Un santo asesino
Capítulo 11
Athelstan cerró las puertas de la iglesia y, en compañía de Cranston y, durante una parte del camino, también de su fiel Buenaventura, recorrió las callejuelas de Southwark hasta llegar a la casa del carpintero Raimundo
D'Arques. Su mujer, medio muerta de su-eño, respondió a su impaciente llamada y los acompañó a la cocina. Después se acercó al pie de la escalera y llamó a su esposo. D'Arques bajó envuelto en una bata. Aún no se había afeitado y su rostro estaba marcado por una expresión de profunda inquietud.
- Sir John, fray Athelstan, buenos días os dé Dios.
- Buenos días, maese D'Arques -contestó Cranston.
- ¿Es por algo relacionado con el asunto de la iglesia? -preguntó cautelosamente D'Arques-. Sentaos, os lo ruego -añadió, indicándoles los escabeles que rodeaban la mesa-. Margot -dijo, dirigiéndose a su esposa-, un poco de cerveza para nuestros invitados. Permanecieron sentados en silencio hasta que la mujer depositó unas jarras de cerveza y una cesta de pan sobre la mesa. A pesar de las apariencias, Athelstan intuyó la honda preocupación de los esposos.
- Creo que ya es suficiente -dijo sin más preámbulos-. No he venido aquí para perder el tiempo con juegos, maese D'Arques. Vos sabéis que el esqueleto que se ha encontrado bajo el altar del presbiterio no es el de un mártir. ¿Por qué? Porque vos mismo lo pusisteis allí. Hace aproximadamente quince años, el padre Teobaldo pidió que se pavimentara el presbiterio. Era un cura muy pobre y los ingresos de San Erconwaldo son muy menguados. Por consiguiente, en lugar de contratar a alguien del gremio, contrató a un joven carpintero que también sabía hacer trabajos de albañilería. Aquel carpintero fuisteis vos. -Athelstan hizo una pausa mientras Raimundo se cubría el rostro con las manos y su esposa palidecía intensamente y se comprimía los labios con una mano fuertemente apretada en puño-. Lo sé -añadió Athelstan-porque he visto el registro de la iglesia: pagos a un carpintero llamado Raimundo D'Arques y a un albañil que utilizaba las iniciales A. Q. D., estratagema empleada para eludir las miradas indiscretas del gremio. -Athelstan tomó un sorbo de cerveza-.
Durante las obras del presbiterio y por razones que yo ignoro, vos matasteis a una joven por asfixia o estrangulamiento, y la enterrasteis en un hoyo debajo del altar. Después abandonasteis vuestras actividades como albañil para que jamás se os pudiera acusar del crimen. Os dedicasteis exclusivamente a los trabajos de carpintería y decidisteis no volver a usar jamás vuestra antigua marca, A. Q. D., correspondiente a las letras invertidas de vuestro apellido. El carpintero levantó los ojos y Athelstan se compadeció de su aterrorizada mirada.
- Creísteis que el crimen no sería descubierto o que, si se encontrara el esqueleto, nadie os podría acusar de haberlo cometido. Más tarde os enterasteis de que estaba a punto de llegar un nuevo sacerdote a San Erconwaldo, un dominico que era, al mismo tiempo, secretario de un forense y que, además, quería hacer obras de reforma en la iglesia.
Empezasteis a vigilar estrechamente las actividades que se estaban desarrollando en San Erconwaldo y, cuando yo inicié las obras de reforma, llevasteis a la práctica vuestro plan y os inventasteis el milagro.
- ¿Cómo? -preguntó la esposa, levantando la voz.
Athelstan vio la culpa reflejada en sus ojos.
- ¡Vamos! -dijo Cranston-. La noticia del hallazgo del esqueleto y los rumores de que eran los restos de un santo os fueron muy útiles y, es más, ya estabais preparados para tal posibilidad. Tuvisteis muchos años para preparar, reflexionar y urdir una historia. Ahora bien, cualquier mendigo profesional puede cubrir su cuerpo de horribles llagas y llegar a engañar incluso a un experto médico o boticario, y no digamos al anciano Culpepper. Un ciudadano honrado a carta cabal acude a él con un brazo infectado y él le practica una cura. Esperáis un poco, os laváis el brazo, vais a San Erconwaldo y, oh, prodigio, se produce el milagro.
- ¡Otros se han curado! -replicó la mujer.
- Sí, también lo he tenido en cuenta -dijo Athelstan-. Pero no eran cosas demasiado importantes. La mente humana es muy misteriosa. Muchas veces se han curado dolenci-as -cólicos o infecciones leves-con la ayuda, por supuesto, de las espectaculares afirmaciones de los buscadores profesionales de milagros que se aprovechan de la histeria popular. Os digo, mi señora D'Arques que, si tomara este escabel donde ahora estoy sentado y proclamara que lo había hecho san José, empezarían a circular asombrosas historias sobre los milagros que puede obrar. Mis feligreses -añadió, sacudiendo la cabeza-querían que los huesos fueran los restos de un mártir o un gran santo. Los farsantes vieron en ellos una fuente de beneficios. Los enfermos buscan ávidamente la curación y el alma humana es incansable en su búsqueda de portentos y maravillas. -Athelstan tomó un sorbo de cerveza y apartó a un lado la jarra-. Cuando empecé a reflexionar acerca de lo que había ocurrido, examiné los archivos, y vi el estado del esqueleto y el señor forense me confirmó de qué forma había muerto la mujer, comprendí que ésta había sido víctima de un asesinato. Vuestro marido colocó las baldosas del presbiterio y no tiene nada de extraño que él haya sido el origen de la
historia del milagro. D'Arques levantó la cabeza y tomó la mano de su mujer.
- Estáis en lo cierto, padre. Hace unos quince años yo era un joven carpintero de la parroquia de San Erconwaldo. Apreciaba mucho al anciano padre Teobaldo y, tras su caída en el presbiterio, me ofrecí para hacer unas obras. Compré las piedras y, en un momento de orgullo, grabé la marca «A.
Q. D.» y le dije al padre que se las colocaría sin necesidad de tener que pagar ninguna cuota al gremio. -D'Arques se humedeció los labios con la lengua-. Y después olvidé que había grabado las letras «A. Q. D.» en las piedras. -Raimundo bajó la mirada-. Por aquellas mismas fechas, conocí y me enamore de Margot Twyford, la hija de una de las más poderosas familias de mercaderes del otro lado del río. Pero era joven y la sangre me ardía en las venas. Conocía a una prostituta llamada Amelia de unos dieciocho o diecinueve veranos cuyos servicios utilizaba a menudo. Ella se enteró de que cortejaba a otra y empezó a amenazarme. Me pidió dinero a cambio de su silencio y yo le pagué. Después me pidió más, yo me negué a dárselo y entonces cruzó el río, fue a ver a Margot y se lo contó todo.
- ¡La eché con cajas destempladas! -dijo la esposa de D'Arques con un destello de furia en los ojos-. Le dije que antes preferiría verla arder en el fuego del infierno que renunciar a Raimundo -añadió, curvando los dedos alrededor de los de su esposo.
- Pensé que aquello sería el final -prosiguió diciendo D'Arques-. Sin embargo, un atardecer de un hermoso día estival, ella subió al presbiterio donde yo estaba trabajando y me pidió más monedas de plata. Me negué a dárselas. Me dijo que había ido a ver a Margot y me anunció que al día siguiente cruzaría el río, se lo contaría todo al padre de mi prometida y lo proclamaría a los cuatro vientos para que todos se enteraran. Le supliqué que no lo hiciera, pero ella se burló de mí y me siguió atormentando. -
D'Arques cerró los ojos-. La escena todavía me persigue: Amelia empezó a pasear arriba y abajo contoneando las caderas, con los brazos en jarras y el pintarrajeado rostro contraído en una mueca de odio. Caí de hinojos, padre, y le supliqué que no lo hiciera, pero ella se burló de mí, retrocedió y cayó hacia atrás. Inmediatamente me eche encima.
Llevaba la capa en la mano y le cubrí la boca con ella. Amelia forcejeó, pero yo era joven y fuerte. Apreté la capa contra su boca hasta que ella experimentó una violenta sacudida y se quedó
inmóvil.
- D'Arques tomó un sorbo de su jarra-. Creí que se había desmayado porque estaba muy pálida y tenía los ojos abiertos. ¿Qué podía hacer, padre? No podía salir de San Erconwaldo con un cadáver en brazos. ¿Y por qué me tenían que ahorcar por un asesinato que yo no había tenido la menor intención de cometer? Durante mis trabajos en el santuario, había descubierto debajo del altar un hueco correspondiente a los cimientos de un edificio anterior. Desnudé a Amelia y le puse una cruz de madera entre las manos. D'Arques se frotó el rostro-. El resto ya os lo podéis imaginar. Yo mismo coloqué las baldosas del presbiterio. No lo hice muy bien -añadió, mirando con una sonrisa a Athelstan-debido a mi escasa experiencia y a mi afán de terminar cuanto antes la tarea. Después se lo confesé todo a Margot
-dijo, apretando la mano de su esposa-. Nadie echó de menos a Amelia.
Pasó el tiempo, el padre Teobaldo murió y le sucedió ese malnacido de Fitzwolfe. Como no podía soportarlo, me fui a la parroquia de San Swithin.
- Mi esposo no quería matarla -terció súbitamente la mujer-. Ha tratado de reparar el daño haciendo preciosas obras de madera labrada para San Swithin, paga generosos diezmos, socorre a los pobres y ha hecho peregrinaciones a Glastonbury y Wilsingham. Margot miró con los ojos llenos de lágrimas a Athelstan-. ¿Qué más puede hacer? ¿Por qué tiene ahora que someterse a juicio por haber matado a aquella zorra intrigante y malvada? ¡Una mártir! ¡Una santa! -dijo, soltando una carcajada-. Mi esposo obró mal matando a la prostituta y jugando con las esperanzas de vuestros crédulos feligreses, fray Athelstan, pero, cuando se enteró de que ibais a hacer unas obras de reforma en la iglesia, se asustó.
Athelstan se volvió a mirar a Cranston.
- Sir John, creo que maese D'Arques y su esposa dicen la verdad. ¿Qué vamos a hacer ahora?
El forense, que había permanecido sentado escuchando en atento silencio la confesión, esbozó una sonrisa.
- Soy el forense real de la ciudad -contestó-. Mis apreciaciones son siempre buenas y verdaderas. Vos, Raimundo D'Arques, sois culpable del asesinato de la mujer llamada Amelia. Y éste será vuestro castigo. En primer lugar, os presentaréis a los jueces del Tribunal Real y confesaréis el asesinato. -Los duros ojos de Cranston se desplazaron a continuación hacia el pálido y angustiado rostro de la esposa de D'Arques-. Vos fuisteis cómplice una vez cometida la acción. También deberéis expiar vuestra culpa. Si os presentáis y confesáis el delito, yo os juro que se os otorgará el
indulto con la firma real. El carpintero y su mujer se tranquilizaron y esbozaron una sonrisa de alivio.
- En segundo lugar -prosiguió diciendo Cranston-, sois culpable de la profanación de una iglesia y del entierro ilegal del cuerpo de Amelia.
Costearéis los gastos de la cristiana sepultura de sus restos, incluyendo el ataúd, la tumba y el oficio religioso. Pagaréis también los estipendios de un capellán para que celebre misas cantadas por el eterno descanso de su alma.
Finalmente, habéis causado graves molestias y trastornos no sólo al padre Athelstan sino también a los feligreses de San Erconwaldo. Vos, Raimundo D'Arques, sois carpintero de oficio y deberéis cumplir la siguiente condena: labraréis una imagen de un metro de altura de San Erconwaldo en la mejor madera que encontréis y pagaréis los costes de su colocación en una peana del nuevo presbiterio. ¿Estáis de acuerdo, fray Athelstan?
El fraile se levantó.
- Se ha hecho justicia -dijo en un susurro. Miró a D'Arques y a su mujer y vio en sus ojos una expresión de inmensa gratitud-. Seguid haciendo buenas obras -les aconsejó-. Amaos mucho el uno al otro. Y una última cosa, buscad a un buen sacerdote, alguien de fuera de Southwark, confesadle vuestra acción, decidle las reparaciones que habéis hecho y él os dará la absolución. -Dando una palmada al hombro de sir John, añadió-. Ya hemos terminado nuestro trabajo aquí, mi señor forense.
Abandonaron la casa y regresaron cruzando las ya bulliciosas callejuelas de Southwark.
- Habéis obrado con muy buen criterio, sir John.
- Ya han pagado bastante -replicó el forense, mirando a su alrededor-.
¿Adónde vamos, hermano?
- A casa de Benedicta. Ya habrá recibido el mensaje que le envié a través de Crim. Athelstan se encogió de hombros-. Es lo menos que puedo hacer. Encontraron a Benedicta, pálida y con los ojos enrojecidos, inclinada sobre la mesa, contemplando la carta que Athelstan le había enviado. La viuda los saludó con una leve sonrisa y se arrebujó en la capa que llevaba.
A pesar de las lágrimas, estaba preciosa con el alborotado cabello negro derramándose sobre sus hombros, pues Crim la había despertado, llamando a su puerta para entregarle el mensaje, explicó.
- Os pido perdón -dijo Athelstan-. No era mi intención despertaros con tan lamentable noticia, pero pensé que, cuanto antes la conocierais, mejor.
- No, no -replicó Benedicta, interrumpiéndole-, estoy en paz. -Se sentó y se cubrió el rostro con las manos-. La espera fue lo peor. -Les indicó unos escabeles-. ¡Sentaos, por el amor de Dios, sir John, y vos también, padre!
¡Estáis aquí de pie como dos guardias que hubieran venido a detenerme!
¿Os apetece un poco de vino?
- No -se apresuró a contestar Athelstan, mirándola con los ojos entornados-. Sir John y yo tenemos un día muy ocupado. -Alargó la mano para rozarle la suya-. Benedicta, creedme que lo siento.
La mujer parpadeó y apartó los ojos.
- No importa, no importa -musitó, mirando con una triste sonrisa a sir John-. Os agradezco vuestra ayuda, mi señor forense. Por mucho que diga este cura tan severo, yo creo que os merecéis una copa del mejor clarete.
Cranston no necesitó que le repitieran dos veces la invitación. Sonrió de oreja a oreja cuando Benedicta regresó de la despensa con una gran copa de dos asas y un plato de estaño lleno a rebosar de tiras de carne de buey cubiertas con una espesa salsa oscura y una guarnición de guisantes. Lo depositó todo delante de sir John y le dio un ligero beso en la mejilla, guiñándole pícaramente el ojo a Athelstan.
- ¡Aquí tenéis, mi señor forense!
Athelstan la miró con rabia mal contenida. A aquel paso, sir John estaría totalmente desmandado cuando finalizara la jornada. Benedicta, poniendo a mal tiempo buena cara, echó la cabeza hacia atrás y subió al piso de arriba.
Athelstan no tuvo más remedio que permanecer sentado, observando cómo Cranston se lo tragaba todo con la misma voracidad de que solía hacer gala Philomel: la carne, la salsa y el vino desaparecieron entre murmullos de
«¡Delicioso!», «¡Qué mujer tan encantadora!», «¡Buena chica!». Para cuando Cranston terminó y empezó a soltar eructos, tras haberse limpiado los labios con una servilleta, Benedicta ya se había vestido y había vuelto a bajar, sosteniendo en la mano el pequeño estuche en el que guardaba sus artículos de tocador. Mientras Athelstan le contaba los pormenores de la visita a la casa de los D'Arques, la viuda aprovechó para limpiarse la cara y aplicarse unos afeites, asintiendo con la cabeza en señal de aprobación.
Athelstan contempló fascinado cómo se aplicaba un ligero carmín en los labios, se oscurecía las pestañas y tomaba una borla de plumón de cisne para empolvarse suavemente la cara mientras le miraba con picardía.
- Los hombres no saben lo mucho que le cuesta a una mujer prepararse cada día.
- En vuestro caso, señora mía -contestó galantemente Cranston-, es algo así como pintar la rosa o dorar la azucena.
Benedicta se inclinó hacia delante, mirándole con fingida inocencia.
- Sir John -le dijo-, sois un auténtico cortesano y caballero. Cranston se sintió tan orgulloso como un pavo real. Estaba en su elemento y no cabía en sí de gozo. Había saboreado unos manjares exquisitos regados por un clarete inmejorable y ahora una bella mujer lo estaba felicitando.
Tamborileó con los dedos sobre su voluminosa panza.
- Si fuera soltero y tuviera diez años menos.
- ¡Habría por ahí mucha más comida y bebida! -dijo agriamente Athelstan, pero sólo obtuvo como respuesta unas traviesas sonrisas no sólo por parte de Benedicta sino también de un cada vez más efusivo sir John.
Benedicta se aplicó un toque final de polvos en las mejillas y Athelstan observó cómo el polvillo se elevaba en el aire.
- ¡Oh, Dios mío! -exclamó en un susurro.
- ¿Qué ocurre?
- Nada, sir John, Benedicta, ¿me prestáis esta borla? Benedicta se la entregó. Sin prestar la menor atención a los jocosos comentarios que ella le estaba haciendo, Athelstan la examinó detenidamente y la estrujó con las manos hasta que el hábito le quedó
cubierto con una fina capa de polvo. Cranston se inclinó hacia delante, arrugando la nariz.
- Tened cuidado cuando salgáis de aquí, hermano. ¡Oléis como un mariquita!
El fraile se disculpó, le devolvió la borla a Benedicta y se levantó para sacudirse el hábito.
- Tenemos que irnos, sir John -le dijo al forense-. Benedicta, no le comentéis a nadie lo que os he dicho, pero haced saber a mis feligreses que mañana celebraré la misa y espero que todos estén presentes. Tengo que hacer un importante anuncio.
- ¿Adonde vais, hermano?
- A mi iglesia, sir John.
Cranston sacudió la cabeza.
- No, por Dios, monje, tenemos cosas que hacer.
- Debo regresar, sir John.
Cranston se levantó, echando el pecho hacia fuera.
- ¿Creéis que, mientras nosotros íbamos y veníamos del convento de los dominicos, la ciudad estaba durmiendo? Anoche hubo una muerte cerca de la taberna de Brokenseld, en la esquina de la calle de la Leche. El cadáver se encuentra actualmente en San Pedro de Chepe y se tiene que celebrar el juicio.
Athelstan soltó un gruñido.
- Venid, hermano -dijo el forense, tomando al fraile del brazo-.
Recojamos nuestros caballos y vayámonos de una vez.
Despidiéndose afectuosamente de Benedicta, Cranston empujó a su malhumorado compañero hacia la puerta y salió con él a las calles de Southwark. Recogieron los caballos en la cuadra de San Erconwaldo y observaron que Philomel se mostraba más terco y remolón que de costumbre, pues llevaba mucho tiempo sin apenas trotar y hacer grandes esfuerzos. Athelstan procuró disimular su desagrado mientras bajaban por el puente. Por su parte, Cranston alimentaba su buen humor bebiendo generosamente de su bota prodigiosa entre regüeldo y regüeldo. Rebosaba de felicidad y no paraba de insultar a los propietarios de los tenderetes en los que ahora se amontonaban toda suerte de fruslerías, cintas, copas, vulgares anillos, piedras falsas, hebillas, amuletos y navajas. Algunos tenderetes vendían carne y pescado, fresco o bien maloliente y medio podrido. Un grupo de pilludos jugaba a la pelota entre los tenderetes. Un ladronzuelo que andaba en busca de fáciles ganancias, al ver a sir John, huyó como una rata por una callejuela. En los cepos que había cerca de la entrada del puente, dos aguadores permanecían de pie sosteniendo por encima de sus cabezas unos cubos de agua agujereados que los viandantes podían llenar con los nauseabundos líquidos de los albañales o los grandes charcos de orines de caballo. Athelstan vio a algunos de sus feligreses: Pike el acequiero, con el zapapico y el azadón echados al hombro y Watkin el recogedor de estiércol, abriéndose paso hacia el río con el carro lleno de putrefactos desperdicios. Cecilia la cortesana, de pie a la entrada de una taberna, desapareció al ver al fraile. Todos estaban cabizbajos y un poco asustados. Athelstan se alegró al pensar que al día siguiente podría resolver de una vez por todas el asunto del misterioso esqueleto. Cruzaron el abarrotado y bullicioso puente, abriéndose paso gracias a la autoridad de Cranston, y subieron por la calle del Puente y la iglesia de la Gracia, pasando por delante de las lujosas mansiones de los banqueros de la calle de los Lombardos hasta llegar al Gallinero. Allí el aire estaba lleno de plumas
y se aspiraba el desagradable olor de las destripadas aves de corral, la carne sumergida en agua y los menudillos quemados o asados en grandes fogatas al aire libre. Hasta Cranston tuvo que dejar de beber y taparse la nariz. Los tenderetes de Mercery eran de más categoría y sus propietarios vestían sobrias, pero costosas túnicas y elegantes camisas, sobrecalzas y botas. Al final, llegaron a Westchepe. Cranston contempló con ansia la taberna del Cordero Sagrado, pero Athelstan estaba firmemente decidido a terminar cuanto antes los asuntos pendientes y regresar a Southwark, pues deseaba concentrarse en una idea que se le había ocurrido en casa de Benedicta.
Ataron los caballos en la barandilla del exterior de San Pedro y entraron en el mohoso y oscuro interior del templo. Un grupo de hombres vigilado por un guardia permanecía de pie a la entrada de la nave alrededor de una mesa, donde yacía un cadáver cubierto por un manchado lienzo de lona de color marrón. Los hombres restregaron los pies por el suelo y murmuraron nerviosamente entre sí al ver entrar majestuosamente a sir John.
- ¡Llegáis tarde! -chilló el rubicundo guardia.
- ¡Cállate! -rugió Cranston-. ¡Soy el forense real y mi tiempo es el mismo del rey!
Vamos a ver qué es lo que hay aquí.
El atemorizado guardia retiró el lienzo. Cranston hizo una mueca y Athelstan arrugó
la nariz al aspirar el acre hedor del cadáver del anciano que yacía sobre la mesa con una terrible herida abierta en la cabeza y el blanco cabello cubierto de negra sangre reseca.
- Su nombre es Juan Bridport -explicó el guardia-. Pasaba por delante de una casa situada entre el callejón de la Miel y la calle de la Leche. -El guardia señaló con el dedo a un hombre de semblante asustado-. Éste es Guillermo de Chabham. Desde su taller situado en el piso superior de su casa se proyectaba una tabla de madera hacia fuera. Es talabartero de oficio y suele secar el cuero en la susodicha tabla. -El guardia miró nerviosamente a Cranston-. En resumen, sir John, la tabla estaba demasiado cargada, resbaló
hacia fuera, cayó y le partió la cabeza a Bridport.
- ¡Ha sido un accidente! -dijo en tono suplicante el talabartero.
- ¿Dónde está la tabla? -preguntó sir John.
El guardia le mostró una gruesa y enorme tabla de madera que había debajo de la mesa. Athelstan, que estaba utilizando la pila bautismal como
escritorio, resumió cuidadosamente todos los detalles en un trozo de pergamino que más tarde le entregaría a sir John.
- Fray Athelstan -dijo Cranston, chasqueando los dedos-, ¿queréis examinar a la víctima y la tabla?
Maldiciendo por lo bajo, Athelstan ordenó que sacaran la tabla. La estudió detenidamente y después examinó la cabeza del difunto.
- ¿Y bien? -preguntó Cranston.
- Mi señor forense, parece que Juan Bridport murió de la forma que se ha descrito. Sir John se sujetó la capa con ambas manos y se irguió en toda su imponente estatura.
- ¡Talabartero! ¿Teníais autorización o licencia para que la tabla se proyectara hacia fuera a través de la ventana?
- No, mi señor forense.
- ¿Conocíais a la víctima?
- No, mi señor forense.
- Señor guardia, ¿es Guillermo de Chabham un hombre de buena reputación?
- Sí, sir John, y ha traído a ésos para que respondan de su buen comportamiento. Cranston se rascó la barbilla.
- En tal caso, considero que no se trata de un asesinato ni homicidio culposo sino de un desdichado accidente. Vos, maese talabartero, pagaréis una multa de diez chelines al Tribunal de Primera Instancia, juraréis no volver a utilizar jamás una tabla semejante y pagaréis cualquier otra indemnización que la ley estime necesaria. El talabartero hizo una mueca, pero no pudo disimular el alivio que sentía.
- ¿Y la tabla, sir John?
- Ésa será multada con cinco chelines y quemada por el verdugo. -
Cranston contempló el cadáver-. ¿Tiene Bridport algún pariente?
- No, sir John. Vivía solo en una casita de la esquina del callejón de la Hiedra.
- En tal caso, sus bienes tendrán que ser confiscados. -Cranston miró con una hipócrita sonrisa al guardia-. Bridport deberá recibir una digna sepultura a expensas de la parroquia. ¿Lo habéis anotado todo, fray Athelstan?
- Sí, mi señor forense.
- ¡Muy bien! -tronó sir John-. ¡Todo está resuelto!
Athelstan le entregó al forense la transcripción de la investigación que se había llevado a cabo en la calle de la Leche, declinó cortésmente la invitación que le hizo Cranston a una copa de vino en la taberna del Cordero Sagrado y regresó a Southwark. Por el camino, se detuvo en un tenderete de la calle de las Tres Agujas para comprar un rollo de un material parecido a una esponja. Al llegar a Cornhill, compró un tarro de polvos para la cara. La anciana que le atendió le miró con una picara sonrisa y le guiñó el ojo.
- Cada cual a lo suyo, ¿verdad, padre?
OceanofPDF.com
Athelstan se tragó el impulso de replicarle con una grosería y bajó con el soñoliento Philomel por la calle de la iglesia de la Gracia hacia el puente.
Después se pasó el resto del día concentrándose en el enigma de la cámara escarlata y tratando de reproducir todos los detalles de la historia mediante el uso de los materiales que había comprado. Cuando la luz empezó a declinar, salió a dar un breve paseo por el cementerio, contemplando cómo el sol se ponía por el oeste en medio de una roja bola de fuego. Se sentía razonablemente satisfecho de sí mismo y alababa la belleza de la señora Lógica. Había repasado una y otra vez el enigma. Sólo podía haber una solución al misterio, pero ¿qué
ocurriría si se equivocara?
- ¡Padre! ¡Padre!
Athelstan se volvió y vio a Cecilia la cortesana de pie junto a la entrada.
- ¿Qué ocurre, Cecilia?
- Padre, yo sólo estaba tomando una copita de vino en la taberna.
- No hay pecado en ello, Cecilia.
La joven se acercó a él con fingida inocencia, pero Athelstan disimuló una sonrisa al ver cómo se contoneaba y se inclinaba hacia delante para exhibir el busto realzado por su ajustado corpiño.
- Padre, me han enviado los demás porque lamentamos mucho lo ocurrido y mañana asistiremos todos a misa. Benedicta nos ha dicho que tenéis que anunciarnos algo muy importante.
Athelstan esbozó una sonrisa y le dio unas palmadas en el brazo.
- Eres una buena chica, Cecilia. Te veré mañana en la misa.
La muchacha se alejó con paso ligero mientras Athelstan elevaba los ojos al cielo. ¿Y
si estudiara un poco las estrellas? La noche sería muy clara. A lo mejor, podría ver alguna estrella fugaz, cruzando el firmamento como Lucifer en su caída al infierno.
- ¡Y, a lo mejor -murmuró-, me caigo yo!
Tenía sueño y se sentía profundamente cansado. Recordando el ataque de la víspera, miró a su alrededor en el desierto cementerio. Se alegraría cuando al día siguiente terminara la misa y todo volviera a su cauce. Sin embargo, hasta que no llegara aquel momento, sería más prudente que permaneciera encerrado en su casa. Entró y cerró todas las puertas y las ventanas.
- La noche es preciosa -dijo en un susurro-y seguramente Buenaventura habrá salido a cazar o a cortejar a alguna gata.
Vio que no había nada de comer en la cocina y se sentó, preguntándose si descubriría alguna novedad cuando regresara al convento de los dominicos. Se le estaban cerrando los párpados. Apagó la vela y subió al dormitorio.
* * *
Todo el mundo asistió a misa a la mañana siguiente. Mugwort hizo sonar la campana como un demonio enloquecido. Úrsula se presentó con su cerda, seguida de Watkin, Pike y Huddle, el cual contempló con profunda satisfacción el aspecto del nuevo presbiterio. Benedicta estaba más serena que la víspera y le pidió en voz baja a Athelstan que no fuera demasiado duro con sus feligreses mientras Pike le recordaba que aquel día tendría que confesar a mucha gente. El fraile disimuló su consternación con una radiante sonrisa. Pues claro que sí, ¡lo había olvidado! Se acercaba la gran fiesta del Corpus y todos los feligreses deseaban ser absueltos de sus pecados, por lo que, después de la misa, Athelstan anunció que estaría todo el día en el brazo occidental del crucero; colocarían una cortina y él confesaría a cuantos así lo quisieran.Una vez reunidos todos los feligreses, Athelstan les contó rápidamente la historia del esqueleto.
- Ésos no son los huesos ni las reliquias de un santo -les dijo-. Mis queridos hijos, debéis confiar en mí. Sir John y yo hemos descubierto la verdad. Se trata de los restos de una mujer asesinada hace muchos años. Eso es todo -añadió, encogiéndose de hombros. Tú, Watkin, ¿aceptas lo que yo digo?
El recogedor de estiércol, rodeado de su numerosa prole, asintió solemnemente con la cabeza.
- Muy bien -dijo Athelstan-. Pues ahora tomarás parte de las ganancias que seguramente habéis obtenido y comprarás un buen sudario de grueso lino. Y tú, Pike, cavarás una tumba y esta tarde yo bendeciré los restos mortales de esta pobre mujer y los entregaré a la tierra. Así terminará todo este asunto.
- ¿Y los gastos que todo eso ocasionará? -preguntó Pike, levantando la voz.
- No te preocupes -contestó Athelstan-, se pagará todo lo que haga falta.
- ¿Y el milagro? -preguntó Úrsula-. ¿Qué decís del milagro?
- Eso sólo Dios lo sabe, Úrsula, pero, si hubiera algún milagro, ¿no creéis que podría ser obra de san Erconwaldo?
Un murmullo de aprobación acogió las palabras de Athelstan.
- Padre -dijo Watkin levantándose y desplazando tímidamente el peso del cuerpo de uno a otro pie-, sentimos muchísimo lo ocurrido, pero lo hicimos con buena intención añadió, sacándose de debajo de la sucia chaqueta una abultada bolsa de cuero y sopesándola nerviosamente en su mano-. Aquí están los beneficios. Y se nos ha ocurrido una idea, padre.
Como las obras del gran presbiterio ya han terminado, hemos pensado que podríamos encargarle a Huddle un gran mural que representara la visita de la Virgen María a su prima santa Isabel antes del nacimiento de Jesús.
- ¿Estáis todos de acuerdo?
Se oyó un coro de aprobación.
- En tal caso, Huddle ya puede poner manos a la obra. Crim, quiero que le lleves un mensaje a sir John Cranston.
- ¿Queréis decir al viejo Culón?
La mujer de Watkin le soltó al chico un fuerte manotazo en el cogote.
- A sir John Cranston -repitió Athelstan-. Le dirás que regrese al convento de los dominicos. Nos veremos allí mañana con las primeras luces del alba. Y ahora -añadió, empezando a quitarse las vestiduras delante de sus feligreses-, tú vete a comprar el sudario, Watkin. Y tú, Pike, será mejor que empieces a cavar ahora mismo, pues la tierra está muy dura y reseca. Yo voy a tomarme un pequeño refrigerio, tal como dice sir John, y después os oiré en confesión. Ah -dijo, ya de espaldas a ellos-. No os extrañéis, un misterioso donante desea regalarnos una imagen de gran tamaño de san Erconwaldo para el nuevo presbiterio.