Un santo asesino
Capítulo 9
A la mañana siguiente, Athelstan se despertó muy temprano cuando Cranston aún estaba roncando como un bendito. El fraile tardó un rato en levantarse a pesar de que ya se sentía renovado y descansado. Al oír el sonido de la campana, se levantó y, tomando una toalla del lavamanos de madera, salió al brumoso exterior para dirigirse a la sala de baños del convento. Allí se lavó y se frotó el cuerpo, se vistió, regresó a la cocina de la hospedería, encendió el fuego y calentó un poco de agua para rasurarse.
Después regresó de puntillas al piso de arriba, sacó una muda de ropa y un hábito de sus alforjas y desayunó con las sobras de la cena de la víspera.
Tras lo cual, permaneció un rato arrodillado, rezó el oficio divino con la mente clara y disciplinada y se fue a celebrar la misa en una de las capillas
laterales de la iglesia del convento. Otros sacerdotes estaban haciendo lo mismo, aprovechando el rato de que disponían antes del rezo de laudes. Se quitó
las vestiduras, le dio las gracias a Norberto que había actuado de sacristán y se dirigió al presbiterio detrás del altar mayor donde todavía se aspiraba el dulce aroma de las velas de cera y el incienso. Tal como esperaba, vio, encima de los grandes pilares de madera que daban sobre la alfombra roja, un ataúd con las palabras «Hermano Rogelio obiit 1370»
grabadas en la tapa. Acarició la suave madera de pino del ataúd. Más tarde se celebraría una misa cantada de réquiem y se daría sepultura al cuerpo del hermano Rogelio en la gran cripta que había debajo del presbiterio donde ya descansaban otros miembros difuntos de la comunidad. Athelstan permaneció un rato de pie en aquel lugar mientras otros frailes se acercaban y se arrodillaban en el reclinatorio para orar por el alma de su hermano difunto. Esperó
a que todos se hubieran retirado para ir a rezar el Oficio Divino antes de arrodillarse, no tanto para murmurar una plegaria cuanto para permanecer oculto a los ojos del resto de la comunidad que ya estaba ocupando los sitiales del coro y se disponía a entonar los salmos. Contempló el muro semicircular del ábside que rodeaba la parte posterior del altar y las imágenes de los apóstoles en sus hornacinas. Qué extraño, pensó, Alcuino estaba rezando en aquel presbiterio cuando desapareció y el presbiterio de su parroquia de San Erconwaldo también encerraba un gran misterio.
¡Concéntrate, se dijo, no pienses ahora en San Erconwaldo! Alcuino desapareció cuando estaba rezando en aquel lugar.
«Hubiera tenido que haber doce», había dicho el hermano Rogelio. ¿A qué se habría re-ferido? El fraile estudió el ataúd de madera y volvió a contemplar la pared. Se le acababa de ocurrir una idea.
- ¡Eso es un disparate! -dijo en voz baja, cubriéndose los labios con los dedos de una mano-. ¡Oh, Dios mío! ¡Claro! Naturalmente.
Cruzó los brazos tratando de reprimir su emoción y esperó pacientemente a que terminara el oficio. Cuando los frailes abandonaron el templo para ir a desayunar al refectorio, Athelstan regresó corriendo a la hospedería.
- ¡Sir John! -gritó, entrando precipitadamente-. ¡Cranston, ya habéis dormido bastante!
Oyó un sonoro estallido. El forense estaba bajando ruidosamente cual si fuera un enorme tonel.
- ¡Por los cuernos de Satanás! -rugió-. ¿Es que un pobre representante de la ley no puede dormir tranquilo? -Se frotó el rostro y miró enfurecido a Athelstan-. Habéis descubierto algo, ¿no es cierto, maldito monje?
- Sí, sir John.
Ajustándose los calzones, Cranston entró en la cocina. Athelstan se dio cuenta de que era la primera vez que veía a sir John sin las botas. Con la camisa suelta, los holgados calzones y los pies descalzos, el forense se parecía más que nunca a sus gemelos.
- ¿De qué os reís, maldito monje?
- De nada, sir John. Sentaos, os lo ruego.
- Me muero de hambre.
- Decidle a vuestro estómago que espere.
- ¿Ni siquiera un poquito de hidromiel?
- Con el estómago vacío, mejor que no, sir John. ¿Qué diría lady Matilde?
- ¡Me importa un bledo!
- ¿Queréis que le transmita vuestro comentario?
Cranston se mordió la uña del pulgar.
- Pues entonces un poco de cerveza aguada y os dedicaré toda mi atención. Athelstan se la sirvió y le expuso las conclusiones a las que había llegado en el presbiterio, detrás del altar mayor. El forense le escuchó con interés y le dio unas cariñosas palmadas en el hombro.
- Es justo lo que yo también había pensado. Sopesé la conveniencia de seguir este camino, pero me pareció muy descabellado. Bueno, todo dependerá del padre prior. Tendremos que pedirle permiso.
- Todavía no, sir John. Después de nonas.
Cranston se levantó.
- En tal caso, haré mis abluciones y desayunaré. ¿Me vais a acompañar?
- No, sir John. Mandad decir a la cocina que comeréis por los dos.
Mientras Cranston subía de nuevo al piso de arriba para lavarse y vestirse, Athelstan empezó a estudiar los pergaminos que Fitzwolfe le había entregado la víspera. Encontró
varios patéticos y tristes apuntes que le hicieron recordar vagamente sus propias actividades, a pesar de que el padre Teobaldo no parecía que tuviera mucho sentido de la organización. Era un hombre enfermo y cansado que se
había encargado sobre todo de celebrar funerales, construir un depósito de cadáveres en el cementerio y arreglar los desperfectos del tejado. Al final, el fraile llegó a otro tipo de apuntes: al parecer, el padre Teobaldo había sufrido una caída en el presbiterio y había unas notas referentes a la compra de piedra a un tal A. Q. D. Athelstan estudió la fecha: septiembre de 1363.
Seguían a continuación otros pagos: «Por la colocación de unas baldosas en el presbiterio, 6 libras a A. Q. D.».
Athelstan deslizó las yemas sobre otros apuntes.
- Sí, sí -murmuró-, pero, ¿quién es A. Q. D.?
Se le ocurrió otra idea mientras leía los apuntes hasta llegar al mes de enero de 1364. Estudió los ingresos percibidos por el padre Teobaldo en concepto de estipendios para misas de difuntos, pero no consiguió encontrar el nombre de ninguna joven que hubiera caído enferma y que después hubiera sido asesinada o hubiera desaparecido en misteriosas circunstancias. Apartó el pergamino a un lado y asintió con aire ausente mientras Cranston le decía a gritos que iba en busca de comida. Esperó a que el forense cerrara la puerta a su espalda y entonces se levantó, subió a la cámara del piso de arriba y se tendió en su cama. Sir John tardaría un rato en regresar y él quería revisar los acontecimientos de la víspera en paz.
Algo que había visto y oído le había hecho evocar un confuso recuerdo, pero no lograba identificarlo. Regresó al momento en que había descubierto el cuerpo de Rogelio en el vergel y siguió el curso de todos los acontecimientos del día. Al final, encontró
lo que buscaba y esbozó una sonrisa de asombro. ¡Claro! Bajó a la cocina y examinó de nuevo los apuntes del registro del padre Teobaldo. Se levantó de un salto y empezó a batir palmas como un niño.
- ¡Claro! -murmuró-. ¡Claro! ¡Si se quita eso, todo lo demás se viene abajo!
Estaba tan contento que casi no podía contener su emoción. Decidió salir a dar un largo paseo por el recinto del convento, sorprendiendo con su vigoroso paso y sus joviales saludos a los hermanos legos que estaban cumpliendo sus cotidianas tareas. Bajó a la cuadra y se alegró de ver que Philomel estaba comiendo a costa del convento. El mozo de cuadra, un escuálido hermano lego de la comunidad, le aseguró que tanto su viejo caballo de batalla como la cabalgadura de Cranston estaban siendo debidamente atendidos. Athelstan regresó a la hospedería y encontró a sir John esperándole.
- Os veo muy contento, hermano.
- Estamos haciendo progresos, sir John. Me siento como un rey que estuviera asediando un castillo. Las murallas están empezando a derrumbarse y muy pronto conseguiremos abrir una brecha.
- ¿Y qué hacemos con mi misterio? -rezongó Cranston.
Los ojos de Athelstan se desviaron hacia la pluma y el pergamino.
- Todavía no, sir John. Cada cosa a su tiempo.
El fraile se sentó y, utilizando unas crípticas abreviaciones, empezó a hacer una lista ordenada de sus pensamientos. Cranston se llenó otra jarra de hidromiel, la apuró de un trago, se sentó pesadamente en un escabel y se hundió en unas sombrías cavilaciones. El enfrentamiento con Fitzwolfe y el largo recorrido a través de la ciudad le habían hecho olvidar la furia de lady Matilde, pero ahora estaba volviendo a recordar sus enojadas palabras.
Sabía que la escena de la víspera no sería nada comparada con la cólera de su esposa en caso de que no consiguiera resolver satisfactoriamente aquel asunto. El forense se había despertado después que Athelstan y se había pasado buena parte de la mañana, incluso la sagrada hora del desayuno, preguntándose cuál podría ser la solución al misterio de la cámara escarlata.
No había conseguido hacer el menor progreso y ahora no sabía qué iba a hacer para pagar la apuesta que había aceptado. No puedo reunir mil coronas, pensó con profundo desaliento. Athelstan era más pobre que una rata de iglesia. Solicitar ayuda a los parientes de su mujer hubiera sido una humillación. Por consiguiente, o aceptaba el ofrecimiento de ayuda de Juan de Gante o se convertiría en un miserable que no pagaba sus deudas.
- ¡Por los cuernos de mil diablos! -murmuró, rechinando los dientes mientras miraba enfurecido a Athelstan, perdido en sus propios pensamientos. Posó de golpe la jarra sobre la mesa, salió al exterior y permaneció inmóvil, escuchando el tañido de las campanas del convento.
- No debería estar aquí -musitó-. Debería estar en mi casa, cuidando de mis propios asuntos.
De repente, Athelstan se acercó a él y lo tomó del brazo.
- Vamos, sir John. Cada cosa a su tiempo. Nos queda todavía más de una semana antes de que regresemos al palacio de Savoy. Cranston empezó a tranquilizarse.
- ¿Regresemos? -preguntó esperanzado.
- Por supuesto que sí, sir John. Si vos falláis, yo tengo que estar allí.
Pero, con la ayuda de Dios -añadió el fraile, soltando el brazo del forense y
comprimiéndole cariñosamente el codo-, todo irá bien. Ahora vamos, el prior nos espera. Encontraron a los miembros del Capítulo Interno reunidos en los aposentos del padre Anselmo, en las mismas posiciones en que Athelstan los había visto el primer día. Fray Pedro y fray Niall se mostraban ahora más nerviosos y circunspectos y fray Enrique parecía más sereno mientras que el inquisidor general y fray Eugenio permanecían sentados como si fueran unos perros de caza, mirando enfurecidos a Athelstan y a sir John.
- Otra muerte -dijo Eugenio con voz de falsete-. ¿Qué progresos habéis hecho, Athelstan?
El prior Anselmo descargó un puño sobre la mesa.
- Dejad hablar a nuestro hermano, Eugenio, y tened un poco más de paciencia. Empezaremos con una oración. -El prior se santiguó y los demás se unieron a él en una breve plegaria al Espíritu Santo en demanda de luz y consejo-. Bien -añadió-, vos me pedisteis esta reunión, ¿no es cierto, Athelstan?
- Padre prior, os doy las gracias y doy gracias a mis hermanos por haber accedido a celebrar esta reunión. En primer lugar, fray Enrique, debo deciros que he leído vuestro tratado. Me ha parecido muy lúcido y brillante y difícilmente se podría considerar herético. En segundo lugar, quiero informaros de que Calixto no se cayó en la biblioteca. Lo empujaron y le partieron el cráneo con un candelero. -Athelstan levantó una mano para acallar el torrente de preguntas-. He encontrado el candelero y mi señor forense ha examinado y aceptado las pruebas. En tercer lugar -añadió, haciendo caso omiso de las despectivas sonrisas de los inquisidores-, el hermano Rogelio ha muerto, pero él no se quitó la vida. Le dieron garrote y después lo colocaron de tal forma que pareciera que se había ahorcado. En cuarto lugar, su muerte y las de los demás están relacionadas con los asuntos de este Capítulo, aunque no sé todavía ni el cómo ni el porqué. Ahora os podría pedir a todos, sin excluir al padre prior, que justificarais vuestros movimientos los días en que Bruno, Rogelio y Calixto murieron, pero el convento de los dominicos es una comunidad muy grande que ocupa varios edificios. Tardaríamos una eternidad en establecer los hechos y dudo mucho que tal cosa fuera posible.
- ¿No mencionáis a Alcuino? -preguntó fray Niall cuyo brusco tono de voz traicionaba el melodioso acento gaélico.
- Sí -dijo Eugenio-. ¿Cómo sabemos que Alcuino no es el asesino? A lo mejor, todavía está escondido en algún lugar del convento. A fin de cuentas, Athelstan, vos mismo habéis dicho que el convento es muy grande; tiene rincones y escondrijos prácticamente desconocidos.
- ¡Eso es un disparate! -replicó Anselmo.
- No, padre prior, Eugenio tiene razón -terció Athelstan-. Fray Alcuino aún está aquí, pero muerto.
- ¿Dónde? -preguntaron todos a coro.
- Padre prior, ¿cuándo se celebrará la misa cantada de réquiem por Rogelio?
- Este mediodía. No podemos esperar a mañana. La Iglesia es muy estricta. No se puede celebrar ninguna misa de réquiem en domingo.
- En tal caso, padre prior, insisto en que el entierro tenga lugar el lunes.
- ¿Por qué?
- Porque quiero que se abra la cripta de debajo del presbiterio y se saque el ataúd de Bruno. Cuando lo abramos, encontraremos a fray Alcuino.
- ¡Eso es un sacrilegio! -gritó el inquisidor general-. ¡Una profanación!
Estáis pisando un terreno muy peligroso, Athelstan.
- El sacrilegio, mi estimado inquisidor, es una cuestión de voluntad, lo mismo que el pecado. No tengo la menor intención de ofender a fray Bruno, que en paz descanse. Athelstan apeló al padre prior-. Vos me habéis mandado llamar para que descubra la verdad y resuelva un terrible misterio.
El ataúd de fray Bruno se tiene que abrir.
- ¡Protestamos! -gritaron los inquisidores a coro.
El prior volvió a descargar un puño sobre la mesa.
- No veo ninguna objeción a los deseos de fray Athelstan. Estas cuestiones se tienen que resolver. Si estáis equivocado, hermano, nada se habrá perdido en realidad. Pero, si lo que decís es cierto, entonces es posible que se pueda hacer algún progreso. El padre Anselmo tomó una campanilla y la hizo sonar.
Entró un criado y Anselmo le dio instrucciones en voz baja.
El hombre le miró con escandalizada expresión de asombro.
- Haz lo que te digo -le ordenó el prior-. Díselo al hermano Norberto y busca a otros dos. Hazles jurar que guardarán silencio y cumple mis instrucciones. En cuanto el criado se retiró, Anselmo miró a su alrededor.
- ¿Hay alguna otra cuestión, Athelstan?
- Sí, padre, pero sir John y yo tenemos que hablar a solas con vos.
- ¿Por qué? -preguntó Guillermo de Conches-. En mi calidad de inquisidor general, exijo estar presente.
- ¡Me importa un bledo lo que digáis, buen hombre! Este es un convento inglés, por más que esté sujeto al Derecho Canónico. Sin embargo, la Corona tiene jurisdicción sobre él y yo, como principal representante legal del rey en esta ciudad, exijo entrevistarme a solas con el prior.
- Concedido -se apresuró a decir Anselmo-. Hermanos, volveremos a reunimos en el presbiterio.
Athelstan esperó a que se cerrara la puerta a su espalda, dejando en el interior de la sala a los demás miembros del Capítulo.
- ¿De qué se trata, hermano?
- Padre prior, me fascina el nombre de Hildegarda. ¿Qué miembro de este convento podría explicar la procedencia de semejante nombre?
- No es un nombre inglés -dijo Cranston, interrumpiéndole-. Yo veo muchas listas de miembros de jurados y contribuyentes. Hildegarda es un nombre alemán. El prior se frotó los ojos.
- ¿Quién creéis que puede ser, Athelstan?
- No lo sé. Tal vez una abadesa o una santa.
- No conozco ninguna devoción a una persona de este nombre. Pero tenemos entre nosotros a un anciano muy docto, fray Pablo. ¿Le recordáis, Athelstan? Ahora está enfermo y casi ciego y no se puede levantar de la cama. Se pasa casi todo el día en la enfermería. Pero venid conmigo, tiene la mente muy clara y, a lo mejor, podremos conseguir que haga memoria. El prior rodeó con ellos el jardín del claustro y los tres cruzaron una puertecita lateral y salieron a un florido vergel, más allá del cual se encontraba el edificio de planta y primer piso de la enfermería del convento. En el lugar se aspiraba el dulce aroma de hierbas machacadas, jabón y almidón, aunque también el amargo olor de ciertos brebajes. El enfermero los acompañó a una alargada estancia del piso de arriba con una hilera de camas a cada lado, todas ellas protegidas con cortinas para preservar la intimidad.
Anselmo le dijo unas palabras en voz baja al enfermero y éste le indicó una cortina blanca ribeteada de verde que colgaba de una reluciente barra de latón al fondo de la sala.
- Allí encontraréis a fray Pablo. Está de buen humor. Más tarde le permitirán sentarse un rato en el jardín.
Anselmo, seguido de Athelstan y Cranston, avanzó por el reluciente suelo impecablemente limpio. El prior apartó la cortina y apareció un
anciano con la cabeza apoyada en un travesero. El cabello que le rodeaba la tonsura era blanco como la nieve y en su demacrado rostro de pronunciados pómulos destacaban unos ojos antaño brillantes, pero ahora cubiertos por un lechoso velo.
- ¿Quiénes? -preguntó una voz sorprendentemente fuerte.
- Soy el prior. Vengo con dos amigos, sir John Cranston y el joven Athelstan. Cranston le dio un amable codazo a su compañero.
- ¡El joven Athelstan! -susurró, imitando la voz del prior.
- Os conozco, Cranston -dijo fray Pablo, volviendo la cabeza-. He trabajado mucho en Newgate, en las prisiones de Fleet y de Marshalsea, oyendo las confesiones de los condenados. ¿Sabéis que siempre os llamaban malnacido? -El anciano fraile esbozó una desdentada sonrisa-.
¡Pero un malnacido justo e incluso misericordioso, que conste!
Cranston se abrió paso entre sus acompañantes y se agachó junto a la cama.
- Vaya si me acuerdo de vos -dijo en un susurro-. Sois el fraile que siempre insistía en que se revisaran los casos. Salvasteis a muchos de la soga del verdugo. El anciano soltó una carcajada y extendió la mano para apoyarla en el hombro de sir John.
- Estáis tan delgado como siempre, sir John. -Fray Pablo apartó la mano-. Athelstan,
¿dónde estás, joven bribonzuelo?
Athelstan tomó la huesuda mano del anciano surcada por nudosas venas y se le llenaron los ojos de lágrimas, pues le recordaba muy bien. Fray Pablo ya era viejo cuando él era un novicio, pero un viejo fuerte y vigoroso, dueño de un cerebro privilegiado y una lengua más afilada que una navaja.
Era el maestro de filosofía y teología y de las disciplinas del cuadrivio; aritmética, música, geometría y astronomía.
- Todavía estudiando los astros, ¿no es cierto, hermano?
Athelstan dio unas palmadas a la mano del viejo.
- Siempre os recuerdo citando los salmos, padre Pablo: «¿Quién conoce los caminos del Señor? Como los cielos y sus lumbreras se elevan por encima de la tierra, así son sus caminos sobre nosotros».
- La cita no es correcta -replicó el anciano fraile-. Siempre fuiste un soñador. Pero bueno, ¿qué deseas de mí, de un viejo enfermo como yo?
- ¿Significa algo para vos el nombre de Hildegarda?
Fray Pablo soltó una sonora carcajada.
- ¿Has venido aquí para desenterrar los pecados de mi juventud? -
replicó, volviendo la cabeza hacia el lugar de donde procedía la voz de Athelstan-. He perdido la vista, Athelstan, pero conservo la memoria.
Hildegarda es un nombre de mujer. Recuerdo tus ojos oscuros y tu tierno corazón. ¿Recuerdas lo que te dije sobre el amor? ¿Y sobre lo terrible que puede ser para un sacerdote el hecho de conocer a una persona y amarla realmente? -El anciano fraile apartó el rostro mientras se rascaba las mejillas con sus huesudos dedos-. Una vez conocí a una mujer llamada Hildegarda. Tenía cara de ángel y un corazón tan perverso como el pecado.
-Fray Pablo volvió a reírse-. Pero supongo que ésa no es la Hildegarda a la que estáis buscando. Vosotros estáis buscando a una alema-na, una abadesa que vivió ¿cuándo?, hace unos ciento veinte o unos ciento cincuenta años.
Hizo una pausa y elevó los ojos al techo.
- ¿Qué más podéis decirnos? -le preguntó el prior.
El anciano sacudió la cabeza con aire cansado.
- Yo no puedo deciros nada, padre prior, pero la biblioteca sí os lo podrá decir. Sí, buscad en la biblioteca. -Fray Pablo levantó la mano-. A lo largo de los años -añadió en un susurro-, he conocido el nombre, pero no os puedo decir por qué razón. Athelstan tomó su mano y se la comprimió suavemente.
- Gracias, fray Pablo.
El anciano tiró de su muñeca.
- Que el Señor te guarde, te muestre su rostro y te mire benignamente.
Que Él te bendiga y te proteja todos los días de tu vida. Cuando el anciano retiró la mano, los tres abandonaron en silencio la enfermería. Athelstan comprendió con un cierto remordimiento lo mucho que le debía a aquel hombre y, sin embargo, hasta qué extremo había olvidado su vida en el convento de los dominicos. Fuera, en el jardín, Cranston se acercó a un rosal florido para aspirar su fragancia. Athelstan asió el brazo de su superior y le susurró unas apremiantes palabras al oído.
- Padre, ahora tenemos varios nexos: Calixto y Alcuino estaban unidos por el nombre de Hildegarda. Calixto murió en la biblioteca, no a causa de una caída sino de un golpe propinado con un candelero. En pocas palabras, creo que Calixto estaba buscando algún libro u opúsculo relacionado con esa Hildegarda. -Athelstan hizo una pausa-. Padre, creo que el nombre de Hildegarda es la raíz de todos los asesinatos perpetrados aquí. El padre prior respiró hondo y elevó los ojos a la azul inmensidad del cielo.
- Veo los nexos, fray Athelstan, pero ¿qué tiene que ver el nombre de Hildegarda con la reunión del Capítulo Interno? Vos habéis visto nuestra biblioteca, hermano -añadió, levantando las manos con gesto exasperado-.
Estantes y más estantes de libros, algunos de ellos de trescientas a cuatrocientas páginas. Se podría pasar uno toda la vida buscando. ¿Y cómo sabemos que el asesino no ha encontrado ya lo que Calixto estaba buscando?
- Puede que lo haya encontrado, pero seamos optimistas. Si no lo ha encontrado, lo tenemos controlado. Si alguien rebuscara entre los libros, nos enteraríamos. Cranston se reunió con ellos, sosteniendo entre sus dedos una rosa bañada de rocío.
- He oído lo que habéis dicho, padre prior, pero permitid que el viejo sir John aplique el cuchillo de la lógica. Calixto estaba subido al peldaño más alto de la escalera de mano, ¿verdad? -preguntó, respirando afanosamente-.
Lo cual significa que estaba buscando un libro en la estantería superior.
Sabemos más o menos dónde estaba colocada la escalera. -Cranston proyectó la voluminosa panza hacia afuera-. Por consiguiente -añadió, imitando la voz de Athelstan-, la conclusión es evidente. Es posible que Calixto hubiera descubierto algo sobre esta famosa Hildegarda en uno de los libros. Pero ahora no podemos pasarnos el rato en la biblioteca, pues con ello alarmaríamos a nuestra presa. Sin embargo, podemos utilizar a este amable hermano lego que me proporciona el hidromiel, ¿cómo se llama?
- Norberto.
- Sí, lo utilizaremos a él.
El prior se mostró de acuerdo y los tres regresaron al edificio principal del convento, donde Anselmo ordenó a un criado que fuera en busca de Norberto y le dijera que se reuniera con ellos en la biblioteca. El escritorio y la biblioteca estaban prácticamente desiertos y los pocos monjes que allí trabajaban se retiraron en silencio a petición del prior. El hermano Norberto, casi sin resuello a causa de la carrera, no tardó en reunirse con el-los.
Athelstan tomó al joven hermano lego del brazo, lo acompañó al lugar donde habían encontrado el cuerpo sin vida de fray Calixto y levantó la vista hacia los estantes superiores.
- Norberto, cuando terminemos nuestros rezos en la capilla, quiero que empieces a sacar todos los libros de los tres estantes de arriba. -Se los señaló con la mano-. Y quiero que los lleves, uno a uno en caso necesario, a la hospedería sin que nadie te vea. ¿Has comprendido?
El joven hermano lego asintió con la cabeza. Athelstan se frotó las manos.
- ¡Muy bien! -dijo, dirigiéndose a sus acompañantes-. Estoy seguro de que el hermano Norberto sabrá mantener la boca cerrada. Y ahora, vamos.
Nuestros hermanos ya estarán empezando a impacientarse en la iglesia.
Athelstan tenía razón. Los restantes miembros del Capítulo Interno estaban sentados en los sitiales del presbiterio murmurando entre sí mientras, detrás del altar mayor, un sudoroso hermano lego con el rostro congestionado a causa del esfuerzo, estaba levantando las baldosas que cubrían la bóveda de la cripta. Norberto se incorporó a la tarea mientras el padre prior hacía comentarios intrascendentes hasta que uno de los hermanos legos, completamente empapado de sudor, anunció:
- ¡Ya está todo listo, padre prior!
Athelstan, Cranston y el resto de los frailes rodearon el altar mayor. El féretro de Rogelio había sido apartado a un lado; la alfombra roja estaba enrollada y las baldosas se habían levantado al igual que las vigas de madera de roble que había debajo, por lo que la cripta ya estaba abierta. El hermano Norberto y sus compañeros tomaron dos escaleras de mano y bajaron cuidadosamente a la cripta. El padre prior pasó una vela entre los presentes. Cranston miró hacia abajo y se estremeció. Vislumbró vagamente unos ataúdes y comprendió que la cripta era un inmenso panteón. Se arrojaron unas cuerdas.
- ¡Hemos encontrado el ataúd de Bruno! -dijo la voz de Norberto, resonando espectralmente como si hablara desde el fondo de un abismo. Se oyó un ruido como de algo que resbalara, un ligero crujido y unos reniegos en voz baja. Norberto y un hermano lego emergieron a la superficie, arrojando primero la cuerda antes de trepar de nuevo por ella hasta el presbiterio.
- Ahora tenemos el ataúd de fray Bruno directamente debajo de nosotros
-dijo Norberto entre jadeos-. Pero necesitamos ayuda. ¡Pesa mucho!
Obedeciendo la orden del prior, todos los presentes, incluso Cranston y Athelstan, empezaron a tirar de las cuerdas. La tarea planteó muchas dificultades, pues el ataúd de madera de pino pesaba tanto como si fuera de plomo.
- Es más fácil bajar un ataúd que subirlo, de eso no cabe duda -dijo el prior casi sin respiración-. Pero ¿quién nos hubiera dicho que alguna vez tendríamos que subir un ataúd?
Todos tiraron de las cuerdas, pero el peso era tan grande que, al final, el padre prior reconoció a regañadientes que necesitaban refuerzos. Soltaron nuevamente las cuerdas y Norberto fue enviado en busca de más ayuda.
- Da lo mismo -dijo el padre prior, encogiéndose de hombros-. El resto de la comunidad acabaría enterándose de todos modos. Norberto regresó con los refuerzos y el padre prior ordenó a los nuevos ayudantes que mantuvieran la boca cerrada. Esta vez otros bajaron a la cripta y, al final, el pesado ataúd de madera de pino fue sacado de la cripta y colocado a un lado del presbiterio. El padre prior dio las gracias a todo el mundo y mandó retirarse a los hermanos legos excepto al hermano Norberto. A Athelstan le dolían los brazos y los hombros y Cranston tenía el rostro tan congestionado como una ciruela y el cuello completamente empapado en sudor.
- Ojalá tuviera a mano una copa de vino blanco -musitó-. ¡Por los dientes de Satanás, Athelstan! ¡Parece que fray Bruno es más reacio a salir de la tumba que a entrar en ella!
- Razón tiene para ello, sir John.
Sin esperar al padre prior, Athelstan se acercó al féretro y, con la larga daga que le había pedido prestada a Cranston, empezó a hacer palanca con ella para levantar la tapa. Un nauseabundo olor a podredumbre empezó a extenderse por el presbiterio mientras todos los presentes emitían murmullos de reproche. El padre prior abrió la boca para protestar, pero Athelstan siguió adelante impertérrito con la ayuda de Cranston, el cual se había envuelto la capa alrededor del cuello para cubrirse la boca y la nariz y no aspirar el intenso hedor de descomposición. El coro de murmullos y protestas siguió arreciando hasta que Cranston, apartándose la capa de la boca rugió enfurecido:
- ¡Si no podéis soportar el olor, quemad un poco de incienso, maldita sea!
El prior se mostró de acuerdo. Alguien sacó unos incensarios, carbón e incienso. Encendieron el carbón y espolvorearon el incienso sobre el carbón encendido. Finalmente se abrió la tapa del ataúd y entonces Athelstan la empujó hacia un lado y experimentó
un acceso de náuseas al aspirar el espantoso olor que, a pesar del perfumado incienso, se estaba extendiendo por el aire del presbiterio como un puñado de tierra sobre la superficie de un estanque de agua clara.
- ¡Oh, Dios mío! -musitó Cranston.
Comprimiéndose la nariz con los dedos, Athelstan regresó y miró por encima de la tapa del ataúd.
- He visto espectáculos terribles -dijo Cranston-, pero creo que…
El cadáver en descomposición de fray Bruno yacía sobre un fino lienzo de gasa, y, colocado boca abajo e hinchado por los gases de la putrefacción, se encontraba el de fray Alcuino. A pesar del hedor y de las aparentes señales de descomposición, Athelstan alargó la mano y rozó suavemente la nuca del asesinado.
- ¡Que el Señor Jesús, hijo de María, tenga piedad de ti y que Dios perdone todos tus pecados!
Athelstan contempló al hombre al que antaño había conocido y con quien había rezado, comido y bebido, ahora brutalmente asesinado y puesto de cualquier manera en un ataúd como si fuera un trapo sucio. Después dio suavemente la vuelta al cadáver, procurando no mirar los ojos abiertos, el rostro negro azulado y la hinchada lengua que asomaba a través de los labios. Empujó hacia abajo el cuello del hábito del difunto y vio la fina línea morada del garrote.
- ¡Dios bendito, padre prior!
Pálido como la cera y con los ojos desorbitados por el horror, Anselmo se había quedado clavado en el suelo. Los demás, incapaces de mirar, se habían retirado hacia el altar, excepto el hermano Norberto.
- Pareces un chico muy fuerte -le dijo el forense-. Rápido, trae un sudario y un ataúd.
¡Corre!
Norberto se retiró a toda prisa y Cranston asumió el mando de la situación, tomando a Athelstan del brazo.
- Vamos, hermano -le dijo dulcemente-. Alejaos de aquí. El padre prior necesita vuestra ayuda. Athelstan apartó los ojos del desfigurado cadáver y se acercó a Anselmo.
- Padre prior -dijo en un susurro, tomando una mano que parecía de hielo-, venid con nosotros, padre. -Lo asió por los hombros y le dio una violenta sacudida-. Aquí no podemos hacer nada.