Todo lo que se llevó el diablo

Javier Pérez Andújar · Capítulo 17 de 23

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Todo lo que se llevó el diablo

Dieciséis

 

Les vamos a hacer polvo ese adefesio, masculló Orfilio Velasco y se sacó de entre los dientes un huesecillo del ave que estaba royendo. Al caer la tarde, habían salido a cazar tórtolas. La fogata agigantaba las sombras del tío y del sobrino y las extendía como mantequilla sobre las paredes de la cueva. Una ráfaga de viento las empujó hacia el tragadero de la gruta, pero como vieron que allí dentro no había más que oscuridad y tierra húmeda, regresaron rápidamente a su posición vertical. Rezumaba de aquellas paredes un permanente olor a excrementos de murciélago, y las llamas de la hoguera se retorcían igual que santos atormentados.

¿A qué te refieres?, preguntó el muchacho todavía dolorido por la paliza.

A una ermita que hay en un cerro. Es un pegote en medio del campo. Un adefesio. El cura lleva allí a la gente del pueblo como borregos, y nosotros vamos a ir como lobos. ¿Qué te parece?

El chico desmenuzó con los dientes la carne que le quedaba y masticó las vértebras del pájaro.

¿Y a ti qué más te da?, murmuró lo suficientemente alto para que su tío pudiese oírle.

A mí me da lo mismo, pero a ellos se los van a llevar los demonios.

No le encuentro ningún sentido. Si quieren ir a la ermita, que vayan.

Pues tiene mucho sentido, sobrino. ¿Ellos hacen? ¡Nosotros deshacemos! Ellos hacen las cosas para tener la impresión de que van a sobrevivir. Pero si crees que no hay supervivencia posible, ¿qué queda? ¡Deshacer! ¡Nosotros escaparemos marcha atrás! Hasta regresar al caos primigenio.

No sé si tengo yo ganas de andar tanto.

El hombre no quiso escuchar al muchacho.

Está a tiro de piedra, el cerro. ¿Has estado alguna vez en una fábrica de jabón? El futuro de la humanidad pasa por las fábricas de jabón. Uno de los residuos más importantes que sale de ellas es la glicerina. En Barcelona, y en todas las grandes ciudades del mundo, la gente va cargada de glicerina por la calle. La mitad de lo que se vende en las perfumerías y en las boticas ha sido hecho con glicerina. ¿Sabes de combinaciones químicas? Quien comprende la química de los elementos comprende también la química de la cuestión social. Es extraordinario el poder de las combinaciones químicas. Con su acción, algo de gusto tan dulce, y tan inofensivo, como es la glicerina puede convertirse en un poderoso agente de destrucción. Basta mezclarla con ácido nítrico y, como su propio nombre indica, se obtiene la nitroglicerina. ¡La habrás oído nombrar, por supuesto!

El chico se encogió de hombros y notó un lejano dolor en los músculos del pecho.

¡Pues se trata del más terrible explosivo!, prosiguió el tío. El poder expansivo de la nitroglicerina es ciento diez veces superior a la pólvora de cañón. Para prepararla necesitas mezclar antes el ácido nítrico con ácido sulfúrico, en proporción de uno a dos. Pones la glicerina en un frasco, y en otro la mezcla de los ácidos. Y a partir de ese momento, has de tener los frascos constantemente rodeados de agua fría, porque si se te recalienta el asunto durante la combinación, no lo cuentas. El italiano que descubrió la nitroglicerina tenía la cara llena de cicatrices por descuidos de este tipo. Toma un serpentín de cristal, lo refrescas también con agua, y dejas que se reúnan en él un chorro de cada frasco. La proporción de este cóctel ha de ser de una parte de glicerina por cinco partes de la mezcla de ácidos. Verás que en pocos minutos se formará la nitroglicerina y caerá en el agua. Deja, esto es muy importante, que se evapore el agua. Mejor siempre tener la nitroglicerina en estado sólido, porque líquida es muy inestable. Forma una especie de aceite amarillento, y cualquier golpecito de nada es capaz de hacerte saltar por los aires. Todo lo contrario del TNT. ¡Mira que es cachazas el TNT! Resulta tan estable que incluso hay quien ni le considera un explosivo. ¿Sabes lo que es el TNT, chico?

Velasco Flaínez abrió mucho los ojos y asintió con un gesto de inteligencia.

Supongo que sí lo sé. Es una cosa parecida a la harina. Viniendo de camino, dos chiflados me llenaron la boca de eso.

El tío calló un instante y evidenció en su rostro que no entendía lo que le había contado el muchacho. Removió las ascuas con la punta del zapato antes de proseguir su explicación.

Me parece que no hablamos de lo mismo. Dudo que nadie te llenara la boca de TNT. Bueno, cuando tengas preparada la nitroglicerina, recuerda que lo mejor es guardarla en un frasco de caucho, porque se amortiguan mejor los golpes y el traqueteo. ¡No dirás que no se aprenden cosas con tu tío!

Orfilio rubricó su explicación con una sonrisa de orgullo que le cerró el hueco del ojo que le faltaba.

Ni siquiera tengo claro que vaya a acordarme de la mitad de lo que me has dicho, contestó el chico. Le recorrió un escalofrío al ver la cicatriz de su tío iluminada por el fuego.

Eso no importa, sobrino. Las cosas, una vez las has oído, dejan su semilla. Más tarde, a poco que las riegues, brotan. Así lo explica la psicología moderna. El invento del submarino lo ha revolucionado todo. ¿Has leído Veinte mil leguas de viaje submarino? Algún día tendrías que hincarle el diente a un libro. Si te vinieras a Barcelona encontrarías una barbaridad de libros a tu disposición. El mundo de hoy se ha formado sobre esa novela de Julio Verne. ¿Qué han hecho, si no, Sigmundo Freud al describir las profundidades de la mente y Carlos Marx al describir las profundidades de la sociedad, sino pensar como Julio Verne?

Velasco Flaínez se asomó a la boca de la cueva. Estaba la noche profunda y en calma como un mar subterráneo. Un borrón de luz blanca centelleaba en el lugar de la luna.

En cualquier caso, dijo el muchacho, conmigo no cuentes para ir sembrando el campo de nitroglicerina.

¿Te dan miedo los explosivos, sobrino? Pues hay todavía otra cosa peor. O, según como se mire, mejor. ¡La dinamita! ¡El gran invento de Alfredo Nobel! ¿Conoces su historia? Era sueco, tenía fábricas de nitroglicerina y en un accidente se le mató un hermano. Por eso buscaba un explosivo más manejable. Descubrió la dinamita, y luego se arrepintió y estableció los premios Nobel. Al igual que él, todos los que usamos la dinamita tenemos bula para arrepentimos algún día. La dinamita no es más que la nitroglicerina mezclada con arena o con polvo de carbón, o con cualquier otro cuerpo poroso. Resulta prácticamente tan explosiva como la nitroglicerina, ¡pero mucho más segura! Suelta, le puedes pegar fuego sin cuidado, que arde sin estallar; pero comprimida, tiene una potencia expansiva terrible. Para preparar la dinamita recuerda sobre todo que la cantidad de nitroglicerina nunca ha de ser tanta que sature el cuerpo poroso. Si en vez de arena o en vez de polvo de carbón consigues piroxila, ¡formidable!, porque no produce humo y la podrás conservar incluso bajo agua sin que se eche a perder. Se dispone todo en una caja de plomo. Primero has de extender la materia porosa triturada en polvo muy fino. A continuación, muy poco a poco, añades la nitroglicerina, y la amasas con mucho cuidado, con una espátula de madera. Una vez lista la pólvora, rellenas con ella los cartuchos. Si son pequeños, los puedes fabricar con papel apergaminado. Y luego insertas los cartuchos en los barrenos. ¡Pues bien!, en esta cueva tengo unos cuantos barrenos pidiendo que los llevemos en procesión hasta el pie de esa barraca de beatos que hay en el cerro.

 

En lo más profundo de la noche le había levantado de la cama un mido parecido al de un lejano cañonazo, y ya no pudo pegar ojo. Miró por la ventana. El golpe fresco de la brisa le dio en la cara y le despejó el calor delas sábanas. No había nadie en la calle. Tampoco distinguió ninguna luz en ninguna parte. Sus fieles seguían durmiendo, y, delante de su ventana, la iglesia parecía un viejo iceberg de piedra. El sacerdote se fumó un cigarrillo contemplando la casa de Dios, que ahora sentía amenazada por la Casa del Pueblo. Se alegró de que todavía no se hubiera inaugurado ninguna en su feligresía, y recordó los versículos que dicen que el estiércol de los hombres debe mantenerse alejado de los campamentos de Israel como algo inmundo. Le asaltó entonces a la imaginación un paisaje con ruinas, similar a las ruinas anacrónicas que salen en las pinturas cuando representan el Nacimiento de Jesús. Parpadeó hasta que la imagen quedó pulverizada.

Dio una cabezada, y cuando despertó de nuevo la revelación volvió a tirarle de la sotana igual que le insiste un perro fiel a su amo. De la noche apenas quedaban unas pinceladas secas sobre las tejas del pueblo. Tuvo ganas de desayunar, y se sentó a la mesa con un bollo de aceite y un vasito de aguardiente que le dejó los dedos pegajosos. Al reparar en el dibujo que formaban unas migas desparramadas sobre la madera se sintió por tercera vez sacudido por la premonición. Apartó las migas de un manotazo, pero entendió que aquel día algo tenía que desmenuzarse, que alguien o alguna cosa iba a convertirse en polvo. Apuró de un trago el matarratas, se persignó, se puso la zamarra sobre el hábito talar, se cubrió la calva con la boina y partió a zancadas en dirección a la ermita.

¡Han sido esos hijos de Satanás!, exclamó el cura ante los escombros, y hundió su cabeza carnosa entre las manos. Solo un pedazo de pared en pie. Lo demás, un revoltillo de cascotes y tierra. Revoloteaban agitadas por el viento las faldas de su sotana. Del otro lado del río llegaba una música de cencerros y balidos que le quitaba importancia a la angustia del párroco.

¡Seguro que ha sido esa pandilla de señoritos! ¡Y yo en el cine con ellos!, volvió a lamentarse el cura apretando los dientes.

No lo diría tan fuerte, le contestó Orfilio, que estaba liando un pitillo subido a la rama de un árbol. Pegó con la lengua el cigarrillo y se lo puso detrás de la oreja. De un salto aterrizó junto al cura.

¿Entonces has sido tú, animal, hereje?

Se acabó el tiempo de los milagros, padre.

Un milagro vas a necesitar tú para no terminar en el garrote.

Padre, los milagros los hacemos ahora nosotros.

El sol empezaba a calentar la cima del cerro. Orfilio Velasco sacó la pistola del bolsillo de su chaqueta y obligó al arma a besar la frente del párroco. Con la otra mano, le quitó la boina y la hizo volar como un disco en unos juegos olímpicos. Al notar la presión de la Star en su cabeza, el cura se hincó de rodillas sobre la tierra, pero la boca de la pistola se le había quedado pegada a la piel, y no se separó de él mientras se agachaba.

Padre, puede elegir entre rezar o cantar la Marsellesa, pero en lo que escoja empléese a fondo porque va a ser lo último que haga en esta vida.

Empezó a decir el párroco su oración con las manos unidas. No quiso apartar su mirada de aborrecimiento de la cara de Orfilio. Al pistolero se le entrecerró el hueco del ojo en señal de impaciencia. Antes de que pronunciase el amén del padrenuestro, Orfilio apretó el gatillo y el cura cayó de costado como un trapo que se tira.

Uno menos, farfulló.

Las esquilas y los cencerros de las cabras persistieron en su tarea de quitarle importancia a la vida de los hombres. Orfilio pensó que los curas, siempre ensotanados de negro, le recordaban a los dibujos del Gato Félix que había visto en el cine. Se puso el cigarrillo en la boca y lo encendió. Miró hacia el sol, siguió las sombras para calcular la hora. Se dirigió a la cueva, donde había dejado a su sobrino; pero al llegar vio que el muchacho se había ido con los cartuchos de dinamita. Marchó hacia el pueblo en su busca.