que le había hecho a su padre.

Salió al atrio, pero no encontró a nadie allí, ni siquiera un sirviente.

Korina la miró con curiosidad.

–Ha debido de pasar algo -dijo Lydia agachándose a acariciar a la perra-. La casa está demasiado tranquila. Será mejor que vayamos a averiguar qué ocurre, después nos iremos a ca… a la casa de mi padre.

Pasaron por varias habitaciones, todas ellas decoradas con magníficos frescos y una amplia variedad de estatuas, pero en ninguna de ellas encontraron a nadie. Estaba a punto de rendirse y volver a su habitación cuando oyó un ruido procedente de una última habitación.

Abrió la puerta con cautela y asomó la cabeza. Era el comedor. La mesa estaba preparada con platos de queso, fruta y pasteles.

Comprobó con decepción que el hombre que ocupaba el diván central no era Aro. Lydia frunció el ceño e intentó volver a salir.

–Está despierta. Es casi la hora de comer -dijo el hombre en tono relajado al tiempo que le indicaba otro diván para que se sentara.

–No puede ser. Yo nunca me levanto tan tarde.

–Aro aseguró que se levantaría tarde, pues había sido una noche muy larga y necesitaría dormir -le dijo con una enorme sonrisa en los labios-. Es agradable ver que el novio conoce bien a la novia.

–¿Usted es…? – empezó a preguntar Lydia, aunque lo que realmente quería saber era dónde estaba Aro. Ya lo buscaría más tarde, decidió mientras rezaba para que no le pasara nada a su padre por culpa de su retraso.

–Piso, su capitán más antiguo -dijo como si eso lo explicase todo-.

Coma -le ofreció un plato con higos, queso y pan-. Y cuénteme algo de usted. Aro apenas ha dicho nada. Es muy ladino. Yo ni siquiera sabía que estaba buscando esposa y de pronto me dice que está prometido.

Korina se acercó a aquel hombre y le puso las patas en las piernas. Él le dio un trozo de pan.

–¡Korina! – tenía que sacarla de allí antes de que Aro la obligara a hacerlo.

–No ha hecho nada, tranquila -dijo Piso dándole más pan que la perra aceptó moviendo la cola como una loca-. Hay más que suficiente para todos.

–No sé por qué ha hecho eso, normalmente se comporta mucho mejor.

–Es culpa de los apetitosos manjares que hay en la mesa. No sé dónde encontraría Aro a este cocinero, pero por Hércules que hace los mejores pasteles del mundo. Pruebe uno.

Piso le acercó un plato lleno de pasteles. Nada más sentir el aroma a miel a Lydia le empezó a rugir el estómago y se dio cuenta de que apenas había comido nada el día anterior. Así que aceptó un pastel y le dio un mordisco.

–Muy bueno.

–Tiene que comer algo más.

–¿Siempre es usted tan generoso con la comida de otro?

–Soy de la familia -aseguró Piso con total normalidad-. Aro deja que viva aquí cuando mi barco está en puerto.

–No me lo había dicho -no podía dejar de pensar que debía marcharse inmediatamente, pero tampoco quería ofender a aquel hombre. Quizá pudiera servirle de aliado.

–Puede que estuviese pensando en otra cosa -dijo observando su figura-.

Volverá en cuanto pueda.

Lydia asintió. Si no se había molestado en despertarla al marcharse, seguramente tampoco se molestaría si su esposa iba a visitar a su familia.

Lo único que tenía que hacer era decirle a Piso dónde iba, así de sencillo.

Sería mejor que lo hiciera cuando antes, así que se puso en pie y chascó los dedos para avisar a Korina de que se iban. Le diría una verdad a medias al capitán y se marcharía. Con un poco de suerte, estaría de regreso antes de que Aro hubiese vuelto.

Seguir: parte 4 de 4