The Ripper

Carmelo Anaya · Capítulo 3 de 36

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The Ripper

Capítulo 3

3

 

Ramona tiene aire de ama de casa compungida. Viste una camiseta ceñida a sus carnes anchas y unos vaqueros hasta el tobillo. Está lejos de la chica que trajimos detenida, ordinariamente desvestida para llamar la atención.

Ha decidido denunciar a sus proxenetas. Tiene miedo. Pero ha pensado en otras muchas chicas. A las que también engañaron. O a las que obligan violentamente, como a Cristiana Stoicescu.

Habla con un tono de voz apagado que hace sisear las letras y termina cada frase en un susurro. Su cara redondita invita a la ternura, pero no a la concupiscencia. La prostitución era una tortura para ella. Cuenta lo que sabe con la mirada perdida en la mesa, pero de cuando en cuando eleva los ojos redondos para comprobar si muestro el interés que ella espera. Se confía en mi mirada y continúa:

—No conozco al jefe de Bogdan, con el que habla por teléfono tanto. Me trajeron y me dejaron en un piso de Almería. Allí tenía un vigilante, como Bogdan, pero que no era Bogdan. Luego, estuve en otro de El Ejido, y tenía otro jefe, ¿comprende?

López escribe y yo asiento y ella continúa. Nos da la ubicación de los pisos. Nos describe a los matones. Un rato después, le mostramos fotografías de varios elementos fichados y reconoce a uno. El otro no está en nuestro catálogo de venta veraniega.

—En cada piso hay una jefa. Aquí es Petrica, que le chiva a Bogdan lo que hacemos y que controla lo que ganamos.

Cuenta cómo funciona la banda: grupos bajo la autoridad de un jefe, pero independientes entre sí, para evitar que si cae un grupo corran riesgos los otros. Luego, nos cuenta dónde se ponen las chicas de cada piso, en Almería y en El Ejido.

Devolvemos a Ramona al piso de acogida y López pregunta qué vamos a hacer con Bogdan, al que hemos pasado ante el juez con acusaciones menores.

—Mañana estará libre. Nos interesa que esté en la calle.

Necesitamos que los rumanos piensen que todo ha sucedido investigando la muerte de Cristiana Stoicescu y que su negocio puede continuar.

—¿Avisamos a Almería para preparar una redada?

—No haremos nada hasta el día 8.

 

Me encierro en mi despacho. El libro me está esperando. La portada es siniestra. En tonos oscuros se observa a un hombre con sombrero y capa negra, de espaldas, junto al farol de una calle del Londres victoriano. La Maldición de Whitechapel, Jack el Destripador, la investigación criminal definitiva, de Iván Rámila, es uno de esos libros que ojeé hace años y luego dejé en una estantería. Durante varios días le he echado vistazos de reojo temiendo que, de cogerlo entre las manos, se cumpliera el presagio que temo. Ya no puedo dejarlo más.

Salto los capítulos para centrarme en el primer crimen, ocurrido la madrugada del 31 de agosto de 1888. El cuerpo de Mary Ann Nichols apareció en un callejón del barrio de Whitechapel llamado Buck’s Row. Un lugar sórdido y miserable, oscuro y siniestro, que los transeúntes procuraban evitar dando un rodeo. La encontraron unos mozos que trabajaban en un matadero cercano sobre las 3.45 de la madrugada. El cuerpo presentaba dos cortes profundos en la garganta que, sin duda, eran la causa de la muerte. Era fácil deducir que el asesino no dudó al usar el cuchillo. Lo peor vino luego, cuando se descubrió un profundo corte desde la parte inferior del abdomen hasta el diafragma. En el costado derecho tenía tres o cuatro cortes similares en sentido descendente y más cortes transversales en las partes pudendas. El asesino había dejado los intestinos a la vista, como en el caso de Cristiana. Y, como ahora, se había llevado el útero.

Las similitudes son demasiadas para pensar que se trata sólo de casualidad. Intento convencerme de lo contrario, de que no son más que suposiciones sin fundamento. Pero cada vez que echo una ojeada al libro y al informe de la autopsia de Cristiana Stoicescu me convenzo más. Del mismo modo que no puedo hacer otra cosa que preparar la redada para el día ocho y entonces largar a todos los agentes a la calle. Si paso la información ahora sobre la red de prostitución, el Comisario Jefe no querrá esperar.

Cuenta atrás hasta el día 8. Me pregunto si el asesino será capaz de actuar de nuevo a pesar de que puede imaginar que estaremos sobre aviso. Su primer crimen ha sido tan osado, frente al lugar más concurrido posible, que no me cabe la menor duda.

Llaman a la puerta y escondo el libro en un cajón al tiempo que Martín deja ver su cara de pijo atribulado. Hoy no se echado brillantina y su pelo rebelde traiciona su aire chulesco.

—Tengo algo, comisario —entra con un expediente en la mano.

Se coloca de pie a mi lado y me muestra unas anotaciones.

—Como no había antecedentes en toda la comarca de destripamientos de animales, pensé que tal vez no habrían sido denunciados ni habrían llegado a la guardia civil ni a las correspondientes policías, así que me puse en contacto con los servicios de animales de todos los ayuntamientos.

Señala con un dedo de uñas pulidas y recortadas, pero que tiembla un poco.

—Y lo encontré. Mire…

Señalo la silla situada frente a mi mesa. Martín se sienta echándose casi encima de la mesa.

—Diez perros degollados y destripados este verano. Cuatro en Almería, tres en Roquetas de Mar, dos en Almerimar y uno en El Ejido. Los recogieron los servicios de los ayuntamientos. Las denuncias se archivaron en los juzgados.

Fotografías. Descripciones. Perros de todas las razas, colores y tamaños, degollados y abiertos en canal. Algunos con las tripas fuera.

—Vas a tener que ir hasta allí. Compruebas las fechas en que aparecieron. Habla con los operarios y también con los veterinarios de esos centros. Comprueba cómo se hicieron los destripamientos.

—Estaba preparándose, jefe. Por eso no dudó cuando se lo hizo a la chica. Tenía práctica.

—No te entusiasmes.

Me mira con dureza.

—Fue él —dice sin admitir la menor duda.

—Confírmalo. Fechas. Lugares. Tendrás que ir casa por casa donde aparecieron esos animales. ¿Lo sabes?

 

De pronto, arde mi teléfono: La policía municipal de Mojácar ha detenido al asesino de Cristiana Stoicescu.

Ha confesado ser el asesino de la chica rumana y se le ha encontrado un pañuelo manchado de sangre.

Maldigo el tráfico mientras asciendo lentamente tras coches descapotables de extranjeros que creen haber encontrado el Paraíso y furgonetas de reparto. Cuando por fin llego al pueblo, no hay aparcamiento, así que dejo el coche en medio de un cruce y entro en el cuartel, que parece una colmena. Unos agentes charlan con tres periodistas haciéndose los interesantes. Otros me miran con cierto desdén. Un pasillo estrecho a cuyos lados se abren puertas baratas de madera sin barnizar. Dependencias austeras como las de un monasterio y como las de todos los cuarteles y comisarías del país. Mesas, sillas, archivadores, ordenadores.

—Aquí no tenemos pecera —comenta un agente—. Están ahí —señala una puerta.

Se giran tres cabezas: la del jefe de policía, que suda nerviosismo como si acabara de salir de la ducha vestido, y la de otros dos agentes, uno de pie junto a una mesa y otro sentado ante un ordenador para escribir la declaración del detenido. Un hombre de espalda estrecha, sentado a una silla y encorvado. Sucio pelo rojizo y una camisa más antigua que las enaguas de mi abuela, casi transparente por el uso. El jefe me invita a entrar con un gesto. El que está junto a la mesa me entrega un documento en el que veo una declaración de discapacidad intelectual de un setenta y cinco por ciento.

No le he visto aún la cara y ya sé que se trata de una falsa alarma.

Pego la espalda a una ventana por la cual entra una luz que se estrella en el rostro demente de un hombre joven. Treinta años, menudo, delgado, desaseado. En su expresión, los estigmas de su enfermedad. Retraso mental y brotes psicóticos según consta en el documento. Repara en mí y compruebo que sus ojos son incapaces de asirse a nada inteligible. Tiene la cara huesuda y la expresión deformada por unos pómulos sobresalientes y unas mejillas hundidas con barba rala de varios días. Sus labios babean ligeramente y sus ojos están tan profundamente encajados en las cuencas que parecen los de un muñeco. Huele a sudor rancio y a pies sucios en unas sandalias con las tiras gastadas.

—Venga, Chumbo, dime cómo lo hiciste —le pide el agente que está de pie.

El Chumbo se encoge de hombros.

—Quiero un cigarro —dice con lengua estropajosa.

El agente le da un Fortuna y le prende fuego. El Chumbo chupa hasta juntar las mejillas y llena la habitación de humo cuando lo suelta con fuerza.

—Chumbo, a ver, ¿dónde viste a la chica?

—¿A la puta?

—Sí, a la puta.

Parece ponerse a pensar, pero se encoge de hombros.

—En la carretera.

—Ya. Pero ¿en qué carretera?

—En la del hotel.

—¿Qué hotel?

Otra vez se encoge de hombros.

—¿Y cómo te la llevaste contigo?

—Se vino conmigo —afirma el Chumbo.

—¿En el coche?

—Sí.

—Pero tú no conduces, Chumbo. Tú no tienes coche —dice el jefe.

El Chumbo se queda en silencio un minuto.

—¿Pero la mataste tú? —pregunta el agente que está de pie—. ¿Con qué cuchillo, Chumbo? ¿Tienes navaja?

—Claro —dice el Chumbo mirando al agente con expresión de no comprender una pregunta tan absurda.

El jefe me mira y niega con la cabeza. Yo también.

—Estos tíos no matan así —comento al jefe en un susurro.

Ahora el Chumbo se fija en mí. Pero no dice nada.

Tras dos horas de interrogatorio, en las cuales se ha fumado medio paquete de Fortuna del agente animoso que cree haber detenido al criminal del siglo, el Chumbo ha reconocido haber recogido a la chica en la carretera, luego lo ha negado para decir que la vio en la playa; luego ha dicho que la mató con un garrote; y luego que la mató con su navaja, pero que no sabe dónde está su navaja, y se ha tocado los bolsillos y no ha encontrado nada. Y ha levantado la cara interrogante sobre su navaja y entonces el poli animoso ha sacado del cajón una navajita de viejo hombre de campo sucia y medio oxidada que no puede ser el arma del crimen.

Asfixiados de calor, el jefe y yo nos vamos a su despacho dejando al Chumbo con el agente animoso y el callado que teclea en su ordenador para tomar declaración pero que resopla un segundo después cuando el Chumbo se desdice inmediatamente para inventar otra historia.

El jefe se pone bajo el aparato de aire acondicionado de su despacho, buscando el chorro de aire frío.

—Hace un par de horas lo hubiera jurado, comisario —me dice, apesadumbrado—. A las cuatro de la mañana, borracho, ha empezado a gritar que él mató a la puta en medio de la calle. Ha acudido una pareja y lo han detenido y entonces ha enseñado la navaja y el pañuelo ensangrentado y ha dicho que eran de la chica. Me han sacado de la cama y he venido corriendo y he mandado a varios agentes a su casa para ver si tenía coartada o estaba fantaseando. Sus padres y su hermano han confirmado que no estaba en casa la madrugada del treinta y uno. Éste sale y se pierde, ¿sabe? Los padres no lo pueden controlar porque son viejos y el hermano ya pasa, harto de todo y de todos.

Asiento, comprendiendo al buen hombre. Abre los brazos. Tiene una fuente en los sobacos.

—Y he pensado, ¿y por qué no? El crimen de esa pobre chica es el de un loco. A veces se les va la cabeza, ¿no? Lo mismo se la encontró en ese lugar y le pidió algo y la chica no quiso, ¡qué se yo!

Desesperado, da un par de pasos y se tira en su sillón. Le ofrezco un cigarrillo y fumamos en silencio.

—Se la llevaron en una furgoneta oscura, Jefe. Dígales a sus hombres, cuando acaben con este circo, que la busquen.

Se me queda mirando.

—No lo sabía.

—No importa. Yo lo he sabido hace muy poco.

—Por supuesto, no tenemos matrícula.

—Por supuesto.

Suspira. Coge aire. Sopla sobre su pecho demasiado grueso.

—Como usted dice, un loco no mata así, ¿verdad? —piensa en voz alta.

—Creo que el nuestro no.

—¿Quién puede hacer eso, comisario? He visto… Es una locura.

—Pero otra clase de locura.

—De todos modos, debemos seguir el protocolo.

Aplasto el cigarrillo en un cenicero. El jefe parece comenzar a respirar un poco y se pasa un pañuelo por la frente rosada. Su pecho de hombro recio y ya no tan fuerte se amplía y se contrae como un fuelle, la camisa pegada a la piel, la barriga sobresaliente.

—No es él. Pero usted ha hecho lo que tenía que hacer, si le sirve de algo.

—Lo sé. Pero tras la excitación de esta mañana… Estaba más nervioso que en mi noche de bodas, joder. Y ahora la decepción.

—Me temo que no será la última con este caso.

 

Más de trescientas llamadas. Más de trescientos disparates. Alguna pista que no sonaba a estupidez o locura no ha conducido a nada. Los hombres que atienden la centralita están cansados. Les ordeno que continúen.

Leo y releo el libro sobre el Destripador. Miro en la red. Me asombro cuando compruebo que el asesino tiene clubes de admiradores, fans por todo el mundo. Como no puedo creerlo, insisto. Atónito, me pregunto qué quiere esto decir. Hasta qué punto estamos enfermos en este maldito mundo.

Ahora conozco con detalle su historia. He de hacerlo para adelantarme a sus pasos. Intuyo que los seguirá fielmente. No hay una razón lógica. Pero, si ha elegido matar como el Destripador, ¿por qué no ha de continuar así? Si el asesino sospecha que intuimos sus pasos, podría dejar de hacerlo, o cambiar de fecha. Pero ¿no ha demostrado ser osado y arrogante matando a su primera víctima en el lugar donde más gente había?

Cada vez que lo pienso, mi certidumbre aumenta hasta casi la certeza.

Paso el día mirando webs dedicadas a asesinos en serie. Sólo en Estados Unidos se calcula en unos ciento cincuenta actuando en todo momento. Y ya no son excepción. En los últimos veinte años ha habido más asesinos en serie en mi país que en los cien años anteriores.

Me sumerjo en un mundo de maldad inverosímil. Casi de fantasía. Tan extrema que se vuelve incomprensible. El Hijo de Sam; Ted Bundy; el Monstruo de Machala; el Carnicero de Rostov; el Carnicero de Milwaukee; el Estrangulador de Boston; el Payaso Asesino; Ed Kemper; el Vampiro de Düsseldorf; Henry Lee Lucas; el Asesino de Río Verde; BTK; el Destripador de Yorkshire; el Destripador de Lisboa; el estrangulador de Viena; el Destripador de Francia, Yang Sinhai… El catálogo sigue y sigue y sigue…

Podría añadir otros asesinos en serie que se esconden tras apariencias de reivindicaciones políticas. Algunos los llaman terroristas.

¡Ahora que creía haber dejado todo aquello atrás!

Vuelvo al Destripador. Continúo leyendo su historia, comparándola con los datos que ofrecen las webs. Imaginando combinaciones, comparando, conjeturando, intuyendo…

Tal vez entonces el crimen que más información pudo ofrecer fue el quinto, el de Mary Kelly, pues ocurrió en una habitación cerrada y tuvo todo el tiempo del mundo para ensañarse con el cuerpo.

Sin embargo… Aquí y ahora… Debe ser su primer crimen el que más pistas nos ofrezca. En cambio…, no hemos encontrado nada. ¡¡Nada!!

Redacto un memorándum para que se investiguen esas webs. Hay que comprobar si la Unidad de Delitos Informáticos puede detectar conexiones en la zona.

Salgo del lugar lúgubre en que se ha convertido mi despacho y pongo rumbo a Mojácar.

Necesito respirar el mismo aire que respiró el asesino. El mismo que respiró la chica antes de morir. Intento aislarme del dolor. Imaginar cómo lo hizo.

Busco la rambla cercana desde la que accedió. El edificio que la delimita está adormilado en la tarde que declina. Tras él, ramblas, espacios solitarios, que se adentran en el campo, alejándose del asfalto. Los imagino en la noche, solitarios. Ni un alma, aunque muy cerca hay una muchedumbre. El asesino se arriesgó a que alguna pareja se hubiera escondido entre los arbustos. No le importó. La tierra estaba seca y dura y no encontramos huellas de neumáticos.

Se oye la música del Mandala. Huele a tierra seca. Arbustos secos y cañas a un lado. Asciendo por la ladera. Es fácil. Podría hacerlo con un cuerpo de mujer al hombro. Chumberas a un lado que ocultan a un hombre. Una vez arriba, palmeras, eucaliptos, pinos. Arbustos que hace mucho nadie poda y que son tan altos como yo. Atravieso la parcela. Un espacio que debió ser un camino entre jardines. Suficiente para él. La casa, a un lado, muda, cerrada a cal y canto. Nadie en ella que pudiera ver u oír algo. Se ha contactado con los propietarios. Ninguno estaba en la zona en esas fechas. No la han alquilado. Ni hay rastros de okupas.

El camping ha sido investigado a fondo. Se han comprobado los clientes que estaban hospedados en esas fechas. Nada.

Me acerco al muro. Demasiado bajo para ocultarlo. Unos arbustos sí ofrecen impunidad. Ahí la asesinó. Luego, le bastó arrastrar el cuerpo hasta dejarlo junto a la acera, para que todo el mundo lo viera: «Tomad. Ved mi obra».

Enfrente, el Mandala. Él mándala o mandala. Leo en el teléfono:

Representaciones simbólicas espirituales y rituales del

macrocosmos y el microcosmos, utilizadas en el budismo y el hinduismo. Mandala es un término de origen sánscrito. Otras culturas poseen también configuraciones mandálicas, frecuentemente con intención espiritual: la mandorla del arte cristiano medieval, ciertos laberintos en el pavimento de las iglesias góticas, los rosetones de vitrales…, como dijo don Sebastián Rodríguez…

Sus formas generalmente concéntricas sugieren una idea de

perfección y, tal vez, el perímetro del círculo evoque el eterno retorno de los ciclos de la naturaleza. En los ritos mágicos es frecuente la separación de un espacio sacro respecto a uno profano. Para ello, en la tradición del ocultismo occidental se ha recurrido a los círculos mágicos; el espacio sacro es el inscripto en tales círculos que, de este modo, cumplen las

mismas funciones que los mándalas orientales. Para Carl Gustav Jung eran expresiones probables de lo inconsciente colectivo. El centro del mandala representaba el sí mismo, que el sujeto intenta lograr mediante el proceso de individuación…

Pueden serle asignados tantos significados que no podemos

otorgarle ninguno. Un símbolo muy antiguo. Luego, reinterpretado en cada cultura, en cada momento, de forma diferente.

Un maldito jeroglífico.

El Mandala continúa su rutina de música hortera. Llegan algunos coches. La gente se baja y todos señalan la parcela donde se cometió el crimen.

No les impedirá divertirse esta tarde.

 

Por fin alguna llamada con sentido. La chica fue vista en unos locales de la zona.

Malasaña me lo va contando mientras conduzco:

—A mediados de julio fue vista en el restaurante Atrio con un tío. Otro día fue vista en el hotelucho El Desfiladero con un macarra. Y en el Noom con un fulano viejo con pasta.

Unos jardines con rumor de agua. Unas mesas altas para tomar al aperitivo. En todas las mesas, una vela encerrada en un vaso de cristal rojo. Un lugar romántico. Música clásica. Ambiente caro. En lo más recóndito de una colina de Carboneras.

Un camarero de blanco inmaculado nos saluda. Se asusta al ver la placa y llama al dueño. Es un hombre bajo y pulcro que nos invita a sentarnos. Su calva brilla en las luces indirectas. Sus modales, tan contenidos como los de un director de orquesta. Echa una mirada de soslayo a su reloj, deseando que nuestra entrevista termine antes de que comiencen a llegar los primeros clientes.

Le mostramos una foto de Cristiana Stoicescu.

—Claro —dice, tomándola entre las manos—. Una belleza. Lástima. Hemos llamado nosotros. Por si fuera importante. Nunca se sabe.

Nos obsequia con un gesto de su mano.

—Estuvo aquí a mediados de julio. Lo recordamos porque era una belleza. Fue a mediados de semana.

Hace un gesto de fatalidad.

—¿Quién la acompañaba?

—No lo conocemos. Lo hemos hablado antes de que ustedes vinieran. Un hombre de unos cuarenta y tantos años. Pelo canoso. Alto. Delgado. Muy agradable. Hablaron con nosotros de la cena. Les gustó mucho. Y también del restaurante. Aunque esa noche no había mucho ambiente. Pero eso era mejor para ellos.

—¿Por qué?

—Él estaba casado.

Sonríe y no necesitamos preguntarle.

—Tenía un anillo en el dedo —se señala su dedo grueso y pulcro—. Y estaba claro que ella no era su esposa.

—¿Pagó con tarjeta?

—Lo hemos comprobado. Debió pagar en efectivo. No tenemos ningún pago con tarjeta de esa noche.

—¿Vieron el coche?

—Los coches se quedan más allá del jardín, en la calle —explica el dueño —. Así que no los vemos.

Más tarde, Malasaña pone palabras a mis pensamientos:

—Si la chica salió a cenar con un cliente es que su chulo la dejó y cobró. Así que Bogdan tiene que saber quién es el pavo que vino con ella.

 

Conducimos hasta cerca de Cabo Cope. Un paraje casi desierto en que alguien aprovechó un viejo cortijo para convertirlo en hotel rural. El Desfiladero aparece ante nosotros tras un recodo de un camino de tierra que se aparta de la carretera. Escondido y discreto, el lugar perfecto para un putero.

Cae la tarde y un resplandor cárdeno se estrella en los cristales de El Desfiladero. Han revestido la planta baja de piedra y la segunda planta de madera y el conjunto no desentona en un paraje con un triste bosquecillo de pinos, unos cuantos eucaliptos, alguna retama alta como una casa y unas vistas lejanas al mar.

Un tractor y una furgoneta están aparcados ante la fachada.

Entramos en un bar con una barra de madera que brilla demasiado. Hay aparejos colgados de las paredes y fotos en blanco y negro de gente realizando labores de labranza, de siega, aventando.

Una campana anuncia nuestra llegada y dos parroquianos con pantalones cortos, sucios de polvo, se vuelven desde la barra para observarnos con curiosidad. A un lado se abren las escaleras que conducen a las habitaciones. Hostal de una estrella, no es el lujo hecho hostelería. Una mujer con el pelo rizado y una bata de trabajo sale de la cocina secándose las manos en un trapo.

La mujer nos mira con alarma cuando nos identificamos. Dice llamarse Mariana. Es gruesa y tiene papada. Una capa de sudor le cubre la cara. Nos retiramos a un comedor lateral, alejados de los curiosos.

Me pregunto si quien la vio en este lugar y ha avisado por teléfono a la comisaría es alguno de los parroquianos de afuera. Están a lo suyo, en la barra.

—No sé… —dice mirando la fotografía y mordiéndose un labio que dejó de ser sensual hace siglos.

—Sí lo sabe.

—Tengo que avisar a mi marido —se levanta.

—¡Siéntese!

Se deja caer bruscamente en la silla, vencida.

—Sí. Creo que sí —admite.

—¿Cuántas veces estuvo aquí?

—Creo que dos. Aunque puede que más.

—¿Quién era el hombre?

Niega con la cabeza sin dejar de mirar la foto. Tiene miedo de mirarnos a los ojos.

—¿Cómo era ese hombre? ¿Vio su coche?

—No sé quién era.

—¿No le piden la documentación? —pregunta Malasaña.

La mujer se pone nerviosa. Debería haberlo hecho.

—Alguna gente no quiere. Viene un rato, paga y se va.

—¿Pagó en efectivo?

—Sí.

—El coche —la apremio.

Se encoge de hombros. Pega una voz y llama a un tal José. Los de la barra nos miran.

Cada vez más temerosa, la mujer se agarra del escote de su bata.

Aparece un hombre alto y barrigudo con una camisa plagada de manchas de sudor. Le brilla la calva y lleva tres días sin afeitar. Tan elegante como los parroquianos de afuera.

La mujer se atreve a levantarse y se pega a su marido como si fuéramos una amenaza. Malasaña le muestra la foto.

—¿Y qué?

—Siéntense.

Ella no se atreve a obedecer hasta que el hombre lo hace, intimidado por una mirada que lo traspasa.

—Al grano y rápido. Esta chica estuvo aquí. Queremos saber con quién.

El hombre vuelve a mirar la foto. Resopla. Niega con la cabeza.

—No quería dejar el dni el tío. Ella se veía que era una fulana. No iba a ir con ese tío por gusto.

—Su coche. ¿Vio la matrícula?

—No. Y pagó en efectivo —dice José—. El coche era un Opel. Una furgoneta pequeña. Oscura. Pero no sé el modelo ni me fijé en la matrícula.

—¿Cómo era ese tío?

—Un saco de músculos. Más bajo que yo, pero una bestia.

—¿Qué más?

José, más tranquilo porque sabe que no nos interesa cómo lleva su negocio, saca un cigarrillo y lo enciende. Su mujer se levanta y trae un cenicero.

—Con mucha espalda. Unos brazos así —hace un gesto con ambas manos dejando la foto sobre la mesa—. Chulo. El pelo muy corto.

—¿Color?

—No sé. Creo que oscuro. Pero estaba casi afeitado.

—¿Barba, gafas…?

—Mala leche. No la trataba muy bien. La llevaba del brazo.

—¿Protestó la muchacha en algún momento? ¿Se negó a subir con él a las habitaciones?

Niega con la cabeza.

—No. Pero se notaba que no estaba contenta. Más seca que un ajo.

—¿Cuántas veces estuvieron aquí?

—Dos, que yo sepa —dice el marido, mirando a su mujer, que asiente.

—¿Cuándo?

—No sé. A finales de julio o principios de agosto —dice José.

—¿Algo más?

Se encogen ligeramente, pero niegan con la cabeza.

—¿Por qué no han avisado antes?

—No sabíamos que era la chica —se disculpa la mujer—. ¿Quién se lo ha dicho?

—Nos volveremos a ver.

Los parroquianos ni nos miran cuando salimos. Ha caído la noche definitivamente.

De pronto, nos volvemos y nos plantamos ante ellos. Huelen a sudor rancio. No es del día. Les mostramos la foto.

—¿Alguno ha visto a esta chica por aquí?

Ambos lo niegan. Preguntan si es la chica que mataron, pero miran y remiran la foto y niegan haberla visto.

—¿Y a un hombre no muy alto, muy musculoso, cabeza afeitada, con una furgoneta Opel oscura?

También lo niegan.

Malasaña se queja en cuanto salimos.

—Tiene cojones. Sabemos dos sitios en los que ha estado con dos hombres diferentes y no los tenemos. ¡Mierda!

 

Rodeamos la ciudad y desembocamos directamente en la costa. Cristiana Stoicescu fue vista también en compañía de un hombre en el Noom, un local de moda. Dejamos atrás el hotel Paradis, cuyo vestíbulo brilla en la noche tras la fachada acristalada y aparcamos en una avenida que desemboca en la playa.

El Noom tiene una arquitectura de madera y un techo de carpa. Varias dependencias en torno a un bar central: un comedor, un vestíbulo techado, y luego los espacios abiertos a la piscina. Nos llega el rumor del oleaje.

En el comedor, una familia que celebra algo, unas cuantas parejas que buscan un lugar agradable. Luces indirectas. Velas y ramos de flores en las mesas. Manteles blancos. Camareros diligentes y discretos que se mueven como sombras. En cuanto nos ven, avisan al maître.

Vestido de negro, se nos acerca con decisión alargando su mano. Atildado, repeinado, la cara tan afeitada como el culo de un bebé. Antonio Cáceres, se presenta. Nos invita a sentarnos y nos pregunta si nos apetece algo. Declinamos la oferta y, como nuestras caras no deben mostrar mucha disposición, va al grano.

—No les hemos avisado antes porque los camareros que trabajaron aquella noche tomaron vacaciones. Uno de ellos ha visto esta mañana en internet una foto de la chica y nos ha llamado.

—¿Por qué no ha llamado directamente a la comisaría?

Se encoge de hombros.

—Supongo que porque pensaría que no lo atenderían. O porque querría confirmarlo con otros compañeros. Está de vacaciones, en Mallorca. Pero ha reconocido a la chica, sin duda alguna.

—¿Qué más puede decirnos? ¿Estaba acompañada?

—Claro. Vino con don Carlos Arribas, que es cliente habitual de la casa.

Como ponemos cara de sorpresa porque un cliente habitual se pasee sin tapujos con una profesional, se explica.

—Don Carlos Arribas es un solterón con pasta y fama de mujeriego. No sólo no le importa que lo vean con mujeres despampanantes, es que las enseña todo lo que puede.

Casi setenta años. Jubilado. Alto y con aire aristocrático. Tiene un chalé no muy lejos. El maître nos dice que es de Madrid, pero pasa largas temporadas en su casa de la playa. Nos da su teléfono.

—Quiere que le avisemos cuando tenemos algo especial en el menú — explica.

Nos acompaña a la salida y nos desea suerte.

—A ver si cogen a ese cabrón. Cuando lo hagan, vénganse a cenar. Tendrán barra libre. Invita la casa.

Le damos las gracias y subimos al coche.

—Llama. A ver si por lo menos podemos interrogar a uno antes de irnos a la mierda —ordeno a Malasaña.

Cuando lo hace, salta el contestador.

—¿Busco su dirección y nos presentamos allí?

Miro el teléfono, que ha vibrado en varias ocasiones. Un wasap de Lázaro Asunción. Me pide que nos veamos en su local. Tiene algo para mí.

—Déjalo para mañana.

 

Cuando entro en el hotel Argaria, las cabezas giran, entre la alarma y la sorpresa. Lázaro Asunción está convencido de que ayudarme en este asunto no le plantea ningún problema con los rumanos ni con nadie dedicado al negocio, así que no se esconde e, incluso, se jacta de que el comisario entre en su local. Garantiza seriedad a su clientela.

No me importa formar parte de su aderezo si tiene algo que ofrecerme.

Como no puedo faltarle al respeto acepto un gin-tonic. Me lamento cuando veo a la madame que trabaja para él: rubio de bote muy escaldado, escote de vértigo en unas domingas que se mantienen tersas por arte de magia o por un pacto con el diablo; rasgos de antigua belleza voluptuosa, de boca sensual y cutis delicioso; aún mantiene unas piernas no demasiado esbeltas pero muy bien torneadas. Se me insinúa cada vez que vengo, hablándome de usted como si fuera menor que yo. Y siempre me faltan un montón de sus deprimentes gin-tonics para aceptar la oferta.

—No está Sandra, comisario, pero le puedo decir lo que me ha contado.

—Dime —digo, dando un sorbo al gin-tonic, que lo mismo podría ser cualquier otra cosa, pero sin dejar de mirar fijamente los ojos pintarrajeados de la madame.

—¿Por qué no se la tira ya y deja de jugar con ella, comisario? — interrumpe Lázaro Asunción, impertinente porque no le presto atención.

—Podría ser mi madre.

—Ja. ¿Se cree joven, comisario? Aurora le tiene entre ceja y ceja y no va a dejar de intentarlo. Usted haría la obra buena del día y ella se pondría más ancha que pancha.

—¿Más aún?

—Qué ignorante, comisario —se lamenta.

Corta de un gesto el intento de acercamiento de una chica alta y guapa cuyos rasgos se pierden en la penumbra del local pero cuyo contorno no tiene nada que envidiar a las hadas.

—Vaya nivel.

—No sea tonto y quede con Aurora.

—Otro día.

Doy otro trago al gin-tonic y le pido un poco más de limón para que sepa a algo. Lázaro Asunción se aleja y observo un grupo de mujeres en taburetes al otro lado de la barra, mostrando piernas de escándalo. Una pareja cotorrea en un reservado, sentados a una mesa en la misma postura en la que estarían en una cafetería del centro. Un lobo solitario bebe una copa sin que nadie le haga ni puto caso.

Lázaro Asunción echa dos trozos de limón en el gin-tonic.

—No me extraña que le guste tanto el limón. Es tan agrio.

—La vida me ha hecho así. Bueno, ¿qué tienes?

—Como le digo, Sandra habla inglés de puta madre. Y tiene clientes ingleses.

Junta las yemas de los dedos. No le pega ese aire de Cristo que va a ponerse a orar. Baja el tono de voz y susurra.

—Y uno de ellos se emborrachó como una cuba. De hecho, un rato después se cayó redondo al suelo y tuvimos que llevarlo a urgencias.

—¿Lo llevaste o lo dejaste tirado en la puerta?

—¡Qué exquisito! Lo dejé allí, ya lo verían. No estaba muerto, sólo estaba…

—De parranda. Ya.

—Cuando estaban arriba —señala con un dedo—, borracho, con un pedo que se caía, estuvo hablando, o delirando, o lo que fuera. Y Sandra lo oyó todo. Decía que había violado en Inglaterra y que por eso se había venido a España. Que había violado a no sé cuántas. Y que había matado a una. Y que había vivido en la Costa del Sol y que le encantaba pegarle a las mujeres. De hecho, se pasó un poco con Sandra…

—O sea, que le ayudásteis a desmayarse.

—No le faltaba mucho.

—¿Dijo algo más?

—Nada que yo sepa. De todos modos, es todo lo que me contó Sandra.

—¿Tenemos nombre?

Lázaro Asunción saca un trozo de papel cuadriculado recortado de una libreta de cuentas y me lo pasa.

—Jeofrey Hunt. Vive en Desert Springs.

Guardo el papel en la cartera y le agradezco la información. Luego, doy cosas por supuestas.

—Entonces, ya sabes que no fueron los rumanos. De lo contrario, no me hubieras llamado.

—No fueron ellos, seguro. Malo para el negocio.

—¿Ha bajado el negocio?

—Aquí no. Casi diría que hay más clientela. Se pagan la seguridad y la seriedad.

—Ya.

—En la calle, por supuesto. Aunque siguen poniendo a las mujeres a la vista. Cualquier día pasa otra cosa igual y…

No sabe lo cerca que está de acertar.

Ésta es la ciudad de las putas

Putas jóvenes

Putas viejas

Putas niñas

Todas merecen el filo de mi cuchillito

Ja ja ja ja ja ja

Aterrorizadas!!!

Ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja

Mi cuchillito las espera

Mi cuchillito las señala

Mi cuchillito las separa

Mi cuchillito las raja

Ja ja ja ja ja ja