The Ripper
30 de septiembre
13
Tenemos más de doscientos hombres en activo. Y se ha unido a la vigilancia una avalancha de agentes en la reserva. Nadie bien nacido quiere dejar de colaborar.
Realizamos el despliegue a las diez de la noche. En menos de cuatro horas actuará.
Ordenamos a las patrullas ciudadanas que esta noche no salgan a las calles.
Hemos buscado desapariciones de mujeres en cien kilómetros a la redonda. Aún no hay ninguna, lo que alimenta nuestra esperanza.
Nos hemos reservado la vigilancia del Barrio del Arcángel, que coincidiría en una superposición imaginaria con el lugar donde atacó a Elizabeth Stride. Se trata de un barrio sórdido donde se hacinan pobres de solemnidad, inmigrantes ilegales, drogatas, vagabundos, que llaman casa a cuatro paredes a punto de caerse con ventanas tapiadas con cartones. Tenemos hombres escondidos en algunas casas. Otros soportando humedad y mugre en chabolas hace unos días inundadas por el agua. En las calles no se reconoce el asfalto, son terreno embarrado. Los campos circundantes, áridos y abandonados, se cubren de cañaverales, chumberas y cactus.
Nos escondemos en una colina desde la que abarcamos todo el barrio. Observamos con prismáticos nocturnos a las dos agentes que hacen la calle. Otras treinta agentes femeninas, que se han ofrecido voluntarias a servir de cebo, hacen lo mismo repartidas por toda la ciudad.
—Cumplirá el plan —susurra la inspectora Galán, que se ha unido a la vigilancia con Malasaña y conmigo.
Creo que su superior la deja estar cerca de mí porque sabe que me cuesta menos hablar con ella. Encantos de mujer.
—Ni una desaparición en toda la provincia. No me lo puedo creer — comenta Malasaña, mirando su móvil una y otra vez por si hay algún mensaje.
—Tiene a las mujeres ya —sentencio.
—¿Por qué lo dice? —salta la inspectora Galán.
—Porque no va a meterse en la boca del lobo y porque no va a arriesgarse a no encontrarlas. Que aún no se haya denunciado su desaparición es de esperar. Habrá escogido pobres infelices a las que nadie echa de menos en mucho tiempo.
Los minutos avanzan lentamente. Al filo de la medianoche saltan los mensajes: detenido un tipo disfrazado de Jack el Destripador. Un momento después, varias mujeres vestidas de época han sido retiradas de las calles. Más tarde, otros diez tíos disfrazados de Jack el Destripador han salido de una fiesta alborotando varias calles del centro. Una hora después lo sabemos: al menos, tres fiestas donde sólo se podía acudir con disfraces del Destripador para los hombres y Polly Nichols para las mujeres. En el centro histórico. En la City. En el Albaicín. Dos horas de caos y de ruido. Diez tíos detenidos con sus estúpidos disfraces. Gritos, quejas, alboroto, carreras. Los disfraces han provocado el terror entre los vecinos. Muchos agentes han tenido que abandonar sus escondites para restablecer el orden y despejar las calles.
La tensión en el interior del coche aumenta. La inspectora no soporta el humo de los cigarrillos y sale a la intemperie. La veo cruzar los brazos para protegerse del fresco.
Otra detención. Un imbécil inofensivo ha querido contratar una prostituta a la entrada del hotel Baria. Más tarde, una trifulca entre tres agentes que realizaban labores de vigilancia en la zona de Puerto Rey y un par de vecinos que no habían acatado la orden de quedarse en sus casas.
Confirmo que en la City todo está tranquilo, tras haber disuelto la maldita fiesta. El centro comercial de la ciudad, por el nombre con el que es conocido, podría ser un lugar elegido por el asesino. A Catherine Eddows la asesinó en La City de Londres, huyendo de Whitechapel, donde alguien estuvo a punto de descubrirlo cuando asesinó a Elizabeth Stride.
Un mensaje de López:
Denunciada la desaparición de una prostituta en Murcia. Desapareció hace veinticuatro horas.
—La primera.
Oímos nuestras respiraciones un buen rato.
Cerca de las dos de la madrugada, cuando sabemos que ya debe haber actuado, el desaliento nos gana.
—No lo va a hacer aquí —confirma Malasaña, con una rabia amargada.
No tenemos ánimo para replicar. Puede estar destripando a una mujer en este instante.
Otro mensaje de López:
Segunda mujer desaparecida. También ayer. También en Murcia.
—Anoche fue de caza —sentencia la inspectora.
En ese momento, en mi teléfono suena un mensaje de wasap:
Qué piensas mientras juego con mis putitas, comi? ji ji ji ji ji
Muestro el móvil.
Nuestro fracaso se escribe con lágrimas en los ojos.
El primer cuerpo aparece a menos de un kilómetro de donde estábamos apostados vigilando el Barrio del Arcángel.
Lo ha encontrado un agricultor junto a una caseta de riego.
—Esta vez es una magrebí, jefe —dice un agente cuando nos acercamos.
Una eslava, una sudamericana, una magrebí. ¿Qué nos esperará a unos kilómetros de aquí? Sabemos que el otro cuerpo estará terriblemente mutilado porque éste no lo está, lo que significa que ha sido la primera de esta noche. Su Elizabeth Stride.
Es una mujer menuda, cuyo rostro, a pesar del martirio, muestra unos rasgos serenos. El cabello negro rodea su cabeza como un aura de mal presagio. La sangre que brota del tajo que ha abierto en su cuello rebosa hacia un lado por un ligero desnivel del terreno, casi sin tocar el cuerpo. Tiene abiertos los primeros botones de una blusa azul, que muestran el inicio de un pecho que fue voluptuoso. El cuerpo está ligeramente inclinado hacia su izquierda, la cara mira hacia la caseta de riego sobre la que descansa la luz que nos ilumina tristemente. Tiene las piernas encogidas, con las rodillas apuntando hacia arriba y los pies apoyados en la pared.
—Es una réplica casi perfecta —afirma la inspectora Galán—. Mira su mano —dice, inclinándose sobre el cadáver.
Efectivamente, como en su día Elizabeth Stride, la mujer sostiene en su mano izquierda, entre los dedos índice y pulgar, un paquete de caramelos para el aliento.
Oímos vehículos que se acercan y, cuando esperamos a un grupo de agentes y a los de la científica, comprobamos que son periodistas. Esta vez han volado. Alguien ha dado el chivatazo tan rápido que ni siquiera permitirán trabajar tranquilos.
Varios agentes les salen al paso.
—¿Cómo se llama este lugar? —pregunta la Inspectora Galán.
Ni Malasaña ni yo lo sabemos, pero un agente joven que permanece más alejado, dice:
—El hombre que la ha encontrado dice que se llama La Pieza del Diablo.
Nos miramos y sabemos en ese momento que podríamos haberlo previsto. Me maldigo por no haberlo hecho.
—No lo ha escogido por casualidad.
—Estábamos donde teníamos que estar, comisario —me consuela inútilmente la inspectora Galán.
Cinco minutos después nos dirigimos hacia donde ha aparecido el segundo cuerpo. El hotel Caravan es un hotel de dos plantas junto a la autovía, con un servicio de gasolinera, en medio de extensos campos de cultivo. A diez kilómetros de la ciudad, es un punto de parada de turistas que van de paso, agricultores y obreros. También es un nidito de amor para parejas que buscan cierta discreción.
Hay periodistas alrededor de unos agentes que intentan por todos los medios que no invadan la escena del crimen. A ellos se han unido todos los huéspedes del hotel, que deambulan por el lugar en pijama, atraídos por lo macabro.
Conseguimos atravesar la marea que nos acosa con cámaras, flashes y gritos y nos detenemos junto al precinto. Los agentes han dispuesto una arquitectura sencilla con sábanas del hotel para intentar ocultar el cuerpo. Cuando salgo del coche, me gritan preguntas a mi espalda para las que odio no tener respuesta. Cada pregunta es una punzada en mi pecho. Cada comentario una exaltación de mi frustración.
Se nos acerca López, la expresión demudada, como si sufriera un delirio.
El lugar está iluminado por todas las luces del hotel, que se han puesto a titilar del modo más inapropiado para celebrar el crimen. Su enorme letrero cambia de color y pone una nota de azul y amarillo donde no debería haber otro color que el negro de la muerte.
—Está allí —señala, como puede.
Luego da dos pasos corriendo y se esconde tras una furgoneta para vomitar. Oímos sus arcadas a muchos metros de distancia, a pesar del jaleo que arman los periodistas y los curiosos que han acudido como las moscas a la mierda.
—Haced fotos de todo mundo. Grabadlos con cámaras —digo a un agente joven, como he ordenado en la Pieza del Diablo.
Continúan pasando coches de cuando en cuando por la autovía cercana. Al otro lado, campos de naranjos sumidos en la oscuridad, incongruentemente serenos.
El cuerpo está tras unos pinos que separan el hotel del camino vecinal que se adentra en los campos.
—Lo ha hecho aquí para no ser visto desde el hotel —comenta Malasaña.
Ninguno miramos aún el cadáver. Su Catherine Eddows.
—Comisario —me llama García, el rostro crudo, como si estuviera agonizando.
Lo seguimos tras los pinos y entonces vemos al asesino. Allí está, frente al hotel, a tamaño natural, un destripador de cartón que parece un macabro reclamo publicitario. Recortado y pintado, a tamaño natural. De pie, frente a quien quiera mirarlo. Pantalones negros. Chaqueta oscura bajo una capa hasta las rodillas. En una mano un objeto que puede tener la forma de medio riñón. Y sabemos lo que eso significa. En la otra, un cuchillo largo y muy fino, cuyo filo ha sido dibujado con esmero para dar una impresión mortífera. No falta el sombrero de copa sobre un rostro totalmente negro en el que las pequeñas aperturas para dos ojos de mirada siniestra y burlona le confieren una vida terrible.
—Que nadie lo toque. Que nadie lo…
Iba a prohibir que lo fotografiasen y me doy cuenta enseguida de que ya debe estar en un montón de teléfonos móviles.
—Que lo tapen hasta que lleguen los de la Científica.
—¿Le ha dicho López lo de la furgoneta?
—¿Qué furgoneta?
—A medio kilómetro de aquí —extiende el brazo señalando hacia el oeste —. La ha dejado ahí y le ha prendido fuego. Rociada de gasolina. No ha quedado nada. Sólo hierros calcinados.
Me pregunto dónde estará López y lo veo a lo lejos, al otro lado del espacio precintado, apoyado en un vehículo, con el cuerpo inclinado hasta el suelo.
Hago un gesto con la cabeza y un agente, sin mirar lo que hay debajo, quita la manta que lo cubre.
La luz es desgraciadamente suficiente para iluminar los estragos.
Una mujer negra, algo más voluminosa que la anterior.
—De todas las razas, jefe.
La ha dejado tendida boca arriba, para trabajar sin molestias. Toda su ropa está desgarrada, como cuentan las crónicas que estaba la de Catherine Eddows. Una pierna extendida y la otra algo abierta, para poder trabajar a gusto en el vientre. El tajo en el cuello ha sido tan brutal que casi la decapita. Tiene cortes en el labio hasta mostrar las encías. Otro tajo desde la nariz hasta la mandíbula izquierda deja visible el hueso. También le ha cortado la punta de la nariz, los párpados inferiores y las mejillas. Luego, el asesino ha abierto el abdomen y ha extraído parte de los intestinos, que ha colocado sobre el hombro derecho, una masa sanguinolenta que parecen las serpientes del infierno. Sobre el brazo derecho ha dejado un trozo de carne gelatinosa: parte del colon. Tiene la vagina y los muslos cortados hasta mostrar los tendones y los huesos y ya sabemos que faltarán parte del útero y el riñón izquierdo.
Se oye una arcada vertiginosa. Malasaña se gira sobre sí mismo. Es más de lo que puede soportar. Y tanto la inspectora como yo lo imitamos sin poder evitarlo. El olor de mi podredumbre es tan siniestro y profundo que tiemblo un rato. Cuando vuelvo a ser consciente de lo que me rodea, veo a la inspectora Galán acurrucada junto a un coche, aceptando la ayuda de un agente sin cuyos brazos no podría erguirse de nuevo. Malasaña está llorando en silencio.
—Tápala.
Como puedo, consigo dar algunas órdenes medio razonables e inteligibles y subimos al coche para dirigirnos a donde nos espera la furgoneta calcinada.
Es una tregua en el tormento.
Dos agentes se apoyan en un coche patrulla. Aquí no hay nadie aún haciendo fotos ni curioseando. Se apartan para recibirnos. Ver sus rostros que no han visto el cuerpo mutilado y conservan una expresión normal nos ayuda a recuperarnos.
—Es su furgoneta, jefe —dice uno—. La del asesino.
Ilumina lo que queda de ella con la linterna.
—Hay compartimentos en la parte trasera. Espacio suficiente para llevar a las mujeres y para transportar una moto. De alguna manera se ha tenido que ir de aquí y no hemos encontrado huellas de coche.
Sabemos que el agente está en lo cierto. Es la Mercedes Vito que hemos visto en los vídeos. La ha tenido desde el principio para transportar a sus víctimas. En algún sitio la ha tenido que esconder.
—No se ve el número de chasis, jefe. Lo han borrado —se adelanta el agente a nuestro pensamiento.
Malasaña lanza un escupitajo. Aún tiene en la boca el sabor del vómito. La inspectora Galán se aleja unos pasos y se pierde en la oscuridad. Luego, oigo un estertor y sé que está vaciando lo que ningún ser humano debe tener dentro.
Imposible contener el escándalo.
Sólo la rabia impide que me esconda en el agujero más oscuro del mundo.
A medida que amanece y la luz abre el día me siento más desnudo. Todo lo intentado ha sido en vano. Todos los dispositivos inútiles. Veo a mis hombres derrotados. No se oye ni una sola radio en toda la comisaría. Todos nos esconderíamos bajo tierra hoy, para no oír las voces que claman contra nuestra incompetencia.
Salgo a la entrada de la comisaría y en un segundo las fieras hambrientas me rodean, golpeándome con sus altavoces, micrófonos y preguntas. Cuando consigo que se callen, les dejo un comunicado.
—Esta noche pasada, el dispositivo que dirigía, en el cual participaban todas las fuerzas del orden ha resultado inútil. El criminal conocido como El Destripador ha conseguido eludir todos los controles y más allá del perímetro de vigilancia ha asesinado a dos mujeres, cuya identidad aún desconocemos. Creemos que fueron secuestradas el día anterior.
Les doy la espalda entre protestas y gritos.
—No debería haber hecho eso —se queja Malasaña.
La inspectora Galán lo confirma.
—Darse golpes de pecho no conduce a nada, comisario.
Los dejo atrás y subo las escaleras, camino de mi despacho.
Alguien me dice que el Comisario Jefe está al teléfono.
Le digo que ya he hecho un comunicado a la prensa asumiendo la responsabilidad y al momento lo acepta. Un mal trago que le evito. Para eso sí sirvo.
Pongo la radio para mortificarme un rato. La espera de los informes de la científica se hace eterna. Oigo noticias que se limitan a narrar que el dispositivo ha fracasado y que el asesino se ha alejado de la ciudad buscando la impunidad de sus crímenes. Oigo comentarios que claman contra las fuerzas de orden que no han sido capaces de prever lo que todo el mundo sabía. ¿Cómo, sabiendo el día que iba a actuar y la zona en que lo iba a hacer, no se han tomado más medidas? El periodista se pregunta si no se podía haber ampliado el perímetro de vigilancia. Oigo tertulias que critican que se hayan enviado especialistas de Madrid tan tarde y se haya dejado la investigación en manos de policías que apenas saben hacer otra cosa que poner multas. Otros critican la deficiente coordinación de los distintos cuerpos policiales, que sin duda ha provocado una escasa fluidez en la comunicación y un retraso evidente en la investigación. Del mismo modo que se critica que ni Interpol ni Europol estén más presentes en la investigación. Alguien sugiere que debía haberse utilizado un satélite de la NASA para vigilar la zona. En la red, alguien asegura que estamos en presencia de un asesino legendario que, como el original, pasará a la historia sin ser descubierto. Otros escriben que vivimos la época del crimen sin castigo, de las plagas bíblicas en forma de asesinatos en serie. Otro explica que al haber elegido víctimas de todas las razas el asesino está enviando un mensaje a la Humanidad: que nadie está a salvo del Mal. Que todos estamos hechos de la misma carne mortal. Alguien sugiere que su invisibilidad es la muestra evidente de que la sociedad no quiere ver lo que no es más que una muestra de su putrefacción y que el asesino es un producto del desprecio de esta sociedad capitalista y consumista por la vida humana, a la que reduce a su mera carnalidad en venta.
Malasaña irrumpe en el despacho.
—Las fiestas de disfraces del Destripador surgieron en foros de la ciudad. Alguien sugirió la oportunidad y un montón de gilipollas quisieron hacerse los graciosos.
Creía que el asesino había propagado la idea de celebrar esas fiestas para generar desconcierto. No le hacía falta. Nunca le faltan corderos a un buen pastor. Algunos imbéciles se encargaron por su cuenta de sembrar confusión en la ciudad en el peor momento.
El visionado de las cámaras de seguridad de toda la comarca no ha servido sino para comprobar que una furgoneta que podría ser la del asesino pasó por la autovía a las 0.30 horas, con tiempo suficiente para dirigirse a ambos lugares y asesinar a las mujeres. Las cámaras del hotel Caravan que vigilan el aparcamiento no muestran ningún movimiento sospechoso. Debió alcanzar el lugar donde quemó la furgoneta circulando por los campos. Se han comprobado huellas en los caminos de tierra que circundan La Pieza del Diablo y el Hotel Caravan. Imposible cotejarlas con unos neumáticos que han ardido completamente.
Desde Murcia nos llegan informes de que se vio una furgoneta a la que subió la primera mujer. Pero ninguna identificación.
Aturdido, mis ojos escuecen como heridas.
Por la ventana oigo el ajetreo del mercado de abastos, abarrotado hoy de periodistas. El día cobra luz. El cielo aún permanece cubierto de nubes, pero ahora son de un blanco sucio que las hace menos pesadas que las de días atrás. Son tan leves que el sol comienza a penetrarlas y a iluminar como si quisiera reírse de la tragedia que nos asola. Entra López. Su rostro lo dice todo. Ha perdido varios kilos en unos días. La noche ha sido una tortura para él. Se derrumba sobre un sillón, frente a mí, y se calla.
—Debes ir al médico. Tienes mala cara —le digo.
—¿No ha visto la suya?
No es el mismo hombre. Está vencido. Aún más que yo. Al menos, a mí me queda la rabia. La suya se ha quedado por el camino. A él sólo le queda una tristeza infinita.
El rostro de Malasaña también es un poema. Se ha aviejado. La barba le ha crecido y pone una sombra negra que enmarca la mirada turbia. También su esperanza se ha quebrado y, conociéndolo como lo conozco, sé que su corazón está roto.
—Los de la Científica han encontrado una colilla en la furgoneta, jefe. Tiene ADN. El cenicero es metálico. Por lo visto es válida para extraer las muestras.
Ni siquiera ese rayo de esperanza ilumina nuestras miradas. Ya sabemos lo que pasó con la última muestra. Otra colilla. Otra broma macabra.
De repente, un griterío se eleva de la calle. Una voz grita:
—¡¡Oíd los tambores!! ¿Acaso no oís las trompetas? Son las mismas que tronaron en Jericó. Las mismas que derribaron sus murallas como ahora se derriban las vuestras. ¿Acaso no las oís? ¿No se oyen los lamentos de esas mujeres que gritan en la agonía? ¿No veis la venganza de los hombres malos contra las mujeres que han dejado de ser ovejas? ¡¡Como los judíos contra los cananeos!! Una venganza que anuncia el final. Ese final que escribió Juan. Los sacrificios humanos están aquí. Las plagas ya han llegado.
El hombre se ha subido a un coche y desde allí clama su mensaje de locura y muerte. Los periodistas le ofrecen sus micrófonos y lo graban con sus teléfonos. La gente sale del mercado de abastos a contemplar el espectáculo.
—¡¡¡Ciegos!!! ¡¡¡Sois ciegos!!! ¡¡¡Locos!!! Los hombres malos han traído la muerte. Los crímenes son metafísica. Una metafísica invisible porque será la metafísica de la muerte. Ya no hay vida que proteger. Porque el verdadero Dios, el único Dios, es la Muerte. Omnipotente. Omnipresente. Dios es la Muerte. La Muerte es Diosssss.
Un agente que ha salido al oír los gritos lo baja brutalmente del coche. Luego, empuja al hombre hasta la comisaría.
—Comisario, esta situación es inadmisible —dice el señor alcalde, respaldado por el Delegado del Gobierno, que ha venido con él—. La ciudad está aterrorizada.
Se interrumpe de nuevo, para que sus palabras calen en nuestra conciencia.
Cada vez que habla, sus mofletes de gordito bien alimentado se mueven espasmódicamente. Sería gracioso en otra situación. Luego, se aplacan cuando cierra la boca de un mordisco, esperando el efecto de su discurso y mirándome directamente a los ojos.
—La gente ya no sabe qué hacer. Incluso se organizan entre ellos para patrullar las calles —valora el señor Delegado del Gobierno, un tipo melifluo que no aparta sus ojos de mí.
Sentado al lado del alcalde, se muestra erguido y digno, aunque calla discretamente porque no tiene ni idea de lo que ha de hacer. Se limita a mostrarse incómodo con las patrullas callejeras porque la noticia sale en los periódicos e intuye que lo pone en evidencia.
—No podemos evitar que la gente haga tonterías.
—Pero si lo hacen es por algo —replica el alcalde—. Están enfadados y asustados. Por no decir la imagen que está dando la ciudad. El mundo entero está pendiente de nosotros. Y todo el mundo sabe ahora que hay un loco asesino que nos está tomando el pelo.
El alcalde habla decidido, dando saltitos sobre la silla. Su carita se contrae y se estira como el muñeco de un ventrílocuo. Le brilla la calva de un modo repugnante y gracioso, como si la llevase encerada. Y la barriguita prominente se hincha y deshincha al ritmo frenético de sus palabras, más esculpidas que dichas, entre una lluvia de perdigones que me están poniendo perdida la mesa. No puedo evitar preguntarme si es el mismo que aparece enmascarado en algunos de los vídeos de Vicente Lapuerta.
—A muy pocos asesinos en serie se les ha detenido antes de cometer muchos crímenes —salta la inspectora Galán, presente, ya que el alcalde ha querido público y pretende demostrar que en provincias también sabemos hacer las cosas. Al menos, exigir.
Todo el mundo calla, sorprendidos por la interrupción de la inspectora. El primero, Díaz, que la mira reprochándole intervenir en una cuestión política.
—¿Tenemos entonces que esperar a que cometa… cuántos, diez o doce asesinatos, para que puedan detenerlo? —protesta ahora el alcalde, el tono de voz muy agudo, cada vez más irritado.
—La inspectora quiere decir que un asesino en serio no mata a personas de su entorno ni con las que esté relacionado. Además, planifica sus crímenes, por lo que es muy difícil de identificar —le explico.
—¡No podemos esperar! ¡Tienen que hacer algo! ¡Y dejarse de historias de braguetas que están revolviendo el ambiente! Ayer, a un ciudadano honrado lo insultaron por la calle.
Adivino a quién se refiere.
—No puede ser que se identifique a esos hombres con estos crímenes. Eso es horrible… —protesta el alcalde, delatando el verdadero motivo de su visita.
—Esos hombres abusaron de mujeres drogadas y lo grabaron —rectifico, mirándolo fijamente a los ojos. Sí. Tal vez sea uno de esos cuerpos ridículos enmascarados y desnudos de las patéticas películas.
—Eran profesionales, comisario. Sabían lo que hacían y cobraban por ello —grita el alcalde.
Se le hinchan las venas de las sienes.
Su presencia me aburre. Su voz me tortura. Presto atención y llegan voces de niños corriendo, ruidos de bicicletas, algún claxon, de la calle. La tarde cae lentamente.
Debe percatarse de mi expresión, porque protesta:
—Está usted perdiendo el tiempo en correrías de viejos verdes y descuidando lo esencial —señala con un dedito.
Me quedo mirando el dedito y el Delegado del Gobierno interviene cuando intuye que estoy a punto de comerme ese dedo asqueroso.
—Estoy seguro de que el comisario no ha descuidado la investigación. Una cosa ha llevado a la otra, ¿no es así?
Asiento sin dejar de mirar el dedo.
—Estoy seguro de que todos los cuerpos de seguridad siguen todas las pistas.
—No le quepa la menor duda —interviene la inspectora Galán.
El alcalde respira hondo y, sin dejar de mirarme, dice:
—Si no he entendido mal, a ese asesino le queda un crimen para terminar de imitar a Jack el Destripador. Y sería para dentro de un mes.
Callamos.
—Espero que tengan tiempo de cogerlo.
Un rato después me informan que la UCO ha vuelto a detener a Jeofrey Hunt, quien no ha explicado por qué burló el dispositivo de vigilancia la noche del 30 y no ha ofrecido ninguna coartada.
Luego llegan noticias del laboratorio. Se ha identificado el ADN de la colilla encontrada en el cenicero de la furgoneta calcinada, pero no hay coincidencias en la base de datos.
Después me llama el Lila. Me dice que el julai ha ido al lugar ése donde mataron a la primera mujer y luego al hotel Caravan. Que se ha pasado el día en los dos sitios. Cuando voy a colgar me dice que anoche le perdió el rastro al tío.
—¿A qué hora?
—A las diez o por ahí.
—¿Cómo lo perdiste, dónde?
—Estaba cenando en un restaurante de la playa. Solo. Y salió por otra puerta. No lo vi.
Me quedo callado un momento y luego:
—¿Y anteanoche?
—Lo dejamos en su hotel a las diez.
En apenas una hora puede estar en Murcia. Y hubiera tenido toda la noche para secuestrar a esas mujeres. Pero nadie lo ha visto con una furgoneta. Aunque es posible ocultar tantas cosas…
Sobre mi mesa están los informes sobre las víctimas.
Naima Medari, uno sesenta y cuatro, natural de Meknes, Marruecos. Veinticuatro años. Ejercía la prostitución en Murcia y alrededores. Figuran los datos de su chulo. La policía de Murcia lo está interrogando. Se describen algunos lugares de las afueras de la ciudad donde solía apostarse en busca de clientes y donde se supone fue secuestrada. Es la mujer asesinada en la Pieza del Diablo.
Sandra Okaka, uno setenta y dos, natural de Minna, Nigeria. Veintiocho años. También ejercía la prostitución en los alrededores de la capital, en viejos cortijos de la vega. También están interrogando a su chulo. La asesinó junto al hotel Caravan.
Me dicen que Robot está saliendo por la puerta.
Declaró ante el juez. Ningún delito aparte de formar parte de la mamarrachada de los vídeos le hemos imputado.
Lo quiero en libertad. Lo necesito lejos de una celda.
Lo veo bajar las escaleras hasta el vestíbulo, acompañado del Dandy, quien me saluda con la mano.
Tras ellos camina el loco que anunciaba el Apocalipsis ante el mercado. Lo acompaña un hombre alto y delgado que se me queda mirando.
—Es el psiquiatra —dice García cuando le pregunto—. El tío está como una puta cabra. ¿Ha oído lo que decía?
No respondo y bajo a la cámara de los horrores.
Mary Ann Nichols - Cristiana Stoicescu
Annie Chapman - Diana Carolina Mieles
Elizabeth Stride - Naima Medari
Caterine Eddows - Sandra Okaka
Mary Kelly - ¿???
Contemplo el altar del Mal y del Horror.
Oro en silencio. Una oración de pesar, de rencor, de rabia, de odio, de venganza.
Me sobresalta el ruido de un wasap. Sé quién me reclama:
¿Te gusta cómo saco la basura, comi? ji ji ji ji ji
Insiste la inspectora Galán y no podemos negarnos.
El Baria City Blues nos recibe alegre:
—Muddy Waters —reconoce ella inmediatamente.
Nos sentamos en el reservado habitual. Mike saluda cortés a la inspectora, con esa sonrisa pecosa y colorada que se le pone en el rostro cuarentón. Ya he oído antes aquí esa música, inusualmente optimista para Mike. Intuyo alguna felicidad íntima que se me escapa. Hace una ligera y caballerosa inclinación.
—Wellcome, again.
—Fine —responde ella.
Envidio inmediatamente esa felicidad íntima que sospecho. Hay quien me reprochó mi amistad con Mike pero, en realidad, me pregunto si lo que nos une es amistad. En todo caso, horas de silencio y música en su local. De gin-tonics lentos y cadenciosos sin mucho que contarse. Ninguno somos hombre de confidencias. Seguramente en esto se fomenta una larga amistad. Cuando eres consciente de las debilidades de los demás, haces daño, aunque sea sin querer.
Mike nos sirve unos sándwiches, aunque esta vez la preparación es más cuidada y la bandeja no la habría preparado mejor un mayordomo inglés.
—Michael Rigby —dice ella cuando él se inclina para servirla.
—Así me llaman.
—El misterioso hombre de negro.
—Negro sí, misterioso no —y hace un gesto abriendo sus brazos y mostrando el local—. Esto es todo.
—Pero no ha sido siempre así, ¿verdad?
La sonrisa de la inspectora Galán cuando habla es tan franca y abierta que impide cualquier reticencia. Ni Mike siquiera muestra el menor rechazo, a pesar de lo celoso que es de su intimidad.
Tras servirnos, se sienta con nosotros.
—Ha sido un día duro —comenta.
No necesitamos asentir. Lo sabe. Lo ha visto. Lo ve en nuestros rostros, grises.
—Ya he visto la nueva bromita.
A ninguno nos sorprende. Sabemos que pudieron hacer fotos los periodistas con sus largos objetivos. Incluso los huéspedes del hotel, que se encontraron la figura del Destripador nada más asomarse a sus ventanas. Cuando pudieron taparla con una sábana, ya muchos podían haberla fotografiado. Y la han colgado.
—¿Qué opina, míster Rigby?
—Mike, por favor.
La inspectora Galán rectifica tras acabar su sándwich. Se limpia cuidadosamente y bebe un trago de su cerveza.
—¿Qué opina, Mike?
—Ya le comenté al comisario —responde él—. Un hombre blanco, de unos cuarenta años.
—¿No cree que es más joven?
—Demasiado concienzudo para ser tan joven. Tal vez algo más de cuarenta. Hasta cincuenta.
—Me interesa su opinión. Esto se pone interesante. ¿Qué más?
—La inspectora pertenece a la Unidad de Análisis de Conducta — advierto—. Es psicóloga y criminóloga.
—Vive solo, pues necesita una gran intimidad para preparar y cometer los asesinatos. Dispone de espacio suficiente para su trabajo. Donde esconder una furgoneta grande. Un lugar aislado donde nadie oiga un ruido o un grito. Está bien considerado socialmente.
—¿Por qué?
—Escribe bien. Correctamente.
—¿Cómo lo sabe?
—Los periódicos han publicado su carta.
—¿Cree que está loco?
—En absoluto. Es un psicópata. Pero no está loco. Aunque puede padecer un síndrome de doble personalidad.
—Eso es propio de psicóticos. No de psicópatas —discute la inspectora.
—Él no. Se han dado casos de doble personalidad en psicópatas. Además, le gusta. Le gusta ser dos personas a la vez. La persona bien considerada y el monstruo oculto.
—¿Como el Dr. Jekyll y Mister Hide?
—Ajá. Con la diferencia de que éste no es mentiroso. Es malo, pero no mentiroso.
—Interesante —comenta la inspectora mirándolo fijamente a los ojos—. Muy interesante. ¿Se le ocurre algo más?
—Que será difícil cogerlo. Y que matará más. Mucho más.
—¿No cree que se limite a asesinar sólo a cinco prostitutas, como el original?
—Ha matado a una sexta sólo para no aburrirse durante la espera. Cuando acabe con la quinta, encontrará otra razón para seguir matando.
—¿Está seguro?
—Le encanta lo que hace.
Todos sabemos que Mike tiene razón. Todos sabemos que continuará matando. Todos sabemos que será muy difícil cogerlo.
—Señor Rigby, ¿dónde estuvo anoche? —pregunta la inspectora con una sonrisa inmensa.
Mike no mueve un músculo. No pestañea.
—Mi memoria tiene un límite —responde repentinamente frío y distante tras un silencio que parecía eterno.
—¿No será usted de Whitechapel? —pregunta la inspectora con una carcajada.
—Soy ciudadano del mundo, lady.
Se levanta, recoge nuestras copas y se vuelve tras la barra para preparar la segunda ronda. Malasaña se muestra pensativo. Tiene los ojos entornados, como si este juego no fuera con él.
Cuando salimos, la inspectora parece un poco achispada. Se lanza hacia el coche y espera a que abra la puerta. Malasaña se despide.
—Me irá bien dar un paseo —se excusa.
Se aleja por las calles en cuyo asfalto brilla el agua que ha esparcido un camión municipal. Arranco y busco el hotel donde se aloja la inspectora. Pero cuando estamos cerca, pone su mano en la mía.
—No. A tu casa, por favor.
—Creo que no soy la compañía más adecuada en este momento.
—Ni yo.
Circulamos en silencio dibujando la línea de la costa, deslizándonos suavemente por sus curvas. Dejo el coche en la arena de la playa, junto al sucio muro blanco de mi casa. Tiene falta de una mano de pintura.
—Me gustaría darme un baño —dice la inspectora mirando las aguas negras y tranquilas.
—Está helada.
Cuando baja del coche lo hace con una carpeta en la mano. La que dejó en el coche mientras cenábamos en el Baria City Blues.
Al cruzar el umbral de la puerta me invade una pereza inmensa. Una pereza de amar, de inventar nuevas caricias para una desconocida. Ninguna otra mujer ha estado en esa cama. Me he dicho muchas veces que es absurdo dejar espacio a los muertos, pero hay algún atávico lazo que me impide pensar en hacer el amor con otra mujer en esa cama.
Compruebo con alivio que la inspectora se sienta en el sofá. Se vuelve a levantar y cambia de posición el sofá, de modo que quede frente al ventanal que da al mar.
—¿Puedes apagar la luz de la entrada?
Lo hago y ella se deja caer con un suspiro.
—Deja sólo esta luz —me pide, señalando una lámpara de lectura.
—No tengo nada para beber en casa. Sólo cerveza.
—No quiero nada. Ven, por favor.
Me acerco a ella. Pongo un paquete de tabaco a nuestro lado, sobre una mesita. Me pide un cigarrillo que prendo mientras las yemas de sus dedos tocan mi piel. Es un tacto suave.
—Lee esto, por favor.
Me entrega la carpeta.
—No digas nada hasta que acabes.
Se acurruca a mi lado. Un gesto tan cálido que durante un segundo me siento capaz incluso de amarla. Pero la sangre se me hiela cuando comienzo a leer.
«Michael Thomas Templeton, nacido en Sussex en marzo de 1962. Con pasaporte neozelandés a nombre de Michael Rigby. Considerado matón de la mafia londinense desde 1988 a 1993. Después, se perdió su rastro durante tres años, apareciendo en 1996 en Tel Aviv. Supuestamente vinculado a los servicios secretos israelíes. Sospechoso de nueve asesinatos, incluidas dos mujeres. Tras varios años en el olvido, aparece de nuevo en 2004 en España, como guardaespaldas de un financiero francés, Alain Pérez, relacionado con la mafia marsellesa, cuyo asesinato permanece sin esclarecer. Desde entonces, vive en Baria, sin actividad conocida más que regentar un club. No se le conocen otros ingresos o actividades».
—¿Qué significa esto?
—Acaba la lectura.
Paso las páginas, en algunas de las cuales se ven fotografías de Mike a la puerta de su club, otras a bordo de su Camaro y otra en lo que debe ser su casa, porque reconozco al fondo la costa de Mojácar.
Bajo el epígrafe perfil se puede leer que «Michael Thomas Templeton puede ser considerado sospechoso de las muertes ocurridas en el mes de septiembre en la ciudad de Baria a manos del asesino que se ha denominado El Nuevo Jack el Destripador. Su perfil psicológico apunta a un hombre solitario, conflictivo en su relación con las mujeres, que ha asesinado previamente en numerosas ocasiones, que tiene preparación física, psicológica, y es experto en armas y en estrategia para cometer crímenes con gran sigilo. Ninguno de sus anteriores crímenes le ha podido ser demostrado, ni los cometidos en el Reino Unido ni los cometidos en otros lugares de Europa o Asia Menor. Tiene la capacidad, tiene la oportunidad y es un asesino profesional».
—¿Qué clase de basura es ésta?
Tiro la carpeta al suelo.
—La amistad te ciega. No es basura, es el historial de tu amigo. Es un criminal. Siempre lo ha sido. Y su silencio no me convence. Estamos seguros de que debemos investigarlo.
—No hay el menor indicio de que Mike tenga nada que ver en todo esto.
—¿Cómo lo sabes? No tiene coartada para anoche.
—Que no te haya respondido no significa que no la tenga.
La inspectora Galán se levanta, se deshace de mi abrazo, recoge la carpeta y la coloca en la mesita. Luego abre un poco la ventana.
—Quiero oír el rumor del oleaje.
Se vuelve a sentar a mi lado y se encoge otra vez en mi costado. Una corriente de aire frío penetra por la ventana. En el dormitorio busco una manta. Esta noche no vamos a dormir juntos en la misma cama.
Vuelvo a sentarme a su lado y nos cubrimos con la manta.
—Apaga la luz.
Nuestros ojos se ciegan durante un tiempo. Luego, vuelven a descubrir volúmenes en penumbra más allá de la ventana, donde el oleaje del mar rompe en la orilla, ahora calmada tras la tempestad de los días pasados. Es una música que pone calma en nuestros corazones.
—Es un disparate —digo.
—Tenemos que investigarlo.
—Estás convencida de que es él. Yo estoy convencido de que Mike no es esa clase de asesino. No está loco. No es un psicópata.
—Lo es. Ha asesinado, que sepamos, a nueve personas.
—¿Tenéis pruebas?
—Lo sabe la policía inglesa, lo sabe el servicio secreto inglés y lo sabe la Interpol.
—Nadie ha podido demostrar nada.
—En dos ocasiones, en las ciudades en las que estuvo, se cometieron asesinatos de mujeres mientras él estaba allí.
—¿Dónde?
—Lisboa y Gante.
—En todas partes asesinan a mujeres todos los días.
Mi resistencia la ofende. Levanta la cabeza.
—No puedes ser tan frío.
—No lo soy.
—Lo has dicho como si fuera lo más natural del mundo.
—Por desgracia lo es. Pero eso no lo hace menos odioso. Asesinar una mujer es… es como escupir sobre las flores.
Vuelve a agacharse junto a mí. Siento su calor. Es agradable el contacto. Sensual en cualquier otra ocasión.
—Tenemos que investigarlo.
—No voy a perder el tiempo.
Suspira. Cierra los ojos tras mirar un segundo por la ventana. Calla y se dispone a dormir. Enciendo un cigarrillo. El humo corre como si se viera obligado a huir y sale por la rendija de la ventana. Me niego a creer. Ni siquiera creo que ese informe esté en lo cierto y que Mike haya sido lo que dicen que ha sido. He visto demasiadas veces sus ojos, a esas horas en que el alcohol y el silencio se muestran en ellos y no es posible mentir, y sé que no es quién dicen que es.
Echo la cabeza hacia atrás y dejo que el oleaje cale mi cerebro, embotado de cansancio y frustración.
¡Ah, el sueño! ¡El sueño!
Cortar, cortar, cortar, cortar
El tiempo desaparece
Está quieto y nos contiene
A ella y a mí
A mí en ella
Un instante… eteeerrrrnnnoooooo
Sus sangres calientes
Sus alientos calientes
Sus carnes abiertas… aún calientes
Quisiera estar embadurnado de sus sangres
Como una estatua vestida de rojo