Todo lo que se llevó el diablo
Una
La República soy yo, repitió Azaña con voz cansada.
Sentado junto a él, rodilla con rodilla, en las escalinatas de la coctelería del Hotel Nacional, se encontraba aquella noche su amigo Luis Bello, que llevaba en el bolsillo las pruebas de imprenta del semanario Política. Aún no había empezado a publicarse la revista, y ya soñaban Azaña y Bello con convertirla en un diario. El órgano oficial de la flamante Izquierda Republicana. Afuera, los raíles del tranvía atravesaban Atocha como bloques de hielo.
Desgraciadamente es así, Manuel. Te han dejado solo con ella. A solas con la República, le dijo su compañero y cogió por el cuello la botella de whisky escocés que tenía a sus pies. Bebió a morro, se limpió sus bigotes caídos con la manga de la chaqueta y le pasó la botella a Azaña. Este le dio otro trago y se la devolvió a su amigo.
¿Te has fijado en ese espejo de enfrente, Luis?
No hay manera de apartar la vista de un espejo. Parecemos Hansel y Gretel caminando de la mano, perdidos en lo más oscuro del bosque.
Ahora que llegan al gobierno, las derechas quieren meterme en la cárcel.
Ya lo han hecho. Ya nos han encerrado en un barco.
A mí, en tres. En un buque y en dos destructores. Pero no pararán hasta verme en la Modelo. Me están acusando de haberles vendido armas a los socialistas para la revolución de Asturias. Vamos a empezar a defendemos, Luis. A defender a la República de la desnaturalización a la que están sometiéndola. Vamos a movernos ya. A dar charlas en los ateneos, a pronunciar conferencias, y si es preciso hasta daré mítines en los campos de fútbol.
Ahí sí que iría la gente.
Luis, llevo todo el rato mirando ese dichoso espejo. No doy crédito a lo viejo que me veo. ¿De verdad que ese tío de la verruga en la boca, los pantalones arrugados y con pinta de solitario soy yo?
En efecto. Esa es la República.
Pues vamos finos.
Azaña tendió el brazo y con un movimiento le pidió a su amigo que le pasara la botella. Le dio otro trago. Se la devolvió a Bello y este fue a limpiar la boca del cristal con la mano; pero se encogió de hombros y le dio un tiento al whisky antes de dejarlo de nuevo a sus pies.
¿Es que no hay nadie más joven que nosotros, Luis?
Sí, pero se van con el hijo de Primo de Rivera.
¿Los de la camisa azul?
Ese es el traje de faena. En los salones llevan esmoquin negro y descapotable rojo.
Contra eso poco se puede hacer. Hoy día es el glamour lo que manda. La culpa la tiene esa porquería del cine. Luis, ¿sabes a quién acabo de ver reflejado en el espejo? A mi conterráneo el cardenal Cisneros. ¿Verdad que nos parecemos?
Como un huevo a una castaña.
Cisneros quemó en su siglo más libros que Hitler en el nuestro. Siempre estamos en lo mismo.
La historia no se repite, Manuel. ¡Qué va a repetirse! ¡Eso es un espejismo! La historia es un silletero barrizal del que no se sale.
Azaña abrió una pitillera de plata y cogió dos cigarrillos. Se puso uno en la boca y le ofreció el otro a su acompañante. Sin dejar de mirar al suelo, Luis Bello movió la cabeza para decir que no quería tabaco. Fumaba Azaña pausadamente, como si todavía estuviese asomado al balcón del ministerio.
¿Es que la gente no ve la diferencia entre quemar libros y crear bibliotecas? La biblioteca del ateneo, Luis, quisiera que estuviese en cada pueblo de España.
Claro, fue esa la que te hizo presidente de Gobierno.
Seríamos un país de presidentes.
Eso ya lo somos. Unamuno lo llama casticismo.
¿Pues sabes que ahora veo que Cisneros se le parece más a Unamuno que a mí?
A quien se parece Cisneros, en la nariz y en la barbilla, es a María Zambrano.
¡Mira que eres ocurrente! María Zambrano es de lo mejor que tiene esta nación. Y aunque ella lo sabe de sobra, no por eso se da aires de grandeza. Hace poco estuvo de titiritera por los pueblos de Huesca.
Las Misiones Pedagógicas.
Eso viene de ti, Luis.
Pero el nombre se lo puso Ángel Llorca.
En estos momentos, solo está vigente la república de los pedagogos.
Existen repúblicas peores que la nuestra. De militares, de banqueros.
Luis, me están entrando ganas de tirar la botella y estamparla contra el espejo.
No te mires más. Cierra los ojos.
Ortega ha dicho que tengo una cara triste y agria.
El castellano es idioma de adjetivos.
¿Entonces tú no me ves tan viejo? Este mes cumpliré cincuenta y cinco años.
El día diez de enero del calendario gregoriano. Aproximadamente, el veinte de nivoso según la revolución francesa.
He tardado cincuenta años en llegar al poder. En ser aceptado por la política.
Y tres en ser expulsado. Vivimos en un paisaje impenetrable.
Luis, ¿y tan feo? ¿Consideras que soy tan feo como dicen?
Es tu voz metálica lo que asusta a la gente.
¿Pero les pareceré feo?
Y sin embargo eso es una garantía. Los guapos viven menos.
Entonces tú y yo viviremos muchos años.
Tú más que yo, Manuel; porque, aunque no se me note, yo soy Bello.
Amigo Luis, hubieras hecho más fortuna en los escenarios que en la política.
El Congreso es para dramaturgos silbados.
Azaña se quitó las gafas y les limpió los cristales con el pañuelo. Volvió a ponérselas. Se abrazó las rodillas. Por no mirar al espejo giró la cabeza hacia arriba. En la escalera de la coctelería había enmarcada una lámina, arrancada de La Esfera, que reproducía La conquista de Jerusalén por Tito según el maestro vienés de María de Borgoña. La pintura representaba una matanza de civiles con toda clase de detalles. En la parte central unos legionarios romanos asomados a la puerta de un cobertizo se encontraban con una mujer que asaba a un niño y les invitaba a comérselo. Otro soldado no podía soportar el asco y vomitaba de rodillas.
La libertad es necesariamente poética. Las orillas del camino, como los renglones de una página, se juntan en el infinito. Quiero ir a la aventura, papuchi. Andar y ver, correr mundo, sufrir privaciones, medirme a solas con los hombres y la naturaleza. Llevarles a las gentes de los pueblos la ilusión de los libros.
María Luisa le dio la vuelta al reloj de arena antes de que acabara de vaciarse la ampolla.
¡Tiempo concluido, papá! ¿Has terminado de leerte el artículo?, dijo, y al abrir más sus ojos apareció en ellos el cielo azul de Madrid.
Cerró don Aquilino el ABC y lo dejó sobre su regazo.
¡Menuda tramposa!, protestó con benevolencia.
Aquel domingo, día de Reyes, traía el periódico una lámina en color con los tres Magos cargados con elefantes de juguete, raquetas de tenis, balones de listas, muñecas con botines, cerditos con canotier y muñecos del ratón Mickey. El hermano pequeño volvió a pedir que le recortaran la página del diario.
Pertenecía don Aquilino Pickman a una antigua familia sevillana, pero su cátedra de Geología en la Universidad Central de Madrid le obligó a trasladarse a la capital cuando él y su mujer, doña Leopoldina, eran todavía una pareja de recién casados. En los últimos tiempos el profesor Pickman había sido muy celebrado por su aportación al Mapa Geológico de España, y ahora la República le llamaba como asesor en la nueva legislación para la protección de espacios naturales.
En todo caso, este artículo no hay quien se lo acabe, refunfuñó el padre. ¡Cualquiera aguanta las tabarras de Benito Mussolini sobre la Iglesia y el Estado! ¡No tendrán otra cosa para publicar!
¿Y entonces por qué te compras ese periódico, papuchi? Nos torturas a todos trayéndolo a casa todos los días, y ahora resulta que tú tampoco lo soportas.
No seas tendenciosa, María Luisa, que lo único que he dicho es que ese artículo no me interesa. ¿Te parece poco periódico el ABC? ¡Pero si no te pierdes un escrito de Fernández Flórez! ¡Y encima, cada domingo os lo traigo con el Blanco y Negro! ¡Qué hija tan desagradecida! Y por lo que respecta a tu idea de marcharte de tournée con las Misiones Pedagógicas, sabes bien que cuentas con todo mi apoyo, siempre que no pierdas días de estudio por ello.
La mayoría de las misiones se hacen en navidades y en los meses de verano, respondió María Luisa con la cara encendida como el bosque rojo de su pelo; pero enseguida calló enojada, porque esta conversación no había hecho más que repetirse una y otra vez durante todos aquellos días.
María Luisa sabía que iba a tener que conformarse y esperar a julio, o agosto, o peor aún que el Patronato la hiciese aguardar hasta septiembre, lo que venía a posponerlo todo de nuevo porque coincidiría con el inicio del curso siguiente en la Escuela Normal, en la número dos, que era donde estudiaba magisterio. Dio la espalda a su familia, pero para quitarle al gesto lo que tenía de soberbia simuló que contemplaba el cuadro de Martínez Vázquez, Primavera en Gredos, que el propio pintor le había regalado a su padre y que ahora presidía aquel salón de la casa.
¡Con lo ideal que resulta la primavera para salir al campo, papaíto querido!
¡Mientras no te manden a Barcelona!, suspiró la madre, que, sentada a una mesita redonda, pegaba cromos en un álbum de la Historia Sagrada. Porque, ¿habéis visto lo que trae hoy el periódico? ¡Hay qué ver cómo viven esas gentes!
Cualquiera diría que hablas de la selva, Leopoldina.
Pues si no hablo de la selva, sí que me refiero a los salvajes. Lee en las informaciones de Cataluña, Aquilino, y te darás cuenta de lo que quiero deciros.
De nuevo tomó el catedrático el periódico y lo abrió por una hoja que anunciaba en un gran recuadro que ese día, encartadas en el Blanco y Negro, se ofrecían las treinta y dos primeras páginas de Los piratas de Venus, la sensacional novela de Edgar Rice Burroughs. Primero leyó para sí don Aquilino, y sacudió la mano admirado. A continuación volvió a leer las noticias en voz alta.
¡Es la repanocha! Un comerciante de Barcelona denuncia haber sido víctima de un atraco, y resulta luego que el dinero se lo había jugado en el frontón. La policía le encontró encima todas las papeletas de las traviesas, que alcanzaban aproximadamente el valor de lo que aseguraba le fue robado. ¡Y esta otra! En una carnicería de la calle Cultura de Santa Coloma de Gramanet entraron tres individuos con pistolas y la cara tapada con pañuelos, y amenazaron al dueño y a la dueña y a un comprador que estaba allí. El propietario opuso resistencia y los atracadores se liaron a tiros. Uno de los proyectiles alcanzó en el pecho a la tendera, y los ladrones se dieron a la fuga. La mujer se encuentra en estado muy grave. ¡Y aún sigue otra! En la calle Cortes de Barcelona, alrededor de las seis de la tarde, un hombre bien vestido detuvo un taxi y le pidió que le llevara a la calle París, esquina Independencia. Allí se subieron otros dos tipos, que pistola en mano obligaron al chófer a que los condujese a las inmediaciones del manicomio de San Andrés. Cuando llegaron, dos de los agresores se fueron con el taxi, y el tercero se quedó para vigilar al conductor. Al cabo de una hora, el que hacía de vigilante le dio permiso al taxista para irse, pero le advirtió de que si denunciaba el asunto lo pasaría mal. En cuanto al auto, le dijo que lo encontraría más tarde sin deterioro. Mientras tanto, los otros dos bandidos se presentaron en un almacén y despacho de licores, amenazaron con sendas pistolas ametralladoras al cajero, a dos operarios y a los clientes que había en el local, les obligaron a ponerse de cara a la pared con los brazos en alto y se llevaron cerca de cuatro mil pesetas. También les robaron a los particulares, y al presidente del Casino del Guinardó, que se encontraba en el lugar, le arrebataron ciento veinticinco pesetas. Vistos y no vistos se dieron a la fuga en el coche. Por las declaraciones de las víctimas, se cree que los ladrones eran gente experimentada ya que incluso tuvieron el cuidado de coger todos los efectos con un pañuelo para no dejar huellas. El Jefe Superior de Policía sospecha que detrás de estos elaborados atracos se encuentra un conocido matón de los bajos fondos de Barcelona, al que llaman el Caruso, y que suele andar en compañía de un pistolero tuerto, asimismo muy popular en bailes y casas de diversión de baja estofa.
Pero, papá, si a Barcelona no van las Misiones Pedagógicas. ¡Van a los pueblos más apartados!
Ya lo sé, María Luisa, lo sé, admitió el padre. Bueno, déjame que hable con Santullano, que es quien de verdad lo maneja todo en el Patronato de las Misiones, y le pido que te arregle un destino. En esto de las misiones, eres como tu madre, pero con tabla de multiplicar en vez de catecismo. Justamente esta mañana, Santullano tenía que acompañar al presidente de la República a repartir juguetes entre los niños del Pablo Iglesias que hay en los terrenos del antiguo hospicio. Seguro que a la tarde, vuelto ya del grupo escolar, le encontraremos en su casa más contento que un cascabel.
A mí no me hace ninguna falta que me ayude nadie, se enfurruñó María Luisa. Y menos Álvarez Santullano, ¡ni más ni menos que el secretario del Patronato! ¡Siempre mirando hacia lo alto! Yo quiero ir como cualquier otra maestra.
Pero hija, ¿no comprendes que si te pones así corres el riesgo de salirte con la tuya?
¡Mamuchi, precisamente es eso lo que pretendo!
¡No se hable más!, intervino el padre y dio en la butaca un papirotazo con el periódico. Me cuidaré personalmente de que vayas a destrozarte los zapatos por esos mundos, camino de las Hurdes, u otro sitio peor, si es que lo hay en España.
Al oír estas palabras, doña Leopoldina dio un suspiro, y pegó otro cromo.
¡Qué niña! ¡Leer libros! ¡Leer libros!, dijo. ¡Tú te crees que todo el mundo es como tú y solo piensa en leer libros! ¡Leer libros! ¡Si al español lo que de verdad le gusta es tocar el tambor!
Primero trazó el óvalo de la cabeza, luego el del cuerpo. Le puso al dibujo unos brazos muy largos y unas piernas muy cortas. Esbozó un trapo doblado en el brazo. Dio forma a una guerrera de barman con doble hilera de botones. Le añadió una pajarita, y la rellenó de lápiz. El frío de enero se metía por los grandes cristales de aquella cafetería como una lombriz atraviesa la tierra. Paró de dibujar para ponerse unos guantes viejos de lana con las puntas de los dedos cortadas. Evaluó su boceto, lo comparó con el camarero que, sin percatarse, le servía de modelo. No le convenció y arrugó la hoja. La dejó sobre la mesa hecha una bola. El dibujante era un hombre alto y calvo, y estaba tomando apuntes para la historieta que tenía que entregar al Rincón de los Niños, el suplemento infantil del Diario de Madrid. No estaba descontento con esta colaboración, pero también creía que nunca en la vida iba a volver a encontrar otra revista como El Perro, el Ratón y el Gato, semanario de las niñas, los chicos, los bichos y las muñecas, que había llevado Antonio Robles, y en la que también colaboraban Mihura, Bartolozzi, López Rubio, y lo convertían en una revista excepcional y en un festival del surrealismo. Buscó ahora inspiración en la acera de Jorge Juan, la calle a la que daba el ventanal, y vio pasar a un hombre gordo, con un sombrero marrón, como el de Carlos Gardel. Iba del brazo de una muchacha que llevaba la cabeza descubierta y unas gafas de cristales muy gruesos. Entraron el hombre y la chica en el café, y el dibujante aguzó la vista y el oído, y empezó a hacer un croquis de aquella pareja.
La joven dejó sobre el mármol de la mesa una novela de Fu-Manchú. Llamó papá al tipo, y él la llamó Maruja. Hablaron del bajón de la demanda en la fábrica de sombreros del padre.
¡No tienes razón, Maruja! Han desacreditado el sombrero por puro capricho de la moda, y encima se creen gandhis del sinsombrerismo, se lamentó aquel hombre. Pero todo lo que dicen son mentiras, todo.
Papá, una mentira repetida muchas veces se convierte en una gran verdad.
¡Una gran verdad! ¡Cuánta razón!, suspiró el padre. ¿Eso quién lo dijo?
Un hombre muy astuto.
Y muy sabio.
No, no es lo mismo, papá. No es lo mismo saber que acertar.
El padre le dio un sorbo largo a su vaso de agua antes de probar el café, y farfulló que en España ya se contaban más de setecientos mil parados.
La mayoría analfabetos, apuntó la hija, un veintiséis por ciento de la población es analfabeta, y en las clases populares este porcentaje se dispara.
También alcanzó a escuchar el dibujante que la muchacha era maestra. La observó para retratarla y sobre todo la observó porque le atraían las chicas rellenitas.
Empezó ahora haciendo un círculo muy gordo, y a su lado otro muy pequeñito. Sobre la cabeza del círculo gordo esbozó un sombrero de explorador, un salacot. Luego le puso un monóculo al personaje. Del redondel pequeño sacó una niña estilo Shirley Temple, y probó a tocarla con algunos sombreros que estaban de moda aquel invierno. Pero los borraba todos, el de ala doble; el encasquetado al modo de los gorros alpinistas; una boina grande, que ahora se llevaban altas por detrás, y una boina chiquita con dos bolas metálicas. Incluso le dibujó un gorrito con forma de sorbete, y ni de este modo fue capaz de conseguir que su caricatura llevase sombrero. Se resignó por tanto a dejarle la cabeza al aire, y proyectó sobre las dos figuras una sombra alargada. Fue dándole forma hasta que pareció la sombra de un mandarín. Detuvo el trazo y se quedó meditabundo. Pensó en la amenaza amarilla, y luego en los desfiles fascistas de Roma, y también en las manifestaciones nazis de Berlín. Se sonrió al captar las nuevas connotaciones que había tomado en aquellos días la expresión dibujo a mano alzada. El nombre de su principal habilidad, la modalidad en que siempre ganaba los concursos, tenía ahora un giro ridículo. Luego dibujó un coche al fondo de la viñeta. Un Chevrolet sedán, de techo alto y formas redondeadas, voluptuosas, como el de los gánsteres del cine. De no haber sido dibujante de tebeos, hubiera diseñado automóviles, pensó. Hizo salir de aquel auto la figura de un hombre con una pistola en la mano. Anotó bajo el boceto un título para la historieta: La gran verdad.
Las oficinas de las Misiones Pedagógicas se encontraban en el número setenta y uno del paseo de la Castellana, en el mismo edificio que la Normal número dos. Sentado en el borde de una silla, como un mascarón de proa, un maestro joven, de traje oscuro y boina, modo en que buscaba la elegancia del hombre de acción, gesticulaba conversando con el vicepresidente del Patronato, don Domingo Barnés Salinas, director además del Museo Pedagógico. Cada vez que el joven levantaba un brazo, le asomaba bajo la manga el puño ajado de la camisa.
Querido amigo Guitarra, explicó Barnés, el caso es que este nuevo año de mil novecientos treinta y cinco ha empezado trayéndole buena suerte, y tal como usted quería podemos enviarle al último rincón del mundo, o por lo menos de España, que viene a ser lo mismo.
El brillo febril de los ojos del maestro, su piel transparente, su frente sudorosa, la sensación de fatiga que transmitía, eran la causa de que el vicepresidente le atendiese con un rictus de aprensión.
Pero ¿seguro que se siente usted en condiciones de viajar? Porque a primera vista da la impresión de que antes necesitase un descanso.
Sonrió el maestro y con un gesto le quitó importancia a su aspecto.
Ya sé que no me podrían considerar la octava maravilla del mundo, don Domingo; pero es que de natural soy así. Más bien clorótico. Y con todo y con eso, puedo garantizarle que, a pesar de lo cruento de este invierno, me encuentro en una forma magnífica. ¿Ha visto usted las fotografías de la ola de frío que asola los Estados Unidos? ¿Los Fords enterrados en nieve en las calles de Nueva York? ¡Pues esas Quintas y Séptimas avenidas congeladas de los americanos me las paseaba a cuerpo ahora mismo si estuviese allí!
El maestro dijo esto y alzó la cabeza hacia el retrato de don Francisco Giner de los Ríos, pintado por el aragonés Gárate, como rogando un guiño de aprobación a la autoridad de aquel pedagogo krausista que había fundado la Institución Libre de Enseñanza, y de quien era discípulo y heredero intelectual don Manuel Bartolomé Cossío, el presidente del Patronato.
Y el profesor Cossío, ¿cómo se encuentra de su enfermedad?, quiso el maestro preocuparse por un enfermo que merecía, más que él, así sinceramente lo consideraba, cualquier atención.
Apoyó Barnés sus espaldas robustas y anchas contra el respaldo del sillón, y agachó la cabeza, peinada con raya en medio. Se agitaron sus dos mechones de cabello negro sobre el resto de su pelo blanco como dos grajas bailando en un campo de nieve.
¡La salud del profesor Cossío no mejora, querido amigo Guitarra! ¡Más bien yo diría que, al contrario, se debilita! La mayor parte del día la pasa convaleciente sobre una tabla.
Detrás de don Domingo Barnés se extendía un mueble acristalado, con las estanterías ocupadas por los volúmenes de la biblioteca de Clásicos Castellanos, que él ideó cuando era consejero de la editorial La Lectura, y que luego había confiado a Américo Castro y a Tomás Navarro Tomás, dos de los más avanzados discípulos de don Ramón Menéndez Pidal. Al maestro al que ahora atendía en su despacho lo conocía de cuando este trabajaba como corrector de la editorial, y ya entonces los redactores rumoreaban sobre la escasa salud del muchacho. En el fugaz transcurso de ciento ochenta días, don Domingo Barnés fue ministro de Instrucción Pública y también de Justicia con tres gobiernos, los de Azaña, Lerroux y Martínez Barrio, sucesivamente; pero tras los resultados de las segundas elecciones generales que convocó la República quedó apartado del poder. Aquella había sido la primera vez en que se instauraba el sufragio universal y los votos dieron la mayoría a los partidos de derechas. Ahora Barnés hablaba con la voz paciente del hombre que ha dejado de mandar mucho para ponerse a fumar mucho.
Buscó el vicepresidente con la yema de los dedos una hoja entre una montaña de impresos sujetos bajo un Quijote en bronce. Eran las peticiones de bibliotecas escolares que le iban llegando al Patronato desde los más remotos pueblos de España. Un cúmulo de instancias tramitadas con una póliza de una peseta con cincuenta céntimos y el sello de huérfanos de cero cincuenta, donde inspectores de primera enseñanza, maestros nacionales, alcaldes de pueblos y alcaldes pedáneos, curas de aldea, médicos rurales y todo tipo de particulares, exponían la necesidad y los motivos por los que solicitaban la ayuda de las Misiones. A todo lo largo de la pared, unos muebles archivadores almacenaban los miles de cartas en demanda de información que el Patronato estaba recibiendo desde que el día treinta de mayo de mil novecientos treinta y uno don Marcelino Domingo, entonces ministro del Gobierno provisional de la República, decretó la creación de las Misiones Pedagógicas. Tanto don Marcelino Domingo, un hombre de gafas redondas y flequillo espeso que prefería la chaqueta raída del maestro al coche oficial del poder, como don Domingo Barnés, habían colaborado recientemente con Azaña en la fundación de su nuevo partido, Izquierda Republicana.
El asunto, querido Guitarra, es que tengo en esta mesa el informe de un maestro, un tal don Aladino Mariño, de un pueblecito de una sierra de Zamora, que solicita se considere su escuela como zona misionable. Las noticias que nos da son conmovedoras: terrible adversidad geográfica de la comarca, nulo desarrollo económico del municipio, falta de comunicaciones con el exterior, enfermedades endémicas entre la población, pocas posibilidades de hospedaje para los misioneros, grandes dificultades con el fluido eléctrico… Fíjese si encuentra impracticable el acceso a su localidad, que incluso ha adjuntado un plano a lápiz para indicamos cómo se llega.
¡Ahí es donde yo quiero ir!, exclamó el maestro agarrándose a la mesa del despacho.
Esa desesperación con la que se ofrece un hombre joven como usted, y con tanto que disfrutar en Madrid, es fascinante y encomiable, querido amigo Guitarra.
Tal desesperación es lo que hace que no me desespere, don Domingo.
Ha de saber también que, en esta actuación, las funciones de misionero guía, que haga de eje entre la población y ustedes, no recaerán sobre ningún maestro, sino en el mismo chófer que les va a conducir. ¡Pero no se me asuste! Este hombre es de nuestra absoluta confianza y tiene un arte excepcional para tratar con las gentes campesinas. Y sin embargo, al regresar a Madrid, tendría que ser usted el encargado de redactar el informe de la misión, con los incidentes y las impresiones de todo el grupo.
Ya sabe, don Domingo, que no voy por el dinero.
Los únicos que tienen un sueldo en las Misiones son los auxiliares, del orden de unas trescientas cincuenta pesetas; el resto de los colaboradores va de forma completamente voluntaria, y expuestos a costear de su bolsillo los imprevistos que pudiesen surgir en el viaje, insistió Barnés.
Luego se levantó tras su mesa, y se llevó la mano a un bolsillo interior de la chaqueta. Le miró el maestro sin comprender lo que aquel hombre se proponía. Sacó de la cartera un billete, lo dobló hasta hacer un cuadrado muy pequeño y le estrechó la mano al misionero clavándole el dinero en la palma. La notó helada.
Querido amigo Guitarra, me hago cargo de que un viaje así siempre conlleva unos gastos. Espero que no sean demasiados. Le ruego que me informe también de ello a su regreso.
Al acabar la misa, doña Leopoldina tiró de María Luisa y la arrastró hasta la capilla del Santo Cristo de la Fe. La mujer se dio un beso en los dedos y acarició los pies del Crucificado. Se sintió la hija incómoda ante esa manifestación que le parecía pura beatería, aunque todavía había muchos domingos en los que era incapaz de negarse a acompañar a su madre a la iglesia. La semana pasada, sin embargo, las obligaciones del día de Reyes le habían servido de pretexto para posponer la misa de diez hasta la de doce, y al final no ir a ninguna. Pero esta mañana le había tocado incluso comulgar. Cuando hacía la cola de la eucaristía le entraron ganas de reír y se sintió aterrorizada, pues creyó que no iba a ser capaz de dominarse. ¡Mira que venirle a la cabeza en ese instante la viñeta de Tono donde sale un tipo diciendo que no va a misa porque dan poco pan!
Salieron a la calle madre e hija apretándose la una a la otra, encogidas bajo el viento frío. Había nevado durante la celebración y la mole limpia de la iglesia del Carmen y de San Luis Obispo parecía salida de un belén. Un ciego arrecido por la tormenta de cellisca cantaba a la puerta del templo. Pellizcaba en la guitarra el romance de la loba parda.
¿Por qué no nos paramos a escucharlo, mamuchi?
¡Tú quieres que agarremos una pulmonía doble cada una!
¡Pero si es el romance más bonito de todos! ¡Óyelo, es precioso! Fue el preferido de Giner de los Ríos.
¡Vaya, otra como el padre!
Atiende, mamá, te lo ruego. El romance cuenta la historia de una loba vieja que da su último golpe, igual que en las películas de gánsteres. Se ha cantado a lo largo de los siglos, pero hasta nuestra época nadie lo había impreso.
Claro, porque al que le interesa no le hace falta leerlo, ya se lo enseña su abuela.
¡Ese es el asunto, mamuchi! ¡Que ahora nos interesa a todos! Este romance lo publicó al fin don Ramón Menéndez Pidal en un libro que se llama Flor nueva de romances viejos. El profesor Menéndez Pidal ha viajado por muchos caminos recogiendo el romancero castellano.
¿Igual que tu padre anda cogiendo piedras cuando vamos a la sierra?
¡Exactamente, mamá! En el romancero y en la lírica popular está fosilizada la primera literatura. El romance de la loba parda lo cantaban los pastores de la época de Cervantes y siguen cantándolo los de nuestro tiempo. Han sido estos, los pastores, quienes lo han difundido a lo largo y ancho de nuestra península. Se conoce incluso en portugués. Allí donde hay una cañada, por toda parte por donde pasa la trashumancia, han viajado también estos versos. La gente que mete la nariz en ellos sale maravillada. Encuentran fragmentos de refranes populares, alusiones sicalípticas, restos de cuentos maravillosos, coletillas procedentes de nuestro folclore judío y vestigios de fórmulas bíblicas y de la literatura griega. Los lobos se juegan a suertes en el romance a quién de ellos le tocará atacar, igual que hacían los soldados griegos a las puertas de Tebas o como los ladrones del Asno de oro de Apuleyo.
Se apartó doña Leopoldina para ponerse a cubierto bajo un alerón del tejado de la iglesia.
Como tú quieras, María Luisa. Pero los diez céntimos del ciego los sacas de tu monedero.
No fue capaz la madre de quedarse callada mientras la hija escuchaba el romance.
Así que al final te has salido con la tuya y te vas a ir con esos saltimbanquis. ¿Para qué? ¿Para quitarle el pan de la boca a este pobre ciego? Porque tú, ir cantando por los pueblos, para comer no lo necesitas. Y por contra, ya ves que hay otros que bien lo merecen.
¡Mamá! ¡Nosotros no vamos para pedir alimentos! Sino para dar ilusión y libros. A nosotros nos mueve la utopía de la cultura.
¡Utopías! ¿Eso no es lo que está haciendo Hitler por toda Alemania?
No, mamá, eso son autopistas. Les haremos teatro a las gentes de las aldeas. ¿Te acuerdas de lo bien que te lo pasaste el año pasado en la representación de La sirena varada, en el Español, donde actuaban la Xirgu y Borrás?
Lo mucho que disfruté y el mal cuerpo que se me quedó, hija mía. ¡Qué drama más mal intencionado!
Pues resulta que su autor, que es don Alejandro Casona, forma parte también de las Misiones Pedagógicas, y anda con su teatro haciendo representaciones de pueblo en pueblo.
¡Qué disparate! ¿Cómo un hombre tan serio y asentado se mete en esas aventuras?
Porque le gusta el teatro. Y solo es capaz de vivir para lo que le gusta. Cuando Casona estaba de maestro en el valle de Arán, montó con los niños la compañía del Pájaro Pinto. Una vez que le preguntaron lo mismo que tú acabas de decir ahora, Alejandro Casona contestó que cuando él era pequeño llegó a su aldea una compañía de teatro ambulante y se quedó fascinado. Esa misma fascinación es la que hoy quiere llevar a todas partes. Cae como un rayo su teatro en medio del campo, y de ese fuego es de donde nace el afán de cultura.
¡Hija mía! Al confesarte, ¿no le dirías todo esto al cura?
Aún estaba en la cama don Aquilino Pickman, con el desayuno y los diarios, cuando su mujer y su hija regresaron. Fue la madre a atender la fiebre del hermano menor, y el padre se puso el batín para conversar con María Luisa en el salón.
¡Al fin y al cabo será como tú quieras, María Luisa! Y si te toca salir en septiembre, da por seguro que ni tu madre ni yo te pondremos ninguna objeción.
Se agarró la chica al cuello de su padre y le dibujó en la cara un plano geodésico de besos. El catedrático se apartó de ella incomodado.
¡Las cordialidades guárdalas para tu fabricante de latas!
¡Qué fastidio eres, papá! ¡Ese muchacho estudia Filosofía y Letras! ¡Y si con lo de fabricar latas te refieres a la industria conservera de su familia, has de saber que se trata de un comentario presuntuoso sin ninguna gracia!
Don Aquilino se metió las manos en los bolsillos de la bata y sacó buche. Bajo el brazo sujetaba el ABC, abierto por un reportaje de tres páginas con grandes fotografías, sobre los hábitos de escritura y las opiniones mundanas de César González Ruano. La política, como los chistes, son la decadencia de la conversación, decía Ruano. El catedrático dio ahora a sus palabras un tono de aplomo.
Como tú digas, María Luisa. Al fin y al cabo, los amoríos, como la política, son la decadencia de la conversación. ¡No sabes cuánto miedo me da darte rienda suelta!
Pero, papuchi, ¡si yo sé cuidar muy bien de mí misma!
No es lo que te imaginas, hija mía. Lo que me asusta es verte cualquier día asomar en esta casa con un carné de la FETE de Rodolfo Llopis. Esos son todos socialistas que consideran a los maestros como un trabajador cualquiera. ¡A picar canteras ponía yo a esos maestros como a trabajadores cualquiera!
¡Ya estás otra vez con la politiquería, papuchi! ¡Pero si eres tú quien siempre saca el tema a relucir!
¡No discutas con tu padre!, regañó a su hija doña Lepoldina, que acababa de entrar en la estancia para llamarles al almuerzo. ¡Y menos de política! ¿Qué bueno nos ha traído la política alguna vez a los españoles? Nada más que envidias y problemas. ¡Mira cómo andan ahora los labriegos! ¡En qué cabeza cabe! Pero ¿creéis que es posible darles la tierra a los campesinos igual que se les dan a los cerdos las remolachas? Dejaos de disputas, y venid a comer.
Fue el padre a su habitación para vestirse, y María Luisa se distrajo hojeando las fotos del periódico. Le pareció que Catalina Bárcena estaba muy desmejorada y triste. Seguro que era por la tiranía del cine. En el pie de foto explicaban que la actriz se estaba sometiendo a una dieta de zumo de tomate y escarola durante su trabajo en Hollywood. Pues eso, pensó María Luisa, con cerca de cuarenta años, que ya los debe de tener, no hay cuerpo que lo aguante. El padre de la muchacha consideraba que el cine era un entretenimiento para gentes de poco avío; pero tirarse el día mirando piedras con una lupa no suponía para María Luisa una distracción más recomendable.
Encendió la radio antes de ir a la mesa. El dial barrió las emisoras como una tormenta de nieve. Le salió al encuentro un foxtrot del Quinteto Nocturno. Umba, umba, umba, yema-yema yah. Al oír esto, se le puso a María Luisa carne de gallina, y con su diligente voz de chica que no estaba destinada a conocer el esfuerzo físico repitió desgañitándose el grito selvático: Umba, umba, umba, yema-yema yah. Se sabía la canción de memoria, le dio todo el volumen a la radio, y empezó a cantar a la par que los músicos. Yo me marcho por no verte más, porque tú no me amarás jamás. Siempre sola y feliz viviré y en la selva me instalaré. ¡Pronto ahí estaré! Haré como Tarzán, pero con más afán. Me buscaré a mis pares, como el tigre, la pantera y el león. Y así pregonaré, con gran satisfacción: ¡antes que el matrimonio es preferible el suicidio, que te hagan salchichón!
El clarinete de la orquesta dibujaba filigranas en las ondas, y María Luisa las trazaba con las piernas dando pasos de baile para celebrar que al fin podía irse con las Misiones Pedagógicas.