Todo lo que se llevó el diablo

Javier Pérez Andújar · Capítulo 6 de 23

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Todo lo que se llevó el diablo

Cinco

 

Paco Castañón cogió su Volvo 121, ranchera, rojo con techo blanco y bandas blancas, modelo de los años sesenta, y se plantó en Bruselas en cuanto supo de la muerte del viejo Arcos Paulín. Aquel tipo de coche había desaparecido de las carreteras hacía mucho tiempo y ahora se lo veía únicamente reproducido en miniatura, en tiendas de coleccionismo y en viejas jugueterías. Para Paco Castañón era como haber heredado una hacienda familiar. Si algunas tierras tuvo su linaje, fueron las que recorrieron dentro de aquel coche, con las maletas y los regalos, y los paquetes a la vuelta, de una punta a la otra punta de España. El coche era la quintaesencia de la casa, porque unía físicamente, porque se apretaban, se amontonaban todos juntos allí dentro. Delante, el padre y la madre. Ella no fumaba, pero le encendía los cigarrillos al marido para que no soltase el volante. Y detrás, la abuela, los hermanos, las hermanas. Y todos los kilómetros que cabían en un día de sol y de carretera a su entera disposición para hacer planes, enfadarse, discutir, no hablarse, quedarse dormido, marearse, devolver en las bolsas del economato, parar en unos pinos para comerse la carne rebozada de los tuperwares, detenerse en el arcén y mear de espaldas al tráfico o adentrarse entre las matas para coger caracoles. El coche les unía en el espacio, pero también en la épica; porque más que una familia que viajaba unida era una familia que huía unida. Dejarlo todo atrás, ahí estaba lo fundamental de aquellos viajes. Correr más que los árboles, que los mojones de las orillas, que las casas solitarias en medio de una huerta, que el paisaje, que la naturaleza en pleno, y huir bien lejos de todo y de todos. La familia sola contra el mundo.

Una familia es el número de gente que cabe dentro de tu coche, se dijo Paco Castañón pisando el gas de su Volvo y leyendo los primeros indicadores que anunciaban la inminencia de Bruselas. El motor no le había hecho el menor ruido en el camino. El vehículo tenía todos los números para ser un cascajo, pero su padre, un pintor de brocha gorda que se murió el día que cogió el retiro, ya hacía de eso cosa de quince años, lo había mimado y mantenido en estado impecable desde el primer momento. Y después lo heredó Paco, y fue entonces cuando sus amigos Elías y Marcelino, mecánicos de raza y de FP, se metieron entre ceja y ceja que aquel trasto no parase nunca de rodar. Era lo único que quedaba verdaderamente antiguo, es decir, lo único que les parecía verdadero en aquellas calles donde se habían criado en la época en que la gente paseaba con mariconera, y que ahora eran calles de aceras anchas con árboles y bancos para que se sentaran los viejos. Aquel coche era lo único que de verdad les pertenecía, aparcado en unas manzanas donde habían tirado las fábricas para levantar guarderías y centros comerciales. No es que el coche fuese un símbolo de un pasado perdido. Era el pasado en persona, renunciando a su obligación de pasar, huyendo de la quema como el tiempo huye de la historia, como la familia de Paco huía los domingos del calor de los bloques en busca del calor de una playa cercana. Hacía unas semanas, un alemán que andaba de turismo por Barcelona detuvo a Paco Castañón en un semáforo y le ofreció en el sitio cinco mil euros por el Volvo, pero ¿quién es el guapo que se corta la retirada así por las buenas?

Paco Castañón había empezado a estudiar periodismo y luego se pasó a psicología. Entonces las carreras duraban cinco años. No fue capaz de acabar ninguna, creyó que por inconstante; pero lo que verdaderamente le ocurría es que le daba vergüenza hacerle preguntas a la gente. A fuerza de no hablar con desconocidos, Paco se quedó embebido en su bosque petrificado, en su cárcel de papel, de la que ya no le importaba salir. Al principio, tenía ese bosque dentro de su casa, como un microclima del museo de ciencias naturales. Cientos, miles de tebeos y de cómics que compraba por todas partes, en los encantes, a particulares, a tratantes de muebles que vaciaban pisos, y que él vendía los domingos en su parada del mercado de San Antonio. Pero también se había hecho feriante, vendedor ambulante de tebeos, y llevaba sus pilas de cajas a los salones del cómic de Barcelona, claro, y de La Coruña, Granada, Madrid…, a las ferias del libro y del papel que se hacían en los paseos de los pueblos, en las estaciones de tren, en los hoteles, y que le hacían seguir metiéndole kilómetros y kilómetros al viejo Volvo familiar. A finales del siglo pasado, el negocio creció con la venta por internet, y a través de un contacto que le procuraron sus amigos alquiló un garaje que utilizó de almacén. Compraba colecciones enteras, lotes de El Corsario de Hierro, Don Mickey, Mary Noticias, y también tocaba mucho la actualidad, sobre todo manga y superhéroes, que era lo que al final le mantenía en marcha el tinglado. Así fue haciéndose un nombre y un prestigio en ese ambiente. Raro era el año que no le sacaban detrás de su parada en alguna noticia o en algún reportaje de televisión. A veces le llamaban de revistas y de fanzines para pedirle un artículo. Era un hacha, una caña, cuando escribía sobre la escuela Bruguera. La influencia icónica de James Bond en Anacleto, agente secreto. El trazo cubista de Conti. Los osos en la obra de Segura. Una nueva anécdota de Vázquez. Abrió además un blog, El Ave Turuta, y tuvo tanto éxito que no daba abasto para seguir todos los comentarios que le dejaban.

Aquella semana había leído en una lista belga de correo la noticia de la muerte de Arcos Paulín, un dibujante español, pero que en España estaba olvidado, aunque no así en el archivo de Paco. Sintió entonces la necesidad de tender un puente entre él, un vendedor de tebeos que no sabía dibujar, y la historia profunda del dibujo. Sintió que con su viaje a Bruselas podía devolverle el derecho al presente a un puñado de láminas que se habían quedado sin autor. Montó en el Volvo y salió huyendo rumbo a la capital europea del tebeo.

Bajo el nombre de Paul d’Arc, el dibujante cordobés Arcos Paulín conoció la gloria de ser un segundón en la gran época del cómic belga. En las historias y enciclopedias de este oficio convertido en el noveno arte, a veces se cita su serie El piloto sin rostro. La protagonizaba un héroe maldito de la aviación, que decía que su patria era el aire, y duró más de cinco años; pero en los libros siempre se reproduce la misma viñeta de la cabeza del piloto oculta bajo un casco, como si fuese el único dibujo que quedara.

Además de El piloto sin rostro, Arcos Paulín publicó muchas otras series, que rellenaron durante las décadas de los años cincuenta, sesenta y setenta las páginas del semanario Spirou, en las que concurría con las historietas de las vacas sagradas de la editorial: Franquin, Morris, Roba, Will… Su predilección por la ropa negra, su alta estatura, su rostro característico, nariz ganchuda y calva brillante, fueron motivo de curiosidad en la redacción de la revista, y a menudo sus compañeros le hacían aparecer en algunos de sus relatos. Un día Peyó se inspiró en él para crear el Gargamel de los Pitufos.

Algunos años antes de dejar España, en el tiempo de la República, Arcos Paulín publicaba historietas edificantes, protagonizadas por grillos y mariposas, por reyes de piernas largas que vivían en castillos con torreones clavados en las nubes y por campesinos guasones con ocurrencias extravagantes. Trabajaba sin parar para unas revistas infantiles, en aquellos días muy populares, que se llamaban El Perro, el Ratón y el Gato, El Rincón de los Niños, Pocholo, KKO y Don Tito, y también para otras de menor repercusión, de cuyo nombre no ha quedado rastro. Había dibujado Arcos Paulín en esos tebeos, además, adaptaciones del Gordo y el Flaco, de Charlot y de otras estrellas del cine cómico, que le abrieron la puerta a colaboraciones en cabeceras italianas y norteamericanas. En aquel mercado internacional, y firmando como Paul Archer, sus historias de ciudades de oro perdidas en la selva y de vampiros que asaltaban los docks de Nueva York fueron leídas en el Corriere dei Piccoli y en las páginas dominicales de una cadena de periódicos distribuida por Arkansas, Kansas, Nebraska, las dos Dakotas y Montana. Al estallar la guerra civil, el pincel de Arcos Paulín no conoció otra tinta que la roja, y en sus historietas de aquellos tres años de hospitales de sangre y de bombardeos, el Gordo y el Flaco salían vestidos de milicianos. Las revistas en las que publicaba tenían ahora nombres como Pionerín, La Vanguardia de los Niños y Camaradas. Derrotado en la guerra, la suerte del dibujante fue idéntica a la de muchos miles de republicanos que se exiliaron en el sur de Francia. No había acabado de cruzar los Pirineos, y ya estaba internado en un campo de concentración. Arcos Paulín fue a parar al de Vernet d’Ariège. El escritor Max Aub, que también estuvo confinado en este campo (y en otros), le nombra varias veces en su Manuscrito cuervo. Posiblemente sea esta la única referencia que da la literatura española a propósito de Arcos Paulín; pero el caso es que en esos pasajes aparece recogida la intención del artista de probar fortuna con la novela. Lo he dibujado todo pero aún no he dicho nada, se lee en la cita textual de Max Aub.

Cuando al cabo de unos meses se desató en Europa la segunda guerra mundial, el dibujante se alistó en la legión extranjera y marchó al frente para combatir a su antiguo enemigo, el fascismo. Pero enseguida cayó preso de los nazis, que lo internaron en un campo de concentración de Alemania donde le cosieron el triángulo azul de la gente sin patria, con una aclaratoria S, de Spanier, dentro del triángulo. En aquel lugar de exterminio, Arcos Paulín se procuró su propio sistema de supervivencia, que consistía en hacer dibujos eróticos, o más bien pornográficos, de estrellas como Marlene Dietrich o Irene Dunne, representadas en todo tipo de cópula con los guardianes del campo. Con la misma desesperación que los presos de los barracones iban desfilando hacia la fosa, Arcos Paulín dibujaba las grandes ingles de Hollywood en hojas robadas de la oficina, en los dorsos de los sobres, en los trozos de papel de un envoltorio, que se convertían en un vale para seguir unas horas con vida.

Tras el armisticio, Arcos Paulín se instaló en París y se afilió al Partido Comunista francés. En aquella ciudad de hombres y mujeres sin rostro, embozados en las solapas de sus abrigos y en bufandas de franela, en aquel lugar de cielo gris y de avenidas anchas y mugrientas, el dibujante frecuentó el exilio del partido, españoles supervivientes como él que andaban con el hato a cuestas por la estación de Saint-Lazare, y se calentó en los claros de sol que a mediodía asomaban entre el puente de la rue Madrid, y con un café-crème para toda la mañana se sentó en las tertulias de los altos mandos del ejército republicano, en las terrazas del boulevard Sebastopol donde los generales derrotados repasaban una y otra vez tal batalla o tal retirada con la pasión con que se revive en una taberna tal estocada o tal capotazo después de una corrida de toros.

En menos de un mes, Arcos Paulín ya formaba parte del grupo Vaillant, integrado por unos dibujantes comunistas franceses que durante la ocupación habían editado clandestinamente Le Jeune Patriote, el órgano de las juventudes republicanas. En Vaillant, la revista que llevaba el nombre del grupo, Paulín aún publicaba con su firma española, y también fue allí donde coincidió con otro dibujante de la República, el catalán José Cabrero Arnal, que enseguida obtendría mucha fama con su serie Placid et Muzo y que en las páginas de l’Humanité, el periódico comunista, crearía a Pif le chien, el perro más célebre del cómic francés, hasta que llegó Ideafix, la mascota de Obélix. Tanta fue la popularidad de aquel perrito que vivía en una casa de la clase trabajadora francesa, que con el tiempo la revista Vaillant cambió su nombre por el de Pif.

En las navidades de 1950, Arcos Paulín hizo la maleta sin detenerse a mirar lo que metía en ella y abandonó como alma que lleva el diablo su habitación en un quinto piso del distrito once de París, el de la revolución. En el piso de debajo, una muchacha le esperó embarazada, durante días y semanas, pero nunca más supo de él. Apareció muy pronto Arcos Paulín entre los ambientes revolucionarios de Bruselas, que andaban exaltados, pues unos meses atrás su líder Julien Lahaut, el dirigente del Partido Comunista belga, había sido asesinado después de dar vivas a la república en el parlamento. Pateó una y otra vez el puñado de medievales, sórdidas callejuelas de la capital, rue Montagne aux Herbes Potagères, rue Fossé aux Loups, rue Royale…, se hospedó en el hotel Grand Miroir, de la rue de la Montagne, el mismo en que Baudelaire vivió enfermo sus últimos años, buscó las casas de comidas más económicas a la sombra gigante del Palacio de Justicia, acudió a las tertulias de la librería Aurora, y todas las noches acababa plantado en la Grand Place, para rezar su oración roja, a la puerta del café La Maison du Cygne, en el que Marx y Engels concibieron el Manifiesto comunista. A los comunistas de Bruselas les explicó que había renunciado a su trabajo en Francia en aras de su lealtad a Moscú. Ocurría que la nueva serie que con tanto éxito la revista Vaillant empezaba a publicar, Les fils de Chine, obra del dibujante Gillon y del guionista Lécureux, el más notable en aquellos momentos, le había provocado semejante asco y dolor, según las propias palabras de Paulín, que no tuvo otro remedio que volver la espalda a sus antiguos camaradas. ¡No saben en qué berenjenal se han metido!, exclamaba Arcos Paulín llevándose las manos al cabello que no tenía. ¡Pues no están exaltando ahora la Larga Marcha! ¡China, que va a ser la tumba de Rusia y del comunismo! ¡Qué ciegos están!

Sin embargo, en la entrevista de trabajo que mantuvo en aquellos días con Charles Dupuis, el editor de Spirou, Arcos Paulín le explicó que se había trasladado a Bruselas porque sabía, porque sentía con todo su instinto profesional, que el gran futuro del tebeo europeo estaba en esa ciudad. El señor Dupuis quedó muy impresionado por estas palabras del dibujante y por la mirada de fanatismo con que las pronunciaba, y le hizo firmar un contrato aquel mismo día. Con el paternalismo que le caracterizó en cada uno de sus actos, el editor le prometió a Arcos Paulín que tendría en su casa un empleo para toda la vida, y que estaba convencido de que un español tan genuino como él nunca le iba a traicionar marchándose, tarde o temprano, a ninguna otra revista. Al tiempo que decía esto, el editor extendía el brazo en dirección al centro de la ciudad, señalando tácitamente hacia rue Lombard, donde se encontraba la redacción del semanario Tintin. Aquella misma mañana, Arcos Paulín abandonó los círculos comunistas, y desde entonces permaneció relativamente fiel a Dupuis hasta el día de su jubilación, aunque también, a pesar de que fue descubierto y llamado al orden en varias ocasiones, publicó siempre que pudo y bajo distintos seudónimos en Tintin, Bravo! Wrill, Story, Capitaine Sabord, l’Explorateur, Bimbo, Le Journal de Mickey y asimismo en una larga serie de cabeceras de Francia.

Tengo noventa y seis años y cinco meses. A mi edad, los años se cuentan por meses, había dicho Arcos Paulín en una entrevista, la única que le hicieron en toda su vida. Salió en la revista escolar que publicaban unos niños del barrio donde vivía desde hacía treinta años, la parte de Ixelles que se conoce con el nombre de Matongué. Pocas semanas después, bajó a cenar, tal era su costumbre, a la rue Longue-Vie, a dos pasos de su casa. Llevaba en un bolsillo de su vieja gabardina la revista escolar, y se proponía releer su entrevista, distracción en la que se había engolosinado y que repetía a diario. Las preguntas le parecían las propias de unos chicos de once años, aunque algunas de ellas las encontraba especialmente acertadas. ¿El que usted sea español o sus simpatías comunistas fueron razón de que nunca adoptase la línea clara? ¿Reivindicarán la línea clara los futuros dibujantes de Bruselas?, especialmente nos referimos a los salidos de este barrio. Y repasando sus respuestas reconoció que estuvo en todo momento inspirado, aunque quizá, ahora, a toro corrido, podría mejorarlas bastante. Yo nunca fui del todo comunista, si por comunismo se entiende todo lo que ha pasado desde la muerte de Stalin hasta hoy. ¿Es usted estalinista?, preguntó con malicia su amigo Patrice, el abuelo de uno de los chicos, que había ido de acompañante. Hay que reconocer que Stalin empezó bien, pero luego fue aflojando la mano. Sin embargo, ni esta última respuesta, ni la pregunta, aparecían reproducidas en la revista. Lo que sí le satisfacía, y no se cansaba de mirar, era su caricatura, el autorretrato que se había hecho a petición de los chicos. La seguridad del trazo, que pervivía más allá de otras seguridades volatilizadas. Y cuando se disponía a darle una nueva hojeada a todo aquello delante de un plato de alitas de pollo asadas, se le rompió la arteria aorta y cayó sobre una mesa de plástico muerto de un ataque al corazón. Los viejos congoleños del barrio, los fundadores de la Maisaf, la Casa de África, a los que consideraba su única familia, no olvidaron que desde siempre les había exhortado a que le quemasen a su muerte y diluyesen sus cenizas debajo del chorrito del Manneken pis.

 

… Y así llevaban unas noches cumpliendo esta última voluntad a hurtadillas y por entregas, como se lee un tebeo, cuando llegué a Bruselas y di con su dirección y con sus amigos, terminó de explicarles Paco Castañón a Elías y a Marcelino.

¿Y ellos te pasaron las cintas?, le preguntó Marcelino y con su dedo lleno de grasa y de arañazos hizo bailar el botellín de cerveza sobre la mesa del bar. Elías logró abrir por fin la bolsa de patatas y la empujó hasta el centro.

Más o menos fue de esa manera, contestó Paco.

¿Así que por eso no se te ve el pelo? Estás enfrascado escuchando unas casetes que grabó un dibujante más olvidado que Palomo Linares.

A eso me dedico todo el tiempo que puedo.

¿Qué cuentan?, quiso saber Elías.

Es como una historia que se inventó el tío.

¿Una pájara que le dio?, le apuró Marcelino.

Es que no lo sé. Todavía no lo sé, respondió Paco y permaneció un rato meditabundo. Bueno, ¿os explico cómo termina mi aventura?

Elías y Marcelino asintieron a la vez. Paco describió un círculo en el aire y el dueño del bar les puso otra ronda.

¿Lo mismo?

Lo mismo.

 

El viejo vivía en un bloque al lado del cine Vendôme. Tenía algo de barrio como el nuestro. En la portería me encontré un grupo de chavales con sudaderas y capucha esperando no sé qué. Estarían zanganeando. Les pregunté, y se refirieron al tipo con cariño. Uno de los chicos se acercó a un interfono y habló con unos vecinos, no me enteré de nada porque hablaban en fingala o en suajili. Yo qué sé. Bajaron enseguida. Eran Patrice y su mujer, un matrimonio de jubilados congoleños. Fueron ellos quienes me explicaron todo lo que os he contado sobre la muerte de Arcos Paulín en el restaurante, la entrevista con los chicos del colegio y toda la pesca.

Patrice tenía las llaves del piso del dibujante. Me dejó entrar. El lugar estaba lleno de originales de Arcos Paulín, montones de láminas repartidas por las habitaciones, por las sillas, por las mesas, por el suelo, carpetas abiertas de par en par como dando bocanadas. Algunos dibujos llevaban fecha del cincuenta y uno, así supuse que serían de los primeros que hizo al llegar a Bruselas. En una pared del comedor Arcos Paulín aparecía fotografiado con Hergé, los dos con americana clara a cuadros y corbata oscura. El dibujante belga clavaba en el objetivo su vista, sus ojos hundidos en tinta, y parecía apartarse de su acompañante con una sonrisa a la vez amarga y sincera, y Arcos Paulín le observaba con orgullo, mirándole desde su altura de hombre demasiado alto como para estar cerca del mundo.

Aquí se ha retratado con el maestro, le dije al viejo Patrice buscando un gesto de complicidad, y señalé a la fotografía.

¿El maestro? ¡Ah, no, no! ¡Él le llamaba rival!

Otra fotografía le mostraba en la redacción de Spirou, echando arremangado un pulso con Franquin. Sobre la foto había escrito con letra de dibujante: No pude vencer a Franco pero vencí a Franquin.

En la pared de enfrente, una modesta librería estaba atestada de libros en castellano. Se apretujaban caóticamente unos con otros, como en una fosa común del verso, todos los poetas de la generación del veintisiete. Los grandes, los menores y los desconocidos. Muchos de los ejemplares los había subrayado y anotado.

¿Tú entiendes el español, no es verdad?, volvió a preguntarme por enésima vez su vecino, y yo le respondí que sí, que era español y que comprendía mi lengua, aunque eso no significase que entendiera a todos los españoles cuando hablaban, y tentado estuve de imitarle a mi tío de Gibralgalia.

Entonces tendrías que escuchar esto, insistió Patrice, y sacó del mueble del televisor un maletín de plástico. Había dentro una hilera de casetes de noventa, numeradas en el lomo, una, dos, tres…, y con fotos en blanco y negro de paisajes de España a modo de carátula. Y un papelito pegado al forro del maletín, con unos versículos del Antiguo Testamento, del Eclesiastés. Llévatelas, igual es algo muy importante, o quizá no; pero seguro que te interesa. Monsieur Arcos siempre me decía que si alguna vez le pasaba algo empaquetase todas sus cosas para el mercado viejo de Jeu de Baile, excepto este maletín. Quería que las casetes no se desperdigasen y que las enviase todas juntas a alguna escuela de España. Yo no conozco ninguna. Pero ¿verdad que puedes ocuparte tú?

¿Qué hay en las cintas?, le pregunté.

He querido escuchar alguna y yo sí que no comprendo ni una palabra. Pero sale todo el rato su voz. Por eso también te ruego que las oigas. ¿No dices que eres especialista en cómic? Por tanto te tiene que interesar todo lo que pueda decir un dibujante. Supongo que hablará de su juventud. Es lo que hacemos todos los viejos. Y, por favor, cuando las oigas todas no te olvides de mandarme una carta con cuatro letras, para contarme de qué hablaba en ellas. Vamos, si no tienes inconveniente. Me tienen muy intrigado. Escríbeme a esta misma dirección, por favor, a la puerta de al lado. Monsieur Adoula, monsieur Patrice Adoula.

 

Y a eso, a escuchar las cintas, me he dedicado estos últimos días, concluyó Paco Castañón.

¿Y no te trajiste más cosas, dibujos, tebeos, libros?, preguntó Elías.

No, los libros no los toco. Pero sí que aproveché el viaje. O eso creo. He vuelto con una carpeta llena de originales, aunque me parece que tampoco me va a ser fácil colocarlos. En el cajón de las casetes había otra carpetita de gomas llena de dibujos a lápiz. Eran imágenes de lobos. Bocetos, reproducciones de cuadros, de miniaturas, láminas, una portada de un cuento de Caperucita, grabados de historias rusas, el retrato ese de Petrus Gonsalvus, el hombre lobo canario del siglo dieciséis, que sale en pie con la cara llena de pelo, las fotografías de los niños lobo que encontraron en Midnapur en los años veinte, y cosas por el estilo. Todo eso también me lo traje, porque pensé que iba de la mano de las cintas.

Mi abuelo era pastor, intervino Marcelino. Y me contó muchas historias de lobos. Me cantaba una canción que se llamaba el romance de la loba parda. Va de una loba vieja y coja que tenía los colmillos como puntas de navaja.

Pero, entonces, ¿Arcos Paulín no habla de tebeos en esas cintas?, se asombró Elías.

¡Ni los nombra! ¿Os suenan las Misiones Pedagógicas?

Elías respondió que hacía tiempo había visto un documental en televisión, pero que ya no recordaba de qué trataba.

Salían unos coches y unas camionetas de época que quitaban el hipo, de eso sí que me acuerdo, añadió.

A Marcelino se le iluminaron los ojos como farolillos en una cabalgata y se alzó para sacarse la cartera del bolsillo de atrás de los vaqueros. Era una cartera de cuero, desgastada. La abrió nervioso. Tomó de dentro un papel doblado. Lo desplegó y les mostró a sus amigos una foto recortada del Teletodo.

¡Yo también vi aquel reportaje!, dijo agitando el recorte del suplemento de televisión. La imagen era un fotograma del documental en el que aparecía un grupo de niños en el campo acompañados de un hombre muy elegante. ¿Veis esta niña de aquí? ¡Es mi madre! ¡Anda que no flipó cuando se vio por la tele! Ella ya ni se acordaba de que habían ido unas gentes al pueblo a hacerles cine y teatro.

No se distinguía bien a nadie en aquella fotografía, pero Marcelino explicó que fue en la tele donde su madre se dio cuenta de que la niña era ella.

Me llama por teléfono, y me dice: pon corriendo la segunda, que ha salido el pueblo y yo también salgo cuando era pequeña. ¡Anda!, le contesté, ¡pero si lo estaba viendo!

Pues la historia de Arcos Paulín trata de eso, afirmó Paco Castañón. De esos viajes a los pueblos. Resulta que él formó parte de las Misiones Pedagógicas. Y sin embargo, estoy investigando como un loco y esta labor suya no consta documentada en ningún sitio.

¡Joder, por eso la cuenta antes de morirse!, asentó Elías con solemnidad.

Pero aquellas Misiones Pedagógicas ¿no fueron un plan de la República para abrir escuelas en España?, con esta pregunta Marcelino quiso que su amigo le aclarase qué pintaba un dibujante de tebeos en la historia.

Eran lo que dices, y mucho más que eso. Cuando se proclamó la República, había en España más de un millón y medio de niños sin escolarizar. Eso fue el catorce de abril de mil novecientos treinta y uno. A finales de mayo de aquel año, el gobierno ya tenía puesto en marcha el Patronato de las Misiones Pedagógicas con el propósito de crear veintisiete mil escuelas públicas por todo el país, y cubrir siete mil plazas nuevas de maestros. Para que la instrucción pública pudiera llegar a todas las aldeas, caseríos, cortijos…, el Patronato de las Misiones envió sus mejores maestros a las escuelas de los pueblos más pobres.

Ahí veo yo una jugada política. Seguro que también lo hacían con la intención de captar para la República a la gente del campo, Marcelino volvió a hacer bailar la botella sobre la mesa.

¿Y no tenían derecho las gentes del campo a que les llegase la democracia? Las Misiones Pedagógicas iban a ser uno de los mayores éxitos de la República. Los que creían en la cultura se las tomaron muy en serio. Salieron de las cafeterías, de los ateneos y de las universidades, estudiantes, poetas, maestros de escuela, catedráticos, pintores, músicos, actores, hombres y mujeres, que se presentaban voluntarios para cruzar barrancos, vadear pasos y desfiladeros, rodar por precipicios, atravesar llanos, recorrer cañadas y fraguras, si era preciso, bajo la lluvia, o andar por campos yermos bajo un sol de justicia. Fuese como fuese, se habían propuesto llevar, a donde entonces nadie había querido ir, sus coches llenos de libros, mulas cargadas con sus gramófonos y discos, burros aparejados con proyectores cinematográficos y con películas de Charlot y del Gato Félix, sus motos a las que ataban los fardos con el vestuario de las obras teatrales y con los instrumentos de música, sus camiones con copias de los mejores cuadros que había en el Museo del Prado. Lo que llevaban hasta la aldea más miserable eran libros y escuelas, sí, pero eran también conferencias, títeres, cine, teatro, como dice tu madre. Defendían que saber leer y escribir resultaba tan imprescindible para un universitario como para un campesino. Tenían muy claro que la cultura del pueblo no suponía ningún lujo. Soñaban con una escuela para todos. Para los chicos y para los grandes, hombres y mujeres. El propósito de aquellos maestros era enseñar a leer a los niños y también a los adultos. Viejas y viejos que estaban convencidos de que ya no les hacía falta porque eran mayores y se pasaban la vida en el campo. Querían persuadir a los que nunca fueron a la escuela y a los que dejaron de ir muy pronto, de que a pesar de todo eso no se podía pasar sin instrucción. Para aquellos hombres, constituía una grave injusticia que la gente de los pueblos viviese al margen de la educación, mientras en las capitales la vida cotidiana daba más oportunidades de aprender a los ciudadanos de la República, aunque fuese por el mero contagio de la convivencia.

Pero Arcos Paulín, ¿de qué modo se comprometió en esta historia? ¿A título de dibujante de tebeos?, insistió Marcelino cada vez más intrigado.

De una forma más soviética. Más acorde con su genio bolchevique. Se puso de chófer de los pintores. Se inscribió como conductor del Museo Circulante. Allí era donde estaban Ramón Gaya, que iba de auxiliar, Eduardo Vicente, Juan Bonafé y otros artistas jóvenes. Lo llamaban también el Museo del Pueblo. Arcos Paulín era un caricaturista, un dibujante de tebeos, y quizá por eso buscó estar en compañía de pintores. Pero no debió entenderse muy bien con ellos, porque al final se fue de chófer de un grupo de maestros.

Entonces, ¿él quería pintar cuadros?, preguntó Elías.

Es que no dice nada de eso en sus grabaciones. Más bien cuenta que cuando iba con los pintores él estaba para llevar el camión con los paquetes, las reproducciones y cargar y descargar los lienzos en cada pueblo.

¿No quería que supieran que era dibujante?, insistió su amigo.

Creo que no. A los del Museo del Pueblo se les había encargado la tarea de copiar en el Prado las pinturas de Velázquez, Zurbarán, Murillo, el Greco, Goya, Ribera, para llevarlas por los pueblos. Cossío, el presidente de las Misiones, se propuso que hubiese un museo ambulante para los que nunca habían visto un museo. Quería que toda la gente supiera que existen esas obras de arte, y que fuesen conscientes además de que, aunque estaban encerradas en el Museo del Prado, les pertenecían también a ellos, al pueblo. Más que a dar lecciones de arte, iban a mostrarle al pueblo sus propios tesoros culturales. Las copias las transportaban en camiones, a veces de alquiler, y buscaban el salón de actos de un ayuntamiento, la sala de una escuela, de un centro obrero, donde montar la exposición. Llegaban, cubrían las paredes con una cortina de arpillera para ofrecer un fondo neutro, y allí colgaban los cuadros. Y era en todo esto en lo que participaba Arcos Paulín. En los sitios donde las pinturas no cabían, por ser los recintos muy pequeños o tener un techo muy bajo, se exhibían desde el balcón del ayuntamiento, y la gente se agrupaba para verlas. Dando voces, agarrados a la barandilla del balcón, estos misioneros les daban una charla a los asistentes. A partir de un cuadro, les explicaban una época determinada. Por ejemplo, con Las hilanderas de Velázquez, pronunciaban un discurso sobre la mitología de griegos y romanos y hablaban de las Parcas. La mirada de los niños, la mirada clara de los niños delante de los cuadros. Arcos Paulín no deja de repetir esta frase en las cintas cuando evoca el sobrecogimiento que sentían aquellos misioneros al comparar los ojos ávidos de los niños de los pueblos con los ojos embrutecidos de sus padres. Porque ya sabían que, por la falta de oportunidades, lo que esperaba a esos niños, si la cultura no lo remediaba, era la pérdida de la mirada humana.

¿Y así iba con los cuadros en el camión y con los pintores, por todas partes, hasta el último rincón de España?

No tanto hasta el último rincón. Para solucionar problemas de espacio como los que se encontraron al principio, y no verse en el apuro de tener que enseñar las pinturas por un balcón, la mayoría de las veces las exposiciones las hacían en las cabezas de partido, donde había edificios con salas más grandes, y las dejaban el tiempo suficiente para que la gente de las aldeas vecinas pudiesen ir a verlas. Los mismos misioneros se encargaban de anunciar la exposición por los pueblos colindantes. Solían ir coincidiendo con los días de feria, que hay más gente y mayor disposición. Repartían carteles, daban encargos a los pregoneros. A los campesinos que visitaban estas exposiciones les obsequiaban con reproducciones de los cuadros en estampitas, para que los pudiesen tener en sus casas y decorasen las paredes, y hacían también otras reproducciones mayores, enmarcadas en cristal, para donar a los ayuntamientos y a las escuelas.

Bueno, ¿y entonces las casetes van de eso?

En gran medida sí, afirmó Paco Castañón.

Marcelino bebió un trago de cerveza. De nuevo hizo bailar la botella sobre la mesa y sonrió en silencio sin apartar la vista del recorte donde salía su madre de pequeña.