The Ripper

Carmelo Anaya · Capítulo 35 de 36

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The Ripper

Capítulo 35

35

 

Toda la conversación flota en mi mente como la conciencia confusa de una pesadilla. He de convencerme de que estoy despierto. He ido a la playa con una botella de ginebra en la mano. Bebo a morro mientras esquivo los cadáveres de los peces que las aguas comienzan a arrastrar. El crepúsculo sangriento se refleja en las escamas plateadas lamidas de aguas ya negras. Las gaviotas chillan como brujas pellizcando los cuerpos. La noche se llena de una locura incomprensible, espeluznante.

Me dejo atrapar por una bruma espesa que avanza lentamente, como un ejército de sombras. Todas las luces se difuminan como en un sueño. La humedad me envuelve. Oigo el oleaje y los gritos subterráneos de las gaviotas. Me dejo inundar de ese horror tan profundo que sé que no podré salir indemne, que jamás volveré a ser el mismo hombre. Acuden a mi mente los rostros de las mujeres asesinadas, de Damián, de Javier Macías. Me gritan desde algún lugar muy oscuro y profundo. No sé lo que piden. Tal vez justicia. Tal vez venganza. No podré vivir con ese peso.

Enciendo un cigarrillo para quemar mi cuerpo que arde de frío. Vuelvo a oír la grabación de la conversación que he hecho en un segundo teléfono. Vuelvo a oír la voz de la Bestia negando, luego jactándose, jugando conmigo a que sepa la verdad y que la verdad sea inútil. Jugando a atormentarme, como ha hecho desde el principio. Un tormento imposible de soportar. No puedo detenerlo. No tengo una sola prueba. Se reiría de mí. Apenas un par de indicios y una conversación equívoca en la que no ha admitido nada. Más juego. Ni siquiera aunque pesara sobre él la sombra de la duda podría hacerle daño. Tal vez… No podía permitir que nadie lo supiera. Ahora lo comprendo. Su arrogancia. Su soberbia. No podían permitir que esa obra maestra del crimen muera con él. Necesitaba que alguien supiera. Que yo supiera. Para que muera cada día un poco más de impotencia, de rabia, de dolor.

Me mortifica no comprender qué puede conducir a un hombre a ese Mal gratuito, innecesario, grotesco, salvaje. ¿Perversión, locura, odio? Es un misterio oscuro, negro, profundo, en el que soy incapaz de penetrar. Sólo sé que me espanta mucho más por ello, porque no encuentro la razón, porque está mucho más allá de donde puedo llegar, porque se convierte así en algo insólito y primigenio, tan distante como si fuera de otro mundo. Sufro escalofríos. Miro el cielo, que arrastra nubes negras como presagios. Nubes gordas como pecados. Nubes pesadas como una conciencia de plomo.

¿Qué hizo Abberline? Tal vez el verdadero Jack el Destripador fuera John Druitt. Nadie puede pensar que los crímenes cesaran por voluntad del asesino. Un asesino así no deja de matar. Jamás. Como no lo hará él. Ya disfruta pensando a qué terrible asesino imitará en el futuro. Hombres, mujeres, niños. Cualquier ser humano que desee matar, matará. John Druitt, el joven abogado que apareció ahogado en el Támesis con la cartera repleta de dinero y una carta. ¿Quién sabe? Tal vez convenga que esto acabe de la misma forma. En silencio. Una muerte silenciosa. Un inocente que será condenado y que será feliz de serlo porque así enviará su delirante mensaje al mundo. Un mundo que se quedará tranquilo de que el asesino no es un digno y respetable ciudadano, sino un loco en el ejercicio de su extrema locura. Un mundo que respirará sereno y se dirá que ese loco no es la sociedad en la que vive, sino un elemento anómalo, una célula podrida. El mundo podrá continuar mirándose en el espejo. ¿Qué podría darles saber la verdad? Nada.

Tiro la botella al mar. La humedad me congela los huesos. Interrumpe mis pensamientos. Pero he de prepararme. He de vencer el terror. Acabar con el terror. Asesinar el terror. Y luego… ¿luego?

¿Qué seré yo luego?

 

Fumando hasta la madrugada. Mirando el mar, aunque no veo más que negrura. Oyendo la lluvia que parece haberse desatado con furia de dioses caprichosos.

Me visto completamente de negro y busco el pasamontañas de los momentos oscuros que no quiero recordar. He revisado la Glock y llevo otro cargador. Un cuchillo. Una grabadora. Una pistola eléctrica. El pentotal. ¿Qué pretendo? ¿Sacarle una confesión? No serviría ante un Tribunal. Aun así, necesito la confirmación de su propia voz.

Me pregunto cómo será. Si el aterrador será aterrado. Si sentirá el mismo terror que él ha inspirado. ¿Se resistirá? ¿Intentará matarme?

Viejas reticencias conducen por mí. Detengo el coche ante la fachada de la catedral. En la noche, su fachada iluminada pone acentos de siglos, de belleza, de esperanza. Las luces se reflejan en la vidriera y colorean la noche más oscura. La lluvia se estrella en el empedrado con parsimonia. Brota luz de una puerta lateral.

Doy pasos bajo la lluvia. Dejo que me empape. Dudo si atravesar ese umbral. Tal vez haya venido sólo por cobardía. Tal vez ahí se quiebre mi voluntad.

Entro en el silencio. Penumbra de cirios encendidos. Fanales púrpuras. Una luz que da paso a la sacristía. La techumbre mozárabe y altísima que inspira elevados sentimientos, esos que huyeron de mí hace tanto. Capillas laterales sumidas en la oscuridad donde reposan imágenes de vírgenes y de santos a los que he visto pasear por la ciudad en Semana Santa.

Siento que ya no es mi casa.

Soy un hombre de violencia.

Siento que es la casa del Padre, a la que en algún momento he de volver.

Pero no esta noche.

¿Podré volver tras el crimen?

No toco el agua bendita. Un asesino no debe hacerlo. Es una blasfemia.

Tomo asiento sobre un banco corrido de dura madera. Oigo un siseo a mi espalda. Sólo penumbra.

Miro el altar. El Cristo Crucificado. Él también sufrió. Si lo hizo Él, ¿no habrá de hacerlo el asesino? Ése que lleva en sí el doble estigma: la perfección corrompida del Diablo, que recuerdo de mi infancia, cuando aquellas enseñanzas asustaban tanto como enseñaban.

«¿Y si cada uno de nosotros eliminara un ser dañino? ¿Iría contra Dios?».

Recuerdo la pregunta. La difícil, imposible pregunta que nos hacía el sacerdote.

«El cielo todo lo acalla» —respondería, sabia, Diana Carolina Mieles.

Esa frase que encierra la esperanza de una misericordia infinita.

«Hubo un tiempo de crimen. Y hay un tiempo de castigo» —recuerdo.

Me vuelvo bruscamente y descubro un rostro a mi espalda. No hay más que rostro. Cerúleo, lívido en la penumbra que lo rodea. Sigiloso, se ha sentado unos bancos más atrás. Se me hiela la sangre en las venas. Cómo sé que se helará en unas horas. Cuando haya de culminar el trabajo que me he impuesto.

—¿Qué necesitas, hijo?

La voz del anciano a mi espalda. Continúo mirando el altar. La única luz que nos ilumina. Pero tan lejana que apenas somos sombra.

—Hay una ecuación entre el bien y mal en el hombre simétrica al bien y el mal en la sociedad —digo, poniendo en palabras pensamientos que ni siquiera sospeché que tuviera.

—Como fiera que te codicia —musita palabras el sacerdote.

Un rostro lívido en la oscuridad. Su sotana oscura se confunde y parece un fantasma, el que sé que me perseguirá cuando sea, yo también, un asesino.

—Como fiera que te codicia atrae el Mal. El Mal es la ausencia de Bien. Allá donde no hay Bien, reina el Mal. Haz el Bien, hijo. Siempre se puede hacer el Bien.

—El hombre no tiene solución —digo, como si no lo hubiera oído—. Jamás será mejor. Nada lo hará mejor. Si no lo han conseguido las religiones, nada lo hará.

Me levanto.

No miro atrás.

Cuando vuelvo al coche, no estoy seguro de que haya sucedido realmente. No estoy seguro de haber estado allí adentro o de sólo haber visto la luz que cae sobre la calle. No estoy seguro de haber entrado y de haberme sentado en un banco y de haber hablado con un fantasma.

Sólo sé que estoy mojado de lluvia. Que tiembla mi cuerpo de frío. Que el ruido del motor me recuerda que tengo una cita con un misterio de iniquidad que ha de morir para que vuelva a haber luz.

Un viento racheado arrastra el agua que golpea el parabrisas con estruendo.

¿Habrá creído mi amenaza? ¿Me esperará? ¿Imaginará que voy por él esta misma noche?

¿Afrontará la muerte o suplicará por su vida? ¿Se arrepentirá en el último momento del mal que ha hecho?

¿Seré capaz de hacerlo? ¿Seré capaz de torturarlo?

Dejo el coche en una vereda que conduce a otras casas, escondido tras unas chumberas y unos eucaliptos, sobre el barro de una rambla. Noche y oscuridad. Lluvia y viento. Soledad. Una soledad definitiva. La mancha blanca de las casas del pueblo, allá en lo alto, como un castillo lejano y abandonado, como un lugar de otro mundo.

Camino por los campos. La lluvia me golpea la cara. Tanta lluvia que tengo que quitármela de los ojos a cada paso. Atravieso bancales anegados de agua, diminutos bosques de pinos y palmeras.

Salto la tapia de la casa. Una luz en la fachada. El resto, oscuridad.

De un salto caigo junto a las piedras. Me postro ante ellas. Las toco. Como si tocara los cuerpos asesinados. Cristiana Stoicescu. Diana Carolina Mieles. Naima Medari. Sandra Okaka. Rita Oehlen. Rosario Mínguez. Damián Albor. Javier Macías. El tacto de las piedras me devuelve su recuerdo. Incluso el de aquéllos que merecían un castigo.

El ruido de la lluvia amortigua mis pasos. Doblo la esquina de la casa. Sólo una ventana tras la cual hay encendida una luz. Una estancia vacía. Aparcado, el Range Rover de Gonzalo Santana. Vuelvo a la parte trasera para subir a través del patio hasta el tejado.

Cuando voy a elevarme una fuerza descomunal me retiene. Mi columna se retuerce como goma. Un quejido. Un lamento quebrado. Un dolor profundo. Una mano tapa mi boca. Ahoga un grito. Lucho. Me giro intentando desplazar el cuerpo que me apresa. No puedo respirar. La mano me asfixia. Sólo alcanzo a ver una capucha negra tras la que unos ojos oscuros me miran mientras una mano implacable me apuñala.