The Ripper

Carmelo Anaya · Capítulo 28 de 36

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The Ripper

Capítulo 28

28

 

He dejado al recepcionista con la palabra en la boca. He circulado a toda velocidad, pero la noticia ha sido más rápida y no puedo entrar si no es dando codazos y empujones. La puerta de la comisaría se ha llenado de curiosos y de periodistas que han acudido en cuanto alguien se ha ido de la lengua.

El vestíbulo está atestado de agentes que no pueden contener su curiosidad por conocer al Destripador. Todos nos preguntamos qué rostro tiene la maldad. Todos queremos conocer la imagen del asesino que ha destripado mujeres y nos ha burlado. Del asesino que se ha convertido en una celebridad.

Aunque los agentes de los tres cuerpos, Guardia Civil, Policía Local y Policía Nacional ocupan también las escaleras que conducen a la primera planta, hay un grupo abigarrado junto a la entrada al sótano. Me abro paso y llego hasta la sala contigua a la pecera. Todos callan cuando entro. Malasaña empuja a un tío de la UCO y me abre paso. Los de Madrid se me quedan mirando sin el menor afecto y el teniente Ferrer se pega a su jefe Lizana susurrando. Soler se acerca a ellos para participar del comentario. En cuanto me ve, asume las funciones de jefe.

—Comisario, lo estábamos esperando.

—¿Qué hace aquí tanta gente? No tenemos mucho que celebrar. No lo hemos cogido nosotros.

El silencio se hace de hielo. A veces comprendo que no tenga muchos amigos en la profesión. Pero esto parece una fiesta cuando deberíamos avergonzarnos. Luego, seguro que el Comisario Jefe y el capitán Lizana hacen una nota de prensa indicando que el asesino se ha entregado porque no ha podido resistir nuestra presión y que estábamos muy cerca de detenerlo. Aquí todo el mundo vende la moto. Nadie se extrañará en un país en el que decir la verdad está mal visto y si no mientes pareces estúpido.

—Eso no importa ahora —replica Soler—. El caso es…

—Tal vez le molesta que se haya entregado —suelta la inspectora, que no puede ocultar su malestar conmigo y con el mundo entero.

Miro a través del cristal de la pecera.

—¿Enfadada porque no se ajusta a su perfil, inspectora?

—Déjense de rencillas ahora, comisario —ordena Soler—. Sólo quiere hablar con usted.

Aparece López junto a mí. Nos miramos y se dirige a los mandos. Da un empujón a un agente que no sabemos de dónde ha salido y conecta el altavoz. El hombre que hay tras el cristal susurra una canción que suena soterradamente.

—¿Alguien reconoce la música?

Todos prestan atención.

—Es una melodía. No una canción —dice la inspectora.

Miro a López, que confirma.

—Se está grabando.

—¿Alguien ha hablado con él?

—Nadie —dice Soler.

—¿Cómo sabemos que no es otro imbécil?

Soler hace un gesto. Los que hay detrás de mí se apartan. Sobre una mesa hay una serie de objetos en bolsas de plástico transparente.

—Objetos de las víctimas. El pañuelo de cuello era de Diana Carolina Mieles. Su marido lo ha confirmado.

Se trata de un pañuelo de licra de colores apagados, con manchas de sangre. Una esclava de oro. Una pinza de carey para el cabello. Una sandalia. Una pulsera de estilo africano. Un reloj Patek Philippe de señora. Todos en sus bolsitas y numerados.

—Es él. No hay duda —dice el capitán Lizana.

Me vuelvo de nuevo hacia el cristal. Malasaña se coloca a mi lado.

—¿No lo reconoce, comisario?

Me quedo mirándolo, mudo de estupor.

—El hombre que estaba en la conferencia del Dandy. El que se levantó a preguntar cosas raras. También es el que hace poco provocó un escándalo junto al mercado. El que gritaba que venía el Apocalipsis.

En ese momento me viene a la mente: el hombre bajando las escaleras camino de su libertad, acompañado del Dandy, que le precedía, y de otro hombre que se me quedó mirando. La imagen del hombre que ahora está sentado en la celda es borrosa. En cambio, la del hombre que me miraba… Tengo su mirada clavada en la memoria.

—¿Qué susurran? —pregunta Soler.

No hacemos caso.

—Dice que sólo hablará con usted, comisario —repite, ansioso porque entre ahí y el hombre confirme de su propia voz que es el asesino.

Recuerdo la conferencia. La gente absorta en las palabras. La indignación que produjo el discurso de disculpa del mal que según parece reside de forma inevitable en lo más profundo de nuestro cerebro sin que tengamos la menor voluntad sobre él. Pero no recuerdo al hombre de aspecto insignificante que espera, susurrando una melodía, tras el cristal.

Es alto y delgado. De perfil, muestra una cabeza pequeña, algo encogida entre unos hombros estrechos. Viste unos pantalones grises de tela fuerte y una camisa azul bajo una cazadora de cuero negra. Tiene el pelo corto y despeinado, de un vago color ceniza, con la coronilla cerca de la calvicie.

—¿Sabemos quién es?

Díaz me pasa un expediente.

—Pregunta a don Sebastían Rodríguez quien es este tío —susurro a Malasaña.

—¿Qué le ha dicho, comisario? —pregunta Soler.

—Nada importante.

—El comisario no compartirá su información —rumia la inspectora Galán.

No hago caso y leo.

—Abdón Pascua Abellán…

—Pues sí que nos ha hecho la pascua —suelta alguien, pero nadie ríe el chiste.

Nacido el 6 de octubre de 1975. Licenciado en Historia Antigua. Sin trabajo conocido pero con libros publicados en internet sobre ocultismo, espiritismo, alquimia y espiritualidad. Uno se titula La historia oculta. Otro, El alma oculta. Antecedentes penales por exhibicionismo y abusos sexuales sobre una niña. Diagnosticado de esquizofrenia. Más de tres años de internamiento en periodos alternos. Sin tratamiento conocido desde que faltan sus padres.

—El perfil recuerda al de Aaron Kominski, que dicen que fue Jack el Destripador.

—Eso es una tontería —replico.

Levanto la cabeza y veo a Abdón Pascua. Por alguna misteriosa razón, como si intuyera que lo estoy mirando, levanta la cabeza y mira al cristal. Sonríe.

—No es él —suelto antes de entrar.

No sé si lo digo por fastidiarme a mí mismo o por joderlos a todos.

—Me han dicho que sólo quieres hablar conmigo.

Visto de cerca, el hombre es más bien poca cosa. Tiene una carita pequeña, como si hubiera sufrido una malformación en la adolescencia y se le hubiera congelado en pleno crecimiento. La piel es grisácea, fina y brillante como si la llevara pringada de crema. No es sudor, sino que tiene apariencia de una grasa asquerosa. Tiene dos ojos pequeños y muy separados que cuando te miran crees estrábicos, y cuando te fijas te preguntas cómo pueden converger. Esa mirada airada y concentrada, ligeramente burlona, te hace pensar en dos pensamientos simultáneos bajo el cráneo empequeñecido. Del mismo modo, el resto de rasgos también es pequeño, tan contenidos que parecen dibujados. Apenas tiene barba. Aire de adolescente aviejado. No parpadea.

—Sé que no eres tú. No eres más que otro imbécil que quiere notoriedad. Tú no has hecho eso —lo provoco.

—Hay huellas mías en la batería de la furgoneta. Son tan incompetentes que no las han encontrado. Los estaba esperando.

He de reconocer que acuso el golpe. Me quedo mirándolo. Demasiado tiempo, porque sabe que me ha impresionado, y la expresión burlona se acentúa.

—¿Por qué dejaste esas huellas?

Se encoge de hombros.

—Para que me cogieran.

—¿Por qué?

Ríe.

—¿Cree que he hecho esto para que el mundo no sepa quién soy?

—¿Por qué crees que el mundo está interesado en ti? ¿Porque no vales una mierda?

Se le borra la expresión burlona de un plumazo. Serio, endurecida su mirada, me temo que sí sea capaz de hacer lo que dice que ha hecho. Un esquizofrénico es capaz de cualquier cosa.

—El mundo se interesa por quien tiene algo que decir. No como usted.

—Y si no tengo nada que decir, ¿por qué me has elegido? Sólo te has comunicado conmigo.

—Tenía que escoger.

—¡Y una mierda! Si me escogiste es porque pensabas que estaba a tu altura. No hubieras escogido a un don nadie.

—Sólo es un comisario. Nada más.

—Has convertido tus asesinatos en un duelo conmigo. Mientes.

Ríe. Su risa es súbita, abrupta, incongruente.

—Quería jugar con alguien.

—¿Eras tú el que iba a los lugares de los crímenes después? ¿El que agredió a un agente a la entrada de la casa de Rita Oehlen?

—Ajá.

—¿Qué te hizo ella? ¿Por qué Rita Oehlen?

—He jugado con usted. He jugado con ella. Quería tiempo.

—¿Para qué?

—Cuanto más muertas estaban ellas, más vivo me sentía yo. La quinta mujer era la mejor. Había que elegir a la mejor.

—¿Mejor en qué sentido?

—En todos. ¿Ha visto lo que han protestado cuando la he matado a ella? Valía por las cuatro putas, de modo que le dediqué el mismo tiempo que a las otras.

—¿No hubo más?

Ríe fuerte, subiendo y bajando los hombros. Como si riera el cuerpo y no la cara, que permanece fija en mí, con una expresión de delirante astucia.

—Claro que sí. Lo sabe perfectamente.

—¿Quién?

—La puta de Almerimar, comi. La muerte está en todas partes.

—¿Nadie más?

—El otro no cuenta, comi.

—¿Por eso no volviste al lugar del crimen?

De pronto, hace ejercicios de respiración, como si hubiera de serenarse, cuando no parecía alterado.

—¿Un cigarrillo, comi?

Me lo pienso, pero finalmente saco el paquete de Marlboro. Fumamos los dos.

—El otro…

—Ah, sí. ¡Bah! —hace un gesto de desprecio con la mano—. ¿A quién le interesa? Un vulgar estafador.

—Creía que había sido una obra de arte. Dejar que el cadáver pareciera una estatua. Genial. ¿Verdad? ¿En qué te inspiraste?

—La inspiración está en el aire, como la muerte.

Ha pasado de una mirada fija, sin apenas parpadear, a hacerlo casi continuamente. Como si hubiera perdido un foco de atención y ahora estuviera tenso tras la frialdad anterior. Fuma compulsivamente, como he visto que suelen hacer los esquizofrénicos.

—Háblame de los asesinatos.

—La muerte está en todas partes. Pero ¿sabe que los muertos vuelven por la noche y preguntan por Dios? Ji ji ji. ¿A que es gracioso? Ji ji ji. Dios no está muerto, porque no está con ellos. ¿Dónde está, entonces? Con los vivos tampoco está. Ji ji ji.

—¿Por qué matabas?

Deja los ojos en blanco un segundo, luego vuelve a bajarlos mirándome como si viniera de muy lejos.

—Es la cópula sagrada. Es el amor y su homicidio. Es la más clara luz del día y la más profunda noche. Sus cuerpos eran el Árbol de la Vida. Pero los hombres son débiles y no soportan su diversidad, por eso he matado de todas las razas, de todas las clases.

—¡Mentira! En el fondo matas mujeres porque no eres capaz de follar con ellas. Nada más.

Intenta saltar de la silla, más horrorizado que indignado por lo que digo, pero se queda anclado brutalmente por las esposas que lo sujetan a la mesa.

—Mi sexo es miserable, pero su sexualidad es espiritual. Mi espiritualidad es inmensa y la suya terrenal. Hemos convenido una ecuación y el signo igual es mi cuchillo.

—¿Quieres que me crea toda esa mierda?

—Espiritualidad y sexualidad son poderosos demonios. Formas de manifestación de los dioses. Las he convertido en diosas. ¿Odio? ¡No! ¡Amor! ¡Mucho amor! Mientras deshacía sus cuerpos he sido divino y he visto ese fuego fatuo que se elevaba de los cuerpos abiertos y aún palpitantes. Y podía inspirar ese fuego fatuo y penetraba en mí y alcanzaba el éxtasis. El Mundo entero penetraba en mí.

Respiro hondo. Tengo tantas preguntas… Pero temo la reacción de un loco.

—¿Por qué repetir los crímenes del Destripador? ¿Por qué no matar de una manera propia?

Sonríe levemente. Luego, con aire condescendiente, dice:

—Porque no hay nada entre el hombre y Dios. Porque ya no hay más que mitos. ¿Y cuál es el mayor? Jack. ¡Ahora yo soy Jack!

—Él es un mito porque no se sabe quién fue. Ahora todo el mundo sabrá que esta vez el asesino no es más que un infeliz.

—Mímesis, comi, ¿sabe lo que es? ¿Qué se desea? Lo que no se tiene. ¿Cuál es la fuerza primordial? ¡¡El deseo!! ¡¡El deseo!! ¡¡El deseo!! No deseamos lo que nos parece bueno, sino lo que otros desean. Yo lo he convertido en realidad. Esa violencia sacrificial que todos hacemos todos los días la he hecho carne.

—¿Qué buscas? ¿Redimir el mundo?

—Busco mostrarlo, comi. Mostrarlo tal y como es. Ji ji ji.

Esa risa siniestra me provoca un escalofrío. Un escalofrío patético, ahora que lo tengo delante. Nada que ver con aquel miedo helado cuando recibía sus mensajes en mi teléfono. Me dispongo a continuar, pero ataja:

—No diré nada más. Mi boca se ha sellado.

Hace un gesto teatral y se yergue exageradamente y aprieta los labios finos, una raja en la cara.

—Ahora sólo quiero ir a mi celda, que debe ser de piedras más cortantes que cualquier espada, y mi cama ha de ser de pinchos afilados. El chico expiatorio ha de retirarse con la dignidad que Juan confiere al Jinete de la Muerte. ¡Apocalipsis!

Antes de salir de la celda, se vuelve y dice:

—Comi. Si los polis llevan chapa, ¿son chaperos?

Y suelta una risa brutal.

 

Unas horas después, la detención del asesino más buscado es primera plana en todos los periódicos nacionales e internacionales.

No he ido a casa. No he podido dormir. Estoy a oscuras en mi despacho, mirando por la ventana una noche vacía. Mi cerebro chilla. Pero no entiendo lo que dice. La frustración por no haberlo detenido no me deja en paz, como un maldito remordimiento. ¡Lo tuve tan cerca! ¡Lo tuve al alcance de mi mano!

Ya de madrugada, entra Malasaña, se queja de que permanezca a oscuras y me dice que don Sebastián Rodríguez lo conoce muy bien. Abdón Pascua es hijo único y a principios de año murió su madre. Su padre había muerto unos años antes. Así que no tiene a nadie. Sus padres nunca quisieron reconocer que su hijo estaba enfermo y no quisieron incapacitarlo, de modo que una vez que se ha quedado solo no ha tenido tutores que velen por él. Desde abril o mayo daba síntomas de ir a peor, así que el mismo don Sebastián se preocupó de hablar con los servicios sociales y de buscar el modo de internarlo. Le buscó un psiquiatra y él mismo lo llevó en varias ocasiones. Buscó también un abogado que se encargara de la incapacitación. Pero aún no lo habían hecho, no había dado tiempo, de modo que Abdón Pascua estaba solo y cada día más loco.

—¿Qué ha dicho cuando se ha enterado de que es el asesino?

—La verdad, se ha quedado de piedra. Dice que no lo puede creer. Que siempre ha estado mal, pero nunca ha dado muestras de ser violento. Sabe que tiene antecedentes y que algunos vecinos estaban asustados.

—¿Algo más?

—Ya lo creo. Que estaba obsesionado por el Apocalipsis y por el ocultismo y esas mierdas. Estaba cada día peor. Deliraba diciendo que la sociedad era tan mala que tenía que morir todo el mundo para que naciera un mundo nuevo. Que leía textos raros y que el psiquiatra le advirtió que no sabía cómo iba a acabar. Y lo que es peor: odiaba a las mujeres. Odiaba incluso a su madre. No soportaba que hubiera mujeres cerca de él.

—¿Sabe por qué?

—Les tenía miedo desde que lo denunciaron por abusos, dice don Sebastián. Pero vaya usted a saber si es por eso.

Un rato después me informan: el registro de la casa de Abdón Pascua ha sido un éxito. Han encontrado toda clase de objetos de las víctimas. Libros sobre Jack el Destripador y otros asesinos en serie. Y la moto. Y la huella en la batería de la furgoneta. El ADN de la colilla que había en el cenicero coincide con el suyo.

¡¡¡Caso cerrado!!!

 

—Buenas noches, comisario. Soy el abogado de Abdón Pascua.

—El que faltaba —suelta Malasaña con mala educación.

Gonzalo Santana esboza una sonrisa comprensiva. Sabe que no cae bien a mis hombres. Mucho menos desde que me ha denunciado en nombre de Vicente Lapuerta.

Ufano por hacerse cargo de un caso tan sonado, el abogado entra en el despacho.

—Sabe que soy el mejor abogado de la ciudad —comenta sonriendo—. Pero no seré un abogado completo hasta que no sea usted mi cliente —me hace la bola.

—No lo necesito.

—¿Quién sabe?

Vanidoso, disfruta como nunca. Se le hace la boca agua pensando en la rueda de prensa de mañana, que se verá en medio mundo. Dirá que su cliente es sólo un enfermo que no ha podido evitar seguir el curso de sus pulsiones y que merece un juicio justo en el cual sea confinado en un establecimiento para enfermos mentales, jamás en una prisión.

—Comisario, me ha leído el pensamiento —ríe, cuando lo comento en voz alta.

López y Malasaña se muestran impacientes porque se largue y no lo disimulan.

—Sólo he venido para felicitarlo.

—No lo he detenido.

—Es igual. Es un éxito para todos. Y me consta que usted ha trabajado como el que más.

—No ha servido de mucho.

El abogado se excusa alegando que ha de comprobar si su cliente está ya tranquilo tras la asistencia médica. Volverá por la mañana.

Cuando sale, Malasaña muestra el pendrive donde un colega le ha grabado una copia de lo que han encontrado en el ordenador de Abdón Pascua.

No hay muchos archivos, en contra de lo que esperaba. Es como si hubiera borrado su pasado hasta hace apenas tres meses. No encontramos tampoco correos electrónicos, como si no se comunicara con nadie. En cambio, en el historial se comprueban visitas reiteradas a webs de Jack el Destripador, de otros asesinos en serie y de asesinos en masa. Hay también visitas a páginas de armas blancas en la que se pueden ver toda clase de cuchillos letales y a webs relacionadas con temas esotéricos, sobre los trabajos de Carl Gustav Jung, sobre espiritismo, y sobre narraciones bíblicas, especialmente el Apocalipsis. El de Juan y el de Pedro.

—Ése es el enlace a la web del extranjero en la que colgaba las fotos, comisario —dice Malasaña, señalando un punto en la pantalla.

Desde aquí no disponemos de esa conexión, ni tampoco estamos preparados para indagar en ella, de modo que lo dejamos. Lo que no podemos pasar por alto es el archivo fotográfico. Cuando lo pincho, López se levanta.

—Voy por café.

Lo que vemos es la reedición del cuarto de los horrores. No hay demasiadas fotos, porque hubiera necesitado utilizar el flash y hubiera llamado la atención, pero es suficiente. Vemos los cuerpos de las primeras cuatro mujeres tras los crímenes. Muestran los detalles precisos para imaginarse el horror. En cambio, de Rita Oehlen, con la que pudo disfrutar de más intimidad, el catálogo no tiene fin. Cuento treinta fotografías. Las iba haciendo a medida que iba trabajando en el cuerpo. En la primera sólo se ve el tajo en el cuello. Después trabajó la cara. Las imágenes del cuchillo sobre el rostro de la mujer, a pesar de estar ya cadáver, nos estremecen. Apretamos los dientes.

—Pase eso, comisario. No lo puedo soportar —confiesa Malasaña.

No lo hago. Le pido que se levante y de una vuelta. Tengo que verlo. Sé que necesito verlo. Aunque se grabe en mi mente para el resto de mis días. Los cortes en la cara primero, luego la nariz. Las orejas. Abre las mejillas hasta el hueso. Cuando ha acabado con la cara, abre los ojos al cadáver. Corta los párpados. Luego, el abdomen recién abierto. De los intestinos, a un lado, chorreando en su mano mientras con la otra hacía la fotografía. Veo la mano del asesino, un guante de látex, y mis ojos se quedan fijos en ella. Es la primera vez que veo realmente al asesino, como si el que tenemos abajo fuera más irreal que esa mano que destroza el cadáver de la mujer y sostiene sus intestinos como un trofeo o como un juego. Corta la vagina y extrae el útero. Me pregunto por qué lo fotografió y no lo grabó. Baja luego hasta los muslos y comienza a desollarla, como hicieron a Mary Kelly. Puedo ver el fémur. Se ve después cómo extrae el corazón. El corazón que no ha aparecido aún. Después, cómo graba los símbolos en la piel.

Vuelve López con el café y doy por concluido el paseo por el Infierno. Me doy cuenta de que tengo la boca seca. Me cuesta tragar.

—¿Ha acabado? —pregunta Malasaña, que le hace un gesto a López.

Se vuelven a sentar ante la mesa y pincho otro archivo. Diario.

Leo:

Mi verdadera naturaleza, cuándo la descubrí? acaso siempre la supe

todo acto de mi vida ha estado encaminado a ello ahora lo comprendo…

Leemos mucho más. Luego, abrimos otro: Apocalipsis. Abdón Pascua escribió al final:

Vino acompañado de nubes

Dos veces muerto

Soy el que sondea los riñones y los corazones

Buscarán los hombres la muerte y no la hallarán El Ángel Abbadón, Ángel del Abismo

La tierra entera siguió maravillada a la Bestia El que tenga oídos que oiga

El que ha de morir a espada, a espada ha de morir

—¡¡Está completamente loco!! —se lamenta López.

Pero en su tono hay también alivio. Alivio de comprobar que este desastre sólo ha podido organizarlo un demente, alguien que no está en sus cabales. Un loco de remate.

Tal vez tenga razón. Tal vez hubiera sido mucho peor habernos encontrado a ese asesino que dijo Whiskey Morán: «el hombre cuerdo que odia como un loco».

Tal vez así podamos respirar tranquilos y mirarnos al espejo.

Hubo un Dios al principio

Después hizo lo más cruel:

Nos dejó solos y asustados

Como fieras en un laberinto

No seríamos felices ni en el Paraíso

Nunca es suficiente el castigo