The Ripper
Capítulo 2
2
Giro en el hotel Marína Mar y asciendo dibujando meandros por calles atestadas de chalés y apartamentos hasta la cima de una colina que hace unos pocos años estaba desnuda y sucia como el culo de un borracho y ahora se ha plagado de ladrillo pintarrajeado como una borracha tardía. Cuanto más subo, descubro los mordiscos de la crisis que dejaron a medias la plaga de edificios. Caracoleo en los últimos aledaños de la montaña y me detengo ante un depósito de agua que culmina las urbanizaciones como una corona barata de cartón. Desperdiciaron el mejor rincón en un depósito de agua mientras algunas urbanizaciones que ahora se quedan a mis pies se esconden en callejones y revueltas sin siquiera vistas al mar.
El sol brilla sobre la superficie del mar.
Un momento después oigo pasos que resquebrajan terrones de tierra. No necesito volverme para saber quién es.
—Si se queda ahí es mejor que nos hubiéramos visto en la plaza del pueblo —se queja.
Lázaro Asunción. Su nombre no encaja con sus ocupaciones, aunque sí con su aspecto. Alto y delgado como un esqueleto. El careto de Cristo en la Cruz que le colgó una genética no muy generosa.
Vuelvo sobre mis pasos y nos pegamos a la pared lateral del depósito, a la sombra. Ya no veo el mar. Veo campos secos como sarmientos extendiéndose muy lejos, hasta las estribaciones de Sierra Cabrera, que aparece como una sombra imponente y azul en el horizonte.
—Un día iremos a comer juntos, que todo el mundo vea que somos amigos —digo.
—No me escondo, jefe. Es que vivo ahí al lado.
—¿Y me haces venir?
Jamás le he visto reír. Me hace el juego porque le interesa. Él nunca ha reconocido que es el dueño del hotel Argaria, el puticlub más importante de Baria. Siempre deja caer algún comentario vago sobre sus jefes, intentando que todo el mundo piense que no es más que un encargado y que tras él hay alguien muy fuerte, capaz de hacer frente a la competencia cada vez más feroz de las mafias rumana, colombiana y africana.
—¿Qué sabes de la chica? —pregunto.
—Oí hablar de ella. Todo eran piropos. La más guapa. Pero no intenté ficharla. Ya sabe… Territorio prohibido. Rumana. En mi local hubiera podido cobrar doscientos por servicio y todos hubiéramos ganado, pero esos rumanos no son hombres de negocios.
Le doy una calada al cigarrillo y lo aplasto con el pie. Una colilla en un lugar tan seco puede ser como la llama de un soplete. Lázaro Asunción continúa.
—Si fueran de otra manera, podríamos hacer negocios. Ellos pondrían la chica y yo un poco de estilo con mi local —repite, encogiéndose de hombros —. Mejores clientes, con más pasta. Hubiéramos ganado todos, incluso la chica, que no tendría que hacer servicios en un coche de mierda. Pero no saben más que explotarlas a lo bestia. No quiero tenerlos cerca.
—¿El tal Bogdan es su jefe?
—Ése es sólo un matón. Tiene alguien por encima. Una mala bestia.
—¿Quién?
—Lo vi una vez. Mala pinta. Aire militar. Algo grueso. Estuvo en mi local. No hablé con él. Yo no soy nadie, ya sabe.
—¿Cómo se llama?
—Lo llamaban Radu. No sé más. Pero no se dedica sólo a las mujeres. Tiene otros negocios.
Enciendo otro cigarrillo y abro la boca buscando aire. Nos llega una brisa caliente que la sombra no refresca.
—¿Qué negocios?
—Robos. Extorsión. Dicen que alguna vez, cuando las chicas trabajan en los pisos, graban a los tíos. De ahí a pedirles pasta… ya sabe.
—¿Dónde puedo encontrarlo?
—Ni puta idea.
Cambio de tercio.
—¿Sabes de algún pervertido que haya podido hacer esto?
Lázaro Asunción se lleva una mano al pecho. Un pecho flaco y huesudo, que me repugna mientras veo cómo se lo acaricia, pensativo, la camisa abierta hasta el ombligo. Bajo los ojos y veo sus pies metidos en unas sandalias de pescador de almas sin futuro y siento otro poquito de asco al ver sus dedos huesudos y flacos. Su humanidad tan natural y tristona me recuerda la naturalidad triste del cuerpo muerto de la chica.
—No, comisario. En todos mis años en este negocio no he conocido a nadie que sea capaz de hacer esto.
—¿Y los rumanos? ¿Pueden haberlo hecho ellos?
Vuelve a rascarse el pecho con tanta fuerza que puedo oír el rasguño de uñas y piel. Mueve la cabeza estrecha de un lado a otro, dudando.
—Podría ser… —dice, y una multitud de ideas y locuras me asaltan a medida que habla—. Podría ser… —repite—. No lo digo porque sean mi competencia, comisario. Pero son salvajes. Hay quien dice que la chica quería dejarlo. Que no tenía vocación para esto. Sólo belleza.
—¿Quién lo dice?
—Un cliente mío me habló de ella, hace un mes más o menos. La había visto y se la había llevado en el coche a un hotel de la playa. A él no le importaba que lo vieran, está soltero. La invitó a cenar, habló con ella varias horas. No se acostó con ella. Dijo que la respetaba. Se encoñó. Y no era para menos. Ella le pidió que la comprara. Que la sacara de ese ambiente. Se lo suplicó.
—¿Lo intentó?
—Habló conmigo. Tenía miedo de contrariar a esos rumanos. De quitarles la gallina de los huevos de oro. Estaba encoñado con la chica, pero tenía miedo. Y con razón.
—¿Crees que eso pudo motivar que la mataran?
Encoge unos hombros estrechos que destacan, puntiagudos, bajo la camisa.
—Tal vez intentó escapar. Tal vez se negó a trabajar más. Hace poco tuvieron a una sin comer tres días, después de una paliza. Huesos rotos y demás, ya sabe.
—Pero si la hubieran matado ellos lo hubieran hecho de una manera menos llamativa, ¿no crees?
Hace un gesto feo con los labios, que deja húmedos y vueltos frente a mis ojos. No aumenta mi atracción por ello.
—A veces se han cargado gente a lo bestia para dar ejemplo. Vete tú a saber… —concluye con fatalidad de hombre de vuelta de todo—. Lo mismo se les fue la mano.
En la comisaría, Soler, el Jefe del Grupo de Homicidios de la Policía Judicial de Almería y un Capitán de la Guardia Civil que me presentan como Lizana, están esperándome.
Nos estrechamos las manos y nos sentamos en torno a una mesa de trabajo, a la que también se une Martín, quien tuvo la idea de investigar los viejos crímenes de los que se supone que han venido a informarme.
Pero la conversación toma otros derroteros nada más comenzar.
—Comisario —suelta Soler—, tanto el capitán como yo debemos trasladarle la queja de nuestros mandos. Se hizo usted cargo de la investigación sin advertir primero a sus superiores y sin que éstos tuvieran la oportunidad de asignar el caso.
Durante un minuto no se oye otra cosa que la turbina del aire acondicionado. Dejo que se enfríe mi furia.
—Fui avisado y llegué el primero tras los agentes de la policía Local. Hice mi trabajo. No veo ningún problema de competencia y, si eso es lo que les preocupa, podemos colaborar. Pero si pretenden que dejemos el caso, no lo aceptaré hasta tanto no reciba órdenes por escrito.
—No se ofenda —interviene el capitán Lizana—. El asunto es muy grave. Lo que debemos hacer es colaborar.
—No pretendemos que deje el caso. Pero sí que informe. Han pasado treinta y seis horas y el Comisario Jefe de Almería no ha recibido su llamada —continúa Soler.
—Le envié un informe preliminar —replico.
Soler me observa fijamente y no dice nada. Estudio sus rostros. Maduro bajo el cabello canoso y tieso el de Soler, al que conozco desde hace años. Competente y puntilloso, siempre pone algún reparo a todo lo que no haga él. Viste una camisa sin corbata y sin chaqueta, pero con un botón cerrado tan arriba que recuerda a los viejos agricultores cuando se visten de domingo. Tiene un rostro menudo de rasgos mínimos: ojos pequeños, orejas pequeñas, nariz pequeña, boca pequeña. Labios finos y apretados. El capitán Lizana es el polo opuesto: grande y desgarbado, suda a pesar del aire acondicionado. Su calva más que incipiente resuda por el cuero cabelludo y tiene unos ojos grandes, una cara ancha y una nariz aplastada que le confieren un aire de cuidado. No obstante, su pose, repantigado y con los brazos del sillón sujetos por unas manazas terribles, inspira sinceridad.
—Martín fue el primero que llamó mi atención sobre algo que ocurrió hace años en la provincia. Al parecer, hubo una serie de crímenes, diez creo —hago una pausa mirando a Martín, que asiente—, de prostitutas jóvenes, que nunca se esclarecieron. Es evidente que tenemos que revisar tales expedientes.
Soler abre un portafolios.
—Son copias de lo que tenemos. Lo he revisado para estudiar las posibles concordancias.
Abrimos la carpeta. Martín echa un vistazo. Paso las hojas rápido. Mis ojos resbalan por detalles que me dicen que no tienen nada que ver con el asesinato de Cristiana Stoicescu.
—¿Lo que consta en estos expedientes se corresponde con lo que se publicó en el Diario de Almería hace unos meses?
Ambos hombres conocen el artículo, pues los dos asienten en silencio.
—Por lo que recuerdo, las víctimas eran en todos los casos prostitutas jóvenes, menudas y morenas, ¿es cierto?
Soler vuelve a asentir. Lizana pasa los dedazos sobre las hojas y mira como si no quisiera ver. Veo en él otro López, un hombrón demasiado bueno para soportar esta miseria.
—Todas eran de ambientes marginales, la mayoría drogatas, y aparecieron en lugares aislados —dice Soler.
—No me consta que nuestra víctima, Cristiana Stoicescu, fuera drogadicta y no apareció en ningún lugar aislado, sino todo lo contrario.
—Otra diferencia es que todas murieron estranguladas o golpeadas. Ninguna degollada —continúa Soler.
—Ni fueron mutiladas.
Nos miramos a los ojos. Negamos ambos con la cabeza.
—Cuando detuvieron al camionero alemán, un tal Volker Eckert, pensamos que pudo ser él, pero no se ha confirmado —comenta Lizana—. De todos modos, algunas de esas investigaciones las llevamos nosotros y los agentes que se encargaron entonces fueron interrogados y confirmaron que el modus operandi pudo ser de ese hijo de puta. Casi todos estaban convencidos de que era él.
—Eso no nos ayuda mucho.
—No hubo modo de confirmarlo.
Soler muestra sus dudas.
—Algunas de esas chicas, como una alemana, Sandmeyer, ahí lo verá, era hija de un hombre vinculado al narcotráfico. Es posible que su muerte tuviera que ver más con ajustes de cuentas con el padre que con un asesino en serie.
—Además, si no estoy equivocado —comento— aparecieron en lugares muy dispares, por toda la provincia: Vélez Rubio, Purchena, Roquetas…
Me confirman el dato. Inspiro hondo.
—No creo que quien hizo esto sea nuestro hombre. Como verán en el informe, nuestro hombre degüella a la víctima en el lugar más concurrido posible. No busca ocultar su crimen, sino exhibirlo. Y, lo más importante, no hay agresión sexual.
Muevo la cabeza lamentándome.
—No creo que se trate del mismo asesino. De todos modos, estudiaremos a posibles criminales violentos que hayan estado encerrados desde 1996 o 1997, cuando acabó la anterior serie de asesinatos, hasta hace un año, por si acaso.
Soler sonríe con picardía.
—Comisario, como verá, hemos venido inmediatamente. ¿Por qué piensa que se trata de un asesino en serie? Hasta ahora sólo se ha cometido un crimen. Y aquéllos ocurrieron hace muchos años. No hay conexión. No coincide el modus operandi. Puede ser un asesinato de género o un crimen de mafias dedicadas a la prostitución.
—Es sólo una intuición.
—Pues no conviene que lo diga porque esto se convertirá en un circo — me advierte acertadamente.
Martín se me echa encima en cuanto los otros salen por la puerta.
—No podemos descartar… —comienza.
Le paro los pies con una mano sin levantar la vista de los expedientes. Fuma intranquilo mientras leo. Se denominó Operación Indalo. Cinco de los crímenes eran atribuidos al mismo autor. Eckert había muerto en su celda de una cárcel alemana en 2007 sin reconocer ninguno de los crímenes de Almería. Además, en los expedientes figuran detalles que me inclinan a pensar que no fue el camionero alemán. El llamado Asesino de los Barrancos por el lugar donde abandonaba a sus víctimas, casi siempre asesinaba en fines de semana, lo que era poco probable en un camionero dedicado al transporte internacional, al que le sería difícil coincidir en la misma zona en fines de semana diferentes. Además, la investigación se centró en el conductor de un vehículo Opel Corsa gris al que subió la última víctima, Aurora Amador Carmona, en abril de 1996, del que tenían dos letras y un número de la matrícula, según algunos testimonios de otras prostitutas que habían visto cómo su compañera subía a un coche de esas características. La Guardia Civil buscó miles de matrículas con esos datos y encontraron a un sospechoso, un funcionario de la cárcel que vivía en un pueblo con su madre. Durante ese año, entrevistaron a compañeros y amigos, quienes reconocieron que sufría accesos de violencia y había esgrimido un hacha durante una discusión con una empleada de su centro de trabajo. Al no encontrar pruebas sólidas, las pesquisas se fueron diluyendo en el tiempo y el olvido y se abandonaron. El funcionario dejó su empleo y se le había perdido la pista.
Con estupor compruebo que durante 1996 llegaron peticiones de la policía portuguesa, alertada por estos crímenes, que pedía colaboración, por si había similitudes, para encontrar al Destripador de Lisboa, que había asesinado y mutilado a cinco prostitutas en esta ciudad. Pero el modus operandi era completamente diferente. El Destripador de Lisboa también las estrangulaba, pero luego les cortaba el pecho, la vagina y les abría el vientre. Las vaciaba. De las mujeres asesinadas en Almería, sólo una tenía cortes en los glúteos.
Una fotografía: el cuerpo sin vida de Aurora Amador, encajado en lo más profundo de un terraplén. Sus brazos paralelos al cuerpo, las piernas abiertas y dobladas, el cuello roto en una postura incompatible con la vida.
—No vamos a dejar esta vía, de todos modos. Tienes tres tareas: busca presos violentos y con antecedentes por delitos sexuales que hayan salido de la cárcel hace un año. Luego, busca la identidad del funcionario de prisiones. Quiero saber qué fue de él.
—¿Y la tercera?
—Te lo diré más adelante.
Martín se hace del expediente, pero desde la puerta me pregunta:
—¿Piensa realmente que es un asesino en serie, comisario?
—Creo que estamos ante otro Joaquín Ferrándiz.
—Dice que sabe por qué mataron a la chica en ese lugar.
Desvío la mirada de la pantalla del ordenador. Busco información sobre asesinatos macabros, a ver si algo me ilumina, ya que no parece hacerlo el Espíritu Santo. Me pregunto por qué el asesino se arriesgó tanto. Vuelvo de mi ensimismamiento y le digo al agente que haga pasar a quien dice saber algo.
—Buenos días, comisario —saluda, educado, adelantando la mano y esperando mi invitación para tomar asiento.
Se trata de un hombre de unos setenta años, de escaso cabello blanco que deja ver una calva salpicada de manchas oscuras. Menudo, viste unos pantalones de tergal demasiado amplios para sus huesos ya en retroceso y una camisa de cuadros y manga corta que le queda muy holgada, abrochada hasta el cuello. Tiene el rostro también manchado pero muy bien afeitado y hasta mí llega el olor profundo de un after shave tan clásico que me recuerda el de mi padre. Se sienta erguido y pone unos dedos esqueléticos sobre el filo de la mesa.
—Dígame.
El hombre sonríe y muestra una perfecta dentadura postiza que sería la envidia de un presentador de concursos.
—No se acuerda de mí. Vino usted a la organización que presido a dar una conferencia cuando fue destinado a la ciudad.
Se enciende una bombilla y recuerdo que fui invitado a dar una conferencia sobre el crimen en la sociedad posmoderna en la sede de una asociación cuyo nombre no recuerdo. El tema de la conferencia me había sido impuesto y hube de estudiar la posmodernidad como si fuera un sociólogo. Al final, me centré en el terrorismo que era, por desgracia, mi especialidad.
No debió ser un éxito, pues jamás me han vuelto a invitar.
Hago un gesto intentando recordar y el hombre me allana el camino.
—Me llamo Sebastián Rodríguez y presido la asociación Nuevo Destino.
—Ahora recuerdo.
—Fue una conferencia muy interesante la que nos dio entonces, comisario.
—Tal vez no estuve a la altura de sus expectativas.
López se reía de mí, ya que la asociación se centra en el estudio de asuntos esotéricos y espirituales y sus miembros tienen fama de estar un poco chalados.
—Claro que sí. Fue muy interesante.
—¿Qué le trae por aquí?
Da un pasito adelante y se sienta en el borde de la silla, pone ahora las dos manos sobre la mesa y dice:
—Sé que está muy ocupado y que el crimen de la otra noche le ha de tener en tensión, por lo que seré muy breve.
Hace un parpadeo demasiado largo y luego abre los ojos con la expresión de quien ve interiormente una revelación.
—No quería dejar pasar lo que pienso, por si tuviera importancia. Lo que ocurrió fue tan atroz que me he visto en la obligación de molestarlo.
Asiento con la cabeza, impaciente.
—He leído lo del asesinato en la prensa. No sé si los detalles son totalmente ciertos, pero hay una cosa que no pude evitar pensar inmediatamente. Llevo un día entero preguntándome si debía molestarlo, pero al final he decidido venir. Usted decidirá si lo que le diré tiene importancia o no.
Se moja los labios y continúa:
—Mataron a la chica, brutalmente, frente a un lugar muy concurrido. Eso me ha dado qué pensar, comisario. Y a menos que se trate de un arrebato de un loco imprudente, no comprendo cómo pudo hacerlo en el lugar más concurrido de la comarca en ese momento. Por eso… No se ría de mí, comisario, pero…
—Continúe.
—Dicen que estamos locos —admite levantando una mano y sonriendo —. Pero lo cierto, comisario, es que el lugar donde la mató está frente a una discoteca, o pub o lo que sea, que se llama Mandala.
—¿Y qué?
—¿Sabe lo que significa mandala o mándala, comisario? —pregunta y me observa, retando mi paciencia y valiéndose de mi ignorancia.
—No.
—Los mándalas, o mandalas, son representaciones simbólicas, espirituales y rituales, del macrocosmos y el microcosmos, que tienen su origen en el budismo y en el hinduismo. Es una palabra de origen sánscrito. Pero en el arte cristiano también tienen su representación, en las llamadas mandalas o almendras del arte medieval, en ciertos laberintos del pavimento de las iglesias góticas, los rosetones de los vitrales, etc. Se dice que el perímetro del círculo evoca el mito de eterno retorno. En la tradición de los rituales mágicos del ocultismo occidental se ha recurrido a estas figuraciones. Jung los puso en relación con lo inconsciente colectivo, admitiendo que el centro de tales representaciones figuraba el intento del sujeto por perfeccionar su proceso de individualización.
No entiendo ni media palabra. No sé si lo que dice puede tener algún sentido. Tal vez ésta sea la respuesta, por loca que parezca, de por qué mató a la chica precisamente en ese lugar a pesar del riesgo.
—Se ha quedado mudo, comisario.
—Es interesante su punto de vista —evado la respuesta mientras en mi cabeza comienzan a saltar ideas.
No le comento el signo que el asesino grabó en la piel de la víctima.
Sebastián Rodríguez sonríe, satisfecho.
—Hay actos que tienen mensajes ocultos.
Lo admito con un gesto de cabeza.
—Lo tendré en cuenta. ¿Será tan amable de ampliarme esta información por escrito? Soy un completo ignorante de esas cuestiones.
—Lo haré encantado. En la asociación hay gente más preparada que yo. ¿Para cuándo lo quiere?
—Para ayer.
Sebastián Rodríguez se levanta, satisfecho. Ajusta la silla protocolariamente a la mesa. Lo acompaño a la puerta. Le pido la máxima reserva.
Dos horas redactando otro informe. Incluyo las líneas de investigación iniciadas: crimen pasional; crimen de bandas; mafias de la prostitución. Añado la posibilidad de un asesino casual. Dejo caer que puede ser el primero de una serie. Menciono la nueva pista relacionada con un crimen ritual.
Esta vez el jefe prestará atención.
Ordeno a López que pida a la asociación Nuevo Destino un listado de todos sus miembros. Que se informe sobre otras asociaciones relacionadas con lo esotérico. Que intente averiguar si entre sus miembros hay alguien con antecedentes penales o policiales por delitos sexuales o violentos.
Martín cuenta los resultados de su investigación.
—Estoy esperando la lista de los que entraron en 1996 y 1997 y salieron el año pasado. He pedido otra a la Interpol. Nunca se sabe. También que me confirmen la identidad del funcionario de prisiones que fue sospechoso en aquel momento, pero a medida que pasan las horas, no lo veo, jefe.
—¿Por qué?
—Por el modus operandi. No es el mismo. Eso no suele cambiar. Las mató y las tiró. Ya está. No mutiló a ninguna. Además, aquél las violaba y éste no. No, jefe, no me cuadra.
—Estoy de acuerdo.
Cuando se levanta para largarse, le digo:
—Investiga si ha habido destripamientos de animales en los últimos seis meses.
Se quedan mirándome.
—Con algo tuvo que practicar —digo encogiéndome de hombros—. Y no tenemos nada mejor que hacer.
Escondidos en la estructura de un edificio que no llegó a terminarse. Un esqueleto de hormigón y ladrillo. Malasaña resume su investigación.
—Las chicas viven solas. Pero el tal Bogdan viene a diario. Las reparte en los lugares de trabajo y las vigila. Luego hace caja y las devuelve al piso.
—Imaginará que lo buscamos. No vendrá esta noche.
—Tiene que vigilar qué han dicho las chicas a la policía, jefe. No van a dejar de trabajar. Si lo hubiera hecho él, habría huido. Vendría otro matón de la organización. Si lo vemos esta noche, mala señal. Él no ha sido.
Por fin se hace de noche. Una ventana con la luz encendida. La única en todo el edificio. Como una luz en mitad del mar oscuro.
—¿Quién te ha dado esa información?
—Mis confidentes. Yo tengo confidentes. No como otros.
Lo dejo divertirse a mi costa.
—Lo que me mosquea es que no venga ningún coche, comisario. Según mi información —continúa— viene Bogdan sobre las diez y, tras un rato en la casa, se las lleva al trabajo.
—¿Te lo ha dicho Ramona?
—No le voy a decir quién me lo ha dicho.
—¿Por qué?
—Para fastidiarlo.
—Bueno. Tal vez han decidido no sacarlas a pasear esta noche.
Harto de esperar, enciendo un cigarrillo. Malasaña me mira como si me atravesara.
—Escóndase, coño.
—Estamos perdiendo el tiempo.
—De eso nada. Le voy a decir más. Y esto no me lo han dicho. Creo que Bogdan está en el edificio. Creo que utiliza otro piso, ya que están casi todos vacíos, como su guarida. ¿No le parece el mejor modo de hacerlo? Vigilarlas tan de cerca que ellas ni lo imaginen. Les dice que se va, arranca y lo ven alejarse en un coche. Pero lo deja un poco más allá y vuelve al edificio. Entra por detrás, donde no pueden verlo las chicas desde su ventana, y duerme en otro piso. Cuando se supone que viene a por ellas, sale del mismo modo, coge el coche de donde lo ha dejado y vuelve. Ellas piensan que pasan horas sin vigilancia, pero no es así.
—¿Por qué lo piensas?
—Porque es lo inteligente.
Se esconde conmigo tras una pared y fuma un cigarrillo. Luego, lo aplasta con el pie.
—Vamos —dice, echando un vistazo a su reloj—. Le apuesto una cerveza a que encontramos al colega ahí dentro.
Damos un rodeo para no dejarnos ver desde el piso donde aguardan las mujeres rumanas. Se oyen coches a los lejos, en la carretera de circunvalación y accediendo a la ciudad desde la autovía de la playa. Pero donde estamos está tan vacío como mi alma.
El edificio se eleva en su parte trasera un par de metros sobre un semisótano. Malasaña se encarama sobre la estructura de un trasformador. Salta y cae en una terraza. Desde allí, me hace un gesto para que lo siga. La ventana de esa terraza está cerrada y con la persiana echada hasta el suelo.
—Por ahí.
Salta de una terraza a la siguiente. Persiana levantada. Entramos. Malasaña se lleva la mano a la nariz. Un camastro y algunas botellas sobre una mesa recogida de cualquier basurero. La luz de la linterna da bocados a la penumbra.
—Aquí vive. Seguro que las chicas no lo saben.
Oímos el motor de un coche y un momento después la puerta del vestíbulo, que da un portazo. Pasos en la escalera. Esperamos y, cuando vuelve el silencio, ascendemos hasta la cuarta planta.
Voces femeninas del interior del piso. La voz autoritaria de un hombre. Hablan en su idioma. Tardan media hora en salir. Aguanto las ganas de fumar mientras contengo a Malasaña, que quiere darle una patada a la puerta.
Tacones. Voces. La puerta se abre y un rectángulo de luz cruza el pasillo. Malasaña se pega a la pared como una araña. Petrica sale ajustándose un cinturón que es casi más ancho que su falda. Tatiana sale tras ella, taconeando. Petrica da la luz del pasillo mientras un hombre sale del piso y da un portazo a su espalda, sin mirar atrás.
—¡Quieto! ¡Policía! —grita Malasaña.
Me planto ante las chicas. Gritan. El hombre es mucho más alto que Malasaña. Sus gestos dicen que va a atacar, a pesar de que Malasaña le apunta con la pistola, enorme en el hombre menudo.
Se hace un silencio terrible y la luz se apaga bruscamente. Doy un puñetazo al interruptor y se enciende enseguida. Las chicas corren hacia mí, intentando escapar. Las empujo contra la pared mientras el hombre da un paso adelante.
—¿Quieres que te pegue un tiro, cabrón?
El hombre se detiene. Duda. Un pie apuntando a Malasaña. Doy otro puñetazo al interruptor antes de que se apague la luz y las cosas vayan a peor.
—Abre la puerta del piso —ordeno a Petrica.
Ella busca en su bolso y abre la puerta. Bogdan la mira, indeciso aún si pelear o no. Me mide con la mirada.
—Enciende la luz —ordeno, al tiempo que empujo a Tatiana para que entre.
El hombre calcula, vacila, se mueve lentamente. Huelo su tensión. Pero entra con el cañón de la pistola en los riñones.
Ordeno a las chicas que se sienten en el sofá. Han limpiado desde nuestra anterior visita. El hombre se queda de pie, entre Malasaña, que aún le apunta con su arma y yo, que la mantengo en la mano, junto a mi pierna.
—Así que tú eres el famoso Bogdan.
—Vete a la mierda —suelta con acento rumano.
—Quiero hablar de la chica asesinada. Te interesa a ti también.
—¡Madero de mierda!
Malasaña guarda su arma. Nuestros ojos se encuentran y ambos sabemos que hace falta engrasar un poco las reticencias de Bogdan. Es un tipo grande, de más de uno ochenta, con brazos musculosos y un tatuaje con una cabeza de mujer y una estela y algunas letras góticas en el brazo izquierdo. Viste unos vaqueros cortados por la rodilla y una camiseta negra y unas zapatillas de deporte. Malasaña le ordena que se dé la vuelta para registrarlo. En lugar de hacerlo, se planta ante él.
—¡Enano!
La mueca se congela en su cara. En un segundo recibe tres puñetazos y cuatro patadas. Bogdan se encoge y grita, hasta que su voz se ahoga de un golpe brutal en el plexo solar. Malasaña y su aparente endeblez impiden imaginar que su valetudo sea tan eficaz. El hombre grande cae fulminado al suelo. Para ultimar el engrase, Malasaña le suelta una patada en los huevos y Bogdan aúlla y se encoge como un chiquillo.
Petrica salta del sofá y grita insultos y amenazas en su idioma, inclinándose sobre Bogdan. Tatiana nos mira, estupefacta.
—Tal vez ahora podamos hablar.
Encerramos a Petrica y a Tatiana en un dormitorio y luego sentamos a Bogdan en el sofá.
Malasaña le trae una toalla empapada en agua. El matón resopla saliva y sangre. La camiseta está empapada de sangre, sudor y lágrimas. Pero ni su sangre, ni su sudor ni sus lágrimas son nobles. Apenas puede sentarse en una postura digna. Encoge su rostro con gestos que abren arrugas en la piel joven. El dolor se va lentamente. Cuando mira a Malasaña, que le tiende la toalla, sus ojos han vuelto a la niñez y a cierta forma de inocencia que dejó hace años.
—Me han dicho que eres muy duro con las chicas, Bogdan. Ahora no pareces gran cosa.
Emite un gruñido en el que vuelve a asomar algo de rabia. Pero se controla y calla. Se lleva la toalla mojada a la cara y comienza a sorber sangre por su nariz, intentando detener la hemorragia.
—¿Te pone pegar a las mujeres? A lo mejor es que no te pones de otra manera.
Bogdan me mira con ojos humedecidos por las lágrimas. Brilla el odio en ellos.
—Cristiana Stoicescu…
—Vete a tomar por… —antes de que pueda esperarlo, el canto de la mano de Malasaña se estrella en su cuello y Bogdan se lleva las manos a una garganta que por un momento cree rota. Cae de rodillas al suelo.
Tarda en atravesar la garganta el aire tanto que Bogdan se pone rojo y suda como si fuera una fuente. Luego, una aspiración brutal y, por fin, el aire que penetra en sus pulmones de nuevo.
—Cristiana Stoicescu.
Consigue encaramarse otra vez al sillón. Tose bruscamente. Luego, cuando alcanza algo parecido a cierta normalidad, mueve la cabeza a un lado y a otro repetidamente.
—¿Quién le hizo eso?
Vuelve a repetir el gesto.
—Siempre las estáis vigilando. Siempre tienen protección. ¿Me dices que no sabes con quién se fue la mejor de tus chicas?
—No lo sé —dice con voz ronca.
Malasaña cruje los huesos de sus manos y en el silencio repentino suena como una amenaza. Bogdan lo mira de reojo, ya con temor.
—Siempre estamos un poco lejos —explica, por fin—. Las vemos desde lejos. No estamos con ellas porque entonces los clientes no entran porque les damos miedo. Vimos una furgoneta. Cristiana subió a ella. No sé nada más.
Se encoge de hombros.
—Normalmente, están de vuelta en veinte minutos. No nos fijamos. Estaba yo solo esa noche y tenía que vigilarlas a todas.
—¿Cómo era la furgoneta?
—Normal. Oscura. Era de noche. No vi la matrícula.
Bogdan eleva la mirada y comienzo a creerlo.
—Fue tu jefe el que lo hizo y todo eso que cuentas no es más que mierda —lanza Malasaña—. Cristiana quería dejarlo y la habéis matado.
—¡¡Nooo!! —grita Bogdan—. ¡Era la mejor! ¡La que quería todo el mundo! La que más dinero ganaba. No la hemos matado —me mira mientras se defiende y sus ojos, por una vez, destilan sinceridad.
Los gritos han soliviantado a las chicas en el dormitorio. Malasaña se acerca a la puerta y da un puñetazo que casi la arranca de sus bisagras. Los gritos cesan de inmediato.
—Quiero hablar con tu jefe, Bogdan.
—¡¡No!! —suplica—. ¡¡No!!
Casi se levanta de su asiento. Pone las manos como si estuviera orando.
—Quiero hacerle unas preguntas a tu jefe.
—¡¡Nooooo. Aunque me mate. No!!
Malasaña se acerca con algo más que malas intenciones. Lo freno. Poner las cosas ahora peor para Bogdan no nos va a facilitar encontrar lo que buscamos.
—Ahora te vamos a llevar a comisaría. Te has resistido a la detención, Bogdan.
Asiente. Conoce el juego. De vez en cuanto toca recibir.
—Mi jefe me castigó por haber perdido a Cristiana. Yo no quise —se lamenta.
Malasaña le coloca las esposas.
El Mal
Qué es el Mal?
Y tú me lo preguntas?
El Mal eres tú
Ja ja ja ja ja…
El Mal. Su maravillosa Luz
Su potencia sobrehumana
El espíritu humano de los siglos
Es la fuerza que empuja mi cuchillo