Todo lo que se llevó el diablo
Dos
Fue de guerra en guerra, y al final de sus días, cuando era un tullido de cuarenta años, le entregó el collar de dientes a su hijo, que al igual que él llevaba el nombre con que su tribu celta designaba al cuervo: bela, el ave protectora del clan. El hijo levantó pronto la espada, luchó desnudo en bosques de nieve; en llanuras de piedras les arrancó las orejas a los enemigos caídos. En la corriente del Rin vio ahogarse a los suyos. En otra batalla, un soldado de César le clavó mortalmente la lanza. Pero antes de irse de este mundo había dejado un hijo, al que puso asimismo el nombre de Bela, el cuervo, como fueron cuervos sus antepasados. Este otro Bela tampoco echó raíces, pues resulta tan humano quedarse como partir, y con su tribu se asentó en el corazón de la Galia, en los altos valles de la Auvernia donde rumian los rebaños de ovejas y las cabras. Praderas montañosas minadas, excavadas por los hombres de aquella raza en busca de oro, sueño sólido de los muertos. Allí fue donde aprendió el oficio de los herreros y fue allí donde un druida le infundió el respeto a Lug, el dios del largo brazo con el que sujetaba su lanza destructora de todo lo que se le acercaba y con el que sostenía un arpa que tocaba sola. Algunas veces el dios se manifestaba tomando la forma de un cuervo. Tuvo un hijo este herrero y le puso el nombre de Bela, pues no hay esclavitud tan larga como la de pertenecer a una casta. Pero no fue este sino otro Bela, descendiente de aquellos, el que llegó al lugar que en los escritos decían Hispania, y se asentó con su familia en un poblado de chozas. Casas redondas hechas de barro y paja con techumbre de ramas, sobre una colina a la orilla del mar de los cántabros. Las olas le llamaban por su nombre a cada hora, Bela, Bela, y se lo llevaban con su lengua de espuma en una barca pequeña, junto con los otros pescadores del castro. Salían de amanecida en grupos, y remaban en busca de algún banco de sardinas, de arenques, de peces que se les ensartaban en las redes como agujas de plata. Distinguían el rizo que formaba el huir de las sardinas cuando las perseguían hambrientos los delfines, y entonces se lanzaban hacia ellas clavando los remos como azadas en la tierra, y, con cuidado de dejar aparte a los delfines, las rodeaban envolviéndolas, concentrándolas y en ese momento echaban las mallas al agua para cogerlas a mansalva. Pasaron los siglos, acosado cada siglo también por sus delfines, y los descendientes de este Bela abandonaron las montañas cántabras y siguieron el curso de los ríos de Hispania; pero entonces su nombre ya había derivado en Velasco.
Ningún recuerdo quedaba del animal totémico del cuervo en la cabeza pétrea del joven Velasco Flaínez, hijo, nieto, bisnieto, tataranieto de loberos, a no ser el mechón de su pelo negro y cereño. La sangre de aquellas gentes de la Edad del Hierro fue cambiando de instintos, y desde los años de Felipe IV, el Rey Planeta, estos Velasco vivían el tiempo de los lobos. Al igual que su padre y su tío, y al igual que su abuelo, Velasco Flaínez olía a una legua el paso de una loba preñada y seguía su rastro, y rondando su cubil aguardaba al parto para meterse en la cueva y quitarle las crías. Cuando el lobero va desnudo, el lobo no se atreve a atacarle, recuerda, Velasco Flaínez, lo que te dice tu abuelo. Si los lobos se acercan a la majada saca un tizón del fuego y rodea al rebaño con un círculo de llamas, y si se te acercan cuando estés solo chíscales en el hocico con el pedernal del mechero. Alguna vez que te toque correr del lobo, quítate el cinto y arrástralo por la tierra, porque el lobo seguirá la correa sin atacarte a ti. Velasco Flaínez, cuando el lobero aúlla los lobos le contestan, y si los llama acuden. Pero si los llama mucho, puede convertirse él en lobo. A tu madre, Velasco Flaínez, se la comieron los lobos porque una noche se quedó dormida en el campo con la ropa puesta. En nuestra familia, cada uno tiene que pagarle su tributo a los lobos. Yo les di una mano porque quise vivir sin agarrarme a nada. Poco duró tu padre de viudo. Trastornado por la pena se despeñó en estas sierras, y desde entonces yo te he criado. Nunca te olvides de lo que eres, Velasco Flaínez, pues has de saber que quien ha nacido lobo morirá lobo.
A Velasco Flaínez lo recogió su abuelo al quedarse sin padres y con él y entre las cabras vivió en las cuevas que se abrían por aquellos riscos. Siempre que el abuelo se iba al pueblo, le dejaba metido dentro del tronco hueco de algún árbol para guardarlo de los peligros. De Velasco Flaínez nadie había pronunciado su nombre de pila. Velasco Flaínez, eso de tener nombre es para que te llamen, pero a nosotros nadie ha de llamamos.
Y aun sin nombre, cuando ya fue capaz de sujetar un cuadernillo, el abuelo le llevó a las escuelas que encontraba por aquellos pueblos. Velasco Flaínez, tu abuelo no ha podido darte leche materna, pero un poco de instrucción sí que será capaz de proporcionarte, y lo que hoy aprendas jamás nadie podrá quitártelo. Las letras, los números, las cuatro reglas, los libros, los cuadernillos, un lápiz, eso nadie tiene derecho a negártelo porque hayas nacido entre las barrancadas de una sierra. Cuando aprendas a leer, algún día te encontrarás escrito que no hay mejor escuela que la sombra de un árbol; sin embargo, es preciso conocer el abecedario para llegar a esas conclusiones. Verás, nieto, que en estos campos hay pocas escuelas; pero comprende que no pueden hacerse muchas escuelas si aún no se ha empezado a hacer maestros.
Velasco Flaínez estuvo en pueblos donde en un aula para cuarenta niños había ciento veinticinco, y se quedaban en diez cuando venían las labores del campo. En aquel lugar, lo que el maestro enseñaba era escuchado tanto por niños de catorce años como de cinco. En otra aldea, fue a una escuela de la que se salía oliendo a agrio. La casa solo tenía una ventana y la puerta trasera del aula daba al corral, que servía de patio y de letrina.
Recorrieron campos, llanuras de árboles condenados a secarse. Enebrales y sabinares, que eran mechones de bosque ralo en una tierra pelada. Montes salobres, arrasados por la tala continua desde los tiempos de los caballeros del Greco. Se nos han llevado los montes, señor. Pero pasaran por donde pasaran, aunque fuera solo un día, Velasco Flaínez iba a la escuela. Remontaron cerros desgarrados por cárcavas y desgalgaderos labrados por torrentes, y dieron con pueblos que metían a los niños en escuelas llenas de mugre y carcoma, regentadas por maestrillos de zamarra que se morían de hambre. En uno de esos villorrios, la escuela de niños tenía el aula en la planta superior de la casa, y el aluvión de chicos subía por una escalera desvencijada a una habitación de ventanas estrechas. En aquel poblachón, la escuela de niñas estaba en un edificio levantado sobre una pendiente, y no hacía mucho que se había partido una viga maestra, y asomaba rota sobre la pizarra. Recalaron en otra aldea a la que había llegado el maestro cegado por una ilusión excursionista. Leyó aquel hombre en algún sitio que el lugar tenía un monasterio artístico y que había una carretera por la que a veces se acercaban los turistas. Le bastaron unas semanas de estar allí para hundirse en la desolación. La carretera de la guía no alcanzaba a entrar en el pueblo, el monasterio era un montón de escombros y los turistas se quedaban en un balneario que estaba a una legua del pueblo. La escuela que se encontró aquel desventurado no tenía ni casa ni habitación para el maestro, de manera que su cama y las maletas con las ropas y las cosas que se había traído ocupaban una parte del aula. La clase era una sala de techo bajo y paredes renegridas. Delante de su única ventana orientada al sol naciente se levantaba un enorme castaño que le quitaba al aula la luz del día. Todos los cristales estaban rotos. Con unos silabarios gastados y manoseados y el método de caligrafía de Iturzaeta, escrito en el siglo diecinueve, el maestro impartía penosamente sus clases. Pero a pesar de todo eso, quiso demostrarle al abuelo el provecho que de sus lecciones sacaban los chicos. Lee en voz alta, Juanillo. En América usan locomotoras de vapor. Muy bien, Juanillo. Y ahora responde a una pregunta que va a hacerte este anciano. ¿Qué es una locomotora, chico? No lo sé, señor.
Pasaron por brañas donde pastaba el ganado en verano y por pueblos de casones hidalgos en ruinas. Municipios de plaza con fuente de tres, siete, doce caños, a los que se entraba por el arco de una muralla caída. Peñas envueltas en niebla, donde la piedra se convertía en médula. Villas colgadas en altozanos, con escuelas que llevaban años cerradas porque no llegaba el maestro, y otras con maestros sin titulación y que no enseñaban otra cosa que alguna oración del padre Ripalda. Hubo un arrabal al que el maestro había viajado en carro y era la primera vez que en aquel sitio veían un carro.
La República ha empezado a hacer escuelas, señor; pero son decenas de miles las que le hacen falta a este país. Otro maestro le contó al abuelo que llevaba años pidiéndole a los inspectores un mapa de España para ponerlo en el aula, y nunca le llegaba. En una aldea situada al borde de unos peñascales, el abuelo y el chico preguntaron por la escuela, y una mujer les indicó que para dar con ella se guiaran siguiendo los gritos de los niños y los gemidos de desesperación del maestro. Ahora, que le está bien empleado, añadió la mujer; porque un maestro es la cosa más inútil que puede haber en un pueblo: se pasa el día leyendo y esperando el correo. Y en una cabeza de partido, el secretario del ayuntamiento le explicó al anciano que instruir al pueblo era soliviantarlo. Aquí no necesitan saber escribir más que mi hijo y el del señor alcalde. En otra ocasión, al abuelo se le ocurrió señalar las malas condiciones en que se hallaba un colegio. Pero si usted les diera una escuela de lujo a estos niños, repuso el maestro, explíqueme cómo iban a conformarse luego, cómo iban a acostumbrarse a vivir los chicos en sus casas. Aquel maestro era un hombre octogenario y casi ciego, que llevaba más de medio siglo en la escuela.
Durante esos viajes, también encontraron un pueblo donde unos militantes del partido socialista habían abierto una escuela para los hijos de los obreros, y antes de empezar la clase cantaban la Internacional y la Marsellesa. Y en un anejo de una sierra, una maestra les detalló que cuando los niños se quedaban muy quietos y callados durante la clase no era porque estuviesen concentrados en la lección, sino porque no tenían fuerzas para atender. La fuerza les falta porque se alimentan mal, pero esto se curaría si sus padres cobraran mejores jornales. Entre aquellos hierbazales, los chicos más ingeniosos a menudo estaban a un dedo de ser tenidos por los tontos del pueblo, y muchas veces ni el maestro les tomaba en serio. Velasco Flaínez, le dijo un día su abuelo, nunca voy a olvidar la gran lección que durante todo este tiempo nos ha dado el paisaje: cuanto más pintoresco es un lugar, en peores condiciones está su escuela.
Se ahogó el abuelo siendo Velasco Flaínez un muchacho. Quiso atrapar una cerceta para echarla al fuego, un macho con la lista del ojo bien blanca y larga; pero el pato alzó el vuelo antes de que el viejo lo alcanzase. El abuelo siguió corriendo, dio un traspié, anduvo levemente sobre la corriente del río hasta que enseguida se hundió, y su respiración se convirtió en un racimo de burbujas. Su única mano se le había quedado presa entre las piedras del fondo, y ya no asomó la cabeza por el agua. Le esperó su nieto toda aquella noche en que no hubo luna, ni ruido de lobos, y cuando empezó a salir el sol comprendió que se había quedado solo. Hay dos tipos de soledad, Velasco Flaínez, la soledad del mundo y la soledad de uno. La soledad del mundo está en las cosas, en las rocas, en las montañas, dentro de los pozos; pero cuando un hombre se queda solo el mundo no se entera. Recuerda bien esto que voy a explicarte, Velasco Flaínez, ya que alguna vez te hará falta saberlo. Si te quedas quieto, el mundo te come y te caga convertido en una piedra del camino, o en una montaña, eso depende de las aspiraciones que cada uno tenga. Solo vive quien anda. Con los pies se vive, con las manos se piensa. No dejes que se te enganchen los pinchos, las zarzas, las plantas de espinos en los pies, porque es así como la soledad del mundo va a querer atraparte. El día que te deje solo, Velasco Flaínez, ponte a andar y no pares.
Has de saber que hay un Velasco tío tuyo en unos montes que llaman sierra de la Culebra. A poco que puedas, ve a verle y dile quién eres, pues la familia debe conocerse como los ríos buscan a los ríos. Se llega a los montes donde vive tu tío después de andar unos días con sus noches. Mira allí lejos aquel río, que se llama Esla, y que verás que ni es muy grande ni muy pequeño. Marcha todo el rato de su lado siguiendo su corriente. Pero nunca lo cruces. Y si te apartaras de él, vuelve siempre hacia donde se pone el sol. Las veces en que te sientas triste date aliento con esta canción: Velasco Flaínez, Velasco Flaínez, cuando andes vigila tus calcetines; eres lo que vales, que no te sujeten en los zarzales; las espinas, los pinchos, los palos de punta, llevar compañía es para bestias de yunta; los cardos, el majoleto, todo eso ha nacido para tenerte quieto; por la orilla de ortigas tira adelante, catarás las migas del caminante; pregunta al pastor y te dará la respuesta, no se va por el mundo sin subir su cuesta.
Cantó Velasco Flaínez esta copla por caminos, trochas, senderos, mochas, con su mechón bañándole la frente como una manada de caballos negros. Durmió bajo la sombra de la carrasca y bebió arrodillado en el hule verde de los regatos. Con la rama de un avellano se talló una vara para que le acompañara en el viaje y se cargó al hombro su zurrón sacado del pellejo de una loba vieja. Las aves nocturnas guardaron el fuego de su sueño.
Una noche le despertó el lamento de un cárabo, que provenía de lo más profundo del bosque, y se dirigió hacia allí para mandarle al animal que se callara; pero a las aves la naturaleza no les ha dibujado orejas, aunque los búhos parezcan tenerlas, así que el cárabo observó a Velasco Flaínez con su cabeza de fraile como si no le hubiera oído y continuó columpiándose igual que un tentetieso. Espantó al ave de una pedrada y, cuando quiso encontrar su vuelo para tirarle otra lastra, el muchacho distinguió un relumbrar que parecía el de una casa.
Era una cabaña de madera apuntalada contra un álamo. La luz de un candil bailaba como una mora cautiva detrás de su ventana, pero solo el humo de la chimenea conseguía escapar de aquella choza. Sin levantar la vista de la escopeta, que estaba limpiando sentado en un tocón, un hombre gordo, con las orejas y la nariz azuladas, cubierto por un hábito negro, alzó una mano y le hizo señas al muchacho para que pasase. Llevaba el sayal sujeto por un cordón del que colgaba una cruz en forma de T mayúscula, y un alfiler de un santo engarzado en el pecho. Por los bajos le asomaban unos pantalones sucios y unas alpargatas astrosas. Los ojos los tenía cuajados de legañas.
Chico, no te quedes ahí afuera, y si vas a quedarte afuera pilla y vete, pero aparta tus morros del ventano.
Velasco Flaínez empujó con prudencia la puerta, que, no obstante, se abrió dando un golpe que hizo temblar los pocos matorrales de aquel claro del bosque.
Di que sí, hijo, échame el cortijo abajo.
Cerró el muchacho con cuidado, y ahora le pareció muy pesada la puerta y no entendió cómo antes había podido abrirla tan ligeramente. Le sacudió el empalagoso olor de la nafta con que el hombre daba lustre a su arma.
¿Has cenado, chico?
Negó con un gesto Velasco Flaínez.
Yo tampoco. Es lo peor que hay, echarse a dormir con la barriga llena.
Pero usted parece tenerla bien cumplida.
El hombre montó la escopeta, encañonó al chaval y disparó muy cerca de él.
El siguiente te lo meto en las tripas para que tú también tengas algo dentro. Siéntate al lado del fuego, y aparta las manos de la cayada, dijo el hombre entreviendo al muchacho tras sus ojos sellados.
Escupió sobre el cerrojo del arma, y siguió restregándolo con el trapo mojado. Era un paño verde, el gorro de algún legionario.
Llevo dos años viviendo solo en esta cabaña, y aún he de pasar otro más. Le hice esta promesa a san Antonio Abad, que ayuda mucho a quien se lo pide. Si me libraba de las visiones, me retiraba tres años entre las bestias del campo. ¿Tú también viajas por alguna promesa?
Velasco Flaínez extendió despacio los dedos para agarrar su mochila, pero los encogió muy rápido cuando el penitente levantó la culata de la escopeta e hizo el amago de machacarle la mano.
¿Qué llevas en la bolsa? Contesta, hijo.
Quería coger un pedazo de queso.
Has de saber que no es posible ni comer ni dormir en esta choza, pues forma parte de la penitencia que me he impuesto. Si quieres menear el bigote, sal al bosque. Enseguida iré yo, y cuando acabes de cenar haremos una hoguera, le rezaremos a san Antonio, y nos echaremos al amparo de las estrellas. ¿Conoces alguna oración?
Se encogió de hombros el muchacho, tomó su macuto y su vara de caminante, y salió a la oscuridad del campo. Al rato, le arañó en el cogote el tubo frío de la escopeta.
Repite conmigo, hijo: Dios Padre Misericordioso.
Dios Padre Misericordioso.
Tú que le concediste a san Antonio Abad.
Tú que le concediste a san Antonio Abad.
La gracia de saber dominarse…
Velasco Flaínez se tragó el queso sin acabar de masticarlo y repitió tres veces seguidas la oración que le iba apuntando el disciplinante. Cuando terminaron el responsorio lo rubricaron con un padrenuestro.
Ya lo sabes, chico, si buscas milagros, no tienes más que mirar lo que hace el santo, y verás la muerte y el dolor desterrados, verás huir de los cementerios a la miseria y al demonio, verás que se curan los apestados y sanan los enfermos. Yo fui un enfermo, y me curé por intervención de san Antonio. ¿De dónde vienes?
De la parte de Saldaña, señor. De donde era Bernardo del Carpio.
¿Ese quién es? ¿Un galán del cine?
No. Un caballero que sale en todos los romances de aquellas tierras.
Entonces, Velasco Flaínez entonó unos versos en voz baja: con el conde Sancho Díaz, que era conde de Saldaña, de gran linaje y valía.
Yo no sé coplas de viejas.
Rebuscó el penitente bajo su hábito, y sacó una cuchara de palo, pringosa y roída, y la alzó a la luz de la luna llena.
¿Ves esto, hijo? ¿Ves lo que hay dentro de la cuchara?
No parece que tenga más que un montón de costra pegado.
Se encendió el hombre y le estampó al muchacho la cuchara en la cabeza, que retumbó como una campana. Cayó de culo, con la vista turbia, y mientras se frotaba la cabellera manchada de sangre percibió entre neblinas de dolor los gritos de aquel tipo.
¡Judío, hereje! ¡En esta cuchara se ha aparecido el Sagrado Corazón de Jesús!
Se la plantó al chaval ante los labios.
Anda, bésala, que a punto has estado de hacerla trizas.
En el momento en que Velasco Flaínez puso su boca en trompetilla para besar aquella madera, el penitente la apartó, y cogiendo impulso se la estrelló en los dientes, que quedaron también bañados en sangre.
¿A qué desgraciado se le ocurre que va a poder besar el Sagrado Corazón con la misma boca que lo ha mancillado? ¡Sal de aquí, hijo de mil demonios! ¡Vete de este sitio y no se te ocurra volver!
Entre los puntapiés que aquel hombre empezó a darle en la espalda y en las costillas, recogió el muchacho su vara y su zurrón, y con un zumbido en los oídos, como si tuviese en la cabeza una nube de moscas, dejó atrás aquel calvero.
Una vez que Velasco Flaínez consideró que se encontraba lo bastante lejos de la casa, se tumbó al cobijo de un roble y durmió igual que un lobezno cansado.
Madrugó al día siguiente, y se metió por vericuetos pedregosos, remontó vargas abruptas, riscos ensartados de grietas por donde los chopos asomaban sus ramas como fantasmas de leña. A lo lejos divisó las interminables llanadas, y enderezó sus pies rumbo a un grupo de casas que habían formado un pueblo solitario. Un aguilucho le siguió los pasos desde el aire.
También había llegado a aquellos casares un teatro de carpa, con una compañía lírica que interpretaba fragmentos famosos de zarzuelas, y un mago con chaqué negro y turbante que adivinaba el pensamiento. Frente al público, con los ojos vendados, el profesor Barandiarán reconocía los objetos que una ayudante tomaba de los asistentes, y con acento catalán respondía a las preguntas de la gente.
¿Me casaré pronto?
¡No con ese aspecto, caballero!
¡Tengo muchos problemas pequeños, profesor!
¿Ha probado usted con una friega?
Profesor, una bella dama del público me acaba de entregar un objeto en prenda.
¡Un pañuelo!
Profesor, ¿cuántos dedos ha levantado este niño a la vez?
¡Tres!
¿Y cuántos levanta este hombre con ahínco?
¡Cinco!
¿Y cuántos alza este caballero, que viene de comer arroz?
¡Doz!
¿Y este anciano que siempre se mueve?
¡Nueve!
Profesor, un caballero acaba de lanzar al aire una moneda, ¿qué ha salido?
¿Cara?
¡Concéntrese, profesor!
¡Cruz! Atención, que ahora una muchacha voluntaria se ponga en pie. ¿Ya está? ¡Magnífico! Por favor, señorita, piense un número de dos cifras entre el uno y el cincuenta, pero ambas cifras tienen que ser impares y distintas. ¿Lo tiene ya? ¿Me permite que intente adivinar? Probablemente el número que ha pensado sea el treinta y siete.
Y a la actuación del profesor Barandiarán seguía el coro de la compañía lírica, que interpretaba la escena de las zíngaras de la Traviata: Somos gitanillas, y venimos de muy lejos. En la mano de la gente leemos el futuro. Si preguntamos a los astros nada nos es oscuro. Y lo que nos reserva el avenirlo podemos predecir… Remataba las atracciones de aquel espectáculo el pedómano, de bigotes rizados, que tocaba canciones con sus pedos, apagaba velas a tres pasos de distancia y ejecutaba melodías sosteniendo un flautín en el culo: el formidable Jean Ventosa.
El público palmeaba aquella tarde al compás del himno de Riego, que el pedómano reservaba como traca final. No conocía la gente la letra oficial del himno de la República, así que por todas partes se coreaban las coplas populares que las turbas partidarias de la República, y también las contrarias, adaptaban a esa melodía.
Era una aldehuela de labradores y pastores, con una iglesia, pero sin ninguna escuela. Unos vecinos habían recalzado una herrería que estaba a punto de caerse y fundaron en ella una Casa del Pueblo, y allí era donde en aquel instante la compañía de los Peregrinos Líricos estaba dando su actuación. Cuando el pedómano concluyó el número, los asistentes se empecinaron en pedirle que tocase otra vez el himno de Riego, pero el artista les contestó que sus intestinos se habían quedado sin viento para sacar más música, y prometió cenar aquella noche cuanto hiciese falta y así ofrecer una representación más prolija al día siguiente. Recalcó con vehemencia que, para ello, era necesario que le proporcionasen todo tipo de chorizos, morcillas, tortas, legumbres y gachas cocinadas por las mujeres del pueblo. Esto encalabrinó a los aldeanos. Primero fueron los más brutos los que se subieron al escenario, y muy pronto les siguieron los otros, y sacaron a la calle al pedómano sujeto de brazos y piernas. Un vecino trajo una silla de su casa y otro una soga, y en medio de la plaza amarraron al artista y le obligaron a tragarse las sobras de las comidas que le llevaron: cuscurros de pan seco, cortezas de queso, mondas de patata, un huevo podrido, una sartén de andrajos revenidos, chirimoyas blanquecinas de hongos, y le pasaban todo esto empujado por el agua de un abrevadero, que le hacían engullir con un embudo.
Come, hombre, come, que mañana vas a tener una buena orquesta.
Tanta asquerosidad le obligaron a tragar, que al final el pedómano lo vomitó todo y se desmayó. Se retiraron los vecinos, y con la caída de la noche cada cual se recogió en su casa todavía dejando escapar alguna risotada. Una vez se quedó solo Jean Ventosa, sin otra melodía que las castañuelas de las ranas y el violín de los grillos, le liberaron de sus ataduras el profesor Barandiarán y una vicetiple adornada con unas plumas en la cabeza, y entre ambos le acostaron inconsciente en una cama de la fonda.
El joven Velasco Flaínez, que presenció maravillado aquel linchamiento, sacó de su zurrón un pito de caña, y tocando el romance de la loba parda abandonó el pueblo con el gusto de haber pasado una tarde entretenida. Anduvo ligero aquella noche, y así pudo llegar a donde quería antes de que saliese el sol. Primero entró en la cabaña con cuidado de no hacer ningún ruido, y miró si el penitente estaba dentro. Pero, tal como le había dicho, pasaba las noches al raso dejando que su sueño lo trenzase el peine de las estrellas. Buscó al hombre entre los arbustos, cerca de la casa, y en cuanto distinguió su cuerpo, su carne respirando, tomó aliento y le arreó con la cayada en la cabeza. Se le escapó al hombre un quejido. Le puso enseguida la mano en el cuello para ver si seguía con vida, y el pulso caliente de aquel ermitaño le dio la respuesta. Rebuscó, bajo el hábito con que cubría su ropa, la cuchara de madera en la que se había aparecido el Sagrado Corazón. Regresó a la cabaña, hizo un manojo con brozas, le pegó fuego con el yesquero y lo lanzó dentro de la casa. Esperó a que las llamas crecieran y se multiplicaran. Cuando la fogarada asomaba por la puerta, Velasco Flaínez arrojó la cuchara a la casa y orientado por las constelaciones puso sus pies rumbo a poniente.