Todo lo que se llevó el diablo
Dieciocho
Desde la acequia seca que bordeaba el camino un lagarto vio llegar unos zapatos de ciudad. Cuando los tuvo cerca salió corriendo en un revuelo de ramas rotas y hojarasca. El ruido llamó la atención del hombre, que acertó a distinguir la cola huidiza y escupió en su dirección. Quiso seguir hacia el pueblo, pero al alzar la vista se encontró cara a cara con Delfín el Aparecido. Ambos se quedaron muy quietos observándose.
¿Tú de dónde has salido, Delfín?, preguntó Orfilio. ¿Acabas de brotar del suelo como la salvia?
Estaba aquí todo el rato. ¿No me has visto cuando venías?
No.
Yo sí te he visto venir.
¿Y qué más has visto?
Eso, que venías de la sierra. También veo que te acuerdas de mi nombre.
La tímida sonrisa de Delfín bastó para mostrar el hueco de los dientes que le faltaban. Orfilio miró hacia aquel hueco como el que se aboca a una sima.
Claro, eras de los pocos que andaban por el monte. Estás muy estropeado. ¡Leche, si no fuera porque estamos hablando te diría que estás muerto!
¡Pero qué manía ha cogido la gente!, fue dolor lo que expresó ahora el guarda. ¿Cuándo has vuelto, Orfilio? En los últimos tiempos le ha dado a todo el mundo por decir que me he muerto, y ya no puedo ni volver a mi casa; porque a la que me descuido me meten en una caja.
El pistolero se rio llevándose las manos a la barriga para hacer más humillante su carcajada. Tardó un rato en terminar de reír. Luego le habló con socarronería.
Recuerda que cuando el río suena, agua lleva, Delfín.
Al guarda se le descompuso la cara de desesperación.
¿Y qué hago entonces? ¿Les dejo que me entierren vivo?
Ahora Orfilio se puso muy serio.
¡Mándalos a todos a tomar por saco!
¿Y me voy del pueblo? ¿Adónde, si no tengo a nadie fuera de aquí?
Pues no te vayas.
¡Vaya apaño!
Haz una escabechina, Delfín. Al que te diga algo, lo dejas en el sitio. Y no pares hasta que no veas que han aprendido la lección.
Pero si la primera es mi Damasia.
Entonces principia por ella.
Tú te has vuelto loco, Orfilio.
El lobero se sacó la pistola del bolsillo del pantalón y se la metió al guarda en la boca. Disparó sin distinguir las palabras que farfullaba. Una corona de sangre salió despedida de su cabeza. Guardó de nuevo el arma en el bolsillo.
¿No es esto lo que buscabas, cipote?, le dijo al muerto, y siguió andando por el sendero que llevaba de la sierra al pueblo.
Llegó a la escuela el alcalde escoltado por una pareja de la guardia civil. Don Melitón era un hombre de poca estatura, con una pierna ortopédica de duraluminio. La tripa se le salía por la cintura del pantalón como se desborda la espuma de una jarra de cerveza. Sus ojos vigilantes, de niño criado en las oscuridades de un caserón, pasaron por encima de los misioneros igual que pasa una escoba por un sitio en que hay poco polvo. Sin dar los buenos días, se dirigió directamente a donde se encontraba don Aladino. Los guardias le esperaron a la puerta del colegio con el mosquetón al hombro. Al de la nariz hinchada y roja, había tenido que ir a buscarlo su compañero a la cantina. Se presentaron los dos oliendo a cazalla.
Don Melitón gastaba un bigote demasiado ancho para su cabeza pequeña, de manera que daba la impresión de que volvía de un baile de máscaras con el antifaz caído. Aquella mañana salió a la calle con un traje oscuro, una corbata corta y negra, y un clavel blanco en la solapa de la chaqueta en señal de optimismo, pero el día se le cayó a los pies cuando le contaron que el cura andaba desaparecido.
Y yo quisiera saber, don Aladino, si alguien lo ha visto por alguna parte, dijo el alcalde, pero esta vez en lugar de mirar al maestro no les quitó ojo a los misioneros.
A Arcos Paulín le tembló la mano con que sostenía el zurrón lleno de dinamita.
Porque ustedes ¿han visto al padre Blas?, al fin se dirigió al grupo.
Cada uno a su manera negó con la cabeza. Se brindó Maruja para ayudar a buscarlo y para cuanto fuese preciso. El alcalde contestó con una franca explicación, que todos entendieron como una amenaza.
Nuestro padre cura nunca se ha saltado su rutina. Por eso es rutina. La rutina que no se repite es una ruina. Pero desde ayer noche en el cine, nadie le ha visto ni en la plaza, ni en la taberna, ni en la panadería. Las puertas de la iglesia llevan cerradas desde ayer, y las campanas ¿tú las has oído tocar? Aún no han sonado. Aniseto, el sacristán, tampoco ha sido capaz de dar con él. En el pueblo la gente dice que de madrugada se ha escuchado como un trueno muy lejos. Yo no he sentido nada, pero es que yo duermo como un tronco, hecho un lío en la colcha, porque puedo permitirme ese lujo por tener la conciencia bien tranquila.
Don Melitón prosiguió esta charla apuntando ahora con su panza a Maruja.
Es usted muy amable ofreciéndosenos, señorita. Disculpe que no me haya presentado antes. Resulta que en este pueblo no estamos acostumbrados a las visitas, principalmente porque no las necesitamos. Represento, como alcalde que soy, la máxima autoridad del lugar. Y si quieren dirigirse ustedes a mí, sepan que me llamo don Melitón Chapaprieta.
Entonces, ¿es usted familia del ministro de Hacienda, don Joaquín Chapaprieta?, le interrumpió Reposiano.
Familia retirada sí que somos, respondió molesto el alcalde, y alzando el dedo índice como un orador en el Congreso volvió a su discurso. Pero han de saber que nunca nuestro apellido le ha venido a nadie tan al dedillo como a mi persona, pues a poco que se fijen verán que ando con una pierna metálica, fabricada en el mejor duraluminio del mercado. Es con este material con lo que hoy día se construyen las estructuras de los zepelines y el fuselaje de los hidroaviones. ¡Pero no he venido a explicarles mis vicisitudes! Ya estoy al cabo de que a ustedes les envía aquí el Gobierno para hacerle títeres a la gente. ¡Hay que ver! ¡En qué mala hora han ido a llegar! Esperemos que lo del padre Blas se quede en un susto. No digo yo que esto no sea más que una casualidad, pero aparecer unos forasteros y desaparecer el cura…, ¡en estos tiempos que corren!
Señaló el alcalde a los civiles con un gesto de la cabeza.
Habrán reparado ustedes en que he venido acompañado. Hoy día hay que esperarse siempre lo peor. Llevo cerca de quince años de alcalde, y las cosas que he visto pasar en el último lustro no las había conocido en mi vida. Digo que he visto pasar en España, no en este pueblo, porque aquí no me sale de los cojones que pase nada, ni bueno, ni malo. Ustedes, como son gente con estudios, sabrán que donde mejor se vive es donde no pasa nada. ¿Que no pasa nada? ¡Enhorabuena! ¡Síntoma de que el mundo va viento en popa! ¿Que pasa una desgracia? Nadie quiere que pasen esas cosas. ¿Que pasa algo bueno; por ejemplo alguien hereda un fortunón? ¡Malísimo! ¡Es lo peor que puede suceder, porque esas cosas siempre son para mal! Ninguna persona honrada, ni nadie que se atreva a llamarse decente, debiera heredar nunca nada. No me refiero a un retrato, un relojito, una joyita familiar; me refiero a un capital. El dinero es para quien lo trabaja. No para que se herede de buenas a primeras. ¡Estarán ustedes de acuerdo conmigo!
Tomó el alcalde del brazo a don Aladino.
Es lo mismo que ocurre con el cabello, querido maestro. ¿A usted ya no le queda un pelo en la cabeza? ¡Pues yo le felicito! No sabe usted lo bien que hace llevando su calva tan visible. ¡Ahí se conoce la honradez de una persona! El dinero que un pobretón hereda de un pariente retirado es el peluquín del calvo. ¡Un postizo! ¡Un añadido asqueroso! El dinero, en eso, es como el pelo, es de quien lo tiene y no de quien le gustaría tenerlo. De igual forma que el pelo nace por sí mismo en algunos cueros cabelludos y escasea en otros, el dinero brota naturalmente en ciertas familias y por otras ni asoma. Pero la vida es así, y cada cual debe aprender a conformarse con lo suyo. Sin embargo, ¡ya nadie quiere resignarse! Hoy hasta el más mentecato sale con la copla del reparto de la tierra. ¿Cómo se va a repartir la riqueza? ¡Entonces no sería riqueza! ¡La propia palabra lo dice! ¡La riqueza es de los ricos!
Don Melitón hizo un largo silencio y balanceó su leontina de oro. Se guardó el reloj en el chaleco al fijarse en las estanterías de la nueva biblioteca.
¿Y esos libros? ¿Los han traído ustedes? ¡Menudo sacrificio tener que cargar con ellos por estos caminos de cabras! Permítanme que les felicite por su tesón. Yo también tengo en mi casa muchos libros, no tantos como hay aquí. Debo de tener alrededor de media docena. Piadosos y de entretenimiento. Hay un poco de todo. Pero ¡como esto de aquí…! Claro, que se comprende que ya se trata de una señora biblioteca. Aunque, si quieren que les diga lo que pienso, con la mano en el corazón, creo que se equivocan de todas todas. Los libros no son para campesinos que no tienen otro cultivo que el de la patata. ¿De verdad consideran ustedes que a un entendimiento rústico, sin formación de ninguna clase, es posible hablarle de los grandes hombres? ¿Creen, en serio, que a estas gentes se les puede hablar de nuestra historia y de nuestra poesía, del Cid Campeador, de santa Teresa de Jesús, de los grandes valores de nuestro Siglo de Oro, y que los desdichados serán capaces de sacar una conclusión beneficiosa a su espíritu? Y si esto, que es la esencia misma de nuestra cultura y tradición, ya no lo entienden, ¿cómo van a asimilar que se les hable a la vez de otros siglos de menor calidad? Las referencias a Riego, las esencias del régimen republicano, cosa novedosa y que todavía nadie acaba de comprender, mezcladas con todas estas novelas que traen, ¿con qué criterio lo van a asimilar estos aldeanos en su corta inteligencia? Pero, al fin y al cabo, si la República quiere despilfarrar en libros, mientras ya nadie trabaja, más temprano que tarde se verá arrastrada por las tempestades que ha sembrado. Y si no lo creen así, fíjense ustedes en los recientes sucesos de Asturias. ¿Acaso esa revolución no salió de las Casas del Pueblo, de los ateneos y de los libros con que el Gobierno ha estado soliviantando a los trabajadores?
Fue Maruja quien se atrevió a interrumpir la retahíla del alcalde.
En ese aspecto, don Melitón, está usted muy confundido; pues parece que no ha reparado en que las revueltas se han producido en las grandes ciudades y en las capitales de toda España, y la creación de bibliotecas y de escuelas tiene lugar principalmente en las zonas rurales. Por tanto las causas de la revolución de Asturias tendrá que ir a buscarlas a otra parte.
Yo no tengo que ir a ninguna parte, porque estoy en mi casa. Son ustedes los que están por todas partes.
No dijo más el alcalde, y salió disparado de la escuela con las manos agarradas a las solapas de la chaqueta. Le siguieron los civiles volviendo la cabeza hacia los maestros con cara de desprecio.
Orfilio atravesó la era que se extendía junto a la casa de don Enrique, y se coló por una ventana. En una pared del largo pasillo que llevaba a su consulta, el médico había colgado unas láminas enmarcadas con reproducciones de Los cuatro jinetes del Apocalipsis, de Durero; La lección de anatomía, de Rembrandt; la más macabra Lección de anatomía de Van Mierevelt; El triunfo de la muerte, de Brueghel, y el tenebroso bodegón de la flor, la calavera y el reloj de arena, de Philippe de Champaigne. En la pared de enfrente, quedaba solitaria una alegoría femenina de la República en pie sobre el mapa geográfico de la Península Ibérica y con una palma en las manos. Dejó este cuadro de estar en su sitio, y pasó a quedar sujeto bajo el brazo del pistolero. Avanzó unos pasos en dirección al despacho, entró sin llamar y se sentó delante del médico. No había nadie más en la casa.
¿No hay nadie más en la casa?, le preguntó Orfilio.
Don Enrique se puso sus gafas de montura plateada redonda, no tanto para ver mejor a aquel hombre, como para infundirle respeto o acaso rogarle conmiseración. Tardó unos segundos en reconocerle.
¿A qué ha venido usted, Orfilio?
¿Así que le han dejado solo?
Eso a usted no le importa.
Tiene razón, no es cosa mía; el pistolero puso con cuidado el cuadro sobre la mesa. Verá, doctor. Tengo un problema que parece grave. Un dolor que no se me va.
Siga explicándose. El médico prefirió escucharle antes de montar una escena.
Ya se habrá dado cuenta usted de cómo es el mundo. A grandes rasgos, se podría decir que a los ricos siempre les duele algo, y los pobres por no tener, no tienen ni cosa que les duela.
Sabe bien que eso no es cierto.
¿Me está llamando embustero, doctor? Debiera estar usted en conocimiento de que la gente se mata a trabajar de sol a sol sin abrir la boca para quejarse, y que luego un listo que se pasa el día sentado va y suelta que le duele España. ¡Si al menos hubiera dicho que le duele la cabeza! Yo quería, doctor, que me reconociese, para saber si lo que a mí me duele también es España o algo diferente.
¿Dónde siente usted el dolor?
Es un dolor ambulante, don Enrique. O más bien un dolor vagabundo. Va por donde se le antoja, desaparece, reaparece cuando le da la gana por otra parte. A veces da la impresión de que va a apretar de verdad, pero luego no acaba de hacerse sentir del todo. En eso sí que es muy español. Por ejemplo, ahora mismo me duele mucho este dedo, y se me queda como agarrotado. Tengo que moverlo así para que se me pase el dolor.
Orfilio dobló varias veces el dedo índice como si estuviera apretando el gatillo de una pistola.
A usted no le pasa nada, protestó el médico.
Pues aún hay algo peor. Tengo un problema de vista. Y gordo. No le diría que estoy perdiendo vista, sino al contrario, que cada día veo mejor con el ojo que me queda. Me he permitido coger este cuadro de su pared para poder explicárselo. Usted lo mira ¿y qué ve? Una gachí vestida de Mesalina y un mapa, que juntos quieren significar la prosperidad de la nación, ¿no es así? Ahora le diré lo que yo veo aquí. Un fantasma. El espectro de una mujer. Por eso va vestida con una sábana. Es el fantasma de alguien que sufre, y que no puede abandonar la tierra hasta que no se le dé una reparación.
Orfilio, confunde usted lo que ve con lo que imagina.
Se puso en pie el pistolero, estrelló el cuadro contra la mesa del médico y el cristal que protegía la lámina saltó en pedazos. Con uno de aquellos trozos le rebanó el gaznate a don Enrique. La sangre del médico se mezcló sobre los vidrios con la sangre de su mano como una preparación microscópica. Orfilio dejó a don Enrique tendido sobre la mesa agonizando a borbotones y salió con el cuadro hecho pedazos bajo el brazo. Lo colgó como pudo en el lugar que ocupaba en el pasillo. Luego se asomó a la ventana para comprobar si podía salir desapercibido, pero cuando tenía el pie en el aire, oyó que alguien tocaba a la puerta y llamaba a don Enrique. Era la voz del alcalde. Orfilio anduvo hacia la puerta y observó por la mirilla a don Melitón escoltado por los dos civiles. Abrió de repente. Disparó primero a los guardias. Los dos cayeron al suelo heridos, o quizá muertos. Don Melitón se abalanzó sobre Orfilio y lo agarró con furia por los hombros, pero antes parecía que abrazaba la figura de un santo al que se le pide que interceda. La pistola de Orfilio se hundió entre la grasa del alcalde y escupió una bala. Dieron los dos algunos pasos hacia atrás. Don Melitón cayó de espaldas con la ropa ensangrentada. Murió en la tierra al cabo de un rato. Orfilio se encaminó hacia la escuela sin guardar su pistola.
Toda la química se basa en procesos irreversibles, dijo don Aladino, y miró por la ventana de la escuela en dirección al cerro del santuario.
Y sin embargo mi tío quiere volver al origen, al caos primigenio, contestó el muchacho.
¿Estás seguro de que tu tío ha dinamitado la ermita esta noche?
Pondría la mano en el fuego. Ese es el ruido que se ha oído en el pueblo.
Pues yo no he escuchado nada, intervino Arcos Paulín. He dormido como un bendito.
A mí me ocurre todo lo contrario. No pego ojo desde que llegamos a este sitio, se lamentó Reposiano.
Tú lo que tienes que hacer es comer más. Desde que empezamos el viaje estás cada día más cacoquimio; te estás quedando blanco como una pared, le reprendió el chófer.
Lo he oído, el estallido. No parecía un trueno. Era claramente una explosión, añadió Reposiano.
Don Aladino volvió a unirse al grupo.
Tu tío quiere sembrar el desorden para regresar al origen de todo, pero en eso se esfuerza en vano, por no decir que se contradice. Porque habría que ver si el orden ha existido alguna vez. Todo es azar según algunos principios. Todo es azar y todo es irreversible. La gente nace sin ningún tipo de orden y se muere sin saber cómo, ni aguardar su tumo. Y no tiene vuelta de hoja.
Déjese de filosofías, don Aladino, le reprochó Maruja.
Es física, intervino Reposiano.
Es lo mismo. Chico, siguió Maruja, tienes que ir a buscar al alcalde para entregarle los barrenos y explicarle de cabo a rabo lo que nos has contado a nosotros.
¿Y si la emprende conmigo?
No te pasará nada. Tú no tienes parte en este asunto.
¿Y luego podré volver con vosotros a Madrid?, el muchacho se dirigió a Espiridión.
Maruja buscó la respuesta en los ojos de sus compañeros, y tardó un rato en contestar.
Quizá no. Quizá tengamos que marcharnos antes de que se aclare todo. Estas cosas llevan varios días. Tendrás que hablar con la policía y con el juez.
¡Va a hablar con quien a mí me dé la gana!, exclamó Orfilio desde la puerta de la escuela. Entró encañonando al grupo con la Star. Se quedaron todos callados. Los libros también se quedaron sin palabras. Pasaba el sol por las ventanas y las sombras de aquella gente se extendían temblorosas por los pupitres como manchas de tinta. Espiridión se echó rápidamente mano a la cazadora y Orfilio disparó y le acertó en el hombro. Se dobló el motorista taponándose la sangre con la mano. Velasco Flaínez corrió hacia su morral.
Tú, quieto, si no quieres que te deje cojo. Y tú, la gordita, aguanta a tu amigo, que se va a caer al suelo. Y tú, pelirroja, ahora apuntó a María Luisa, con mucho cuidado recoge la pistola del suelo y échala en el zurrón sin meter la mano dentro.
Volvió a apuntar al sobrino.
Y ahora pon tu pistola también dentro. Cógela con la punta de los dedos, y pídele a Dios que no se me escape un tiro. Pelirroja, deja el zurrón sobre la mesa del maestro, y salid afuera todos. Tú no, mameluco. Tú te quedas conmigo, que todavía te faltan muchas lecciones por aprender. Si vais a llevar a vuestro amigo al médico, armaos de paciencia, porque a estos pueblos tardan mucho en llegar los sustitutos.
Salieron en piña a la calle y por una ventana que daba al campo Orfilio lanzó un barreno encendido. Estalló, pero no había nadie en aquel sitio. Orfilio le gritó al grupo.
¡Este petardo iba de muestra! Me voy a quedar aquí dentro pensándome si hago saltar la escuela en pedazos o me vuelvo para el monte.
Dispuso los barrenos en hilera sobre un pupitre y se sentó junto a ellos. Encendió un cigarrillo. Contempló los petardos. Se cambió el cigarro de mano y sin levantarse se deslizó hacia el borde de la mesa con un gesto de precaución.
Una vez en Barcelona, sobrino, fui al entierro de un compañero internacionalista. Pero ¿sabes qué te digo? Que el internacionalismo bien entendido empieza por uno mismo. Cisterna era el apellido del compañero, y todo el mundo le decía por ese nombre. Le aplicaron la ley de fugas y le dejaron la espalda como un colador. Bajito y ancho de hombros. Muy vivo, con los ojos grises, siempre brillantes. Unos días parecían azules. Y otros se ponían verdes. Entonces, mejor no hablarle. Era natural de Martorell. Allí se había criado a orillas del río Llobregat. Siendo muy pequeño se quedó sin padres, le recogió un matrimonio sin hijos que vivía en una colonia y en ella le pusieron a trabajar desde el día en que entró. Pero siempre que podía se escapaba para ir a jugar al río. Buscaba cantos rodados, cazaba lagartijas, libélulas, mariposas. También contaba que la primera vez que estuvo con una mujer fue a la orilla del río. Luego se vino a Barcelona. Cuando le conocí acababa de salir de la Modelo. Por entonces salir de la cárcel era peor que entrar. Te soltaban por la noche y los mismos guardias te pelaban en la puerta.
¿Así mataron a tu amigo?, al muchacho se le escapó la vista hacia los cartuchos.
Sí. Era la cuarta vez que salía de la cárcel. Y sería la última. El Cisterna tenía buenas piernas, no había quien le alcanzase a correr. Pero está visto que tampoco corría más que las balas. Me llevó a Martorell alguna vez, ¿y sabes lo que hacíamos allí? Nos tirábamos la tarde asomados al puente del Diablo viendo pasar el río.
¿Por qué se llamaba así el puente?
¿Qué más te da, chico? Mirando los dos el río, pasábamos todo el rato en silencio. Venga callar horas y horas seguidas. Parecíamos la estatua del Pensador, pero con un cigarrillo en los dedos. El Cisterna decía que el río y él eran la misma persona.
Sí, pero se quedaba en el puente, observó el muchacho.
El tío sacudió la ceniza de su cigarrillo, que cayó al suelo como una columna pulverizada, y continuó la historia.
Fue el mismo matrimonio que le adoptó quien le enterró en Martorell. Aquella gente se portó muy bien con el Cisterna hasta el último minuto. La madre o la madrastra, como sea que haya que llamarla, tenía muy buen corazón. Muy flaca y menuda, con una nariz afilada que le hacía parecer un pajarillo. Me preguntó si tenía alguna foto de su hijo, porque mientras vivió con ellos no se había sacado ninguna. Le di una en que salíamos él, uno al que llamaban Caruso y yo. La fotografía era de una paella que los compañeros celebramos en la playa. Al Caruso estuviste cerca de conocerle la primera vez que nos vimos. Pero llegaste tarde, chico. El caso es que la mujer cogió la foto, y delante de mis propias narices recortó con unas tijeras el trozo donde salía el Cisterna, y me devolvió el otro pedazo. Y me soltó entonces que la quería para rezarle cuando se acostase, y que a nosotros sus oraciones no nos hacían falta. Pero aún hay algo peor. Nos dio la hora del entierro, y empezó a tronar y a llover de una manera que daba miedo. No sabíamos cómo íbamos a llevar la caja al cementerio, y aun así conseguimos un carro. Al fin los padres y los pocos que íbamos llegamos a la tumba hechos una sopa. Mientras tanto, el río bajaba cada vez más ancho. Cuando salimos de enterrarle, medio Martorell estaba ahogándose en la riada. ¿Y sabes qué me dijo entonces la mujer? ¡Cómo lo vas a saber, chaval! Va y me dice: Orfilio, ¿te has dado cuenta del cabreo que lleva el río? Y yo le digo: Sí, señora, es de espanto. Y ella me responde: ¡Pues no sabes lo bien que le entiendo, hijo!, ¡a nadie le gusta hacer las cosas para que luego se las quiten!
Cerró los ojos el tío y estuvo callado un rato. Los abrió y fumó despacio.
A mí también me lo han quitado todo.
¿Quién?, preguntó el muchacho.
Orfilio cogió otro barreno del pupitre, encendió la mecha con el pitillo y lo lanzó por la ventana que daba al campo.
Este es para que no se olviden de que seguimos aquí.
Saltaron con el estallido los cristales de una casa vecina. Al poco, entró don Aladino agitando un pañuelo blanco. Orfilio sonrió y su pistola se quedó mirando hacia el maestro con la boca abierta.
Vengo a título personal, dijo don Aladino.
¡Vaya cosa! Se vive a título personal, le respondió Orfilio.
Don Aladino miró al pistolero, pero lo único que pudo ver en su ojo brillante fue el reflejo de su propio miedo.
Quiero decir, Orfilio, que los muchachos de las Misiones Pedagógicas están recogiendo sus bártulos, y en cuanto lo tengan todo dispuesto se van a llevar del pueblo al herido, en busca de un médico. Mira, Orfilio, lo que estás haciendo es una matanza. He venido para pedirte que me dejes sacar de la escuela, por lo menos, los libros, antes de que lo hagas polvo todo. Quiero sacar todos los libros. La biblioteca entera.
El pistolero miró hacia la calle, por detrás del maestro, y vio un grupo de aldeanos arremolinados enfrente del colegio igual que gallinas que han encontrado un puñado de maíz. Anduvo en dirección a las estanterías don Aladino sin bajar los brazos.
Orfilio, voy a empezar a sacar los libros a la calle, ¿estás de acuerdo?
El pistolero mantuvo la sonrisa pero no le contestó.
Estupendo, Orfilio. Entiendo que el que calla otorga, al maestro le tembló la voz al hablar y sus palabras parecieron una oruga en el filo de una hoja.
Antes de tomar el primer paquete de libros, don Aladino se sacudió las manos manchadas de tiza en el chaleco. Extendió los brazos cuanto pudo y abarcó desde Anónimo hasta Cervantes. Con los tomos en suspenso marchó poco a poco hacia la salida. El muchacho miró al maestro con una mezcla de admiración y miedo, y aunque sintió la obligación de ayudarle no se atrevió. En el preciso instante en que don Aladino iba a salir de la escuela, Orfilio le destrozó la cabeza de un tiro. Cayó encima de los libros. Empezó a crecer en el suelo un charco de sangre que buscaba aquellas páginas dobladas igual que las olas marinas van al encuentro de los arrecifes, de los acantilados de tierra firme. El muchacho se precipitó hacia el zurrón para coger un arma. Orfilio apretó el gatillo pero no salió ninguna bala. Entonces agarró el hombre un barreno del pupitre, lo encendió con el cigarrillo y lo dejó rodar por el suelo de la escuela. La biblioteca se levantó por el aire con la parsimonia de un globo aerostático, pero al instante cayeron de golpe los libros, y se oyó el estruendo de la explosión. Salió una llamarada enorme de la mesa de lectura. Las ventanas escupieron sus cristales como un bocado amargo. El edificio se vino abajo antes de que pudiera salir Velasco Flaínez. Entre la nube de polvo que cubría los cascotes y los trozos de madera, el viento arrastró una página arrancada de la biografía del Empecinado. Debajo de los escombros, Orfilio había dejado de respirar y su sobrino luchaba inconsciente por la vida.